Iniciativa social e inclusión residencial

Jason

Cabe afirmar que en la sociedad del conocimiento (y, especialmente, desde un enfoque de derechos) las organizaciones del tercer sector están llamadas a la especialización, es decir, a una decidida, proactiva y esforzada incorporación a los ecosistemas sectoriales de conocimiento de aquel ámbito en el que quieran operar: servicios sociales, turismo, vivienda, justicia, finanzas, alimentación, empleo, ocio, educación, cultura, telefonía, salud o el que sea. Se observa que incluso aquellas organizaciones que, por tamaño y opción estratégica, quieran y puedan operar en más de un ámbito sectorial se ven confrontadas a la exigencia de especialización sectorial, salvo que, en contradicción con el universalismo del enfoque de derechos, acepten ser el “poli bueno” de los procesos de precarización, discriminación y exclusión social.

En este contexto, el ámbito sectorial de la vivienda es, posiblemente, un banco de pruebas especialmente exigente para la iniciativa social y la economía solidaria, porque, en general, requiere saberes, cualificaciones y tecnologías no tan presentes, tradicionalmente, en el tercer sector. También, todo hay que decirlo, porque es un sector en el que unas políticas públicas débiles, estúpidas e incoherentes han cebado monstruosas dinámicas de mercantilización, privatización y acumulación de poder que no hacen sino multiplicar e intensificar los procesos de precarización, discriminación y exclusión residencial.

Sin embargo, tantas vidas destrozadas, de forma especialmente visible en la crisis desencadenada, en buena medida, por el estallido de la última burbuja inmobiliaria, constituyen una exigencia moral para una alianza estratégica entre administraciones comprometidas con una política inclusiva de vivienda y organizaciones de iniciativa social especializadas en acompañar procesos de inclusión residencial y con capacidad de gestión para resultar desequilibrantes, en una determinada escala territorial, en el terreno de juego de las dinámicas habitacionales.

Para ese viaje, duro sin duda, son precisas organizaciones con un sujeto estratégico claro, en las que resulten evidentes y legítimos los intereses y propietarias de la entidad; entidades que elijan bien los eslabones de las cadenas de valor en los que ubicarse y las alianzas estratégicas con agentes con otros posicionamientos (sin prejuicios y sin ingenuidades); organizaciones inteligentes, seguramente más llamadas, hoy por hoy, a lograr, mediante diseños innovadores, zonas liberadas con efecto demostración que a encargarse de eslabones operativos de menor valor añadido (mano de obra barata) en procesos sobre los que no tienen un mínimo control.

Entidades que recuerdan un poco a ese primer Jason Bourne, solo y desorientado, en su desigual lucha contra Treadstone. Un Jason Bourne que, sin embargo, posee capacidades insospechadas y construye alianzas valiosas con las que enfrentarse a esa poderosa organización. Hay partido.

(Notas tras una sesión de trabajo con personas de Provivienda.)

¿Pagar más pensiones, asegurar los cuidados o universalizar los servicios sociales?

Asno

Posiblemente nuestros Estados (o cuasi Estados, en el caso de entidades subestatales de amplias competencias), caracterizados como sociales o de bienestar (entendiendo aquí por tales aquellos que dedican cerca de, o más, de la mitad del presupuesto de sus gobiernos al gasto social) han llegado a un momento en el que, como el asno de Buridán, se ven sometidos a expectativas, reclamos o demandas que, al menos en cierta medida, pueden resultar contradictorias entre sí:

  • Ser un Estado empresario de servicios universales, es decir, ofrecer servicios masivos (como el sanitario o el educativo), tendencialmente gratuitos (fundamentalmente financiados por impuestos) y con personal propio (creando cantidades significativas de empleo público con buenas remuneraciones y condiciones laborales).
  • Ser un Estado asegurador y optimizador de recursos financieros entregables a las personas aportantes en determinadas contingencias (como jubilación, desempleo o discapacidad) en función de la cotización (mérito) de la persona; recursos suficientes, en todo caso, para la subsistencia, con independencia de la evolución de los mercados financieros (globalizados).
  • Ser un Estado inteligente y estratégico, capaz de anticipar y abordar los cambiantes riesgos y oportunidades que se presentan en nuestras sociedades, debiendo competir, para ello, con otros agentes (singularmente las grandes empresas globales) por los recursos humanos y tecnológicos necesarios para construir esa inteligencia estratégica.

Recordando aquella vieja ley de la dialéctica hegeliana, cabe preguntarse si nos encontramos en un debate sobre cantidades de recursos (cantidad total de recursos que se pone en manos del Estado o cantidades relativas de recursos dedicadas a esas diferentes funciones) o si se trata ya un debate sobre la cualidad y la naturaleza del Estado, si se está alumbrando algún tipo de cambio cualitativo por crisis sistémica del tipo de Estado social o de bienestar que conocemos.

En este marco, por ejemplo, cabe preguntarse de cuál de los siguientes modos se abordan de forma más pertinente y eficiente las necesidades actuales y futuras de las personas pensionistas actuales y futuras, y singularmente la que está llamada a crecer más y de manera más amenazante, que es la de cuidados:

  • Incrementando (más o menos) homogéneamente las actuales pensiones, de modo que las personas estén en mejores condiciones para, con sus ingresos y ahorros, pagar por cuidados.
  • Asegurando colectivamente la contingencia de necesitar cuidados, de modo que las personas reciban dinero para pagar cuidados en la medida en que los necesiten efectivamente.
  • Desarrollando los servicios sociales públicos como universales, de modo que dejen de ser un último recurso para cuando nuestras capacidades, redes y recursos están prácticamente agotados y se transformen en proveedores universales de cuidados profesionales.

Estos (y otros) cursos de acción están siendo propuestos y aplicados en cierta medida e incluso pueden ser vistos, de cara al futuro, como relativamente compatibles entre sí. Sin embargo, han de ser pensados, debatidos y comparados pues, al menos en determinados momentos, los diferentes agentes nos vemos abocados a decisiones que apuntan en una u otra dirección, que revelan unas u otras preferencias, que tienen unas u otras ganadoras o perdedoras. Y, en todo caso, recordemos lo que le pasó al asno de Buridán.

Cinco hipótesis para el futuro de la colaboración multiagente en las políticas sociales

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1. En la sociedad del conocimiento, la tecnología y la innovación se reforzaria la importancia estratégica de la incardinación en los ámbitos sectoriales (nacionales e internacionales) de la economía, la política pública y la gestión del conocimiento (en este caso en los ámbitos sectoriales correspondientes a las diferentes políticas sociales: sanidad, educación, servicios sociales, empleo, vivienda y subsistencia), no sólo de las empresas privadas, sino también de las organizaciones públicas y las entidades de iniciativa social, llamadas, por tanto, a superar su generalismo en procesos de especialización sectorial, intersectorial y transversal.

2. El aumento de la complejidad social impulsaría arreglos (mix) diversos entre comunidad, sector público, tercer sector y sector privado en los diferentes ámbitos sectoriales (sanidad, educación, servicios sociales, empleo, vivienda y subsistencia) y un acercamiento menos ideológico y más pragmático a dichas articulaciones, atendiendo tanto a la inercia institucional (path dependency) como a las oportunidades de girar estratégicamente, especialmente, sobre la base de evidencias.

3. La crisis de los cuidados haría más urgente y relevante la preocupación y contribución de los diferentes agentes a la sostenibilidad relacional de la vida en las comunidades y los territorios, en el marco procesos de integración vertical y horizontal de las políticas públicas y de arquitecturas públicas para la gobernanza participativa, multinivel e intersectorial del bienestar y el desarrollo, descendiendo de la escala macro a la meso y de la meso a la micro (de arriba hacia abajo).

4. La potencia de la innovación tecnológica, especialmente digital, favorecería a la innovación social como marco de referencia o terreno de juego para la articulación o colaboración entre agentes en el marco de la vida económica y las políticas públicas, siendo un reto fundamental el de la escalabilidad de las experiencias comunitarias exitosas y el de lograr que, a modo de fractales, funcionen sinérgicamente parecidas redes, constelaciones y ecosistemas de agentes (comunitarios, públicos, solidarios y privados) a escala micro, meso y macro (de abajo hacia arriba).

5. La pujanza de la esfera del mercado en todos los órdenes de la vida tendería a fragmentar y debilitar las comunidades, las instituciones públicas y la iniciativa social. Sin embargo, cabe afirmar que, tan cierto como que hay momentos y períodos de deterioro y amenaza o de bloqueo y atasco en los que resulta prácticamente imposible desencadenar cambios estratégicos positivos y justos, es que, en determinadas circunstancias, frecuentemente imprevistas, se abren ventanas de oportunidad para girar o, sencillamente, las amenazas obligan a tomar decisiones de calado, cueste lo que cueste. Para ese tipo de momentos es fundamental tener a punto relatos (discursos), maquetas (modelos), alianzas (estructuras) y redes (relaciones) abiertas, diversas, inclusivas, eficientes, polivalentes y rigurosas.

(Preparadas para ―y reelaboradas en― un encuentro del Ceo Club de Entidades Sociales de la Universidad Pública de Navarra y en la preparación de un artículo de próxima publicación en Cuadernos de Trabajo Social.)

Autonomía, vulnerabilidad, amor y decisión

Fractales

Protágoras considera al individuo humano “la medida de todas las cosas” y esa persona individual, dotada de autonomía funcional y moral, es la portadora de los derechos humanos, declarados por las Naciones Unidas en 1948. Sin embargo, paradójicamente, según Pablo del Río, “lo que caracteriza a todos los seres humanos es su general capacidad para hacer cosas e interiorizarlas con el apoyo externo y social y su incapacidad para desarrollarse aislados como seres humanos. Y esta discapacidad individual general, esta necesidad de ser ayudados y suplementados como medio para llegar a ser autónomos y capaces, es lo que justamente caracteriza el hecho humano” (Del Rio, 1992: 138).

Vale la pena una larga y densa cita de Humberto Maturana y Francisco Varela para recordar que “lo que la biología nos está mostrando (…) es que la unicidad de lo humano, su patrimonio exclusivo, está en esto, en su darse un acoplamiento estructural social donde el lenguaje tiene un doble rol: por un lado, el de generar las regularidades propias del acoplamiento estructural social humano, que incluye entre otros el fenómeno de las identidades personales de cada uno; y, por otro lado, el de construir la dinámica recursiva del acoplamiento estructural social que produce la reflexividad que da lugar al acto de mirar con una perspectiva más abarcadora, al acto de salirse de lo que hasta ese momento era invisible o inamovible, permitiendo ver que como humanos sólo tenemos el mundo que creamos con otros. A ese acto de ampliar nuestro dominio congnoscitivo reflexivo, que siempre implica experiencia novedosa, podemos llegar, ya porque razonamos hacia ello, o bien, y más directamente, porque alguna circunstancia nos lleva a mirar al otro como un igual, en un acto que habitualmente llamamos de amor. Pero, más aún, esto mismo nos permite darnos cuenta de que el amor, o si no queremos usar una palabra tan fuerte, la aceptación del otro junto a uno en la convivencia, es el fundamento biológico del fenómeno social: sin amor, sin aceptación del otro junto a uno, no hay socialización, y sin socialización no hay humanidad” (Maturana y Varela, 1996: 209).

Entonces, nos podemos preguntar, intelectual y vitalmente: ¿qué es antes? ¿qué es más? ¿el individuo autónomo o la comunidad relacional? Fritjof Capra señala que “la constatación de que los sistemas son totalidades integradas que no pueden ser comprendidas desde el análisis fue aún más chocante en física que en biología. Desde Newton, los físicos habían pensado que todos los fenómenos físicos podían ser reducidos a las propiedades de sólidas y concretas partículas materiales. En los años veinte, no obstante, la teoría cuántica les forzó a aceptar el hecho de que los objetos materiales sólidos de la física se disuelven al nivel subatómico en pautas de probabilidades en forma de ondas. Estas pautas o patrones, además, no representan probabilidades de cosas, sino más bien de interconexiones” (Capra, 2002:  49-50). Niklas Luhmann dirá que “la sociedad no está compuesta de seres humanos sino de comunicaciones” (Luhmann, 1997: 27).

¿Construir autonomía? ¿Confiarse en el amor? ¿Afirmarnos individuos? ¿Sabernos red? Quizá esa sea la decisión en cada momento, en todos los momentos, en la medida en que podamos decidir o codecidir. Quedémonos una vez más con el fragmento de Erasmo de Rotterdam conocido gracias a Demetrio Casado: “Sólo creó desnudo al hombre, débil, tierno, desarmado, de carne blandísima y cutis delicado (…); sólo el hombre nace en un estado que por mucho tiempo le obliga a depender totalmente de ayuda ajena. No sabe ni hablar, ni andar, ni buscarse la comida, sólo implorar asistencia berreando, para que de ahí podamos deducir que se trata del único animal nacido exclusivamente para la amistad, que principalmente madura y se refuerza con la ayuda mutua. Por eso la naturaleza ha querido que el hombre reciba el don de la vida no tanto por sí mismo como para orientarlo hacia el amor, para que entienda bien que está destinado a la gratitud y la amistad. Es así que no le dio un aspecto feo u horrible como a otros sino dulce, pacífico, marcado por el sello del amor y la ternura. Le dio una mirada afectuosa que refleja los movimientos del alma. Le dio brazos capaces de abrazar. Le dio el sentido del beso para que las almas puedan unirse al mismo tiempo que se unen los cuerpos. Sólo a él le acordó la risa, signo de la alegría. Sólo a él le acordó las lágrimas, símbolo de clemencia y de misericordia” (Erasmo de Rótterdam, 2000: 171).

CAPRA, Fritjof. (2002): La trama de la vida. Barcelona, Anagrama.

DEL RÍO, Pablo (1992). “La discapacidad, único camino hacia el hecho humano” en CASADO, Demetrio (edición): Discapacidad e información, Madrid, Real Patronato de Prevención y de Atención a Personas con Minusvalía, páginas 125-147.

ERASMO DE RÓTTERDAM (2000): Adagios del poder y de la guerra y Teoría del adagio. Valencia, Pretextos.

LUHMANN, Niklas (1997): Sociedad y sistema: la ambición de la teoría. Barcelona, Paidós.

MATURANA, Humberto y VARELA, Francisco (1996): El árbol del conocimiento. Las bases biológicas del conocimiento humano. Madrid, Debate.

(Sobre estas cuestiones hablaremos el martes en una conferencia organizada por la Diputación de Lleida.)