¿Qué innovación social queremos?

Innovación 2

La innovación es, sin duda, una institución prestigiosa en nuestra sociedad. Buscamos la innovación, esperamos la innovación, exigimos la innovación. Cuando pensamos en la curación de nuestras enfermedades, en la manera de comunicarnos con las personas que queremos, en la forma de transportarnos o, en definitiva, en la respuesta a las más diversas necesidades, nuestra mirada se dirige, en buena medida, a la investigación científica, al desarrollo tecnológico y a las nuevas creaciones que puedan surgir de la correspondiente dinámica de gestión del conocimiento.

Y como le pasa a casi cualquier sustantivo relevante en nuestros días, al sustantivo “innovación” alguien le puso el adjetivo “social”. Y, desde luego, tiene todo el sentido que esas nuevas respuestas sean sociales en un doble sentido: porque es el conjunto la sociedad y sus diversas representaciones e iniciativas, y no únicamente el mercado, quien debe juzgar el valor de las innovaciones y porque es el conjunto de la sociedad –y no sólo las instituciones del conocimiento científico, tecnológico o experto– quien es considerada capaz de innovar.

Sin embargo, no debemos desconocer que en las propuestas y prácticas de innovación social realmente existentes subyace en muchas ocasiones un discurso filosófico y agenda política –más o menos evidentes– de cuestionamiento acrítico de la capacidad de los poderes públicos para organizar la vida social y de entronización de los emprendimientos privados como forma privilegiada de dar respuestas eficientes y sostenibles a las necesidades de la población.

Existen, sin embargo, iniciativas comunitarias, autogestionarias, alternativas y solidarias de innovación social por las que merece la pena apostar, buscando alianzas creativas entre la sociedad civil capaz de organizarse y las políticas públicas garantes de derechos sociales a cuya conquista no podemos renunciar y en cuyo desarrollo, reinvención y sostenimiento hemos de participar.

Artículo publicado en begirada.org (aquí). Más sobre el asunto: aquí (PDF 23 páginas).

Conocimiento e innovación en políticas sociales

Pernan

Proponemos un análisis de la realidad en el que se subrayan dos elementos que resultan especialmente relevantes para el diseño de políticas sociales: la centralidad de la crisis de los cuidados y el subrayado acerca de la crisis de los sujetos que, en su dialéctica y en sus pactos, alumbraron el Estado de bienestar. Tanto estos fenómenos de más largo aliento como la crisis de los últimos años afectan a las políticas sociales y, por eso se ha hablado de la “doble crisis del Estado de bienestar” (Taylor-Gooby). Seguramente, en todo caso, las amenazas externas hacen mella en las debilidades internas e interactúan con una serie de “efectos perversos, apropiaciones indebidas y riesgos morales de las políticas sociales” (Luis Moreno). Cabría preguntarse en qué medida el Estado de bienestar llega a unos límites cuantitativos (por la cantidad de solidaridad que está dispuesta a aceptar el electorado) o cualitativos (por la capacidad del Estado de dar respuesta a determinadas necesidades) sin caer en bucles de colonización o paradojas sistémicas (dobles vínculos o trampas sistémicas).

El actual momento de las políticas sociales es, por todo ello, un momento de (amenaza y) oportunidad para las disciplinas y profesiones de la intervención social (como el trabajo social, la educación social o la psicología de la intervención social) porque la crisis de los cuidados y la crisis de los sujetos (entre otras) ponen a las políticas sociales en la tensión de recalibrarse y reconfigurarse en el nivel macro (con un nuevo modelo y posicionamiento de los servicios sociales en clave relacional, tecnológica y universal) y, a la vez, tornarse más personalizadas, empoderantes, relacionales y comunitarias en el nivel micro. Estar a la altura de esa (amenaza y) oportunidad pasa fundamentalmente por más y mejor conocimiento para una intervención social de mucho más valor añadido y de mucho mejor posicionamiento ante la ciudadanía y los diversos agentes relevantes. Por tanto, un conocimiento que permita una potente innovación tanto tecnológica como social.

La apuesta por un salto cualitativo en la aportación de valor basada en el conocimiento por parte de las profesiones y disciplinas de la intervención social, a nuestro entender, pasa por abandonar pretendidas (y nunca logradas) posiciones centrales, transversales, globales, holísticas o integrales en el ámbito de las políticas sociales y centrarse en la promoción y protección de la interacción (autonomía funcional en integración comunitaria) de todas las personas en su diversidad sexual, funcional, generacional y cultural. Para desde ahí, eso sí, construir junto con otras disciplinas y profesiones las necesarias intervenciones, estrategias y políticas intersectoriales e integradas, capaces de gestionar la complejidad.

(Para un desarrollo ampliado de esta entrada ver aquí la ponencia presentada en el Sexto Congreso del Colegio de Trabajo Social de Madrid. El dibujo es de Pernan Goñi.)

Innovación transformadora en intervención social

6TS3

Las disciplinas y profesiones de la intervención social (especialmente, en España, trabajo social, educación y pedagogía social y psicología de la intervención social) deben alinear, unir y multiplicar sus esfuerzos de producción y gestión del conocimiento para la construcción de una intervención social despojada de enfoques residuales y tics asistencialistas, orientada resueltamente a la protección y promoción de la interacción (autonomía funcional e integración relacional) de todas las personas. Ello permitirá fortalecer el sector de los servicios sociales y reordenar sus relaciones intersectoriales con otras ramas o pilares de la política social. Las y los profesionales de la intervención social deben rentabilizar en términos de conocimiento tanto su posición central en el sector de los servicios sociales como su necesaria presencia en otros sectores de actividad y el diálogo y colaboración interdisciplinar que se da desde ambos tipos de situaciones.

Las tecnologías para la autonomía en el entorno y para la información y la comunicación están llamadas a transformar el núcleo duro del proceso operativo de intervención social, están llamadas a colocarse en el corazón de la prestación de servicios sociales. Los modelos de atención centrada en la persona buscan reconocer la voz (en expresión de Albert Otto Hirschman) de las personas. Esto, que debiera hacerse por razones éticas, viene urgido, cada vez más, por el puro instinto de supervivencia de un sistema de servicios y de unas intervenciones profesionales creciente o recurrentemente amenazadas por la desafección popular; amenazadas en realidad por agentes institucionales crecientemente endogámicos y opacos que pervierten y, en ocasiones, secuestran los procesos de intervención social.

Las y los profesionales de la intervención social, pese a la amenaza del eterno retorno del asistencialismo punitivo y la insignificancia residual, podemos encontrar en la apuesta individual y colectiva por un salto cualitativo en la dinámica de gestión del conocimiento e innovación tecnológica y social la herramienta y la ilusión necesarias para estar a la altura del reto presente y futuro de transformación de nuestros servicios sociales y nuestro sistema de bienestar.

(Fragmento adaptado del final de la intervención preparada para el próximo congreso de trabajo social de Madrid.)

Políticas intersectoriales y atención integrada

Rete

La necesidad de las políticas intersectoriales (y de la coordinación intersectorial) tiene que ver con las limitaciones, imperfecciones o disfunciones que cualquier diseño de políticas sectoriales (y cualquier reparto de responsabilidades entre ellas) puede presentar. En algunos casos, el problema se detecta porque no resulta claro qué ámbito sectorial debe evaluar o abordar una determinada necesidad o demanda y profesionales de diferentes ámbitos chocan entre sí o se pelotean a las personas. Ocurre en otras ocasiones que es la aplicación de una política transversal la que ayuda a advertir esas contingencias, defectos o desajustes. Así, por ejemplo, las políticas transversales de igualdad y atención a la diversidad funcional han impulsado en muchos casos la política intersectorial sociosanitaria.

Con todo, se ha de insistir en que la división entre políticas sectoriales es necesaria y que la coordinación y las políticas intersectoriales no debe convertirse en una suerte de deconstrucción o desintegración de las políticas sectoriales o fuente de confusión al respecto. Sabemos que, en las políticas sociales, y en cualquier actividad humana, la división del trabajo es imprescindible y que no hay división perfecta que no presente limitaciones, defectos o disfunciones (por la compleja unidad e interconexión de la realidad social y de todo lo relacionado con el bienestar de las personas). Se trata de circunstancias que hay que intentar prever, paliar y corregir, sabiendo que, en cualquier caso, pueden presentarse, sea cual sea el diseño y la división del trabajo entre las diferentes políticas.

En última instancia, las políticas intersectoriales (y la coordinación intersectorial) se conciben como mecanismos o fórmulas para facilitar los itinerarios de las personas y la continuidad y congruencia de la política social a la hora de dar respuesta a sus necesidades. Sin embargo, no sustituyen (sino que intentan dar más fuerza) a las políticas sectoriales como políticas que desembocan en las personas destinatarias. Dicho de otro modo, las políticas intersectoriales y los procesos de coordinación intersectorial no generarían, en principio, actividades operativas que no pertenezcan a una u a otra de las políticas sectoriales y, especialmente, no generarían otras puertas de entrada o ventanillas de acceso (ni siquiera bajo la denominación de únicas) que las correspondientes a las políticas sectoriales. Ello parece necesario, precisamente, para facilitar el acceso y la orientación a las personas, a la ciudadanía. Ese acceso y orientación se mejora en la medida en que cada gran política sectorial tiene sus puertas de entrada o ventanillas de acceso tan universales y próximas como sea posible y posicionadas ante las personas en referencia a la necesidad social o bien que corresponde en cada caso: salud, educación, interacción, vivienda, empleo o subsistencia.

Por ejemplo, en un buen número de personas, sus necesidades correspondientes a la sanidad y las correspondientes a los servicios sociales se presentan de forma notablemente intensa e interrelacionada. Si los dos tipos de atención intensa (sanitaria y de servicios sociales) se han de prestar a la vez, es mayor la necesidad de integración operativa y por eso se habla de atención integrada (integrated care). Si la atención intensa de ambos tipos (sanitaria y de servicios sociales) no es simultánea sino sucesiva y, sobre todo, si en esa atención sucesiva hay recurrencia en el uso de servicios de ambos sectores, se necesita una especial coordinación. En la atención integrada se suele insistir tanto en la integración horizontal (entre servicios sociales y sanidad) como en la integración vertical (entre atención primaria, secundaria y terciaria).

(Para ampliar lo recogido en esta entrada, aquí [PDF 10 páginas] y en la conferencia organizada por el Colegio de Trabajo Social en Castellón el próximo 15 de marzo.)