¿Por qué y cómo podrían sobrevivir los servicios sociales?

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Hay buenas razones para pensar que es posible salir de la encrucijada en la que se encuentra esta rama del sistema de bienestar, haciendo realidad unos servicios sociales universales, viables y, sobre todo, valiosos para la población. Dichas buenas razones serían, al menos:

  • La estructura ya existente, la masa crítica de profesionales con cualificación y experiencia, la penetración territorial del sistema.
  • La capacidad que tienen los servicios sociales para la creación y afloración de actividad económica y empleos de diversos tipos.
  • El posicionamiento logrado (o relativamente asequible) en relación con diversas necesidades y demandas de las personas y, especialmente, en relación con los cuidados (y, consiguientemente, con la conciliación de la vida familiar, laboral y personal y la equidad de género), necesidad y aspiración creciente y presente en muy diversos segmentos poblacionales.
  • La evidencia creciente de disfunciones en otras políticas públicas (como ineficiencias e incluso iatrogenia en el sistema sanitario) por déficits de las personas en lo relacionado con su interacción, estando los servicios sociales bien posicionados para ayudar en ello.
  • La evidencia creciente de las disfunciones sociales emergentes por el debilitamiento de la vida familiar y comunitaria en crecientes zonas urbanizadas del territorio, teniendo los servicios sociales cierto posicionamiento al respecto.
  • La maleabilidad del sistema público de servicios sociales, por estar menos que otros bajo el foco político o social y por contar ya con una articulación bastante mixta (con presencia pública, privada, solidaria y comunitaria).

En cualquier caso, las personas con responsabilidades políticas, organizativas o técnicas en los servicios sociales hemos de ser conscientes de que el futuro no está escrito y hay que ganarlo con inteligencia estratégica, de ahí la necesidad urgente de acertar, y de acertar todas conjuntamente. La propuesta de giro estratégico de los servicios sociales, a la vez, se convierte en una directriz clara para una progresiva reordenación que haga más eficaz y eficiente el conjunto del sistema de bienestar:

  • Incorporando con mayor claridad a los servicios sociales necesidades y respuestas que encajan bien con ellos (como el apoyo en los cuidados en la etapa 0-3, la ayuda a la organización doméstica, el acompañamiento en la planificación de futuros personales o la intervención en el ocio juvenil).
  • Devolviendo a otras ramas del sistema de protección social la responsabilidad sobre asuntos y programas que encajan mejor en ellas (el sinhogarismo a vivienda, la pobreza económica a la política de garantía de ingresos, la exclusión laboral a los servicios de empleo y así sucesivamente). En esta línea van tendencias internacionales como Housing First o la integración de impuestos y prestaciones económicas.
  • Generando la posibilidad de verdaderas y adecuadas sinergias e integración entre los diferentes pilares para los casos complejos, desde el momento en que se avanza en la asunción por parte de todos los pilares de que no hay red residual y en un mejor reconocimiento mutuo del objeto y valor añadido de cada rama sectorial.

Entendemos que la apuesta de los servicios sociales por concentrarse en potenciar y complementar la autodeterminación y autonomía funcional y la vinculación familiar y comunitaria de las personas en su vida diaria puede ser una apuesta ganadora en la medida en que posibilite y visibilice resultados valiosos para la ciudadanía basados en el conocimiento, no alcanzables mediante otros sistemas y claramente complementarios y sinérgicos con los efectos de las otras ramas del sistema de bienestar. No es una batalla ganada ni fácil, pero puede librarse y vencerse.

Y, por ello, es urgente distinguir, diferenciar y separar el corazón de nuestra actividad (la intervención social) de la administración de prestaciones de garantía de ingresos para la subsistencia. Si, después, hay alguna posibilidad de integración, ya se verá, pero ahora lo fundamental es entender y transmitir que cuando tramitamos prestaciones de garantía de ingresos para la subsistencia no estamos haciendo intervención social (y viceversa). De otro modo nuestra actividad y valor añadido seguirá siendo muy difícil de entender e impulsar.

(Contenidos compartidos en el proceso de elaboración del plan estratégico de servicios sociales de Catalunya, al que corresponde la ilustración y sobre el que puede obtenerse información aquí.)

Los MENA y las viudas: merecimiento y sostenibilidad en política social

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Podría decirse que los denominados MENA (menores extranjeros no acompañados) y “las viudas” (consideradas como colectivo) constituirían dos arquetipos, dos polos, dos estereotipos, dos extremos en los que pueden condensarse algunos debates en materia de política social y, más específicamente, de gestión de las diversidades de género, generacionales, funcionales y culturales en nuestras sociedades complejas. El MENA sería visto como varón, joven, fuerte y extranjero, mientras la viuda sería presentada como mujer, mayor, frágil y autóctona.

En el discurso positivo sobre las viudas, estas, por ejemplo, serían merecedoras de las prestaciones y servicios que reciben dentro de un modelo de bienestar más bien contributivo. Así, en su caso, cobran la pensión de viudedad porque su marido cotizó a la Seguridad Social y, con independencia de los recursos de los que dispongan o de las necesidades que presenten, tienen derecho a recibir esa prestación económica. En la mirada negativa, las viudas, longevas y solas, serían, por ejemplo, parte del pretendido problema del envejecimiento de nuestra sociedad y una carga para ella, precisamente por el coste de las pensiones, de la sanidad u otros. En el discurso negativo sobre los MENA, estos serían presentados como intrusos y conflictivos, costosos y peligrosos. En cambio, también habría un discurso positivo, en el que aparecerían como fuerza de trabajo necesaria y valiosa y factor de rejuvenecimiento de esa sociedad envejecida de la que antes hablábamos; también como víctimas de la globalización neoliberal y protagonistas de esforzados y exitosos itinerarios de inclusión educativa, social y laboral.

En muchas ocasiones, estos discursos tienden a subrayar la contraposición de intereses entre segmentos o colectivos sociales. Incluso, podemos encontrar relatos en los que nuestros dos personajes se encuentran y lo hacen conflictivamente: el joven asalta a la mujer en la calle o esta explota a aquel en la economía sumergida. En cualquier caso, como sabemos, no es lo mismo un personaje, una marioneta limitada y pasiva en manos de quien la crea y la maneja, que una persona, con vida propia, única e irrepetible, llena de matices y potencialidades. Nadie es solamente, ni fundamentalmente, MENA o viuda.

La construcción equitativa de nuestras sociedades diversas necesita de los discursos científicos, éticos y políticos que nos ayudan a ver lo común humano que compartimos y las múltiples interdependencias entre diferentes sexual, generacional, funcional y culturalmente. También de políticas públicas robustas, universales y personalizadas que garantizan iguales derechos a todas las personas para desplegar sus respectivos proyectos vitales. Y también, específicamente, necesitan de unos servicios sociales y una intervención integrada participativa y de proximidad que ofrecen y desarrollan prácticas y tecnologías comunitarias para el encuentro físico y las relaciones primarias significativas de las personas diversas en los territorios.

Estamos hablando, finalmente pero no en último lugar, de reinventar y fortalecer la convivencia comunitaria desde la base, cotidianamente, en los domicilios y los vecindarios. Estamos hablando de cuidar la sostenibilidad de la vida en las familias y los territorios, a escala humana. Estamos hablando de una necesidad universal, de un reto de conocimiento, de un desafío social, de una línea de innovación, de una política pública fundamental.

(La foto pertenece al proyecto LKaleak, del plan Donostia Lagunkoia, en el barrio de Egia, sobre el que puede obtenerse información aquí. Sobre estas y otras cuestiones hablaremos el martes un la Universidad de Deusto, en Donostia, en la inauguración del Máster universitario en intervención con personas en situación de vulnerabilidad o exclusión.)

Políticas sociales: ¿hacia dónde?

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Entre las funciones que tendemos a encomendar a las instituciones públicas hay algunas que, convencionalmente, denominamos sociales o de bienestar. Entre ellas suelen estar, en nuestro entorno, velar por nuestra salud, garantizar ingresos para la subsistencia (por ejemplo, mediante las pensiones) o proporcionar a las nuevas generaciones unos determinados aprendizajes establecidos como obligatorios.

La crisis que en este momento aqueja a las políticas sociales no es, fundamentalmente, la consecuencia de una insuficiente financiación o legitimación sino, más bien, del desajuste entre ellas y otros subsistemas sociales (como el laboral o el familiar), en gran medida gracias al éxito de esas políticas tal como fueron concebidas, en buena medida, en la segunda mitad del siglo pasado. La crisis es tal que posiblemente algunas de dichas políticas, más que ineficientes, resultan ya contraproducentes para su propia finalidad, quizá porque su característica de estabilizadoras automáticas reguladas burocráticamente dificulta crecientemente su maniobrabilidad y pertinencia.

En ese contexto, paradójicamente, pueden contribuir a la insostenibilidad y riesgo de colapso ambiental y relacional y a la creciente desigualdad económica, laboral y residencial. La contribución de la política de pensiones a la inequidad intergeneracional o la de la política sanitaria a la insostenibilidad de la vida (al prolongar vidas en situaciones de creciente limitación funcional y de apoyos primarios, en ausencia de unos servicios sociales suficientemente eficientes en ese contexto) podrían ser dos ejemplos cercanos.

Desde la comunidad de conocimiento en materia de políticas sociales, respetando las opciones ideológicas que legítimamente concurran al debate democrático, cabe sugerir algunas líneas de investigación e innovación como las siguientes:

  • Impulsar políticas que contribuyan a la relocalización territorial de los procesos sociales y la vida de las personas.
  • Ensayar innovaciones tecnológicas digitales que contribuyan a la reconstrucción, reinvención y sostenibilidad de relaciones primarias comunitarias.
  • Buscar la reiniciación participativa de la colaboración estratégica entre las instituciones públicas y las organizaciones solidarias.
  • Organizar la integración vertical y horizontal de la gobernanza, gestión y operación de las políticas sociales.
  • Construir ecosistemas en red de conocimiento e innovación para la política social.

Posiblemente la reconversión de los sistemas públicos de servicios sociales pueda funcionar como una palanca estratégica en estos cambios necesarios en el panorama de nuestras políticas sociales para una nueva coproducción inteligente del cuidado de la vida en la proximidad. Para un nuevo contrato social multilateral en el que los agentes comunitarios, públicos, solidarios y mercantiles están llamados a reencontrar su papel y posicionamiento sobre la base del conocimiento compartido. Para tener evidencias y diseños que proponer cuando las oportunidades o las amenazas ofrezcan pistas para cambios y avances, menores o mayores.

(Sobre esto hablaremos el jueves, 5 de septiembre, en la Fundació Pere Tarrés, en Barcelona.)