Política local: del culto a la piedra al empoderamiento relacional

Arroces del Mundo

La ciencia política utiliza el concepto de dependencia de la senda, legado de la política o inercia institucional (path dependency) para referirse a la dificultad de modificar las trayectorias preexistentes en las políticas públicas, debida a la rigidez de sus normas e instituciones, a la resistencia de las coaliciones de agentes que se sienten beneficiarios de las políticas existentes o a la fortaleza de los marcos de referencia y sentido que las encuadran.

Posiblemente un caso claro de esta inercia institucional sea el que se observa en muchas de nuestras administraciones locales en relación con la prioridad hegemónica que, frecuentemente, se concede a su función de dotar a la población de infraestructuras físicas para la vida económica y social. Nuestros ayuntamientos se perciben y organizan en buena medida por y para dicha función y ello se advierte si analizamos su estructuración, su normativa, sus discursos o sus relaciones con el entorno.

Ese modelo de política municipal, de culto a la piedra, sin embargo, es crecientemente disfuncional en la medida en que se le escapan cada vez más fenómenos y dimensiones de la complejidad, el cambio, las necesidades y las demandas sociales. No cabe duda de que las infraestructuras materiales deben ser contempladas en la ecuación, pero subordinadas a un proyecto para la sostenibilidad de la vida en el que otras variables o factores tienen creciente relevancia.

Frente a un modelo de desarrollo, gestión y política local mercantilista, patricarcal y, en definitiva, insostenible, emergen, con notables experiencias de éxito, propuestas de corte relacional y comunitario apoyadas en la participación y el empoderamiento ciudadano y cobran protagonismo y centralidad en la política municipal las áreas sectoriales y transversales responsables de las políticas sociales.

Desde ese punto de vista las instituciones locales y las personas con responsabilidad política exitosas serían aquellas capaces de coliderar y acompañar procesos de desarrollo comunitario, local y territorial inclusivos y complejos, en los que las infraestructuras sólo cobran sentido en la medida en que contribuyen a que todas las personas, en igualdad y diversidad, se hagan dueñas del espacio y el tiempo de sus vidas, construyendo esa trama de relaciones satisfactorias –sociales, económicas y políticas– que configuran la ciudad.