¿Tienen futuro los servicios sociales?

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Cambios tecnológicos y sociales acelerados hacen cada vez más verosímil la afirmación de que ninguna profesión u organización tiene asegurado su futuro. Tampoco ningún sector de actividad económica o, en su seno, la correspondiente política o sistema público de prestaciones y servicios. Lógicamente esta afirmación será especialmente aplicable a sectores de actividad (y sistemas públicos) relativamente menos estructurados y reconocidos como el de los servicios sociales, si lo comparamos con el energético, el sanitario, el pesquero, el financiero, el de los transportes o el de la vivienda, por poner algunos ejemplos.

El valor añadido reconocible y sostenible en la respuesta a determinadas necesidades de conjuntos suficientes de destinatarias será, posiblemente, el factor principal para la constitución y desarrollo de un sector económico (y de su sistema público, organizaciones y profesiones), en procesos de generación de ecosistemas relativamente integrados en los que coexistan, en cierto equilibrio, dinámicas de competición y colaboración entre agentes y entre sectores.

En el caso de los servicios sociales nos encontramos con: un incremento de las necesidades (sobre todo en el área de los cuidados, aunque no únicamente) que no se traduce todavía en una demanda estructurada, potente y orientada; un sistema público que ya ha pasado la adolescencia, pero no ha alcanzado la madurez, y que es bastante mixto y diverso en cuanto a las formas de relación con los otros agentes; y unas profesiones y disciplinas que, cabe decir, no militan todavía ni en la primera ni en la segunda división del conocimiento científico o la innovación tecnológica.

Sin entrar en otras consideraciones, parece claro que la comprobación y, en su caso, asignación de medios económicos para la subsistencia material es una labor de tramitación administrativa llamada, cada vez más, a ser realizada de forma automatizada e informatizada, en un horizonte de digitalización de las transacciones económicas y probable desaparición del dinero en efectivo que generará nuevas y mejores condiciones para la trazabilidad y el control de los flujos financieros. Sea como fuere, no parece estar ahí el futuro de los servicios sociales.

La pregunta del millón quizá sea si ese aparato público en buena medida orientado a la tramitación de expedientes relacionados, en bastantes casos, con casos de ausencia o limitación de recursos económicos puede reinventarse fortaleciendo la musculatura científica y técnica sectorial para potenciar su capacidad de brindar y potenciar cuidados y apoyos personalizados, relacionales y comunitarios a una diversidad, crecientemente compleja y fragmentada, de destinatarias cada vez más empoderadas.

(Sobre estas cuestiones hemos debatido recientemente en los servicios sociales del Ayuntamiento de Irun y de la Generalitat de Catalunya y trataremos en la conferencia organizada por Dixit en Barcelona el próximo 31 de mayo: más información, aquí.)

Asegurar el perímetro de los servicios sociales

Perímetro

Una de las principales amenazas para el desarrollo de nuestros servicios sociales es, posiblemente, el grado y tipo de reconocimiento y posicionamiento que tienen a los ojos de la ciudadanía, de las profesionales de otros sectores de actividad y de las personas con responsabilidad política. Reconocimiento y posicionamiento muchas veces limitado, sesgado o distorsionado que determina las expectativas, demandas, apoyos y legitimación que recibimos (o no recibimos) quienes trabajamos en los servicios sociales.

Por ello, seguramente, una de las estrategias clave en la construcción de los nuevos servicios sociales que queremos sea, si se permite la metáfora, la de asegurar su perímetro, es decir, la de seleccionar, desarrollar y visibilizar aquellas actividades y formatos más capaces de aportar a toda la población los cuidados y apoyos profesionales que le permitan mantener, mejorar o recuperar su interacción, entendida ésta como autonomía funcional y autoorganización de la vida cotidiana en el seno de relaciones y redes de carácter familiar y comunitario.

Nos referimos, por ejemplo, a servicios sociales domiciliarios y personalizados de gran valor añadido por su capacidad de empoderamiento y conexión de las personas destinatarias. O a informes fruto de labores de diagnóstico y peritaje social orientados a la mejora de determinadas relaciones de convivencia. O a productos de apoyo de alta tecnología que potencian y facilitan la vida comunitaria de personas con limitaciones funcionales temporales o permanentes. O a procesos de acompañamiento social que fortalecen la autoorganización en red de personas diversas en un marco de relaciones intergeneracionales e interculturales en el territorio. O a iniciativas de cuidado de criaturas de 0 a 3 años en el entorno barrial, flexibles y amigables con las dinámicas familiares. Y así sucesivamente.

Seguramente, durante un tiempo al menos, los servicios sociales seguiremos ofreciendo apoyos que no encajan en nuestro estricto perímetro sectorial, como determinadas prestaciones económicas para la subsistencia material de las personas. Sin embargo, es fundamental que se entienda que éstas no están en (ni mucho menos constituyen) nuestro núcleo de actividad (core business) y que no consuman tiempo de profesionales de la intervención social.

Los servicios sociales pueden ser y ser vistos por muchas personas y agentes como factores clave para el desarrollo de vidas, comunidades y territorios sostenibles, pero todavía no es así. Por ello necesitamos aplicarnos con más fuerza e inteligencia a la construcción y aseguramiento de un perímetro coherente y suficiente, tan claro en su definición como abierto a los otros sectores, que resulte atractivo y útil para toda la población, en el que sean factibles dinámicas valiosas de gobernanza concertada, racionalización organizativa, construcción de conocimiento y orientación a las personas destinatarias.

(Sobre estas y otras cuestiones estamos trabajando en estas semanas en el Departamento de Trabajo, Asuntos Sociales y Familia de la Generalitat de Catalunya y en los servicios sociales del Ayuntamiento de Irun.)

La cadena de valor en servicios sociales

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Cuando hablamos de cadena de valor (en cualquier ámbito económico sectorial) nos referimos a la secuencia de actividades que permiten a una organización obtener recursos del entorno para, finalmente, desencadenar resultados en dicho entorno. Normalmente, en cualquier cadena de valor podemos distinguir la cadena básica de valor o proceso operativo (que es típico y característico del sector de actividad) de otros procesos, que son parecidos en todas las organizaciones, con independencia del sector de actividad del que estemos hablando. Obviamente, cuando aquí hablamos de valor, nos referimos a resultados apreciados, fundamentalmente, por las personas destinatarias directas y, en general, por el conjunto de agentes interesados y no sólo ni fundamentalmente a resultados apreciados por personas o agentes con solvencia económica para pagar a la organización por dichos resultados.

En los servicios sociales proponemos entender los resultados valiosos en términos de mejora en la interacción de las personas, es decir, en su autodeterminación y, en general, autonomía funcional para una vida cotidiana en integración familiar y, en general, comunitaria. Las prestaciones, apoyos o actividades que permiten alcanzar dichos resultados valiosos y que, por lo tanto, estarán presentes en la cadena básica de valor, son, por lo tanto, fundamentalmente, relaciones profesionalizadas y tecnologías de apoyo que permiten diagnosticar, complementar o mejorar dicha interacción. Nos referimos a prestaciones como el cuidado personal, el acompañamiento social o la mediación familiar, realizadas presencial o virtualmente con unos u otros productos de soporte y basadas en el conocimiento. Las prestaciones o incentivos de tipo económico tienen un papel secundario en esta concepción de los servicios sociales (como pasa en una concepción semejante de los servicios sanitarios, educativos, de vivienda o de empleo).

Las labores de recepción, procesamiento, almacenamiento, recuperación o entrega de información o, en general, las labores de tramitación administrativa de expedientes no forman parte, en principio, de la cadena básica de valor, sino que se configuran normalmente como procesos de gestión o apoyo, fundamentales para que fluya adecuadamente el proceso operativo. Del mismo modo, prestaciones o apoyos característicos de otros ámbitos sectoriales (como, por poner algunos ejemplos, el alojamiento, la alimentación, la atención médica o el servicio doméstico), por más que eventualmente puedan realizarse en los servicios sociales, tampoco constituyen su núcleo de actividad.

La idea de cadena de valor en los servicios sociales nos recuerda el encargo de ofrecer a las personas destinatarias itinerarios en los cuales cada uno de los pasos (diagnóstico, planificación, intervención, evaluación, nueva planificación, nueva intervención y así sucesivamente) sea deseado y vivido por la persona como valioso. Itinerarios que no arrebaten a la persona el control sobre su vida ni la alejan de su entorno relacional deseado, sino que le ayuden a mejorar su interacción. Itinerarios tan breves, gratificantes y eficientes como sea posible. itinerarios compatibles y, en ocasiones, integrados con los itinerarios ofrecidos por otros sectores de actividad (como el sanitario o el de la vivienda).

Las personas profesionales responsables de las actividades de la cadena básica de valor, que, por tanto, mantienen un contacto más intenso con las personas destinatarias han de poder ejercer el efecto tractor que ponga a su servicio al resto de procesos y profesionales administrativos, de gestión, de apoyo y de gobierno, de suerte que el conjunto de la organización (y el sistema) se centre en cada persona destinataria y se oriente conjunta e integradamente, en definitiva, a aportarle el mayor valor.

(Sobre estas y otras cuestiones trabajaremos próximamente en el Departamento de Trabajo, Asuntos Sociales y Familia de la Generalitat de Catalunya y en los servicios sociales del Ayuntamiento de Irun. Aquí se pueden encontrar otras entradas del blog sobre servicios sociales. La fotografía corresponde a Pernan Goñi mostrando su reflejo gráfico de una explicación en parte coincidente con la de esta entrada de blog en unas recientes jornadas en Mejorada y Velilla.)

Servicios sociales y apoyo al cuidado familiar: el mundo al revés

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Tras una inmersión en la normativa española de servicios sociales, no parece aventurada la afirmación de que el tratamiento del apoyo al cuidado familiar (y, en general, primario) de las personas con limitaciones funcionales es manifiestamente mejorable, ya que, desde nuestro punto de vista, en términos generales, en ella:

  • No se identifica adecuadamente el carácter primario y funcionalmente insustituible del cuidado familiar (y, en general, comunitario) en la vida de las personas con limitaciones funcionales.
  • Apenas se captura la diversidad y complejidad de dimensiones y vertientes del cuidado, que puede afectar a funciones que van desde la realización mecánica de movimientos hasta la toma de decisiones clave; que puede suponer desde hacer algo por la persona a ayudarle a que lo haga; que puede comportar desde custodiar a la persona que presenta limitaciones en la gestión de riesgos hasta asistirle en la asunción de algunos de ellos; que puede realizarse en el domicilio o fuera de él; y así sucesivamente.
  • No sé perfila correctamente el papel de los servicios sociales profesionales en el diagnóstico, protección y potenciación de los cuidados primarios de los que dispone o puede disponer una persona que tiene o puede llegar a tener limitaciones funcionales.

Cabría decir que, en muchos momentos, nuestra normativa bascula entre dos ideas igualmente extravagantes: la de la excepcionalidad del cuidado primario (chocante de forma especial en nuestro entorno social y cultural) y la de su equivalencia funcional con el cuidado profesional (que podría, por tanto, sustituir o reemplazar el cuidado primario). En lugar de producir escenarios y formatos de sinergia entre el cuidado primario y el cuidado profesional (y, obviamente, el autocuidado), nuestra normativa tiende a verlos y construirlos en una suerte de juego de suma cero en el que o bien parece ignorar el cuidado familiar y comunitario o bien, paradójicamente y en un mundo al revés, lo configura como un sucedáneo del cuidado profesional en el que se pseudoprofesionaliza a la persona que cuida mediante un peculiar esquema de derechos (fundamentalmente a cobrar una cierta cantidad de dinero) y obligaciones (en términos, básicamente, de dedicación, tendente a exclusiva) que fabrica el imaginario de que el llamado “cuidador no profesional” es alguien que, con gran disponibilidad pero baja cualificación, hace algo que haría mejor una persona profesional con su correspondiente cualificación (pero que resulta muy costosa).

En nuestra propuesta para los servicios sociales las capacidades de autocuidado (y, en general, la autonomía funcional de las personas) y las relaciones primarias de cuidado y apoyo se configuran como el bien que deben proteger y promover los servicios sociales y, por tanto, el cuidado familiar y comunitario de las personas con limitaciones funcionales debiera beneficiarse, en primer lugar, de toda una serie de productos de apoyo e intervenciones profesionales generales, para después, en muchos casos, hacerlo de prestaciones o ayudas específicas, sin excluir, desde luego, las económicas orientadas a incentivar el cuidado familiar y, en general, favorecer la conciliación entre vida familiar, laboral y personal.

Frente a un modelo social, de sistema de bienestar y de servicios sociales que construye, potencia y que (muchas veces hipócritamente) entroniza la figura de una cuidadora familiar todoterreno de altísima disponibilidad (que es un modelo de cada vez más alto riesgo para la persona cuidada, para la persona cuidadora y para la sociedad, por su insostenibilidad), es cada vez más urgente asumir que nos hallamos ante una crisis de cuidados que obliga a reformular el contrato social en busca de un ejercicio cada vez más libre, distribuido, responsable y humanizador del cuidado primario, lo que exige un reforzado y renovado papel de los servicios sociales.

(Tomado y adaptado del final del artículo “El apoyo al cuidado familiar en la normativa de servicios sociales” que puede descargarse completo aquí.)

Novedades de fantova net en el primer cuatrimestre de 2017

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Se han subido los siguientes documentos (clicar para abrirlos) en el apartado “Cuestiones y políticas sociales” de “Documentos propios”:

Innovación social en políticas sociales (34 páginas).

Qué pasó la semana anterior al anuncio del cheque bebé (9 páginas).

Las políticas sociales construyendo un nuevo pacto con las comunidades, los mercados y las organizaciones del tercer sector (24 páginas).

En el apartado “Intervención y políticas sociales” de “Documentos propios”:

Los retos de la acción social en las políticas públicas (7 páginas).

Los servicios sociales como pieza clave de una estrategia de inversión social (32 páginas).

Servicios sociales, objeto propio y atención integrada (5 páginas).

En el apartado “Cuestiones y políticas sociales” de “Otros documentos”:

Atención integrada, intervención integral e inclusión social (6 páginas).

Además, se han subido cinco nuevos vídeos y se han publicado 22 nuevas entradas de blog. En este momento el número de descargas de documentos acumuladas asciende a 264.000.