Los servicios sociales como nudo gordiano para la transformación del Estado de bienestar

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Los consensos de la comunidad científica y las preferencias de la ciudadanía expresadas en diversas encuestas apuntarían (como recuerda Pilar Rodríguez) a que, sin desconocer la importancia de otras herramientas del Estado de bienestar, el instrumento clave para dar respuesta a la crisis de los cuidados, a la soledad no deseada, al maltrato en el seno de las relaciones primarias o a la gestión de las diversidades en la convivencia vecinal (algunos de nuestros principales retos sociales) es el desarrollo de los servicios sociales y, específicamente, de los servicios sociales que se prestan en el domicilio, en el territorio o en el entorno digital, en la medida en que son aquellos que permiten actuar de forma más preventiva y personalizada, fortaleciendo la capacidad de las personas de desenvolverse autónomamente en su vida cotidiana y los vínculos familiares y comunitarios en todos los momentos del ciclo vital.

Hay que ser conscientes, en todo caso, de que, para responder a esos retos, no basta con una apuesta presupuestaria pública por los servicios sociales, sino que ésta debe concebirse como una gran misión (en expresión de Mariana Mazzucatto) para una transformación de lo que ahora son unos servicios sociales en buena medida residuales, subsidiarios, fragmentados y asistencialistas en un sistema universal, integrado, preventivo y comunitario, que sólo puede lograrse mediante una apuesta colectiva por el conocimiento y la innovación tecnológica y social, que, por cierto, afectará especialmente a las interfaces entre los servicios sociales y las políticas de salud y de vivienda.

A la vez, en el actual momento desarrollo de las políticas sociales en nuestro entorno, no parece aconsejable la profusión, improvisación, desorden, confusión e, incluso, saturación que existe en lo tocante a las iniciativas de carácter intersectorial. Se impone que una autoridad central dirija unas estructuras de gobernanza intersectorial con partícipes claros y dinámicas establecidas. Una estructura que pueda replicarse hacia arriba (en territorios más extensos) y hacia abajo, en territorios más pequeños. En esta gobernanza intersectorial del bienestar es fundamental trabajar la intersectorialidad entre diferentes ramas las políticas sociales, pero también, de igual modo, la que se produce entre éstas y otras ramas de política pública identificadas como laborales y económicas o urbanísticas y ecológicas. Una sociedad de cuidados y unos territorios sostenibles requieren estrategias científicas, económicas, educativas y laborales de país que contribuyan a relocalizar la economía para generar territorios vivibles y competitivos en la globalización digitalizada (como señala Cathy Baldwin).

Por otro lado, es fundamental sacar de los servicios sociales cualquier tipo de prestación económica para hacer frente a las necesidades de subsistencia. En realidad, se trataría (al modo de Miguel Laparra) de explorar las oportunidades de simplificar y unificar la gestión de un conjunto amplio de prestaciones y ayudas económicas (contributivas y no contributivas) y, a la vez, coordinar e integrar estas políticas con la política fiscal (y, especialmente, tributaria). Se trataría de superar la fragmentación, opacidad, costes de gestión y efectos no deseados presentes en el manejo público de las entregas dinerarias que la Administración proporciona a las personas, visualizándolas conjuntamente con las bonificaciones, deducciones, desgravaciones o exenciones que se dan en el marco de la política fiscal.

A la vez, una fiscalidad suficiente y justa, capaz de contribuir a la sostenibilidad y equidad intergeneracional, aparte de ser más efectivamente progresiva en general, debe afectar, posiblemente, de forma especial, a impuestos que, como los de patrimonio, sucesiones o transacciones financieras (como señala Ignacio Zubiri), resultan crecientemente disfuncionales, en la medida en que favorecen la acumulación y transmisión intrafamiliar de los recursos económicos en un contexto en el que las funciones, por ejemplo de cuidados, que realizaban las familias, se están transfiriendo (y en buena medida así ha de ser, aunque de otro modo) a otras instancias sociales y, singularmente, a los servicios sociales.

(Al hilo de trabajos con Servicios Sociales Integrados, el Gobierno de Navarra, Aubixa, Podemos o Dincat.)

Apostar por la infancia

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En un país como Euskadi, en el que, como recuerda el reciente Libro Verde de Eusko Ikaskuntza, “la tasa de pobreza es entre los menores de 15 años cinco veces más alta que entre las personas mayores de 65 años” (Eusko Ikaskuntza, 2018: 108), la reivindicación social más intensa, la que se ha convertido en la clave crítica de la reciente y fallida negociación presupuestaria, es la que tiene que ver con las pensiones contributivas. Cuando en España, sólo el 4% de las niñas y niños recibe servicios sociales de cuidado (frente al 40% de la Unión Europea) (Ctxt, 2018), se recordaba hace poco en el Parlamento de Galicia que “se están dando tratamientos oncológicos a pacientes que no tienen más perspectiva que un par de meses por delante, y estamos gastando medio millón de euros por ganar el equivalente a un año de vida ajustada por calidad”.

La inequidad intergeneracional y la contribución de las políticas sociales a ella pueden y deben, ciertamente, ser criticadas y denunciadas por meras razones éticas, es decir, porque no es justo que exista el mencionado sesgo de edad en la distribución de los recursos. Pero existe, además, una segunda y poderosa línea argumental contra la inequidad intergeneracional que se observa en nuestras sociedades, que es la que tiene que ver con la insostenibilidad social que genera y potencia dicha inequidad. La afectación de las condiciones de vida de las generaciones más jóvenes hace que estas generaciones vean menguados sus efectivos (porque la precariedad laboral, residencial o económica conduce a la decisión de tener menos descendientes de las deseadas) y sus capacidades (por peores resultados de las niñas, niños, adolescentes y jóvenes en términos de salud, aprendizaje o interacción). Así, James Heckman, Premio Nobel de Economía en el año 2000, ha estudiado la tasa de retorno de la inversión en capital humano por etapas de la vida y ha demostrado que es decreciente. Este investigador señala que “hay mucha evidencia en la economía, en la psicología y en las neurociencias de que las destrezas tienen una complementariedad dinámica y explica por qué es tan productivo invertir en los primeros años de vida” (Heckman, 2011: 109).

Ante esta situación, se necesita, urgentemente, junto a otras medidas, impulsar una nueva política de servicios sociales que lidere la respuesta del sistema de bienestar y de la sociedad a la crisis de los cuidados y de la sostenibilidad relacional de la vida y la incorporación del enfoque familiar y comunitario de fomento de las relaciones primarias en la diversidad (de género, generacional, funcional y cultural) en todas las políticas. Así parece entenderlo la Resolution Foundation, que, como primera medida para su “nuevo contrato generacional” (Resolution Foundation, 2018: 21), propone un incremento importante en la financiación de los servicios sociales. David Lizoain, tras concluir que “el Estado de bienestar no sólo debe ser defendido, sino ampliado en los sitios donde permanece subdesarrollado” (Lizoain, 2017: 119), afirma que “el candidato más obvio para una mejora es el sector del trabajo de cuidados” (Lizoain, 2017: 121).

El II Plan Local de Infancia y Adolescencia de Vitoria-Gasteiz, liderado por Loli García, es un buen ejemplo del compromiso del sistema público de servicios sociales con todas las niñas, niños y adolescentes y con sus redes familiares y comunitarias como principal entorno de apego, estímulo, sentido y cauce para el necesario incremento de la inversión en infancia, inversión que debe ser cada día más preventiva, estratégica, relacional, innovadora e intergeneracional, como señalan, por ejemplo, Pau Marí- Klose, Alto Comisionado para la Lucha contra la Pobreza Infantil u organizaciones como Save the Children.

¿Qué pasa en San Francisco?

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El barrio de San Francisco (en Bilbao) lleva tiempo siendo un ecosistema especial y relativamente inestable por factores como: sus altas tasas de pobreza económica y exclusión social, su alto grado de diversidad cultural y su alta frecuencia de actos de incivismo y usos problemáticos del espacio público, incluyendo delincuencia de baja intensidad en la calle y en determinadas lonjas y pisos.

¿Qué pasa en este momento? ¿Por qué se han encendido las alarmas? ¿Por qué se incrementa nuestra aparición, en términos negativos, en medios de comunicación?

Se puede decir que los factores, principalmente, serían dos.

Por una parte está el incremento de la llegada a Euskadi de menores de origen magrebí sin referencias familiares y comunitarias que, rápidamente, se hacen adultos y carecen de servicios sociales, recreativos, formativos, de empleo u otros. Por diversas razones (ambiente, tráfico de drogas y objetos robados, permisividad) estas personas tienden a venir en mayor medida a nuestro barrio. El hecho de que sean más y estén menos conectadas y que confluyan en la calle y el barrio con otras personas con problemáticas o percibidas como amenazantes por determinadas personas (personas de la comunidad gitana marginales en su propia comunidad que trafican o tienen otras conductas conflictivas, personas drogadictas que pasan mucho tiempo en la calle, clientes de locales nocturnos, nuevos grupos de personas refugiadas, personas usuarias de servicios presentes en el barrio u otras) hace que se pueda percibir más saturación del ambiente.

Por otro lado, la mejora de la situación y expectativas económicas, tanto generales como específicas de nuestro barrio, atrae a nuevos pobladores y comerciantes, que se muestran más proactivas y desinhibidas en el rechazo algunas prácticas de las anteriores personas. Estos nuevos actores, conectan con actores antiguos durmientes (como personas vinculadas a la antigua asociación independiente) y, además, utilizan las redes sociales, WhatsApp, change.org y ese tipo de instrumentos. Estos nuevos actores se dirigen a las autoridades y a la policía y la policía pasa de cierta pasividad (e incluso connivencia) a una sobreactuación que puede descargar su acción, fundamentalmente, en las personas y grupos más vulnerables, especialmente los jóvenes inmigrantes. Seguramente, con poca profesionalidad y sin una estrategia integrada con otras salvo actuaciones conjuntas tan parciales y discutibles como la “operación” en la parte alta de Dos de mayo (consistente en quitar coches y contenedores, poner policías y cambiar la luz).

El riesgo es que, en ese entorno cada vez más inestable, con los actores posicionados como se acaba de señalar, no es difícil que se desencadenen conflictos más graves y dinámicas de acción-reacción de consecuencias imprevisibles. Algunas posibles estrategias para la coordinadora de grupos del barrio serían:

  • Recordar que somos un barrio popular, mestizo, hospitalario y reivindicativo, ofreciendo un relato alternativo al que, interesadamente, trasladan algunos medios de comunicación.
  • Proximidad dialogante a los nuevos actores y, especialmente, con la asociación emergente, dándoles a conocer lo que hacemos por el barrio.
  • Presencia pública de la coordinadora con un discurso equilibrado y propio, no como reacción al de otros. No aparecer contestando a otros sino afirmando nuestro discurso.
  • Insistir en nuestra línea de pensamiento de que la clave es un liderazgo institucional e integración entre actuaciones públicas (servicios sociales, seguridad, educación, limpieza, vivienda, cultura y otras) y con el tejido comunitario, social y solidario.
  • Activar la interlocución con personas clave de las instituciones y los partidos políticos, con especial atención a algunas de estas personas que tienen vinculación con el barrio.
  • Denunciar la desatención y errores de las instituciones.

La triple tensión estratégica de las organizaciones solidarias de intervención social

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Para aproximarnos a comprender la complejidad de las decisiones de calado que han de tomar en nuestro entorno, actualmente, las entidades del tercer sector de acción social. podemos visualizarlas atravesadas por una triple tensión entre fuerzas contrapuestas, en medio de la cual han de buscar equilibrios relativamente estables y necesariamente creativos para, siendo fueles a sus señas de identidad, obtener el deseable impacto social.

La primera tensión es la que se produce entre las energías que intentan anclar a las organizaciones en su identidad fundante, en su esencia como entidades voluntarias que nacen de la libre agregación de personas y grupos comprometidos con algún tipo de causa solidaria y las que tiran de ellas como gestoras de servicios o programas realmente existentes o previstos, por los que los poderes y administraciones públicas están dispuestas a pagar dinero en forma de subvenciones, convenios, contratos o conciertos.

La segunda tensión es la que se da entre la llamada de la comunidad y el territorio, que pide organizaciones de base, a ras de tierra, capaces de acoger y gestionar la diversidad de género, generacional, funcional y cultural presente y deseable en los domicilios, los vecindarios, los barrios y los pueblos, y la tendencia a la especialización, a la segmentación, a hacerse cargo de la vulnerabilidad, dependencia, sufrimiento o exclusión de un determinado colectivo poblacional, sabiendo cada vez más de su problemática y correspondiente abordaje.

La tercera tensión es la que se observa entre la incardinación sectorial de las entidades en un determinado ámbito de actividad (los servicios sociales, el empleo, la vivienda o la sanidad, por poner cuatro ejemplos), que puede contribuir a su mejora basada en el conocimiento y a la inclusión de las personas a las que atienden, y la integración, intersectorialidad y transversalidad demandada frecuentemente por la complejidad de las intervenciones necesarias y la rigidez burocratizada de las estructuras y políticas públicas.

En esta triple tensión, no pocas organizaciones se deforman o se desintegran, mientras que otras encuentran, deben encontrar, podría decirse, la oportunidad de construir nuevas síntesis entre misión y sostenibilidad, entre proximidad y especialización, entre sectorialidad e integración. Desde la búsqueda y construcción de esas nuevas sinergias estratégicas, las organizaciones solidarias dedicadas a la intervención social deberán adoptar decisiones diversas y complementarias en relación con su escala, posicionamiento, composición, actividades, imagen y alianzas.

(Sobre estas cuestiones conversaremos los días 10 y 11 de enero de 2019 en Barcelona y Vallbona de les Monges con personas de la Cooperativa l’Olivera y el día 14 en Barcelona con el Grup ATRA. La ilustración corresponde a la cubierta del Centro de Nuevas Industrias y Tecnologías, construido en París en 1958, de planta triangular y de gran dificultad técnica.)