Una lectura estratégica de la situación de nuestros servicios sociales

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Los servicios sociales que hemos heredado fueron diseñados para el control social y la mejora de la situación general de pretendidos colectivos minoritarios que quedaban fuera de los sistemas regulares de vida familiar, actividad económica y protección social.

Sin embargo, los acelerados procesos de cambio social de las últimas décadas (catalizados por la crisis de los últimos años) incrementan el tamaño, intensifican la problemática y transforman las expectativas de esos supuestos colectivos vulnerables en un contexto de incremento de la complejidad social que vuelve, en todo caso, imposible la misión original encomendada a los servicios sociales.

Por otro lado, los propios servicios sociales, sus comunidades de conocimiento y los agentes políticos interesados en ellos ya habíamos hecho, al menos en algunos entornos, una reflexión autocrítica sobre dicho encargo e iniciado un proceso de superación del asistencialismo residual y de construcción de la universalidad sectorial de los servicios sociales como derecho subjetivo de ciudadanía y cuarto pilar del sistema de bienestar.

Por ello, si analizamos la trayectoria de las políticas sociales en el País Vasco en los últimos diez años podemos identificar algunos esfuerzos para avanzar en la identificación de un objeto propio para los servicios sociales, en la devolución de responsabilidades hacia otros ámbitos sectoriales y en el desarrollo de capacidades e instrumentos de diagnóstico e intervención en relación con ese objeto propio que, desde mi punto de vista, no es otro que la interacción, entendida como la autonomía de las personas para su desenvolvimiento cotidiano en el seno de relaciones familiares y comunitarias.

En esa construcción del pilar sectorial universal de los servicios sociales nuestra principal fuente de inspiración ha sido, seguramente, la de los servicios sanitarios. Ello puede percibirse, por ejemplo, en la utilización de catálogos y carteras de prestaciones y servicios o en la diferenciación entre atención primaria y secundaria.

Quizá no reparamos, sin embargo, en un hecho fundamental que no es otro que el hecho de que, para cuando se construyen los sistemas sanitarios públicos, es ya notable el grado de maduración científica, desarrollo tecnológico y posicionamiento a los ojos de la ciudadanía de las ciencias y profesiones relacionadas con la salud, especialmente de la medicina y la farmacia. Dicho de otra manera: la política sanitaria pública, cuando decide estratégicamente apostar por la promoción y protección de la salud, se encuentra con que este bien está razonablemente bien delimitado e identificado por parte de la ciudadanía y se dispone de un conjunto de conocimientos y técnicas acreditadas y reconocidas para la obtención de resultados valiosos en la satisfacción de las necesidades relacionadas con la salud.

Por otra parte, si bien determinada literatura técnica y normativa jurídica relativa a los servicios sociales y a otras políticas sociales avanzaba en su acotación sectorial (y se daban pasos como el paso de la Renta de Garantía de Ingresos a Lanbide), eso no quería decir que, necesariamente, otros ámbitos sectoriales (como, por ejemplo, el de la vivienda, a pesar del derecho subjetivo) asumían efectivamente determinadas responsabilidades que los servicios sociales pretendían entregar. En ese contexto, por otra parte, resulta difícil armar políticas intersectoriales o transversales que vayan mucho más allá de lo declarativo o lo experimental exploratorio.

Además, no hemos tenido suerte con el momento histórico en el que hemos abordado esa ciaboga. A pesar de ciertos esfuerzos para la construcción de conocimiento e innovación en materia de intervención social, para el fortalecimiento de la atención primaria de servicios sociales, para renovar las relaciones entre administración pública y tercer sector o para la estructuración de una relación simétrica entre los servicios sociales y otros sistemas dentro de un enfoque de atención integrada e integral intersectorial, la realidad nos sigue tomando la delantera y, en muchas ocasiones, ante la presión de realidades incuestionables como la crisis de los cuidados, la nueva pobreza laboral o la exclusión residencial, sentimos que se nos impone una especie de regresión a aquel el modelo asistencialista atrápalo-todo que queríamos dejar atrás.

(Contenido de la primera parte de la conferencia prevista para el viernes, 31 de marzo, en la jornada organizada por el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz. Más información aquí.)

¿Todo mercado? ¿Cuánto mercado? ¿Cuándo mercado?

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Intentaría apuntar algunas respuestas en forma de posibles lecciones aprendidas o (hipo)tesis provisionales desde el área de conocimiento en la que trabajo, que es la del estudio y diseño de políticas sociales. Terminaría, sin embargo, dando cuenta de las limitaciones de dicho marco de análisis y de la necesidad de desbordarlo.

Me referiría inicialmente a los resultados y legitimación de nuestros Estados de bienestar, como forma histórica de garantía pública de derechos humanos sociales universales. La construcción de estas políticas sociales puede ser presentada como un caso de éxito en la apuesta del Estado por producir, tratar o gestionar determinados bienes como bienes públicos (por desmercantilizarlos en alguna medida). Como un indicador del relativo éxito de esta experiencia histórica cabría presentar el hecho de que determinadas políticas sociales y el reconocimiento del carácter social del Estado y de la dimensión social de todas las políticas públicas forman parte de un cierto patrimonio compartido por las principales y diversas ideologías y formaciones políticas.

La construcción de los Estados de bienestar y las políticas sociales puede ser vista como la emergencia de subsistemas sociales que intentan ser una respuesta de la inteligencia e ingeniería social para una mejor gestión de la complejidad. Una respuesta exitosa que, paradójicamente, contribuye a la generación de nuevos factores de complejidad social. Como contenido, síntoma y expresión de ese incremento de la complejidad, cabe referirse al proceso que vivimos en las últimas décadas de configuración, problemática, de todo un heterogéneo tercer sector, entendido como institucionalización (alternativa) de una producción, tratamiento o gestión de los bienes, no como privados (intercambiables por precio) ni como públicos (garantizados como derecho), sino como bienes comunes (compartidos solidariamente). En un contexto, por cierto, de importantes mutaciones en la esfera de las relaciones de reciprocidad (familiar y) comunitaria, cuya manifestación más sobresaliente sería la crisis de los cuidados (que el ecofeminismo identifica como un vector central de la amenaza actual a la sostenibilidad de la vida).

En ese contexto, las políticas sociales se convierten necesariamente en laboratorios de innovación tecnológica y social acerca de los arreglos y sinergias entre estas cuatro esferas de las que hablamos (pública, privada, solidaria y comunitaria). Arreglos y sinergias (mix de bienestar) que, razonablemente, pueden ser diferentes en las diversas políticas sectoriales y que, para cada servicio o bien, pueden referirse (en forma diversa) a más de una docena de aspectos distintos (su titularidad, su gestión, su financiación, su provisión y así sucesivamente). En contextos en los que lo que interesaría a cada tipo de agente (público, privado, solidario o comunitario) no es tanto un (cada vez más impensable) monopolio de los resortes de respuesta a las necesidades y demandas de la población, sino la capacidad estratégica de ser determinante en el tablero apoyándose en sus ventajas comparativas desde su identidad y legitimidad.

Ahora bien, como ya empezábamos a apuntar de la mano del ecofeminismo, este progreso social que han impulsado los Estados de bienestar realmente existentes; que, sin duda, ha representado y representa oportunidades de más y mejor vida para muchas personas en nuestro entorno; y que contiene, dentro de sus políticas sociales y de su estudio científico, cierta capacidad de innovación y transformación; nos coloca, también, en y ante un mundo plagado de viejas y nuevas amenazas (económicas, sociales, políticas, ecológicas y morales), ante las que se nos impone éticamente la obligación y el riesgo de pensar políticamente, apostar por un modelo de sociedad y ejercer la ciudadanía.

Desde ese punto de vista, por razones biográficas y con algún argumento, me apunto al intento de repensar una socialdemocracia predistributiva y redistributiva que reconoce con humildad la capacidad del mercado (entre otras cosas de haber sacado de la pobreza a cientos de millones de personas en las últimas décadas) y a la que le gustaría no tanto adelgazar como agilizar al Estado, es decir, liberarlo de la grasa que supone su colonización por parte de intereses privados (de algunos de quienes, como proveedoras, empleados, cargos o pensionistas cobramos de él) y muscularlo como regulador e incentivador de la vida social y, fundamentalmente, garante de derechos. Siento, sin embargo, que la socialdemocracia no puede reinventarse en ese sentido si no se abre a procesos de colaboración, fecundación e hibridación con otros sujetos o espacios sociales y políticos (especialmente a los movimientos de base, populares y sociales que están repolitizando el tercer sector y la economía solidaria en todo el mundo) en un proceso histórico (para el que no tenemos manual de instrucciones) de construir nuevos sujetos sociales, políticos y electorales en los que se puedan encontrar las víctimas de la globalización neoliberal, la exclusión de la ciudadanía, el sistema patriarcal y la amenaza ecológica con sectores instalados pero lúcidos en relación con su injusticia e insostenibilidad.

(Ideas principales para una intervención en el seminario organizado por Carlos García de Andoin que comienza el 22 de marzo de 2017 en Bilbao.)

Itinerarios y especialización en los servicios sociales

Itinerarios

Aunque el camino no está exento de retrocesos y contradicciones, nuestros servicios sociales van dibujando un diseño de futuro en el que se nos ofrezcan efectivamente a todas las personas en forma de cuidados y apoyos para nuestro desenvolvimiento y proyecto de vida autónomo en el seno de relaciones primarias familiares y comunitarias deseadas, empoderantes e inclusivas. Unos servicios sociales cada vez más basados en el conocimiento y, por ello, cada vez más capaces de trabajar intersectorialmente en red mediante una integración de tú a tú con otros servicios de proximidad (sanitarios, educativos, laborales, habitacionales u otros) en el territorio.

Estos servicios sociales de futuro no pueden sino brindar una intervención social centrada en la persona, es decir, un itinerario significativo en el que cada actividad o proceso en el que participamos quienes recibimos los servicios añade valor al anterior, en términos de resultados deseados de mejora de nuestra interacción (autonomía funcional e integración relacional) y, lógicamente, de sinergia de dicha interacción con los bienes de los que se ocupan otras ramas de la política social (como salud, conocimiento, empleo, alojamiento o subsistencia).

A lo largo de esos itinerarios, dentro (y fuera) de los servicios sociales, las personas que recibimos sus cuidados y apoyos profesionales vamos a beneficiarnos del conocimiento y la tecnología disponibles. Un conocimiento y una tecnología que se van construyendo en el seno de redes plurales e híbridas de investigación, desarrollo e innovación que, a su vez, van posibilitando diferentes vías de especialización, entendida ésta como ampliación o profundización del conocimiento acerca de los diversos aspectos, dimensiones, dinámicas, perfiles o instrumentos a considerar en la intervención social.

En una intervención social centrada en la persona, la prueba del algodón de la especialización efectiva en una subárea de conocimiento es su utilidad real en un determinado tramo de esos itinerarios de los que hablábamos. Vamos superando las pretendidas especializaciones en función de aquellas supuestas minorías que la vieja asistencia social tendía (y muchas veces todavía tiende) a estigmatizar y a segregar, fragmentando la atención de forma inadecuada e insostenible y lastrando los procesos de construcción del conocimiento al dividirlo en silos incomunicados entre sí. Y emergen nuevas especializaciones mediante procesos dinámicos que, lógicamente, no están exentos de debates e, incluso, conflictos.

Los procesos de especialización del conocimiento y la tecnología de intervención social interactúan dialécticamente con los procesos de planificación y despliegue de la red de servicios sociales (y de otras redes sectoriales), en los que, lógicamente, los programas y servicios presenciales con mayor masa crítica de destinatarias potenciales se ubican en una mayor proximidad. Sin embargo, no se debe asociar, necesariamente, especialización del conocimiento con tamaño menor del estrato poblacional que potencialmente pudiera beneficiarse de dicho conocimiento. En última instancia, tanto la especialización del conocimiento como el diseño de los sistemas han de estar al servicio de la continuidad de la atención en los itinerarios valiosos para la interacción de las personas que utilizamos los servicios sociales.

(Reflexiones a partir de la jornada Gizartegune del 16 de marzo de 2017, sobre las que volveremos el 17 de marzo de 2017 en el congreso de Cáritas Gipuzkoa en Irun.)

La inclusión social en la política de servicios sociales

Gizartegune

Se presentan a continuación algunas tesis provisionales o hipótesis obtenidas a partir del trabajo de consultoría en contacto con la toma de decisiones políticas, la intervención social y la producción de la academia y que, a su vez, se someten a la consideración crítica de la comunidad de conocimiento correspondiente:

  1. La política de inclusión social es, como mínimo, el conjunto de la política social (e incluye todos sus pilares sectoriales, es decir, al menos, toda la política sanitaria, toda la política educativa, toda la política de servicios sociales, toda la política de empleo, toda la política de vivienda y toda la política de garantía de ingresos).
  2. Las mejores prácticas y el conocimiento disponible orientan a los servicios sociales a ir abandonando su posicionamiento residual/transversal (pretendidamente encargado último de la inclusión social) para ir construyendo uno universal/sectorial focalizado en la autonomía para la vida diaria en el seno de relaciones familiares y comunitarias.
  3. El principal obstáculo para dicho reposicionamiento estratégico reside en el (relativamente) limitado desarrollo científico, técnico y tecnológico de las áreas de conocimiento de la intervención social, explicable, entre otros factores, por la aceleración del cambio social y la limitada solvencia y madurez de la demanda de servicios correspondiente.
  4. Como otra importante condición de posibilidad para el éxito (en términos de resultados valiosos de/para las personas) de ese reposicionamiento, identificamos la del avance de los modelos de la atención integrada intersectorial a partir de la extensión del compromiso de las diversas políticas sectoriales (singularmente vivienda y empleo-garantía de ingresos) con las personas en situación de exclusión social (en las dimensiones que les corresponden).
  5. En los itinerarios y la segmentación en los servicios sociales, partiendo desde “colectivos vulnerables” hemos empezado a pasar a “contingencias especiales” (como, por ejemplo, exclusión social), para el paso a la atención secundaria, y, desde ahí, se tratará de afrontar el reto de la atención personalizada (integrada intrasectorialmente) para la diversidad comunitaria (con nuevos/distintos criterios de especialización, también para las situaciones complejas).
  6. El desarrollo de la iniciativa social (tercer sector) como ecosistema heterogéneo va hacia la diferenciación y articulación de, por una parte, la concertación de servicios públicos (derechos garantizados) y, por otra, la (escalable) innovación técnica, organizativa, social y política que hace posible la sinergia colaborativa entre agentes y el empoderamiento y la participación de todas las personas.

(Sobre estas cuestiones debatiremos en la Jornada Gizartegune, organizada en la Universidad de Deusto por la Diputación Foral de Bizkaia el jueves, 16 de marzo, a partir de las 8:30 horas. Más información aquí).

El agujero negro de nuestros servicios sociales

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La creciente capacidad de la medicina científica y la sanidad universal para repararnos (siquiera parcialmente) y devolvernos a la vida comunitaria y la decreciente capacidad de las redes familiares y entornos convivenciales para aportar sostenibilidad a nuestra vida, entre otros factores, generan un campo de fuerzas que puede convertirse en una trampa diabólica para la dignidad y la autonomía de no pocas personas, especialmente en las últimas etapas de nuestra vida.

En ese contexto, frecuentemente, los servicios sociales desempeñan un papel asistencialista y disfuncional, dado que, por el escaso desarrollo de su tecnología de intervención y su carácter de política pública residual, actúan normalmente demasiado tarde, muy disruptivamente e introduciendo, además, incentivos perversos, contrarios a las conductas de autocuidado personal, previsión económica y apoyo familiar.

Al perjuicio actual y futuro que provocan esas señales equivocadas que nuestro sistema público de servicios sociales emite hacia la sociedad, hay que agregar, además, otros dos tipos de impacto negativo de calado sistémico:

  • El efecto de rebote hacia el consumo impertinente e ineficiente de recursos sanitarios por parte de muchas personas por la debilidad e inadecuación de los servicios sociales.
  • El coste de oportunidad debido a la infrautilización, mala utilización y acumulación patrimonial del parque de viviendas propiedad de las personas usuarias de servicios sociales, especialmente residenciales.

Las reservas de capital familiar (supermujeres) y la débil voz de las personas afectadas, entre otros factores, dificultan que este asunto, pese a su importancia, suba puntos en la agenda política. Por otra parte, en este tipo de bucles paradójicos no son infrecuentes las aparentes soluciones (legislativas, económicas, organizativas u otras) que agravan el problema, en lugar de resolverlo.

Queda trabajar por la audacia e inteligencia de las apuestas de los agentes implicados e interesados en los servicios sociales, apuestas, quizá, como éstas:

  • la construcción de conocimiento que garantice resultados valiosos para las personas,
  • la focalización en la autonomía de todas las personas para su vida diaria en el seno de relaciones familiares y comunitarias,
  • la construcción de una atención primaria que se convierta en el centro de gravedad del sistema,
  • la integración intra e intersectorial al servicio de la continuidad de la atención o
  • la innovación social para la sinergia entre los diversos agentes y el empoderamiento de todas las personas.