Personas mayores y políticas sociales en el siglo XXI

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Cada vez más, la atención desde los servicios de bienestar a las personas mayores (y a cualquier persona) se propone como una atención integral centrada en la persona. Integral porque en ningún caso cabe pensar que se aborde desde un solo ámbito (como los servicios sociales) o unos pocos (añadiendo sanidad y garantía de ingresos) sino que se espera el concurso, entre otras, de las políticas de vivienda, educativa y de empleo. Centrada en la persona –entre otras razones– porque las personas mayores, cada vez más empoderadas, reclaman seguridad, flexibilidad, personalización y calidad en los diferentes servicios que reciben.

En ese contexto debe recibir especial cuidado la coordinación de la atención ofrecida desde los servicios sociales y desde la sanidad, fundamentalmente a través de tecnologías que posibiliten la intervención en el domicilio familiar y la comunidad de referencia. En los casos en los que proceda, en algún período, la atención hospitalaria (en el sector sanitario) o residencial (en el de servicios sociales) es especialmente necesaria la atención y financiación integrada.

La mayor esperanza de vida que hemos ido conquistando –por la revolución reproductiva– es uno de los más valiosos logros sociales, que aumenta la diversidad generacional en la sociedad (más generaciones coexisten) y el tamaño y heterogeneidad del conjunto de las personas mayores, también –al menos por el momento– en cuanto a la autonomía funcional y necesidad de cuidados. Todo esto coincide en el tiempo con importantes cambios en el tamaño, estructura, dinámica y valores familiares y comunitarios. La respuesta a estos retos pasa por impulsar más políticas sociales universales, capaces de gestionar la diversidad funcional (y otras), y construir nuevas relaciones y contratos intergeneracionales.

Las personas que nos vamos haciendo mayores necesitamos construir un horizonte creíble y viable en el que las relaciones primarias y los servicios profesionales encajen sinérgicamente en los entornos comunitarios deseados. Para conseguirlo es fundamental la apuesta por la innovación tecnológica y social para la sostenibilidad de la vida. La inversión social debe apostar por nuevas formas de asistencia y acompañamiento para la interacción humana y nuevos modelos de gestión participativa de los servicios de bienestar.

El reto es sistémico para nuestro modelo de bienestar y nuestro contrato social, de modo que nuevas políticas de servicios sociales, sanidad y vivienda contribuyan a que se puedan realizar y compartir mejor los cuidados primarios y se consigan intervenciones profesionales más pertinentes y sostenibles, contribuyendo todo ello a unas relaciones intergeneracionales más satisfactorias y justas.

De esto tratará la conversación organizada por la Fundación Miranda en Barakaldo (más información aquí).

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