Los servicios sociales de atención primaria, clave en la prevención y abordaje de la violencia contra las mujeres

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Una de las paradojas del cambio de época que vivimos es que el que Ulrich Beck denomina proceso de individualización representa una saludable liberación de ataduras y controles conyugales, familiares o comunitarios, a la vez que nos priva de algunos factores de protección que dichas relaciones primarias nos proporcionaban, en muchas ocasiones, en anteriores estilos de vida y modelos sociales.

Ciertamente, una de las aportaciones más valiosas de los movimientos feministas y de la incorporación (todavía sin duda deficiente) de la perspectiva de género a las políticas públicas y a la vida económica y social ha sido la de visibilizar y construir como asuntos públicos, como temas políticos y como intereses comunes determinadas cuestiones que habían sido consideradas (interesada y perversamente) como privadas, íntimas o particulares.

Dentro de ese proceso, debemos sin duda a los movimientos feministas y agentes de igualdad la creciente (aunque desde luego todavía insuficiente) centralidad en las agendas políticas de la preocupación por las situaciones en las que esas relaciones primarias que debieran ser de afecto, apoyo y convivencia se convierten en fuente de amenaza, maltrato y muerte para muchas mujeres (así como para sus hijas e hijos, que tras los últimos cambios legislativos han visto reforzado su reconocimiento como víctimas de la violencia de género).

Tal como señala Emakunde en su guía de recursos y servicios ante la violencia contra las mujeres, los servicios sociales de atención primaria constituyen una red de proximidad a la que podemos dirigirnos en busca de información, orientación, asesoramiento y acompañamiento en situaciones de violencia de género. Y cuanto antes lo hagamos, seguramente, más eficaces podrán resultar sus intervenciones en clave de fortalecimiento, prevención y empoderamiento personal y comunitario.

Los servicios sociales de atención primaria están llamados a ser, cada vez más, un componente fundamental de nuestro paisaje cotidiano, desde la proximidad y acompañamiento a nuestro autónomo desenvolvimiento cotidiano y relaciones familiares y comunitarias, bienes que no podemos dejar a la suerte de cada persona. Por ello representan, cada vez más, un puntal que debemos conocer, reconocer y reforzar en la lucha por la erradicación de la violencia contra las mujeres.

(Ver aquí este artículo en begirada.org)

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