Economía plateada, bienestar clientelar y sostenibilidad intergeneracional

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En una reciente intervención pública, Peter Wintlev-Jensen, director de Programas en la Comisión Europea afirmó que la denominada “economía plateada” (silver economy), la que responde a la demanda de las personas mayores de 50 años, sustentará más de un tercio de los puestos de trabajo en 2025 en Europa. Valga esta previsión como botón de muestra de las tendencias y expectativas mercantiles que genera el incremento del número y poder adquisitivo de personas mayores y la diversificación y cambios en sus perfiles personales y patrones de consumo.

Dicha economía plateada crece, ciertamente, al calor de la demanda solvente de un buen número de personas mayores en los mercados y también de su influencia como clientela numerosa y activada de los sistemas públicos de protección social. Ello influye, sin duda, por ejemplo, en el hecho de que en España la tasa de pobreza infantil y juvenil duplique y triplique, respectivamente, la de las personas mayores (según un estudio reciente) o que, en palabras de una de las personas más expertas en cuidados paliativos en España, el 70% del gasto sanitario se produzca en nuestros seis últimos meses de vida.

Simultáneamente, aumentan las situaciones y sentimientos de soledad no deseada en nuestra sociedad, especialmente entre las personas mayores. Tal como refleja la Encuesta Continua de Hogares de 2016, los de las personas mayores de 65 años representan el 41,7% de los hogares unipersonales y según un estudio reciente, en España, el 53% de las personas que viven solas en contra de sus deseos son mayores de 65 años (mayoritariamente mujeres) y es en este colectivo (las personas que viven solas sin desearlo) en el que más se producen los sentimientos de soledad y el aislamiento social, con sus consecuencias de vulnerabilidad en varios sentidos.

No cabe objeción a que las empresas y las políticas de promoción económica se orienten mejor y sean más amigables en relación con las necesidades y demandas de las personas mayores. Tampoco a que éstas se organicen para defender sus derechos, duramente conquistados, en materia de políticas sociales. Sin embargo, tanto el fomento de la economía plateada como la protección social de las personas mayores deben pensarse y repensarse de forma compatible y sinérgica con estrategias de construcción de comunidades inclusivas y relaciones significativas (familiares y no familiares, convivenciales y no convivenciales) y dentro de un proyecto común en clave de equidad intergeneracional y sostenibilidad social.

(Sobre economía plateada hemos hablado recientemente en un encuentro convocado por la Diputación Foral de Gipuzkoa sobre su proyecto de innovación en servicios sociales y otros ámbitos en Pasaia. Sobre equidad intergeneracional, sistema de bienestar y servicios sociales, en un encuentro en Pamplona organizado por la Fundación Ezkerraberri. Sobre la soledad y la interacción, con Luis Barriga, Natividad de la Red y otras personas en Valladolid con su Ayuntamiento.)

Personas con más vida, sociedades con más generaciones

CES

Sin duda uno de los fenómenos más relevantes de la historia de la humanidad es el enorme aumento de la duración de nuestras vidas logrado en las últimas décadas, con el consiguiente enriquecimiento (en diversos sentidos) de las vidas individuales y los consiguientes dividendos demográficos (en palabras de la OIT) para sociedades más diversas en las que pueden convivir y relacionarse cada vez más generaciones.

Ahora bien, frecuentemente dichos logros coexisten e interactúan con otros fenómenos sociales, ciertamente menos deseables, como la disminución de la natalidad, la prolongación y precarización de los procesos de emancipación juvenil, la persistencia de inequidades de género o el incremento de las situaciones de dependencia funcional, en un contexto en el que posiblemente es cada vez más necesario reescribir el contrato social intergeneracional para la sostenibilidad de la vida. Todo ello representa:

  • Oportunidades y desafíos para el mundo de la economía y la empresa.
  • Oportunidades y desafíos para el sistema público de bienestar o protección social.
  • Oportunidades y desafíos para la planificación y gestión del proyecto de vida de las personas y de su autocuidado, cuidado y activación.
  • Oportunidades y desafíos para la vida comunitaria, las relaciones intergeneracionales y la solidaridad voluntaria.

Sea como fuere, frente a alarmas catastrofistas (ciertamente interesadas) sobre nuestra incapacidad de autogestionarnos como personas con más vida y como sociedades con superiores proporciones de personas mayores que las sociedades anteriores, hemos de señalar que nos encontramos, posiblemente, ante el logro social y económico más relevante de la historia de la humanidad y que representa tal mejora en términos de productividad, conocimiento y capacidad de autoorganización y autorregulación agregada que nos coloca en óptimas condiciones para gestionar los desafíos que el propio éxito acarrea.

(A partir de esta introducción se iniciará un debate convocado por el Consejo Económico y Social Vasco el 12 de julio.)

Innovando en la atención a personas mayores

Entremayores

Usted presta servicios, fabrica productos, realiza intervenciones, tiene algo que ofrecer. Usted diseña políticas, vende algo, desea convencer, quiere emprender. Usted busca posicionarse, ser útil, ayudar y, por supuesto, innovar.

Y usted, por alguna razón, ha pensado en personas mayores como usuarias, clientes, pacientes, votantes, estudiantes, habitantes, consumidoras, beneficiarias, compradoras, audiencia o público; como destinatarias, en definitiva, de esa propuesta novedosa que usted está en condiciones de hacer.

Pues bien, le propongo cinco características para que su creación sea exitosa, cinco rasgos que, sugiero, ha de tener la innovación dirigida a personas mayores.

Se propone que sea, en primer lugar, una innovación personalizada. El alargamiento de la esperanza de vida y el constante aumento de tamaño del colectivo de personas mayores incrementa, en su seno, la diversidad en términos de edad y en muchos otros sentidos (funcional, cultural o sexual, entre otros). Por eso es cada vez más disfuncional la percepción de las personas mayores como un segmento homogéneo. De ahí la necesidad de una innovación personalizada, atenta a las diferencias existentes dentro del colectivo y a las similitudes de los miembros de dicho colectivo con miembros de otros colectivos.

Se pretende, en segundo lugar, de una innovación transversal. Las personas mayores son destinatarias de todas las ramas de actividad de las políticas públicas y de todos los sectores económicos. Tanto las estructuras de los gobiernos como en las estrategias de las empresas resulta cada vez más problemático vincular la atención a mayores con un determinado ámbito sectorial (como el de los servicios sociales, por ejemplo), por la enorme transversalidad de las necesidades, demandas y expectativas de la población mayor.

Pensamos, en tercer lugar, en una innovación comunitaria. Nos equivocaremos cada vez que nuestra oferta, servicio, producto o intervención contribuya a desvincular a las personas de sus redes familiares, convivenciales o vecinales y, en definitiva, a alejarlas de sus entornos vividos, reconocidos y deseados. Acertaremos con los recursos y apoyos que contribuyan a la integración comunitaria de las personas en las tramas humanas y vitales elegidas y construidas por ellas.

Como cuarta nota, proponemos una innovación intergeneracional. Las relaciones naturales (familiares, barriales, laborales o militantes, por citar cuatro tipos) son, normalmente, intergeneracionales. Nuestras propuestas innovadoras deberán contribuir a la sostenibilidad de esta vida intergeneracional que deseamos y nos enriquece, posibilitando también, lógicamente, nuestras naturales y deseadas relaciones con las personas coetáneas.

Y, por último, se plantea una innovación participativa. La innovación tecnológica y social se entiende, cada vez más, en clave de cocreación, mediante procesos interactivos de empoderamiento de las personas, obviamente también las mayores, que son consideradas como portadoras de un proyecto singular de vida y expertas para su implementación.

(Publicada aquí en entremayores)

Personas mayores y políticas sociales en el siglo XXI

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Cada vez más, la atención desde los servicios de bienestar a las personas mayores (y a cualquier persona) se propone como una atención integral centrada en la persona. Integral porque en ningún caso cabe pensar que se aborde desde un solo ámbito (como los servicios sociales) o unos pocos (añadiendo sanidad y garantía de ingresos) sino que se espera el concurso, entre otras, de las políticas de vivienda, educativa y de empleo. Centrada en la persona –entre otras razones– porque las personas mayores, cada vez más empoderadas, reclaman seguridad, flexibilidad, personalización y calidad en los diferentes servicios que reciben.

En ese contexto debe recibir especial cuidado la coordinación de la atención ofrecida desde los servicios sociales y desde la sanidad, fundamentalmente a través de tecnologías que posibiliten la intervención en el domicilio familiar y la comunidad de referencia. En los casos en los que proceda, en algún período, la atención hospitalaria (en el sector sanitario) o residencial (en el de servicios sociales) es especialmente necesaria la atención y financiación integrada.

La mayor esperanza de vida que hemos ido conquistando –por la revolución reproductiva– es uno de los más valiosos logros sociales, que aumenta la diversidad generacional en la sociedad (más generaciones coexisten) y el tamaño y heterogeneidad del conjunto de las personas mayores, también –al menos por el momento– en cuanto a la autonomía funcional y necesidad de cuidados. Todo esto coincide en el tiempo con importantes cambios en el tamaño, estructura, dinámica y valores familiares y comunitarios. La respuesta a estos retos pasa por impulsar más políticas sociales universales, capaces de gestionar la diversidad funcional (y otras), y construir nuevas relaciones y contratos intergeneracionales.

Las personas que nos vamos haciendo mayores necesitamos construir un horizonte creíble y viable en el que las relaciones primarias y los servicios profesionales encajen sinérgicamente en los entornos comunitarios deseados. Para conseguirlo es fundamental la apuesta por la innovación tecnológica y social para la sostenibilidad de la vida. La inversión social debe apostar por nuevas formas de asistencia y acompañamiento para la interacción humana y nuevos modelos de gestión participativa de los servicios de bienestar.

El reto es sistémico para nuestro modelo de bienestar y nuestro contrato social, de modo que nuevas políticas de servicios sociales, sanidad y vivienda contribuyan a que se puedan realizar y compartir mejor los cuidados primarios y se consigan intervenciones profesionales más pertinentes y sostenibles, contribuyendo todo ello a unas relaciones intergeneracionales más satisfactorias y justas.

De esto tratará la conversación organizada por la Fundación Miranda en Barakaldo (más información aquí).

Los desafíos de la sociedad envejecida

Pirámide

El alargamiento de la esperanza de vida de las personas y la configuración de familias, comunidades y sociedades en las que hay una mayor proporción de personas mayores es, a nuestro entender, un logro social impresionante (…). Ahora bien, como cualquier logro individual o colectivo, éste que venimos presentando nos trae nuevos problemas, nos presenta nuevos desafíos. El problema, fundamentalmente, consistiría en que la sociedad envejecida se escore hacia la protección y promoción del bienestar de las personas mayores actuales y perjudique, comparativamente, a otros grupos de edad, socavando la solidaridad intergeneracional y la sostenibilidad social. Desde el punto de vista de algunas personas expertas, es lo que estaría pasando en este momento en alguna medida en nuestro Estado de bienestar, por ejemplo, en España, y es lo que explicaría en parte la baja natalidad comparativa de nuestro país (…).

Por otra parte, ese Estado de bienestar, algunos de cuyos pilares (singularmente las pensiones y la sanidad) sirven, especialmente, a las personas mayores, aparece, paradójicamente, como crecientemente obsoleto ante esa sociedad envejecida que hemos dibujado. Y ello es así, fundamentalmente, porque el modelo tradicional de cuidados ha entrado en crisis (por la disminución de la natalidad, por el incremento del número de personas con limitaciones funcionales, por la creciente incorporación de mujeres al empleo remunerado sin correspondiente incorporación de varones a los cuidados familiares y comunitarios, por otros procesos de movilidad e individualización social…). La respuesta a esta crisis del modelo tradicional de cuidados pasa, a nuestro entender, por desarrollar el sector (y, en particular el sistema público) de los servicios sociales (…).

Se trataría de apostar por unos servicios sociales (y, en conjunto, unas políticas sociales: sanitaria, de vivienda, de garantía de ingresos) de enfoque familiar y comunitario, es decir, no tanto pensados para una pretendida sustitución o compensación (por ejemplo económica) de los apoyos y cuidados familiares y comunitarios sino más bien para potenciarlos y complementarlos (…). Avanzando en la construcción de una sociedad que sería cada vez más amigable para con las personas mayores y, a la vez, más capaz de gestionar la diversidad y las relaciones intergeneracionales (y también interculturales, pues no debemos olvidar el papel fundamental de muchas mujeres inmigrantes en los cuidados y las condiciones laborales y vitales manifiestamente mejorables en las que lo ejercen) en el ámbito familiar, laboral, comunitario (…).

Quizá la generación que, con su trabajo productivo y reproductivo y su participación sindical y política, protagonizó en buena medida la construcción de nuestro Estado de bienestar pueda ahora, en diálogo con las otras generaciones, alumbrar nuevas experiencias y modelos de solidaridad y bienestar que, profundizando en valores como la igualdad, la equidad, la protección y la seguridad, se fortalezcan en humanidad, sobriedad, participación y sostenibilidad. En última instancia el desafío final de la sociedad envejecida quizá sea el desafío de repensarnos como sociedad, de reconocer nuestra consustancial condición vulnerable, social, temporal e histórica, nuestra condición de seres en proceso compartido, embebidos en un mundo común.

Fragmentos del artículo “Radiografía de la sociedad envejecida” que se puede descargar aquí.

La paradoja de Bossuet y el “problema” del envejecimiento

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Pierre Rosanvallon ha denominado paradoja de Bossuet al mecanismo según el cual las personas deploran en general lo que consienten en particular. Quizá algo de eso nos pasa cuando las mismas personas que buscamos y celebramos, individualmente, la mayor eficiencia reproductiva (que nuestras criaturas nos sobrevivan todas y largamente) y la mayor esperanza de vida (no morirnos, todavía, y tener trayectorias vitales más prolongadas, donde tengamos tiempo de desarrollarnos más plenamente), somos las que nos alarmamos y preocupamos cuando, social o colectivamente, alcanzamos dichas metas.

Julio Pérez Díaz, demógrafo español, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y la gente de Envejecimiento en Red nos hablan de la verdadera revolución reproductiva que ha supuesto el enorme incremento de la supervivencia de las personas y nos invitan a comprender que existe un círculo virtuoso entre eficiencia reproductiva y (no sólo cantidad sino también) calidad (de vida) de la población. En buena medida gracias a dicha eficiencia reproductiva, podemos dedicar más tiempo a formarnos, podemos especializarnos, podemos dedicar menos años a la reproducción y la crianza, podemos organizarnos de forma más estable y menos contingente, podemos incrementar nuestra productividad…

Claro que este fabuloso éxito social global nos presenta nuevos desafíos en la siguiente pantalla: en la prevención y abordaje de nuevas enfermedades y discapacidades con más prevalencia en los últimos años de la vida, en la reinvención de nuestros sistemas de bienestar social, en la reorganización de la vida laboral o urbana, en la modificación de nuestros hábitos y expectativas sociales… Sin embargo no abordaremos bien esos desafíos si no somos conscientes de que provienen de éxitos colectivos (dividendos demográficos, dirá la Organización Internacional del Trabajo) por los que hemos trabajado y seguimos trabajando cada día. Y si no nos congratulamos de que esos propios éxitos individuales y sociales nos ponen en mejores condiciones para dar respuesta a esos desafíos, sin ninguna duda.

Lo contrario sería entramparse en la paradoja de Bossuet.

Innovación contracultural en la atención a mayores

Podríamos denominar “crisis de los cuidados” a una de las facetas o dimensiones fundamentales de la crisis sistémica o cambio de época que podemos estar viviendo en este paso del siglo XX al siglo XXI. Tiene que ver con una red de fenómenos: Por un lado la transición demográfica relacionada con el aumento de la esperanza de vida y el envejecimiento de la población en todo el mundo (que, al menos de momento, está suponiendo un aumento de las situaciones de enfermedad crónica y limitación funcional). Por otro lado la progresiva superación de la llamada división sexual del trabajo en un contexto de reconfiguración de los tamaños, estructuras, dinámicas y modalidades familiares y convivenciales, con la consiguiente disminución radical de la disponibilidad familiar y comunitaria para el cuidado cotidiano (al menos a día de hoy).

Esa crisis de los cuidados, unida a otros fenómenos de esta época de la globalización (migraciones, individualización, mercantilización, consumismo, políticas de recorte…) convierte en cada vez más obsoleto e insostenible el sistema político y organizativo clásico de nuestros Estados sociales, cuyas principales herramientas (pensiones contributivas y sanidad universal orientada a los procesos agudos) son incapaces de hacer frente, tal cual, a los nuevos retos.

Ello nos obliga a procesos de innovación técnica, social y política para imaginar, diseñar, desarrollar, experimentar y extender formas cada vez más sinérgicas y sostenibles de dar respuesta colectivamente a las necesidades de apoyo cotidiano que cada vez más personas mayores (y otras) presentan en nuestra sociedad.

Gizarte zerbitzuak

La estrategia debiera conducir a medio plazo a conseguir superar la dicotomía casa-residencia que en este momento preside las decisiones (o las no decisiones) de muchas personas con limitaciones funcionales para el desenvolvimiento cotidiano en un momento de su vida, gracias a una reorganización de la vida comunitaria consciente de la masa crítica de personas (empezando por todas las personas hasta cierta edad) que necesitan apoyo personal para su desenvolvimiento cotidiano.

En cualquier caso hemos de ser conscientes del carácter profundamente contracultural y perturbador de cualquier estrategia o agente que pretenda construir una comunidad que asuma consecuentemente la dignidad de la vida humana en su vulnerabilidad y que construya una cultura, una economía y una política al servicio de la sostenibilidad de esa vida, sin discriminar a las personas en función de su edad, capacidad funcional, disponibilidad económica o densidad de su red familiar o comunitaria de apoyo. Seamos conscientes del carácter profundamente contracultural y perturbador de la afirmación de la vida, de la cultura de la vida alargada, del reconocimiento de los dividendos demográficos entendidos como el inmenso valor agregado que conseguimos en nuestros proyectos vitales más prolongados.

Próximamente texto completo trabajado con Zahartzaroa (jueves, 30 de enero de 2014) en fantova.net