Retos de la educación social en tiempos de globalización

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El concepto de globalización es, sin duda, uno de los más utilizados para intentar identificar un conjunto de cambios sociales en curso en las últimas décadas del siglo XX y las que llevamos del XXI y se refiere, fundamentalmente, a diversos efectos del desarrollo de tecnologías de la información y comunicación que están transformando radicalmente nuestro mundo laboral, económico, relacional y, en general, social.

En ese proceso de cambio que sentimos como acelerado, cada vez más personas nos vemos lanzadas a construir las que Ulrich Beck llamaba “biografías de bricolaje”, en la medida en que se multiplican las oportunidades y las amenazas para nuestras cada vez más diversas y cambiantes trayectorias laborales, familiares o, en general, personales.

En ese contexto, la educación social y, en general, las disciplinas y profesiones de la intervención social encuentran su gran ventana de oportunidad para construirse y ser vistas como áreas de conocimiento y de práctica de alto valor añadido para el conjunto de la población, en la medida en que ofrecen apoyos para el fortalecimiento de la autonomía y autodeterminación de las personas en el seno de sus relaciones familiares y comunitarias.

Privadas o liberadas (según se mire) del acceso a trayectorias biográficas como las de generaciones anteriores, mucho más predeterminadas por el lugar de nacimiento, el sexo, el primer acceso al mercado laboral o las redes familiares y comunitarias originarias, en la denominada por Beck “sociedad del riesgo”, las personas (además de atención sanitaria, cualificación e inclusión laboral; además de acceso al alojamiento o garantía de ingresos) necesitamos apoyos profesionales (a pie de calle, en nuestro domicilio, en las redes sociales u otros entornos comunitarios) que nos ayuden a prevenir, paliar o revertir situaciones de pérdida de autonomía para la vida diaria o de aislamiento o exclusión relacional.

Fenómenos tan preocupantes como la victoria de Donald Trump revelan hasta qué punto y de qué manera inseguridades personales o fracturas de identidad fraguadas y vividas en espacios microsociales pueden agregarse a escala macrosocial con peligrosas consecuencias. De ahí la necesidad de reforzar el compromiso del Estado de bienestar por el apoyo profesional de la educación social y, en general, de la intervención social (en los servicios sociales y también en otros sectores de actividad) a la coproducción de bienes relacionales en el seno de comunidades inclusivas para que más y más personas afrontemos cada vez mejor el bricolaje de nuestra vida.

Las disciplinas y profesiones de la intervención social, asumiendo su responsabilidad en los servicios sociales

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Una de las conclusiones de un análisis sobre nuestros servicios sociales, que próximamente se publicará en la revista Zerbitzuan, es que, en este ámbito sectorial, se han producido y se producen, significativamente, algunas situaciones como las siguientes:

  • Presencia notable de contenidos fácticos de la regulación jurídica y organización administrativa de los servicios sociales en los currículums académicos ofrecidos para la formación de profesionales de la intervención social, como si constituyeran o aportaran (y, por tanto, en lugar de) conocimiento disciplinar, técnico y científico.
  • Desconocimiento, por parte de diversos agentes relacionados, incluido en ocasiones el propio personal técnico, del perímetro a exigir y respetar para el ámbito propio de la capacidad de diagnóstico, prescripción e intervención profesional de la intervención social, no delimitándolo (por exceso y por defecto) y no diferenciándolo adecuadamente de otros ámbitos técnicos o facultativos o de los administrativos o políticos.
  • Utilización de procedimientos de construcción jurídica, gobernanza política, diálogo institucional o gestión administrativa para producir y legitimar contenidos e instrumentos que pertenecen a la esfera de las ciencias y las tecnologías de la intervención social y que debieran ser elaborados y validados en las redes y comunidades de conocimiento de las disciplinas de la intervención social.

Se trataría de fenómenos que podríamos considerar indicadores expresivos de inmadurez de nuestro sector de actividad y áreas de conocimiento y que nos restan capacidad de respuesta y maniobra ante las crecientes necesidades, demandas, expectativas y competencia a las que están sometidos los servicios sociales y la intervención social en el actual contexto de cambio tecnológico, social, institucional y político.

La conclusión obtenida, obviamente sometida a debate, es que nuestra principal responsabilidad como profesionales de la intervención social y los servicios sociales, hoy y aquí, es la que tenemos en relación con la construcción, validación, transferencia, aplicación y mejora de conocimientos rigurosos y tecnologías seguras dentro de nuestras disciplinas (como trabajo social, educación y pedagogía social y psicología de la intervención social), que ofrezcan a la ciudadanía (a todas las personas), en el seno de los servicios sociales (y en otros ámbitos), la posibilidad evaluable y evidente de lograr resultados valiosos.

Y quizá que, sin dejar, obviamente, de participar e influir en conversaciones como la intersectorial, la laboral, la reivindicativa o la administrativa, sería prioritario producir, nutrir, dinamizar, relacionar y alinear las conversaciones propias de nuestras comunidades de conocimiento y, especialmente, las que hay que construir entre las universidades y centros de investigación y las organizaciones y profesionales de la intervención social y los servicios sociales universales, relacionales y comunitarios que estamos impulsando.

Sobre estas cuestiones hablaremos el jueves, 7 de septiembre, en Barcelona en la asamblea de la Comisión de Bienestar Social de la Asociación Catalana de Municipios. Más información aquí.

Educación social y derechos de ciudadanía

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En nuestro entorno, la educación social se ha venido configurando como una profesión que se desempeña, en buena medida, en el ámbito sectorial de los servicios sociales, aunque, sin duda, tenga cabida y deba tenerla cada vez más en otros sectores de actividad económica. Podría decirse que el trabajo social, la psicología de la intervención social y la educación (y la pedagogía) social constituyen las principales disciplinas o áreas de conocimiento de referencia para los servicios sociales.

El de los servicios sociales –al igual que otros muy propicios para la educación social, como es el de la educación– es un ámbito sectorial en el que existe un amplio consenso a favor de la existencia de políticas y sistemas públicos de servicios que garanticen derechos universales a toda la ciudadanía. Debemos reconocer, sin embargo, que la garantía del derecho a los servicios sociales (y, por tanto, a una buena parte del apoyo y acompañamiento que podemos ofrecer las educadoras y educadores sociales) no es tan fuerte en nuestro contexto como la que existe para otros derechos, como puede ser, por ejemplo, el derecho a la atención sanitaria.

Esa fragilidad de la garantía del derecho de ciudadanía a los servicios sociales tiene que ver, sin duda, con apuestas políticas e inversiones presupuestarias, pero debemos reconocer, también, que tenemos un trecho importante por recorrer en lo tocante a la configuración del contenido técnico de nuestras intervenciones y programas, y en cuanto al posicionamiento del valor profesional que aportamos a los ojos del conjunto de la ciudadanía. En cualquier caso, ambos ingredientes o niveles–contenido técnico y garantía política– deben diferenciarse, siendo el primero requisito previo para el segundo.

La investigación científica e innovación tecnológica que realizan la medicina o la farmacia son las que llenan de contenido nuestro derecho a la atención sanitaria. La reconocida capacidad diagnóstica y terapéutica de las ciencias de la salud –sin desconocer sus limitaciones y disfunciones– ha sido y es decisiva a la hora de inclinar a quienes toman decisiones políticas (y quieren garantizar derechos sociales) a apostar por la inversión en la estructuración y desarrollo de servicios públicos de carácter profesional (en lugar, por ejemplo, de distribuir prestaciones económicas). Nos puede valer el ejemplo.

Podría afirmarse, entonces, que –sin negar la importancia del compromiso y reivindicación política de las y los profesionales de la educación social y de las organizaciones y redes en las que trabajamos– hoy y aquí, posiblemente, nuestra principal contribución para la garantía de derechos de ciudadanía en el ámbito de los servicios sociales sea la del desarrollo del conocimiento riguroso y las herramientas y alternativas de intervención que permitan producir prestaciones y servicios de alto valor añadido que puedan ser cada vez más reclamados por la ciudadanía y garantizados como derechos por parte de los poderes públicos.

Construint la casa comuna de la intervenció social

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Proposem denominar intervenció social l’activitat operativa pròpia dels serveis socials. I proposem acceptar que, avui i aquí, hi ha tres grans professions i disciplines de la intervenció social: el treball social, l’educació social i la psicologia de la intervenció social. Això vol dir que totes tres assumeixen que són socials en la mesura que protegeixen i promouen la interacció (autonomia funcional i integració relacional: finalitat que atribuïm als serveis socials) i no en el sentit més ampli del conjunt de la política social.

La nostra visió és que, avui i aquí, és més estratègic per al treball social, l’educació social i la psicologia de la intervenció social aplicar-se en la construcció i enfortiment de la casa comuna de la intervenció social que destinar energies a identificar o delimitar l’habitació de cada una.

L’educació (i pedagogia) social, el treball social i la psicologia de la intervenció social i els seus professionals i docents han d’alinear els seus esforços des de consensos bàsics. El principal, al nostre entendre ha de ser la superació de la versió o visió de la intervenció social com una intervenció per a col·lectius poblacionals especials, vulnerables o exclosos. Des del nostre punt de vista, per a la intervenció social i per als serveis socials és crític concebre’ls i produir-se com una oferta per a totes les persones, per a qualsevol persona.

D’altra banda, el fet que, avui i aquí, l’educació (i pedagogia) social, el treball social y la psicologia de la intervenció social tinguin, al nostre entendre, el seu lloc preferent (d’actor protagonista), com a professions i disciplines de la intervenció social, en l’àmbit dels serveis socials no exclou en absolut que puguin estar i hagin d’estar presents en altres àmbits sectorials (com a actor secundari), en altres àmbits de la política social (com salut o habitatge) i en àmbits sectorials no considerats socials, com la justícia o la protecció civil, per posar-ne dos exemples.

Professionals i docents del treball social,de l’educació social i de la psicologia de la intervenció social, sens dubte, han d’assumir responsabilitats de gestió organitzacional i de govern polític (o, alternativament, de reivindicació militant), però segurament, en aquest moment, l’aportació més estratègica que poden fer per a l’impuls de les polítiques socials és, al nostre entendre, omplir de contingut científic i tècnic els processos d’intervenció social, per tal de contribuir al fet que cada vegada es percebin com a més valuosos per part de la ciutadania.

(Adaptat de part d’un article publicat a Quaderns d’Educació Social. Il·lustració de Virinia Chavira per a la portada de la revista.)

Políticas intersectoriales, atención integrada e intervención social

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En el ámbito de la política social se observa y se valora positivamente la tendencia de configuración de ramas sectoriales, cada una de las cuales se ocupa, para toda la población, de una necesidad, bien u objeto específico. Serían al menos las siguientes:

  • La sanidad, que se ocupa de la salud.
  • La educación, que se ocupa del aprendizaje.
  • Los servicios sociales, que se ocupan de la interacción (autonomía funcional en integración comunitaria).
  • Las políticas laborales, que se ocupan del empleo.
  • Los servicios de vivienda, que se ocupan del alojamiento.
  • La garantía de ingresos, que se ocupa de la subsistencia.

La creciente complejidad de las necesidades y riesgos sociales, la demanda de personalización y garantía de derechos por parte de la ciudadanía y el propio perfeccionamiento de la actividad en esos sectores de la economía los ha ido convirtiendo, cada vez más, en sistemas de servicios y estructuras de intervención basadas en la evidencia y el conocimiento. Por ello es comprensible y deseable que, en cada uno de los sectores, haya profesiones y disciplinas que lideran e impulsan la consecución de de los resultados deseados en cada caso. Es lo que pasa en la sanidad con la medicina, en la en la educación con la pedagogía, en la vivienda con la arquitectura o en los servicios sociales con las profesiones y disciplinas de la intervención social (tales como el trabajo social, la educación social o la psicología de la intervención social).

Sin embargo esa misma complejidad y demanda de personalización exigen que, además de potentes políticas e intervenciones sectoriales, seamos capaces de organizar las políticas intersectoriales y la atención integrada. Éstas políticas intersectoriales y esta atención integrada deben ser respetuosas de los sectores de actividad y de los sistemas públicos de cada sector pero, a la vez, deben permitir, por ejemplo mediante el trabajo en red, la facilitación de los itinerarios de las personas, que, en algunas ocasiones, requieren de la atención o intervención simultánea o entreverada de o desde dos o más ámbitos sectoriales diferentes. Hay que notar, por cierto, que en esas dinámicas de integración intersectorial también toman parte políticas o sectores no considerados sociales, como la justicia, la seguridad, la hacienda u otros.

Las profesiones y disciplinas de la intervención social (como es el caso del trabajo social), además de ocupar una posición de centralidad en el sector de los servicios sociales, están presentes en el resto de sectores de actividad. La presencia en servicios y programas de un determinado sector de actividades y prestaciones propias o típicas de otros ámbitos contribuye a la consecución de una atención integrada y facilita la coordinación intersectorial y la construcción de políticas intervenciones intersectoriales.

(Sobre estas y otras cuestiones se debatirá en la jornada prevista para el 19 de abril en Vitoria-Gasteiz. Más información aquí.)

La educación social y sus públicos: el reconocimiento social de la profesión

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Proponemos denominar intervención social a la actividad operativa propia de los servicios sociales. Y proponemos aceptar que hay tres grandes profesiones y disciplinas de la intervención social: el trabajo social, la educación social y la psicología de la intervención social. Eso quiere decir que las tres asumen que son sociales en tanto en cuanto protegen y promueven la interacción (autonomía funcional e integración relacional), finalidad que atribuimos a los servicios sociales.

Nuestra visión es que, hoy y aquí, es más estratégico para el trabajo social, la educación social y la psicología de la intervención social aplicarse en la construcción y fortalecimiento de la casa común de la intervención social que destinar energías a identificar o delimitar la habitación de cada una.

Dicho esto, no cabe duda de que la educación (y pedagogía) social y sus profesionales y docentes deben alinear sus esfuerzos desde consensos básicos. El principal, a nuestro entender, hoy y aquí, debe ser la superación de la versión o visión de la educación social como una educación para colectivos poblacionales especiales, vulnerables o excluidos. Desde nuestro punto de vista, para la educación (y pedagogía) social (y para los servicios sociales) es crítico concebirse y producirse como una oferta para todas las personas, para cualquier persona.

En tanto que educación, la educación social busca desencadenar aprendizajes, pero en tanto que social entiende que dichos aprendizajes están al servicio de la interacción (autonomía funcional e integración relacional). La educación social se distinguiría de otras formas o procesos de intervención social por su mayor énfasis en el aprendizaje de las personas destinatarias. Y se distinguiría de otras formas o procesos de educación por el tipo de necesidades educativas, objetivos pedagógicos y actividades curriculares: no por el tipo de personas destinatarias. Por principio, no se puede aceptar que haya formas o actividades de educación excluyentes que dejan fuera a personas para que se ocupe de ellas la educación social. Ese posicionamiento residual no nos parece admisible.

Por otra parte, el hecho de que, hoy y aquí, la educación (y pedagogía) social tenga, a nuestro entender, su lugar preferente (de actor protagonista), como profesión y disciplina de la intervención social, en el ámbito de los servicios sociales, no excluye, en absoluto, que pueda y deba estar presente en otros ámbitos sectoriales (como actor secundario) y también cabe la aportación de la educación social en ámbitos sectoriales que no hemos considerado como sociales, como la justicia o la protección civil, por poner dos ejemplos.

En este momento, la aportación más estratégica que pueden hacer profesionales  y docentes de la educación (y pedagogía) social es, a nuestro entender, llenar de contenido científico y técnico los procesos de intervención social, contribuyendo a que sean percibidos cada vez como más valiosos por parte de la ciudadanía.

(Adaptación de los párrafos conclusivos de un artículo de próxima publicación por parte de Quaderns d’Educació Social. Esta entrada forma parte de la iniciativa Carnaval de Blogs, por el Día Internacional de  la Educación Social. )

Repensando la intervención social

Almuñecar

Cuando hablamos de intervención social nos referimos a una actividad basada en el conocimiento orientada a la preservación y mejora de la interacción de las personas, entendida ésta como autonomía funcional e integración comunitaria. Dentro del sector económico de los servicios, la intervención social destaca por su carácter altamente relacional e intangible y por la importancia que agentes no mercantiles (como las administraciones públicas o las iniciativas solidarias) han tenido y tienen en su realización.

La elasticidad del concepto de intervención social nos permite utilizarlo con matices diversos en diferentes contextos. Desde aquellos en los que se producirá fundamentalmente dentro de un ámbito sectorial específico (como es el caso español, donde la intervención social se identifica principalmente con el sector de los servicios sociales, con especial referencia a su sistema público) hasta otros en los que se acentuará un cierto carácter intersectorial o transversal de la intervención social (como es el caso de experiencias latinoamericanas de intervención social que integran fuertes componentes económicos, educativos, laborales, sanitarios o habitacionales).

En cualquiera de los casos, la intervención social está llamada a afianzarse en su foco microsocial y en su valor añadido más específico, vinculado con la capacidad de diagnóstico y prescripción que aportan áreas de conocimiento como el trabajo social, la educación (y pedagogía) social y la psicología de la intervención social. Un valor añadido que se plasma fundamentalmente en relaciones de asistencia, ayuda, apoyo o acompañamiento a las personas (a cualquier persona) en el seno de sus redes primarias, capaces de fortalecer las capacidades de los individuos para su desenvolvimiento cotidiano y los vínculos familiares y otros comunitarios deseados por dichos individuos.

Son diversos los procesos de cambio social que nos urgen a impulsar y repensar la intervención social en clave de innovación tecnológica y social y con enfoque humanista y universalista. La proactividad de las políticas públicas y el compromiso de las personas profesionales deben confluir en la creación de las condiciones para la superación de versiones asistencialistas, residuales o burocratizadas de la intervención social y para el desarrollo de la intervención social de alto valor añadido, promotora de la autonomía y de enfoque comunitario, que es posible y necesaria.

(Sobre estas cuestiones se hablará el próximo miércoles, 10 de junio, a las 9.30 horas, en Almuñecar, en la conferencia inicial de las III Jornadas de Formación para Profesionales de los Servicios Sociales organizadas por la Diputación de Granada.)

Diez tensiones en la construcción de un modelo de intervención social

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evidencia

saber hacer

prevención

equidad

personalización

eficiencia

proximidad

igualdad

continuidad

especialización

inclusión

diversidad

comunidad

autonomía

promoción

redistribución

transformación

asistencia

escala humana

derechos

Podemos expresar en diez frases características o apuestas de un modelo de intervención social basado en conocimiento riguroso, buenas prácticas y consensos compartidos. Cada una de las frases incorporará una tensión, deseablemente creativa y potenciadora, que atraviesa dicho modelo:

  1. Una intervención social basada en la evidencia, es decir, en el conocimiento científico sobre los resultados de anteriores intervenciones. Sí, pero, a la vez, una intervención social consciente de la importancia del saber hacer relacional basado en la experiencia.
  2. Una intervención social preventiva, es decir, una intervención que intente evitar la aparición de problemas sociales. Pero también equitativa, es decir, que atienda más a quienes ya sufren en mayor medida dichos problemas.
  3. Una intervención social personalizada, basada en el diagnóstico social y la prescripción o planificación individualizada centrada en la persona. Sí, pero también suficientemente estandarizada y adecuadamente estructurada para que sus costes sean acordes a sus efectos.
  4. Una intervención de proximidad, que se acerca a los entornos de la vida cotidiana de las personas y se adapta a sus dinámicas y preferencias en el territorio. Aunque sin renunciar a la igualdad de derechos garantizada por el Estado social.
  5. Una intervención social favorecedora de la continuidad de los itinerarios de las personas y de las sinergias entre los sectores o agentes implicados. A la vez que capaz de reconocer el valor añadido por la especialización y responsabilidad de cada uno de esos sectores o agentes.
  6. Una intervención normalizadora e inclusiva, es decir, que ofrece los recursos, actividades y entornos acordes con los valores y estilos de preferencia y referencia para el conjunto de la comunidad o sociedad; a la vez que respetuosa  y gestora de las diversidades y del encuentro, atención y empoderamiento de quienes se autodefinen y encuadran como miembros de un colectivo.
  7. Una intervención social de enfoque comunitario, esto es, que potencia el fortalecimiento y la capacidad instalada de respuesta a necesidades de las redes primarias; siendo a la vez respetuosa de la autonomía de las personas a la hora de elegir sus modelos de relación familiar y convivencia comunitaria.
  8. Una intervención social promotora y activadora, es decir, que quiere impulsar aprendizajes y participación de las personas; aunque también atenta a la redistribución de recursos que permitan, hoy y aquí, dar respuesta a necesidades de las personas.
  9. Una intervención social transformadora, que busca modificar estructuras y procesos sociales. Pero que no olvida la dimensión asistencial que también puede tener la intervención social.
  10. Una intervención microsocial, realizada a escala humana; pero atenta, a la vez, a las estructuras institucionales y marcos legales que garantizan derechos de forma estructurada y estable.

Expondremos estos contenidos, entre otros, en las conferencias a realizar los días 25 y 26 de mayo en la Universidad del Valle y la Universidad San Buenaventura (Cali, Colombia).

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La intervención social en los servicios sociales y en otros ámbitos sectoriales

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Proponemos entender la intervención social, hoy y aquí, como una actividad cuya finalidad es la protección y la promoción de la interacción de las personas.

Para aproximarnos a comprender a qué nos referimos cuando hablamos de la interacción (humana) como estado, situación o dinámica deseable para todas las personas, la definimos como autonomía funcional e integración relacional y proponemos la metáfora de la banda de Möbius, de modo que por “un lado”, vemos la interacción como autonomía funcional, es decir, como capacidad (interdependiente) para el desenvolvimiento cotidiano y, por “el otro lado” la vemos como integración relacional, es decir, como soporte recíproco y vinculación activa familiar y, en general, comunitaria.

En nuestro entorno, el sector de los servicios sociales sería el ámbito especializado en la promoción y protección de ese bien (la interacción) para todas las personas. Habría tres disciplinas científicas, técnicas y profesionales  que resultarían claves para el desarrollo y funcionamiento de  la intervención social como actividad operativa central de los servicios sociales. En primer lugar, por historia, posicionamiento y rol, el trabajo social. Y junto con el trabajo social, la educación (y pedagogía) social y la psicología de la intervención social.

¿Eso quiere decir que estas tres profesiones y disciplinas de la intervención social –es decir, el trabajo social, la educación (y pedagogía) social y la psicología de la intervención social– no tienen cabida en otros ámbitos sectoriales (como la sanidad, la educación, la justicia o la protección civil, por poner cuatro ejemplos)? Todo lo contrario. Si bien las disciplinas y profesiones de la intervención social son centrales y hegemónicas en los servicios sociales, son complementarias e imprescindibles en los otros ámbitos sectoriales que hemos citado y en muchos otros.

El desarrollo y fortalecimiento conjunto y colaborativo del trabajo social, de la educación (y pedagogía) social y de la psicología de la intervención social como actividades basadas en el conocimiento y como áreas de conocimiento se apoya tanto en su presencia como protagonistas en los servicios sociales como en su papel como “secundarias de lujo” en muchas otras políticas públicas y sectores de actividad. Desde los servicios sociales y desde otras políticas públicas y ámbitos de la vida económica, las profesiones y disciplinas de la intervención social contribuyen a la protección y promoción de la interacción (autonomía funcional e integración relacional) de todas las personas, que es un estado tan deseable o un bien tan necesitado de protección y promoción como puedan serlo otros de los que, conjuntamente con él, configuran el bienestar de las personas (como la salud, el aprendizaje, el alojamiento, el empleo o la subsistencia). Su contribución es imprescindible para la doble agenda, táctica y estratégica, que necesita, hoy y aquí, nuestro sistema de bienestar y modelo social en su dinámica de innovación y transformación.

¿Nacemos o nos hacemos educadoras sociales?

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Dice el viejo chiste que pasan dos vascos junto a un cartel que dice “Aceros de Llodio” y le dice el uno al otro: “¿Qué? ¿Nos hacemos?”. Fue ese chiste el que me vino a la cabeza cuando me invitaron a participar en la reflexión que da título a esta entrada, con motivo del día de la educación social. Porque mi respuesta es esta: nos hacemos. Es más, nos estamos haciendo. Tengo para mí que la educación social, al igual que otras ciencias, disciplinas, profesiones o áreas de conocimiento del mundo de la acción pro bienestar está, de modo especial en este cambio de época (Subirats), en construcción.

Si hablamos de la metamorfosis de la cuestión social (Castel), no nos resultará difícil aceptar que las profesiones y ciencias sociales tendrán que estar también inmersas en esa metamorfosis. Desde mi punto de vista, las políticas públicas son el referente fundamental, en nuestro entorno, para la configuración de las áreas de conocimiento e intervención que intentan dar respuesta a las que denominamos necesidades sociales. Propongo entender que cada uno de los grandes ámbitos sectoriales de la política social (convencionalmente: sanidad, educación, servicios sociales, empleo, vivienda y garantía de ingresos) tiene una disciplina o profesión de referencia. Y propongo aceptar, por ejemplo, que en la sanidad dicha disciplina o profesión central será la medicina; en el sector educativo, la pedagogía; y en los servicios sociales será el trabajo social.

¿Y la pedagogía social y la educación social (Caride)? Desde mi punto de vista, la pedagogía social y la educación social son áreas de conocimiento e intervención estratégicas tanto en el sector educativo como en el sector de los servicios sociales (también en otros) en aquellas intervenciones (numerosas) en las que se trabaja simultáneamente (en diferentes proporciones) por la finalidad propia del sector educativo (el aprendizaje) y la finalidad propia de los servicios sociales (la interacción: autonomía funcional e integración relacional). Soy consciente de que esta visión es muy discutible, pero es la que me encaja en un proceso de clarificación de las políticas sociales sectoriales a medida que se comprenden y se configuran, todas ellas, como universales.

Tengo para mí que uno de los retos principales que tenemos en el mundo de la intervención social es el de acotar mejor la contribución de cada sector de actividad y de cada disciplina y profesión. La atención integral que buscamos no puede apoyarse en la confusión profesional y las querellas entre disciplinas. Nos hacemos y nos estamos haciendo, en un contexto de reconfiguración de los modelos y políticas sociales y eso pide a cada agente un esfuerzo especial de identificación de su valor añadido específico y no pretender saber y hacer de todo. De modo que terminaré con otro chiste de vascos. El de aquellos dos amigos que están buscando setas, cuando uno de ellos grita que se ha encontrado un Rolex, recibiendo la conocida respuesta: “Oye, o a setas o a Rolex”.