Exclusión social en España: así la estamos haciendo y así nos va quedando

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La exclusión social es un proceso complejo en el cual algunas personas se van viendo privadas de la oportunidad (mejor dicho, del ejercicio del derecho) de disfrutar de algunos bienes de primera necesidad para su supervivencia, desarrollo y bienestar: bienes como el alimento, la atención sanitaria, las relaciones, el alojamiento, el medio ambiente, la seguridad, el espacio público, la educación o la participación. En diferentes lugares y épocas históricas la exclusión social ha funcionado en distintas medidas y de diversas maneras. En España en estos momentos, en números redondos, podemos decir que un 25% de la población se encuentra en una situación de exclusión social (según el indicador denominado AROPE). En las personas menores de 16 años esa tasa es el doble que entre las personas mayores de 65 (más o menos 30 y 15, respectivamente).

En una sociedad tan mercantilizada y monetizada como la nuestra (es decir, en la que el dinero es el medio para acceder a muchos de los bienes mencionados) es interesante fijarse en los ingresos de las personas para conocer las características y dinámicas de la exclusión social. En España la renta media de los hogares está alrededor de los 30.000 euros al año en números redondos. Pues bien, el 10% más rico triplica esa renta media, mientras que el 10% más pobre viene a recibir un 20% de esa cantidad y el siguiente 10% (decil), un tercio, más o menos. Podríamos cifrar en un 5% las situaciones de severidad y gravedad y, por los estudios hechos en este siglo, sabemos que en este período se enquista la exclusión social y la desigualdad aumenta, sobre todo porque las personas pobres se hacen más pobres.

Si seguimos de abajo hacia arriba, las personas del siguiente 20%, el que queda sobre el 20% más pobre mencionado, no llegan a recibir dos tercios de la renta media. Por el lado de arriba, sólo un tercio de la población, aproximadamente, estaría por encima de la renta media. Se percibe por tanto la hace tiempo descrita “sociedad de los tres tercios”, en la que las franjas que no están en exclusión social pero que están cerca se sienten (con razón) inseguras, saben que no están tan lejos de esa situación, se saben poco protegidas frente al riesgo de caer en una situación de exclusión social. Por cierto, el que personas en situación de exclusión social presenten un perfil de severidad, gravedad o complejidad no quiere decir que no estén atendidas o controladas de algún modo por varios servicios públicos y profesionales diversos.

¿Y qué es lo que protege al tercio de arriba de entrar en un proceso de exclusión social? Obviamente sus ingresos pero lo que se está observando en nuestra economía (en buena medida, directa o indirectamente, por la digitalización) es que las rentas de capital crecen más que las rentas del trabajo. Es el denominado “efecto Mateo”: al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará (España, por su sistema de protección social tan contributivo, ya era desde décadas atrás muy de efecto Mateo). En esta economía se incrementa la probabilidad de que quien disfruta de bienes (vivienda, papeles, empleo, ahorros, relaciones, pensión, conocimiento, Internet u otros) obtenga todavía más y, sin embargo, quien carece de ellos, lo tenga todavía más difícil. Por eso se dice que en nuestra sociedad se ha averiado el “ascensor social”.

Además es una sociedad más compleja, en la que se incrementan los mecanismos de inclusión y exclusión, las oportunidades y las amenazas. Esa es una de las razones por las que las personas que trabajan con personas en situación de exclusión social hablan de la diversificación (e incluso sofisticación) de sus perfiles y la mayor aparición de factores de exclusión relacionados con la situación administrativa, con la vivienda, con los cuidados, con las competencias y recursos digitales, con la soledad u otros (además de los más tradicionales como el dinero, el empleo o la familia). Sigue siendo claro, en todo caso, el sesgo de género y de origen.

En este tipo de sociedad que estamos construyendo, la fragmentación o desvinculación social (incluyendo la segregación territorial) dificulta formas anteriores de generación de comunidad o solidaridad y más bien se facilitan comportamientos del tipo “sálvese quien pueda”, por rechazo hacia las personas excluidas de las que otras nos sentimos distantes o precisamente por el miedo que se nos mete a que podamos acabar como ellas. Si decimos, por ejemplo, que el precio del alquiler de la vivienda está siendo uno de los factores exclusógenos principales en esta sociedad, habrá que recordar que el 90% de los 2,5 millones de viviendas en alquiler está en manos de particulares, que deciden qué renta cobrar. O que son pequeños empleadores (micropymes) o los propios hogares (en el trabajo doméstico) las principales fuentes de precariedad laboral, ya que más de la mitad de los aproximadamente 3 millones de personas que no llegan a mileuristas trabajan en empresas de menos de diez personas, que representan menos de un tercio de la capacidad instalada, y, del aproximadamente medio millón de personas que hacen trabajo doméstico, sólo una décima parte tiene condiciones laborales similares a las del resto de trabajos. Todo ello, por cierto, tiene mucho que ver con el tipo de tejido productivo español, de relativamente bajo valor económico añadido.

Es decir, no son sólo las decisiones y actuaciones del 1% o del 10% más rico (al consumir, al relacionarse, al pagar impuestos, al ahorrar, al trabajar, al votar) las que construyen una sociedad tan estructuralmente excluyente, sino que es imprescindible la colaboración de personas situadas en las siguientes franjas (más acomodadas o más inseguras). Sin duda han de ser poderosos los mecanismos (económicos, comunicativos, legales, laborales, policiales u otros) para conseguir que tantas personas conspiren (o conspiremos) contra los que teóricamente serían sus (o nuestros) intereses (como el de lograr una menor desigualdad). Más y más personas participamos en la construcción colectiva de un país (y de un mundo) excluyente.

La pretensión de estas líneas, de todos modos, no es tanto la de hacer un llamamiento moral al compromiso personal de austeridad, decrecimiento, organización, desclasamiento, entrega o compartición. Más bien es la de profundizar en el conocimiento de las lógicas estructurales de nuestra sociedad de cara a enfocar mejor nuestros análisis de situación y nuestra acción colectiva para transformar de raíz esa sociedad excluyente. Saber de qué manera y con qué consecuencias somos agentes de exclusión social nos puede ayudar a ser más y mejores agentes de inclusión social.

(Esta entrada está basada en los estudios de la Fundación FOESSA, a la que pertenece la ilustración.)

Fraternidad republicana y democracia del cuidado

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Antoni Domènech nos ayuda a identificar lo que tiene la fraternidad de propuesta de emancipación conjunta de personas dominadas en el seno de relaciones familiares (en un sentido amplio) de carácter patriarcal, personas con trabajos invisibilizados, precarizados y desvalorizados que, sin embargo, son esenciales para la sostenibilidad de la vida. Dirá este autor: “La ‘canalla’ (…) –pequeños artesanos pobres, trabajadores asalariados urbanos, aprendices, jornaleros, domésticos de todo tipo, criados, campesinos sujetos a varias servidumbres– quería elevarse de pleno derecho a la condición de una vida civil de libres e iguales (…). Que esa pretensión se sirviera de una metáfora conceptual del ámbito de la vida familiar es algo que no puede sorprender (…). Y ‘familia’ –del latín famuli: esclavos, siervos– seguía denotando, como en la Edad Media, no sólo el núcleo restringido de parentesco, sino el amplio y aún amplísimo, conjunto de individuos que, para vivir, dependían de un señor, entendido como pater familias (…) señor patriarcal” (Domènech, 2004: 13).

Posiblemente ha sido Pierpaolo Donati, pensador bastante alejado ideológicamente de Antoni Domènech, todo hay que decirlo, una de las personas que más ha explorado esa esfera fraternal o comunitaria que, en primera instancia podemos entender como familiar. Así, en palabras de Donati, hemos de “concebir la familia contemporánea como un sistema altamente complejo, diferenciado y de confines variables, en el que se realiza aquella experiencia vital específica que es fundamental para la estructuración del individuo humano como persona, esto es, como individuo-en-relación (ser relacional), en sus determinaciones de género y de pertenencia generacional» (Donati, 1999: XII). Dirá este autor: “Las oportunidades se crean en y por las redes sociales primarias y secundarias de la sociedad civil cuya moralidad no se basa en el intercambio de ganancias ni en las normas redistributivas, sino en criterios de reciprocidad (producción entre pares, coproducción, coordinación abierta, asociación…). La marginalidad de esta tercera moral está atestiguada por el hecho de que su valor rector (fraternité o solidaridad) no está institucionalizado en el sistema cultural (incluido el sistema legal) como, en cambio, lo están los otros dos valores rectores (liberté y égalité)” (Donati, 2017: 10).

No cabe duda de que los trabajos de cuidado han sido y siguen siendo impuestos, expropiados y ocultados en ese ámbito familiar o comunitario en el que, sin embargo, estaban y están llamados a ser practicados en clave de reciprocidad o solidaridad. Cristina Carrasco, al estudiar el “cuidado como bien relacional” (Carrasco, 2015: 52-54) apunta que “es curioso –o no, ya que la mirada masculina nunca se dirige al espacio doméstico– que el cuidado no se categorice habitualmente como bien relacional, teniendo en cuenta que precisamente ha sido el desarrollo de las relaciones mercantiles el que ha eliminado de las relaciones humanas lo que era y es la característica básica del cuidado: su dimensión relacional” (Carrasco, 2015: 53). La tarea será, entonces, politizar el cuidado, ponerlo a la luz, lograr que sea un bien público –y un derecho de ciudadanía– potenciando su carácter relacional.

Terminemos con unas palabras de Joan Claire Tronto, que nos vuelve a conectar con la emancipación de la que nos hablaba al principio Antoni Domenèch: “El déficit de cuidados y el déficit democrático son dos caras de la misma moneda (…). Hay una manera de cambiar nuestro mundo. Requiere que volvamos a comprometernos con el cuidado de nosotras mismas y de las demás, aceptando y repensando nuestras responsabilidades de cuidado y proporcionando recursos suficientes para el cuidado. Si somos capaces de hacer esto, podremos mejorar los niveles de confianza, reducir los niveles de desigualdad y proporcionar libertad real para todas las personas” (Tronto, 2013: 181-182).

Bibliografía

CARRASCO, Cristina (2015): “El cuidado como bien relacional: hacia posibles indicadores” en Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, número 128, páginas 49-60.

DOMÈNECH, Antoni (2004): El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista. Barcelona, Crítica.

DONATI, Pierpaolo (1999): Manuale di sociologia della famiglia. Roma, Laterza.

DONATI, Pierpaolo (2017): “The good life as a sharing of relational goods” en Relational Social Work, volúmen 1, número 2, octubre, páginas 5-25.

TRONTO, Joan Claire (2013): Caring democracy. Markets, equality and justice. New York, New York University Press.

(Fragmentos adaptados de un capítulo publicado dentro del libro colectivo Vidas en transición. (Re)construir la ciudadanía social, que puede adquirirse físicamente en las mejores librerías de nuestros barrios y también aquí.)

¿Qué (nos) está cambiando? (Reflexiones pandémicas)

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Una de las consecuencias de esta experiencia pandémica es una cierta alteración (diferentes tipos de alteraciones) de la relación entre las diversas personas y algunos de los dispositivos mediante los cuales funcionamos en la sociedad y obtenemos (de forma más directa o indirecta) satisfacción para nuestras necesidades. Se utiliza aquí la palabra dispositivo en un sentido amplio: desde las gafas sin las cuales no podría estar escribiendo este texto hasta la Seguridad Social a la que cotizo todos los meses; desde este ordenador conectado a Internet que tengo ante mí hasta la calle que pisaré cuando salga de casa dentro de un rato.

Esos dispositivos o mediaciones lo son para la relación de las personas con el medio físico y con otros seres humanos. En esas relaciones mediadas, las personas dependemos del medio y lo construimos, utilizamos los dispositivos y somos manipulados y transformados por esos dispositivos y medios. Esto, por cierto, ocurre en unas coordenadas espaciales y temporales. En el año pandémico hemos visto cambiar nuestro ritmo de vida porque hay procesos que se han vuelto más costosos en tiempo y otros que se han facilitado y parecemos oscilar entre la aceleración inducida y la pausa impuesta. Nuestro desenvolvimiento por el espacio se ha visto también notablemente alterado, frecuentemente condicionado o prohibido.

Parece que hay procesos que han tendido a digitalizarse más intensamente. Por ejemplo, los cobros y pagos, es decir, el uso del dinero. Y la digitalización de los flujos financieros puede llegar a modificar en forma importante la propia naturaleza del dinero como regulador de la vida económica y social. Pensemos en las amenazas y oportunidades que la digitalización de todas las transacciones monetarias aporta para la obstaculización o agilización de los pagos de las prestaciones y ayudas que recibimos cuando las personas o las empresas nos encontramos en situaciones de vulnerabilidad económica.

Otras relaciones, en cambio, han revelado con más fuerza su necesaria dimensión corporal y material. El hecho de que el virus haya afectado a nuestros cuerpos nos ha hecho más conscientes de que necesitamos cuidados que requieren proximidad física y las medidas restrictivas de dicha proximidad en las relaciones sociales nos hacen añorar, por ejemplo, la espontaneidad de los encuentros urbanos imprevistos, la común utilización del espacio público cotidiano o los abrazos como forma de expresión de la alegría y el afecto. Está por valorar el alcance del impacto emocional y existencial de esta situación.

El colapso pandémico y su alargamiento con perspectivas inciertas es un colosal experimento social y humano. Sin ninguna duda está afectando a las relaciones económicas, sociales y políticas y a la configuración de sujetos colectivos que actúan en la esfera pública. Sujetos colectivos que están viendo regulado de formas inéditas el ejercicio de libertades y derechos fundamentales para la vida política y social o que son más segmentados, fragmentados y recombinados por el poder de los algoritmos en las redes digitalizadas de comunicación, al que están más sometidos.

Cabe decir, además, que no sabemos hasta qué punto pueden llegar a afectar estos procesos a nuestra propia configuración y sostenibilidad como seres humanos, al alterar notablemente formatos espaciotemporales de relación de las personas con sus entornos físicos y humanos. El humano es un ser forjado en el cuidado en proximidad física y en la conquista de la autonomía mediante el dominio del medio natural con diferentes herramientas. En este contexto, nos preguntamos quizá con más fuerza dónde termina la persona y dónde comienza la tecnología, dónde termina la libertad individual y dónde comienza el poder del algoritmo, dónde termina el “nosotras” y dónde comienzan “los otros”, dónde termina la soberanía colectiva y dónde comienza la regulación y cuándo ésta es legítima o ilegítima.

Preguntas abiertas, reflexiones pandémicas.

(La imagen pertenece a la película “2001: una odisea del espacio”, de Stanley Kubrick.)

Una teoría del cambio social (nada menos)

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En el principio está la relación interpersonal. Aunque yo me percibo como individuo y, filosóficamente, he recibido la herencia cultural de que el ser humano individual es la medida de todas las cosas, a la vez, constato que ese agente humano es social. Ese ser que nace sólo puede devenir humano mediante la interacción, mediante la participación en sistemas sociales, aunque sea el sistema social más primario, más básico, como el que, por ejemplo, un padre forma con su hija cuando ésta nace.

En esa relación entre progenitor y criatura, por ejemplo, imagino que me comunico con mi hija con la intención de que deje de llorar: busco un cambio. Realizo una actividad, consistente en cantarle suavemente, con dicha finalidad. Y lo consigo. Ese cambio que he logrado, es decir, que el bebé deje de llorar, hace más probable que, si llora de nuevo, yo vuelva a realizar la misma acción y a conseguir, seguidamente, el mismo resultado, de suerte que lo que hemos definido como cambio, se convierte en circularidad, en estabilidad. Si miramos la actividad una vez, linealmente, el paso de llorar a no llorar es un cambio. Por el contrario, si miramos la reiteración o recurrencia de esa actividad, ya estructurada, como patrón estable, el hecho de que la criatura pare de llorar es, justamente, el no-cambio.

Para entender las dinámicas de cambio y estabilidad, por tanto, hay que entender los niveles de complejidad y las propiedades emergentes. Una gran familia de cuatro generaciones es más compleja que la díada progenitor-criatura que estuvo en su origen y tiene unas propiedades  distintas. Una empresa multinacional, creada por esa familia imaginaria, es más compleja que el primer taller que la originó y tiene características distintas, que han emergido en el proceso de configuración de esa organización. Y así sucesivamente, recurrentemente.

En ese devenir, todo contenido comunicado por una acción lleva implícita una propuesta de (una estructura de) relación. Toda actividad reiterada genera una estructura, un patrón. Parece que hay que entender que contenido y relación (o proceso y estructura) son dos caras de la misma moneda y que la estructura da forma a la actividad (y que la relación permea el contenido). Si Juan llega a mi casa, yo le puedo decir “bienvenido“ de una manera o con un tono que, evidentemente, signifique lo contrario que la palabra que he dicho. De igual modo, en un equipo de dirección, podemos aprobar un plan estratégico lleno de palabras como participación, empoderamiento, horizontalidad, colaboración o transparencia y, sin embargo, que la estructura de funcionamiento real de la organización signifique justamente lo contrario de lo que evocan esas palabras. Fines y medios, medios y fines.

Cada ser humano tiene un radio limitado de acción, es decir, puede ser más o menos competente y potente para desencadenar cambios, pero esos cambios sólo pueden llegar a ser grandes a través de las estructuras, de esas estructuras seriadas, emergentes y crecientemente complejas que venimos dibujando. Imaginemos que soy una persona que ansiaba grandes cambios en favor de las personas más pobres y que, de la ayuda personal a gente pobre cercana, pasé a la militancia organizada y, de ésta, a la acción política; pero, debido a la dureza de la actividad desarrollada, sentí la necesidad de comprarme una vivienda más confortable, en otra ubicación, lo cual, objetivamente, me alejó del contacto cotidiano con la pobreza. Es la paradoja: cuanto más lucho por las personas pobres más parezco alejarme de ellas.

Muchas voluntades de cambio se empantanan en esas trampas, en esas situaciones de “más de lo mismo” en las que acciones pretendidamente destinadas a desencadenar cambios, sin embargo, contribuyen a la estabilidad, a que nada cambie. Imagino que formo parte de una organización y deseo que ésta influya en su entorno comunitario, generando relaciones de confianza en la convivencia. Pero me exaspera percibir que las personas de mi organización no confían en las de la comunidad y les insto a que lo hagan. Les digo que me consta que se comportan en forma desconfiada con la ciudadanía y les aviso de que no lo voy a tolerar. Se dan cuenta de hasta qué punto las controlo, porque desconfío de ellas. Aprenden a desconfiar. Cuantos más esfuerzos hago para que confíen, más desconfiadas se vuelven. Mi influencia en ellas parece ir más a través de la estructura de nuestra relación que de los contenidos que les comunico.

Las relaciones entre niveles de complejidad son, a menudo, paradójicas. Por ejemplo, imaginemos que unas familias con personas con discapacidad constituimos una organización que consiguió contratar profesionales y promover cambios legales que, paradójicamente, parecen colonizar y destruir el mundo vital de las relaciones familiares, comunitarias y solidarias entre las personas (con y sin discapacidades). Esa experiencia de innovación social que representamos, en su día, ha cristalizado, quizá, con el paso del tiempo, como parte de un sistema establecido que se resiste frente al empuje vital de nuevas emergencias, retos, propuestas y prácticas.

Las estructuras permiten consolidar los cambios y dificultan los cambios. También son, sin embargo, estructuras de oportunidad para los cambios. Podemos dar comienzo a un efecto mariposa de iteraciones fractales o podemos intentar aprovecharlo, surfearlo, incluso influir en alguno de sus cursos de acción. Podemos participar en procesos de escalamiento y desescalamiento. Quizá todas seamos agentes dobles: de la estabilidad y del cambio. A veces, participando en cambios, logramos que todo siga igual. Otras, oponiéndonos al cambio, lo provocamos. En ocasiones, incluso, acertamos con las perspectivas, miradas, pensamientos, palabras, decisiones y acciones que contribuyen a cambios reales, positivos y justos.

(Remezcla de ideas tomadas de, entre otras, Paul Watzlawick, Ariadna Manent, Niklas Luhmann, Jorge Wagensberg, Gema Gallardo o Anthony Giddens. La imagen es de la serie “La chica del tambor”, basada en una novela de John Le Carré, sobre una agente doble.)

Cinco matrioshkas para el cambio social

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Cuando queremos idear e impulsar cambios sociales a mayor o menor escala, descubrimos tanto la autonomía relativa de los planos de realidad que encontramos y construimos en diferentes niveles de análisis como la compleja relación entre ellos. A continuación vamos a proponer cinco contextos encajados a modo de muñecas rusas (Urie Bronfenbrenner) y algunas de las correspondientes preguntas críticas que nos estamos haciendo hoy y aquí como agentes de la intervención social.

En el nivel del modelo social o modelo de sociedad, fundamentalmente, nos estamos preguntando por los arreglos entre el mundo de la vida y el mundo del sistema (Jürgen Habermas), es decir, entre la esfera comunitaria de los bienes relacionales y esferas como la mercantil o la burocrática. El feminismo ha logrado romper irreversiblemente el arreglo patriarcal entre ambos mundos (Yayo Herrero), pero: ¿seguimos apostando por la centralidad del mercado laboral como mecanismo para la inclusión social o trabajamos para legitimar procesos comunitarios en los que un número significativo de personas podamos funcionar e identificarnos sin empleo?

En el nivel del modelo de bienestar social y desarrollo territorial, nos preguntamos por el tamaño, la función y el diseño del Estado (Eloisa del Pino). ¿En qué ámbitos de actividad queremos que tenga el monopolio? ¿En cuáles queremos que sea un proveedor determinante? ¿En cuáles queremos que sea fundamentalmente un regulador? ¿Cómo gestionar la inercia que hace que las políticas sectoriales ganadoras (por ejemplo las pensiones de jubilación) se lo quieran llevar todo y alentar la innovación y el aumento de escala en políticas públicas emergentes (como la de servicios sociales)?

En el nivel 3 nos preguntamos por el modelo de servicios sociales. Suponiendo que se apueste por los servicios sociales como uno de los pilares del sistema de bienestar (Manuel Aguilar): ¿Alcanzarán un posicionamiento universal como encargados de velar por la autonomía y autodeterminación de las personas en la vida diaria con relaciones primarias cotidianas de carácter familiar y comunitario (interacción)? ¿Conseguirán la iniciativa social y la economía solidaria un papel diferenciado y sinérgico en el sector de los servicios sociales superando su dinámica de fragmentación y segregación de colectivos vulnerables?

En el cuarto nivel de análisis de la realidad para el cambio social nos preguntamos por el modelo organizativo en los servicios sociales y en otros sectores de actividad y, específicamente, por fórmulas innovadoras y eficientes de integración (Ester Sarquella) vertical y horizontal de los procesos de trabajo. ¿Cómo se integran intrasectorialmente las estructuras diferenciadas para conseguir abordar los problemas y desafíos tan macrosocialmente o tan microsocialmente como sea pertinente? ¿Cómo se integran intersectorialmente las actividades e intervenciones, de modo que las personas encuentren tanto la respuesta especializada que esperan como la continuidad de la atención que necesitan?

En el nivel más micro nos encontramos con el modelo de intervención social (Joaquín García Roca): ¿Es posible un modelo que incorporare tanto la dimensión preventiva como la asistencial? ¿Puede la intervención social, a la vez, digitalizarse y recuperar el territorio? ¿Será capaz de atender personalizadamente a la complejidad de las necesidades individuales y a la construcción de relaciones significativas y equitativas en la diversidad comunitaria en dimensiones como la de género, la generacional, la funcional y la cultural? (María José Aguilar) ¿Seremos capaces de construir una comunidad de práctica y de conocimiento para la intervención social a la altura del reto histórico que tenemos delante?

(Entrada inspirada por una conversación mantenida con compañeras y compañeros de las Comisiones Obreras de Euskadi. Sobre estas cuestiones hablaremos el 5 y 6 de noviembre en un curso en Castellón, el 7 con la cooperativa Servicios Sociales Integrados, el 8 en Provivienda y en una jornada comunitaria en la Universidad Complutense de Madrid y el 9 en el congreso de Eusko Ikaskuntza.)

Procesos sociales, sujetos políticos e instituciones transformadoras

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Las instituciones públicas y el poder político, en nuestros sistemas democráticos, son un lugar fundamental, aunque no el único, para diseñar y desencadenar cambios sociales estructurales favorables a la justicia social y el desarrollo humano. Sin embargo muchas de nuestras conversaciones y aprendizajes parecen conspirar para oscurecer y entorpecer los mecanismos a través de los cuales podríamos influir en dicho lugar o acceder a él. De suerte que lo que al final hacemos, muchas veces, es dejar expedito el camino para que otros intereses y agentes ocupen o controlen dichos lugares estratégicos. Lo cual, dicho sea de paso, puede acabar resultando una posición cómoda.

Sin embargo, es una evidencia reiterada que, en determinados momentos y circunstancias, se abren valiosas oportunidades para que nuevos o interesantes agentes y agendas se abran paso hasta lugares en los que se pueden tomar decisiones y activar resortes de alto impacto en la calidad de vida de la ciudadanía y especialmente de aquellas personas a las que estructuras injustas han coartado más oportunidades vitales. No hay que ir muchos días hacia atrás en la lectura de los periódicos para comprobarlo.

Ahora bien, para aprovechar esas oportunidades, para llegar a ejercer el poder político desde las instituciones públicas a favor de la vida de las personas que más necesitan de ellas, hay que llegar a ese lugar con un relato coherente, conocimientos suficientes, capacidad de gestionar el conflicto, y un buen manojo de relaciones y alianzas en red. Todo eso sólo se logra mediante la participación en procesos sociales capaces de partir del territorio y de las necesidades de las personas y, como las mareas, ir subiendo hasta llegar a los centros de poder y empaparlos con intensidad.

A alguien le tocará el liderazgo, alguien pondrá cara a proceso transformador, alguien hará ondear la bandera en la cumbre. Pero, si esas personas no pierden la lucidez, sabrán que sólo la participación de muchas y muchos en las cordadas y escaladas que les llevaron hasta allí y sólo la continuidad de su complicidad activa harán posible su labor y su impacto. Queda para otro día preguntarnos en qué medida y en qué sentido sirven los partidos políticos para todo esto.

(Artículo publicado aquí en begirada.org)

Un esquema para analizar nuestro contexto social

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En la imagen se intenta representar un análisis o relato que identifique y articule los principales fenómenos o cambios que configuran nuestra época y que han de ser tenidos en cuenta como contexto para el diseño de las políticas sociales y de las intervenciones de los diversos agentes interesados e implicados.

Aquí puede descargarse el capítulo completo de Diseño de políticas sociales en el que se explica y desarrolla lo reflejado en la imagen, que ha sido retocada en el transcurso de los debates mantenidos en la República Dominicana en el marco del trabajo de sistematización del modelo de gestión del Plan Nacional de Alfabetización Quisqueya Aprende Contigo, de la Dirección General de Programas Especiales de la Presidencia de la República (DIGEPEP).

Se ofrece como aperitivo para el seminario sobre innovación social en políticas sociales previsto para el 7 de mayo en Sevilla en el marco de la Iniciativa Bitácula, impulsada por la Universidad Pablo de Olavide y la Mesa del Tercer Sector de Andalucía.