¿Apostar por la comunidad?

collapse-The Course of Empire Destruction 1836

En la tarea de comprender el mundo en el que vivimos, sentimos complejidad, opacidad y confusión. Es como si estuviéramos en un mercado de ideas donde las oímos a gritos que intentan capturar nuestra atención. Algunas propuestas, cada vez más, seguramente, se nos presentan como urgentes ante un inminente colapso, colapso que puede ser ambiental, financiero, digital, político, relacional, institucional, económico, alimentario, militar o una mezcla o reacción en cadena de varios de ellos o de otros.

Posiblemente sea el riesgo de colapso ambiental aquel que se presenta con más base de evidencia pero, a la vez, no parece que dispongamos de mecanismos de funcionamiento, respuesta o gobierno para reaccionar eficazmente ante dicha amenaza. El carácter global del problema (de todos los grandes problemas, posiblemente, de todos los grandes posibles colapsos) nos obliga a pensar en estrategias de cierta escala o envergadura para que tengan probabilidades de evitar ese o esos tsunamis sobre los que se nos alerta.

En ese contexto, puede extrañar que hablemos de la pequeña comunidad, de la proximidad comunitaria como una de las apuestas clave en este momento que vivimos. Sin embargo parece difícil evitar, por ejemplo, el colapso ambiental (en el caso de que sea posible hacerlo) sin relocalizar nuestras vidas, sin desarrollar formas de encontrar satisfacción a nuestras necesidades en territorios y marcos relacionales de mayor proximidad.

Lo que sucede es que, cuando “regresamos” a la comunidad, cuando volvemos la mirada a los espacios y relaciones comunitarias descubrimos su fragilidad, sus contradicciones, sus limitaciones. Podría decirse que cuando, en su momento, pudimos huir, justificadamente, del dominio heteropatriarcal, de la homogeneidad uniformizadora, del control social o del maltrato invisible que contenía nuestra convivencia familiar y vecinal, abandonamos una red primaria de soporte que ahora, posiblemente, haya que reconstruir y reinventar, necesariamente, en claves de diversidad, cooperación y equidad de género, generacional, funcional y cultural.

¿Es posible reinventar la comunidad? ¿Tienen las políticas públicas y los aparatos de la Administración conocimiento científico, legitimidad ética, mandato ciudadano y capacidad técnica para hacerlo? ¿Cuánto apostar a la comunidad, cuánto a los derechos sociales individuales, cuánto a la libertad de mercado? ¿Qué sujetos o agentes podrían aliarse en esta apuesta por la reinvención y la promoción comunitaria? ¿Comunidades para evitar el colapso o para volver a empezar (si seguimos vivas) después del colapso? Muchas preguntas, pocas respuestas.

Selección de textos sobre comunitaria:

Comunitaria (Javier Segura).

Neighbourhoods of the future (Agile Ageing).

Metodología de la intervención comunitaria intercultural (Marco Marchioni, La Caixa).

Activación comunitaria y solidaridad vecinal (SIIS).

Intervenció comunitària i rol dels professionals als serveis socials (Marta Ballester).

Marc de la intervenció comunitària als Centres de Serveis Socials (Claudia Manyá, Ernest Morales).

Diccionario de las periferias (Carabancheleando).

Participación comunitaria en salud (NICE).

Trapped in a bubble An investigation into triggers for loneliness (Kantar).

(La ilustración forma parte de una serie de pinturas de Thomas Cole titulada “The Course of Empire”.)

¿Colapso en los servicios sociales?

colapso

Con frecuencia escuchamos a personal de los servicios sociales (y de otros servicios públicos) señalar (no por capricho, sino con base en la realidad cotidiana) que dichos servicios están al límite, saturados o colapsados y, normalmente, la principal medida que se propone para superar tal situación no es otra que el incremento de las infraestructuras físicas y recursos humanos para la prestación de dichos servicios. La idea, intuitivamente, parece lógica y acertada: si con la cantidad de centros y personal que tenemos ahora no podemos atender a las personas que lo solicitan, incrementemos la cantidad de recursos y capacidades de atención y podremos hacer frente a dicha demanda.

Sin embargo, este planteamiento se enfrenta a la llamada paradoja de Braess. El matemático alemán Dietrich Braess nos ayudó a entender situaciones en las que, aumentando la capacidad de una red (de carreteras o de servicios) que no está siendo capaz de absorber la demanda, podemos desencadenar una situación de mayor saturación y riesgo de colapso. Ello se produce porque la ampliación de la red emite una señal que es interpretada por diferentes agentes (usuarias, trabajadoras u otras) como una oportunidad para maximizar su beneficio y la acumulación e interacción de esas nuevas conductas individuales (o individualistas) hace que el aumento de capacidad de la red, finalmente, tenga el efecto contrario al deseado.

Profesionales de la red de servicios sociales y, específicamente, de sus servicios con “puerta de entrada” suelen hacer referencia a diferentes fenómenos que están saturando y amenazando con colapsar este sistema público:

  1. Enorme predominio de la atención individual a demanda frente a otras formas de intervención.
  2. Gran cantidad de demanda inadecuada (que tendría que haber acudido a otros servicios) por indefinición o desconocimiento de lo que ofrece y no ofrece la red de servicios sociales.
  3. Incremento de la complejidad asistencial que genera demanda ante el sistema de servicios sociales para la cual este sistema sólo tiene una parte de la respuesta, frecuentemente no la más relevante.
  4. Importante porcentaje de solicitudes de atención a las que se da curso durante un tiempo y para las que, finalmente, el sistema no tiene respuesta.
  5. Gran cantidad de trámites administrativos en los cuales no se añade valor desde el punto de vista de la intervención social (que vienen, en no pocas ocasiones, inducidos por instancias o instituciones que utilizan la red de servicios sociales como filtro burocrático previo a la eventual atención por parte de dichas instancias o instituciones).

Cualquier persona que conozca mínimamente nuestros servicios sociales sabe que esos cinco tipos de fenómenos son el pan nuestro de cada día. Si ello es así, cabe pensar que cualquier estrategia de transformación que se apoye exclusiva o principalmente en el aumento de la capacidad de atención no hará sino incrementar esas disfunciones y, por tanto, multiplicar el riesgo de colapso, como señala la paradoja de Braess: en ese caso el actual malestar y sufrimiento de las ciudadanas que acudimos a los servicios sociales y de sus profesionales se vería, probablemente, agravado.

No parece pertinente una decisión de incremento de recursos y capacidades que no forme parte de una estrategia compartida y potente de: clarificación del objeto de los servicios sociales; de cualificación técnica, innovación tecnológica y aumento del valor añadido de los procesos de intervención social; de reorganización, replanteamiento y digitalización de los procesos administrativos; de gestión proactiva de las necesidades, de la demanda y de la comunicación; de integración vertical y horizontal; y de articulación del ecosistema de agentes en el seno de las comunidades, los territorios y las redes de protección social y actividad económica de las que forman parte los servicios sociales.

Tan urgente como aumentar los recursos para los servicios sociales, es, seguramente, hacerlo en un marco adecuado y compartido para su transformación estratégica.

(La fotografía corresponde a una reciente concentración en las puertas del Ayuntamiento de Bilbao.)

Por una estrategia compartida de conocimiento e innovación en materia de cuidados, intervención social y servicios sociales

asesor

En un reciente artículo publicado tanto en el blog del SiiS como en Llei d’Engel, Joseba Zalakain identificaba la estrategia de investigación, desarrollo e innovación como una de las fundamentales en unos servicios sociales notablemente desarticulados en su ecosistema de agentes. En dicho artículo, identificaba algunas de esas protagonistas que, desde el encuentro interprofesional en las redes sociales, las dinámicas académicas, los centros de estudios, los colegios profesionales (de trabajo social, educación social, psicología u otros), las administraciones públicas, las revistas especializadas, la responsabilidad política, el tercer sector u otras instancias, pueden contribuir a que el conocimiento, la tecnología y la innovación vertebren e impulsen en mucha mayor medida nuestro mundo de los cuidados, la intervención social y los servicios sociales.

Por su parte, Pablo Moreno, en una entrada del blog New Deal, señalaba la oportunidad y las condiciones de posibilidad de que los gobiernos puedan apostar por ámbitos verticales de actividad en sus territorios. Siguiendo sus argumentos, pareciera que un bien tan público y tan en riesgo como el cuidado de la sostenibilidad de las vidas autónomas de todas las personas en relaciones comunitarias en el territorio, que sería la responsabilidad de la intervención social y los servicios sociales, tiene algunas características que podrían hacer este ámbito de actividad un candidato idóneo para una política pública mucho más proactiva de generación de conocimiento, tecnología e innovación que lo transforme en un sector estratégico de actividad económica, política pública e impacto social.

Ciertamente, en los mismos dos blogs mencionados al principio, Miguel Angel Manzano y Manuel Aguilar escribían otro texto que permitía revisar algunos avances y prácticas prometedoras que están surgiendo en el terreno de la innovación tecnológica y social basada en el conocimiento científico (y otros) en el campo de los servicios sociales. Prometedoras, entre otras razones, por la capacidad de articulación de sistemas que reclamaba el artículo de Zalakain y por la virtualidad para la escalabilidad de las experiencias a la que se refería Pablo Moreno. Prometedoras, también, para el encuentro entre dinámicas de conocimiento sobre género y cuidados, comunidad y diversidad, infancia y adolescencia, maltrato y buen trato, discapacidad y dependencia, mayores y gerontología, desventaja e inclusión, soledad y acompañamiento u otras, tan impermeables entre sí hasta hace bien poco.

Las recientes elecciones generales y las próximas municipales, europeas y autonómicas en muchos lugares pueden representar un momento de oportunidad para una estrategia mucho más compartida y atrevida en materia de ciencia, tecnología e innovación para los cuidados, la intervención social y los servicios sociales. Los primeros pasos de la ministra Luisa Carcedo, su jefa de gabinete Eloísa del Pino, la secretaria de Estado Ana Lima y la vicepresidenta del Consejo Asesor de Sanidad y Servicios Sociales, Natividad de la Red, entre otras personas, hacen esperar que la Administración General del Estado pueda convertirse, por fin, en impulsora, mediante un diálogo y una cooperación  multinivel, compleja y colaborativa, del necesario salto cualitativo que nuestra economía de cuidados, intervención social y servicios sociales requieren en materia de conocimiento, tecnología e innovación, palanca imprescindible para su éxito como política pública fundamental, mediante su urgente reconversión y junto a otras, para el bienestar de la ciudadanía.

(La fotografía corresponde a una reunión de trabajo de parte de la sección de servicios sociales del mencionado Consejo, del 22 de abril de 2019, en la que se trabajó sobre informes técnicos acerca de la atención primaria de servicios sociales, el tercer sector en los servicios sociales, la prevención y atención de la dependencia funcional desde el sistema público de servicios sociales y la relación entre los servicios sociales y la política transversal de infancia y adolescencia.)

Vecindarios habitables para la autonomía en convivencia: ¿adiós a los servicios sociales?

cerdá

A la hora de diseñar, implementar y evaluar las políticas de bienestar es imprescindible identificar el bien que debe proteger y promover cada ámbito sectorial (la salud en el caso de la sanidad, el conocimiento en el de la educación, el alojamiento en el de la vivienda y así sucesivamente). Sin embargo, no cabe desconocer el impacto que cada rama especializada puede desencadenar en las necesidades que son, en principio, objeto de otras. Así, por ejemplo, Richard Sennett, en Construir y habitar, identifica momentos de la historia en las que determinados problemas de salud fueron mejor afrontados por el urbanismo que por la propia medicina.

Ciertamente, cabe abogar (ver Diseño de políticas sociales) por unos servicios sociales dedicados a la protección y promoción de la interacción (entendida como autonomía para las decisiones y actividades de la vida diaria y cotidiana en el seno de relaciones primarias de carácter familiar y, en general, comunitario). No obstante, las políticas e intervenciones urbanísticas y habitacionales pueden ganar por la mano a los servicios sociales en el apoyo a la autonomía de las personas en el marco de relaciones de convivencia, facilitadas por viviendas, barrios, comunidades y territorios adecuadamente diseñados, construidos, comunicados, dotados y regulados.

Del mismo modo que los aguadores fueron desplazados cuando el conocimiento y la tecnología hicieron posible que el líquido que transportaban en vasijas llegara por tuberías a los grifos de las viviendas, la propuesta de los servicios sociales, centrada en la atención presencial de personal de baja cualificación (sea en centros residenciales o diurnos o en los domicilios realmente existentes), se ve retada, como vemos en varios estudios publicados por la Fundación Pilares o en Neighbourhoods of the future, de Agile Ageing, por un enfoque basado en el codiseño de soluciones habitacionales flexibles y facilitadoras de los cuidados comunitarios, en vecindarios de alta accesibilidad, densidad, diversidad, sostenibilidad y equidad (amigables, inteligentes y compasivos), dotados de tecnologías avanzadas de control, apoyo, movilidad, comunicación y decisión.

Amaia Pérez Orozco, en Subversión feminista de la economía, muestra nuestros cuerpos vulnerables, interdependientes y ecodependientes, en medio de una encarnizada batalla entre el capital y la vida. No parece claro que vayamos a lograr que las políticas públicas se pongan eficazmente del lado de la vida y todavía es más difícil saber cuáles puedan ser los pilares de un futuro sistema de bienestar. Si los servicios sociales persisten en ser básicamente administración de dinero y asistencia física de último recurso, poco futuro cabe augurarles. Ojalá, por el contrario, el desarrollo de las políticas urbanísticas y de vivienda y el de los servicios sociales puedan ir de la mano, dentro de estrategias de innovación y desarrollo comunitario y territorial, para facilitar la vida, empoderamiento, convivencia, igualdad y felicidad de todas las personas.

(La fotografía, tomada de La Vanguardia, corresponde a La Carbonería, primer edificio del Eixample de Barcelona diseñado por Ildefons Cerdá, figura de primera magnitud en la historia del urbanismo.)