Diez asignaturas pendientes en el diseño y despliegue de nuestros servicios sociales

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1. La cuestión del objeto de los servicios sociales, es decir, de su finalidad definitoria, de la parcela de necesidades de las personas a las que dan respuesta, del perímetro de las actividades características de la rama: si se mantiene, bajo la denominación que sea, la prevención y abordaje de la exclusión social o se opta por otro objeto (como podría ser la interacción, entendida como el ajuste dinámico entre la autonomía funcional de las personas para las decisiones y actividades de la vida diaria y sus relaciones primarias de carácter familiar y comunitario).

2. El debate sobre si, dentro del ámbito sectorial de los servicios sociales, se opta por la centralidad de un sistema público universal y (básicamente) gratuito, tal como se ha hecho en nuestro entorno en otras ramas de actividad (como salud y educación).

3. La identificación, diseño, desarrollo y acotación del contenido prestacional (cuidados, apoyos, tecnologías e intervenciones) de los servicios sociales y su grado de profesionalización, estandarización e industrialización.

4. Las decisiones estratégicas y procedimentales sobre qué hacer con encargos, cometidos, prestaciones o estructuras que podría ser conveniente dejar de mantener en los servicios sociales (por ejemplo, el fragmento residual de la política de garantía de ingresos para la subsistencia material que sigue bajo la responsabilidad de los servicios sociales).

5. El desafío de la integración vertical de los servicios sociales, es decir, de una mayor unidad de gestión y continuidad de la atención (masa crítica de la oferta) de los servicios sociales, ahora escindida entre dos niveles.

6. La ineludible digitalización de los procesos operativos, de gestión y de gobierno, ahora muy incipiente.

7. El diseño, implementación y evaluación de los procesos y estructuras de integración horizontal intersectorial entre los servicios sociales y otras ramas de actividad, tales como los servicios de salud, educación, vivienda, empleo, garantía de ingresos y otras, con el fin de hacer más eficientes los itinerarios de las personas y los flujos de información entre ámbitos de actividad.

8. El debate acerca de si estructurar las políticas referidas a colectivos poblacionales (por señas de identidad de género, generacional, funcional o cultural) o a la relación entre colectivos poblacionales (intergeneracional, intercultural u otras) como políticas transversales que, en la proximidad territorial, pudieran encontrar su incardinación en la acción comunitaria, entendida como instrumento para la convivencia en diversidad, la coproducción solidaria y la gobernanza participativa.

9. La definición de la naturaleza, finalidades y fórmulas de relación entre el sector público y las organizaciones solidarias de base comunitaria y la posibilidad de sinergias entre el sistema de políticas profesionalizadas e institucionalizadas y el mundo de la ayuda mutua y voluntaria entre personas en la vida diaria y cotidiana en los vecindarios y los barrios, de modo que el ejercicio de la autoridad pública y la intervención técnica no socave sino que fortalezca los apoyos que las personas nos proporcionamos en claves de reciprocidad o solidaridad y en las economías de proximidad y del procomún colaborativo.

10. La posibilidad de ensamblar las políticas sectoriales y transversales en un modelo integrado, ligero, flexible y homogéneo (similar en los diferentes niveles) de gobernanza multinivel intersectorial e interseccional de las políticas sociales, de modo que las instituciones públicas y el conjunto de agentes puedan ofrecer respuestas más ágiles y pertinentes.

(Fragmento adaptado del artículo, descargable aquí, “Los servicios sociales en España: ¿reforzamiento, perfeccionamiento, transformación o reinvención?” recién publicado en la revista, accesible aquí, Documentación Social, a la que corresponde la ilustración. Sobre estas cuestiones hablaremos el martes, 28 de junio de 2022, en el Aula de Servicios Sociales de Cantabria, accesible libremente por zoom en directo, con una presentación que puede descargarse aquí).

¿Y si lo más grave de nuestro asistencialismo fueran sus consecuencias políticas reaccionarias?

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Si existe un círculo virtuoso entre los servicios públicos universales de calidad y el igualitarismo en el pensamiento de la ciudadanía, quizá exista un círculo vicioso entre el asistencialismo social y la retórica reaccionaria. Veamos.

Vivimos una época en la que, en no pocos lugares de nuestro entorno,  el deterioro y descrédito de los bienes, espacios, políticas y servicios públicos universales (de modo especial, seguramente, los educativos y sanitarios), catalizados por el aumento de la desigualdad, segregación y fragmentación social y potenciados interesadamente por voces poderosas en la conversación pública y las redes sociales, alimenta en la población los discursos, sentimientos y comportamientos reaccionarios contra las políticas distributivas y el Estado de bienestar.

En ese contexto, los viejos y nuevos partidos y movimientos reaccionarios están siendo cada vez más capaces de “coser” bases de apoyo electoral y social interclasistas que van desde integrantes de ese 1% de la población más pudiente, exclusivo y elitista hasta personas socialmente excluidas que padecen graves apuros económicos, pasando por otras más acomodadas o más precarias que sienten o temen perder algo que valoran (más tangible o más intangible, más económico o más moral). Conseguir que más y más personas (y más y más diversas) piensen que son víctimas de algún tipo de agravio comparativo es una de sus intenciones principales.

Entonces, cuando desde los servicios sociales públicos o desde el tercer sector de acción social nos vamos especializando en segmentos cada vez más reducidos y diferenciados de personas (para proporcionarles una atención más integral y, en el extremo, para su internamiento en algún tipo de institución total) y cuando damos una vuelta de tuerca más a nuestras prácticas de racionamiento de recursos necesarios para la subsistencia material de la gente, sometiendo a mayores escrutinios y controles a determinadas personas, de forma seguramente involuntaria pero no inocente, las estamos segregando y estigmatizando, las estamos señalando y desvinculando.

Flaco favor hacemos a las personas en riesgo o situación de exclusión social si nuestras intervenciones, programas, servicios y organizaciones actúan como cortafuegos que las separa de otras con las que podrían configurar sujetos colectivos comprometidos con la fraternidad solidaria, las políticas igualitarias y la justicia social. Si, para acceder a nuestras prestaciones y servicios, las personas han de perderse por laberintos burocráticos (presenciales o digitales) y han de alejarse de la comunidad y el territorio; si nuestras organizaciones y profesionales les tratan con asimetría impersonal o condescendencia paternalista, no sólo no les estamos ayudando eficazmente en orden a su inclusión social sino que estamos facilitando el trabajo a las retóricas reaccionarias y excluyentes.

En estos momentos el pensamiento y las políticas reaccionarias parecen llevar el viento de cola. En la medida en que nuestras prácticas y programas de intervención social se conciban, se presenten y se perciban como focalizados para categorías especiales de personas y disminuyan las probabilidades de encuentro e identificación entre personas diversas en el espacio y los servicios públicos, más fácil resultará al pensamiento reaccionario caricaturizar o demonizar a aquellos colectivos (y, en definitiva, personas) que quiera presentar como costosas o peligrosas de cara a articular un “nosotros” excluyente e injusto.

Creyendo atenderlas y defenderlas quizá las estamos poniendo, sin darnos cuenta, a los pies de los caballos.

(En la fotografía, Albert Otto Hirschman, autor de La retórica reaccionaria.)

Voluntariado en servicios de salud: ¿avisar de que se acaba el gotero o humanizar el sistema?

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Nuestros sistemas públicos de salud son complejos mecanismos vertebrados por competencias profesionales y tecnologías generadas desde algunas áreas de conocimiento y soportados por los poderes y presupuestos públicos con fuerte legitimación social. Son artefactos organizacionales sofisticados que surgen y se desarrollan en determinados contextos económicos, sociales y morales y que se deterioran en su ausencia. Podría decirse que hay un círculo virtuoso entre la cohesión social y territorial y los sistemas públicos de salud, del mismo modo que hay un círculo vicioso entre deterioro de los servicios sanitarios públicos y la desmoralización propia de los contextos de segregación y desigualdad entre las personas.

Nuestros sistemas universales de salud se configuran con activos y estructuras procedentes de la Beneficencia, de la Seguridad Social, de otros orígenes o generadas dentro de los propios sistemas ya universalizados. Sea como fuere, para las actuales usuarias de estos servicios todos ellos tienen unas características parecidas en cuanto a profesionalidad, gratuidad, accesibilidad o calidad, por citar algunos importantes valores que solemos atribuir a estos sistemas. En su estructura organizativa territorializada resulta fundamental la diferenciación e integración vertical entre la atención primaria y comunitaria y la atención especializada y, en su caso, hospitalaria.

¿Qué rol puede desempeñar el voluntariado en nuestros sistemas de salud? No, desde luego, el de un mal menor o un parche coyuntural en el caso de carencias de recursos humanos profesionales remunerados, sino el de una aportación sustantiva de valor que enriquece la vida y el funcionamiento de los servicios sanitarios con los valores propios de la acción voluntaria, como iniciativa, proximidad, solidaridad o participación.

Habrá quien verá el virus del voluntariado como una molestia menor y pasajera en nuestros sistemas públicos y profesionalizados. Habrá quien dirá que es un peligroso troyano que desconfigura la sanidad pública (jaqueada, por tanto, por el virus del voluntariado). Desde otro punto de vista, sin embargo, el voluntariado puede ser un buen driver (intermediario) que mejore nuestros sistemas de salud, potenciando sus mejores valores, añadiendo otros y, específicamente, corrigiendo tendencias autoritarias o tecnocráticas. Las voluntarias y voluntarios ayudarían en el funcionamiento cotidiano, no tanto porque puedan, en algún caso, hacer que éste sea algo menos costoso, sino más bien por su aporte de frescura, humanidad, generosidad y comunidad.

(La ilustración esta tomada del cartel anunciador de la jornada organizada hoy por el Consorci de Salut i Social de Catalunya.)

Tercer sector de acción social: ¿y si se tratara de ser más “tercer sector” y menos “de acción social”?

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Las organizaciones de nuestro tercer sector de acción social se identifican mayoritariamente con algún colectivo poblacional en situación o riesgo de exclusión social cuya delimitación suele tener que ver con algún factor clave para la inclusión social en un determinado modelo de sociedad (como, por ejemplo, tener empleo o tener familia). Fue, ha sido y es la sociedad excluyente la que ha configurado esos colectivos y fue, ha sido y es la entidad solidaria la que intenta prevenir, paliar o corregir los procesos de exclusión social que afectan a dichos grupos poblacionales. Una buena parte de estas organizaciones solidarias de acción social encuentran acomodo en el ámbito sectorial de los servicios sociales obteniendo financiación pública y encajando más o menos como atención especializada (por colectivos poblacionales) de los sistemas públicos de servicios sociales. En ese contexto, van potenciando su dimensión de prestadoras de servicios sociales (o, en general, de bienestar) financiados públicamente y van perdiendo autonomía estratégica frente a los poderes públicos.

Es posible que fenómenos extremos que se van encadenando (en salud, clima, suministros, finanzas, alimentación, seguridad, conectividad u otros) puedan ser síntomas de desajustes estructurales de nuestros sistemas tecnológicos, económicos, laborales, sociales y políticos. En ese contexto, al que llegamos tras un ciclo de digitalización, extralimitación, financiarización, deslocalización, mercantilización, individualización y desacralización, las organizaciones del tercer sector amarradas a un colectivo y con poca autonomía estratégica corren el riesgo de quedar a merced de las decisiones de las personas con responsabilidades políticas, personas que, en el contexto citado, se sienten también notablemente impotentes ante determinados poderes tecnológicos, económicos y empresariales globalizados. En lugar de progresar en universalidad, enraizamiento, integración y conocimiento, frecuentemente, quedan relegadas a una acción social residual, instrumentalizada, desconectada y de baja cualificación.

Si la acción social que se deja a las administraciones públicas y, especialmente, al tercer sector clientelar y dócil es ese tipo de obsoleto asistencialismo paliativo de pretendida emergencia (muchas veces shocks provocados o manejados por ciertos agentes), estigmatizante y alienante, de institucionalización y control, posiblemente sea prioritario construir capacidad de agencia para incorporar al funcionamiento del sistema social los valores de iniciativa, solidaridad, colaboración, justicia y participación que dan sentido al tercer sector. Más que la ayuda, prestación, servicio o programa establecido que gestiona, importa la capacidad que aporta a la sociedad de ensayar y desplegar formas alternativas de producción, funcionamiento y decisión. Más que la función que le dejan aquellos agentes que lo quieren instrumentalizar, el tercer sector de acción social se encuentra ante el reto de apoyarse en el conocimiento, en su base social, en su legitimidad, en su versatilidad y en su capacidad de situarse estratégicamente para encarnar y desencadenar cambios sociales inspirados en sus valores.

Lecturas recientes:

AGILE AGEING (2022): Cultivating neighbourhoods that care. London.

DRAPERI, Jean-François y otras (2022): Les coopératives entre management et contre-management. Bruxelles, Smart.

FANTOVA, Fernando (2022): “Políticas sociales, organizaciones solidarias e innovación social” en FUNDACIÓN EGUÍA CAREAGA (edición): Servicios sociales y vulnerabilidad frente a la pandemia. Donostia, páginas 87-101.

FRESNO, José Manuel (2021): “Concierto social y cooperación administrativa-tercer sector” en IZAOLA, Amaia (compilación): Actas del VIII Congreso de la Red Española de Política Social. Bilbao, páginas 926-951.

JARAÍZ, Germán y GONZÁLEZ, Auxiliadora (2021): “Dinámicas de colaboración en las organizaciones del tercer sector de acción social en España” en CIRIEC-España, número 103, páginas 141-170.

MAINO, Franca (2021): Il ritorno dello stato sociale? Mercato, terzo settore e comunità oltre la pandemia. Torino, Secondo Welfare.

NEL.LO, Oriol y otros (2022): El apoyo mutuo en tiempos de crisis. La solidaridad ciudadana durante la pandemia covid-19. Buenos Aires, CLACSO.

RODRÍGUEZ CABRERO, Gregorio y ARRIBA, Ana (2022): “Políticas de protección social y de lucha contra la exclusión laboral y social durante la crisis de la COVID-19” en AYALA, Luis y otras (coordinación): Evolución de la cohesión social y consecuencias de la COVID-19 en España. Madrid, Fundación FOESSA, páginas 345-391.

(Reflexiones para hoy en el séptimo congreso de la Taula del Tercer Sector en Barcelona.)

Inclusión social, acción comunitaria y agenda urbana

Rubí

¿En qué consiste el encargo o el reto de la inclusión social? ¿Qué significa que nuestro plan de inclusión social es, a la vez, un plan de acción comunitaria? ¿Qué tiene que ver todo esto con la agenda urbana? ¿Y cómo se cocina, se sirve y se come todo este guiso en estos convulsos tiempos (pos)pandémicos?

Para hablar de la inclusión social nos serviremos de la metáfora de que las personas somos piezas que componemos un rompecabezas que es la sociedad. Si nuestra pieza encaja y está dentro del rompecabezas estaríamos en una situación de inclusión social. Si nuestra pieza no encaja, estamos fuera, estamos en una situación de exclusión social.

En realidad, en gran medida, la sociedad es como una máquina troqueladora que nos da forma como piezas para que encajemos en el rompecabezas que es la propia sociedad. Cierto que las personas venimos al mundo con unas características iniciales pero nuestra historia de inclusión o exclusión social depende en buena medida de cómo nos vaya troquelando la sociedad y, a la vez, cómo nos vaya encajando junto con otras piezas en unas u otras partes del rompecabezas social.

Llevamos unas pocas décadas hablando de exclusión e inclusión social, seguramente porque antes la discusión era más bien sobre la posición de las piezas dentro del puzle (más ventajosa o desventajosa, más humanizadora o deshumanizadora, más bien oprimida u opresora) mientras que, de un tiempo a esta parte, con independencia de las mejores o peores posiciones relativas de quienes están dentro del rompecabezas, parece que hay más y más piezas que, sencillamente, son consideradas como sobrantes por parte de no pocas propuestas de configuración y composición del rompecabezas social. A este respecto es ilustrativa la evolución de los informes FOESSA que, con el cambio de siglo son informes sobre desarrollo social y exclusión social (se diría que vienen de la mano el desarrollo social y la exclusión social).

En todo caso, antes de que se comenzara a hablar de exclusión e inclusión social también había piezas que se consideraban sobrantes o inservibles. De hecho, la construcción, especialmente en la segunda mitad del siglo XX, de lo que ahora llamamos servicios sociales es, en buena medida, un proceso de clasificación y tratamiento de conjuntos pretendidamente homogéneos de piezas que, por diferentes características, se decía que no encajaban en el rompecabezas social: criaturas desamparadas, personas con discapacidad, familias menesterosas, personas adictas, mujeres maltratadas, personas ancianas y así sucesivamente.

Hoy sabemos que las personas que acaban clasificadas en uno de esos conjuntos cuya atención fue encomendada a los servicios sociales han sido en buena medida troqueladas por la sociedad con esas características. Es más, sabemos que nuestros servicios sociales son, en buena medida, responsables de ese troquelado. A veces un mal menor para que esas personas, al menos, sobrevivan. Pero troquelado al fin y al cabo.

Así pues, en una sociedad que troquelaba a grandes grupos de personas como trabajadores por cuenta ajena, como amas de casa, como personas económicamente dependientes de sus familias extensas, como pensionistas o como rentistas, parecían funcionales unos servicios sociales que se ocupaban de esos otros pequeños conjuntos de piezas difíciles de encajar. Bien para que pudieran sobrevivir en los márgenes de la sociedad o bien, incluso, para que, después de un nuevo proceso de troquelado, pudieran encajar en la sociedad,

(Primeros párrafos de la conferencia preparada para hoy en Rubí. Aquí se puede descargar su contenido completo.)

Analizando la organización social de los cuidados prolongados

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A la hora de comprender cómo, desde las políticas públicas, se está incidiendo y se puede llegar a incidir en el mundo de los cuidados de larga duración, podemos analizar siete grandes mecanismos de estructuración de las actividades que dan respuesta a las necesidades de las personas, siete grandes elementos que pueden ensamblarse de muy diferentes maneras:

  1. Ambiente-territorio: cuando la respuesta a la necesidad depende del entorno natural, de la tierra y sus recursos.
  2. Ayuda mutua: cuando la respuesta a la necesidad depende del don y de la reciprocidad en las redes y relaciones primarias familiares y comunitarias.
  3. Competencia profesional: cuando la respuesta a la necesidad depende de la actividad de personas cualificadas para realizarla y remuneradas por ella.
  4. Poder público: cuando la respuesta a la necesidad depende del ejercicio de una autoridad que garantiza derechos y está legitimada para imponer obligaciones.
  5. Mercado autorregulado: cuando la respuesta a la necesidad depende de la posibilidad efectiva de intercambios entre agentes.
  6. Aseguramiento financiero: cuando la respuesta a la necesidad depende del ahorro o la inversión que se ha llevado a cabo previamente.
  7. Innovación tecnológica: cuando la respuesta a la necesidad depende de la existencia de soluciones estandarizadas, formateadas a partir de conocimiento, en principio, científico.

En el cuadro vemos algunos ejemplos de grandes áreas de necesidad o actividad y distinguimos, para cada caso, cuál de esos siete es el elemento vertebrador, qué otro elemento resulta fundamental y qué otros elementos son importantes en cada caso. Cabe entender que la denominada Ley de Dependencia (de 2006) pretendía convertir el poder público (específicamente los sistemas públicos de la rama de actividad de los servicios sociales) en el elemento vertebrador de la organización social de los cuidados prolongados (o de la respuesta a las necesidades permanentes de cuidados), en principio con la competencia profesional como elemento fundamental.

¿Por qué no ha funcionado el modelo de la Ley de Dependencia? Posiblemente porque, en realidad, los servicios sociales no habían sido concebidos como servicios de cuidados sino como servicios para intentar evitar, paliar o revertir procesos de exclusión social (debidos a la necesidad de cuidados o a muchas otras). Por otra parte, la ayuda mutua familiar (la patriarcal todavía dominante y la pospatriarcal, ojalá, emergente) ha mostrado más resiliencia de la prevista (tirando, además, frecuentemente de un mercado feminizado colonial en proceso de irse autorregulando), en un ámbito en el que la autodeterminación y el deseo de libre elección de las personas en materia de cuidados parece casar mal con la estructura organizativa y la cultura asistencial de los servicios sociales (más orientadas a la tutela y el control). Todo ello sin desconocer que el gasto público destinado a los servicios sociales profesionales de cuidado ha sido limitado.

(Notas para el proyecto #ZainLab2, de Servicios Sociales Integrados, financiado por el Gobierno Vasco.)