Atención comunitaria integrada: un sueño al alcance de la mano

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Desde el 11 de marzo de 2020 no he vuelto a Barcelona y quizá por eso el jueves soñé que me había trasladado a vivir allá.

En el sueño, mi barrio ha sido escogido para una experiencia piloto de atención comunitaria integrada, en el marco del Plan Estratégico de Servicios Sociales de Catalunya y, en este caso, impulsado por un convenio de colaboración firmado por tres amigas: Meritxell Benedí (Generalitat de Catalunya), Lluïsa Moret (Diputación de Barcelona) y Laura Pérez (Ayuntamiento de Barcelona). Desconozco si el hecho de que sean, respectivamente, de Esquerra Republicana de Catalunya, el Partit dels Socialistes de Catalunya y En Comú Podem tiene algún significado en mi sueño.

Lógicamente, el pilotaje de una atención integrada de carácter comunitario en mi barrio soñado requiere de una gobernanza estratégica, de un equipo directivo que ordene los procesos y deshaga los nudos. En mi sueño, partiendo de la experiencia del Pla interdepartamental d’atenció i interacció social i sanitària, en esa gobernanza están Albert Ledesma y Joan Carles Contel, así como Dolors Colom, representando la mirada del trabajo social sanitario, y Núria Fustier, la de la planificación y programación.

En este sueño no hago más que tirar de amigas y amigos por todas partes. Sigamos.

En mi sueño, el barrio cuenta con potentes procesos de acción comunitaria o desarrollo comunitario que, desde equipamientos y equipos públicos, impulsan las redes vecinales de cuidados y ayuda mutua, la mediación y la convivencia, el asociacionismo y el voluntariado, la participación ciudadana y la economía circular, de proximidad y solidaria. En esas labores andan Oscar Rebollo (Ayuntamiento), Marta Solé (Diputación) y Marta Ballester (desde el cooperativismo, la universidad y la oficina técnica de apoyo a los Planes locales de acción comunitaria e inclusiva).

Otro amigo, Javier Burón (gerente de Vivienda del Ayuntamiento de Barcelona), promueve en el barrio la diversificación de formatos de alojamiento mediante la colaboración público-comunitaria, las cooperativas con cesión de uso o las viviendas colaborativas, lo que facilita que las personas del barrio, sin irnos a vivir fuera, podamos encontrar, en nuestros diferentes momentos y situaciones vitales, la vivienda que mejor se ajuste a nuestras necesidades y capacidades.

Otro equipo tripartito de gente querida (con Anna Rufí, Miguel Ángel Manzano y Marta Fabá) es el encargado, en mi sueño, de dotar al proyecto y a los diferentes servicios de herramientas digitalizadas para la localización proactiva, el diagnóstico, la estratificación, el cribado, el seguimiento y, en definitiva, la gestión compartida de la información acerca de las personas que vivimos en el barrio y nuestros itinerarios de atención.

En el sueño, mi médica de atención primaria es Aina Perelló, experta en mapeo de activos de salud, fan de los paseos saludables, dinamizadora de diversos foros y comunidades y buena conocedora de los protocolos de atención integrada para diferentes perfiles de personas. Como lo es el coordinador de mi centro de servicios sociales de referencia, Xabier Ballesteros, quien anima la Colla Cuidadora y otros proyectos en cuya supervisión y mejora trabaja Clàudia Manyà, educadora social y consultora.

LluÍs Torrens (desde el Ayuntamiento) y Mar Mestre (desde la cooperativa que gestiona el servicio) impulsan en mi sueño la experiencia de las supermanzanas sociales en lo relacionado con servicios sociales domiciliarios y también innovaciones tecnológicas como el programa Vincles o el uso de robots para algunos cuidados. A su vez, Ester Sarquella es la encargada de todo lo que tiene que ver con la teleasistencia avanzada y su sofisticada cacharrería para el domicilio o llevable, uso de la inteligencia artificial y gran capacidad de detección, anticipación y conexión.

Esther Limón, médica familiar y comunitaria, aporta la mirada del ciclo de vida, con programas que van desde la atención temprana integrada (para criaturas en sus primeros años de vida) hasta las comunidades compasivas y los cuidados paliativos integrados y domiciliarios. Ariadna Manent, Carles Campuzano y Toni Codina tienen la misión de apoyar a las organizaciones del tercer sector en el proceso de seguirse enredando y enraizando cada vez más en el territorio y la proximidad. Elisa Sala coordina el programa Radars y otras iniciativas de prevención de la soledad, en su mayoría de organizaciones del tercer sector.

(Me voy acercando al “millón de amigos” de Roberto Carlos. Se me acaba el espacio. Sigo.)

Manuel Aguilar es un sabio asesor para toda esta movida, un buen árbitro para evaluar el proyecto. Por último, aparecen en mi sueño Andrea Barbiero, dedicada al manejo de las grandes cantidades de datos que se producen en este proyecto y Jésica de Armas, incorporando los métodos cuantitativos, modelos matemáticos y algoritmos avanzados para una atención centrada en la persona. (A ellas dos debo la reciente invitación que me puso a soñar, por cierto.)

Todo lo que se cuenta en este sueño ficticio es muy real o muy cercano a la realidad, aunque más disperso en diferentes lugares y momentos. Todo existe: mi privilegio de contar con la amistad de estas personas y, lo que es mucho más importante, las iniciativas o programas que se citan junto a sus nombres, que me he tomado la libertad de utilizar y poner juntas en un mismo barrio. Lo he hecho porque, al construir este sueño con materiales tan reales (y siendo consciente de que podrían citarse muchas otras personas y experiencias), la atención comunitaria integrada se me ha aparecido como una de esas #UtopíasPosibles.

Nuestros servicios sociales tras un año de pandemia

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La pandemia de la covid y las medidas tomadas frente a ella están suponiendo una enorme prueba de esfuerzo para muchos de los sistemas o dispositivos de nuestras sociedades y cabe suponer que dichos mecanismos o artefactos sociales se están viendo afectados y lo están haciendo, en buena medida, en función de su naturaleza o estructura previas.

Por ejemplo, los sistemas públicos de salud, posiblemente, están recibiendo todavía un mayor caudal de apoyo en cuanto a su universalidad (porque “no te puedes permitir pagar cuarenta días de UCI de tu bolsillo”) y han hecho realidad, como nunca, el lema “salud en todas las políticas”, en la medida en que ha habido y hay buenas razones para que otros subsistemas o ramas (como el transporte, la hostelería o la cultura, por citar tres) subordinen su actividad a la finalidad del sistema sanitario, al menos temporalmente. A la vez, seguramente, se ha acentuado la dependencia de la sanidad pública respecto de las mercantiles farmacéuticas para lo relacionado con la investigación, desarrollo e innovación en salud (de cuya importancia no podemos dudar).

Por poner otro ejemplo, en los sistemas de telecomunicaciones , posiblemente, se han reforzado aún más el poder de las grandes corporaciones privadas multinacionales, la digitalización de los procesos y el modelo de negocio apoyado en la comercialización de los datos que de forma voluntaria o involuntaria entregamos como usuarias, en la escalabilidad de las actividades productivas y en la integración vertical y horizontal para alcanzar una posición dominante en el sector correspondiente.

Los servicios sociales, por su parte, parecen haber visto acrecentado su funcionamiento e identidad como última red de asistencia o protección sin contenido específico, a la que sólo cabe acudir cuando todos los demás resortes o soportes han fallado. Una red a la que, literalmente, se puede recurrir casi para cualquier cosa (alimentos, dinero para pagar la luz, fármacos, cuidados, alojamiento, relaciones, servicio doméstico, ropa, orientación laboral y así sucesivamente) pero sólo si demuestras que no tienes otra forma de obtenerla. Diríamos que se ha reforzado su condición de servicios residuales para emergencias no cubiertas (a veces emergencias cronificadas, vale decir).

Por eso, quizá, es cada vez más difícil identificar el pretendido valor añadido técnico o contenido prestacional específico y propio de los servicios sociales, en detrimento de unas cada vez más omnipresentes, inadecuadas e ineficientes funciones administrativas o de gestión. Obviamente, en ese océano de gestión residual y en esa mezcla de actividades hay islas en las que cabe identificar cuidados, apoyos e intervenciones de mayor valor añadido que podrían, hipotéticamente, universalizarse, articularse y llenar de contenido un sistema o rama con un cometido diferenciado, pero se diría que esas islas son más pequeñas y están más aisladas que hace un año: ha subido el nivel del mar de la gestión generalista de la emergencia aguda o cronificada, de una emergencia, muchas veces, generada estructural y deliberadamente.

Se debe reconocer el esfuerzo, el sacrificio y, en ocasiones, el heroísmo de tantas trabajadoras y trabajadores de los servicios sociales, desde las oficinas de proximidad y la atención domiciliaria hasta los diferentes tipos de centros residenciales. Trabajadoras y trabajadores que han hecho realidad la máxima de poner en el centro la vida (directamente, la supervivencia) de las ciudadanas y ciudadanos. Es más, en muchas ocasiones, el personal de los servicios sociales ha sido capaz de, además de garantizar eficazmente la supervivencia de las personas usuarias, atender con cuidado a sus situaciones y necesidades emocionales y relacionales, promoviendo su autonomía y autodeterminación.

En términos generales y estructurales, sin embargo, hemos de reconocer que los servicios sociales, en la comunidad y en las residencias, están más lejos que hace un año de poder ser reconocidos, reclamados o estructurados como esa rama de servicios profesionales, técnicos, asistenciales, personalizados, humanizadores, comunitarios, preventivos y universales que en teoría decimos que deben ser. El asistencialismo (dedicarse a hacer peor que otros lo que otros debieran hacer) ha ganado terreno.

Recordando la fábula de la rana y el escorpión es como si, habiéndose preguntado a nuestros servicios sociales por qué se han comportado de manera asistencialista en la pandemia, éstos respondieran: lo siento, está en mi naturaleza.

Estrategias para la innovación en servicios sociales

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La fragmentación del ecosistema de agentes, de la (deseable) comunidad de conocimiento para los servicios sociales es una separación del conocimiento en función de los colectivos poblacionales en los que tradicionalmente (y, en buena medida, actualmente) se ha estructurado la atención de los servicios sociales, especialmente en las organizaciones del tercer sector y las privadas. Pero también es una incomunicación entre las áreas de conocimiento en las que se forman las profesionales que trabajan en los servicios sociales: entre las grandes disciplinas presentes en la universidad (trabajo social, educación social y psicología), entre la formación universitaria y la formación que se obtiene en otras instituciones; entre las comunidades (colegios) profesionales, entre las asociaciones científicas y así sucesivamente.

Frente a los agentes que tienen incentivos o inercias para mantener la fragmentación, es débil la acción de agentes que, como determinados Departamentos (o partes) de instituciones públicas, ciertas organizaciones dedicadas al conocimiento (observatorios, centros de estudios, consultoras o divulgadoras) u otras, sí toman el conjunto del ámbito de los servicios sociales como referencia. Además, aquí se produce el problema de la ambigüedad o confusión en cuanto al perímetro de actividad que se identifica (a veces más amplio, a veces más restringido, a veces sesgado, por la polisemia de la palabra “social”) y también las confusiones o ambigüedades en lo que tiene que ver con la distinción y conexión entre el conocimiento sobre la cadena básica de valor o actividad operativa (intervención social), sobre la gestión y sobre el gobierno (y las disciplinas correspondientes).

En este contexto, algunas propuestas estratégicas para avanzar podrían ser:

  1. Potenciar en las personas con responsabilidad política en materia de servicios sociales la conciencia de la necesaria reconversión tecnológica con base científica de los servicios sociales.
  2. Priorizar la investigación, diagnóstico, estratificación y evaluación que ayude a identificar las necesidades, recursos, capacidades y efectos que corresponden al objeto específico de los servicios sociales (no cabe integración horizontal si previamente no hay identidad como rama).
  3. Apoyar la innovación tecnológica y social que permita visualizar y visibilizar los servicios sociales como rama, su impacto preventivo y su integración horizontal con otros ámbitos de actividad (singularmente vivienda-urbanismo y salud) en la comunidad y el territorio.
  4. Favorecer los espacios de encuentro y colaboración entre referentes y productoras de conocimiento de las distintas disciplinas o profesiones y colectivos poblacionales.
  5. Impulsar dinámicas tripartitas en las que participen proveedoras, instituciones políticas y agentes especializados en conocimiento.
  6. Conectar las dinámicas locales de investigación, desarrollo e innovación en servicios sociales con las dinámicas internacionales generales de ciencia y tecnología desde apuestas de país.

(Fragmento adaptado de un artículo recientemente publicado en la Revista de Treball Social, que puede descargarse completo aquí.)

Escenarios de futuro en cuidados de larga duración

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Un modelo de cuidados de larga duración es una combinación de elementos como:

  • un modelo de atención (contenidos y características de los servicios y prestaciones que reciben las personas),
  • un modelo de prescripción (quién decide que se atienda o intervenga),
  • un modelo de gestión (quien contrata a las personas que cuidan) y
  • un modelo de financiación (todo esto quién lo paga).

Identificamos tres tipos ideales a los que podría parecerse nuestro futuro en materia de cuidados de larga duración:

1. En el modelo corporativo pesarían más los intereses de los principales colectivos organizados que participan en los cuidados de larga duración y, fundamentalmente, los de las grandes y medianas empresas proveedoras (con o sin ánimo de lucro) y los de las trabajadoras y trabajadores de menor cualificación y más numerosos organizados en sindicatos.

Se trataría, básicamente, de una continuidad o profundización natural del modelo actual: servicios básicamente reactivos de bajo valor (tecnológico, económico y social) añadido para públicos relativamente cautivos y desempoderados. Los servicios sociales se podrían ver aquí como un negocio complementario de otros (como el inmobiliario).

2. En el modelo consumerista los poderes y administraciones públicas se desembarazarían de la provisión (directa o indirecta) de servicios y se configurarían como aseguradoras que dan un dinero (pago directo, cheque-servicio o presupuesto personal) a cada persona en función de unos requisitos más o menos objetivos y luego las personas y familias se buscan la vida en los mercados de los diferentes servicios o apoyos.

Es un modelo atractivo para las responsables políticas y otros agentes que perciben los inconvenientes del actual modelo mixto que, dicho coloquialmente, no es ni carne (gestión pública directa, como en la sanidad) ni pescado (toma el dinero y corre, como en las pensiones). Por otra parte, es una reivindicación histórica de movimientos de personas con discapacidad física u otros sectores.

3. El modelo comunitario sería el que, en teoría, defiende la mayor parte de comunidad de conocimiento y de los movimientos organizados de personas profesionales y de la ciudadanía usuaria de los servicios. Se basaría en un modelo de atención preventivo y poblacional, así como en la innovación tecnológica, social y política para la sostenibilidad de la vida en el territorio.

Este modelo sólo parece factible con una (improbable) apuesta política significativa por el fortalecimiento técnico y organizativo de la atención primaria del sistema público de servicios sociales (que genere capacidad y legitimidad para la prescripción facultativa) en un marco de integración intersectorial de la atención entre las diferentes ramas del sistema de bienestar con terminales territorializadas (como salud, servicios sociales, empleo, garantía de ingresos o vivienda, entre otras).

Lógicamente, cabe imaginar diferentes mezclas entre estos escenarios.

(Notas en el marco de un trabajo con el grupo cooperativo Servicios Sociales Integrados.)