La dimensión territorial de los servicios sociales

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Si nuestros servicios sociales quieren alejarse de un posible (y no especialmente improbable) futuro de fragmentación, enquistamiento, subordinación, asistencialismo e irrelevancia deben encarar mejor, entre otros, el reto de pensar, evaluar, diseñar, articular y multiplicar su contribución a la planeación, desarrollo, ocupación, ordenación, rentabilización, humanización y sostenibilidad de los territorios, más urbanos o más rurales, en los que sucede la vida de (todas las) personas (en una determinada escala, deseablemente humana, pero no sólo humana, pues el ser humano no es el único ser).

Las personas, aunque tantas veces parezcamos olvidarlo, somos cuerpos. Cuerpos embebidos ecodependientemente en entornos físicos (para respirar, para alimentarse, para vivir a una temperatura adecuada y para muchos más procesos). Cuerpos geolocalizables que necesitan tiempo y medios para desplazarse por el espacio. Cuerpos que, sin desconocer el creciente valor y cambiante significado de las relaciones virtuales, están llamados, interdependientemente, al abrazo, al cuidado físico recíproco y a la común gestión de la materia física y el medio ambiente.

¿Qué servicios sociales serán significativos, relevantes y determinantes para la configuración de territorios competitivos, amigables y sostenibles? Probablemente, aquellos que adopten estrategias inteligentes para la drástica reducción del peso y la centralidad de las tareas administrativas y de los servicios que extraen a las personas de su entorno y se orienten decididamente a la producción y aplicación del conocimiento para la (re)generación de recursos y activos personales y relacionales (individuales y comunitarios) para la sostenibilidad de la vida en el territorio. Probablemente, aquellos que apuesten decididamente por una integración vertical y horizontal de la prevención y la atención que permita diversificar y densificar capas de cuidados y apoyos virtuales, domiciliarios y callejeros disponibles para toda la población en clave de proximidad y digitalidad. Probablemente, aquellos que acierten con fórmulas de maridaje innovador y colaborativo entre las administraciones públicas y las iniciativas comunitarias, solidarias y emprendedoras que, enraizadas en el territorio, emergen o pueden llegar a emerger.

La vida humana sólo es posible en el territorio y sólo es posible si funciona y evoluciona una compleja trama de flujos y transacciones entre el ambiente y la población y en el seno de ésta. Para contribuir significativamente a la configuración de esa trama de la vida, los servicios sociales han de construir una oferta creíble de aportación de valor en la conversación y en la gobernanza de los territorios, a la altura (en términos de conocimiento y tecnología) de la que se presenta, por ejemplo, desde el discurso ecológico, urbanístico o económico.

En algunos lugares esto se está haciendo: está sucediendo, lo estamos contando.

(A propósito de trabajos llevados adelante por equipos de la Universitat Jaume I y servicios sociales de atención primaria de Castellón y de servicios sociales comarcales y entidades de la economía solidaria de Lleida, como la Associació Alba, la cooperativa L’Olivera y la Fundació Casa Dalmases. Con referencias a Manfred Max-Neef, Yayo Herrero, Francesca Bria y Fritjof Capra. Como prólogo para un trabajo, entre otros, con los servicios sociales del Ayuntamiento de Ermua.)

Entidades asociativas de la discapacidad: tomar la pastilla roja

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Los movimientos asociativos de la discapacidad pueden estar legítimamente orgullosos de su capacidad solidaria y creativa de configurar servicios y apoyos que han contribuido y contribuyen de forma determinante a hacer mejor la vida de muchas personas y, específicamente, a dar una respuesta creíble y asumible a la pregunta histórica y vigente de tantas familias sobre la suerte de sus integrantes con discapacidad cuando ellas no estén.

Sin embargo, a cambio de los recursos económicos y simbólicos que les han entregado los poderes públicos, estas entidades, en buena medida, han consentido en no cuestionar (y formar parte de) un modelo social que niega de facto la ciudadanía de la mayoría de las personas con discapacidad y, mientras iban dilapidando sus reservas de capital comunitario y bienes comunes, han construido un “matrix” o mundo paralelo que se ofrece a las personas con discapacidad desde la cuna hasta la tumba.

Pero ese “matrix” presenta desajustes crecientes:

  • En términos de equidad, dado que hay muchas personas (de muy diferentes edades) con limitaciones funcionales y ambientales equivalentes a las de aquellas identificadas como personas con discapacidad que pudieran y debieran beneficiarse de los mismos cuidados y apoyos pensados para las personas con discapacidad y esta sociedad no está siendo capaz de ofrecérselos.
  • En términos de eficiencia, puesto que resulta crecientemente costoso el intento de reproducir en “matrix” determinados entornos, recursos, procesos y activos del mundo real cada vez más escasos en el propio mundo real, que está sumido en un violento proceso de cambio sistémico.
  • En términos de coherencia, dado que “matrix”, al bifurcarse, lo hizo bajo la bandera de la plena inclusión, esto es, con la promesa de su propia desaparición una vez fuera posible la vida de todas las personas en el mundo real, promesa que pierde credibilidad cuanto más se retrasa su cumplimiento.

Hoy hay una ventana de oportunidad para tomar la pastilla roja y poder aportar al mundo real el caudal de sabiduría, conocimiento y capacidades que tantas personas con y sin discapacidades generaron y comparten en el interior de “matrix”. Crece el número de personas y organizaciones que nos muestran que ese camino es posible en el marco, entre otros, del proyecto de construcción de unos servicios sociales universales, preventivos, personalizados, comunitarios, basados en el conocimiento y atentos a las diversidades y, específicamente, en las alianzas estratégicas en el proceso colaborativo de investigación, desarrollo e innovación para una atención primaria de servicios sociales desburocratizada, plural y resolutiva.

(Notas para una conferencia, el 28 de octubre de 2017, en las XVIII Jornadas Técnicas de la Federació Allem, en Lleida.)

Fortalecer la intervención social en los servicios sociales

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No hay mucho miedo a equivocarse al afirmar que los últimos diez años de evolución de los servicios sociales en España han supuesto, por diferentes razones y en términos generales, una intensa vuelta de tuerca (una más) en el proceso de burocratización de la actividad profesional de intervención social, entendiendo por burocratización el incremento relativo del tiempo dedicado a tareas administrativas de recepción, registro, procesamiento, tramitación y entrega de información y documentación, en detrimento de las actividades de valor propias de las disciplinas científicas y tecnologías del área (como trabajo social, educación social o psicología de la intervención social).

Posiblemente hay profesionales y organizaciones que han rebasado un punto de no retorno en dicho proceso, pero cabe pensar que hay reservas de saber en el sector que pueden servir de “masa madre” para una estrategia de recuperación de terreno de los cuidados y apoyos que desencadenan resultados en términos de autonomía funcional e integración relacional, por los que debieran ser reconocidos los servicios sociales. Saberes relacionales, basados en la resiliencia personal y el manejo de las emociones para contribuir al empoderamiento personal. Saberes metodológicos, en permanente actualización innovadora basada en el conocimiento científico. Saberes comunitarios, dinamizadores de grupos, constructores de comunidad, capaces de comprender su dimensión ética y política. Saberes creativos, generadores de cambio individual y social.

Con todo, ese valioso acervo de conocimiento resulta manifiestamente insuficiente para hacer frente al reto que tienen ante sí los servicios sociales a consecuencia de la crisis de los cuidados, la fragilización de los sujetos, la epidemia de aislamiento social o las dificultades de conciliar la vida familiar y otras dimensiones de la vida. Retos ante los cuales, posiblemente, la intervención social necesita una ruptura epistemológica, un salto cualitativo en rigor científico, una decidida digitalización y una expansión de la innovación social, desde apuestas audaces de los poderes públicos con responsabilidad sectorial y otros agentes relevantes.

En definitiva, se impone la necesidad de una nueva gobernanza territorial del bienestar social, el desarrollo económico y la sostenibilidad ambiental, con un papel fundamental para unos nuevos servicios sociales de alta proximidad personalizada y penetración comunitaria, de fuerte contenido tecnológico, de elevados estándares éticos, tractores y factores de cambio e impulso en otros sectores de actividad económica, imprescindibles para la configuración de comunidades amigables y proactivas y de territorios poblados y sostenibles.

(Entrada escrita a partir de las conversaciones mantenidas con profesionales de la atención primaria de servicios sociales de la Comunidad Valenciana y como incitación al diálogo a mantener el 26 de octubre en la jornada organizada por el Consell Comarcal de la Noguera.)

Antes o después le llega el turno al relato

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La toma de decisiones (y su puesta en práctica) en el ámbito de las políticas públicas tiene la complejidad propia de los procesos que afectan de manera notable a la vida de muchas personas y en los que son numerosos y diversos los agentes que concurren, portador cada uno de ellos de sus intereses, de su lógica, de su legitimidad y de sus estrategias.

Ello hace que, paradójicamente, muchas personas que tienen la responsabilidad (y la posibilidad formal) de tomar decisiones políticas sientan una gran impotencia ante la innegable dificultad que reviste la alineación ente diversos “planetas” con sus respectivas “órbitas”, como pueden ser el legislativo, el de los partidos políticos, el administrativo, el del conocimiento, el profesional, el presupuestario, el de los empresas proveedoras, el de las personas afectadas y sus movimientos, el de la opinión pública y así sucesivamente.

Sin embargo, tan cierto como que hay momentos y períodos de bloqueo o atasco en los que resulta prácticamente imposible desencadenar cambios estratégicos es que, en determinadas circunstancias, frecuentemente imprevistas, se abren ventanas de oportunidad o, sencillamente, las amenazas obligan a tomar decisiones de calado, cueste lo que cueste.

En ese tipo de momentos, seguramente, no es suficiente contar con un relato, pero, ciertamente, es muy difícil salir con bien sin tenerlo. En ese tipo de momentos, quizá, aquel relato que haya ido cayendo como lluvia fina, aquel relato que haya ido ganando plausibilidad, aquel relato en el que se hayan ido sintiendo reflejados diversos agentes, aquel relato que haya ido filtrándose como un cierto sentido común tomará cuerpo, ordenará la acción, articulará a los actores y sabremos que ha llegado su momento.

Hace ya cinco años que Joaquín Santos, en su libro sobre el cuarto pilar, nos hablaba de la necesidad de tejer un nuevo relato para los servicios sociales. Para que éstos no sean, puede decirse, como el coronel que no tiene quien le escriba de la novela de Gabriel García Márquez. No vaya a resultar que la siguiente ventana de oportunidad nos pille sin discurso. O con narrativas fragmentarias que se hacen ruido mutuamente. O repitiendo mantras obsoletos. O contando historias que sólo funcionan puertas adentro de nuestro sector. O enunciando planteamientos de dudosa trazabilidad y conexión con los servicios sociales realmente existentes.

Sí, porque, antes o después le llega el turno al relato.

(Inspirado, además de en Joaquín Santos, en Georges Lakoff, Michael Ignatieff y Vivien Lowndes.)

Renta de Garantía de Ingresos: visión de futuro

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Recientes investigaciones realizadas o dirigidas por Sara de la Rica demuestran que la Renta de Garantía de Ingresos vasca es muy eficaz en el combate contra la pobreza y, especialmente, en el caso de las personas en peor situación. También se revela como una herramienta útil para la disminución de la desigualdad. Sin embargo, estos estudios reflejan su limitada sensibilidad al aumento del tamaño de las unidades de convivencia (lo que perjudica especialmente a las familias con más hijas e hijos) y ciertas ineficiencias que debieran conducir a cambios que posibilitaran una mejor asignación de los recursos a los diferentes segmentos de personas destinatarias. La evidencia obtenida sugiere, por otro lado, que la RGI no retrasa el acceso al empleo de quienes la reciben. Se echan de menos, sin embargó, unas políticas activas de empleo de mayor cobertura e intensidad, especialmente en el caso de las personas jóvenes, tanto perceptoras como no perceptoras de la RGI.

Xabier Aierdi, por su parte, se ha acercado al estudio de la opinión pública en relación con la Renta de Garantía de Ingresos y encuentra, en la sociedad vasca, una considerable masa crítica (mayoritaria) de apoyo a este pilar de nuestro sistema de bienestar, más allá de lo que pueda escucharse en las barras de determinados bares o leerse en la en las portadas de ciertos periódicos. Hemos de fortalecer y ensanchar esa base de apoyo social a las políticas de bienestar, enlazando viejas y nuevas tramas de solidaridad, como vacuna o antídoto frente a fenómenos de fatiga o rechazo que, como vemos en países que fueron pioneros en la construcción del Estado de bienestar, muchas veces acaban por tener una influyente traducción en la esfera política.

Sea como fuere, la RGI (incluyendo la mejora continua de su control y gestión en Lanbide y, eventualmente, en las Haciendas Forales) no es sino una pieza más dentro de una estrategia que, además de la innovación en las políticas activas de empleo ya mencionadas, debe incluir avances en el campo de las relaciones laborales, la negociación colectiva y la calidad del empleo y una firme apuesta por los servicios sociales para el fortalecimiento de los lazos comunitarios (desde las diversidades) y la autonomía y autodeterminación de las personas. Todo ello en aras de una cohesión social y una emancipación personal para las cuales el dinamismo económico es condición necesaria pero no suficiente.

Seguramente, la pregunta acerca de la sostenibilidad de las políticas sociales universales no está correctamente planteada, dado que lo que parece evidente es que es la propia sociedad la que no será sostenible sin una potente estrategia de inversión social, con especial énfasis, hoy y aquí, en la orientada al bienestar, cualificación, vinculación, productividad y emancipación de las jóvenes generaciones.

(Notas a partir del encuentro organizado el 18 de octubre de 2017 por la Fundación Ramón Rubial. Clicando en su nombre se puede encontrar documentación de sus ponentes: Sara de la Rica y Xabier Aierdi. En el futuro, a demanda, podrá estar disponible más material compartido en este encuentro de la Fundación Ramón Rubial.)

Diez preguntas y respuestas exprés para definir un modelo de servicios sociales

171016

1. ¿Los servicios sociales serían un sector de actividad (económica) o algún tipo de sistema público (política pública)?

Sector de actividad económica con una política pública (sistema público) en su seno que garantice derechos universales.

2. ¿Cuál sería el objeto de los servicios sociales? ¿De qué parcela de necesidades sociales se ocuparían?

Interacción (autonomía funcional para la vida cotidiana en integración relacional: familiar y comunitaria).

3. ¿Qué constructos científicamente establecidos y medibles nos permitirían identificar y evaluar los resultados de los servicios sociales?

Autonomía funcional para las actividades de la vida diaria, autocuidado, autodeterminación personal, habilidades sociales para la convivencia cotidiana, apoyo social, relaciones primarias, cuidados familiares y comunitarios, estructuras familiares, vínculos comunitarios, activos comunitarios.

4. ¿Qué estrategias utilizarían los servicios sociales (como rama de la acción pro bienestar)?

(1) Prevención, (2) atención personalizada (atención centrada en la persona), (3) transformación de estructuras relacionales (enfoque comunitario, perspectiva poblacional, abordaje de los determinantes sociales de la interacción).

5. ¿Qué áreas de conocimiento, disciplinas o profesiones serían centrales en los servicios sociales?

Trabajo social, educación y pedagogía social, psicología de la intervención social.

6. ¿Cuáles serían los principales productos y actividades de valor (apoyos) que ofrecerían los servicios sociales?

Diagnóstico social, planificación personal, cuidados profesionales (asistencia personal), acompañamiento social (presencial o virtual), mediación familiar, dinamización de ciertos grupos, acción comunitaria, determinados productos de apoyo (ayudas técnicas), aplicaciones informáticas para la interacción, plataformas digitales para la interacción, incentivos económicos para la interacción.

7. ¿Cómo se estructurarían los itinerarios de las personas usuarias de los servicios sociales?

Los niveles de atención (primaria y secundaria) harían referencia a la ubicación (más o menos próxima a los domicilios de las personas) de aquellos servicios (conjuntos integrados de actividades profesionalizadas) con sede física. Las especializaciones profesionales se ubicarían en la primaria o en la secundaria en función de su masa crítica de destinatarias potenciales, potenciándose una triple dinámica:

  • El desarrollo de los servicios virtuales, domiciliarios y callejeros, en detrimento de aquellos que cuentan con sede física (ambulatorios, diurnos, nocturnos y residenciales).
  • La integración vertical, en función de la cual las especialistas ubicadas en secundaria van actuando más como consultoras de las de primaria que como profesionales a las que derivar a las personas usuarias.
  • La generación de nuevas especializaciones que vayan reemplazando a las tradicionales, usualmente vinculadas a grandes colectivos poblacionales, frecuentemente segregados en o por los propios servicios sociales.

8. ¿Cómo se estructurarían los itinerarios de las personas usuarias con necesidades complejas?

Según el modelo de atención integrada (horizontal o intersectorial) propugnado por la OCDE, UE y OMS, que obligaría a un proceso de reordenación y reposicionamiento en virtud del cual los servicios sociales irían entregando áreas a otros sectores (como la comprobación y asignación de medios para la subsistencia o el alojamiento de determinados perfiles de personas) y entrarían más en otras (como la atención a criaturas entre los 0 y 3 años o la intervención en el tiempo libre infantil y juvenil).

9. ¿Cómo se gestionaría el conocimiento para los servicios sociales?

Mediante la colaboración y la tracción entre las universidades, centros de investigación, instituciones reguladoras, prestadoras de servicio, institutos de evaluación, organizaciones profesionales y científicas, defensorías de derechos, agencias de difusión, consultoras, entidades asociativas ciudadanas, industrias auxiliares u otros agentes, en el marco de estrategias públicas, sectoriales e intersectoriales, de investigación, tecnología e innovación.

10. ¿Cómo se articularían los diversos tipos de agentes?

Mediante el liderazgo estratégicamente determinante de los poderes públicos, garantes de derechos, generadores de valor público y reguladores del ecosistema de los servicios sociales, se lograría la sinergia, en un modelo de innovación social, entre las diversas esferas implicadas en los procesos de intervención social (pública, privada, solidaria y comunitaria), de modo que cada una de ellas aportara al máximo según sus ventajas comparativas.

(Sobre estas cuestiones trataremos en el curso sobre planificación estratégica de servicios sociales organizado por la Diputación de Castellón los días 16, 17, 23 y 24 de octubre de 2017 y en la mesa sobre el modelo de servicios sociales del Congreso Estatal e Iberoamericano de Trabajo Social a realizar en Mérida los días 19, 20 y 21 de octubre de 2017.)

Cuatro afirmaciones tentativas sobre acción comunitaria

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Comunidad, acción comunitaria, intervención comunitaria, salud comunitaria, activos comunitarios, servicios comunitarios, atención comunitaria, desarrollo comunitario, organización comunitaria, trabajo social comunitario, psicología comunitaria, medicina familiar y comunitaria, enfoque comunitario, apoyo comunitario, mediación comunitaria y así sucesivamente. ¿De qué estamos hablando?

Cuatro ideas que quizá suenen raras pero que acaso ayuden a hacer distinciones y a ordenar e impulsar prácticas:

1. El territorio no forma parte de la esencia definitoria de la comunidad

Cabe definir las comunidades como entramados de relaciones primarias, entendidas como aquellas relaciones (familiares, de amistad, de convivencia o de reconocimiento) que las personas sostienen (y en las que las personas se sostienen) en gratuidad y reciprocidad. Pueden ser virtuales y no depender de la proximidad física, aunque en la medida en que somos cuerpos situados, físicamente dependientes, muchas comunidades y relaciones comunitarias tienen una importante y fundamental dimensión o carácter territorial.

2. Las entidades asociativas no son comunidad, como no lo son los servicios públicos o los negocios privados

Las organizaciones solidarias de la iniciativa social o tercer sector han ido adquiriendo densidad e identidad hasta el punto y de modo que constituyen una esfera diferenciada de la esfera comunitaria, tanto como lo puedan estar la esfera pública o la mercantil. Desde luego que hay asociaciones voluntarias notablemente imbricadas en el tejido comunitario, al igual que lo están determinados servicios públicos (como escuelas o centros de salud) o negocios (como restaurantes o comercios). La gestión de la complejidad social necesita de la autonomía y sinergia entre estas cuatro esferas, basada en la mejor comprensión de la diferenciación y relación entre ellas.

3. Los vínculos comunitarios pueden ser, razonablemente, propuestos como objeto de los servicios sociales

En su proceso de dejar atrás el asistencialismo residual y configurarse como otro sector universal, los servicios sociales pueden identificar la interacción (vinculación comunitaria con autonomía funcional) como el bien del que ocuparse. Obviamente, como les pasa a todas las grandes ramas de la política social con sus respectivos bienes de referencia (salud, empleo, subsistencia y así sucesivamente), unos servicios sociales a los que se especializase en la interacción (autónoma y comunitaria) necesitarían de la colaboración intersectorial para lograr sus fines.

4. Del mismo modo que la crisis ecológica evidencia la insostenibilidad del desarrollo económico capitalista, la crisis de los cuidados y la epidemia de aislamiento social evidencian la insostenibilidad del Estado de bienestar patriarcal

Los movimientos ecologistas, basados en el conocimiento científico, han demostrado la insostenibilidad medioambiental generada por determinadas masas críticas de efectos colaterales del modo de producción y consumo capitalista en la destrucción o deterioro de recursos naturales finitos e imprescindibles para la vida humana ecodependiente. Del mismo modo, el modelo predominante de Estado de bienestar (que cabe denominar patriarcal, en la medida en que da por descontados muchos cuidados y apoyos comunitarios mayoritariamente brindados por mujeres) se encuentra, posiblemente, en una crisis sistémica derivada de los efectos colaterales de destrucción, mercantilización y burocratización de cuidados primarios y vínculos comunitarios, también finitos e imprescindibles para la vida humana interdependiente.

(Entrada elaborada a petición de Eloi Mayordomo. Recoge reflexiones compartidas en una reciente sesión con el Colegio de Trabajo Social de Bizkaia y, especialmente, en un taller del eje de Acción Social de Barcelona en Comú. Se propone como punto de partida para un encuentro sobre voluntariado programado para el martes, 10 de octubre de 2017, en Zumarraga.)

Futuros imposibles para los servicios sociales

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El futuro de nuestros servicios sociales no está en absoluto garantizado ni mucho menos es necesariamente prometedor. Es perfectamente posible que, más pronto que tarde, entren claramente en una dinámica de pérdida de terreno frente a otros sectores de actividad, sistemas públicos de servicios o agentes; de fragmentación en partes cada vez más desvinculadas entre sí y de mutación y enquistamiento que los vaya haciendo cada vez menos reconocibles y útiles para la ciudadanía.

De ahí el valor estratégico que adquiere que más y más personas y grupos vayamos estando cada vez más de acuerdo en los caminos reales por los que podemos avanzar (y en aquellos por los que no avanzaremos) en el proceso de construcción de esos servicios sociales universales, garantizados como derecho por los poderes públicos, basados en el conocimiento, personalizados, de enfoque comunitario e integrados que propugnan de forma prácticamente unánime nuestras leyes y políticas públicas o nuestras comunidades científicas y técnicas.

Por ejemplo, parece claro que cada vez tenemos menos futuro en el trabajo de comprobación y asignación de medios económicos a las personas. Los rápidos avances en el proceso tendente a la desaparición del dinero en metálico y a la digitalización del control de los flujos financieros conducirían a la centralización de dichas funciones en menos órganos administrativos, a su informatización y automatización y, por descontado, a sacarlos de las manos de personal técnico de formación universitaria para la intervención social.

Tampoco parece tener recorrido la (también tradicional) labor de clasificar a personas en categorías (como tramos de edad, discapacidades, dependencias o exclusiones) y después alojarlas en establecimientos colectivos específicos en función de dichas categorías. No sólo no tiene recorrido por las críticas que recibe la segregación grupal y desvinculación comunitaria por parte de las personas eventualmente destinatarias o de la comunidad de conocimiento, sino también por el incremento del número, diversidad y complejidad de situaciones que requieren apoyo de los servicios sociales y el carácter cada vez más obsoleto y disfuncional de las mencionadas categorías clasificatorias.

El análisis compartido acerca de estos y otros futuros imposibles de los servicios sociales (como el del control social, el de la activación laboral, el de la última red de inclusión social u otros) representan un baño de agua fría de realismo que hemos de combinar con el ejercicio ilusionante de construir futuros posibles, inéditos viables, modelos realizables de aportación de valor a toda la ciudadanía, seguramente centrados en aspectos de autonomía funcional para la vida diaria, autodeterminación y autoorganización personal, relaciones familiares positivas y vínculos y activos comunitarios. Porque otros servicios sociales son posibles.

(Reflexiones en un encuentro formativo con profesionales de los servicios sociales de Cantabria, con la propuesta de algunas lecturas complementarias sobre servicios sociales, en este blog, a escoger.)

Retos de la educación social en tiempos de globalización

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El concepto de globalización es, sin duda, uno de los más utilizados para intentar identificar un conjunto de cambios sociales en curso en las últimas décadas del siglo XX y las que llevamos del XXI y se refiere, fundamentalmente, a diversos efectos del desarrollo de tecnologías de la información y comunicación que están transformando radicalmente nuestro mundo laboral, económico, relacional y, en general, social.

En ese proceso de cambio que sentimos como acelerado, cada vez más personas nos vemos lanzadas a construir las que Ulrich Beck llamaba “biografías de bricolaje”, en la medida en que se multiplican las oportunidades y las amenazas para nuestras cada vez más diversas y cambiantes trayectorias laborales, familiares o, en general, personales.

En ese contexto, la educación social y, en general, las disciplinas y profesiones de la intervención social encuentran su gran ventana de oportunidad para construirse y ser vistas como áreas de conocimiento y de práctica de alto valor añadido para el conjunto de la población, en la medida en que ofrecen apoyos para el fortalecimiento de la autonomía y autodeterminación de las personas en el seno de sus relaciones familiares y comunitarias.

Privadas o liberadas (según se mire) del acceso a trayectorias biográficas como las de generaciones anteriores, mucho más predeterminadas por el lugar de nacimiento, el sexo, el primer acceso al mercado laboral o las redes familiares y comunitarias originarias, en la denominada por Beck “sociedad del riesgo”, las personas (además de atención sanitaria, cualificación e inclusión laboral; además de acceso al alojamiento o garantía de ingresos) necesitamos apoyos profesionales (a pie de calle, en nuestro domicilio, en las redes sociales u otros entornos comunitarios) que nos ayuden a prevenir, paliar o revertir situaciones de pérdida de autonomía para la vida diaria o de aislamiento o exclusión relacional.

Fenómenos tan preocupantes como la victoria de Donald Trump revelan hasta qué punto y de qué manera inseguridades personales o fracturas de identidad fraguadas y vividas en espacios microsociales pueden agregarse a escala macrosocial con peligrosas consecuencias. De ahí la necesidad de reforzar el compromiso del Estado de bienestar por el apoyo profesional de la educación social y, en general, de la intervención social (en los servicios sociales y también en otros sectores de actividad) a la coproducción de bienes relacionales en el seno de comunidades inclusivas para que más y más personas afrontemos cada vez mejor el bricolaje de nuestra vida.