Dealing with loneliness

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In the prevailing view about unwanted loneliness, the phenomenon is presented as a mostly individual problem, although reference is made to some social factors that may influence its presence, for example, in the group of older people. However, frequently, the structural and systemic nature of the problem of unwanted loneliness and relational isolation in complex, fragmented and liquid societies (in which profound transformations are taking place) is poorly identified. Family and community relations (a space in which gender, generational, functional and cultural diversity was supposedly managed) are insufficiently analysed, in a context of labour, residential and economic polarization and precariousness, territorial segregation and environmental emergency.

When assessing the phenomenon of loneliness of the elderly, the devaluation, stigmatization and disempowerment of this social group makes that, usually, rather than focusing on the problem of unwanted loneliness in itself and as it is experienced by people, we focus on the consequences of that loneliness in other areas of the person’s life, such as their material subsistence, physical security or health.

Professional or voluntary interventions in relation to unwanted loneliness and relational isolation from the public sector or the third sector are presented as numerous and interesting, but also heterogeneous and immature. There is not sufficiently safe and shared evidence base on what works and what does not work.

The interventions that have acquired the greatest notoriety are, to a large extent, late and palliative interventions. For example, if an older person is accompanied by a volunteer, that does not necessarily modify in a real and sustainable way their situation of relational isolation or unwanted loneliness if it do not contribute (deliberately or unintentionally) to have that person build or rebuild significant primary relationships (weaker or stronger).

It is necessary to promote initiatives of technical, technological and social innovation that seek to explore the possibilities of a preventive and ecological intervention, understood as one that attempts to rise upstream in the problem and act on a larger scale and to a greater extent when the problem has not emerged and when the people who could present the problem have capacities, resources, assets and links that, if they are cared for and empowered, can become powerful protective factors against the risk of unwanted loneliness and relational isolation.

¿Qué es hacer consultoría?

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En los diferentes ámbitos de actividad (como sanidad, restauración, movilidad, servicios sociales, telecomunicaciones, seguridad u otros) o en áreas instrumentales (como gobierno, gestión, relaciones humanas, administración, contabilidad u otras) o en distintas partes de ellas o intersecciones entre ellas (o en otros asuntos) operan organizaciones que se ocupan de diferentes eslabones de las cadenas de valor. Teorías económicas, empresariales o de las organizaciones intentan explicarnos cuándo es más eficiente configurarse como organización y cuándo lo es desagregarse o fragmentarse.

Frecuentemente, las personas u organizaciones que se dedican a la consultoría fueron anteriormente parte de esas organizaciones sectoriales, instrumentales u otras de las que hemos hablado. En un momento dado, quizá, vieron la oportunidad de (o se vieron forzadas a) dejar de hacer lo que hacían dentro de las organizaciones para pasar a ser proveedoras externas de ellas. Provisión externa que, para ser denominada consultoría, parece que debe ser altamente intangible y basada en el conocimiento.

La consultora, podríamos decir, pedalea durante un trecho con la organización cliente o destinataria y le asesora o ayuda para realizar labores de planificación, diseño, evaluación, aprendizaje o similares. Pareciera que es connatural a la consultoría esta dimensión temporal y finita de la colaboración y, quizás, la voluntad de que la organización cliente o destinataria se apropie en alguna medida del saber del que era portador el consultor.

Ahora bien, del mismo modo que la organización se apropia, deseablemente, de saberes (contenidos, prácticas, técnicas, instrumentos, tecnologías, estrategias, valores u otros) que obraban en poder del consultor, la persona u organización que hace consultoría también aprende en el proceso. De hecho, para la consultora, seguramente, su trabajo es la principal fuente de aprendizaje y, por tanto, de desarrollo sostenible de su actividad.

Sin embargo, posiblemente, quién hace consultoría no debiera conformarse con el aprendizaje que proviene de la práctica y debiera adquirir, sostener, cumplir y evidenciar un compromiso con la participación en una comunidad de conocimiento más amplia y, singularmente, con una labor de contrabando fronterizo entre el mundo de las organizaciones destinatarias de su trabajo (en las que se toman las decisiones y se realizan las operaciones que desembocan en las personas destinatarias) y unas determinadas personas y organizaciones (académicas, de investigación o similares) más bien generadoras de conocimiento. Ante aquellas, la consultora aparece como conocedora del estado del arte. Ante estas, como transmisora del pulso de la práctica de las decisiones y actuaciones en la vida real.

La consultoría se legitima por su función social en el seno de comunidades de práctica y conocimiento, en la medida en que añade valor a los saberes eficaces existentes en dichas comunidades y en sus organizaciones y personas. Su compromiso ético y su competencia profesional hacen que contribuya a la autonomía y conexión de los agentes con los que se relaciona y al incremento del valor social agregado de los sistemas, comunidades y redes en las que participa.

(Notas a partir de una conversación con Clàudia Manyá, en el marco del grupo de trabajo compartido con Guiomar Vargas, Elena Masanas y Marta Ballester.)

Trabajo en red, coordinación intersectorial y atención integrada

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La creciente complejidad de las necesidades y situaciones a las que han de dar respuesta las políticas públicas y los diversos agentes interesados o implicados en ellas parece llamar, lógicamente, a perfeccionar la colaboración entre diferentes agentes o el funcionamiento conjunto de estructuras. Partiendo de la existencia de las políticas, estructuras, asuntos o ámbitos de actuación específicos o especializados y, especialmente, de los que denominamos sectoriales, se plantea un esquema de clasificación de iniciativas o propuestas de colaboración o conjunción, en las que, se propone:

  1. Hablar de trabajo en red, para las relaciones blandas de generación de sintonía, de conocimiento mutuo, de colaboración esporádica o intermitente.
  2. Utilizar, más bien, el término coordinación cuando la dinámica propia o autónoma de unos agentes o partes se sincroniza, acuerda o articula con la de otros.
  3. Hacer uso del término integración en la medida en (o para impulsar) que determinados procesos (series de actividades, cadenas de valor) multinivel o intersectoriales cobren importancia y estabilidad.

Por otra parte, podría diferenciarse cuando el marco de referencia de esa acción más o menos unificada o conjunta es:

  1. Ninguno en particular.
  2. Una política sectorial (es decir, referida a un sector de actividad, que opera dentro de su perímetro o que, en su caso, trabaja para que otros sectores contribuyan a su finalidad como, por ejemplo, salud en todas las políticas).
  3. Una política transversal, como la de infancia, o instrumental, como la de gestión del conocimiento (entendida como una política específica que atraviesa a las políticas sectoriales con cierta autoridad parcial sobre aspectos de ellas).
  4. Una política integral (entendida como una política general que incluye a las políticas sectoriales, con suficiente autoridad global sobre ellas).

La dinámica de especificación o especialización permite repartir la actividad entre sectores de actividad, unidades organizativas o, finalmente, personas (más) capaces de hacerse cargo de cada parte (intra e intersectorialmente). La dinámica de integración (unificación entre esas partes en procesos continuos) busca en última instancia que la persona usuaria o la comunidad destinataria, en su itinerario de atención, no note cuándo pasa de un sector a otro, de una estructura a otra. La tecnología, entendida como la manera estandarizada y basada en el conocimiento (científico u otros) de realizar las actividades operativas propias de cada eslabón de las cadenas de valor es un factor determinante en los procesos de especialización o integración.

En definitiva, cabría entender que se va avanzando en algunos consensos acerca de los modelos de integración intra e intersectorial en y entre las grandes políticas y estructuras verticales (como la sanitaria, la de servicios sociales, la de movilidad o la de vivienda), según los cuales todas estas políticas estarían llamadas a la integración interna y con el resto, con orientación comunitaria y territorial, sin subordinación de ninguna política sectorial a otra, sin deconstrucción de ninguna de ellas, sin creación (salvo excepciones limitadas) de estructuras intermedias o intermediarias y apoyándose, en buena medida, en la digitalización de los procesos operativos, de gestión y de gobierno.

El riesgo creciente de saturación, confusión y disfunción entre diferentes intervenciones y políticas nos ha de llevar, posiblemente, a potenciar el trabajo en red y la coordinación intersectorial en un marco de atención integrada vertical y horizontal a diferentes escalas, desde la local a la global, regida por procesos sistemáticos de gobernanza y gestión basadas en la evidencia y el conocimiento,

(Sobre estas cuestiones trabajaremos esta semana en la Diputación de Barcelona, el grupo de intervisión Miradas Compartidas, el Grupo Alba de Tárrega, el Consell Comarcal de La Segarra y el Ayuntamiento de Getxo. El texto viene precedido de Ancient Harmony, de Paul Klee.)

¿Quo vadis, baby boomer?

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El modelo de gestión de la (antes menor) diversidad generacional y funcional mediante la familia heteropatriarcal, nuclear y extensa, ubicada en la proximidad territorial y regida por una moral católica tradicional es cada día más inelegible e insostenible. Y se hacen más frecuentes e intensos fenómenos disfuncionales como el aislamiento social de más personas o las tensiones relacionadas con la crisis de los cuidados y las cadenas globales de cuidados. Disfunciones y tensiones que, interseccionalmente, se retroalimentan con la inequidad, maltrato y violencia de género y con la xenofobia y su expresión política.

Tanto la profesionalización y tecnificación como la digitalización o robotización de cuidados y otros apoyos que, tradicionalmente, se proporcionaban en el seno de relaciones familiares y comunitarias y en un marco de reciprocidad diferida son imprescindibles pero, en cualquier caso, dejan casi siempre sin responder la pregunta por cuál será la norma y la estructura de las relaciones primarias que nos configurarán como personas interdependientes en sociedades ecodependientes. Como personas autónomas en comunidades significativas en territorios sostenibles.

La estructura residencial o las prestaciones de la Seguridad Social, por citar dos mecanismos difíciles de transformar rápidamente, se pensaron para esa sociedad que ya se ha transformado, que ya no es reconocible. Adicionalmente, los procesos de polarización laboral y económica tensionan la sociedad, rompiendo pretéritos vínculos de solidaridad en los que pudieron apoyarse anteriores innovaciones en materia de política social. La lectura de una reciente entrada del blog del SiiS nos da un panorama social vasco a partir de varios estudios.

En nuestra sociedad está próxima a la jubilación la numerosa generación del baby boom, con relativamente buenas capacidades y perspectivas funcionales y económicas. Las personas de esta generación pueden estar divididas y enfrentadas por su sexo, por su origen, por su clase social o por la potencia de su red de relaciones primarias, pero van a compartir, hasta cierto punto, un bagaje de experiencias, un estilo y condiciones de vida y una posición como destinatarias de las políticas sociales (singularmente pensiones, sanidad y servicios sociales).

En un contexto político y presupuestario notablemente hipotecado por anteriores decisiones y deudas y, al parecer, volátil y cortoplacista, la generación del baby boom se encontrará ante el reto de utilizar sus valiosos activos económicos, competenciales, relacionales y de tiempo liberado para desencadenar cambios. En sus manos estará, en buena medida, el cuidado familiar de sus mayores (muchos de ellos con discapacidades) y el apoyo a descendientes, la innovación social en el sistema de bienestar y, en definitiva, la reformulación del contrato intergeneracional y del contrato social en general.

(Sobre estas cuestiones hablaremos el martes con Fresno Consulting en la Comunidad de Madrid y en una conferencia organizada por Zarautz On. En la imagen, la actividad inicial del proyecto Bizkaia Saretu, del grupo cooperativo de iniciativa social Servicios Sociales Integrados.)

Soledad no deseada: buscando claves para la intervención

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¿Podrían servir las siguientes?

  • En la mirada predominante sobre la soledad no deseada, el fenómeno se presenta como un problema más bien individual, aunque se haga referencia a algunos factores sociales que pueden influir en que esté más presente, por ejemplo, en el colectivo de las personas mayores. Sin embargo, frecuentemente, se identifica y analiza de forma deficiente e insuficiente el carácter estructural y sistémico del problema de la soledad no deseada y el aislamiento relacional en sociedades complejas, fragmentadas y líquidas en las que se están produciendo profundas transformaciones en la norma y trama relacional familiar y comunitaria que las constituía (espacio en el que supuestamente se gestionaban las diversidades de género, generacionales, funcionales y culturales), en un contexto de precarización y polarización laboral, residencial y económica, de segregación territorial y de emergencia  ambiental.
  • A la hora de valorar el fenómeno de la soledad de las personas mayores, la desvalorización, estigmatización y desempoderamiento de los que es objeto este colectivo social hace, posiblemente, que, de manera mayoritaria, más que ponerse el foco sobre el problema de la soledad no deseada en sí y tal como es experimentado por las personas, se ponga, más bien, en las consecuencias de esa soledad en otras áreas de la vida de la persona, como su subsistencia material, su seguridad física o su salud.
  • Las intervenciones profesionales o solidarias en relación con la soledad no deseada y el aislamiento relacional desde el sector público o el tercer sector se presentan como numerosas e interesantes, pero también heterogéneas e inmaduras, no existiendo una base de evidencia mínimamente segura y compartida sobre qué funciona y qué no funciona y apareciendo, en el contexto de la creciente preocupación y alarma social sobre el asunto, artefactos tan confusos y vacíos como, por ejemplo, un supuesto (e inédito) ministerio de la soledad.
  • Las intervenciones que más notoriedad han adquirido son intervenciones, en gran medida, tardías y paliativas. Por ejemplo, que una persona mayor sea acompañada por una persona voluntaria, en sí mismo, no necesariamente modifica de forma real y sostenible su situación de aislamiento relacional o soledad no deseada en la medida en que no contribuya (de forma deliberada o no deliberada) a que esa persona construya o reconstruya relaciones primarias significativas (más débiles o más fuertes).
  • Es necesario impulsar iniciativas de innovación técnica, tecnológica y social que pretendan explorar las posibilidades de una intervención preventiva y poblacional, entendida como aquella que intenta subir aguas arriba en el problema y actuar a mayor escala y en mayor medida cuando el problema no ha emergido y cuando las personas que podrían llegar a presentar el problema disponen de capacidades, recursos, activos y vínculos que, si son cuidados y potenciados, se pueden convertir en poderosos factores protectores frente al riesgo de la soledad no deseada y el aislamiento relacional.

(Contenidos compartidos con el grupo cooperativo de iniciativa social Servicios Sociales Integrados, de cuya presentación del proyecto Bizkaia Saretu se ha tomado la ilustración.)