Una pequeña brújula para las relaciones y alianzas de las organizaciones y agentes del bienestar

Brújula

Las organizaciones y, en definitiva, las personas que trabajamos de forma profesional, voluntaria o comunitaria en el marco de la acción y las políticas pro bienestar estamos, lógicamente, llamadas a mantener relaciones y construir alianzas con otras personas y organizaciones. Reflexionando al respecto, cabe hacer un sencillo análisis acerca de los mundos o las esferas en las que, cada una de nosotras, tenemos más o menos conexiones significativas, de modo que, si percibimos que nos escoramos hacia alguno de los lados, podamos corregir el rumbo, potenciando nuestro capital relacional por la parte que tengamos más débil. Proponemos clasificar nuestros contactos en cuatro grupos:

  • Mi gente.
  • Agentes del sistema.
  • Referentes del territorio.
  • Cómplices para el conocimiento.

Mi gente. Como agentes que trabajamos en el ámbito de las políticas sociales, siempre hay algunas personas u organizaciones con las que tenemos algo así como una relación o alianza natural, que no cuesta especialmente mantener. Puede tratarse de organizaciones que forman parte de la misma red, personas que trabajan con el mismo colectivo poblacional que nosotras, gente que tiene nuestra misma profesión y así sucesivamente. No cabe duda de que estas conexiones son fundamentales, que nos arropan y nos dan eficacia, pero hemos de ser conscientes del riesgo de la endogamia, de encerrarnos en y con ellas.

Agentes del sistema. El trabajo en favor del bienestar o la inclusión, hoy y aquí, es y debe ser un trabajo estructurado, tanto vertical como horizontalmente, en forma de sistema de bienestar. Esa estructuración formal, obviamente, lleva a que tengamos interlocución con otras personas y organizaciones, con otros agentes, en función del diseño de ese sistema. Normalmente se tratará de eslabones anteriores y posteriores al nuestro en las cadenas de valor configuradas para facilitar (esperemos) los itinerarios de las personas destinatarias. Estas conexiones son imprescindibles para que las políticas sociales funcionen y deben ser fluidas y amigables, aunque sabemos que están amenazadas por el riesgo esa “aluminosis” de las estructuras organizativas que es la burocratización.

Referentes del territorio. Sabemos que el bienestar de la ciudadanía se juega, finalmente, en buena medida, en las distancias cortas de la vida comunitaria; en la cantidad, calidad, diversidad y coherencia de los servicios de proximidad que las personas tengan a mano en el territorio. Por eso hemos de preguntarnos en qué medida nuestros contactos son contactos de kilómetro cero, es decir, gente a la que podemos ir a ver sin grandes desplazamientos. Entre estos referentes del territorio ocuparán un lugar especial personas de la comunidad, personas usuarias de nuestros servicios, personas destinatarias de las políticas sociales, pues, si están ausentes, hemos de preguntarnos si servimos a quien decimos servir. Demasiado local no vale, pero global sin local, tampoco.

Cómplices para el conocimiento. Por último, un cuarto tipo de agentes que habremos de encontrar en nuestras agendas son personas y organizaciones a las que nos unimos en procesos de formación y cualificación, investigación científica, desarrollo técnico o innovación tecnológica y social en dinámicas de gobernanza, gestión y producción de datos, información y conocimiento. Ningún agente de las políticas sociales puede permanecer ajeno a estas dinámicas proactivas del saber para la eficiencia y la mejora de la acción pro bienestar, en las que deben encontrarse desde quienes tienen como encargo específico el conocimiento como quienes tienen como encargo directo la inclusión social. Posiblemente el divorcio entre estos dos mundos sea uno de los principales problemas de nuestra acción pro bienestar hoy y aquí.

(Reflexión surgida ayer en la Escuela de Otoño de la Plataforma del Voluntariado que se está realizando en Mallorca.)

Jugar como equipo visitante en la liga del conocimiento sobre inclusión social

visitante

Los ecosistemas de conocimiento, las comunidades de personas que conversan entre sí alrededor de una materia tienen perímetros y configuraciones que hacen más probables unas interacciones y más improbables otras (Bunge, 1999). En la pandemia hemos vivido la capacidad de un ecosistema global de conocimiento en salud para, partiendo del trabajo de investigación sobre un virus del que la mayoría empezamos a escuchar hablar a comienzos de 2020, alcanzar para mediados de 2021 el resultado de que cada una de nosotras, en nuestro entorno, haya podido recibir el pinchazo de una vacuna. Al parecer, otro ecosistema de conocimiento, económico, partiendo de la experiencia de la crisis financiera de hace diez años, ha conducido a decisiones de política monetaria muy diferentes, que estamos empezando a experimentar. A la vez, lógicamente, vemos cómo otra serie de debates o discusiones sobre otras materias se van abriendo y quizá desperdigando como fractales, sin llegar aparentemente a ninguna conclusión para una aplicación operativa.

Pues bien, cuando hablamos de políticas de inclusión social nos estamos refiriendo, al menos, a un conjunto de ramas de política pública y correspondientes sectores de actividad tales como educación, sanidad, servicios sociales, empleo, vivienda y garantía de ingresos para la subsistencia. Se trata de sectores de actividad y ramas de política pública con un limitado grado de integración vertical y horizontal y una frágil configuración y vertebración  en tanto que ecosistema de conocimiento. Por otra parte, estos tiempos pandémicos y pospandémicos de aceleración del cambio social generan visiones y agendas muy discrepantes e incluso polarizadas en cuanto a la comprensión y abordaje de los procesos de exclusión e inclusión social (Quilter-Pinner y otras, 2020).

Para avanzar en materia de conocimiento para la inclusión social, tentativamente, cabría acogerse a la reivindicación de la proactividad de los poderes públicos en la construcción del conocimiento y sus ecosistemas (Aguilar, 2021) y al concepto de misión (Mazzucato y otras, 2020) para reclamar de dichos poderes públicos la tracción que pudiera ayudar en la articulación del deseado ecosistema de conocimiento para las políticas de inclusión social, reivindicando simultáneamente el concepto de política exploratoria (Longo, 2019) y de las exploradoras frente a los chamanes (Lapuente, 2015) y promover laboratorios ciudadanos (Lafuente, 2020) en el seno de nuestras organizaciones y servicios. En cualquier caso, posiblemente, en este momento, la labor más urgente sea la de la conexión entre las universidades y los agentes que están interviniendo en el territorio, posiblemente facilitada por agencias intermedias o intermediarias, frecuentemente públicas.

Como personas y agentes preocupados por los procesos de inclusión social sentimos que es fundamental que quienes son constructoras y portadoras de un tipo de conocimiento útil para la inclusión social (ético, científico, tecnológico o práctico), cualquiera de ellas, todas ellas, realicen permanentemente y cada vez más el esfuerzo de participar en algún proceso liderado por otro tipo de agente (Wagensberg, 2002). Si queremos jugar en una buena liga, seguramente tendremos que hacer el esfuerzo de jugar, al menos algunos partidos, en el campo de otro equipo, es decir, aceptar jugar como equipo visitante.

(Adelanto del texto que se colgará en esta web, completo y con referencias, el miércoles, 20 de octubre, tras la jornada organizada por el Consejo Económico y Social y la EAPN de la Región de Murcia. Asimismo, el lunes 18 y el martes 19 trabajaremos sobre estas cuestiones en un seminario del proyecto BuiCaSuS por invitación de Fresno Consulting.)

Fragmentación del conocimiento en nuestros servicios sociales

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Nuestros servicios sociales tienen un posicionamiento difícilmente sostenible y crecientemente ineficiente, en la medida en que están formateados, en buena medida, para racionar dinero para la subsistencia a personas en situación de emergencia económica y para hacerse cargo (casi) globalmente de la vida de personas cuyas limitaciones funcionales y de relaciones primarias comprometen su supervivencia (mayoritariamente mediante asistencia directa por parte de personal de baja cualificación). Estamos, seguramente, ante la necesidad de una estrategia de reconversión que habrá de apoyarse en el conocimiento y la innovación y se propone la audacia política de entender que la misión de construir unos servicios sociales públicos que traten la interacción de todas las personas como un bien protegible justifica la implicación de los poderes públicos en la creación del conocimiento y el impulso a la innovación.

En nuestros servicios sociales predomina el saber práctico o saber hacer y ello es en parte lógico pues cualquier servicio profesional es en buena medida saber práctico o saber experto. Hay también una buena dosis de saber ético (saber filosófico, saber ideológico, saber normativo, saber político). Sin embargo, cabe decir que en ese cóctel faltan en gran medida otros dos ingredientes: el saber científico y el saber técnico (tecnología). Comparativamente, podemos decir que nuestra intervención social está poco basada en la evidencia y es poco intensiva en tecnología. La tarea sería, entonces, sin perder y potenciando el saber práctico y el ético, incrementar la proporción y el impacto de las ciencias y las tecnologías en el ámbito de los servicios sociales.

Posiblemente, el mayor problema que tenemos en este momento para ello es la fragmentación del ecosistema de agentes, de la (deseable) comunidad de conocimiento para los servicios sociales. Dicha fragmentación es una separación del conocimiento en función de los colectivos poblacionales en los que tradicionalmente (y, en buena medida, actualmente) se ha estructurado la atención de los servicios sociales. Pero también es una notable incomunicación entre las áreas de conocimiento en las que se forman las profesionales que trabajan en los servicios sociales: entre las grandes disciplinas presentes en la universidad (trabajo social, educación social y psicología), entre la formación universitaria y la formación que se obtiene en otras instituciones; entre las comunidades (colegios) profesionales, entre las asociaciones científicas y así sucesivamente.

Frente a los agentes que tienen incentivos o inercias para mantener la fragmentación, es débil la acción de agentes que, como determinados Departamentos (o partes) de instituciones públicas, ciertas organizaciones dedicadas al conocimiento (observatorios, centros de estudios, consultoras o divulgadoras) u otras, sí toman el conjunto del ámbito como referencia. Además, se produce el problema de la ambigüedad o confusión en cuanto al perímetro de actividad que se identifica (a veces más amplio, a veces más restringido, a veces sesgado, por la polisemia de la palabra “social”) y también las confusiones o ambigüedades en lo que tiene que ver con la distinción y conexión entre el conocimiento sobre la cadena básica de valor o actividad operativa (intervención social), sobre la gestión y sobre el gobierno (y las disciplinas correspondientes).

(Fragmento adaptado de un artículo de próxima publicación.)

Por una estrategia compartida de conocimiento e innovación en materia de cuidados, intervención social y servicios sociales

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En un reciente artículo publicado tanto en el blog del SiiS como en Llei d’Engel, Joseba Zalakain identificaba la estrategia de investigación, desarrollo e innovación como una de las fundamentales en unos servicios sociales notablemente desarticulados en su ecosistema de agentes. En dicho artículo, identificaba algunas de esas protagonistas que, desde el encuentro interprofesional en las redes sociales, las dinámicas académicas, los centros de estudios, los colegios profesionales (de trabajo social, educación social, psicología u otros), las administraciones públicas, las revistas especializadas, la responsabilidad política, el tercer sector u otras instancias, pueden contribuir a que el conocimiento, la tecnología y la innovación vertebren e impulsen en mucha mayor medida nuestro mundo de los cuidados, la intervención social y los servicios sociales.

Por su parte, Pablo Moreno, en una entrada del blog New Deal, señalaba la oportunidad y las condiciones de posibilidad de que los gobiernos puedan apostar por ámbitos verticales de actividad en sus territorios. Siguiendo sus argumentos, pareciera que un bien tan público y tan en riesgo como el cuidado de la sostenibilidad de las vidas autónomas de todas las personas en relaciones comunitarias en el territorio, que sería la responsabilidad de la intervención social y los servicios sociales, tiene algunas características que podrían hacer este ámbito de actividad un candidato idóneo para una política pública mucho más proactiva de generación de conocimiento, tecnología e innovación que lo transforme en un sector estratégico de actividad económica, política pública e impacto social.

Ciertamente, en los mismos dos blogs mencionados al principio, Miguel Angel Manzano y Manuel Aguilar escribían otro texto que permitía revisar algunos avances y prácticas prometedoras que están surgiendo en el terreno de la innovación tecnológica y social basada en el conocimiento científico (y otros) en el campo de los servicios sociales. Prometedoras, entre otras razones, por la capacidad de articulación de sistemas que reclamaba el artículo de Zalakain y por la virtualidad para la escalabilidad de las experiencias a la que se refería Pablo Moreno. Prometedoras, también, para el encuentro entre dinámicas de conocimiento sobre género y cuidados, comunidad y diversidad, infancia y adolescencia, maltrato y buen trato, discapacidad y dependencia, mayores y gerontología, desventaja e inclusión, soledad y acompañamiento u otras, tan impermeables entre sí hasta hace bien poco.

Las recientes elecciones generales y las próximas municipales, europeas y autonómicas en muchos lugares pueden representar un momento de oportunidad para una estrategia mucho más compartida y atrevida en materia de ciencia, tecnología e innovación para los cuidados, la intervención social y los servicios sociales. Los primeros pasos de la ministra Luisa Carcedo, su jefa de gabinete Eloísa del Pino, la secretaria de Estado Ana Lima y la vicepresidenta del Consejo Asesor de Sanidad y Servicios Sociales, Natividad de la Red, entre otras personas, hacen esperar que la Administración General del Estado pueda convertirse, por fin, en impulsora, mediante un diálogo y una cooperación  multinivel, compleja y colaborativa, del necesario salto cualitativo que nuestra economía de cuidados, intervención social y servicios sociales requieren en materia de conocimiento, tecnología e innovación, palanca imprescindible para su éxito como política pública fundamental, mediante su urgente reconversión y junto a otras, para el bienestar de la ciudadanía.

(La fotografía corresponde a una reunión de trabajo de parte de la sección de servicios sociales del mencionado Consejo, del 22 de abril de 2019, en la que se trabajó sobre informes técnicos acerca de la atención primaria de servicios sociales, el tercer sector en los servicios sociales, la prevención y atención de la dependencia funcional desde el sistema público de servicios sociales y la relación entre los servicios sociales y la política transversal de infancia y adolescencia.)

Sociedad del conocimiento, políticas sectoriales e intervenciones basadas en evidencias

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Posiblemente, en la llamada sociedad del conocimiento se refuerza la importancia estratégica de la incardinación en los ámbitos sectoriales de la economía, la política pública y la gestión del conocimiento (nacionales e internacionales) no sólo de las empresas privadas, sino también de las organizaciones públicas y las entidades de iniciativa social. La creciente importancia del conocimiento y la tecnología en la creación de valor obligaría a la Administración pública, trascendiendo su función social de redistribución de recursos económicos para la compra de bienes y servicios en el mercado, a coproducir más y mejor conocimiento para poder ser, en cada uno de los ámbitos sectoriales (por ejemplo, en los servicios sociales) tan determinante como le exija, entre otras, la legislación, su programa político y la expectativa del electorado (que, entre otras cosas, también es consumidor de servicios públicos o portador de derechos sociales). Por su parte, posiblemente, las entidades solidarias encuentran crecientes dificultades para operar simultáneamente en varios sectores de actividad, por la creciente especialización que exige mantenerse en cada uno de ellos.

Así, frente a un imaginario de una institucionalidad pública y una iniciativa solidaria más bien transversales y con agentes generalistas y un mundo mercantil más estructurado por sectores de actividad y con agentes más especializados (con más conocimiento sectorial), emergería con más fuerza el reto, para los agentes públicos y solidarios, de actuar estratégicamente en esos ecosistemas sectoriales (y después intersectoriales) de producción y aprendizaje antes descritos, en los que deben ejercer colaboración y tracción entre sí múltiples agentes, deseablemente en el marco de estrategias públicas, sectoriales e intersectoriales, de investigación, tecnología e innovación, favorecedoras de dinámicas sinérgicas de desarrollo territorial y creación de empleo en las que, por ejemplo, los servicios sociales se configuren como tractores de otros y generadores de valiosos retornos económicos, laborales, ambientales y relacionales (Powell y otras, 2017).

Como manifestación, por ejemplo, de los cambios y retos en estas dinámicas de relación entre agentes, cabe referirse a la aplicación de las ciencias del comportamiento, con la creación de unidades o equipos gubernamentales sobre enfoques comportamentales (behavioural insights), a políticas públicas cada vez más basadas en evidencias. Así, podría pensarse, por ejemplo, que los conocimientos de las ciencias del comportamiento forman parte de la caja de herramientas del personal operativo que hace intervención social o, en todo caso, de las personas con responsabilidades de gestión, por ejemplo, de los recursos humanos. Sin embargo, cada vez más, se presentan como útiles para el diseño de las políticas (OECD, 2017). A la vez, esta conexión más directa entre unas determinadas comunidades científicas y las personas que toman las decisiones políticas tiende a impulsar la realización de ensayos controlados aleatorizados (Randomized Controlled Trials), tratándose de “imitar los ensayos aleatorios que se utilizan en medicina para evaluar la efectividad de los nuevos medicamentos” (Banerjee y Duflo, 2011: 25). Aunque, posiblemente “el movimiento de la política basada en evidencias ha abrazado el potencial social de una mayor aplicación de la ciencia, pero se ha arriesgado a hacerlo con una comprensión insuficiente de la naturaleza del proceso de política y las preocupaciones normativas inherentes a la toma de decisiones políticas” (Parkhurst, 2017: 32).

(Fragmento adaptado de un artículo de próxima publicación en Cuadernos de Trabajo Social, como eco de reflexiones compartidas en el Consorcio de Acción Social de la Garrotxa.)

Construyendo un ecosistema de conocimiento para la intervención social y los servicios sociales

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Justin Parkhurst pone de manifiesto la importancia decisiva del ecosistema institucional mediante el cual se producen los diferentes tipos de conocimiento (éticas, ciencias, tecnologías, saberes expertos) que son necesarios para la realización de las operaciones, el procesamiento de los datos y las tomas de decisiones que aparecerían en los niveles, por ejemplo, de la intervención, la gestión y las políticas sociales. El reparto de papeles podría ser el siguiente:

  • La esfera política, en parte penetrada por la academia, sería el principal espacio y repositorio de deliberación y conocimiento ideológico (incluyendo el ético), en el que se apoyan las decisiones políticas, si bien es creciente la demanda de que éstas se basen cada vez más en evidencias (mejor cuanto más científicas), lo cual abre espacio para agentes poseedores de conocimiento científico (por su estatus) y tecnológico (metodológico, aplicado), que pueden ser las propias académicas u otras personas (desde empresas de consultoría y otras agencias).
  • Las organizaciones que emplean a las operadoras profesionales (como las prestadoras de servicios), las organizaciones profesionales de estos operadores (como los colegios) y las organizaciones del tercer sector (como representantes de usuarias) serían las que tendrían, más bien, el saber experto, dependiendo de la esfera política y de la academia, de entrada, para la incorporación de sus recursos humanos cualificados.
  • La universidad (y otros centros formativos) y las asociaciones científicas constituirían el ámbito que, en principio, produce, valida y distribuye el conocimiento científico, si bien son conscientes de que necesitan relaciones interdisciplinares en su seno y de la alianza con las organizaciones operadoras y otras, como mínimo para poder obtener los datos que procesan en sus investigaciones.
  • La tecnología (entendiendo por tal dispositivos o métodos estandarizados para la realización de operaciones que surgen de la aplicación del conocimiento científico o, en su defecto, de la sistematización del saber experto) sería el terreno abonado para un cuarto tipo de agentes (centros de investigación, centros tecnológicos, centros de documentación, consultoras, observatorios, institutos de evaluación, agencias de transferencia de conocimiento, defensorías de derechos, hubslabs o startups de innovación, instituciones reguladoras, clústeres de empresas, agencias de acreditación o certificación, organizaciones o personas divulgadoras u otras) que surgen, sobre todo, a partir de asimetrías, distancias y complejidades que los otros tres tipos de agentes no son capaces de salvar o gestionar entre ellos.

La explosión, entre otras, de las tecnologías digitales de la información y la comunicación, al incrementar y distribuir la capacidad de procesamiento inteligente de grandes cantidades de datos, reconfigura las cadenas de valor mediante las que se producen, comparten y aplican los conocimientos que permiten la realización de aquellas operaciones que siguen teniendo que ser realizadas por seres humanos, organizaciones u otros sistemas sociales, al incrementar la capacidad que cada tipo de conocimiento (ideología, ciencia, tecnología y saber experto) y sus diversos agentes productores y portadores tienen de confrontar a los otros y comerles terreno. A la vez, se redefinen las relaciones entre los tres niveles mencionados (operativo-micro, organizativo-meso y político-macro) y sus correspondientes entornos de agentes (stakeholders), desde el momento, por ejemplo, en que decisiones estratégicas que antes se tomaban mediante lentos mecanismos de agregación de datos y procesamiento de información que iban ascendiendo por la estructura de interlocución, pueden ahora automatizarse, algoritmizarse, adoptarse y realizarse en tiempo real. Todo ello puede conducir a dinámicas caóticas y complejas que van desde estrategias de integración salvajes, donde una organización operadora deja devastado un departamento universitario al llevarse a su personal científico, apropiándose de toda una determinada cadena de valor, hasta, en el otro extremo, oportunidades extraordinarias para agentes que operan en micronichos, especializándose en un determinado eslabón de una determinada cadena de valor.

Cabe decir que este tipo de procesos son apenas incipientes en el sector español de los servicios sociales, en el que la impresión que ofrecen las experiencias innovadoras valiosas (como las del modelo de atención centrada en la persona, impulsadas, por ejemplo, por la Fundación Pilares; las comunitarias del estilo del proyecto Radars o las Superilles Socials (del Ayuntamiento de Barcelona, con inspiración en el modelo Buurtzorg) o los nidos familiares de Agintzari; los avances en teleasistencia (como los de Servicios Sociales Integrados); nuevos instrumentos para el diagnóstico social y la estratificación poblacional, como los de Luis Barriga en la Comunidad de Castilla y León o los de la Diputación de Barcelona; o experiencias intersectoriales, como Housing First, las comunidades compasivas o las del Consell Comarcal d’Osona) es más las de setas de montaña que la de frutos de un sistema agrícola organizado.

(Fragmento adaptado de un artículo de próxima publicación en Cuadernos de Trabajo Social.)

La gestión y la transferencia de conocimiento para un mejor desarrollo de los servicios sociales

Conocimiento 2

A la hora de comprender el contexto estratégico en el que se sitúa la actual encrucijada de los servicios sociales españoles, uno de los factores clave es el de la sociedad del conocimiento, entendida como aquella en la cual, en los diversos sectores de la economía, ganan valor los activos intangibles del capital intelectual de las personas y las organizaciones.

En ese contexto, las diversas ramas de las políticas sociales (y entre ellas los servicios sociales) se ven presionadas para configurarse, cada vez más, como proveedoras de servicios cada vez más personalizados y complejos y cada vez más basados en el mejor conocimiento disponible. Ello, junto a otros factores, obliga a los servicios sociales a identificar y acotar cada vez con mayor precisión su objeto de intervención y su específica cadena de valor.

Por ello, los servicios sociales en España se encuentran ante el reto de quemar etapas en la construcción de un ecosistema de conocimiento en el cual se potencien las sinergias entre los diferentes agentes, portadores cada uno de ellos de un tipo de conocimiento: científico, tecnológico, innovador, filosófico, práctico, estético u otros.

En ese contexto, es legítima la diversidad de estrategias que puede adoptar un centro de documentación y biblioteca, en cuanto una mayor o menor (y una u otra) especialización y en cuanto a una u otra integración vertical (actividades de los procesos anteriores o posteriores a las originales) u horizontal (otras actividades que necesitan las destinatarias de las actividades originales).

En la construcción de ese ecosistema de conocimiento, en cualquier caso, los centros de documentación y bibliotecas desempeñan un papel estratégico, en la medida en que ocupan una posición intermedia e intermediaria entre los agentes más orientados a la producción de conocimiento académicamente reconocido y los más orientados a la intervención, la gestión y la política. En esa posición intermedia, los centros de documentación y bibliotecas van ordenando el tráfico y construyendo un cierto canon del conocimiento vigente en cada momento.

En la construcción, validación y difusión de ese canon deben combatir activamente el postureo de los discursos o relatos (lenguajes de madera) que aparentemente suenan bien o que se instalan como modas pero que, en realidad, no resisten la prueba del algodón del contraste en alguno de los ámbitos antes mencionados (científico, tecnológico, práctico y así sucesivamente).

Terminaremos con una propuesta más arriesgada para los centros de documentación y bibliotecas del sector, invitándoles a una mayor proactividad en la construcción del corpus común de conocimiento sobre los servicios sociales, contribuyendo a superar las dinámicas disgregadoras de las diferentes disciplinas y especialmente de los distintos grupos de interés conectados a los colectivos poblacionales en torno a los que se han estructurado tradicionalmente el conocimiento y la acción en el ámbito de la intervención social.

(Resumen de la intervención preparada para un seminario organizado por el IMSERSO y el SIIS sobre el que se puede obtener más información aquí.)

Doce preguntas para unos servicios sociales basados en el conocimiento

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  1. ¿En qué sentido y en qué medida resulta estratégico, hoy y aquí, invertir en conocimiento y por qué es más estratégico que (o al menos tan estratégico como) invertir en cobertura, en estructura o en posicionamiento (por poner tres ejemplos de inversiones bien interesantes, necesarias y valiosas)?
  2. ¿Qué significa, qué justifica y qué consecuencias tiene hacer una apuesta radical por la acotación del objeto de los servicios sociales, por ejemplo cuando se señala que éste es la interacción (autonomía funcional e integración relacional)?
  3. ¿Cómo resitúa dicha apuesta los servicios sociales en el continuo que va de la alta intangibilidad (de la una escuela, por ejemplo) a la alta tangibilidad (de un restaurante, por ejemplo) que se utiliza para caracterizar a los servicios y eso qué supone en términos de producción y evaluación de los servicios sociales?
  4. ¿Qué entendemos por cadena básica de valor (proceso operativo basado en prestaciones propias) en servicios sociales?
  5. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de tecnologías para la intervención social?
  6. ¿Qué características tienen y qué buenas prácticas presentan los ecosistemas de conocimiento que funcionan en otros ámbitos sectoriales que nos pueden servir de referencia (y sus tipos de conocimiento en redes interdisciplinares de agentes diversos)?
  7. ¿Hay contradicción entre empoderamiento cognoscitivo (en diagnóstico, prescripción y evaluación basadas en evidencias) de las profesionales y autonomía moral de las usuarias?
  8. ¿Es compatible un enfoque de derechos universales e incondicionales y un acompañamiento orientado a incentivar el compromiso y la responsabilidad de las personas?
  9. ¿Hay contradicción entre garantía legal y administrativa de derechos en servicios sociales y personalización, flexibilidad e integración intersectorial de la atención?
  10. ¿Qué relación tiene la apuesta por unos servicios sociales basados en el conocimiento y la apuesta por el empoderamiento y estructuración de la atención primaria de servicios sociales?
  11. ¿Qué relación tiene la apuesta por unos servicios sociales basados en el conocimiento y la apuesta por una reordenación de las relaciones intersectoriales en el sistema de bienestar?
  12. ¿Cuál es el margen de maniobra y la capacidad de influencia del personal técnico en cuyas manos no están las grandes decisiones normativas sobre fines y medios de la política pública y el sistema público de servicios sociales?

Sobre estas preguntas dialogaremos el miércoles, 16 de diciembre, en la jornada de los círculos de comparación intermunicipales organizada por la Diputación de Barcelona (información aquí).

Investigación y conocimiento para la intervención social

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La principal clave para la producción y aplicación de conocimiento riguroso y relevante en un sector de actividad tiene que ver con el dinamismo potente y sinérgico de diferentes tipos de conocimiento, todos ellos necesarios. Nos referiríamos al menos a los siguientes:

  • El conocimiento filosófico, moral o ético, elaborado y consensuado –suficientemente– en una comunidad de referencia que construye y comparte unos principios y criterios.
  • El conocimiento conceptual y teórico que se produce, contrasta y perfecciona mediante la investigación científica (más o menos descriptiva, participativa, evaluativa, experimental o cuantitativa, por citar algunos adjetivos) que procesa y produce evidencia empírica.
  • La técnica o método, la tecnología o metodología (tangible o intangible), entendida como aplicación del conocimiento científico o como sistematización de la experiencia y que puede ser evaluada, a su vez, científicamente, al contrastarse en la práctica de su aplicación.
  • El saber hacer, el conocimiento experiencial y práctico que se perfila y verifica en la acción –con componentes, muchas veces de competencias blandas, intuición e inteligencia emocional– y sobre el que se reflexiona críticamente, convirtiéndose en saber experto.
  • Las soluciones creativas e innovadoras (tecnológicas y sociales) que nacen frecuentemente de la experiencia práctica iluminada o impulsada por propuestas teóricas o tecnológicas.

Es razonable que estos tipos de conocimiento estén encarnados o representados, en alguna medida, por diferentes agentes e instituciones con cierto grado de especialización. Sin embargo, lo que caracteriza los ámbitos sectoriales más exitosos parece ser el equilibrio o sinergia entre dichos agentes y tipos de conocimiento, el respeto y la tracción mutua entre ellos; el encuentro, colaboración, mezcla o hibridación entre las diferentes personas e instituciones en redes interactivas, con territorios, nodos o momentos presenciales y con dinámicas virtuales y extendidas en el tiempo y el espacio. Se trata de ecosistemas cognitivos en los que universidades y otras instituciones formativas, centros de investigación o documentación, think tanks, centros tecnológicos, empresas, consultoría, asociaciones, profesionales, ciudadanía y otros agentes interactúan intensa y sistemáticamente.

En dichos ecosistemas se da también un equilibrio entre el cultivo y fortalecimiento de cada una de las diferentes ciencias, disciplinas, profesiones o áreas de conocimiento y las dinámicas de multi, inter y transdisciplinariedad. A la hora de visualizar el encuentro e hibridación entre ciencias, disciplinas, profesiones y áreas de conocimiento, cabría hacerlo en un sentido horizontal y en un sentido vertical. En un sentido horizontal, entre disciplinas más vinculadas a las actividades operativas de cada sector (por ejemplo, la medicina, el trabajo social o la arquitectura). En un sentido vertical, entre disciplinas más vinculadas a cada nivel (micro, meso y macro) de responsabilidad (por ejemplo, dentro del ámbito educativo: la pedagogía, la organización escolar y la política educativa).

En la llamada sociedad del conocimiento, las tecnologías avanzadas de la información y de la comunicación están, posiblemente, introduciendo cambios crecientes y nuevas potencialidades en la dinámica de producción y gestión del conocimiento que, sin duda, se mercantiliza y privatiza pero, a la vez, ve cómo se abren posibilidades para dinámicas más abiertas y participativas. En ese contexto resultan fundamentales las políticas públicas y estrategias de país, capaces de construir y aprovechar ventajas competitivas, acertando tanto en las opciones de focalización sectorial como en la identificación y promoción de sinergias intersectoriales.

(Estos son algunos de los primeros párrafos de la ponencia para el Congreso de Servicios Sociales Básicos cuya presentación está prevista para el próximo jueves, 23 de octubre, en Barcelona.)

¿Qué aprendemos en la práctica de la intervención social?

Aprendizaje práctico

En una conversación anterior subrayábamos la necesidad estratégica de ensamblar con mayor fluidez y energía los diferentes engranajes de la gestión del conocimiento en el ámbito de la intervención social, identificando nuestro margen de mejora en áreas como la investigación científica, la intervención basada en la evidencia o la evaluación de impacto de nuestras actuaciones y programas. Quedaba pendiente, sin embargo, referirse al estatuto epistemológico y la importancia crítica de lo que aprendemos practicando la intervención social.

El saber hacer intervención social es, posiblemente, uno de esos saberes especialmente situados o contextuales, es decir, uno de esos saberes que se produce y verifica en cada uno de los hoy y aquí de la practica real. En palabras de Donald Schön aunque el profesional en el que estamos pensando “estaría acreditado y sería competente técnicamente, su pretensión de autoridad está basada sustancialmente en su habilidad para hacer manifiesto su conocimiento especial en sus interacciones con sus clientes. Él no pide al cliente que tenga una fe ciega en una ‘caja negra’, sino que permanezca abierto a la evidencia de la competencia del profesional cuando surja”.

Ahora bien, como dirá el mismo Schön, para que la práctica enseñe, para que aprendamos en la práctica, dicha práctica ha de ser reflexionada. Desde este punto de vista, nos atrevemos a decir que el saber riguroso y significativo para la práctica profesional (por ejemplo de la intervención social) no es sólo ni fundamentalmente aplicación de un conocimiento obtenido de otros modos sino, necesaria y fundamentalmente, un saber obtenido mediante una reflexión sistemática, acompañada, dialógica, ilustrada y documentada de la práctica.

La reflexión desde la práctica suele reforzarnos, por otra parte, en el convencimiento consecuente de que, en palabras de Kurt Lewin, “no hay nada más práctico que una buena teoría”. Cuando hablamos del saber hacer en la intervención social estamos muy lejos de pensar en la repetición mecánica de técnicas o procedimientos y somos conscientes de que una comprensión profunda y despierta de la realidad es fundamental para esa práctica situada, contextual, interactiva y dinámica que es la intervención social.

Reivindicamos para el ámbito de la intervención social (como para tantos otros) el valor insustituible de ese conocimiento que sólo se obtiene en la práctica y en la reflexión sobre la práctica, a la vez que impulsamos la hibridación, contagio, conexión y tracción recíproca entre dicho tipo de conocimiento y otros como los que se obtienen, por ejemplo, mediante la investigación científica, el desarrollo tecnológico, la construcción filosófica o la innovación social.