Cuidarnos en comunidad: políticas de cuidados

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(esquema con enlaces, para la conferencia de esta tarde)

Cuidados

Elección del término y marco, en lugar de otro (dependencia, servicios sociales, conciliación, envejecimiento, silver economy u otros)

Mirada feminista, interseccional y pospandémica (crisis, cadenas y colapso)

Conceptualización

Arquetipo: cuidado de criaturas y legado social

Ingredientes: funcionamiento, relación, empoderamiento, humanización

Cuidado como derecho

Dimensionamiento

Entre los cinco primeros desafíos hoy y aquí

Tormenta perfecta: longevidad de baby boomers con complejidad, estructura y dinámica familiares, cambio en reciprocidad intergeneracional ascendente, estructura habitacional, movilidad, desigualdades.

2040: ¿cuadruplicar la envergadura?

Modelo implícito actual

Infancia: permisos y escuela

Cuidados de larga duración: pensión contributiva, patrimonio inmobiliario y suerte (y, si no hay suerte, servicios sociales)

Diseño: diferenciación e integración intersectorial

Disfunciones crecientes en la interfaz salud-servicios sociales

Escenarios:

Elementos: atención, prescripción, gestión, financiación

Tipos: caótico, corporativo, consumerista y comunitario (valoración)

Política de cuidados, política con mayúsculas

¿Vivienda juvenil, cuidado de mayores?

¿Impuesto de sucesiones o nueva contingencia de la Seguridad Social?

Afecta al núcleo del contrato social

Comunidad

Qué es

Reflexiones pandémicas

Margen para la ingeniería social

Vulnerabilidad y sostenibilidad basada en la proximidad

Soledad emocional y existencial

Imaginando una comunidad cuidadora: circular, próxima, diversa, densa, intergeneracional, anidada

Espacios transicionales, tenencias intermedias, viviendas colaborativas

Tecnología digital de la asistencia, la información y las relaciones.

Servidoras públicas y agentes de la comunidad a pie de calle

Política pública participativa, misional, exploratoria, experimental y basada en la evidencia

Búsquedas emergentes, experiencias piloto, ciencia ciudadana, lanchas rápidas

Mirada, definición, instrumentos y contexto de una política de cuidados

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Mirada

La mirada es crucial. ¿Por qué la mirada política que construyó el Decreto de declaración del estado de alarma de 14 de marzo de 2020 identificó decenas de actividades (en un sentido u otro) pero no las residencias de mayores ni, en general, los servicios sociales (que, sin embargo, en pocos días se convirtieron en foco de atención)? Para ver bien en materia de cuidados cabe proponer una mirada:

  • Feminista, para poder ver la crisis de los cuidados.
  • Interseccional, para poder ver las cadenas globales de cuidados.
  • Pospandémica, para poder ver el colapso relacional como uno de los posibles colapsos a los que nos acercamos.

Definición

Sin perjuicio del movilizador uso metafórico de la palabra “cuidado”, las políticas de cuidados necesitan acotar u operativizar con precisión las actividades que se consideran cuidados. La complementación externa de la capacidad funcional autónoma para la decisión y ejecución de las Actividades (básicas, instrumentales y avanzadas) de la Vida Diaria puede ser una definición de consenso, siempre y cuando comprendamos la naturaleza emocional y relacional y el necesario carácter humanizador del cuidado.

Instrumentos

Posiblemente el modelo implícito de cuidados de larga duración con el que operan relevantes y determinantes capas y actores sociales en nuestro entorno se basa en una combinación de dinero (fundamentalmente pensiones), patrimonio (sobre todo vivienda) y suerte (con la salud y la familia), con un papel residual, no deseado y racionado de unos servicios sociales de bajo valor añadido como plan B. Podría decirse que es un modelo arraigado pero, como tal, insostenible.

Contexto

La deseable configuración de una política universal y estratégica de cuidados profesionalizados de enfoque comunitario, impacto preventivo y base tecnológica que nos aleje del caos deshumanizador es, seguramente, una compleja operación de ingeniería e innovación institucional, política y social de la mayor envergadura, tiene alcance civilizatorio y se sitúa en el corazón de un cambio significativo en el contrato social de clase, de género e intergeneracional, con imprescindible afectación de la fiscalidad y de la propiedad de la vivienda y el territorio.

(Resumen de la intervención realizada ayer en el congreso de la Red Española de Política Social. Antes de esta intervención, compartida en una mesa con Raquel Martínez Buján, Maite Martín Palomo, Penélope Castejón y Félix Arrieta, pudimos disfrutar, como se ve en la fotografía, de la conferencia de Joan Claire Tronto, que nos habló de su propuesta de caring democracy.)

En busca de nuevos modelos de cuidados

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Hay que poner cuidado al hablar de los cuidados. Es un asunto delicado, que está provocando mucho sufrimiento a muchas personas que necesitan cuidados o que los proporcionan. Es, probablemente, una de las cuatro o cinco heridas principales de nuestra sociedad. No podemos hablar descuidadamente de los cuidados y, seguramente, para hablar cuidadosamente de los cuidados, nuestra mirada ha de ser necesariamente feminista e interseccional. Feminista porque, como nos ha mostrado y muestra el feminismo, es tremendo el sesgo de género en el reparto de ese sufrimiento del que hablábamos. Interseccional porque ese sesgo de género se imbrica con otros relacionados, por ejemplo, con la edad, la capacidad o el origen, en un contexto de graves desigualdades en el acceso al ejercicio de derechos de las personas. Además, es posible que la crisis de los cuidados y las cadenas globales de cuidados sean señales de un futuro colapso relacional.

Para hablar con cuidado de los cuidados y de su abordaje desde las políticas públicas, ciertamente, necesitamos operativizar el concepto de cuidados. Para eso nos resulta útil referirnos a las Actividades de la Vida Diaria (básicas, instrumentales y avanzadas) y comprender que, en la mayor parte de las personas y de los momentos de la vida, el cuidado es autocuidado, porque para cuidar, en principio y en general, no hay que tener ninguna cualificación especial. Los cuidados complementan la capacidad funcional de la persona que los recibe y, bien realizados, tienen una dimensión habilitadora, una dimensión relacional y, en definitiva, una dimensión humanizadora.

Identificamos, telegráficamente, algunos nudos o disyuntivas para la política pública sobre cuidados:

  1. ¿Abordamos los cuidados todos juntos o por partes (separando, por ejemplo, el cuidado de las criaturas de los cuidados de larga duración)?
  2. ¿Cuánto viene condicionada la política sobre cuidados por la política de vivienda y urbanismo?
  3. ¿En qué medida y cuándo ofrecer servicios, dinero o tiempo liberado?
  4. ¿Cabe una Intervención poblacional (comunitaria) al respecto de los cuidados?
  5. ¿Utilizamos los principales dispositivos existentes (dinero compensatorio, servicios educativos, servicios sociales) u otros dispositivos menos utilizados (cheques-servicio, desarrollo comunitario, tecnología u otros)?
  6. ¿Cuál es el lugar y la articulación de la prescripción facultativa en los cuidados?
  7. ¿En qué medida ofrecer sólo cuidados y en qué medida ofrecer a la vez otros apoyos o intervenciones (por ejemplo, rehabilitación o asesoramiento a las personas cuidadoras)?
  8. ¿Cuál es el lugar del servicio doméstico en la política sobre cuidados?
  9. ¿Cómo formulamos el derecho al cuidado? ¿Únicamente en referencia a la autonomía o capacidad funcional de la persona o teniendo en cuenta también si dispone de apoyos primarios.
  10. ¿Cuáles serían, junto a los cuidados, los componentes de un nuevo contrato social intergeneracional? ¿Fiscalidad sobre la herencia? ¿Otros impuestos? ¿Dependencia como contingencia cubierta por la Seguridad Social contributiva?

Sobre estas y otras cuestiones hablaremos hoy, 16 de marzo de 2021, a partir de las 16 horas en el congreso de la Red Española de Política Social en la Universidad de Deusto (Bilbao) y a través de Internet (siendo posible la presencia de público en la universidad y el acceso libre a través de youtube).

La trama oculta del cuidado

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Un virus recorre el mundo y ataca a nuestros cuerpos. Se genera información y sabemos cuántas personas enferman y mueren. Se nos comunica también el número de las que quedan desempleadas, cómo se ve alterada la producción, qué sucede con la bolsa. Vamos procesando datos sobre cómo se van viendo afectadas diferentes estructuras y sistemas que hacen posible (o no) la vida.

Ahora, sin embargo, pensemos en la hermana que fregó la taza del café que hizo sentirse mejor a esa persona enferma. O la manera discreta en que le dejó su vecina la bolsa de la compra en el felpudo. O en las canciones que cantó ese hombre a su hija para que no se durmiera antes de que su madre, médica, llegara de trabajar. O sobre el esfuerzo de esa auxiliar de servicios sociales para acompañar a aquella persona con demencia desorientada en el confinamiento. Y sumemos.

Las industrias de la salud y los sistemas sanitarios nos están apoyando en esta pandemia. Como lo están haciendo las agricultoras y las cadenas de distribución de alimentos. Internet nos está dando soporte en nuestras relaciones. Como nos disciplinan (o no) los gobiernos y parlamentos. Y todo eso lo vemos cada día en los informativos de la televisión.

Pero hay otra trama, quizá más oculta, que nos está sosteniendo, en la salud y en la enfermedad, en la vida cotidiana. Es la trama invisible del cuidado. Son millones de actos humildes, fugaces, muchas veces automáticos. Actos realizados por hombres y, sobre todo, por mujeres, frecuentemente, como la cosa más normal del mundo. Pero sin esos actos, otros no serían posibles. Si el dormitorio no hubiera sido limpiado, la médica no podría entrar en él. Si no hubieran llamado a aquella persona desde los servicios sociales, no se hubiera conocido su situación de soledad no deseada. Si esa comida no hubiera sido preparada con cariño, se habría quedado en el plato. Si nadie me hubiera ayudado a levantarme, a estas horas seguiría en la cama.

Sabemos qué sistemas económicos, administrativos o tecnológicos están en riesgo de colapso. Pero quizá no tenemos forma de conocer cuánta tensión está soportando la trama invisible del cuidado, cuántos hombros están aguantando ese peso, cuanto sufrimiento van acumulando las personas que nos están cuidando. Cómo se desploman de cansancio las cuidadoras, cuándo lloran de impotencia, si enferman o mueren.

Cuando necesitamos cuidados y tenemos la suerte de que nos cuiden nos está sujetando la trama invisible del cuidado, una que, a su vez, debe ser soportada desde la política, la economía y la cultura. No podemos seguir esquilmando estos recursos, no debemos seguir dando tan por descontado que habrá hombres y, sobre todo, mujeres que nos seguirán cuidando gratis o barato. Hemos de reconocer en mayor medida, individual y colectivamente, moral y materialmente, el inmenso valor de los cuidados.

Quizá, aprovechando que, a veces, en nuestra radical vulnerabilidad física y emocional, nos damos cuenta de que somos poco más que la mano que nos sostiene.

El cuidado como bien universalmente necesario y radicalmente humanizador

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En una definición sencilla y sin muchos matices, podemos llamar cuidado a la realización para y con otra persona de actividades de la vida diaria necesarias para su supervivencia que dicha persona no puede efectuar sola por y para sí misma. Todas las personas necesitamos ser cuidadas en diferentes épocas y momentos de nuestra vida, lo cual nos habla de la radical interdependencia entre los seres humanos.

La crisis global de cuidados es, sin duda, uno de los fenómenos fundamentales y definitorios de la época que nos ha tocado vivir. Esta crisis podría definirse como la situación en la cual las dinámicas y sistemas de cuidados de los que disponían nuestras sociedades se revelan, cada día más, como radicalmente insuficientes, disfuncionales e injustos. Insuficientes porque la necesidad y demanda de cuidados desborda, con mucho, las capacidades de cuidado efectivamente disponibles. Disfuncionales, porque, frecuentemente, las lógicas y modelos de cuidados existentes desencadenan efectos no deseados en las personas que reciben cuidados, las personas que cuidan y el conjunto de la sociedad. E injustos, porque la carga de los cuidados (de necesitarlos y de proporcionarlos) se reparte de manera inequitativa en términos de género, clase social, origen geográfico u otras características o situaciones de las personas.

Quienes necesitamos cuidados o cuidamos y, en general, las personas preocupadas, política, profesional o socialmente, por los cuidados debemos esforzarnos por lograr que este asunto suba puntos en las agendas políticas, tal como, durante décadas, vienen reclamando movimientos feministas o relacionados con la diversidad funcional, entre otros. Para ello, es fundamental establecer y precisar bien los términos del debate y comprender adecuadamente en qué sentido y con qué alcance puede hablarse del cuidado como un bien público o de otros tipos.

Hablar del cuidado como un bien público supone reconocer que el ejercicio de los cuidados, hoy y aquí, requiere infraestructuras, estructuras, conocimientos, normas y valores que sólo el Estado, que sólo los poderes públicos pueden construir, sostener y legitimar. Supone, seguramente, darnos cuenta de que la construcción de comunidades cuidadoras requiere de una ingeniería social de tal calibre que sólo los poderes públicos, en el mejor de los casos, tienen a su alcance la capacidad de diseñarla, la autoridad para sostenerla y los mecanismos para que funcione.

Sin embargo, las políticas públicas de cuidados no pueden desconocer que los cuidados son, en primera y última instancia, un bien relacional. En la versión del ser humano que conocemos hasta el momento, este ser sólo deviene humano si es cuidado por otros seres humanos que lo aman y esa esencia humana relacional está inscrita para siempre en las personas, tengamos la autonomía funcional que tengamos en cada momento de nuestra vida. Es obvio que, en la dinámica de cuidados, podemos y debemos incorporar tecnologías de apoyo, digitales, organizativas, políticas u otras, pero éstas están ética y políticamente obligadas a configurar cuidados que, además de verdaderamente universales, sean humanizados y humanizadores.

(Reflexiones tras el Diálogo Regional de Políticas organizado en Washington por el Banco Interamericano de Desarrollo los días 12 y 13 de noviembre de 2019.)

Cuatro encuadres para el desafío de los cuidados

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El reto de los cuidados en nuestra sociedad puede describirse como el de un incremento de la demanda agregada de cuidados, es decir, como un aumento del número de personas que piden (o para las que se piden) cuidados: como un crecimiento del número de horas de cuidado demandado, en función de las limitaciones para el autocuidado que las criaturas, las personas mayores u otras personas presentamos. Desde ese encuadre, se suelen plantear disyuntivas más prácticas (por ejemplo, entre servicio doméstico y servicios sociales) o más políticas (entre aseguramiento público o régimen de mercado, por ejemplo).

Un segundo marco, sin desconocer el aumento cuantitativo de la demanda de cuidados, pone el énfasis, desde una perspectiva cualitativa, en el incremento de su complejidad. Desde esta perspectiva, se subrayará que los cuidados serían una materia en la que, además o por encima del juego de la oferta y la demanda, debe haber un análisis técnico y profesional y una política pública que permitan identificar y atender las necesidades. En este plano se movería, por ejemplo, buena parte del discurso, las prácticas y el debate “sociosanitarios”.

En un tercer encuadre, sin desconocer la creciente cantidad y complejidad (singularmente, intersectorial) de los cuidados demandados o necesarios, se mira a los cuidados, en primera instancia, como bienes relacionales, es decir, como parte de las relaciones primarias de reciprocidad en las que participamos todas las personas. Más y antes que cuidados profesionales sustitutivos o sucedáneos, se reclamarían apoyos para el ejercicio pertinente del autocuidado y los cuidados primarios. Aquí encajaría, por ejemplo, la agenda de transformación innovadora de los servicios sociales en clave preventiva, personalizada, digital y comunitaria.

Desde una cuarta mirada, por último, se vería nuestra actual crisis de cuidados como una expresión de un problema sistémico de insostenibilidad relacional de la vida. La pregunta sería cuánta destrucción o carencia de relaciones primarias (familiares y comunitarias) podemos soportar sin arriesgarnos gravemente a mutaciones sociales y humanas incontrolables. Desde esta mirada, se plantearía el reto de una nueva integración vertical y horizontal de los servicios de bienestar y las políticas públicas, en un proceso de construcción de un nuevo modelo social para el buen vivir corporal y digital, territorial y globalizado.

(Entrada elaborada para Marije Goikoetxea, resumiendo, precisando y conectando una intervención en el congreso de Zahartzaroa. De estas y parecidas cosas hablaremos el 23 de mayo, en Valladolid, con Cáritas de Castilla y León y el 25 de mayo, en Murcia, con los colegios profesionales de psicología y educación social.)

Coordenadas sobre los cuidados

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En la expresión “crisis de los cuidados”, estamos hablando, específicamente, de aquellos cuidados que, para la mayoría de las personas del mundo, son realizados por ellas para sí mismas, es decir, que toman la forma de autocuidado. Hay muchas personas que (por su corta edad, a causa de enfermedades, de accidentes o por otras razones) presentan limitaciones funcionales para el autocuidado que hacen que necesiten recibir cuidados. A todas las personas nos sucede esto en diferentes etapas o momentos de nuestra vida.

En la mayoría de culturas y sistemas de organización social del mundo se entiende que quienes en primer lugar estamos llamadas a ofrecer esos cuidados somos las personas que tenemos un vínculo primario con la persona que necesita cuidado, entendiendo por vínculo primario aquella relación de carácter familiar o, en general, comunitario que se construye en los procesos de socialización primaria. Dado que el cuidado primario (o familiar y comunitario) es el primero, fundamental y mayoritario, no parece adecuado denominarlo por lo que no es.

Al interior de las familias y comunidades hemos de denunciar y superar la enorme inequidad de género que se produce en la mayoría de lugares en la organización de los cuidados primarios. Por otro lado, los ecosistemas familiares y comunitarios no son, normalmente, autosuficientes para asumir todo el trabajo de cuidado que requieren sus miembros y se necesitan otros cuidados y apoyos que, lógicamente, han ido profesionalizándose y que deben ser brindados en la esfera del Estado de bienestar (como derecho social) y que también son ofrecidos en el mercado o por parte de la iniciativa social.

En los sistemas públicos de bienestar (y en la correspondiente organización de los sectores de actividad económica) suele haber una rama (en España, los servicios sociales; en otros lugares social care, bienestar familiar, action sociale, sistema de cuidados u otros), diferente de la sanitaria, que es la competente (con sus diferentes profesionales, también sanitarias) para evaluar la capacidad de autocuidado de las personas y la disponibilidad de cuidados y apoyos primarios con la que cuentan éstas, de cara a prescribirles y proponerles a las personas (o a quienes legítimamente las representen) los cuidados profesionales u otros apoyos que puedan estar indicados para ellas.

A la hora de prescribir y proponer esos cuidados y apoyos profesionales, es objetivo fundamental el de potenciar en lo posible la capacidad de autocuidado de la persona y la capacidad de cuidado primario de su red familiar y comunitaria, es decir, buscar sinergias entre autocuidado, cuidados primarios y cuidados profesionales y otros apoyos. Los servicios sociales (o equivalentes) están llamados a mejorar su conocimiento y tecnología de diagnóstico e intervención para ser cada vez más capaces de actuar de forma preventiva y proteger y potenciar los activos personales, familiares y comunitarios para el cuidado. En muchos casos, la complejidad de los casos hace necesaria una atención integrada (integrated care) intersectorial, especialmente entre servicios sociales, sanidad y vivienda. Contamos con valiosos marcos de referencia de la OMS, la OCDE o la UE para esta integración intersectorial (complementaria de la que ha de darse al interior de cada ámbito sectorial).

(Compartido de cara al Seminario de Innovación en Atención Primaria de Salud cuyas sesiones presenciales tendrán lugar en Lleida los días 10 y 11 de noviembre de 2017.)

Servicios sociales y apoyo al cuidado familiar: el mundo al revés

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Tras una inmersión en la normativa española de servicios sociales, no parece aventurada la afirmación de que el tratamiento del apoyo al cuidado familiar (y, en general, primario) de las personas con limitaciones funcionales es manifiestamente mejorable, ya que, desde nuestro punto de vista, en términos generales, en ella:

  • No se identifica adecuadamente el carácter primario y funcionalmente insustituible del cuidado familiar (y, en general, comunitario) en la vida de las personas con limitaciones funcionales.
  • Apenas se captura la diversidad y complejidad de dimensiones y vertientes del cuidado, que puede afectar a funciones que van desde la realización mecánica de movimientos hasta la toma de decisiones clave; que puede suponer desde hacer algo por la persona a ayudarle a que lo haga; que puede comportar desde custodiar a la persona que presenta limitaciones en la gestión de riesgos hasta asistirle en la asunción de algunos de ellos; que puede realizarse en el domicilio o fuera de él; y así sucesivamente.
  • No sé perfila correctamente el papel de los servicios sociales profesionales en el diagnóstico, protección y potenciación de los cuidados primarios de los que dispone o puede disponer una persona que tiene o puede llegar a tener limitaciones funcionales.

Cabría decir que, en muchos momentos, nuestra normativa bascula entre dos ideas igualmente extravagantes: la de la excepcionalidad del cuidado primario (chocante de forma especial en nuestro entorno social y cultural) y la de su equivalencia funcional con el cuidado profesional (que podría, por tanto, sustituir o reemplazar el cuidado primario). En lugar de producir escenarios y formatos de sinergia entre el cuidado primario y el cuidado profesional (y, obviamente, el autocuidado), nuestra normativa tiende a verlos y construirlos en una suerte de juego de suma cero en el que o bien parece ignorar el cuidado familiar y comunitario o bien, paradójicamente y en un mundo al revés, lo configura como un sucedáneo del cuidado profesional en el que se pseudoprofesionaliza a la persona que cuida mediante un peculiar esquema de derechos (fundamentalmente a cobrar una cierta cantidad de dinero) y obligaciones (en términos, básicamente, de dedicación, tendente a exclusiva) que fabrica el imaginario de que el llamado “cuidador no profesional” es alguien que, con gran disponibilidad pero baja cualificación, hace algo que haría mejor una persona profesional con su correspondiente cualificación (pero que resulta muy costosa).

En nuestra propuesta para los servicios sociales las capacidades de autocuidado (y, en general, la autonomía funcional de las personas) y las relaciones primarias de cuidado y apoyo se configuran como el bien que deben proteger y promover los servicios sociales y, por tanto, el cuidado familiar y comunitario de las personas con limitaciones funcionales debiera beneficiarse, en primer lugar, de toda una serie de productos de apoyo e intervenciones profesionales generales, para después, en muchos casos, hacerlo de prestaciones o ayudas específicas, sin excluir, desde luego, las económicas orientadas a incentivar el cuidado familiar y, en general, favorecer la conciliación entre vida familiar, laboral y personal.

Frente a un modelo social, de sistema de bienestar y de servicios sociales que construye, potencia y que (muchas veces hipócritamente) entroniza la figura de una cuidadora familiar todoterreno de altísima disponibilidad (que es un modelo de cada vez más alto riesgo para la persona cuidada, para la persona cuidadora y para la sociedad, por su insostenibilidad), es cada vez más urgente asumir que nos hallamos ante una crisis de cuidados que obliga a reformular el contrato social en busca de un ejercicio cada vez más libre, distribuido, responsable y humanizador del cuidado primario, lo que exige un reforzado y renovado papel de los servicios sociales.

(Tomado y adaptado del final del artículo “El apoyo al cuidado familiar en la normativa de servicios sociales” que puede descargarse completo aquí.)

Un cuidado primario deseado, adecuado, distribuido y apoyado

Cuidado

La intensa vulnerabilidad y dependencia funcional que nos caracteriza a los seres humanos al nacer y en los siguientes años y, también, en otros muchos momentos y etapas de nuestra vida llama, en primera instancia y de forma bastante universal, al cuidado primario, es decir, a la compensación y complementación de nuestras limitaciones para el autocuidado por parte de aquellas personas con las que tenemos vínculos relacionales de carácter familiar y comunitario: aquellas personas comprometidas con nosotras en clave de don y en dinámica, en principio, de reciprocidad a largo plazo.

Este cuidado primario ha de ser deseado. Deseado, en primer término, por la persona que recibe los cuidados. Lógicamente, hay casos, como el de la criatura recién nacida, en los que no es aplicable esta primera característica; pero sí lo es, lo debe ser, en la mayoría de los casos y por ello, en previsión de que podamos perder la capacidad de pensarlo o expresarlo, es conveniente que pensemos y expresemos anticipadamente cómo nos gustaría ser cuidadas llegado el caso. Por otra parte, el cuidado también ha de ser deseado, libremente, por la persona que cuida.

La segunda característica que proponemos para el cuidado familiar y comunitario es que sea adecuado, es decir, complementario y sinérgico con el autocuidado, con la capacidad de la persona que recibe cuidados para realizar (y para decidir realizar) las actividades de las que sea capaz. Las personas de la familia o la comunidad que cuidamos a alguien debemos respetar y potenciar su autonomía funcional y, especialmente, su autodeterminación decisional.

Propugnamos, en tercer lugar, un cuidado primario distribuido. La experiencia de las personas que cuidan a sus personas allegadas y la evidencia obtenida por la investigación coinciden en apuntar a la conveniencia de construir redes de cuidado primario en las que, si bien es frecuente y, en muchas ocasiones, interesante que exista una persona cuidadora principal, es del todo punto, inconveniente y, finalmente, insostenible la sobrecarga de ese nodo de la red. Quizá, a veces, cuando promovemos el merecido reconocimiento social a las personas que brindan cuidados primarios, contribuimos involuntariamente a reforzar el problemático prototipo de la persona cuidadora “sola ante el peligro”.

El cuidado primario, por último, ha de ser un cuidado apoyado, es decir complementado y potenciado por cuidados y otros apoyos de carácter profesional prescritos y proporcionados por personal de los servicios sociales y de otros ámbitos sectoriales. Las personas que necesitamos cuidados y las personas que proporcionamos cuidados primarios debemos ver reconocido efectivamente nuestro derecho a recibir los productos de apoyo, prestaciones técnicas y servicios personales pertinentes, en función de nuestras necesidades y en el entorno comunitario deseado.

La apuesta por un cuidado primario deseado, adecuado, distribuido y apoyado nos coloca ante una exigente agenda estratégica de cambio de la realidad actualmente existente, realidad atravesada por una creciente crisis de cuidados que representa una amenaza, muchas veces ya cumplida, para la sostenibilidad de nuestra vida en común. La apuesta por un cuidado primario deseado, adecuado, distribuido y apoyado es un componente fundamental de la construcción de la equidad y el buen vivir.

A vueltas con los cuidados

Cuidados

Cabe decir que necesitamos cuidados en la medida en que, por no haber alcanzado o por haber perdido (de forma temporal o permanente) una cierta autonomía funcional, otras personas han de colaborar con nosotras (o incluso sustituirnos) en la realización (o en la decisión de realización) de determinadas actividades de la vida diaria.

Podría señalarse que con los cuidados se da una situación paradójica. Por una parte, diríamos que su ejecución no resulta especialmente compleja y, precisamente por ello, la mayor parte de las personas no necesitamos cuidados por parte de otras personas en la mayor parte de los momentos de nuestra vida, es decir, mayoritariamente el cuidado es autocuidado.

Sin embargo, por otra parte, los cuidados son indispensables para nuestra supervivencia, resultan críticos para nuestra seguridad, son fundamentales para nuestra dignidad, afectan radicalmente a nuestro proyecto de vida, de modo que su garantía es esencial y, por ello, en tanto en cuanto nuestras limitaciones funcionales afecten a nuestra capacidad de hacernos cargo de ellos, con las consiguientes decisiones libres, nuestra vulnerabilidad (el riesgo para todo aquello que en nosotras valoramos) crece, seguramente, de forma exponencial.

Quizá esa paradoja de la relativa sencillez y la importancia profunda de los cuidados haya contribuido (junto a otros factores abordados en otras ocasiones) a su invisibilidad y desvalorización en nuestra sociedad, invisibilidad y desvalorización que, cada día más, amenazan la sostenibilidad de nuestra vida individual y colectiva.

De ahí la urgencia de asumir, individual y colectivamente, la responsabilidad de los cuidados. En primer lugar, incrementando nuestra (mi) capacidad de autocuidado actual y futuro, preparando nuestros recursos, tecnologías, entornos y sistemas de vida para depender lo menos posible de otras personas. En segundo lugar, construyendo relaciones primarias y lazos solidarios en los que tengan cabida y sentido los cuidados recíprocos o comunes (libres y deseados, distribuidos y equitativos) entre quienes compartimos proyectos vitales. Y, en tercer lugar, reinventando y fortaleciendo un sistema público de protección social verdaderamente eficaz y justo que garantice el derecho de todas las personas a los servicios sociales profesionales y a la atención integrada e integral que reclaman nuestras necesidades de cuidado.

(Reflexiones en la preparación con Pilar Kaltzada del próximo aniversario de Servicios Sociales Integrados y con Demetrio Casado de un próximo artículo para la revista Políticas Sociales en Europa.)