Servicios sociales: de los colectivos vulnerables a la comunidad sostenible

Cuatro esferas 2

Del mismo modo que los servicios sociales se han inspirado en la sanidad para la creación de los niveles de atención primaria y secundaria, pueden inspirarse en los planteamientos de la salud pública, poblacional y comunitaria y en sus prácticas de reforzamiento de la capacidad resolutiva y el liderazgo organizativo de la primaria, en una integración vertical con la secundaria apoyada en el conocimiento y la tecnología. Como recuerdan Vicente Ortún-Rubio y Guillem López-Casasnovas, “cuando el conocimiento gana importancia como factor productivo y la demanda se sofistica, aumenta la necesidad organizativa de situar la capacidad decisoria allá donde está la información específica y costosa de transmitir: aumenta la necesidad de descentralización”. Con especial motivo si apostamos por unos servicios sociales dedicados a la interacción, pues, si bien una cirujana cardiovascular puede repararnos una válvula mitral lejos de nuestro entorno comunitario (originario o escogido), no parece posible que un educador social nos ayude a reconstruir red comunitaria lejos de dicho entorno, por intensa y especializada que haya de ser su labor.

Y parece evidente que, en los actuales servicios sociales de atención primaria, la limitada oferta efectiva de cuidados y apoyos que tenemos disponibles en cuanto se sospecha que podríamos ser clasificadas dentro de alguno de los “colectivos” tradicionalmente identificados en la segmentación utilizada en la atención secundaria incrementa nuestra probabilidad de ser alejadas de nuestros (u otros) entornos comunitarios. La personalización (atención centrada en la persona) necesita superar ese tipo de segmentación obsoleta por “colectivos” que funcionan en gran medida como “pasaporte” para un tratamiento segregado estándar con una casi total ausencia de itinerarios, especialmente itinerarios cuya trazabilidad (las migas de pan de Hansel y Gretel o el hilo que Ariadna deja a Teseo) facilite recorrerlos de regreso a la comunidad si hemos sido alejadas de ella.

Se trata de ir avanzando en procesos de microsegmentación que generen diversidad de itinerarios protocolizados y flexibles en los que los servicios sociales funcionen menos como lugar en el que estar y más como proveedores y activadores de cuidados y apoyos cada vez más autogestionados, digitales, comunitarios y capaces de atender a la diversidades; unos servicios sociales universales que pretendan proteger y promover la interacción de todas las personas con una orientación personalizada, preventiva y poblacional que esté a la altura de las sociedad del conocimiento, del riesgo, del bienestar y de la complejidad: una sociedad en la que se diversifican tanto los ejes de fragmentación y exclusión social como las vías de empoderamiento e inclusión y que demanda una intervención social (y una atención integrada intersectorial) capaz de potenciar los activos individuales y los vínculos comunitarios.

Algunas entradas anteriores sobre intervención comunitaria y atención integrada:

La comunidad como destinataria, entorno, nivel, enfoque y objeto para la intervención social

Cuatro afirmaciones tentativas sobre acción comunitaria

La dimensión territorial de los servicios sociales

Políticas integradas de bienestar: cinco claves

Historias de la atención (des)integrada

Servicios sanitarios y sociales comunitarios

(Adaptado de un fragmento del artículo “Servicios sociales e inclusión social: análisis y perspectivas en el País Vasco” que puede descargarse clicando aquí. Sobre estas cuestiones conversaremos el martes, 19 de diciembre, con los servicios sociales, y otros, de Chamberí y la asociación La Rueca, en Madrid. La ilustración es una transformación de la original de Victor Pestoff.)

Pobreza y exclusión en sociedades complejas

Blake

Usando un trazo grueso, podría decirse que nuestros servicios sociales consisten, en buena medida, en oficinas municipales que dan ayudas económicas a personas o familias pobres y centros del tercer sector que atienden a miembros de diferentes colectivos en riesgo o situación de exclusión social. Somos más que eso y queremos ser, cada vez más, algo diferente de eso; pero el imaginario social y político no está muy lejano del que acabamos de pintar con la brocha gorda y hemos de reconocer que algo de verdad contiene.

Sin embargo, con independencia de las valoraciones éticas o técnicas que cupiera hacer en sus orígenes acerca de ese encargo de la pobreza y la exclusión a los servicios sociales, parece bastante evidente que la complejidad que actualmente presentan nuestras sociedades convierte esa encomienda en una verdadera misión imposible. Y ello es así por el carácter crecientemente estructural, diversificado y reflexivo que presentan en estas sociedades las situaciones y trayectorias de pobreza económica y exclusión social.

Para bien o para mal (no es esa ahora la cuestión) ya no vivimos en aquella sociedad en la que la promesa universalizable de la capacidad inclusiva del empleo, de las familias y comunidades homogéneas y del aseguramiento público ante contingencias previsibles y tasables era creíble para amplias mayorías sociales. Hoy y aquí, ya sabemos que esos tres grandes vectores de bienestar material e inclusión social dejan estructuralmente fuera de su manto protector a importantes segmentos de población.

Por otra parte, la fragmentación sistémica de nuestras sociedades compone trayectorias de empobrecimiento y exclusión crecientemente diversificadas e impredecibles en sus factores de cambio. No es igual la familia desahuciada por no poder hacer frente a una hipoteca contratada hace cinco años que la que nunca alcanzó un mínimo estándar de estabilidad y calidad residencial. No corre la misma suerte la persona de setenta años con importantes limitaciones cognitivas que había sido diagnosticada de “deficiencia mental” a los diez años o la que lo ha sido de “demencia senil” a los sesenta.

Por último, los propios discursos y dispositivos que el Estado o, en general, la sociedad ha generado para dar respuesta a los riesgos y situaciones de pobreza y exclusión o para generar bienestar e inclusión, siendo más o menos eficaces, alteran, muchas veces de manera imprevista e indeseada, el pensamiento, los valores y los comportamientos de los diferentes actores sociales, incluidas las personas en riesgo o situación de pobreza y exclusión: actores reflexivos, compitiendo en viejas y nuevas arenas, por recursos limitados.

Ciertamente, en este contexto, no resulta sencillo saber cómo responder al reto de la pobreza y la exclusión. Lo que sí resulta fácil es adivinar que no se trata de un asunto del que, de forma exclusiva o especial, se puedan encargar los servicios sociales.

(La fotografía corresponde a la película “I, Daniel Blake”. Sobre este asunto se tratará en un próximo encuentro organizado por la Diputación Foral de Bizkaia.)

Servicios sanitarios y sociales comunitarios

Patxi

Puede decirse que las comunidades se construyen y se definen por la libertad, densidad, diversidad, fortaleza, positividad y sostenibilidad de los vínculos primarios entre las personas que formamos parte de ellas: por las relaciones de don, afecto y reciprocidad que compartimos en el territorio físico o en la capa digital. Se labran y se traban sin cesar: en la caricia cuidadosa a nuestra hija recién nacida, en la ayuda al amigo para subir su sofá al quinto piso, en el “me gusta” de las redes sociales al primo lejano, en el saludo a la vecina de ventana a ventana del patio, en el auzolan o minga que nos reúne para limpiar el bosque cercano.

El poder de las comunidades atrae y convoca a los servicios públicos, a los restaurantes y comercios, a las organizaciones solidarias (que también surgen de aquellas). Diferentes agentes políticos o profesionales (proviniendo o no de ellas) nos acercamos a las comunidades, intervenimos en éstas, embebemos en ellas nuestros servicios, nos confundimos gozosamente con sus miembros. Frecuentemente ocurre que, en mayor o menor medida, somos agentes dobles, somos (o nos hacemos) parte de la comunidad en (o ante) la que ejercemos una función desde una institución pública, una empresa privada o una entidad del tercer sector.

Los sistemas públicos de salud y de servicios sociales, entre otros, han comprendido hace décadas la necesidad de adoptar un enfoque comunitario, de desperdigarse por el territorio, de acercarse a donde vivimos, de cuidar a las comunidades. Las ciencias de la salud muestran al sistema sanitario la importancia de conocer, aprovechar y contribuir a construir activos comunitarios que le ayuden en la consecución de sus fines. Los servicios sociales consideran que la generación de relaciones comunitarias es uno de los principales efectos deseados que dan sentido a su existencia.

Una médica puede aportar más valor si, cuando prescribe a una persona la realización de determinado ejercicio físico, es conocedora de grupos de la zona que se reúnen para practicarlo. Un trabajador social, acompañando un proceso de autoorganización de una familia, puede mejorar su práctica si conoce el valor más o menos salutogénico de unos u otros hábitos en la vida diaria. Un enfermero que hace una visita domiciliaria puede detectar una situación relacional en un vecindario que podría beneficiarse de una actuación por parte de los servicios sociales. Una educadora social puede ayudar a que una persona joven, reticente a hacerlo, acuda al centro de salud antes de que sea tarde. El acierto está en saber cuándo actuar desde nuestro sector y cuándo dar paso al otro.

Para construir comunidades y territorios sostenibles necesitamos configurar una arquitectura de las políticas de bienestar y unas prácticas de integración cotidianas que ayuden más a cada sistema público (sanidad, servicios sociales u otros) a ver a los demás sistemas como pilares igualmente necesarios, igualmente valiosos. A entender que, si bien los otros sistemas pueden coadyuvar a los logros del nuestro, tienen su propia finalidad, tan respetable como la nuestra y que debemos empezar por reconocerla. Y que, sobre todo, se trata de multiplicar la eficiencia y el valor agregado de unos servicios públicos cada vez más accesibles, transitables y amigables. Cada día más comunitarios.

(Los trabajos, por ejemplo, de Marco Marchioni o Rafa Cofiño pueden resultar muy sugerentes en relación con el asunto que se trata en esta entrada. La imagen corresponde al Mercado de Especias del barrio San Francisco en Bilbao.)