¿Qué pasa en San Francisco?

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El barrio de San Francisco (en Bilbao) lleva tiempo siendo un ecosistema especial y relativamente inestable por factores como: sus altas tasas de pobreza económica y exclusión social, su alto grado de diversidad cultural y su alta frecuencia de actos de incivismo y usos problemáticos del espacio público, incluyendo delincuencia de baja intensidad en la calle y en determinadas lonjas y pisos.

¿Qué pasa en este momento? ¿Por qué se han encendido las alarmas? ¿Por qué se incrementa nuestra aparición, en términos negativos, en medios de comunicación?

Se puede decir que los factores, principalmente, serían dos.

Por una parte está el incremento de la llegada a Euskadi de menores de origen magrebí sin referencias familiares y comunitarias que, rápidamente, se hacen adultos y carecen de servicios sociales, recreativos, formativos, de empleo u otros. Por diversas razones (ambiente, tráfico de drogas y objetos robados, permisividad) estas personas tienden a venir en mayor medida a nuestro barrio. El hecho de que sean más y estén menos conectadas y que confluyan en la calle y el barrio con otras personas con problemáticas o percibidas como amenazantes por determinadas personas (personas de la comunidad gitana marginales en su propia comunidad que trafican o tienen otras conductas conflictivas, personas drogadictas que pasan mucho tiempo en la calle, clientes de locales nocturnos, nuevos grupos de personas refugiadas, personas usuarias de servicios presentes en el barrio u otras) hace que se pueda percibir más saturación del ambiente.

Por otro lado, la mejora de la situación y expectativas económicas, tanto generales como específicas de nuestro barrio, atrae a nuevos pobladores y comerciantes, que se muestran más proactivas y desinhibidas en el rechazo algunas prácticas de las anteriores personas. Estos nuevos actores, conectan con actores antiguos durmientes (como personas vinculadas a la antigua asociación independiente) y, además, utilizan las redes sociales, WhatsApp, change.org y ese tipo de instrumentos. Estos nuevos actores se dirigen a las autoridades y a la policía y la policía pasa de cierta pasividad (e incluso connivencia) a una sobreactuación que puede descargar su acción, fundamentalmente, en las personas y grupos más vulnerables, especialmente los jóvenes inmigrantes. Seguramente, con poca profesionalidad y sin una estrategia integrada con otras salvo actuaciones conjuntas tan parciales y discutibles como la “operación” en la parte alta de Dos de mayo (consistente en quitar coches y contenedores, poner policías y cambiar la luz).

El riesgo es que, en ese entorno cada vez más inestable, con los actores posicionados como se acaba de señalar, no es difícil que se desencadenen conflictos más graves y dinámicas de acción-reacción de consecuencias imprevisibles. Algunas posibles estrategias para la coordinadora de grupos del barrio serían:

  • Recordar que somos un barrio popular, mestizo, hospitalario y reivindicativo, ofreciendo un relato alternativo al que, interesadamente, trasladan algunos medios de comunicación.
  • Proximidad dialogante a los nuevos actores y, especialmente, con la asociación emergente, dándoles a conocer lo que hacemos por el barrio.
  • Presencia pública de la coordinadora con un discurso equilibrado y propio, no como reacción al de otros. No aparecer contestando a otros sino afirmando nuestro discurso.
  • Insistir en nuestra línea de pensamiento de que la clave es un liderazgo institucional e integración entre actuaciones públicas (servicios sociales, seguridad, educación, limpieza, vivienda, cultura y otras) y con el tejido comunitario, social y solidario.
  • Activar la interlocución con personas clave de las instituciones y los partidos políticos, con especial atención a algunas de estas personas que tienen vinculación con el barrio.
  • Denunciar la desatención y errores de las instituciones.

La triple tensión estratégica de las organizaciones solidarias de intervención social

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Para aproximarnos a comprender la complejidad de las decisiones de calado que han de tomar en nuestro entorno, actualmente, las entidades del tercer sector de acción social. podemos visualizarlas atravesadas por una triple tensión entre fuerzas contrapuestas, en medio de la cual han de buscar equilibrios relativamente estables y necesariamente creativos para, siendo fueles a sus señas de identidad, obtener el deseable impacto social.

La primera tensión es la que se produce entre las energías que intentan anclar a las organizaciones en su identidad fundante, en su esencia como entidades voluntarias que nacen de la libre agregación de personas y grupos comprometidos con algún tipo de causa solidaria y las que tiran de ellas como gestoras de servicios o programas realmente existentes o previstos, por los que los poderes y administraciones públicas están dispuestas a pagar dinero en forma de subvenciones, convenios, contratos o conciertos.

La segunda tensión es la que se da entre la llamada de la comunidad y el territorio, que pide organizaciones de base, a ras de tierra, capaces de acoger y gestionar la diversidad de género, generacional, funcional y cultural presente y deseable en los domicilios, los vecindarios, los barrios y los pueblos, y la tendencia a la especialización, a la segmentación, a hacerse cargo de la vulnerabilidad, dependencia, sufrimiento o exclusión de un determinado colectivo poblacional, sabiendo cada vez más de su problemática y correspondiente abordaje.

La tercera tensión es la que se observa entre la incardinación sectorial de las entidades en un determinado ámbito de actividad (los servicios sociales, el empleo, la vivienda o la sanidad, por poner cuatro ejemplos), que puede contribuir a su mejora basada en el conocimiento y a la inclusión de las personas a las que atienden, y la integración, intersectorialidad y transversalidad demandada frecuentemente por la complejidad de las intervenciones necesarias y la rigidez burocratizada de las estructuras y políticas públicas.

En esta triple tensión, no pocas organizaciones se deforman o se desintegran, mientras que otras encuentran, deben encontrar, podría decirse, la oportunidad de construir nuevas síntesis entre misión y sostenibilidad, entre proximidad y especialización, entre sectorialidad e integración. Desde la búsqueda y construcción de esas nuevas sinergias estratégicas, las organizaciones solidarias dedicadas a la intervención social deberán adoptar decisiones diversas y complementarias en relación con su escala, posicionamiento, composición, actividades, imagen y alianzas.

(Sobre estas cuestiones conversaremos los días 10 y 11 de enero de 2019 en Barcelona y Vallbona de les Monges con personas de la Cooperativa l’Olivera y el día 14 en Barcelona con el Grup ATRA. La ilustración corresponde a la cubierta del Centro de Nuevas Industrias y Tecnologías, construido en París en 1958, de planta triangular y de gran dificultad técnica.)