Cambio tecnológico y desintegración de los servicios sociales

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El impacto de las tecnologías, del cambio tecnológico, en la vida social y, específicamente, en las organizaciones y sistemas de actividades profesionales no es privativo de la tecnología digital pero ésta, posiblemente, esté desencadenando y vaya a desencadenar cambios estructurales en el funcionamiento social de una velocidad e intensidad desconocidas. En la actualidad cabe presentar la hipótesis de que el cambio tecnológico ligado al procesamiento inteligente de grandes cantidades de datos contribuiría a una creciente desintegración, diferenciación o separación de dos actividades que encontramos notablemente mezcladas en los servicios sociales realmente existentes, como son:

  • La asignación de recursos económicos (o incluso en especie) para necesidades de subsistencia material (también, en su caso, habitacionales), en función de información administrativa sobre carencia de dichos recursos (cuestión en la que los servicios sociales son cada vez menos competitivos).
  • La oferta de cuidados, apoyos e intervenciones para desarrollar y complementar la autonomía para proyectos, decisiones y actividades de la vida diaria en relaciones primarias familiares y comunitarias, en función de valoración propositiva desde las disciplinas de la intervención social (que podría quedar como cometido de los servicios sociales).

Además, en el actual contexto, la ciudadanía aprende cada vez más a distinguir para qué necesidades admite o desea, en buena medida, una prescripción facultativa y una autoridad pública (claramente, por ejemplo, las de salud) y para cuáles prefiere, más bien, ejercer su autonomía moral y capacidad de elección (por ejemplo, las de vestido). Hoy por hoy, para muchas necesidades a las que pretendían dar respuesta los tradicionales servicios sociales, gran parte de la población prefiere dinero en función de criterios fácilmente objetivables (para pagar, por ejemplo, por alimento o suministros del hogar) en lugar de intervención profesional en función de un diagnóstico y una planificación basadas en conocimiento científico y técnico. Y, desde luego, lo que no tiene mucho sentido es que personal formado para la intervención técnica se dedique a la tramitación administrativa.

Sin embargo, por otro lado, por ejemplo, en la medida en que se va incrementando la capacidad de dispositivos móviles o llevables por la persona (que reciben, procesan y entregan datos en tiempo real), estos dispositivos pueden tener más peso como parte del proceso de diagnóstico, prescripción y aplicación de la prescripción y para la integración entre la acción de la persona usuaria y de la organización prestadora del servicio, de modo que se puede ir ampliando y enriqueciendo la gama de servicios sociales de prevención, cuidado y apoyo en un continuo de carácter altamente personalizado y comunitario.

Ciertamente, la sociedad digital del conocimiento representa un desafío imponente para nuestros servicios sociales. Puede ser la puntilla que acabe por mandarlos al basurero de la historia, contribuyendo a fragmentarlos y recombinarlos con otras actividades hasta no dejar rastro de ellos. O puede ser una poderosa palanca de transformación hacia los servicios sociales que muchas hemos soñado, un revulsivo para alinear esfuerzos desde fortalezas como la capacidad investigadora de la academia, la fuerza movilizadora de los colegios profesionales y las sociedades científicas, la capacidad de gestión de las entidades solidarias, la autoridad pública de las Administraciones y el impulso innovador de las políticas para esos nuevos servicios sociales que este minuto reclama y posibilita.

(Adaptación de fragmentos del artículo “Los servicios sociales ante la inteligencia de grandes cantidades de datos”, publicado por la Fundació iSocial, que puede descargarse completo aquí.)

La soledad no deseada, visitada por el virus

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Las personas y organizaciones que venían estudiando, previniendo y abordando el fenómeno de la soledad no deseada en nuestra sociedad están teniendo, en estos tiempos de emergencia, confinamiento y distanciamiento por la covid-19, un contexto en el que, afectadas por el dolor y el miedo que atenazan y amenazan, tienen, sin embargo, la ocasión de revisar, a la luz de nuevas experiencias, anteriores planteamientos y prácticas.

Recordemos que la pandemia llega a una sociedad que ya estaba identificando, con intensidad creciente en los últimos años, la soledad no deseada como un problema social importante cualitativa y cuantitativamente, en un contexto en el que diversos factores estructurales venían generando una situación de creciente insostenibilidad (y riesgo de colapso) relacional, en lo tocante a la trama de redes primarias de carácter familiar y comunitario fundamentales para el funcionamiento social.

En la pandemia, por mor del confinamiento domiciliario, se pide a esas redes familiares y comunitarias (y especialmente a mujeres) que asuman temporalmente una parte de las vivencias, cuidados y apoyos de los que se habían hecho cargo diversos entornos y servicios educativos, sociales y otros. A la vez, la emocionalidad de la emergencia, sin duda, activa muchas de dichas relaciones, que se hacen más vigorosas y operativas, potenciándose flujos de ayuda y afecto en las familias, las unidades de convivencia, las cuadrillas, los vecindarios, los balcones y los barrios. Diríamos que el mundo de la vida cotidiana se reivindica un tanto frente al del sistema y el capital “productivo”.

Simultáneamente, perdemos (sin saber cuánto y hasta cuándo) espacios y oportunidades propicias para la construcción y el cultivo de vínculos primarios (fuertes y débiles) como los bares, las plazas, las actividades culturales, las fiestas, las infraestructuras turísticas, la práctica deportiva y muchas otras. En parte compensamos ese déficit, algunas personas y en algunos casos, con la utilización de medios digitales de comunicación.

Dentro de este panorama general es obligado poner el foco en las residencias de personas mayores. Si bien hay otros factores, no cabe duda de que la limitación de relaciones primarias es uno de los principales que ha venido determinando el ingreso de las personas, normalmente no por su voluntad, en este tipo de servicios sociales. Éstos, tras ocupar durante semanas las portadas de los medios de comunicación, por la cantidad de personas muertas (no pocas veces en una terrible soledad) entre sus usuarias, quedan, como mínimo, aunque no sólo ellos, pendientes de un examen y replanteamiento.

En estos momentos no sabemos bien cuáles de los espacios y mecanismos que hemos tenido que desactivar podremos ir reiniciando. Tampoco, en su caso, cuándo ni cómo. Parece, de cualquier modo, prudente y aconsejable cuidar con más esmero esas dinámicas comunitarias que hemos aprovechado y fortalecido en nuestros espacios microsociales, también en su hibridación con herramientas de la capa digital y con las necesarias conexiones y autorizaciones mutuas con los servicios públicos, el comercio de proximidad, las comunidades de propietarias, las autoridades políticas, los movimientos asociativos, la economía solidaria y otros agentes.

Estamos experimentado en dinámicas posibles, satisfactorias y sinérgicas de fortalecimiento y construcción de relaciones primarias diversas en un contexto que las necesita, legitima y potencia, al menos en parte. A la vez, sin embargo, intuimos que necesitan más y mejores caldos de cultivo políticos, presupuestarios, urbanísticos, habitacionales, tecnológicos, ambientales, económicos, profesionales, organizativos y culturales. La soledad no deseada, el aislamiento social y el colapso relacional no son, seguramente, un horizonte insoslayable, pero para evitar esos destinos tenebrosos, seguramente, nuestra sociedad tiene que decidir invertir en comunidad.

(Notas para el reinicio telemático de la escuela de prevención de la soledad Bizkaia Saretu, del grupo cooperativo de economía solidaria Servicios Sociales Integrados.)

Mapeando la reconstrucción

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A la hora de pensar en la reconstrucción que se plantea a partir de la emergencia general provocada por la pandemia de la covid-19, podemos distinguir, simplificando, al menos, los siguientes grupos de agentes y estructuras a tener en cuenta (entendiendo por agentes, fundamentalmente, a las personas, las familias o las comunidades y denominando estructuras, al menos, a las empresas, las administraciones y otras organizaciones):

  1. Agentes y estructuras que no han dejado de crear valor y participar en transacciones.
  2. Agentes y estructuras que han parado (más o menos) y tienen altas probabilidades de volver a crear valor con la misma actividad y de volver a participar en similares transacciones.
  3. Agentes y estructuras, que han parado, con altas probabilidades de volver a crear valor y participar en transacciones similares, cambiando de actividad.
  4. Agentes y estructuras con bajas probabilidades de volver a crear valor como antes y participar en transacciones similares a las que tenían.

Estos agentes y estructuras participan, básicamente, en tres tipos de transacciones que se trenzan circularmente y que simbolizaremos con las siguientes expresiones:

  1. Tú me vendes, yo te pago (intercambios de mercado).
  2. Tú me pagas impuestos, yo te atiendo (ejercicio de derechos).
  3. Hoy por ti, mañana por mí (reciprocidad comunitaria).

En el grupo 1, estarían agentes como Alberto (cuidador principal de su madre, Eulogia, en transacciones tipo c) o María (policía municipal, tipo a) y estructuras como la Diputación Foral de Bizkaia (b) o la tienda de ultramarinos cercana a mi casa (a). Estos agentes y estructuras no han visto seriamente afectadas sus actividades y transacciones, en las que han seguido y van a seguir aportando valor a muy diversas destinatarias (Eulogia, la Policía Municipal, la ciudadanía de Bizkaia o mi vecindario). Necesitan, entre otras muchas cosas, por ejemplo, una fiscalidad justa, progresiva y eficiente que les permita contribuir a satisfacer las necesidades de otros agentes y estructuras que han tenido menos suerte (en transacciones de tipo b) y una oferta cultural (a, b, c) que les ayude a interpretar el mundo y sus cambios a partir de la pandemia.

En el grupo 2, estarían, por ejemplo: Javier, fisioterapeuta autónomo a domicilio (a); Nekane, voluntaria contra soledad de personas mayores (c); el restaurante que veo desde mi balcón (a) o el centro de día del sistema público de servicios sociales que está dos calles más arriba (b). Estos agentes y estructuras, antes o después y con más o menos adaptaciones, podrán volver a aportar valor a sus destinatarias. Necesitan, en algunos casos, por ejemplo, prestaciones económicas públicas mientras estén interrumpidos sus cobros o algún tipo de asesoramiento o acompañamiento para la adaptación y reinicio de su actividad, teniendo en cuenta distintos escenarios posibles (como nuevas paralizaciones o diversas restricciones).

En el grupo 3, estarían, por ejemplo: Miguel, que ha enviudado en la pandemia (c); Juana, que solía trabajar, en la temporada turística, en un hotel de la costa mediterránea (a); una fundación dedicada principalmente al ocio infantil internacional (c) o un centro de atención primaria de servicios sociales (b). En este grupo nos encontramos con capacidades y activos valiosos, que merece la pena conservar y cuidar, si bien para actividades diferentes de aquellas en las que se venían utilizando: Miguel deberá reconstruir su red de relaciones primarias, Juana podrá llegar a trabajar como cuidadora profesional en los servicios sociales, la fundación seguirá beneficiando a la infancia de otra manera y el centro de servicios sociales (en un hipotético escenario de reorganización de la política de ingresos mínimos) sustituirá la predominante tramitación administrativa de prestaciones de dinero o en especie para la subsistencia material por el acompañamiento personalizado y la intervención comunitaria basadas en el conocimiento. Estos agentes y estructuras necesitan, por ejemplo, al menos, orientación cualificada, recursos económicos , apoyo profesional e impulso político para poder hacer esos tránsitos, y hacerlos bien, en un plazo razonable.

En el grupo 4, tenemos, por ejemplo: a Pedro, cuyo deterioro cognitivo y, en general, funcional se agravó bastante en las semanas del confinamiento en la residencia en la que está ingresado, afectando a su conexión con su sobrina Julia, única relación primaria que tiene (c); a María Jesús, de 62 años, que solía hacer sustituciones en una subcontrata de limpieza de un aeropuerto (a); a una fundación dedicada a la atención residencial de personas mayores de una orden religiosa cuyos monjas tienen una media de edad de 75 años (c) o a una empresa de dos socios dedicada a labores auxiliares en la organización de conciertos de rock (a). Estos agentes o estructuras no van a poder volver a aportar valor en las actividades o a participar en las transacciones que conocen. Son y seguirán siendo insustituibles por su aportación a la sociedad y todas las personas citadas (Pedro, María, las monjas y los socios) merecen unos poderes públicos que garanticen, en cualquier caso, la satisfacción de sus necesidades para siempre.

Resulta endiabladamente difícil el gobierno del proceso (o de los procesos) de reconstrucción (que es reconstrucción adecuada de actividades, estructuras, transacciones y funcionamientos), como mínimo, en aspectos como los siguientes:

  • La necesaria pero arriesgada apuesta por cambios significativos en el modelo productivo (para su eficiencia, equidad y sostenibilidad) en lo tocante al peso relativo y a la integración de los diferentes sectores de actividad (turismo, servicios sociales, construcción, sanidad, agricultura u otros) en diferentes marcos territoriales, necesariamente apoyada en la generación de conocimiento y la innovación tecnológica.
  • La financiación suficiente, ágil y justa de las políticas públicas y, específicamente, la disyuntiva entre impuestos (repartir la carga entre los actuales agentes y estructuras) o endeudamiento (intentar transferirla a futuros agentes o estructuras) en el marco local, regional, estatal, europeo o global (controlando el riesgo de inflación, es decir, de pérdida de valor del dinero), entendiendo, obviamente, las diferentes competencias correspondientes a cada uno de esos niveles.
  • El papel que, en general y en cada sector y enclave, tendrán los poderes públicos, las empresas mercantiles, las organizaciones solidarias o la comunidad y la manera de articular las tomas de decisiones, la formación de sujetos políticos colectivos, la construcción de ciudadanía y los mecanismos de construcción de confianza y legitimidad en la gobernanza de la sociedad.

Y ahora, querida lectora, querido lector, ponte el velo de la ignorancia de John Rawls e imagina que, meses atrás, alguien te dice que, en la primavera de 2020, sucederá un acontecimiento, cuya naturaleza no puedes conocer, que va a fragmentar la sociedad en esos cuatro grupos y que no tienes forma de saber en cuál te va a tocar estar: ¿cómo mapearías la reconstrucción?

(Esta entrada se beneficia de trabajos de asesoramiento estratégico, en curso, con instituciones públicas y organizaciones solidarias radicadas principalmente en Cataluña, el País Vasco, La Rioja, Navarra y Madrid.)

Una teoría del cambio social (nada menos)

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En el principio está la relación interpersonal. Aunque yo me percibo como individuo y, filosóficamente, he recibido la herencia cultural de que el ser humano individual es la medida de todas las cosas, a la vez, constato que ese agente humano es social. Ese ser que nace sólo puede devenir humano mediante la interacción, mediante la participación en sistemas sociales, aunque sea el sistema social más primario, más básico, como el que, por ejemplo, un padre forma con su hija cuando ésta nace.

En esa relación entre progenitor y criatura, por ejemplo, imagino que me comunico con mi hija con la intención de que deje de llorar: busco un cambio. Realizo una actividad, consistente en cantarle suavemente, con dicha finalidad. Y lo consigo. Ese cambio que he logrado, es decir, que el bebé deje de llorar, hace más probable que, si llora de nuevo, yo vuelva a realizar la misma acción y a conseguir, seguidamente, el mismo resultado, de suerte que lo que hemos definido como cambio, se convierte en circularidad, en estabilidad. Si miramos la actividad una vez, linealmente, el paso de llorar a no llorar es un cambio. Por el contrario, si miramos la reiteración o recurrencia de esa actividad, ya estructurada, como patrón estable, el hecho de que la criatura pare de llorar es, justamente, el no-cambio.

Para entender las dinámicas de cambio y estabilidad, por tanto, hay que entender los niveles de complejidad y las propiedades emergentes. Una gran familia de cuatro generaciones es más compleja que la díada progenitor-criatura que estuvo en su origen y tiene unas propiedades  distintas. Una empresa multinacional, creada por esa familia imaginaria, es más compleja que el primer taller que la originó y tiene características distintas, que han emergido en el proceso de configuración de esa organización. Y así sucesivamente, recurrentemente.

En ese devenir, todo contenido comunicado por una acción lleva implícita una propuesta de (una estructura de) relación. Toda actividad reiterada genera una estructura, un patrón. Parece que hay que entender que contenido y relación (o proceso y estructura) son dos caras de la misma moneda y que la estructura da forma a la actividad (y que la relación permea el contenido). Si Juan llega a mi casa, yo le puedo decir “bienvenido“ de una manera o con un tono que, evidentemente, signifique lo contrario que la palabra que he dicho. De igual modo, en un equipo de dirección, podemos aprobar un plan estratégico lleno de palabras como participación, empoderamiento, horizontalidad, colaboración o transparencia y, sin embargo, que la estructura de funcionamiento real de la organización signifique justamente lo contrario de lo que evocan esas palabras. Fines y medios, medios y fines.

Cada ser humano tiene un radio limitado de acción, es decir, puede ser más o menos competente y potente para desencadenar cambios, pero esos cambios sólo pueden llegar a ser grandes a través de las estructuras, de esas estructuras seriadas, emergentes y crecientemente complejas que venimos dibujando. Imaginemos que soy una persona que ansiaba grandes cambios en favor de las personas más pobres y que, de la ayuda personal a gente pobre cercana, pasé a la militancia organizada y, de ésta, a la acción política; pero, debido a la dureza de la actividad desarrollada, sentí la necesidad de comprarme una vivienda más confortable, en otra ubicación, lo cual, objetivamente, me alejó del contacto cotidiano con la pobreza. Es la paradoja: cuanto más lucho por las personas pobres más parezco alejarme de ellas.

Muchas voluntades de cambio se empantanan en esas trampas, en esas situaciones de “más de lo mismo” en las que acciones pretendidamente destinadas a desencadenar cambios, sin embargo, contribuyen a la estabilidad, a que nada cambie. Imagino que formo parte de una organización y deseo que ésta influya en su entorno comunitario, generando relaciones de confianza en la convivencia. Pero me exaspera percibir que las personas de mi organización no confían en las de la comunidad y les insto a que lo hagan. Les digo que me consta que se comportan en forma desconfiada con la ciudadanía y les aviso de que no lo voy a tolerar. Se dan cuenta de hasta qué punto las controlo, porque desconfío de ellas. Aprenden a desconfiar. Cuantos más esfuerzos hago para que confíen, más desconfiadas se vuelven. Mi influencia en ellas parece ir más a través de la estructura de nuestra relación que de los contenidos que les comunico.

Las relaciones entre niveles de complejidad son, a menudo, paradójicas. Por ejemplo, imaginemos que unas familias con personas con discapacidad constituimos una organización que consiguió contratar profesionales y promover cambios legales que, paradójicamente, parecen colonizar y destruir el mundo vital de las relaciones familiares, comunitarias y solidarias entre las personas (con y sin discapacidades). Esa experiencia de innovación social que representamos, en su día, ha cristalizado, quizá, con el paso del tiempo, como parte de un sistema establecido que se resiste frente al empuje vital de nuevas emergencias, retos, propuestas y prácticas.

Las estructuras permiten consolidar los cambios y dificultan los cambios. También son, sin embargo, estructuras de oportunidad para los cambios. Podemos dar comienzo a un efecto mariposa de iteraciones fractales o podemos intentar aprovecharlo, surfearlo, incluso influir en alguno de sus cursos de acción. Podemos participar en procesos de escalamiento y desescalamiento. Quizá todas seamos agentes dobles: de la estabilidad y del cambio. A veces, participando en cambios, logramos que todo siga igual. Otras, oponiéndonos al cambio, lo provocamos. En ocasiones, incluso, acertamos con las perspectivas, miradas, pensamientos, palabras, decisiones y acciones que contribuyen a cambios reales, positivos y justos.

(Remezcla de ideas tomadas de, entre otras, Paul Watzlawick, Ariadna Manent, Niklas Luhmann, Jorge Wagensberg, Gema Gallardo o Anthony Giddens. La imagen es de la serie “La chica del tambor”, basada en una novela de John Le Carré, sobre una agente doble.)

La comunidad, para que no nos roben nuestro miedo

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Una mariposa aleteó, al parecer, hace algunos meses, en Wuhan, China. Desde entonces, los cambios en cadena o efectos en racimo que se han ido, continúan y se seguirán produciendo son rápidos y complejos y representan un enorme desafío para nuestra capacidad individual y colectiva de comprensión y de reacción. El esfuerzo por diferenciar y relacionar niveles e instrumentos de análisis e intervención es costoso y, a la vez, necesario.

Nos preguntamos, de inicio, por las emociones colectivas que pueden llegar a predominar en este contexto y por sus consecuencias. Algunas personas perciben, especialmente, miedo. Un miedo que, posiblemente, lleve a comportamientos de sumisión ante el poder o, también, de agresión a personas débiles o vulnerables que se presenten o sean presentadas como amenaza. Como decía Imanol Zubero en un vídeo recientemente grabado para Cáritas, sentir miedo en esta pandemia es lógico y funcional y una clave está en con quién compartimos nuestro miedo, quién gestiona nuestro miedo y si alguien nos roba nuestro miedo: “que nadie nos robe nuestros miedos”, decía.

Aquí surge la pregunta sobre artefactos institucionales en los que estamos inmersas: el tercer sector de acción social, el sistema público de servicios sociales u otros. Al mirar a esas organizaciones, y al mirarnos dentro de ellas, nos damos cuenta de que tenemos una gran inercia institucional, una poderosa autorreferencialidad que nos hace difícil imaginar cambios en funciones y relaciones. Quizá hemos de atrevernos a preguntarnos por el valor que aportamos, en su visión más esencial, sin confundir necesidades con satisfactores, para explorar después, acaso, formas inéditas de generarlo, darle forma, proyectarlo y compartirlo. Y posiblemente, cambiar nuestra oferta al entorno más comunitario y cambiar nuestra relación con él, a la vez que nos conectamos con nuestra razón de ser, con nuestra raíz moral, que tanto tiene que ver con la proximidad.

Al respecto, la atractiva y temida  tecnología (digital o no) no será, seguramente, la primera respuesta. Intentar hacer lo que ya hacíamos, sólo que telemáticamente, es, seguramente, lo primero que se nos ocurre, pero sabemos que es tan sólo una primera reacción, seguramente insuficiente y engañosa. Las tecnologías, y específicamente las digitales, van a estar ahí, pero no resuelven la pregunta, fundamental, por los procesos, estructuras, reglas e instituciones sociales en los que se incorporan y que modifican y, en definitiva, ahora descarnadamente, por las relaciones inequitativas de poder, local y global, global y local.

Y entonces volvemos a la comunidad, a las comunidades: a las imprescindibles relaciones de confianza interpersonal construida que están en el corazón de cualquier acuerdo interpersonal, negocio económico o pacto político. Ningún individualismo líquido de garrafón puede borrar de nuestro paladar el gusto inconfundible de los cuidados recibidos, de las caricias deseadas, de los abrazos fraternos, de la conversación cómplice, de la camaradería militante. No es impensable un futuro distópico de deshumanización tecnológica, pero, de momento, en esta emergencia, los seres humanos que ahora poblamos la tierra, esta tierra, en esta experiencia inédita, en palabras de Humberto Maturana y Francisco Varela, escritas hace un cuarto de siglo, estamos sintiendo, quizá, “que como humanos sólo tenemos el mundo que creamos con otros”.

Como dicen estos sabios chilenos, eso podemos saberlo “ya porque razonamos hacia ello, o bien, y más directamente, porque alguna circunstancia nos lleva a mirar al otro como un igual, en un acto que habitualmente llamamos de amor. Pero, más aún, esto mismo nos permite darnos cuenta de que el amor, o si no queremos usar una palabra tan fuerte, la aceptación del otro junto a uno en la convivencia, es el fundamento biológico del fenómeno social: sin amor, sin aceptación del otro junto a uno no hay socialización, y sin socialización no hay humanidad”. Ojalá seamos capaces de lograr que el sentimiento y la conciencia de nuestra vulnerabilidad e interdependencia sea un buen caldo de cultivo para dinámicas de incondicionalidad, reciprocidad, solidaridad, colaboración y gratuidad. Experiencias vitales y creativas, basadas en el conocimiento y fuente de conocimiento, que después podamos escalar y universalizar.

(Segunda versión de las reflexiones, publicadas en el blog de SSI, a partir de las preguntas y comentarios que quedaron sin atender en la conversación sobre bienestar comunitario organizada por este grupo cooperativo de economía solidaria el 28 de abril de 2020 a través de su canal de youtube dentro de la iniciativa #SSIBerriketan. El vídeo, de una hora, está aquí.)