Atención integrada: conocimiento e innovación

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Para el desarrollo de un modelo de atención integrada parece necesario potenciar una amplia y abierta construcción y dinámica de redes en los ecosistemas sectoriales e intersectoriales de práctica y conocimiento para favorecer la innovación tecnológica y social. Cabe suponer que, posiblemente, el aumento de la complejidad social impulsaría arreglos (mix) diversos entre sector público, tercer sector y otros agentes en los diferentes ámbitos sectoriales y un acercamiento menos ideológico y más pragmático a dichas articulaciones, atendiendo tanto a la inercia institucional (path dependency) como a las oportunidades de girar estratégicamente.

La evidencia comparada parece clara en cuanto a la presencia habitual de estos grandes tipos de agentes (con distintos pesos y roles según sectores, países y, en definitiva, regímenes de bienestar) y en cuanto a la resiliencia de los arreglos entre ellos en los diferentes sectores de actividad en cada país (a pesar de la amenaza de las crisis económicas o las ideologías de los partidos que llegan a los gobiernos) (Del Pino y Rubio, 2016). La ciudadanía podría estar abierta a un mayor o más estratégico papel del Estado (como Estado orientado a la inversión social), con lo que ello conlleva en términos de cotizaciones o impuestos, pero los poderes públicos y los otros agentes implicados habrían de presentarle una oferta creíble de valor para cada política sectorial en particular.

Sea como fuere, antes de entrar en el (legítimo) debate ideológico, político y técnico sobre el volumen (esfuerzo) de la inversión pública en el sector de los servicios sociales o en otros; sobre el peso y papel de las diferentes esferas (pública, comunitaria, solidaria y privada); o sobre la medida en qué queremos pagar los servicios mediante impuestos, cotizaciones, copagos o precios o de otro modo; cabe, desde el diseño estratégico de políticas sociales, configurar, pilotar y aumentar de escala (Evers y otras, 2014) “arreglos” innovadores que potencien mayores y mejores sinergias entre todos los agentes o esferas implicadas. Ello requiere, como señala Mariana Mazzucato, reconocer la importancia que, para los mercados, han tenido históricamente y siguen teniendo muchos conocimientos e innovaciones procedentes de fuera de ellos, el carácter “exploratorio, plural y de ensayo y error” de los procesos y la necesaria “capacidad creativa, adaptativa y exploratoria” (Mazzucato, 2016) de los agentes y, específicamente de las agencias y estrategias públicas.

Esta profesora llama la atención sobre la manera en la que determinadas misiones (como mandar una persona a la luna en su momento) han dinamizado los diversos ecosistemas y redes sectoriales e intersectoriales de práctica y conocimiento con gran variedad de agentes. Misiones que sólo se entienden desde un liderazgo público en la innovación tecnológica y, posiblemente, desde un nuevo papel de los poderes públicos, apostando por versiones de la innovación social más “caracterizadas por la complejidad de su contexto social y geográfico y por el fomento de un cambio disruptivo en las relaciones de poder” (Parés y otras, 2017) y por intentar aplicar el enfoque de innovación social que Frank Moulaert y otras denominan “de desarrollo territorial” (Moulaert y otras, 2017) que apuesta por un enfoque comunitario, participativo y político.

(Fragmento final adaptado de un artículo recién publicado que puede descargarse aquí.)

Servicios sociales y economía solidaria: cuidar(nos en) el territorio

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El capitalismo informacional tiene gran capacidad para deslocalizar, desterritorializar y desmaterializar procesos y activos pero los seres humanos de carne y hueso seguimos necesitando respirar, alimentarnos, desplazarnos, cuidarnos, abrazarnos y reconocernos físicamente, ubicados en determinados entornos geográficos. Mientras segmentos sociales acomodados (más allá del famoso 1%) están cada día más desapegados del suelo, los procesos de precarización y exclusión laboral, residencial y económica generan desplazamientos forzados, hacinamiento urbano, contaminación ambiental o despoblación rural.

En este contexto, la dimensión territorial y ambiental adquiere centralidad en la lucha de clases y el conflicto social. Y cada persona, cada grupo, cada organización y cada institución se ve confrontada ante la pregunta sobre su contribución para hacer materialmente posible o imposible la vida diaria y cotidiana de las personas que están en cada barrio y en cada pueblo o que llegan a establecerse en ellos. Especialmente la de las mayorías sociales con menor capacidad de despegarse de la tierra, con mayor dificultad de cambiar de territorio, por limitaciones funcionales, económicas o de otros tipos.

Sin embargo, quizá en la conciencia acerca de esa fragilidad compartida por más y más personas podamos encontrar, justamente, una oportunidad para el encuentro transformador. Es lo que nos enseña la economía solidaria que nos habla del kilómetro cero, que promueve el fortalecimiento de transacciones de proximidad para que nuestras vidas y territorios sean más sostenibles, menos dependientes, más eficientes y menos vulnerables. También, ciertamente, ante la eventualidad de un colapso financiero, económico, ambiental, militar, sanitario, político o de otra índole, a menor o mayor escala.

Por todo ello, nuestros servicios sociales se ven invitados a superar sus tendencias excluyentes y punitivas y sus prácticas de clasificación de personas para segregarlas de sus comunidades y, más bien, se les pide desarrollar y extender modelos de política, organización e intervención social que favorezcan la autonomía funcional y las relaciones comunitarias de todas las personas (diversas sexualmente, generacionalmente, funcionalmente y culturalmente) en unos territorios rurales y urbanos a cuya sostenibilidad relacional, laboral y material deben contribuir mucho más significativamente.

(Sobre estas cuestiones debatiremos el lunes, 19 de noviembre, con Servicios Sociales Integrados, en Bilbao; el miércoles 21 en Hospitalet de Llobregat, en el congreso de la Taula del Tercer Sector; el jueves 22 en el Congreso de las Diputadas, en una jornada de Podemos; y el viernes 23, en Hernani, en una jornada de HZ. La fotografía corresponde al mercado de la calle Dos de Mayo, en el barrio de San Francisco, en Bilbao.)

¿La intervención social como ingeniería relacional?

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Si nuestro modelo de funcionamiento social, en general, y, dentro de él, el conjunto de mecanismos públicos de bienestar están en una crisis sistémica, ninguno de los artefactos técnicos u organizativos existentes en la actualidad para regular e impulsar los procesos productivos y la inclusión social puede percibirse y proyectarse a sí mismo como una realidad estable de futuro asegurado.

La intervención social que, en nuestro entorno, se practica, fundamentalmente, en los servicios sociales y, también, en otros ámbitos sectoriales de actividad y que se apoya en el conocimiento disciplinar y las tecnologías del trabajo social, la educación social o la psicología de la intervención social, entre otras, se encuentra, posiblemente, ante una disyuntiva determinante de su futuro: replegarse a funciones de control administrativo de colectivos de riesgo y de recursos racionados y condicionados para su supervivencia o reinventarse como saber y tecnología de promoción de la autonomía funcional, el empoderamiento personal, la autodeterminación vital, las relaciones primarias, la convivencia familiar y la vida comunitaria de todas las personas en el territorio.

La primera de las opciones dispone de fuertes elementos tractores, tales como: la alarma ciudadana y política ante situaciones que se presentan como de emergencia social, crecientes y de creciente gravedad; los intereses e inercias laborales o cognitivas de determinadas capas de profesionales y directivas de los servicios sociales; o interesadas percepciones, análisis y visiones estigmatizantes y simplificadoras acerca de ciertos perfiles de personas, en un contexto de incremento de la diversidad sexual, generacional, funcional y cultural.

Sin embargo, la apuesta por una intervención social y unos servicios sociales de carácter universal, preventivo, digitalizado, personalizado, relacional y comunitario tiene todos los atractivos y todas las pegas de cualquier operación de creación de un nuevo dispositivo de ingeniería social, dado que, si bien este modelo de intervención social y de servicios sociales hunde sus raíces en numerosas y valiosas experiencias y conocimientos de nuestras comunidades de práctica y aprendizaje, cuando lo proponemos, debemos, honestamente, reconocer ante la sociedad que le estamos hablando de un dispositivo, en parte, nuevo, de un cierto viaje a lo desconocido.

Una sociedad no puede afrontar simultáneamente muchos experimentos de este estilo. No podemos, a la vez, experimentar una nueva fiscalidad, instalar una renta básica, universalizar la educación infantil, cambiar el modelo de ciencia e innovación, hacer una revolución en la Administración, garantizar la sostenibilidad de las pensiones, modernizar la Justicia, darle la vuelta la política de vivienda, reindustrializar el país, repoblar los territorios vacíos, construir una nueva intervención social y unos nuevos servicios sociales y así sucesivamente. Si las gentes de la intervención social y los servicios sociales queremos oportunidades, alianzas, recursos y apoyos para esta aventurada apuesta, vamos a tener que ser muy convincentes ante muchas personas. Ese es nuestro reto.

(Sobre estas cuestiones hablaremos los días 12 y 13 de noviembre en un curso en Castellón, el día 14 en Dincat en Barcelona y el día 15 con personas de los servicios sociales y de Osakidetza en el Hospital de Basurto y en una conferencia, a las 19 horas en Arrupe Etxea, en Bilbao, organizada por la asociación Fe y Justicia. La imagen pertenece a la iniciativa Gau Irekia/Noche Abierta del barrio San Francisco, en Bilbao, de 2017. Pronto será la siguiente.)

Cinco matrioshkas para el cambio social

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Cuando queremos idear e impulsar cambios sociales a mayor o menor escala, descubrimos tanto la autonomía relativa de los planos de realidad que encontramos y construimos en diferentes niveles de análisis como la compleja relación entre ellos. A continuación vamos a proponer cinco contextos encajados a modo de muñecas rusas (Urie Bronfenbrenner) y algunas de las correspondientes preguntas críticas que nos estamos haciendo hoy y aquí como agentes de la intervención social.

En el nivel del modelo social o modelo de sociedad, fundamentalmente, nos estamos preguntando por los arreglos entre el mundo de la vida y el mundo del sistema (Jürgen Habermas), es decir, entre la esfera comunitaria de los bienes relacionales y esferas como la mercantil o la burocrática. El feminismo ha logrado romper irreversiblemente el arreglo patriarcal entre ambos mundos (Yayo Herrero), pero: ¿seguimos apostando por la centralidad del mercado laboral como mecanismo para la inclusión social o trabajamos para legitimar procesos comunitarios en los que un número significativo de personas podamos funcionar e identificarnos sin empleo?

En el nivel del modelo de bienestar social y desarrollo territorial, nos preguntamos por el tamaño, la función y el diseño del Estado (Eloisa del Pino). ¿En qué ámbitos de actividad queremos que tenga el monopolio? ¿En cuáles queremos que sea un proveedor determinante? ¿En cuáles queremos que sea fundamentalmente un regulador? ¿Cómo gestionar la inercia que hace que las políticas sectoriales ganadoras (por ejemplo las pensiones de jubilación) se lo quieran llevar todo y alentar la innovación y el aumento de escala en políticas públicas emergentes (como la de servicios sociales)?

En el nivel 3 nos preguntamos por el modelo de servicios sociales. Suponiendo que se apueste por los servicios sociales como uno de los pilares del sistema de bienestar (Manuel Aguilar): ¿Alcanzarán un posicionamiento universal como encargados de velar por la autonomía y autodeterminación de las personas en la vida diaria con relaciones primarias cotidianas de carácter familiar y comunitario (interacción)? ¿Conseguirán la iniciativa social y la economía solidaria un papel diferenciado y sinérgico en el sector de los servicios sociales superando su dinámica de fragmentación y segregación de colectivos vulnerables?

En el cuarto nivel de análisis de la realidad para el cambio social nos preguntamos por el modelo organizativo en los servicios sociales y en otros sectores de actividad y, específicamente, por fórmulas innovadoras y eficientes de integración (Ester Sarquella) vertical y horizontal de los procesos de trabajo. ¿Cómo se integran intrasectorialmente las estructuras diferenciadas para conseguir abordar los problemas y desafíos tan macrosocialmente o tan microsocialmente como sea pertinente? ¿Cómo se integran intersectorialmente las actividades e intervenciones, de modo que las personas encuentren tanto la respuesta especializada que esperan como la continuidad de la atención que necesitan?

En el nivel más micro nos encontramos con el modelo de intervención social (Joaquín García Roca): ¿Es posible un modelo que incorporare tanto la dimensión preventiva como la asistencial? ¿Puede la intervención social, a la vez, digitalizarse y recuperar el territorio? ¿Será capaz de atender personalizadamente a la complejidad de las necesidades individuales y a la construcción de relaciones significativas y equitativas en la diversidad comunitaria en dimensiones como la de género, la generacional, la funcional y la cultural? (María José Aguilar) ¿Seremos capaces de construir una comunidad de práctica y de conocimiento para la intervención social a la altura del reto histórico que tenemos delante?

(Entrada inspirada por una conversación mantenida con compañeras y compañeros de las Comisiones Obreras de Euskadi. Sobre estas cuestiones hablaremos el 5 y 6 de noviembre en un curso en Castellón, el 7 con la cooperativa Servicios Sociales Integrados, el 8 en Provivienda y en una jornada comunitaria en la Universidad Complutense de Madrid y el 9 en el congreso de Eusko Ikaskuntza.)