Nuevos documentos (PDF) colgados en fantova punto net en el cuarto trimestre de 2014

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Como hacemos cada tres meses, se hace un repaso, a continuación, de los últimos textos de descarga libre colgados en fantova punto net. Se pueden buscar en el correspondiente apartado de la web o pinchando directamente en su título dentro de esta entrada de blog.

Dentro del apartado “Documentos propios/Cuestiones y políticas sociales”:

La política de empleo y el emperador desnudo (4 páginas)

Presentación del libro Diseño de políticas sociales (11 páginas)

Presentation of the book Social Policy Design (7 páginas)

Dentro del apartado “Documentos propios/Intervención y servicios sociales”:

Investigación y conocimiento para la intervención social: tareas pendientes (6 páginas)

Dentro del apartado “Documentos propios/Desarrollo comunitario y sector voluntario”:

Políticas públicas y organizaciones solidarias (4 páginas)

Dentro del apartado “Otros documentos/Intervención y servicios sociales”:

Notas de una jornada sobre oportunidades de empresa y empleo en servicios a las personas (6 páginas)

Dentro del apartado “Otros documentos/Desarrollo comunitario y sector voluntario”:

Relaciones familiares y comunitarias (primarias) como parte del capital social (con especial referencia a los cuidados) (37 páginas)

Capital social y cultural en España (82 páginas)

Aparte de estos documentos en formato PDF, en el cuarto trimestre de 2014 se han incorporado en fantova punto net 16 entradas de blog y un nuevo vídeo.

¿Qué servicios sociales queremos?

Cruce de vías de tren

Si, hoy y aquí, pensamos en la educación de nuestras criaturas, en nuestra salud o en nuestra subsistencia cuando nos jubilemos, sentimos que contamos con respuestas públicas relativamente relevantes para una mayoría de la población. Sin embargo, si pensamos en conseguir un empleo o en nuestra necesidad de alojamiento, sabemos que el sector público da una respuesta muy limitada o residual al respecto y que, en esos ámbitos, las personas (y las familias) nos tenemos, básicamente, que “buscar la vida”.

En lo que corresponde a las necesidades que tienen que ver con nuestra autonomía (o limitación) funcional y soporte familiar y comunitario (que serían aquellas de las que se ocupan los servicios sociales) la situación se acerca más a la de “buscarnos la vida”, salvo en el caso de las personas menores de edad en situación de desprotección por parte de su familia o en el de otros segmentos poblacionales minoritarios catalogados con alguna etiqueta que les permite utilizar servicios, aunque ciertamente dentro de un modelo de atención segregada cada vez más cuestionado por la comunidad científica y la propia población.

En esta situación caben dos preguntas: ¿Cuál es la apuesta de inversión pública que permitiría llevar los servicios sociales a un estatus similar al que tienen la educación, la sanidad o parcelas de la garantía de ingresos? ¿Queremos, como sociedad, asumir el coste de esa apuesta estratégica?

Hay evidencia y análisis que sugieren que una apuesta por unos servicios sociales con una atención primaria más fuerte, con nuevas tecnologías y enfoque comunitario pueden desencadenar, a medio plazo, ahorros en servicios sanitarios, en garantía de ingresos o en los propios servicios sociales residenciales y pueden tener un importante impacto en términos de competitividad económica y recaudación fiscal (por sus efectos en la conciliación entre la vida familiar y laboral y, en general, en la calidad de vida de la población). Por otra parte, es razonablemente esperable que, en función de cuál sea la oferta de los servicios sociales públicos en lo tocante a los llamados cuidados de larga duración, diferentes serán las decisiones económicas de las personas en relación con su patrimonio y su disposición a afrontar impuestos, cotizaciones, copagos u otras formas de participación en la organización de este ámbito de necesidades y actividades.

Sea como fuere, los retornos y sinergias de los que hablamos no se van a producir, probablemente, a corto plazo y cabría atreverse a estimar que una apuesta que permitiera a los servicios sociales abordar el reto del que estamos hablando (en un contexto de rápido e intenso aumento de las necesidades como el que vivimos) requerirían incrementos presupuestarios cercanos al 10% anual durante unos 10 años. Incrementos que, por otro lado, debieran aplicarse para la construcción de un modelo de servicios sociales bastante diferente del que hemos heredado. Modelo del que, hemos de reconocerlo, tenemos todavía, lógicamente, poca experiencia y evidencia.

Lamentablemente la trayectoria que llevamos no va en ese sentido sino que se orienta en general a mantener unos servicios sociales que tan sólo atienden a segmentos minoritarios de la población seleccionados con categorías diagnósticas o clasificatorias frecuentemente obsoletas, segmentando fuertemente por renta a las personas destinatarias, mientras que la mayoría de la ciudadanía asume que, para lo concerniente a su autonomía (o limitación) funcional y su soporte familiar y comunitario, tendrá que “buscarse la vida”.

Servicios sociales: sin objeto no hay sector, sin sector no hay sistema

Objeto

La Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia ha representado, seguramente, la principal apuesta política e inyección económica para el sistema público de servicios sociales en España en la última década y ha puesto de manifiesto el que es, posiblemente, el principal talón de Aquiles de nuestros servicios sociales: su bajo valor añadido. De hecho, la mayor parte de la inversión pública generada por esa Ley, contra lo que su propio texto dice, se ha utilizado para compensar o incentivar a las familias por su labor de cuidado y no para la prestación de servicios sociales. Mi interpretación, discutible por supuesto, es que la principal razón de ese fenómeno está en el bajo valor añadido de nuestra intervención social hoy y aquí. Creo que fue un error pensar que ya teníamos el producto y que bastaba con fabricarlo en serie.

Cuando hablamos de valor añadido de una actividad o servicio nos estamos refiriendo a su capacidad para dar respuesta a necesidades de las personas, sin entrar ahora a discutir si serán esas mismas personas las que pagarán un precio por ese valor o si lo hará el Estado u otros agentes. Las personas reconocemos los diferentes sectores de actividad de la economía y nos acercamos a sus terminales en función de los resultados, productos, servicios y actividades que consideramos valiosas y que caracterizan a cada uno de dichos sectores.

Mi percepción es que en España los servicios sociales siguen posicionados a los ojos de la ciudadanía como servicios que no son para gente como uno (expresión escuchada en Chile). No hemos conseguido que el conjunto de la población comprenda cuáles son las respuestas valiosas que podemos dar y de qué necesidades nos ocupamos. Y me atrevo a decir que, al menos en parte, es porque no las tenemos suficiente y adecuadamente desarrolladas, articuladas e identificadas.

Estimo que el concepto de interacción nos puede permitir avanzar en la definición de un objeto que nos permita construir una cadena de valor que integre las actividades específicas de los servicios sociales e ir configurando y presentando nuestras intervenciones y servicios de forma que puedan ir siendo apreciados por cada vez más personas. Propongo definir interacción como autonomía funcional (capacidad para el desenvolvimiento cotidiano) e integración relacional (vinculación familiar y comunitaria) y considero que es un bien valioso para todo el mundo (como lo son la salud, el aprendizaje o el alojamiento, por hablar de los bienes de los que se ocupan otros sectores de actividad).

Creo que, como suelen decir Auxi González, Manuel Aguilar, Núria Fustier, Joaquín Santos, Germán Jaraíz, Belén Navarro o Miguel Ángel Manzano (por citar algunos ejemplos), hemos de debatir más sobre el objeto de los servicios sociales y que una adecuada identificación del objeto nos ayudará a distinguir y potenciar las actividades que añaden valor y delimitar de qué tratarán nuestros diagnósticos, prescripciones y apoyos en los servicios sociales. Se trata de un debate y esfuerzo fundamental, a mi entender, para cualquier estrategia colectiva o apuesta política por los servicios sociales que queramos hacer.

¿Apostar por la #InversiónSocial?

Inversión social

Según Eloisa del Pino y María Josefa Rubio, la idea del Estado de bienestar como inversión social aspira a convertirse en el nuevo paradigma inspirador del Estado de bienestar. Entiendo, efectivamente, que el enfoque de la Inversión Social puede resultarnos inspirador. Ello es así, fundamentalmente, por dos razones:

  • Porque captura adecuadamente una de las principales disfunciones de nuestros Estados de bienestar, como es la de la inequidad intergeneracional.
  • Porque subraya apropiadamente la necesidad de que las políticas sociales contribuyan en mayor medida a la formación del capital humano y, consiguientemente, a la productividad agregada y a la competitividad de la economía en el contexto de la globalización (y, por tanto, al mejor sostenimiento de las propias políticas sociales).

Veo pegas, sin embargo, para asumirlo como paradigma de referencia y marca principal, dado que, como todo mantra que se pone de moda (especialmente en las instituciones europeas), acaba por incorporar y acarrear muchas impurezas (dicho coloquialmente). Me refiero, por decirlo  en pocas palabras, a planteamientos de corte workfarista, que los hay en el huerto de la inversión social. Un uso exclusivo o excesivo de la marca de la inversión social nos aleja de referencias interesantes en clave emancipatoria (renta básica, economía feminista, buen vivir, economía alternativa, bien común).

Por otra parte (y sobre todo), creo que los planteamientos predominantes de la inversión social adolecen de algunas insuficiencias que me atrevo a referir brevemente en tres breves párrafos (sin muchos matices, en clave conversacional).

Quizá se hace excesivo énfasis en el papel de las políticas sociales en materia de redistribución (o predistribución) de recursos económicos, sin tener en cuenta que antes y además de afectar a la cantidad de dinero que la gente tiene para comprar bienes en el mercado, las políticas sociales hacen otras cosas, como empoderamiento de las personas, familias, comunidades o redes sociales para dar respuesta a sus necesidades o diseño, estructuración y provisión de bienes y servicios como bienes públicos (no fácilmente mercantilizables). Pensemos, por ejemplo, en lo insuficiente que es describir la política sanitaria en términos de mejora del poder de compra de las personas de servicios sanitarios en un supuesto mercado de la salud.

Por otra parte, no se captura la importancia creciente del enfoque relacional y comunitario en las políticas públicas. Importancia crítica para su sostenibilidad económica, social y política, en la sinergia entre bienes públicos y bienes comunes. Aquí entrarían aportes como el de la centralidad estratégica del desarrollo del sector (y el sistema público) de los servicios sociales en la configuración del nuevo sistema de bienestar y la necesaria alianza de los poderes y administraciones públicas con el mundo de la autogestión comunitaria, la iniciativa social y la economía solidaria, sin el cual el Estado se autoconsume más fácilmente en dinámicas de corrupción política, corporativismo profesional y burocratización ineficiente.

Tampoco se hace suficiente insistencia, quizá, en el recorrido de la idea de las políticas sociales basadas en la evidencia y el conocimiento. Entiendo que se debe reivindicar en mayor medida la posibilidad de consensuar programas y políticas más libres de ideología, fortaleciendo instancias independientes de evaluación y diseño de políticas.

Bea Cantillon habla de combinar los elefantes del viejo welfare (fiscal, laboral y social, podríamos decir), los leones de la inversión social y las mariposas de la innovación social. No sé si vale la metáfora. Lo que quiero decir es que creo que necesitamos más mimbres que los de la inversión social para el cesto de una nueva propuesta en materia de política social.

Social Policy Design: a new book in Spanish

Diseño de políticas sociales

The book contains a series of timely and necessary analyses and thoughts on social policy. Its author, Fernando Fantova, has extensive experience in the field of social welfare programmes, not just as an analyst and academic of social provision theory, but also, and for many years, as a front line proponent and instigator of actions and initiatives designed to improve people’s quality of life.

The approach adopted by the book to the issues dealt with is described by the author as “universal, comprehensive and community-based”. The aim is to merge the interests of the academic and research world (focused on social policy) with those of the political and technical sphere, i.e. the world in which those responsible for adopting and implementing social policy decisions live and work.

The observations made by this sociologist from Bizkaia are particularly useful because his suggestions for improvement, which are based on well-founded, empirical evidence, are much more than a mere abstract academic exercise, however necessary said exercises may be. The ideas and thoughts presented in this book are imbued with an overriding sense of applicability and a strong dose of effective pragmatism. For this very reason, the book will be of interest not just to university lecturers and social researchers, but also to professionals working in the field of social policy planning and implementation.

(Excerpt from the prologue, written by Luis Moreno. More information: here)