Analizando la organización social de los cuidados prolongados

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A la hora de comprender cómo, desde las políticas públicas, se está incidiendo y se puede llegar a incidir en el mundo de los cuidados de larga duración, podemos analizar siete grandes mecanismos de estructuración de las actividades que dan respuesta a las necesidades de las personas, siete grandes elementos que pueden ensamblarse de muy diferentes maneras:

  1. Ambiente-territorio: cuando la respuesta a la necesidad depende del entorno natural, de la tierra y sus recursos.
  2. Ayuda mutua: cuando la respuesta a la necesidad depende del don y de la reciprocidad en las redes y relaciones primarias familiares y comunitarias.
  3. Competencia profesional: cuando la respuesta a la necesidad depende de la actividad de personas cualificadas para realizarla y remuneradas por ella.
  4. Poder público: cuando la respuesta a la necesidad depende del ejercicio de una autoridad que garantiza derechos y está legitimada para imponer obligaciones.
  5. Mercado autorregulado: cuando la respuesta a la necesidad depende de la posibilidad efectiva de intercambios entre agentes.
  6. Aseguramiento financiero: cuando la respuesta a la necesidad depende del ahorro o la inversión que se ha llevado a cabo previamente.
  7. Innovación tecnológica: cuando la respuesta a la necesidad depende de la existencia de soluciones estandarizadas, formateadas a partir de conocimiento, en principio, científico.

En el cuadro vemos algunos ejemplos de grandes áreas de necesidad o actividad y distinguimos, para cada caso, cuál de esos siete es el elemento vertebrador, qué otro elemento resulta fundamental y qué otros elementos son importantes en cada caso. Cabe entender que la denominada Ley de Dependencia (de 2006) pretendía convertir el poder público (específicamente los sistemas públicos de la rama de actividad de los servicios sociales) en el elemento vertebrador de la organización social de los cuidados prolongados (o de la respuesta a las necesidades permanentes de cuidados), en principio con la competencia profesional como elemento fundamental.

¿Por qué no ha funcionado el modelo de la Ley de Dependencia? Posiblemente porque, en realidad, los servicios sociales no habían sido concebidos como servicios de cuidados sino como servicios para intentar evitar, paliar o revertir procesos de exclusión social (debidos a la necesidad de cuidados o a muchas otras). Por otra parte, la ayuda mutua familiar (la patriarcal todavía dominante y la pospatriarcal, ojalá, emergente) ha mostrado más resiliencia de la prevista (tirando, además, frecuentemente de un mercado feminizado colonial en proceso de irse autorregulando), en un ámbito en el que la autodeterminación y el deseo de libre elección de las personas en materia de cuidados parece casar mal con la estructura organizativa y la cultura asistencial de los servicios sociales (más orientadas a la tutela y el control). Todo ello sin desconocer que el gasto público destinado a los servicios sociales profesionales de cuidado ha sido limitado.

(Notas para el proyecto #ZainLab2, de Servicios Sociales Integrados, financiado por el Gobierno Vasco.)

Organización patriarcal de los cuidados y dominación de género

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El destructivo desorden que vivimos en materia de cuidados está anudado, radicalmente, a las estructuras y dinámicas de dominación de género que se encuentran en la entraña de nuestra sociedad, profundamente patriarcal. Una sociedad en la que la dominación que los hombres ejercemos sobre las mujeres apenas ha sido superada en algunos aspectos superficiales pero en la que siguen muy vivos y operativos innumerables y muy diversos mecanismos de opresión y explotación de las mujeres por parte de los hombres.

La dominación patriarcal es, sigue siendo, también en nuestro entorno, uno de los mecanismos principales de funcionamiento de la sociedad, mecanismo que determina la condición subalterna, en términos generales, de las mujeres respecto de los hombres. Y el mundo de la vida cotidiana, el mundo de los cuidados, es un mundo en el que se verifican de manera sangrante desigualdades, privilegios, asimetrías, precariedades, discriminaciones y exclusiones que, sistemáticamente, mayoritariamente, van en contra de las mujeres, en calidad de receptoras y, singularmente, en tanto que proveedoras de cuidados.

Parte de esa dominación de género en materia de cuidados se ha trasladado desde la esfera familiar a la esfera laboral pero sin modificarse en tanto que dominación de género. Ante el colapso de los cuidados, por tanto, la clave fundamental no es tanto la profesionalización de los cuidados, sin duda imprescindible en cierta medida, como la superación de las asimetrías sistemáticas de poder entre las mujeres y los hombres, patología estructural que nos aqueja y que sigue permeando de manera brutal, también, entreverada interseccionalmente con otras, el mundo de la vida cotidiana y de los cuidados.

El mundo de los cuidados sólo se organizará de manera satisfactoria, eficiente y sostenible en la medida en que se vertebre mediante relaciones igualitarias entre personas diversas y únicas, sea cual sea su identidad sexual y su proyecto vital. Personas que, sabiéndose todas ellas vulnerables e interdependientes, diversas en capacidades y posiciones de partida, consiguen renunciar o se consigue que renuncien a las lógicas de la dominación y la subalternidad, logrando impulsar fraternamente procesos, necesariamente feministas, de emancipación compartida y ayuda mutua en comunidad.

(Foto de Ecuador Etxea.)

Los cuidados: ¿son aplicación, software de base o hardware de nuestra sociedad?

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Cuando un ordenador (o un teléfono) no realiza adecuadamente alguna función que esperamos de él, nos preocupamos poco si se nos dice que hemos de actualizar o instalar una aplicación o programa específico. El asunto se complica si lo que está afectado es el sistema operativo o software de base, es decir, ese programa que permite que los demás funcionen. Finalmente, si nos comunican que tenemos un problema de hardware, esto es, en el propio aparato físico que tenemos delante, empezamos a pensar en adquirir uno nuevo. Estos términos nos pueden servir analógicamente para reflexionar sobre el reto de los cuidados en nuestra sociedad.

Según algunas visiones, en este momento, se trataría, simplemente, de instalar una nueva funcionalidad a nuestros Estados. Del mismo modo que, en su día, asumieron ocuparse de la seguridad, de la movilidad o de la salud, ahora se encargarían también de los cuidados. El mecanismo sería similar al de otros programas: las personas pagaríamos (bastante, eso sí) a los Estados para que estos contrataran (directa o indirectamente) a profesionales, que nos cuidarán cuando lo necesitemos. Algunas “aplicaciones” hacían algo de esto parcialmente pero ahora sería la hora de la verdad al respecto, la de un verdadero subsistema universal de nuestro Estado de bienestar básicamente encargado de los cuidados (o, al menos, de los prolongados).

Según otros puntos de vista, nuestro “sistema operativo” (nuestro Estado de bienestar) no puede, sin más, soportar un nuevo programa (un nuevo subsistema de la protección social) dedicado a brindar cuidados. Es como si al intentar instalar una aplicación más (la de los cuidados) nuestro software de base (nuestro Estado de bienestar) no diera más de sí, mostrara haber llegado a algún tipo de límite en su gestión de recursos. Desde esta mirada, para hacer frente al reto de los cuidados, se necesita una transformación de nuestro Estado de bienestar, quizá haciéndolo más preventivo, más predistributivo, más proactivo, más tecnológico, más personalizado, más integrado, más comunitario, más profesional, más intergeneracional, más participativo o más basado en el conocimiento científico (elíjase la característica o mezcla de características deseada).

En tercer y último lugar estarían quienes entienden que la crisis de los cuidados es una crisis de la sociedad como tal. Es decir, que estaría afectada la trama de interdependencia entre personas que constituye la sociedad. Según esta aproximación, los cuidados, más que (o además de) ser una actividad específica que puede realizar el Estado o un asunto o eje que vertebra el sistema de bienestar, son el mecanismo fundante de la interdependencia que es connatural a los seres humanos, serían (constituyentes de) la médula del llamado contrato social. Desde este punto de vista, la sociedad, no podría, sin más, esperar del Estado que asuma en última instancia la responsabilidad de los cuidados sino que debe antes, ella misma, configurarse como red de comunidades de cuidados en un nuevo contrato social de género, intergeneracional y general.

¿Qué hacer? ¿En qué medida apostar por nutrir y desarrollar nuestros servicios sociales como sistema de cuidados de larga duración? ¿En qué medida considerar los cuidados como un driver (programa intermediario) para la mejora o transformación del conjunto del sistema de bienestar? ¿En qué medida asumir el cuidarnos y cuidar a otras como función (como relación) que no podemos finalmente delegar porque somos esencialmente seres dependientes e interdependientes en su constitutiva diversidad?

Muchas preguntas, pocas respuestas, tiempos sindémicos.

¿De qué estamos hablando cuando hablamos de cuidados?

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El principal problema de las políticas sobre cuidados es precisamente que no sabemos muy bien lo que son los cuidados, es decir, que hay algún malentendido o algunos malentendidos sobre el objeto o contenido de esa política o esas políticas: sobre los cuidados. Llamemos cuidados prolongados a la acción de potenciación y complementación de su capacidad para las decisiones y actividades de la vida diaria que necesitan aquellas personas que están en una situación de limitación de la autonomía funcional para dichas decisiones y actividades, situación que previsiblemente se va a prolongar y seguramente acentuar durante el resto de su vida.

En una mirada simplista alguien puede pensar que proporcionar cuidados a esas personas es algo así como realizar movimientos que las personas no pueden ejecutar. Sin embargo, intentando capturar la complejidad del cuidado, podríamos decir que cuidar es:

  • establecer una relación (significativa, de reconocimiento, de ayuda, de confianza, afectuosa) con la persona
  • y, necesariamente, con otras personas con las que ella mantiene relaciones (más directas o más mediadas tecnológicamente) de interdependencia en sus entornos (físicos o virtuales) de vida cotidiana,
  • trabajando (por la dignidad y seguridad de la persona) para desencadenar su mayor autonomía y autodeterminación para la vida diaria,
  • y a ,a vez, complementar dicha autonomía,
  • buscando la mejor integración relacional de esa persona en esos entornos, incluso cuando quien proporciona los cuidados no está presente.

Para pensar los cuidados de larga duración nos pueden servir de referencia los cuidados de la criatura en sus primeros años de vida. La criatura recién nacida no podría sobrevivir ni unas horas si no es acogida en y por una comunidad humana, comunidad que usualmente se materializa especialmente en o a través de una familia. Como nos recuerda Xabier Etxeberria en su obra sobre la receptividad, el yo moralmente autónomo, incluso en su plenitud de capacidad, nunca es autosuficiente. Y sólo en esas relaciones de interdependencia con otras personas va esa criatura adquiriendo autonomía hasta el punto de que puede llegar a una situación en la que durante muchos años sea, básicamente, capaz de autoabastecerse de los cuidados que necesita.

Sea como fuere, en esa situación encontramos diferentes dimensiones de los cuidados: funcional, relacional, intelectual y moral. La criatura es alimentada o vestida pero a la vez es incorporada a una red de relaciones, a una nube de significados, a un mundo de sentido. Cuando en otro momento de su vida la persona vuelve a necesitar cuidados no necesita sólo o ni fundamentalmente que limpien su entorno o colaboren en su alimentación sino, sobre todo, que la ayuden a sostener y seguir desarrollando esa red de relaciones, esa nube de significados, ese mundo de sentido.

(Fragmento de la ponencia presentada en el XV Congreso Nacional de Bioética, en la foto.)

Políticas de cuidados: comunidades que cuidan (guion y ponencia)

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Los servicios de cuidado no aparecían en el Decreto del Estado de Alarma y pocos días después eran la zona cero de la pandemia. ¿En qué quedamos? ¿Son un asunto insignificante o son nuestro principal talón de Aquiles.

Pero empecemos por el principio. ¿Qué son los cuidados (prolongados)? Son una relación (de ayuda) que complementa y potencia la autonomía funcional así como otras relaciones de una persona, con sentido para la persona que recibe cuidados y la que los da. Sin embargo casi siempre nos olvidamos del bien (cuidados) y centramos la discusión política en cómo pagarlo: error.

¿Política de cuidados? Los cuidados no están entre los cinco grandes bienes canónicos de la política social, correspondientes a los cinco grandes males identificados por Beveridge: salud, educación, vivienda, empleo, subsistencia (bienes disfrutables individualmente de importante dimensión colectiva).

¿Por qué? Porque se daba por descontado un suficiente contingente de mujeres que brindarían cuidados como actividad gratuita o barata. Pero la situación ha cambiado: crisis de los cuidados (tormenta perfecta).

Para la crisis de los cuidados, tres diagnósticos (muy parecido al problema de la energía):

  1. Es un problema de que no dedicamos los recursos (que tenemos): problema de voluntad (política).
  2. No, es más complicado: no tenemos los recursos, no tenemos el mix profesional eficiente. Externalizamos, mercantilizamos, globalizamos. Es un problema de escalabilidad. De ponerle precio a todo (como a las emisiones).
  3. No. Cuantos más recursos dedicamos, cuanto más externalizamos, mercantilizamos, globalizamos, es peor, menos proporción de cuidado (tal como lo hemos definido) producimos. Es un problema de sostenibilidad: estamos quemando el tren en el que avanzamos. Estamos al límite o más allá del límite… Problema sistémico, ecológico: las externalidades se reintroducen en la ecuación: y aparece la soledad… Al límite, más allá del límite… De cantidad a cualidad.

¿La política desfigura el cuidado? ¿Estamos al borde del caos, del colapso, de la catástrofe? (Ver capítulo 6 de la serie “El colapso”.)

¿Qué propuestas hay? ¿Qué imaginarios? ¿Qué caminos o ingredientes?

  • La propuesta patriarcal-colonial.
  • La propuesta patrimonial-actuarial.
  • La propuesta corporativa-institucionalizadora.
  • La propuesta doméstica-consumerista.
  • La propuesta tecnológica-futurista.
  • La propuesta (neo)comunitaria-autogestionaria.

Victoria Camps reivindica la ética del cuidado como complementaria de la ética de la justicia y termina su libro sobre los cuidados hablando de la fraternidad. Antoni Domènech (El eclipse de la fraternidad) la entendía como emancipación compartida de personas dependientes, subalternas (como la mayoría de las cuidadas y cuidadoras) ¿Cómo serán las comunidades capaces de producir suficientes cuidados, de garantizaros como derecho y de compartirlos solidaria y sosteniblemente a escala humana?

(Guion para la intervención en el XV Congreso Nacional de Bioética. La ponencia completa puede descargarse aquí. En la foto, Antoni Domènech, fallecido en 2017.)

No sabemos producir cuidados a gran escala

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No sabemos en qué medida y de qué manera es posible articular un modelo adecuado y satisfactorio de cuidados en determinadas condiciones (tormenta perfecta) de longevidad, individualización, ocupación, cambio en los roles de género, dependencia funcional, desigualdad, alojamiento, globalización, urbanización, movilidad, endeudamiento, exclusión u otras como las que estamos viviendo. Nuestras comunidades no saben cómo proporcionar los (o tantos) cuidados de larga duración en el tipo de sociedad que estamos construyendo. Estamos haciendo varios intentos (desde intentar seguir ejerciendo el cuidado familiar (básicamente femenino) tradicional, a veces incentivándolo económicamente, hasta complementarlo o reemplazarlo por cuidado pagado en forma de servicio doméstico o de servicios sociales) pero parece que no nos sale muy bien.

Parece que, cada vez más, sentimos que los cuidados que conseguimos proporcionar son más descuidados. Frecuentemente intuimos que, cuando se produce un buen cuidado, un cuidado de calidad, un cuidado humano y humanizador, no es por nada que hayamos hecho bien políticamente, sino por azar. Parece que, cuanto más nos preocupa el cuidado y más nos ocupamos de él desde la política pública, más síntomas de insatisfacción aparecen. Se diría que la magia del cuidado aparece de la manera más insospechada. Sabemos que sería suicida fiar nuestros futuros cuidados de larga duración a la espiral del don en un marco de reciprocidad familiar intra e intergeneracional con sesgo de género pero, como comunidad política, no tenemos un modelo creíble de ecosistema de cuidados que garantice mínimamente que tengan esa calidad técnica y ese rostro humano.

Parece que desde las políticas sociales sabemos identificar esos movimientos que ya no ejecuta la persona que necesita cuidados y que debe realizar quien le cuida pero, a la vez, sabemos que el cuidado no está fundamentalmente en esos movimientos sustitutivos sino justamente en esa relación de ayuda que no sabemos cómo generar y sostener. Cuando vemos a la nueva cuidadora preparar la merienda para la persona en situación de dependencia, comprobamos que ejecuta los mismos movimientos que la anterior pero descubrimos que allá está sucediendo algo radicalmente diferente, absolutamente intangible, precisamente por el cuidado que le pone a esa preparación de la merienda y en la autorrealización que representa para ella cuidar bien. Pero no tenemos la menor idea de cómo conseguir a escala sistémica ese cuidado, ese valor añadido diferencial que apreciamos con claridad.

Ver la crisis de los cuidados como crisis sistémica supone pensar que la sinergia entre economía capitalista y protección social pública que ha servido para montar el Estado de bienestar que conocemos quizá ha empezado a revertirse en forma de juego de suma negativa. Quizá estamos poniendo al mundo al límite (o más allá del límite) en cuanto a su equilibrio sistémico desde el punto de vista económico, ecológico, emocional, político u otros. ¿Es la crisis de los cuidados un problema de producción de una mayor cantidad de cuidados o se está dando una especie de salto cuántico o salto cualitativo, un paso de la cantidad a la cualidad?

(Fragmentos de la ponencia elaborada para el XV Congreso Nacional de Bioética, próximamente en esta página web.)

Los tres entornos para la profesionalización y escalabilidad de los cuidados de larga duración

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A continuación se quiere presentar un boceto de un posible modelo simplificado (pero quizá de alguna utilidad) para analizar hipotéticas trayectorias de desarrollo y cualificación de los cuidados de larga duración en nuestro país. Se trata de un ejercicio bastante tentativo y especulativo en las categorías que utiliza y notablemente grosero e inexacto en muchas de las cantidades que se anotan, pero se espera que sirva para avanzar un paso en nuestros análisis y reflexiones. Veamos.

Las personas que, de forma más súbita o progresiva, se encuentran en la circunstancia de necesitar cuidados de cierta intensidad, que, previsiblemente, se van a prolongar en el tiempo, pueden encontrar apoyo, fundamentalmente en tres tipos de entorno o espacio: el que denominaremos comunitario, el que podemos llamar doméstico y el que referiríamos como institucionalizado. Los distinguiremos de esta manera (sin fijarnos ahora en situaciones híbridas, intermedias, borrosas u otras):

  1. La persona que está, fundamentalmente, en el espacio comunitario normalmente recibe los cuidados, principalmente, de alguien de su familia, con una diversidad de profesionales de apoyo en segundo plano.
  2. La persona que está, básicamente, en el entorno que llamamos doméstico suele tener como proveedora fundamental de cuidados a una persona a la que paga.
  3. La persona que ubicamos en el espacio institucionalizado recibe los cuidados en el marco de servicios profesionalizados (tendencialmente) residenciales.

Cada uno de esos tres espacios o entornos y sus posibles variantes presenta ventajas y desventajas (costes y beneficios, fortalezas y debilidades, oportunidades y amenazas) en referencia a diversas cuestiones: disponibilidad de recursos, efectos en la calidad de vida de las personas, impacto de género u otros, sostenibilidad (de diferentes tipos) u otras. Nótese que la clasificación se intenta hacer desde la experiencia de la persona receptora de cuidados, sin reparar inicialmente en quién aporta los recursos (quién cubre los costes) y a quién benefician los impactos y retornos.

En números redondos y con brocha gorda, podríamos calcular que de las 100.000 personas que se encontrarían en Euskadi en la situación referida de necesitar cuidados de larga duración se repartirían, respectivamente, en los siguientes grupos: 65.000 (1), 15.000 (2) y 20.000 (3). En cuanto a los recursos profesionales y sus costes, de nuevo en forma impresionista, podríamos asumir que:

  • En el espacio 1 hay una variedad de perfiles profesionales con diferentes cualificaciones (pongamos que hay 5.000 en el equivalente en jornadas completas dedicadas a esta población) y podríamos estar pensando en un coste de esos servicios profesionales de 500 euros por persona destinataria y mes.
  • En el entorno 2 predominan las empleadas domésticas (digamos unas 15.000 personas) y podríamos calcular un coste de 1.000 euros por persona atendida y mes.
  • En el espacio 3 el perfil más frecuente es el de las gerocultoras (calculemos unas 10.000 personas) y podríamos estimar un coste de 2.000 euros por persona usuaria y mes.

Suponemos que todo esto nos da un coste anual en Euskadi de 1.000 millones de euros, repartidos de la siguiente manera: 300 millones (1), 200 millones (2) y 500 millones (1). Según diversas estimaciones, si hoy se estuviera dando respuesta a las necesidades existentes, estaríamos duplicando los costes. Y si calculamos que, en 2040, son 150.000 las personas que estarán necesitando cuidados de larga duración y se habrá producido, además, una disminución del cuidado primario (básicamente familiar) disponible del 50%, tendríamos unos costes en 2040 que cuadruplicarían los actuales, si se quisiera responder a las necesidades.

En función de la capacidad de los diferentes agentes implicados de aportar o lograr recursos y de introducir innovaciones técnicas, tecnológicas, organizativas, sociales y políticas en cada uno y en el conjunto de esos tres espacios, se producirá una evolución u otra de nuestros cuidados de larga duración e irá variando el peso y la configuración de cada uno de esos tres espacios u otros. El boceto de modelo ya sugiere que los esfuerzos y aportaciones tienen consecuencias y generan equilibrios o desequilibrios diferentes en función del espacio o entorno al que se dirijan. Y después viene la pregunta que hizo Josep Pla ante la iluminación de Nueva York: Y todo esto… ¿quién lo paga?

Bibliografía revisada

AYALA, Luis y otras (2021): Economía del Estado de bienestar. Cizur Menor, Aranzadi.

CACHÓN, Elena (2021): “Trabajo de cuidados: tensiones derivadas de su definición, sus regímenes de funcionamiento y su organización social” en Lex Social, número (11)1, páginas 558-586.

EUSTAT (2021): Panorama estadístico de las personas mayores. Vitoria-Gasteiz.

GEROKON (2021): El precio justo: lo que cuesta atender a una persona dependiente en un centro residencial. Bilbao, CEAPS.

MARTÍNEZ, Rosa y otras (2018): La atención a la dependencia en España. Evaluación del sistema actual y propuesta de implantación de un sistema basado en el derecho universal de atención suficiente por parte de los servicios públicos. Estudio de su viabilidad económica y de sus impactos económicos y sociales. Madrid, Fedea.

OPS (Organización Panamericana de la Salud)(2020): Atención integrada para las personas mayores (ICOPE). Guía sobre la evaluación y los esquemas de atención centrados en la persona en la atención primaria de salud. Washington.

SANCHO, Mayte y MARÍNEZ, Teresa (2020): Residencias de personas mayores: ¡no más de lo mismo! Valladolid, Junta de Castilla y León.

WHO (World Health Organisation) (2021): Social isolation and loneliness among older people: advocacy brief. Geneva.

YANGUAS, Javier (2021): Pasos hacia una nueva vejez. Barcelona, Destino.

ZENTZUZ (2021): Cuidadoras migradas: el Sur de nuestro Norte. Vitoria-Gasteiz, Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz.

(Reflexión realizada en el marco del proyecto #ZainLab, uno de cuyos encuentros recientes aparece en la fotografía.)

Economía de los cuidados: ¿hacia una tormenta perfecta?

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De forma aparentemente inexorable nos vamos adentrando en una tormenta perfecta por los cuidados de larga duración.

En nuestro país, la aprobación de la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia (pronto cumple quince años) puede ser vista como un momento significativo en el proceso de toma de conciencia política acerca de ese desafío y, específicamente, para la configuración de un mercado eficiente de cuidados profesionales, pretendidamente dominado por el sector público.

Sin embargo, la realidad social ha tomado claramente la delantera a la política y a la economía y nos encontramos ante un mercado de los cuidados notablemente disfuncional, entre otros factores, por dos:

  • Por la radical insuficiencia de la demanda solvente de cuidados profesionales (sea con dinero privado o público), especialmente en la medida en que el envejecimiento del envejecimiento genera cada vez con más frecuencia costes catastróficos para quienes necesitan cuidados (más difícilmente asumibles, además, en un contexto cultural de histórica desvalorización o devaluación de éstos).
  • Por la enorme y creciente dependencia de la inmigración para las labores de cuidado profesional, lo que somete a esta actividad a mayores riesgos de insuficiencia o  interrupción del flujo de personal cualificado disponible por causas como cambios en la política de inmigración (Vox gana peso al respecto), complicación de los papeleos, situaciones en los países de origen o, sin ir más lejos, una pandemia como la de la covid-19.

Además, estas disfunciones del mercado de los cuidados se producen junto a tensiones similares en nichos de actividad próximos como, por ejemplo, el de los servicios sanitarios, especialmente en la atención primaria de salud (con, por ejemplo, personal de enfermería que “tendría que estar” en los servicios sociales y está en los sanitarios u otro que “tendría que estar” en nuestra sanidad pública y se va a otros países), o en el de la vivienda (un bien que opera frecuentemente como refugio para la inversión en detrimento de su usabilidad).

Por último, estas tensiones, disfunciones, bloqueos y retrocesos en materia de cuidados se dan en un contexto económico y financiero convulso en el que el aumento de liquidez habilitada por las autoridades monetarias podría generar tensiones inflacionistas y los límites ecológicos pueden crear crecientes problemas por el lado de la oferta para un sistema económico basado en el crecimiento de las expectativas, de la demanda, de la productividad y de los recursos, sometido al triple desafío de la transición digital, ecológica y demográfica.

Quienes trabajamos en el desarrollo y la mejora de las políticas públicas de cuidados y para su mayor profesionalización e innovación tecnológica y social debemos incorporar en nuestros análisis estratégicos un conocimiento más profundo de estas dinámicas complejas (a veces endiabladas) de la economía de los cuidados y de la longevidad. Nuestra humanidad se juega mucho en ello en estos momentos y, por ello, no está de más recordar aquella frase que utilizó en su día Bill Clinton: es la economía…

(Reflexiones en el marco del proyecto #ZainLab. En la fotografía una gasolinera británica desabastecida por la falta de transportistas de otros países tras la salida del Reino Unido de la Unión Europea.)

El cráter de los cuidados

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En la superficie terrestre hablamos de cráteres para referirnos a huecos, a espacios vacíos que aparecen por erupciones desde el interior de la tierra, por impactos externos, por movimientos de tierras y, en ocasiones, por razones desconocidas. La metáfora del cráter quizá nos sirva para comprender mejor el momento actual en materia de cuidados profesionales de larga duración.

No cabe duda de que el tejido profesional relacionado con los cuidados está tensionado y parece seguro que se va a tensionar más, mucho más. El problema es cuantitativo (necesitamos más personas de perfiles o cualificaciones que ya existen en gran medida) y cualitativo (seguramente vamos a necesitar nuevos perfiles o cualificaciones). La trama profesional de los cuidados se está rompiendo por varios lados, se están abriendo boquetes cuya dinámica y dimensionamiento nos resulta difícil de conocer y prever. Todo un reto para nuestras políticas de empleo.

Desde diferentes zonas de terreno más o menos firme cercanas al cráter, se ofrecen oportunidades para hacer frente a la situación (aunque también se perciben riesgos de ser engullidas por el cráter). Por ejemplo:

  • Desde diferentes tipos o programas de servicios sociales, como, por ejemplo, la orientación personalizada, la intervención familiar, la dinamización comunitaria, el llamado Servicio de Ayuda a Domicilio, la asistencia personal o los diferentes centros residenciales y sus profesionales más reconocibles (como las llamadas auxiliares o profesionales con perfil técnico con o sin grado universitario, mayor o menor).
  • Desde los servicios y profesiones sanitarias (con formación universitaria o profesional de diferentes grados).
  • Desde el servicio doméstico, con sus alternativas de dignificación, profesionalización o empresarización.
  • Desde el mundo del ocio, el deporte, el turismo o la cultura, con su capacidad de hacerse más accesible, amigable e inclusivo.
  • Desde el ámbito inmobiliario (perfiles profesionales que acompañan y ayudan a las personas en diferentes momentos de su itinerario residencial: desde el diseño de soluciones habitacionales más o menos compartidas o asistidas hasta el día a día de las comunidades vecinales).

Hoy y aquí no tenemos un plan para la reconstrucción, no sabemos cómo vamos a cubrir el cráter, cuántos y qué profesionales estarán en esta economía de los cuidados y la longevidad. Y, seguramente, es difícil avanzar porque las decisiones políticas sobre organización social de los cuidados interactúan con otras sobre, por ejemplo, fiscalidad o inmigración y, en definitiva, con grandes arreglos familiares, comunitarios y sociales de manejo de la diversidad de género, generacional, funcional y cultural.

Más aún, seguramente en los cuidados nos jugamos una frontera de lo humano: ¿Hasta dónde la autonomía? ¿Y las familias? ¿Hasta dónde la profesionalización? ¿Y las comunidades? ¿Y las tecnologías? ¿Y qué familias? ¿Qué profesionales? ¿Qué comunidades? ¿Qué tecnologías? ¿Qué sociedad?

El cráter de los cuidados, sin duda, está haciéndose más grande en la pandemia. Cada día se traga más vidas y haciendas. Y sabemos que no se trata de un problema coyuntural y pasajero sino de la expresión de una falla estructural de la organización social de nuestro capitalismo patriarcal del bienestar. Seguramente no sobra casi nadie, casi ninguno de los agentes implicados hoy en el mundo de los cuidados. Y todos ellos deberán poder transitar bien y con apoyos desde donde están hoy hacia nuevas posiciones. Pero todos ellos están llamados a elevar la mirada para construir estrategias compartidas y poder lograr que, más pronto que tarde, donde hoy se abre un cráter construyamos el terreno seguro y fértil de una sociedad cuidadora.

(Reflexiones en el marco del proyecto #ZainLab.)

Hacia una Euskadi de los Cuidados (e pur si muove)

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¿Son los cuidados nuestro elefante en la habitación? ¿Son ese asunto espinoso en el que estamos pensando pero que preferimos eludir en la conversación? ¿O serán como el elefante de la fábula, que distintas personas perciben de diferente manera según qué parte de su cuerpo estén tocando, al no poder abarcarlo entero? Sea como fuere, en nuestro pequeño país, cabe identificar algunos movimientos, algunas búsquedas, algunos intentos que, ojalá, podamos impulsar y relacionar de manera cada vez más intensa y acompasada, hacia una Euskadi de los Cuidados.

En materia de conocimiento y visión sobre los cuidados, sin duda, hemos de reconocer la deuda de nuestra sociedad con la economía feminista, representada, por ejemplo, por La Colectiva XXK, desde la que comparten saberes Valentina Longo, Silvia Piris Lekuona y Amaia Pérez Orozco. Otros estudios de interés sobre la materia los aporta el SIIS (dirigido por Joseba Zalakain y con investigadoras como Raquel Sanz o Inti Fraile), sin ir más lejos dos bien recientes sobre sostenibilidad del gasto y calidad de la atención. Por otra parte, esperamos con interés la celebración en Vitoria-Gasteiz del próximo Congreso Nacional de Bioética, centrado en los cuidados, cuyo comité organizador está presidido por Marije Goikoetxea, de la Universidad de Deusto. Desde la Universidad del País Vasco, por ejemplo, Matxalen Legarreta participa en el proyecto CUMADE sobre cuidados y género.

Nuestros servicios sociales, obviamente, también están en esa búsqueda, como podía comprobarse, por ejemplo, en las palabras de Sara Buesa en el último número de la revista Grande Place (próximamente disponible en la web), desde la experiencia del Ayuntamiento de Vitoria en la pandemia, con una especial referencia a la sinergia entre los servicios sociales de atención primaria y las redes vecinales de cuidados, mapeadas en este caso por Urbanbat.

En el tercer sector y la economía solidaria podemos fijarnos en las muchas líneas de intervención e innovación del grupo Servicios Sociales Integrados, dirigido por Karmele Acedo y con investigadoras como Clara González o Martín Zuñiga. En este momento, entre otras, cabe destacar su colaboración con la Vicelehendakaritza de Empleo del Gobierno Vasco en el proyecto #ZainLab, que intenta identificar palancas facilitadoras para el proceso de profesionalización de los cuidados y, en general, la economía de la longevidad, con claves de personalización, prevención, proximidad, (re)habilitación, digitalización y comunidad.

En #ZainLab están implicadas, entre otros agentes, las Diputaciones Forales. En el caso de Gipuzkoa, a través de la fundación Adinberri, quien, simultáneamente, está construyendo participativamente la estrategia Hariak, ante las soledades. Esta Diputación, en el marco de su iniciativa Etorkizuna Eraikiz, impulsa proyectos como Pasaia Herri Lab, ecosistema local de cuidados, en el que se imbrican actuaciones de Osakidetza, la Fundacion MatiaOK en Casa, la Fundación HurkoaAdinkide y el Ayuntamiento de Pasaia. En este contexto encontramos aportaciones de figuras de referencia como Mayte Sancho, Iñigo Kortabitarte, Maider Azurmendi, José Ignacio del Pozo, Agurtzane Solabarrieta, Félix Arrieta o Irati Mogollón.

Las políticas de vivienda y urbanismo, por su parte, son fundamentales para la organización social de los cuidados y esto se está teniendo en cuenta, por ejemplo, en los proyectos Opengela de regeneración urbana integral o en la promoción de formatos de vivienda facilitadores de la equidad de género, las relaciones intergeneracionales y la apertura a la comunidad por parte de Viviendas Municipales de Bilbao o del Departamento de Vivienda del Gobierno Vasco, que ha encargado, también, un diagnóstico sobre el modelo de viviendas colaborativas en Euskadi. Arquitectas y urbanistas como María Arana, Naiara Zabala, Ignacio de la Puerta, Elena Pérez Hoyos, Miren Vives, Patxi Galarraga o Arrate Presilla trabajan en esta línea.

Por último, no es posible olvidar el papel de los movimientos sociales, entre los que encontramos, por ejemplo, a Amalan, (Asociación de Madres y Tutoras Cuidadoras de Personas con Gran Dependencia), Emakume Migratu Feministak Sociosanitarias o Irauli Zaintza por citar tan sólo tres. Y se sigue con interés la trayectoria de activistas como Isabel Otxoa, Rafael Armesto, Julio Gómez, Igor Nabarro, Juan Luis Uria o Arantza Basagoiti.

Baste este rápido repaso muy personal de algunas apuestas novedosas o renovadas en materia de cuidados para afirmar, recordando la frase atribuida a Galileo ,que el mundo de los cuidados en Euskadi, “sin embargo, se mueve.” Esperemos que, en el proceso de recuperación pospandémico, la organización social de los cuidados adquiera la centralidad que merece y que la transformación de los dispositivos existentes y la creación de otros nuevos encuentren en las políticas públicas vascas el liderazgo necesario y en la sociedad vasca el acompañamiento imprescindible.

(Información procesada en el marco de un trabajo de consultoría estratégica para el Departamento de Empleo, Inclusión Social e Igualdad de la Diputación Foral de Bizkaia. En la foto, de José Mari Martínez, tomada del diario Deia, posa alumnado y profesorado de una acción formativa del Grupo SSI.)

Algunas lecturas recientes que han acompañado la elaboración de esta entrada:

CAMPS, Victoria (2021): Tiempo de cuidados. Barcelona, Arpa.

CHRISTENSEN, Karen y PILLING, Doria (2020): “Introduction” en CHRISTENSEN, Karen y PILLING, Doria (edición): The Routledge Handbook of Social Care Work Around the World. Abingdon, Routledge, 1-12.

DONATI, Pierpaolo (2020): “Diritti sociali e welfare relazionale” en MORUZZI, Mauro y PRANDINI, Riccardo (cuidado): Modelli di welfare. Una discussione critica. Milano, Franco Angeli, páginas 77-112.

ETXEBERRIA, Xabier (2020): Dependientes, vulnerables, capaces. Receptividad y vida ética. Madrid, Los Libros de la Catarata.

LEICHSENRING, Kai (2021): “Applying ideal types in long-term care analysis” en ASPALTER, Christian (edición): Ideal types in comparative social policy. Abington, Routledge, páginas 187-206.

MARTÍN PALOMO, María Teresa (2016): Cuidado, vulnerabilidad e interdependencias. Nuevos retos políticos. Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

SPC (Social Protection Committee) y EC (European Commission) (2021): 2021 Long-Term Care Report. Luxemburg, European Commission.