Fraternidad republicana y democracia del cuidado

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Antoni Domènech nos ayuda a identificar lo que tiene la fraternidad de propuesta de emancipación conjunta de personas dominadas en el seno de relaciones familiares (en un sentido amplio) de carácter patriarcal, personas con trabajos invisibilizados, precarizados y desvalorizados que, sin embargo, son esenciales para la sostenibilidad de la vida. Dirá este autor: “La ‘canalla’ (…) –pequeños artesanos pobres, trabajadores asalariados urbanos, aprendices, jornaleros, domésticos de todo tipo, criados, campesinos sujetos a varias servidumbres– quería elevarse de pleno derecho a la condición de una vida civil de libres e iguales (…). Que esa pretensión se sirviera de una metáfora conceptual del ámbito de la vida familiar es algo que no puede sorprender (…). Y ‘familia’ –del latín famuli: esclavos, siervos– seguía denotando, como en la Edad Media, no sólo el núcleo restringido de parentesco, sino el amplio y aún amplísimo, conjunto de individuos que, para vivir, dependían de un señor, entendido como pater familias (…) señor patriarcal” (Domènech, 2004: 13).

Posiblemente ha sido Pierpaolo Donati, pensador bastante alejado ideológicamente de Antoni Domènech, todo hay que decirlo, una de las personas que más ha explorado esa esfera fraternal o comunitaria que, en primera instancia podemos entender como familiar. Así, en palabras de Donati, hemos de “concebir la familia contemporánea como un sistema altamente complejo, diferenciado y de confines variables, en el que se realiza aquella experiencia vital específica que es fundamental para la estructuración del individuo humano como persona, esto es, como individuo-en-relación (ser relacional), en sus determinaciones de género y de pertenencia generacional» (Donati, 1999: XII). Dirá este autor: “Las oportunidades se crean en y por las redes sociales primarias y secundarias de la sociedad civil cuya moralidad no se basa en el intercambio de ganancias ni en las normas redistributivas, sino en criterios de reciprocidad (producción entre pares, coproducción, coordinación abierta, asociación…). La marginalidad de esta tercera moral está atestiguada por el hecho de que su valor rector (fraternité o solidaridad) no está institucionalizado en el sistema cultural (incluido el sistema legal) como, en cambio, lo están los otros dos valores rectores (liberté y égalité)” (Donati, 2017: 10).

No cabe duda de que los trabajos de cuidado han sido y siguen siendo impuestos, expropiados y ocultados en ese ámbito familiar o comunitario en el que, sin embargo, estaban y están llamados a ser practicados en clave de reciprocidad o solidaridad. Cristina Carrasco, al estudiar el “cuidado como bien relacional” (Carrasco, 2015: 52-54) apunta que “es curioso –o no, ya que la mirada masculina nunca se dirige al espacio doméstico– que el cuidado no se categorice habitualmente como bien relacional, teniendo en cuenta que precisamente ha sido el desarrollo de las relaciones mercantiles el que ha eliminado de las relaciones humanas lo que era y es la característica básica del cuidado: su dimensión relacional” (Carrasco, 2015: 53). La tarea será, entonces, politizar el cuidado, ponerlo a la luz, lograr que sea un bien público –y un derecho de ciudadanía– potenciando su carácter relacional.

Terminemos con unas palabras de Joan Claire Tronto, que nos vuelve a conectar con la emancipación de la que nos hablaba al principio Antoni Domènech: “El déficit de cuidados y el déficit democrático son dos caras de la misma moneda (…). Hay una manera de cambiar nuestro mundo. Requiere que volvamos a comprometernos con el cuidado de nosotras mismas y de las demás, aceptando y repensando nuestras responsabilidades de cuidado y proporcionando recursos suficientes para el cuidado. Si somos capaces de hacer esto, podremos mejorar los niveles de confianza, reducir los niveles de desigualdad y proporcionar libertad real para todas las personas” (Tronto, 2013: 181-182).

Bibliografía

CARRASCO, Cristina (2015): “El cuidado como bien relacional: hacia posibles indicadores” en Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, número 128, páginas 49-60.

DOMÈNECH, Antoni (2004): El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista. Barcelona, Crítica.

DONATI, Pierpaolo (1999): Manuale di sociologia della famiglia. Roma, Laterza.

DONATI, Pierpaolo (2017): “The good life as a sharing of relational goods” en Relational Social Work, volúmen 1, número 2, octubre, páginas 5-25.

TRONTO, Joan Claire (2013): Caring democracy. Markets, equality and justice. New York, New York University Press.

(Fragmentos adaptados de un capítulo publicado dentro del libro colectivo Vidas en transición. (Re)construir la ciudadanía social, que puede adquirirse físicamente en las mejores librerías de nuestros barrios y también aquí.)

Cuidarnos en comunidad: políticas de cuidados

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(esquema con enlaces, para la conferencia de esta tarde)

Cuidados

Elección del término y marco, en lugar de otro (dependencia, servicios sociales, conciliación, envejecimiento, silver economy u otros)

Mirada feminista, interseccional y pospandémica (crisis, cadenas y colapso)

Conceptualización

Arquetipo: cuidado de criaturas y legado social

Ingredientes: funcionamiento, relación, empoderamiento, humanización

Cuidado como derecho

Dimensionamiento

Entre los cinco primeros desafíos hoy y aquí

Tormenta perfecta: longevidad de baby boomers con complejidad, estructura y dinámica familiares, cambio en reciprocidad intergeneracional ascendente, estructura habitacional, movilidad, desigualdades.

2040: ¿cuadruplicar la envergadura?

Modelo implícito actual

Infancia: permisos y escuela

Cuidados de larga duración: pensión contributiva, patrimonio inmobiliario y suerte (y, si no hay suerte, servicios sociales)

Diseño: diferenciación e integración intersectorial

Disfunciones crecientes en la interfaz salud-servicios sociales

Escenarios:

Elementos: atención, prescripción, gestión, financiación

Tipos: caótico, corporativo, consumerista y comunitario (valoración)

Política de cuidados, política con mayúsculas

¿Vivienda juvenil, cuidado de mayores?

¿Impuesto de sucesiones o nueva contingencia de la Seguridad Social?

Afecta al núcleo del contrato social

Comunidad

Qué es

Reflexiones pandémicas

Margen para la ingeniería social

Vulnerabilidad y sostenibilidad basada en la proximidad

Soledad emocional y existencial

Imaginando una comunidad cuidadora: circular, próxima, diversa, densa, intergeneracional, anidada

Espacios transicionales, tenencias intermedias, viviendas colaborativas

Tecnología digital de la asistencia, la información y las relaciones.

Servidoras públicas y agentes de la comunidad a pie de calle

Política pública participativa, misional, exploratoria, experimental y basada en la evidencia

Búsquedas emergentes, experiencias piloto, ciencia ciudadana, lanchas rápidas

Aprendiendo sobre la(s) soledad(es)

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Acotando el concepto de soledad, para poder construir políticas públicas al respecto, cabe identificarla como un sentimiento subjetivo, como una emoción particular por la que algunas personas perciben un desajuste entre sus expectativas y la realidad en lo referente a relaciones, apoyos, vínculos, identidades compartidas, sentimientos de pertenencia o entornos motivadores. De ahí la oportuna decisión de hablar, más bien, de “soledades” como hace el reciente trabajo coordinado para la Fundación Adinberri por Mayte Sancho, con quien hemos conversado, por ejemplo, entre otras, sobre la posible soledad de quien vive en una residencia llena de gente o de personas monitorizadas por sofisticados robots.

Quizás, como dice Maribel Pizarro, convenga huir de frases catastrofistas e imágenes estigmatizantes y comprender que la soledad va a ser, seguramente, una compañera de viaje en diferentes momentos y épocas de la vida de todas las personas. Podemos llevarnos mejor o peor con ella y es legítimo que queramos darle esquinazo, pero seguramente no nos conviene cargar las tintas acerca de lo molesto de su compañía.

Como recuerda Mabel Cenizo, en todo caso, junto a consecuencias de acciones u omisiones de cada persona, hay determinantes estructurales de la soledad. En las exclusiones y desigualdades y, más inmediata y precisamente, en realidades demográficas, de movilidad, familiares, habitacionales o culturales. Y la manera en la que la soledad convoca a una comunidad cuidadora hace que los servicios sociales hayan de sentirse especialmente concernidos en una estrategia ante la soledad.

Como sugería acertadamente Javier Yanguas en una conversación, si una persona tiene una importante insuficiencia cardíaca mal gestionada, 350 euros al mes de ingresos, vive sin ascensor en un quinto piso en malas condiciones y sólo se relaciona con tres personas (y con baja intensidad), no podemos pensar que algo llamado “soledad” es lo fundamental que le sucede. Y no vamos a responder adecuadamente a esa vulnerabilidad general con un programa para la soledad.

Sara Marsillas apuntaba que la evidencia existente en cuanto a qué funciona en materia de intervenciones frente a la soledad es limitada. Nos da pistas pero no nos permite hacer afirmaciones contundentes acerca de la eficacia que podrán tener estrategias a gran escala, que es lo que estamos empezando a intentar construir por varios lados.

De la mano de Isabel Massa hemos podido explorar la variedad de programas que se están poniendo o se pueden poner en marcha para la prevención y abordaje de la soledad. Desde bancos de tiempo hasta la dinamización de La Escalera. Desde plataformas digitales para la participación en un barrio hasta rediseños colaborativos del espacio público. Desde procesos de reinvención de asociaciones o centros existentes hasta proyectos de sensibilización de personal público de proximidad.

Con Sacramento Pinazo podemos clasificar los programas de prevención de la soledad en programas de prevención primaria, secundaria y terciaria. En los primeros, cabe decir, actuamos con personas que no se encuentran en situación de soledad. En los segundos, con personas en situación de riesgo de soledad. Y en los terceros, con personas en situación de soledad.

Y Elisa Sala nos recuerda que, posiblemente, uno de los caminos más prometedores a medio plazo para la prevención de la soledad venga de la mano de procesos de ingeniería social, desarrollo tecnológico y, en definitiva, política pública que exploren las oportunidades y caminos para el fortalecimiento y regulación de nuevas relaciones comunitarias (más ligeras o más intensas) de reconocimiento, convivencia y ayuda mutua.

(Esta entrada pretende recoger en varios trazos algunos aprendizajes adquiridos en el trabajo de elaboración del Documento de Bases de la estrategia de Gipuzkoa ante la soledad, en el que estoy involucrado gracias a Adinberri Fundazioa. Me he tomado la libertad de atribuir a algunas personas ideas, sin poder asegurar que reflejo fielmente su pensamiento, como forma de agradecerles a ellas y a otras lo que estoy aprendiendo en este proceso. Sobre estas y otras cuestiones conversaremos mañana martes en un encuentro telemático organizado por el grupo cooperativo Servicios Sociales Integrados en el marco de la iniciativa Bizkaia Saretu.)

Cuidado, innovación, empleo y territorio: el rol del “servicio público a pie de calle”

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A estas alturas de la pandemia hay pocas dudas acerca de la gravedad de lo sucedido, por ejemplo, en las residencias de mayores. Sin embargo no se ha decantado un relato canónico al respecto: no sabemos quién es “el malo de la película” (no hay un análisis causal de consenso sobre lo ocurrido) ni mucho menos cuál puede ser el “final feliz” (el modelo de cuidados de larga duración para el futuro). En  todo caso, sí cabe afirmar que las búsquedas de las instancias interesadas parecen alumbrar unos cuidados más:

  • Profesionalizados y diversificados: por el aumento de una demanda de atención, necesariamente más personalizada, y por la exigencia justa de mejora de la equidad de género y las condiciones laborales en el empleo de cuidados.
  • Tecnológicos y digitalizados: por la eficiencia, sostenibilidad, interoperabilidad y escalabilidad que pueden aportar estos desarrollos e innovaciones, potenciando la autonomía y relaciones de todas las personas.
  • Comunitarios y territorializados: por la revalorización del kilómetro cero, las relaciones de proximidad y la escala humana en el contexto de la experiencia pandémica y del aumento de la credibilidad de las amenazas de colapso de diversos sistemas.

Podemos pensar en un círculo virtuoso entre una comunidad más cuidadora, una economía de proximidad más robusta, una innovación tecnológica más social, un empleo de mayor calidad, una gobernanza más participativa y un territorio más sostenible. Sin embargo nadie puede asegurarnos que no se impondrá el círculo vicioso tan reconocible entre precariedad laboral, vulnerabilidad económica, deterioro ambiental, segregación territorial, aislamiento relacional, angustia emocional, deshumanización tecnológica y caos de cuidados.

En ese contexto, las servidoras y servidores públicos a pie de calle (street-level bureaucrats, según el concepto acuñado por Richard Lipsky hace treinta años) ocupan una posición estratégica en los procesos de implementación, innovación y legitimación de las políticas de bienestar. Tanto mediante su integración vertical en profesiones, gremios y disciplinas como a través de su integración horizontal intersectorial en el territorio, pueden actuar concertadamente y añadir valor a una práctica cotidiana inteligente en la que, necesariamente, su alianza sagrada sólo puede ser con la ciudadanía de la que son parte y a la que tienen la obligación ética de ofrecer una atención profesional y experta basada en el mejor conocimiento científico y tecnológico disponible.

En un reciente encuentro hablábamos de “cuidar la vida, garantizar la inclusión y convivir en diversidad”. Olvidar estas referencias (u otras similares) es garantía de quemarse y perderse en estos tiempos de brumas densas e interesadas. El servicio público a pie de calle, vital, ciudadano e innovador, es un agente indispensable en la construcción de esa comunidad de los cuidados que constituye hoy el reto central de las políticas públicas, urbano-territoriales y de bienestar.

(En la foto, Manlleu, “donde” hoy conversaremos sobre estos asuntos.)

Comunidad y cuidados: derechos y obligaciones

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Sólo podemos ser humanos en comunidad. Tras nacer, los seres humanos sólo podemos (sobre)vivir como humanos si otras personas nos cuidan, cuerpo a cuerpo, en la máxima proximidad. Es tal nuestra fragilidad, vulnerabilidad y dependencia constitutivas que, sólo tras largos años recibiendo cuidados proporcionados por otras personas, adquirimos la autonomía que nos permite autocuidarnos, es decir, decidir realizar y realizar efectivamente sin ayuda externa las actividades de la vida diaria. Ahora bien, es tal el legado de capacidades, lenguajes, conocimientos, tecnologías e instituciones que recibimos de otros humanos que, en pocos años más, podemos llegar a disponer de gran poder.

Es comprensible que las comunidades humanas y sus miembros se hayan dado unas normas éticas según las cuales existe una obligación moral de cuidar a otros seres humanos, en clave de reciprocidad. Pero eso no basta. Por eso las pequeñas comunidades y, finalmente, las sociedades (aplicando esta denominación a colectividades de mayor tamaño) se dotan de instituciones públicas para intentar garantizar los cuidados y las relaciones comunitarias, así como otros bienes, a todas las personas. Esto significan los derechos humanos.

Así, las que en un primer momento veíamos como obligaciones morales (de las personas proveedoras, por ejemplo, de cuidados) en el seno de relaciones de interdependencia constitutivas de comunidades humanas, pueden ser consideradas (desde el punto de vista de la persona que necesita recibir, por ejemplo, cuidados) como derechos subjetivos y exigibles. Así hablamos del derecho a los cuidados. Y también del derecho a la salud, a la educación, al empleo, al alojamiento y otros. Son derechos a la promoción y protección de bienes de primera necesidad, a su disfrute. Son derechos humanos y debieran estar recogidos en las constituciones y las leyes.

Ahora bien, por mucho que las instituciones públicas se conviertan en (y articulen) mediaciones eficaces para garantizar la protección y promoción de esos bienes, en puridad el Estado no puede garantizarnos totalmente su disfrute. No puedo quejarme a los poderes públicos si no tengo buena salud o educación, por ejemplo, pero sí puedo y debo reclamar que el Estado arbitre los mejores medios existentes para la promoción y protección de dichos bienes. El derecho a la salud (por seguir con ese ejemplo) se operativiza como derecho a la protección y promoción de la salud, como derecho a recibir atención por parte de un sistema sanitario de responsabilidad pública. Dicho de otra manera, esos bienes a los que tenemos derecho siempre tienen un cierto carácter relacional, de coproducción en nuestra autonomía y relaciones de interdependencia con otras personas.

El Estado, por poner otro ejemplo, no puede garantizar a todas las personas una comunidad cuidadora a la que pertenecer y en la que participar. Sin embargo, tiene sentido defender e intentar garantizar el derecho a disponer de (de pertenecer a) una comunidad de cuidados si lo entendemos como el derecho a que el Estado arbitre los mejores medios disponibles para que yo reciba los cuidados que necesite por parte de personas que siento cercanas.

Aquí hay que anotar que es cierto que las mediaciones tecnológicas, de conocimiento, organizativas, institucionales o jurídicas son cada vez más poderosas y dificultan que nos demos cuenta de que, cuando ejercemos un derecho, “al otro lado” siempre hay alguna persona o algunas personas con una obligación. Claro que la sanidad pública, con la cualificación de sus profesionales y la tecnología y organización y las leyes correspondientes son fundamentales en la garantía de mi derecho a la salud, pero “al otro lado” siempre hay una médica, un enfermero, una auxiliar o un celador que tiene una obligación y que mantiene una relación de interdependencia conmigo.

De esta manera se imbrican las obligaciones de reciprocidad en las relaciones comunitarias y los derechos prestacionales que nos garantizan las instituciones públicas. De esta forma entendemos que, lejos de entender el ejercicio de las responsabilidades que tenemos en las relaciones comunitarias de reciprocidad como una oportunidad para que el Estado deje de garantizar derechos, la construcción de la comunidad es considerada, por el contrario, como una función fundamental del Estado, a través de sus políticas públicas. Un Estado, por otra parte, que, con independencia de cuánta comunidad cuidadora contribuya a desarrollar, debe ocuparse eficazmente de que todas las personas recibamos en todo momento los cuidados que necesitamos. Los cuidados y todos los otros bienes de primera necesidad identificados por las declaraciones de derechos humanos.

(Entrada escrita a petición de María José Aguilar en el congreso, finalizado ayer, de la Red Española de Política Social, en el marco de una conversación en la que participaron también, entre otras, Lucía Martínez Virto, Raquel Martínez Buján, Sara Moreno, Begoña Elizalde, Magdalena Díaz Gorfinkel, Roser Girós, Kristina Soares, Christel Keller, Martín Zuñiga, Patricia Celi, María Antonia Carbonero y Xabier Ballesteros, quien continuó después la conversación a través de telegram.)

Mirada, definición, instrumentos y contexto de una política de cuidados

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Mirada

La mirada es crucial. ¿Por qué la mirada política que construyó el Decreto de declaración del estado de alarma de 14 de marzo de 2020 identificó decenas de actividades (en un sentido u otro) pero no las residencias de mayores ni, en general, los servicios sociales (que, sin embargo, en pocos días se convirtieron en foco de atención)? Para ver bien en materia de cuidados cabe proponer una mirada:

  • Feminista, para poder ver la crisis de los cuidados.
  • Interseccional, para poder ver las cadenas globales de cuidados.
  • Pospandémica, para poder ver el colapso relacional como uno de los posibles colapsos a los que nos acercamos.

Definición

Sin perjuicio del movilizador uso metafórico de la palabra “cuidado”, las políticas de cuidados necesitan acotar u operativizar con precisión las actividades que se consideran cuidados. La complementación externa de la capacidad funcional autónoma para la decisión y ejecución de las Actividades (básicas, instrumentales y avanzadas) de la Vida Diaria puede ser una definición de consenso, siempre y cuando comprendamos la naturaleza emocional y relacional y el necesario carácter humanizador del cuidado.

Instrumentos

Posiblemente el modelo implícito de cuidados de larga duración con el que operan relevantes y determinantes capas y actores sociales en nuestro entorno se basa en una combinación de dinero (fundamentalmente pensiones), patrimonio (sobre todo vivienda) y suerte (con la salud y la familia), con un papel residual, no deseado y racionado de unos servicios sociales de bajo valor añadido como plan B. Podría decirse que es un modelo arraigado pero, como tal, insostenible.

Contexto

La deseable configuración de una política universal y estratégica de cuidados profesionalizados de enfoque comunitario, impacto preventivo y base tecnológica que nos aleje del caos deshumanizador es, seguramente, una compleja operación de ingeniería e innovación institucional, política y social de la mayor envergadura, tiene alcance civilizatorio y se sitúa en el corazón de un cambio significativo en el contrato social de clase, de género e intergeneracional, con imprescindible afectación de la fiscalidad y de la propiedad de la vivienda y el territorio.

(Resumen de la intervención realizada ayer en el congreso de la Red Española de Política Social. Antes de esta intervención, compartida en una mesa con Raquel Martínez Buján, Maite Martín Palomo, Penélope Castejón y Félix Arrieta, pudimos disfrutar, como se ve en la fotografía, de la conferencia de Joan Claire Tronto, que nos habló de su propuesta de caring democracy.)

En busca de nuevos modelos de cuidados

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Hay que poner cuidado al hablar de los cuidados. Es un asunto delicado, que está provocando mucho sufrimiento a muchas personas que necesitan cuidados o que los proporcionan. Es, probablemente, una de las cuatro o cinco heridas principales de nuestra sociedad. No podemos hablar descuidadamente de los cuidados y, seguramente, para hablar cuidadosamente de los cuidados, nuestra mirada ha de ser necesariamente feminista e interseccional. Feminista porque, como nos ha mostrado y muestra el feminismo, es tremendo el sesgo de género en el reparto de ese sufrimiento del que hablábamos. Interseccional porque ese sesgo de género se imbrica con otros relacionados, por ejemplo, con la edad, la capacidad o el origen, en un contexto de graves desigualdades en el acceso al ejercicio de derechos de las personas. Además, es posible que la crisis de los cuidados y las cadenas globales de cuidados sean señales de un futuro colapso relacional.

Para hablar con cuidado de los cuidados y de su abordaje desde las políticas públicas, ciertamente, necesitamos operativizar el concepto de cuidados. Para eso nos resulta útil referirnos a las Actividades de la Vida Diaria (básicas, instrumentales y avanzadas) y comprender que, en la mayor parte de las personas y de los momentos de la vida, el cuidado es autocuidado, porque para cuidar, en principio y en general, no hay que tener ninguna cualificación especial. Los cuidados complementan la capacidad funcional de la persona que los recibe y, bien realizados, tienen una dimensión habilitadora, una dimensión relacional y, en definitiva, una dimensión humanizadora.

Identificamos, telegráficamente, algunos nudos o disyuntivas para la política pública sobre cuidados:

  1. ¿Abordamos los cuidados todos juntos o por partes (separando, por ejemplo, el cuidado de las criaturas de los cuidados de larga duración)?
  2. ¿Cuánto viene condicionada la política sobre cuidados por la política de vivienda y urbanismo?
  3. ¿En qué medida y cuándo ofrecer servicios, dinero o tiempo liberado?
  4. ¿Cabe una Intervención poblacional (comunitaria) al respecto de los cuidados?
  5. ¿Utilizamos los principales dispositivos existentes (dinero compensatorio, servicios educativos, servicios sociales) u otros dispositivos menos utilizados (cheques-servicio, desarrollo comunitario, tecnología u otros)?
  6. ¿Cuál es el lugar y la articulación de la prescripción facultativa en los cuidados?
  7. ¿En qué medida ofrecer sólo cuidados y en qué medida ofrecer a la vez otros apoyos o intervenciones (por ejemplo, rehabilitación o asesoramiento a las personas cuidadoras)?
  8. ¿Cuál es el lugar del servicio doméstico en la política sobre cuidados?
  9. ¿Cómo formulamos el derecho al cuidado? ¿Únicamente en referencia a la autonomía o capacidad funcional de la persona o teniendo en cuenta también si dispone de apoyos primarios.
  10. ¿Cuáles serían, junto a los cuidados, los componentes de un nuevo contrato social intergeneracional? ¿Fiscalidad sobre la herencia? ¿Otros impuestos? ¿Dependencia como contingencia cubierta por la Seguridad Social contributiva?

Sobre estas y otras cuestiones hablaremos hoy, 16 de marzo de 2021, a partir de las 16 horas en el congreso de la Red Española de Política Social en la Universidad de Deusto (Bilbao) y a través de Internet (siendo posible la presencia de público en la universidad y el acceso libre a través de youtube).

Mi REPS (agradecimiento personal a una comunidad de pensamiento, afectos y acción)

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Es inevitable que cada miembro de una organización recuerde y reconozca una parte de su historia colectiva, hasta cierto punto, diferente de la que rescatan y proyectan otras personas partícipes de esa misma trayectoria compartida. Por eso me atrevo aquí hoy a hablar en primera persona del singular, con alegría, gratitud e ilusión, de “mi” Red Española de Política Social. También con un poco de orgullo, es verdad.

Y comenzaré diciendo que conservo un correo electrónico enviado por Luis Moreno a Ana Marta Guillén el 30 de julio de 2008 a las 14:37 horas, proponiendo la constitución de la rama española de ESPAnet. En copia aparecemos una treintena de personas y, entre otras, Manuel Aguilar, José Adelantado, Ana Arriba, Luis Ayala, Demetrio Casado, Eloisa del Pino, Manuel Pérez Yruela, Maite Montagut, Gregorio Rodríguez Cabrero, Margarita Leon, Luis Sanzo, Begoña Pérez Eransus o Joan Subirats. Un mensaje posterior, de 28 de noviembre, firmado por Ana Guillén, Luis Moreno y Miguel Laparra, y dirigido ya a más de 100 personas, representa el banderazo de salida de nuestra Red.

Releo esa lista de nombres y pienso aquello de “¿qué hace un chico como tú en un sitio como éste?”. Fundamentalmente, porque la mayoría de esas personas son profesorado universitario. No siendo parte de la tribu académica, en la REPS, sin embargo, siempre me he sentido acogido, reconocido e impulsado. Seguramente porque las académicas y académicos de la REPS y ESPAnet tienen especial interés en lo que pasa fuera de los muros de sus facultades.

Y empezaron los congresos: Oviedo, Madrid, Pamplona, Alcalá de Henares, Barcelona, Sevilla y Zaragoza. Y la fortuna del encuentro con personas como José Antonio Noguera, Alessandro Gentile, Lucía Martínez Virto, Pau Mari-Klose, Germán Jaraíz, María José Aguilar, Miguel Ángel Manzano, Raquel Buján, Emmanuele Pavolini, María Silvestre, Xabier Aierdi, Bea Cantillon, Ricard Gomà, Joseba Zalakain, Tine Rostgaard, Quim Brugué, Sara Moreno, Víctor Renes y muchas otras, que no menciono aquí para no alargar excesivamente esta entrada.

La REPS, durante estos años, ha venido estudiando las políticas sociales, ha constituido un espacio amigable de conversación y debate sobre ellas y ha tenido y sigue teniendo influencia sobre el diseño y la implementación de las políticas públicas de bienestar realmente existentes. Para mí ha sido y sigue siendo un ámbito amable, interesante y estimulante para el análisis y la construcción de unas mejores políticas sociales. En definitiva, de una sociedad mejor.

Y hoy comienza en Bilbao el octavo congreso de la Red Española de Política Social. La pandemia lo hace distinto y, a la vez, más necesario que nunca, para alumbrar el futuro. Por ello estoy seguro de que, con mascarillas y videoconferencias de por medio, nuestra comunidad de práctica, conocimiento e innovación volverá a encontrarse con muchas ganas y a conjurarse de nuevo, como dice el lema elegido, por unas políticas sociales que sirvan para cuidar la vida, garantizar la inclusión y convivir en diversidad.

¿Canguros para la conciliación o baterías para coches eléctricos? (Cañones o mantequilla)

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Paul Samuelson, Premio Nobel de Economía en 1970 (en la foto), planteaba en sus manuales una situación hipotética en la que un país tenía dos productos (cañones y mantequilla, utilizando una disyuntiva anteriormente planteada) y se veía en la tesitura de decidir cuánto de cada uno de ellos producir. La referencia a los cañones y la mantequilla se ha utilizado repetidamente para explicar que la economía es la ciencia que nace a partir de la existencia de recursos limitados susceptibles de usos alternativos y específicamente para referirse al concepto (estudiado anteriormente por David Ricardo) de coste de oportunidad, es decir, de lo que perdemos o dejamos de ganar por tomar un determinado curso de acción en lugar de otro.

La necesidad de optar entre cañones y mantequilla se ha utilizado frecuentemente para ilustrar opciones de política pública, por ejemplo, entre gasto militar y gasto social o, en el caso de la pandemia, entre política sanitaria y política industrial, por ejemplo. La prensa de estos días, sin embargo, nos pone encima de la mesa dos ejemplos de utilización de recursos públicos y de decisiones políticas que quizá nos muestran que nuestros gobiernos tienen ante sí mucha más variedad de opciones que los del siglo pasado. Y cursos de acción quizá más diversos y extremos.

Así, el Ministerio de Igualdad del Gobierno de España ha anunciado la financiación pública para canguros profesionales que atiendan a criaturas, con la finalidad declarada de que sus madres y padres puedan conciliar mejor (y, deseablemente, con mayor corresponsabilidad entre mujeres y hombres) sus responsabilidades familiares con las laborales y otras que puedan tener. Al mismo tiempo, el Ministerio de Industria, Comercio y Turismo ha comunicado que va a crear un consorcio público-privado con empresas eléctricas y automovilísticas para fabricar baterías para coches eléctricos, en una iniciativa que se considera estratégica para que España pueda retener e incrementar producción y empleo en el contexto del cambio tecnológico en el que está inmersa la industria del automóvil.

Lógicamente, si los poderes públicos decidieran ahora en España contratar más médicas, maestros o juezas o tender kilómetros de carreteras o vías férreas, estaría bastante claro qué organizaciones públicas incorporarían o canalizarían los recursos correspondientes. Sin embargo, cuando el Estado se adentra en el territorio más ignoto, por ejemplo, de los canguros o las baterías, eso no está tan claro. ¿Qué instrumentos jurídicos, mediaciones organizativas y anclajes institucionales se utilizarán para que el Estado logre la contratación de canguros o la fabricación de baterías? Todavía es una incógnita.

Los poderes públicos están obligados a emprender, innovar y a experimentar; deben “pensar fuera de la caja” y “salir de su zona de confort”; y deben esforzarse en saber y en comunicar cuándo sus iniciativas son coyunturales, cuándo son experimentales y cuándo buscan generar y estabilizar estructuras estables y sostenibles. El papel del Estado en la satisfacción de las distintas necesidades de las personas es un contenido fundamental del contrato social, que consiste en una claridad que nos permita a las ciudadanas y ciudadanos saber qué derechos tenemos y qué aportación se espera de nosotras. En determinados momentos y ámbitos es el propio Estado el que tiene que arremangarse y hacer. En otros, le corresponden otros papeles no menos relevantes (como, por ejemplo, regular, incentivar, financiar o controlar). Ojalá acertemos con los canguros, las baterías y todo lo demás.

¿Qué (nos) está cambiando? (Reflexiones pandémicas)

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Una de las consecuencias de esta experiencia pandémica es una cierta alteración (diferentes tipos de alteraciones) de la relación entre las diversas personas y algunos de los dispositivos mediante los cuales funcionamos en la sociedad y obtenemos (de forma más directa o indirecta) satisfacción para nuestras necesidades. Se utiliza aquí la palabra dispositivo en un sentido amplio: desde las gafas sin las cuales no podría estar escribiendo este texto hasta la Seguridad Social a la que cotizo todos los meses; desde este ordenador conectado a Internet que tengo ante mí hasta la calle que pisaré cuando salga de casa dentro de un rato.

Esos dispositivos o mediaciones lo son para la relación de las personas con el medio físico y con otros seres humanos. En esas relaciones mediadas, las personas dependemos del medio y lo construimos, utilizamos los dispositivos y somos manipulados y transformados por esos dispositivos y medios. Esto, por cierto, ocurre en unas coordenadas espaciales y temporales. En el año pandémico hemos visto cambiar nuestro ritmo de vida porque hay procesos que se han vuelto más costosos en tiempo y otros que se han facilitado y parecemos oscilar entre la aceleración inducida y la pausa impuesta. Nuestro desenvolvimiento por el espacio se ha visto también notablemente alterado, frecuentemente condicionado o prohibido.

Parece que hay procesos que han tendido a digitalizarse más intensamente. Por ejemplo, los cobros y pagos, es decir, el uso del dinero. Y la digitalización de los flujos financieros puede llegar a modificar en forma importante la propia naturaleza del dinero como regulador de la vida económica y social. Pensemos en las amenazas y oportunidades que la digitalización de todas las transacciones monetarias aporta para la obstaculización o agilización de los pagos de las prestaciones y ayudas que recibimos cuando las personas o las empresas nos encontramos en situaciones de vulnerabilidad económica.

Otras relaciones, en cambio, han revelado con más fuerza su necesaria dimensión corporal y material. El hecho de que el virus haya afectado a nuestros cuerpos nos ha hecho más conscientes de que necesitamos cuidados que requieren proximidad física y las medidas restrictivas de dicha proximidad en las relaciones sociales nos hacen añorar, por ejemplo, la espontaneidad de los encuentros urbanos imprevistos, la común utilización del espacio público cotidiano o los abrazos como forma de expresión de la alegría y el afecto. Está por valorar el alcance del impacto emocional y existencial de esta situación.

El colapso pandémico y su alargamiento con perspectivas inciertas es un colosal experimento social y humano. Sin ninguna duda está afectando a las relaciones económicas, sociales y políticas y a la configuración de sujetos colectivos que actúan en la esfera pública. Sujetos colectivos que están viendo regulado de formas inéditas el ejercicio de libertades y derechos fundamentales para la vida política y social o que son más segmentados, fragmentados y recombinados por el poder de los algoritmos en las redes digitalizadas de comunicación, al que están más sometidos.

Cabe decir, además, que no sabemos hasta qué punto pueden llegar a afectar estos procesos a nuestra propia configuración y sostenibilidad como seres humanos, al alterar notablemente formatos espaciotemporales de relación de las personas con sus entornos físicos y humanos. El humano es un ser forjado en el cuidado en proximidad física y en la conquista de la autonomía mediante el dominio del medio natural con diferentes herramientas. En este contexto, nos preguntamos quizá con más fuerza dónde termina la persona y dónde comienza la tecnología, dónde termina la libertad individual y dónde comienza el poder del algoritmo, dónde termina el “nosotras” y dónde comienzan “los otros”, dónde termina la soberanía colectiva y dónde comienza la regulación y cuándo ésta es legítima o ilegítima.

Preguntas abiertas, reflexiones pandémicas.

(La imagen pertenece a la película “2001: una odisea del espacio”, de Stanley Kubrick.)