La incidencia política desde el tercer sector de acción social

Incidencia

Las organizaciones y redes del tercer sector de acción social, en términos generales, asumen que una de sus tareas inexcusables es la de lograr tener influencia en las políticas públicas. Para ello, posiblemente, el primer paso es analizar sus condicionantes y expectativas externas e internas y tomar conciencia de que, frecuentemente, ellas mismas son parte integrante del sistema establecido, singularmente en el ámbito de los servicios sociales y, frecuentemente, en otros como los del empleo o la vivienda. Por ello, transformar las políticas públicas empieza por transformarse a sí mismas (por ejemplo, despatriarcalizar las políticas públicas empieza por despatriarcalizarse a sí mismas).

Por otra parte, para lograr incidencia política, el tercer sector de acción social debe avanzar en su configuración como intelectual colectivo, compatible con la emergencia de intelectuales orgánicas, personas que puedan encarnar, en determinados momentos, el pensamiento, el conocimiento y la voz colectivas. Se trata de ir a la interlocución política con los poderes públicos (y otros agentes) más y mejor pertrechadas de análisis y propuestas comprehensivas sobre las políticas sectoriales y la atención integrada y no únicamente del “qué hay de lo mío”.

Seguramente, en ese terreno, hoy y aquí, es fundamental tener claro lo que supone la aplicación de un enfoque de derechos en la universalización de los servicios sociales y de otras ramas de la política social y ejercer  la resistencia crítica ante los intentos de restaurar ultimas redes asistencialistas que, con la bandera de conveniencia de una pretendida atención integral, precarizan estructuralmente las vidas de muchas personas y, también, dicho sea de paso, el propio tercer sector de acción social. Sabiendo que el reparto de papeles entre el sector público, el tercer sector y otros agentes será diferente en cada sector de actividad (servicios sociales, garantía de subsistencia, vivienda, empleo u otros).

Por otra parte, ese enfoque de derechos universales y el impulso de unos servicios sociales personalizados y comunitarios obliga a no pocas organizaciones del tercer sector de acción social a iniciar, más pronto que tarde, una travesía que, mediante la gestión del conocimiento y las alianzas estratégicas, les lleve a abandonar su nicho tradicional de atención segregada a un determinado colectivo poblacional para irse abriendo al conjunto de la ciudadanía diversa en el territorio (desde el hacinado al despoblado) en clave, cada vez más, de prevención y promoción.

Cada organización y cada red del tercer sector de acción social deberá definir y conquistar su posicionamiento específico, con la proporción deseada, en cada fase de su desarrollo, de ingredientes como: ser red de relaciones solidarias, dinamización comunitaria, intervención profesional, construcción de conocimiento, innovación social, construcción del diálogo civil (a la altura del diálogo social), colaboración con el sector público, sensibilización, cabildeo, fortalecimiento del propio tercer sector de acción social, denuncia, construcción de alianzas con o en movimientos sociales, movilización y así sucesivamente.

Posiblemente, la prueba del algodón de las estrategias de incidencia política del tercer sector de acción social sea la verificación en su seno de procesos de participación y empoderamiento de personas en situación, por ejemplo, de dependencia funcional, aislamiento relacional, exclusión comunitaria o fragilidad vital. Ser menos organizaciones que compiten por subvenciones para sostener empleos (en buena parte dedicados a solicitar y justificar subvenciones) y más instrumentos de autoorganización comunitaria y transformación social.

(Reflexiones compartidas en Cáritas de Castilla y León.)

Procomún colaborativo, creación de valor y territorios sostenibles

Pallars Jussà

El modo hegemónico de creación de valor en nuestro mundo es el mercantil y monetizado. En palabras de Antonio Machado: el que confunde valor y precio. Por ello, frecuentemente, desde la vida comunitaria, desde las políticas públicas y desde las organizaciones solidarias cometemos el error de despreciar las fórmulas propias de creación de valor de dichas esferas para incurrir en estrategias que conducen a la mercantilización de bienes relacionales, públicos o comunes.

Dicha dinámica está produciendo una creciente insostenibilidad de la vida, dado que, como es sabido, las lógicas de mercado, que tan beneficiosas y eficientes resultan para determinado tipo de recursos y procesos, no son sensibles al enorme valor de muchos bienes que producimos o necesitamos las personas, como, por ejemplo, aquellos a los que es (venturosamente) difícil restringir el acceso, los que no son de consumo directo para las personas, los que necesitan personas con limitada capacidad de compra (como las niñas y niños) o los que necesitarán de forma más directa o indirecta futuras generaciones de personas que todavía no han nacido.

En un mundo altamente urbanizado, esto se percibe de forma especial en los territorios de menor densidad de población, en los que la menor masa crítica de demanda agregada hace menos rentable hacer llegar numerosos productos y servicios. Ello facilita que se conviertan en territorios (y comunidades) explotadas y perdedoras, como también lo son, por cierto, determinadas zonas urbanas densamente pobladas, segregadas espacial y socialmente, que son esquivadas o soslayadas por flujos y procesos valiosos que, sin embargo, conectan y enriquecen a lugares bien próximos a ellas.

Por ello, posiblemente, un reto relevante de las políticas públicas e iniciativas colaborativas es el de la generación de ecosistemas (micro, meso o macro) en los que se construyan y multipliquen procesos alternativos de generación de valor, en los que la acción combinada y sinérgica de políticas públicas inteligentes e innovadoras e iniciativas solidarias de base comunitaria consiga dominar y subordinar las dinámicas mercantiles y la circulación de dinero al interés general y a la sostenibilidad social.

Ello supone, por ejemplo, superar el culto a la piedra (a la infraestructura física inaugurable) que preside muchas políticas públicas para potenciar su función relacional apoyada en la ciudadanía digital. Supone, por ejemplo, superar fórmulas inerciales y clientelares de financiación de proyectos para sustituirlas por fondos estratégicos e inteligentes de financiación de innovaciones transformadoras. Supone, por ejemplo, pedir a cada política pública e iniciativa social una mayor capacidad de contribuir a diferentes dimensiones (laboral, relacional, económica, ecológica y otras) del desarrollo territorial y social.

Esto es posible, está pasando, lo estamos contando.

(Entrada elaborada a partir de las conversaciones mantenidas en una jornada de trabajo organizada por el Ateneu Cooperatiu de l’Alt Pirineu i Aran en Tremp y en un encuentro del Dixit de Girona. En la foto, un lugar cercano a Tremp.)

Fortalecer la alianza estratégica entre la atención primaria de servicios sociales de gestión pública directa y el tercer sector de acción social

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El principal ámbito para la construcción de colaboraciones y alianzas por parte de las entidades del tercer sector de acción social debe ser el sector de los servicios sociales y, específicamente, el sistema público de servicios sociales. Ello es así porque el futuro que espere al ámbito sectorial de los servicios sociales dentro de nuestro sistema de bienestar es determinante para el tercer sector de acción social, tanto por el peso específico de sus entidades en el sector económico de los servicios sociales como por el hecho de que la financiación principal del tercer sector de acción social procede, hasta el momento, de los presupuestos públicos destinados a servicios sociales.

Se ha de recordar que el sector de los servicios sociales se encuentra en una ciaboga hacia la universalización que sólo puede completarse con alguna posibilidad de éxito si los avances del conocimiento y la tecnología posibilitan estrategias de integración vertical, entre la actual atención primaria, en gran medida de gestión pública municipal, y la actual atención secundaria, en buena medida gestionada por la iniciativa social sobre la base de una segmentación y segregación de la población usuaria en los tradicionales colectivos vulnerables de los que se ocupaba la asistencia social (como las personas menores, con discapacidad o mayores). Estrategias de integración vertical que incrementen la capacidad resolutiva de la atención primaria con una orientación cada vez más preventiva, personalizada, participativa y comunitaria.

Por ello se propone que las entidades del tercer sector de acción social impulsen proactivamente experiencias piloto, a las que puedan volcar su caudal de conocimiento y su capacidad de gestión, en las que intervengan con las personas en la comunidad, pertenezcan o no al colectivo poblacional con el que la entidad ha trabajado tradicionalmente. Se trata de construir formatos de atención que faciliten la vida de las personas en la comunidad, que hagan más improbable que dichas personas sean clasificadas de alguna manera que las haga candidatas a ser alejadas de su entorno y que vayan permitiendo que la intervención social suceda más en la comunidad (es decir, en los domicilios; en la calle o, en general, en el medio abierto o en el entorno digital) y menos en los centros (ambulatorios, diurnos o residenciales). Formatos que vayan rompiendo la dicotomía entre intervención individual e intervención comunitaria, en la medida en que toda intervención sea, a la vez, personalizada (porque así lo facilitan los avances tecnológicos de los macrodatos, el Internet de las cosas, las plataformas colaborativas o la inteligencia artificial distribuida) y comunitaria (porque siempre es objeto de la intervención social la construcción de lazos comunitarios).

Frente a unas entidades del tercer sector de acción social tradicional, pretendidamente especializadas en la asistencia integral (y, por tanto, frecuentemente, residual) a supuestos colectivos poblacionales entendidos como compartimentos estancos, se trataría de impulsar innovaciones en clave comunitaria y capaces de gestionar las relaciones interpersonales en las diversidades sexuales, generacionales, funcionales y culturales. Desde esta perspectiva estratégica, la incardinación sectorial de la actividad de las entidades del tercer sector de acción social en el ámbito de los servicios sociales se considera condición previa para la atención integrada intersectorial.

(Adaptado de un artículo de próxima publicación en la Revista Española del Tercer Sector, tras reflexiones compartidas con el Ayuntamiento de Mataró y la Fundació El Maresme.)

Servicios sociales, tercer sector e innovación social

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Si estamos sosteniendo que una nueva complejidad social que hace crecientemente obsoleto el modelo tradicional de bienestar es la que demanda unos nuevos servicios sociales universales dedicados a la protección y promoción de la interacción, basados en el conocimiento y la tecnología de evaluación e intervención e integrados vertical y horizontalmente, parece evidente que habrá de ser crecientemente compleja la red de agentes implicados y crecientemente complejas sus relaciones, de modo que la intervención social sea capaz de dar cuenta de la complejidad social, de hacerle frente. Dentro de esa red de agentes, por su importancia en los servicios sociales, procede fijarse especialmente en las entidades de iniciativa social.

Según el planteamiento presente en la normativa vasca, se entiende que las entidades del tercer sector resultan de interés tanto cuando prestan servicios de responsabilidad pública como en el resto de sus actividades y funciones, aportando, en todo caso, un valor añadido específico y diferencial, en virtud del cual se justifica que sean objeto de fomento (en sus diversas actividades propias) y de discriminación positiva (en forma de cláusulas sociales, reserva de contratos u otras que les favorezcan como gestoras de servicios públicos). Ese valor se verificaría, fundamentalmente, en la sinergia entre la prestación de los servicios en los términos establecidos y otras dinámicas como las de la acción voluntaria, la participación de las personas usuarias (y otras) en calidad de asociadas, el enraizamiento comunitario de la organización, su carácter inclusivo, el plus de compromiso de las trabajadoras, la conexión en red de la organización, la incorporación como trabajadoras (remuneradas o voluntarias) de personas en situación de vulnerabilidad o exclusión, el valor intangible de la renuncia al beneficio económico, la independencia respecto del aparato público, el comercio justo, la gestión y financiación ética, el compromiso soportado con recursos propios, la utilidad pública, el interés social, la reputación en la comunidad u otros intangibles presentes en la cultura o ideología de la organización.

Se trataría, ahora, de recuperar capacidad de estar en los dos lados de la ecuación: del lado de la intervención profesional del sistema público de servicios sociales y del lado de los activos comunitarios que pueden ser vistos como resultados esperados y apoyos complementarios por parte de los servicios sociales públicos o profesionales, de modo que la incorporación de entidades de la iniciativa social como prestadoras de servicios profesionales no acarree el sacrificio de sus potencialidades en clave de red comunitaria, voluntaria y solidaria.

Un marco posible para esta agenda de recuperación o reinvención de la iniciativa social y de la colaboración de diversos agentes en redes diversas de conocimiento y acción puede ser el de la innovación social. Las consideradas como de innovación social suelen ser iniciativas de corte participativo, usualmente vinculadas a innovaciones tecnológicas y comunidades (al menos en parte) virtuales, impulsadas desde el trabajo en red y la hibridación entre tradiciones y realidades organizacionales y sectoriales, planteadas a menudo como proyectos piloto (o empresas emergentes) que pudieran luego llevarse a una escala mayor. Los planteamientos de la innovación social ponen el énfasis en la escucha a las personas usuarias o destinatarias y en general a todo agente (hablándose de innovación abierta, coproducción, y cocreación); promueven intencional, activa, colaborativa y reticularmente la creatividad; juegan con la visualización de los sistemas y las soluciones; y trabajan con procesos de prototipado y experimentación rápida.

(Tomado y adaptado de un artículo de próxima publicación en Zerbitzuan.)

Juncos, zombis y brotes en el tercer sector de acción social

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Nuestro tercer sector social tiene muchos juncos, es decir, entidades que han soportado el embate de la crisis económica que les ha afectado de muchas maneras y han sido capaces de adaptarse a la situación y resistir sin perder su identidad, sin dejar de ser eso que son, gestoras de bienes comunes, y, por tanto, el dato es entidad, el dato es resiliencia y el dato es también construcción de redes. Estos últimos años han sido también los años de construcción de federaciones, confederaciones e interlocución política e incluso de legislación.

Pero en estos años han pasado otras cosas. Por ejemplo, se ha acentuado en muchas entidades un asistencialismo, una vuelta atrás en los modos de intervención social. Nos hemos burocratizado también, es inconfesable la cantidad de horas que dedicamos a la burocracia, la cantidad de horas que se dedican a justificar las subvenciones que se reciben. Otro elemento es la descapitalización social y estratégica. Los órganos de gobierno de muchas entidades nuestras son un armario vacío, no hay nada dentro. Y, por tanto, aquí surge la metáfora de los zombis. Hay una buena parte de entidades que son muertos vivientes, ya no son entidades del tercer sector y la iniciativa social.

En tercer lugar, lo que descubrimos es una limitada innovación social y transformación social. Ha habido brotes de innovación social autogestionaria, crítica y alternativa, pero realmente hay muy poca intersección entre los brotes y el tercer sector de acción social. Por decirlo gráficamente, el 15M nos pilló tan fuera de juego como a los sindicatos, a los partidos o a las instituciones, porque el tercer sector de acción social es en buena medida parte del establishment para bien y para mal.

¿Hay esperanza? Yo diría que la esperanza está en la diversidad y en la alianza estratégica entre los brotes y los juncos. Los juncos necesitan de los brotes para saber quiénes son, porque se les puede olvidar. Los brotes necesitan de los juncos para tener capacidad organizativa a escala y para tener capacidad de gestión. Y, sobre todo, unos y otros se necesitan entre sí para librase de los zombis, que son muy peligrosos.

Esos juncos necesitan brotes, necesitan la savia nueva de muchas iniciativas que no saben lo que es el tercer sector pero que son iniciativa social, comunitaria, autogestionaria y alternativa. En esa alianza creo que nos podemos renovar, podemos tirar adelante una agenda que necesariamente es de innovación social profunda, de gestión del conocimiento, de absorción de la complejidad social y, por tanto, un futuro que no está escrito, porque actores sociales mucho más consolidados que el nuestro se están viendo perforados por el cambio de época y están a punto de ser destruidos. Por tanto, no demos nada por sentado, pero sepamos que somos portadoras y portadores de una lógica necesaria en la complejidad social.

(Fragmentos de una intervención transcrita en la revista Políticas Sociales en Europa, cuyo texto completo, PDF de 6 páginas, puede descargarse aquí.)

Tres riesgos de sobredosis y posibles antídotos para el tercer sector de acción social

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En la reflexión estratégica sobre nuestro tercer sector de acción social podríamos identificar tres elementos que, constituyendo características tradicionales, importantes y positivas de las organizaciones solidarias de intervención social, pueden llegar, en una dosis excesiva, a arruinar su proyecto de futuro al servicio de la participación, la inclusión y la justicia social. Los presentaremos a continuación, intentando sugerir, en cada uno de los tres casos, un antídoto que pudiera resultar pertinente.

Nos referimos, en primer lugar, a la orientación a los colectivos vulnerables. No cabe duda de que una buena parte de las entidades de iniciativa y acción social surgen como mecanismo de apoyo mutuo y defensa de los derechos de grupos de personas afectadas por una u otra situación de discriminación o exclusión social y que han sido y siguen siendo enormemente útiles para la mejora de la calidad de vida de dichas personas. Sin embargo, la complejidad del cambio social en las últimas décadas ha ido tornando crecientemente obsoleta y contraproducente la segmentación tradicionalmente utilizada en los procesos de intervención social en nuestro entorno.

Ante esta situación, la apuesta alternativa sería la de la universalidad y personalización por la que llevan décadas intentando transitar las principales políticas sociales, en aplicación del enfoque de derechos. Se trata de superar la segregación de las personas en función de viejas etiquetas clasificatorias e ir canalizando el saber y tecnología de nuestras organizaciones hacia el pilotaje y escalabilidad de formatos de atención cada vez más capaces de gestionar la diversidad sexual, generacional, funcional y cultural.

El segundo riesgo de sobredosis se da en la gestión de servicios y programas estandarizados de financiación pública. Por descontado que la atención profesional garantizada o impulsada por las políticas públicas de servicios sociales u otras es y va a seguir siendo una parte relevante de la actividad del tercer sector de acción social. Sin embargo, tanto en el conjunto del sector como en no pocas organizaciones, el excesivo tamaño de la parcela dedicada a dicha actividad amenaza el necesario equilibrio de funciones que debe caracterizar a la iniciativa social.

Frente a ese riesgo se trata de imbricarnos más en la comunidad, de pegarnos más al territorio, de volver en mayor medida a las calles y los caminos o acceder a los nuevos entornos virtuales donde se construyen las relaciones comunitarias, la participación ciudadana, la solidaridad voluntaria, el compromiso cívico y los movimientos alternativos. Junto a formatos que ofrecen a la ciudadanía la opción de ser usuaria de servicios de calidad, hemos de apostar por procesos de recuperación de identidad e innovación social que nos permitan abrir en mayor medida otras puertas para la participación y el empoderamiento de cada vez más personas.

En tercer y último lugar quisiéramos alertar sobre el riesgo de sobredosis de transversalidad. No olvidamos que se trata de una de las ventajas comparativas de la iniciativa social frente a una administración pública frecuentemente encorsetada y rígida que, en ocasiones, fragmenta artificialmente las necesidades de las personas. No podemos olvidar, sin embargo, que las mejoras en la calidad de vida que hemos podido experimentar en las últimas décadas han venido, en buena medida, de la mano de innovaciones tecnológicas experimentadas al interior de sectores especializados de actividad económica (como el sanitario, el de las telecomunicaciones o el del transporte, por poner tres ejemplos).

Frente a ese riesgo, sin perder el posicionamiento y la dinámica de transversalidad e integración de la atención, apostamos por una mayor incardinación de las organizaciones y personas del tercer sector de acción social en las comunidades de conocimiento sectoriales (especialmente en el sector de los servicios sociales, pero también en el de la vivienda, el sanitario u otros), aumentando su especialización y protagonismo en los procesos de investigación, desarrollo e innovación que añaden valor a las actividades operativas características de dichos ámbitos sectoriales, que son las que, en última instancia permiten obtener los resultados deseados por las personas.

(Reflexiones en una jornada de planificación estratégica del tercer sector de acción social realizada en Madrid el 22 de febrero de 2017.)

Los servicios sociales como espacio de innovación social

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Posiblemente una de las claves para un nuevo modelo de servicios sociales tiene que ver con la necesidad y oportunidad de construir nuevas formas de sinergia entre el papel del sector público; la capacidad de autocuidado y autogestión de las personas, familias y comunidades; la iniciativa social de carácter autogestionario, colaborativo y solidario; y la empresa privada generadora de tecnología y capacidad de atención.

Apostar por la interacción (autonomía funcional/integración relacional) como objeto para los servicios sociales obliga a reconsiderar y reinventar en cierta medida la sinergia entre la intervención profesional de las personas cualificadas y los apoyos familiares y comunitarios así como con la capacidad de las personas de planificar y dar la respuesta a sus propias necesidades. Si los servicios sociales van a ser un pilar del sistema de bienestar, no sabemos cómo van a configurarse, pero cabe conjeturar que no lo harán sencillamente convirtiendo en apoyos profesionales todos aquellos que en un modelo social anterior eran autónomos o familiares y comunitarios.

En cada ámbito sectorial (por sus características específicas y por el momento de la historia del sistema de bienestar en que se ha construido) funciona un determinado mix de bienestar, es decir, un determinado arreglo entre las esferas pública, comunitaria, solidaria y privada. No es el mismo en sanidad que en educación, en empleo que en pensiones. Las peculiaridades de los servicios sociales y el actual momento evolutivo de la historia del sistema de bienestar y de la sociedad en general obligan a (y, a la vez, dan la oportunidad para) innovar tecnológica, organizativa, social y políticamente a la hora de articular a los diversos agentes.

Desde el discurso de la innovación se mira con expectación a la iniciativa social y, ciertamente, en las actividades que hoy denominamos servicios sociales ha habido tradicionalmente y sigue existiendo en España una importante presencia del tercer sector de acción social. Según José Manuel Fresno, “por la manera en que el tercer sector se ha desarrollado en España, de la mano de la expansión de los sistemas de bienestar social y especialmente de los servicios sociales, éste se ha concentrado en las últimas décadas preferentemente en la función de prestación de servicios, en detrimento de las otras funciones que le son propias. En un contexto de pérdida de cohesión social, descrédito de la democracia y deterioro de los valores que han inspirado la misma, es importante que estas dimensiones sean cultivadas de modo especial, pues ello dará mayor consistencia e identidad a sus actuaciones”.

Cuando hablamos del mix de bienestar, estamos hablando del contrato social, es decir, de lo que se espera que haga la persona, de lo que se espera que haga el Estado y así sucesivamente. Las necesidades que tienen que ver con la interacción humana (y en especial las relacionadas con los cuidados) pueden y deben tener, hoy y aquí, sitio preferente en la reformulación del contrato social. La ciudadanía puede estar abierta a un mayor o más estratégico papel del Estado al respecto (con lo que ello conlleva en términos de cotizaciones o impuestos) pero los poderes públicos, los agentes proveedores y las profesiones de referencia han de presentarle una oferta creíble de valor.

Se plantea aquí que, antes de entrar en el –legítimo– debate ideológico, político y técnico sobre el volumen (esfuerzo) de la inversión pública en el sector de los servicios sociales; sobre el peso de las diferentes esferas (pública, comunitaria, solidaria y privada) en la protección y promoción de la interacción humana; o sobre la medida en qué queremos pagar los servicios sociales mediante impuestos, cotizaciones, copagos, precios o de otro modo; cabe, desde el diseño estratégico de políticas sociales y desde la planificación estratégica del tercer sector de acción social, configurar, pilotar y aumentar de escala arreglos innovadores que potencien mayores y mejores sinergias entre todos los agentes o esferas implicadas.

(Adaptado de parte de un artículo recientemente publicado en la Revista Española del Tercer Sector que puede descargarse completo aquí. Sobre estas cuestiones trataremos en la jornada de planificación estratégica organizada por la Plataforma de ONG de Acción Social en Madrid el 11 de octubre de 2016, que será dinamizada por Fresno Consulting.)

Perspectives estratègiques en el tercer sector d’acció social

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Identifiquem quatre sectors diferenciats, cadascun dels quals proveeix diferents tipus de béns. D’una banda el mercat que es basa en les relacions d’intercanvi lucratives, d’altra el sector públic, que treballa en la garantia de drets i obligacions, i la comunitat, la qual es mou en el marc de les relacions primàries com són les familiars. La iniciativa social es situa enmig d’aquests tres, fronterer a la comunitat, el mercat i l’Estat, com una mena d’estació intermodal que gestiona béns comuns i basa les seves relacions en la solidaritat.

Si analitzem la situació del tercer sector d’acció social, veiem:

  • L’entitat, la resiliència de moltes i rellevants organitzacions (que, com a joncs, resisteixen sense perdre la seva forma) i l’avenç en la construcció de xarxes, federacions i confederacions.
  • L’avenç notable de dinàmiques de pressió, assistencialisme, burocratització i descapitalització social i estratègica de l’acció voluntària i el tercer sector en la crisi i l’aixecament truncat dels serveis socials, quart pilar de l’Estat del benestar (la qual cosa ha fet augmentar el nombre d’organitzacions zombis, de morts vivents que semblen iniciativa social però ja no ho són).
  • La limitada dinàmica d’innovació i transformació social (els brots, que sorgeixen molt més fora que dins del tercer sector d’acció social) i la molt limitada integració operativa entre les organitzacions fora del col·lectiu de referència.

Des d’aquesta lectura de la situació es pot apuntar cap a un relat estratègic en el que hi pot haver sinergies entre elements com:

  1. L’impuls d’organitzacions solidàries de certa escala i capacitat de gestió que aportin valor, en clau de concertació, en la construcció i universalització del sistema públic de serveis socials.
  2. L’apropiació i generació de models de gestió del coneixement i innovació tecnològica i social que representin arranjaments alternatius entre agents diversos.
  3. La gestió de la diversitat de tipus d’organitzacions en aliances i xarxes a nivell operatiu, de gestió i polític.
  4. L’aplicació d’un enfocament comunitari que potenciï la vinculació i l’apoderament de les persones en les seves relacions i xarxes primàries.
  5. La diversitat de fórmules de relació entre les organitzacions solidàries i les institucions polítiques i de repolitització de la iniciativa social.
  6. La tornada de les organitzacions a les seves arrels i la reconstrucció del seu subjecte i designi estratègic, com a productores, gestores i defensores de béns comuns.
  7. L’abordatge del repte de la sostenibilitat de les organitzacions, amb regles de joc assumibles de raonable estabilitat.
  8. La institucionalització i reconeixement del tercer sector d’acció social, de la política pública de foment de la iniciativa social i del diàleg civil.
  9. La densificació de la solidaritat en les organitzacions; solidaritat que és la seva senya d’identitat, raó de ser i aportació a les persones i a la societat.

Quin relat i, sobretot, quines pràctiques relegitimaran i reconnectaran a les entitats del tercer sector d’acció social en la vella i sempre nova tasca de construir comunitat política, llaços fraterns, béns comuns, ètica ciutadana, significats compartits, valor públic i sostenibilitat social?

(Adaptat del document elaborat per l’Observatori del Tercer Sector, sintetitzant i traduint al català una intervenció en una jornada de ECAS Acció Social. Al voltant d’aquestes qüestions es parlarà el 17 de setembre amb la associació Alba de Tàrrega.)

Situación y perspectivas del tercer sector de acción social

ECAS

Existe inquietud sobre la gobernanza e incidencia del tercer sector de acción social en el nivel político, en un contexto de preocupación por la relación entre éste y la comunidad, la Administración y, especialmente, iniciativas y movimientos sociales y alternativos emergentes en la crisis de los últimos años; iniciativas y movimientos que, en algunos casos, tienen su incidencia y presencia política e institucional.

El reciente estudio de la Plataforma de Organizaciones No Gubernamentales de Acción Social nos habla de:

  1. La entidad, la resiliencia de muchas y relevantes organizaciones (que, como juncos, resisten sin perder su forma) y el avance en la construcción de redes, federaciones y confederaciones.
  2. El avance notable de dinámicas de presión, asistencialismo , burocratización y descapitalización social y estratégica de la acción voluntaria en la crisis y el levantamiento truncado del cuarto pilar (aumentando el número de organizaciones zombis, de muertos vivientes que parecen iniciativa social pero ya no lo son).
  3. La limitada dinámica de innovación y transformación social (cuyos brotes surgen mucho más fuera que dentro del tercer sector de acción social) y la muy limitada integración operativa entre las organizaciones fuera del colectivo de referencia.

Desde esa lectura de la situación se puede apuntar hacia un relato estratégico en el quizá pueda haber sinergias entre elementos como:

  • el impulso de organizaciones solidarias de cierta escala y capacidad de gestión que aporten valor, en clave de concertación, en la construcción y universalización del sistema público de servicios sociales;
  • la apropiación y generación de modelos de gestión del conocimiento e innovación tecnológica y social que representen arreglos alternativos entre agentes diversos;
  • la gestión de la diversidad de tipos de organizaciones en alianzas y redes a nivel operativo, de gestión y político;
  • la aplicación de un enfoque comunitario que potencie la vinculación y el empoderamiento de las personas en sus relaciones y redes primarias;
  • la diversidad de fórmulas de relación entre las organizaciones solidarias y las instituciones políticas y la diversidad de formas de politización o repolitización de la iniciativa social;
  • el retorno de las organizaciones a sus raíces y la reconstrucción de su sujeto y designio estratégico, en tanto que productoras, gestoras y defensoras de bienes comunes;
  • el abordaje del reto de la sostenibilidad de las organizaciones, con reglas de juego asumibles de razonable estabilidad;
  • la institucionalización y reconocimiento del tercer sector de acción social, de la política pública de fomento de la iniciativa social y del diálogo civil; y, sobre todo,
  • la densificación de la solidaridad en las organizaciones, solidaridad que es su seña de identidad, razón de ser y aportación a las personas y a la sociedad.

¿Qué relato y, sobre todo, qué prácticas relegitimarán y reconectarán a las entidades del tercer sector de acción social en la vieja y siempre nueva tarea de construir comunidad política, lazos fraternos, bienes comunes, ética ciudadana, significados compartidos, valor público y sostenibilidad social?

(Sobre estas y otras cuestiones debatiremos el 8 de julio en una jornada organizada en Barcelona por ECAS. Más información aquí.)

El tercer sector: una estación intermodal

Colaboración

En la clásica representación gráfica de Victor Pestoff, la esfera del sector voluntario, la iniciativa social o las organizaciones solidarias queda en medio, con fronteras con la comunidad, el mercado y el Estado. Nos parece sugerente esa ubicación que a veces hemos comparado con la de una estación intermodal, que se relaciona simultáneamente con los otros tres espacios de los que proceden y a los que van diversos flujos. Posiblemente esas fronteras son más bien difusas o porosas y no es fácil trazar las líneas en las que acaba el sector solidario y donde comienza cualquiera de los otros tres; y seguramente hay organizaciones voluntarias o iniciativas solidarias más cercanas a la esfera económica, a la esfera política o a la esfera comunitaria. Se diría que la iniciativa social adquiere y muestra densidad e identidad en la medida en que se diferencia de las otras esferas, pero sólo puede hacerlo, paradójicamente, acercándose a ellas, relacionándose con ellas. Y por ello puede ocurrir que las entidades voluntarias:

  • Por la atracción fatal de la esfera del mercado, se mercantilicen, perdiendo base o enraizamiento comunitario y significatividad e impacto político.
  • Por el abrazo del oso de la esfera del Estado, se burocraticen, perdiendo base o enraizamiento comunitario y autonomía y sostenibilidad económica.
  • Por la llamada del establo caliente de la esfera comunitaria, se disuelvan, perdiendo significatividad e impacto político y autonomía y sostenibilidad económica.

Sin embargo, también puede ocurrir (y ocurre) que, en una relación sinérgica con los otros tipos de agentes (públicos, mercantiles y comunitarios) y con otros agentes del tercer sector, las organizaciones solidarias se afirmen y perfeccionen en sus señas de identidad. Si la lógica de funcionamiento en la esfera estatal tiene que ver con el derecho y la redistribución; si la dinámica de acción en la esfera mercantil tiene que ver con el intercambio (oneroso); si el valor añadido en la esfera comunitaria tiene que ver con el don y la reciprocidad; podremos hablar de una esfera de la iniciativa social, diferenciada de las otras tres, si su lógica de funcionamiento o dinámica de acción (que tendría que ver con la solidaridad) está suficientemente diferenciada, si aporta un valor añadido que las otras tres no pueden aportar. Y efectivamente, podemos sugerir que:

  • El don y la reciprocidad que se vive, en principio, en las redes primarias parece pedir una prolongación organizada que pueda ofrecer a esos valores defensa y protección y, a la vez, cierta traducción e incidencia política o económica.
  • El mundo de las instituciones públicas y de la política parece necesitar renovarse e incluso regenerarse con la ayuda, entre otras, de la interlocución con iniciativas de la sociedad civil portadoras de propuestas innovadoras o denuncias reivindicativas.
  • Desde la esfera mercantil parece pretenderse la relación con agentes o instancias menos orientadas al beneficio económico, en busca de responsabilidad y sostenibilidad social.

Nos encontramos, por tanto, ante un conjunto, enjambre o entramado heterogéneo de iniciativas, entidades y organizaciones que hunde sus raíces en el pasado aunque en cada momento histórico y entorno geográfico pueda adoptar configuraciones y denominaciones diferentes, de las cuales, por otra parte, tanto las propias entidades como sus entornos pueden tener mayor o menor conciencia. Entendemos, en todo caso, que la emergencia de entidades voluntarias de la sociedad civil, el surgimiento de la iniciativa social de organizaciones solidarias responde a lógicas profundas específicas y propias que han existido desde tiempo atrás (no a fallos más o menos coyunturales o estructurales de otros agentes o dinámicas) y es expresión, en cada momento histórico (y en éste) de reflexividad social, de capacidad de respuesta ante la complejidad, de aumento de la capacidad instalada agregada y sinérgica para hacer frente a las vulnerabilidades sociales y proteger y promover el bienestar. La realidad constatable en cada lugar y momento concreto dirá en qué medida se verifica o se desvirtúa esa promesa. Puede ser considerada una promesa exagerada, incumplida o incumplible, pero, como mínimo, merece la pena dedicarle atención, darle una oportunidad.

(Adaptado de Diseño de políticas sociales (CCS, 2014), introductorio de la ponencia para el CERMI de 31 de mayo en la jornada cuyo programa puede consultarse aquí. Ver resumen de la ponencia en la ilustración que encabeza la entrada.)