Servicios sociales: objeto propio, responsabilidad ética y atención integrada

Hedge Maze

Algunas líneas de trabajo en la comunidad de conocimiento y ciertos desarrollos normativos orientan a los servicios sociales a concentrarse sobre un objeto propio –como puede ser la interacción, definida como autonomía funcional e integración relacional– en el entendido de que otras necesidades de las personas–de escolarización, de subsistencia, sanitarias, de alojamiento o de empleo– tienen sus propios ámbitos sectoriales de abordaje.

Esta agenda para la concentración de los servicios sociales sobre su objeto propio se impulsa desde la visión de que tanto los servicios sociales como el resto de los ámbitos sectoriales de la política social –el educativo, el de garantía de ingresos, el sanitario, el de vivienda o el laboral– han de tender a la universalidad inclusiva y a la aportación efectiva de valor apreciable a todas las personas sobre la base del conocimiento especializado que corresponda en cada caso.

Sin embargo, la construcción y aplicación de dicha agenda –aparte de encontrarse con obstáculos puestos por agentes que sostienen un modelo de servicios sociales residual y asistencialista– no es un camino exento de trampas, quizá puestas por quienes la asumen como bandera de conveniencia para excluir de los servicios sociales a personas con necesidades complejas –reforzando el efecto Mateo: al que tiene se le dará– o para resistirse –de forma victimista, reactiva o frentista– a salir de su zona de confort física, disciplinar o corporativa o institucional.

La ética profesional –reforzada, en su caso por la ética pública– nos obliga a la duda metódica cada vez que entendamos que una determinada necesidad o caso “no nos toca”, en mayor medida cuanto mayor sea la vulnerabilidad de la persona  que tenemos delante. Y cuando, efectivamente, no esté indicado hacernos cargo de dicha necesidad o caso, es buena práctica exigible facilitar a la persona  –individual y estructuralmente– el acceso a los apoyos y derechos pertinentes.

Para ello debemos cultivar nuestra conciencia y pertenencia sistémica al conjunto de la acción pro bienestar, entendida y construida como una red capaz de proporcionar una atención tan integrada e intersectorial como sea necesaria y posible. La concentración sobre el objeto propio que nos ayuda a identificar y construir el valor que aportamos a la ciudadanía es compatible y debe ser sinérgica con el tejer dialógico de la red intersectorial que posibilita con flexibilidad los itinerarios de la atención integrada centrada en la persona.

(Continuación del diálogo presencial y en Twitter del 16 de diciembre de 2015 en el encuentro organizado por la Diputación de Barcelona.)

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