“Cuidarnos en comunidad”: ¿un relato para los servicios sociales?

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Nuestros libros y leyes dicen que los servicios sociales son (o quieren ser) universales, pero ni las personas que trabajamos en ellos ni las que tienen responsabilidades políticas ni la ciudadanía en general sabemos identificar de forma clara y compartida alguna necesidad, problema o aspiración de todas las personas que corresponda abordar a los servicios sociales (sean públicos o de otros agentes). En esas condiciones es muy difícil aunar voluntades para el desarrollo, la mejora o la extensión de esta rama de actividades que, sin embargo, sentimos como necesaria, esencial, imprescindible.

La pandemia y la emergencia que vivimos está sirviendo, posiblemente, para que nos hagamos más conscientes de nuestras necesidades, de lo que echamos de menos cuando se produce una alteración generalizada del funcionamiento social. Así, por ejemplo, tememos que se vea afectada nuestra salud y aprendemos sobre ella y sobre cómo prevenir su deterioro, individual y colectivamente. De igual modo, estamos calibrando y comprendiendo mejor otras necesidades, como las de alimentación, ocio o alojamiento, y la manera de abordarlas.

Si hubiera que elegir una necesidad que se está sintiendo de manera más fuerte y clara en estos tiempos y para la que los servicios sociales tienen respuesta, se trataría, sin duda, de la necesidad de cuidado o cuidados, entendida , básicamente, como aquella que sentimos todas las personas en las etapas, momentos o circunstancias de nuestra vida en las que no tenemos la capacidad de realizar por y para cada una de nosotras (algunas de) las denominadas “actividades de la vida diaria”. Si bien es cierto que, para muchas necesidades de cuidado, los servicios sociales “ni están ni se les espera”, para otras son el cauce más utilizado. Lamentablemente, en todos estos meses, estamos teniendo más notoriedad por nuestros fracasos en la respuesta a estas necesidades que por nuestros éxitos.

Sin embargo, es tal el crecimiento exponencial previsto para el desafío de los cuidados en los próximos años que los servicios sociales no podemos ni debemos dar por perdida la batalla por configurarnos a los ojos de la ciudadanía como el “lugar” al que acudir en los momentos en los que, en la cotidianeidad de nuestras relaciones familiares y convivenciales, percibamos o preveamos (en nosotras mismas o en personas cercanas) una necesidad de cuidado insuficiente o inadecuadamente cubierta.

Por ello, quizá “cuidarnos en comunidad” pueda ser una expresión que nos ayude a construir un relato entendible para el conjunto de la población acerca del cometido de los servicios sociales. “Cuidarnos” porque el autocuidado (en un sentido más o menos estricto) y el cuidado recíproco (en las relaciones familiares y de convivencia) son fundamentales y necesitan ser complementados por cuidados, apoyos, tecnologías e intervenciones profesionales. “En comunidad” para señalar que los servicios sociales (garantizados como derecho por los poderes públicos) buscarán fortalecer la vida en casa y en comunidad y las relaciones familiares y comunitarias (y no sólo las estrictas relaciones de cuidado).

Ahora bien, si los servicios sociales queremos lograr el reconocimiento de la ciudadanía como el sistema público y el sector de actividad que nos puede ayudar a todas las personas a “cuidarnos en comunidad”, parece necesario que evitemos aparecer como servicios orientados a una parte de la población (como, por ejemplo, “las personas que están peor” o “las personas más vulnerables”). También puede resultar contraproducente seguir funcionando o siendo vistos como servicios que atienden a otras necesidades diferentes, como las de alimentos o alojamiento, máxime cuando el dinero para comida o el acceso a la vivienda ya son responsabilidad principal de otros sistemas o sectores dentro del funcionamiento de nuestra sociedad.

Los servicios sociales podrían ser vistos como aquellos que nos ayudan a “cuidarnos en comunidad” y, por tanto, como un medio para evitar, revertir o paliar situaciones de dependencia para las actividades de la vida diaria, de soledad no deseada, de maltrato o violencia en las relaciones familiares y comunitarias o de exclusión de la convivencia en comunidad. Podrán tener también un cierto impacto indirecto significativo en problemas correspondientes a otros sistemas o sectores de actividad (como la pobreza, el sinhogarismo, la delincuencia o las adicciones, por ejemplo), pero sólo, seguramente, si primero son capaces de hacerse fuertes y atractivos, para ayudarnos a todas las personas, de manera positiva y accesible, a “cuidarnos en comunidad”.

¿Qué modelo de futuro para los servicios sociales? El examen de la pandemia

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La pandemia que estamos viviendo va a conllevar, seguramente muy pronto, un exigente examen general (añadido a la prueba de esfuerzo que ya están soportando) para los diferentes ámbitos de la política pública, acentuado por circunstancias como la conformación de nuevos gobiernos, reestructuraciones en equipos gubernamentales, reformas legales, planes estratégicos o la elaboración de los siguientes presupuestos anuales en un escenario de fuerte disminución de la recaudación fiscal. Seguramente, contar con un modelo de futuro, actualizado o renovado, será condición necesaria (aunque no suficiente) para pasar ese examen y estar en condiciones de sostenerse, desarrollarse y servir en los siguientes años. A continuación, se proponen, brevemente, cuatro posibles rasgos de un modelo de futuro para nuestros servicios sociales:

1. Unos servicios sociales dispuestos a ser el sistema de cuidados

Es previsible que, tras las situaciones vividas en las residencias de mayores y en la convivencia familiar intensa o la soledad de los domicilios, la preocupación por los cuidados (entendidos, en sentido estricto, como la complementación de la capacidad de las personas para la realización de actividades de la vida diaria) aumente en la sociedad y entre las personas con responsabilidades políticas. En ese contexto, parece haber movimientos sociales y políticos barajando la creación ex novo de un sistema de cuidados, pretensión parecida a quienes, hace quince años, pensaron en crear (o creyeron que estaban creando) un sistema de dependencia. Sin embargo, a pesar de nuestra limitada cualificación y vertebración, nadie está en mejores condiciones que nuestros sistemas públicos autonómicos de servicios sociales para configurarse como esos deseados sistemas (no sólo, pero también) de cuidados. Tenemos difícil ganar esa posición pero, curiosamente, nadie lo tiene más fácil.

2. Unos servicios sociales configurados como servicios públicos esenciales

La pandemia ha demostrado la necesidad y superioridad de los grandes sistemas de alcance o cobertura universal, funcionalmente especializados (en la atención a la salud, la distribución de alimentos, el aseguramiento de rentas o el acceso a Internet, por poner cuatro ejemplos), para la respuesta a las necesidades de la población. Nadie ha propuesto expropiar las huertas a “nuestras baserritarras” o los barcos a “nuestros arrantzales” para garantizar que todo el mundo tenga acceso a los alimentos. Del mismo modo, la garantía de que “nuestras niñas” o “nuestros mayores” tengan los cuidados y apoyos que necesitan no depende de que las Administraciones sean las propietarias de las organizaciones que brindan servicios sociales domiciliarios, de teleasistencia o de desarrollo comunitario, por poner tres ejemplos. Depende de que nuestros gobiernos autonómicos tengan suficientes resortes efectivos de conocimiento, planificación, regulación, financiación, provisión, gestión, evaluación y control de una oferta clara y suficiente de servicios e intervenciones que conecten con unas determinadas y bien delimitadas demandas y necesidades de toda la población.

3. Unos servicios sociales comprometidos a una rápida digitalización

No parece exagerado decir que ningún sector de actividad importante va a sobrevivir en nuestro entorno si no incorpora intensamente tecnologías digitales en todos sus procesos operativos, de gestión y de gobierno. En la pandemia y la emergencia, específicamente, se están viendo claramente las dificultades para el desarrollo de actividades sin soporte, capa o alternativa digital, así como las sinergias entre las dimensiones física, corporal, comunitaria y territorial de los servicios y su dimensión digital. En el caso de los servicios sociales, especialmente, resulta imposible imaginar una provisión universal de cuidados, apoyos e intervenciones para la autonomía en las decisiones y actividades de la vida diaria en el seno de relaciones familiares y comunitarias de todas las personas (en función de sus necesidades y capacidades) sin el concurso, por ejemplo, de la robótica domiciliaria, la comunicación telemática, la inteligencia artificial distribuida, el procesamiento de grandes cantidades de datos, las redes sociales, las plataformas colaborativas o el Internet de las cosas.

4. Unos servicios sociales de alto valor añadido

Los sectores de futuro, profesional y socialmente atractivos (especialmente, en el ámbito de los grandes sistemas públicos), son aquellos que han sido capaces de incorporar más valor de sus actividades operativas, generando empleo de calidad para muchos hombres y, especialmente, para muchas mujeres. Esa es la historia y la perspectiva del desarrollo de sistemas públicos como, por ejemplo, el sanitario, el educativo o el judicial (dejando atrás el tiempo del barbero-cirujano, aquel en el que se hablaba de pasar más hambre que un maestro de escuela o el de la eficacia civil de decisiones de pretendidos tribunales eclesiásticos). No es incompatible subrayar y fortalecer la capacidad de los servicios sociales para la incorporación a su fuerza de trabajo  (frecuentemente mediante la economía solidaria) de muchas personas de Formación Profesional (en ocasiones, provenientes de otros sectores de actividad, como el turístico o el doméstico) y, a la vez, destacar e impulsar una imprescindible y creciente obtención y aplicación de conocimiento científico y tecnológico en los servicios sociales.

(Reflexiones compartidas en el marco de trabajos en curso en los sistemas públicos de servicios sociales del País Vasco, Murcia, Catalunya, La Rioja, Andalucía, Castilla y Leon, Cantabria, Madrid y Galicia. La fotografía corresponde al capítulo 6 de la serie “El colapso” del colectivo Les Parasites.)

¿Es la hora de estrategias contraintuitivas en los servicios sociales?

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A veces, en ocasiones extraordinarias, pueden funcionar bien decisiones extrañas, aparentemente contraproducentes, que a primera vista parecen ir en sentido opuesto a las que mayoritariamente se plantean. A continuación, se proponen cuatro para nuestra intervención social y servicios sociales a partir de las situaciones pandemia y emergencia que estamos viviendo. Seguramente, resultarán impracticables o inadecuadas en muchos contextos, pero quizá merezca la pena dedicarles unos minutos de reflexión. Primero se enuncian y a continuación se dedica un párrafo a cada una de ellas, con la apertura de siempre al diálogo, a la matización y a la corrección:

  1. Dejar de entregar recursos para la subsistencia.
  2. Cerrar centros.
  3. Suspender relaciones con los servicios sanitarios.
  4. Experimentar y teorizar.

1. Las gentes de la intervención social y los servicios sociales, normalmente vocacionadas y formadas para las relaciones de ayuda y los procesos comunitarios, no obstante, hemos aceptado muchas veces dedicarnos a gestionar y realizar el reparto o racionamiento de dinero y bienes materiales para la supervivencia de las personas. Ahora vuelve a suceder con fuerza. Sin embargo, esto puede resultar cada vez más irracional y frustrante, en tanto en cuanto el desarrollo tecnológico y logístico de otras organizaciones públicas o mercantiles (del ámbito del aseguramiento, las finanzas, la distribución u otros) las coloca en condiciones de realizar esta labor de manera mucho más pertinente y eficiente. Por ello, seguramente, cada día está más justificado, desde el punto de vista ético y estratégico, que nos neguemos a aceptar el encargo de la garantía de subsistencia, máxime cuando el contexto parece determinar que ese trabajo sea cada vez más incompatible con la labor de intervención social.

2. Durante esta pandemia, algunos de nuestros centros se han convertido en lugares especialmente visitados por el sufrimiento y la muerte. A partir de esa experiencia, se habla de la mejora o transformación de algunos de nuestros servicios, pero, quizá, debamos hablar con claridad de servicios que no pueden o deben ser reformados o modificados sino que, simplemente, han de ser cerrados y sustituidos por otros diferentes. Quizá hay dispositivos y formatos que, por su planteamiento, por su  tamaño, por la homogeneidad de sus personas usuarias, por su funcionamiento o por otras razones, deban ser reemplazados por otros y quizás sea conveniente hacerlo visible, hacer comprensible y creíble para la ciudadanía que tenemos la voluntad y la estrategia para un cambio significativo y tangible del estado de las cosas. Parece difícil conseguirlo sin cerrar algunos centros o algunos tipos de centros y explicar y demostrar claramente por qué apoyos y servicios los reemplazamos.

3. En nuestro entorno, los sistemas públicos de salud suelen cuadruplicar en presupuesto a los sistemas públicos de servicios sociales. Fácilmente, hablando de personal con titulación similar, el sueldo en el sistema sanitario puede ser el doble que el que se recibe en los servicios sociales. Aun con todo, no hay por qué cuestionar que el sistema sanitario necesite más recursos pero si cabe pensar que no es sólo o fundamentalmente por cuestión de recursos que hayamos fallado como sistema a la hora de prever por donde venían las amenazas a nuestra salud. Por otro lado, está claro que, pese a que llevamos, al menos, cuarenta años hablando de cómo colaborar entre los servicios sanitarios y los servicios sociales, en la pandemia nos estamos entendiendo muy mal, con graves consecuencias. Quizá sea el momento, como en algunas parejas, de tomarnos un tiempo de separación y reflexión.

4. Por último, parece que en las situaciones de emergencia se trata de hacer, hacer y hacer. Sin embargo, posiblemente, en el mundo de la intervención social y los servicios sociales, esta pandemia nos ha atrapado en medio de una mudanza profunda en cuanto a la comprensión, instrumentación, articulación y realización de la propia intervención social y, en unas circunstancias de estas características, el aumento de los recursos o la inversión en procesos de carácter obsoleto puede resultar contraproducente. Seguramente, no nos queda más remedio que dedicar tiempo, a pesar de la emergencia o precisamente por ella, al estudio y la investigación para el prototipado y creación de nuevos programas y estructuras de intervención social; para la construcción, en el menor tiempo sea posible, de los nuevos servicios sociales que la situación que vivimos demanda.

Sanatorios, manicomios, inclusas y asilos

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En el artículo 33 de la Instrucción General de Sanidad Pública aprobada por el Ministerio de Gobernación mediante Real Decreto publicado en el Boletín Oficial del Estado del 22 de enero de 1904 se detallan cuatro tipos de establecimientos asistenciales que deberán ser objeto de inspección: sanatorios, manicomios, inclusas y asilos. Es una lista que puede resultar ilustrativa de opciones existentes en la época para la atención (entonces denominada benéfica) a diferentes necesidades o situaciones.

La mera evocación de esas palabras resulta ilustrativa de cómo la historia de los servicios educativos, sanitarios o sociales es, en buena medida, la historia de la superación de modelos de atención integral o total para amplios colectivos homogéneos (en términos de género, edad, capacidad u otras características o circunstancias de las personas) en régimen de internamiento (frecuentemente involuntario e indefinido) en instalaciones especiales en tanto que alejadas o diferenciadas de las fórmulas mayoritarias del habitar comunitario en el territorio.

Los avances y consensos de las ciencias y las tecnologías de la salud, de la educación o, en sentido amplio, sociales y el impulso intelectual, ético y político de muchas personas, organizaciones y movimientos han ido enviando al baúl de los recuerdos muchas de estas y otras denominaciones, formatos y dispositivos. Es posible que el hecho de que las personas ingresadas en residencias de mayores constituyan aproximadamente la mitad de las que han muerto por la pandemia de la covid-19 en nuestro entorno impulse el proceso conducente a la progresiva desaparición, también, de este tipo de centros, todavía tan habituales en nuestro panorama asistencial.

Sin embargo, no podemos desconocer que la prevención y reversión del ingreso o internamiento de personas en establecimientos colectivos ha requerido y va a requerir de decisiones y estrategias potentes, inteligentes y concertadas, especialmente, para construir, validar, visibilizar y escalar alternativas comunitarias atractivas, eficientes y sostenibles. Las tendencias innovadoras en los campos de la intervención social, la tecnología digital, la acción comunitaria, la arquitectura y el urbanismo u otros campos son prometedoras, pero las exigencias derivadas de la crisis de los cuidados y de la soledad no deseada son importantes y crecen rápidamente. Y también son poderosos y numerosos los agentes que apuestan por reforzar y prolongar (para cada persona y para la sociedad) la alternativa asilar.

Habrá que redoblar los esfuerzos, porque nos va mucha vida en ello.

¿Otros servicios sociales son posibles tras la emergencia general?

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(Adaptado de la revista Barcelona Societat.)

Nuestros sistemas públicos de servicios sociales, en estos últimos meses, han demostrado, en general, no merecer tal nombre. Además, nuestros pretendidos sistemas públicos de servicios sociales, en general, han mostrado un importante talón de Aquiles en sus prácticas de ingreso residencial (que, en todo caso, hubieran debido ser excepcionales desde hace mucho) y, muy posiblemente, van a mostrar otro crítico punto débil, terrible también, en su cada vez más insostenible e indeseable papel en la tramitación de algunos recursos económicos o materiales para necesidades de subsistencia (alimentación, vestido, suministros del hogar u otras).

Sin embargo, seguramente, nuestra sociedad no actuaría inteligentemente dejando a los servicios sociales terminar de desmembrarse, debilitarse y enquistarse, porque también es cierto que, en dicho ámbito, llevamos tiempo desarrollando prácticas y conocimientos que nos pueden hacer creíbles como proveedoras de cuidados, apoyos e intervenciones dirigidas a proteger y promover, a cuidar y complementar ,las capacidades individuales y comunitarias para la vida autónoma e interdependiente en los domicilios y vecindarios. Y necesitamos y podemos crear, fortalecer, articular y dinamizar una gama de programas que llene de contenido universal todo el agujero negro que hoy tenemos, por decirlo en pocas palabras, entre el hogar individual o familiar autosuficiente y la residencia colectiva al uso.

Quizá esta pandemia nos esté regalando algunas pistas para nuestra reinvención como servicios sociales, para la construcción de unos nuevos servicios sociales, una mezcla de viejas y nuevas ideas y herramientas que quizá empezamos a distinguir con alguna claridad en el torbellino en el que estamos inmersas. Como que lo que seamos algo habrá de tener que ver con nuestros cuerpos limitados y vulnerables que necesitan de otros cuerpos próximos. Como que esa proximidad entre los cuerpos habrá de ser razonablemente distribuida en el territorio. Como que necesitamos derechos individuales y también lazos primarios, vínculos familiares y comunitarios con personas comprometidas con nosotras. Como que necesitamos formar parte de comunidades de sentido con normas legítimas y asumidas. Como que necesitamos la protección de una capa digital de manejo inteligente y ético de nuestra información a nuestro favor. Como que precisamos territorios resilientes y sostenibles en los que vivir vidas económica, relacional y ambientalmente sostenibles. Como que necesitamos economías solidarias, públicas y privadas más equilibradas en sus pesos específicos y en sus capacidades instaladas, también en el sector de los servicios sociales. Como que la perspectiva de género e interseccional debe ser reivindicada y reforzada tras comprobar en la pandemia la acentuación de las inequidades de género (y otras) y el sacrificio de tantas mujeres sosteniendo la vida en los cuidados, en la limpieza, en los supermercados o en la sanidad.

Tendremos que evaluar la magnitud del daño reputacional con el que nuestros servicios sociales van a salir de esta emergencia. Tendremos que construir y comunicar cuál queremos que sea nuestro papel en las estrategias generales que los diferentes niveles de gobierno van a tener que articular. Tendremos, seguramente, que arriesgar, innovar, apostar. Necesitaremos, posiblemente, nuevas complicidades y liderazgos. Nadie lo va a tener fácil en los próximos tiempos. Los servicios sociales tampoco.

(De los párrafos finales de un artículo recientemente publicado en, cuya versión completa en castellano puede descargarse aquí y cuya versión en catalán está aquí.)

Cambio tecnológico y desintegración de los servicios sociales

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El impacto de las tecnologías, del cambio tecnológico, en la vida social y, específicamente, en las organizaciones y sistemas de actividades profesionales no es privativo de la tecnología digital pero ésta, posiblemente, esté desencadenando y vaya a desencadenar cambios estructurales en el funcionamiento social de una velocidad e intensidad desconocidas. En la actualidad cabe presentar la hipótesis de que el cambio tecnológico ligado al procesamiento inteligente de grandes cantidades de datos contribuiría a una creciente desintegración, diferenciación o separación de dos actividades que encontramos notablemente mezcladas en los servicios sociales realmente existentes, como son:

  • La asignación de recursos económicos (o incluso en especie) para necesidades de subsistencia material (también, en su caso, habitacionales), en función de información administrativa sobre carencia de dichos recursos (cuestión en la que los servicios sociales son cada vez menos competitivos).
  • La oferta de cuidados, apoyos e intervenciones para desarrollar y complementar la autonomía para proyectos, decisiones y actividades de la vida diaria en relaciones primarias familiares y comunitarias, en función de valoración propositiva desde las disciplinas de la intervención social (que podría quedar como cometido de los servicios sociales).

Además, en el actual contexto, la ciudadanía aprende cada vez más a distinguir para qué necesidades admite o desea, en buena medida, una prescripción facultativa y una autoridad pública (claramente, por ejemplo, las de salud) y para cuáles prefiere, más bien, ejercer su autonomía moral y capacidad de elección (por ejemplo, las de vestido). Hoy por hoy, para muchas necesidades a las que pretendían dar respuesta los tradicionales servicios sociales, gran parte de la población prefiere dinero en función de criterios fácilmente objetivables (para pagar, por ejemplo, por alimento o suministros del hogar) en lugar de intervención profesional en función de un diagnóstico y una planificación basadas en conocimiento científico y técnico. Y, desde luego, lo que no tiene mucho sentido es que personal formado para la intervención técnica se dedique a la tramitación administrativa.

Sin embargo, por otro lado, por ejemplo, en la medida en que se va incrementando la capacidad de dispositivos móviles o llevables por la persona (que reciben, procesan y entregan datos en tiempo real), estos dispositivos pueden tener más peso como parte del proceso de diagnóstico, prescripción y aplicación de la prescripción y para la integración entre la acción de la persona usuaria y de la organización prestadora del servicio, de modo que se puede ir ampliando y enriqueciendo la gama de servicios sociales de prevención, cuidado y apoyo en un continuo de carácter altamente personalizado y comunitario.

Ciertamente, la sociedad digital del conocimiento representa un desafío imponente para nuestros servicios sociales. Puede ser la puntilla que acabe por mandarlos al basurero de la historia, contribuyendo a fragmentarlos y recombinarlos con otras actividades hasta no dejar rastro de ellos. O puede ser una poderosa palanca de transformación hacia los servicios sociales que muchas hemos soñado, un revulsivo para alinear esfuerzos desde fortalezas como la capacidad investigadora de la academia, la fuerza movilizadora de los colegios profesionales y las sociedades científicas, la capacidad de gestión de las entidades solidarias, la autoridad pública de las Administraciones y el impulso innovador de las políticas para esos nuevos servicios sociales que este minuto reclama y posibilita.

(Adaptación de fragmentos del artículo “Los servicios sociales ante la inteligencia de grandes cantidades de datos”, publicado por la Fundació iSocial, que puede descargarse completo aquí.)

Entender “lo de las residencias”

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La Orden SND/322/2020, de 3 de abril, del Ministerio de Sanidad del Gobierno de España, considera a las “personas residentes en centros de servicios sociales de carácter residencial (centros residenciales de personas mayores, personas con discapacidad u otros centros de servicios sociales de análoga naturaleza)” como “uno de los colectivos más vulnerables y que más severamente está siendo castigado en esta crisis sanitaria”.

Diferentes aportaciones han señalado estos días factores relevantes para comprender cómo y por qué parece producirse en estos centros (o entre las atendidas por ellos) un significativamente mayor porcentaje de personas infectadas por el virus y de fallecidas con él (en comparación, se asume, con personas de perfil similar en salud no usuarias de residencias). Así, se habla, frecuentemente, de sus infraestructuras y recursos; de las proporciones (o ratios) entre asistentes y residentes; del modelo de atención y organización; de la disponibilidad de personal con la cualificación necesaria; de la regulación, dirección, control e inspección por parte de las autoridades; de la posibilidad de que las usuarias se trasladen temporalmente a un domicilio particular; del carácter público, privado o solidario de la titularidad de los servicios; o de las formas de coordinación o integración entre estos centros y otros servicios sociales o los del sistema de salud. Sin duda, todas estas cuestiones son relevantes y tenemos y tendremos que identificarlas, analizarlas y valorarlas con el mayor rigor posible.

En todo caso, si revisamos diferentes encuestas realizadas en nuestro entorno por décadas, reiteradamente, el porcentaje de personas que, por ejemplo, pensando en un horizonte de envejecimiento (y posible limitación funcional y de sus relaciones primarias), expresaba la preferencia por continuar su vida en el domicilio particular superaba, normalmente, el 80% y no sería extraño que, después de los acontecimientos de estas semanas, este porcentaje aumentara. Sea como fuere, en nuestro entorno, es, seguramente, muy reducido el número de personas que están en una residencia por preferencia y voluntad propias.

Sin embargo, las condiciones que podrían permitir el cumplimiento de ese deseo tan extendido de vivir, envejecer y, finalmente, morir “en casa” exigen y van a exigir cada vez más, posiblemente, modificaciones importantes en nuestros hábitos de vida, desarrollos tecnológicos, nuevos servicios sociales y de otros tipos, innovaciones urbanísticas y habitacionales, cambios en nuestras relaciones familiares y comunitarias y, en definitiva, una transformación importante de nuestro modelo de vida y modelo de sociedad. Parece que para entender “lo de las residencias” hay que entender algunas cosas más.

La emergencia que estamos viviendo, seguramente, pone de manifiesto la necesidad de optar, políticamente, estratégicamente. No parece posible una mayor inversión simultánea en todos los dispositivos o mecanismos existentes que sentimos tensionados en esta situación (como los sistemas públicos de salud, la investigación científica, la provisión de tecnología sanitaria y fármacos, los servicios sociales, las políticas de conciliación entre la vida familiar y laboral, el empleo de calidad, los mecanismos de gobernanza de la sociedad, las prestaciones de garantía de ingresos, las viviendas adecuadas, las tecnologías digitales, el voluntariado o las redes comunitarias), sin olvidar, lógicamente, otros que ahora tenemos al ralentí (la educación, la cultura, el comercio, la industria, el transporte y más). Normalmente, al parecer, solemos ver como más importante o estratégico el ámbito o el sector al que pertenecemos o que representamos.

No cabe duda de que se han de mejorar las residencias, los sistemas públicos de servicios sociales y los sistemas de bienestar en general. Pero cabe decir que, en cierta medida, las limitaciones en los recursos disponibles, en la capacidad de reacción, en la resiliencia compartida, en la flexibilidad adaptativa, en la diversidad creativa, en la vitalidad sostenible o en la conectividad con el entorno que han experimentado muchas residencias, posiblemente, no son más que un caso extremo y extremadamente notorio de esas mismas limitaciones en nuestro modelo social en general, en nuestra forma de vida.

Quizá las residencias eran un lugar al que no queríamos mirar porque veíamos en él nuestro reflejo.

(Una propuesta de mejora, impulsada por Mayte Sancho y Teresa Martínez, a la que es posible adherirse, puede consultarse aquí. En la fotografía, militares desinfectando una residencia.)

Servicios sociales hoy y aquí: seis afirmaciones tentativas y provisionales para seguir dialogando

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Los servicios sociales, como todo el mundo, están en estado de shock, haciendo lo que pueden. Lógicamente, ahora, su ocupación, casi única seguramente, es salvar el mayor número de vidas. Sin embargo, parece conveniente ir elaborando constataciones, hipótesis, valoraciones o conclusiones para el futuro, necesariamente revisables. A continuación, algunas (con sus correspondientes preguntas):

1. Los servicios sociales se ocupan de algo importante, muy valioso. Los servicios sociales son útiles, son fundamentales para la vida de las personas, en muchas circunstancias. Los servicios sociales constituyen un dispositivo esencial en sociedades como la nuestra. (Respondería a la pregunta: ¿somos servicios esenciales?)

2. Ese valor añadido que aportan los servicios sociales no reside en su capacidad administrativa o informática de asignar o racionar recursos económicos para las personas ante situaciones masivas, causadas estructuralmente, de pérdida de ingresos, empleo o vivienda. (Respondería a la pregunta: ¿valemos como última red de seguridad económica o general?)

3. Es problemático que eso importante de lo que se ocupan los servicios sociales (sea lo que sea), ese valor añadido que aportamos, esté en manos de una red tan fragmentada, tan desintegrada, tan difícil de coordinar, tan difícil de gobernar. (Respondería a la pregunta: ¿en qué medida estamos vertebrados por el conocimiento, la gobernanza u otros elementos?)

4. Los servicios sociales, en relación con eso de lo que se ocupan (sea lo que sea), se hacen cargo de los casos más graves, pero apenas tienen en sus manos los casos y las respuestas correspondientes a estadios o situaciones menos graves y, por ello, apenas tienen control sobre los procesos o itinerarios que conducen a las personas (a cualquier persona) a dichas situaciones de gravedad. (Respondería a la pregunta: ¿cuánta capacidad preventiva y resolutiva tenemos?)

5. Las respuestas comunitarias son necesarias y (frecuentemente, con innovaciones tecnológicas) son posibles, aunque normalmente son de pequeño alcance y emergen al margen de los servicios sociales. En cambio, una de las tradicionales y principales respuestas de los servicios sociales, sus centros residenciales, parece presentar, al menos en algunas ocasiones y para algunos fines, importantes limitaciones y contraindicaciones (junto a fortalezas y capacidades, demostradas en estos días). (Respondería a la pregunta: ¿contiene nuestro modelo de atención suficiente y adecuada intervención (de base) comunitaria?)

6. Los servicios sociales compiten, en la práctica, con otros dispositivos y sistemas, como el sanitario, el hostelero, el del trabajo doméstico, el policial o el militar, de modo que eso importante de lo que se ocupan los servicios sociales (sea lo que sea) tiene, al parecer, partes de las que pueden ocuparse otros dispositivos y sistemas. (Respondería a la pregunta: ¿tenemos un reconocimiento y aprecio positivo, suficiente y duradero por parte de la población y de otros agentes?)

Estas seis consideraciones o reflexiones (y las correspondientes preguntas) recogen un momento, unos intentos, dentro de una conversación abierta, con reconocimiento y agradecimiento a tantas personas y organizaciones que participan en ella y, sobre todo, que, día a día, trabajan y hacen parte importante de su vida en los servicios sociales, afrontando comprometida y eficazmente situaciones tan difíciles como la actual. Gracias, de todo corazón.

(Esta entrada se ha nutrido de aportaciones recibidas en el marco de trabajos y conversaciones con personas de los servicios sociales, especialmente, estos últimos días, del País Vasco, Madrid, La Rioja, Cantabria, Cataluña y Aragón.)

Trasladarse temporalmente desde el centro residencial a un domicilio particular, una alternativa ante el Covid-19

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Posiblemente, una característica de la emergencia que estamos viviendo en el mundo en las últimas semanas es su carácter novedoso y vertiginoso. La experiencia nos resulta enormemente nueva, los acontecimientos se suceden con gran rapidez y, frecuentemente, pensamos en una solución cuando ya es tarde para implementarla.

En España, por ejemplo, el decreto aprobado por el Gobierno el 14 de marzo, mediante el cual declara el estado de alarma contiene una relación de los servicios que deben seguir funcionando abiertos al público, mencionando inicialmente, por ejemplo, las peluquerías. En cambio, no hace, sorprendentemente, ninguna referencia, en ningún sentido, a los servicios sociales.

Sin embargo, seis días después, cuando las residencias para personas mayores ocupan todas las primeras planas de los periódicos debido a la cantidad de personas que enferman y mueren en ellas, el Gobierno acuerda declarar los servicios sociales como “servicios esenciales” y, en general, los servicios sociales de carácter residencial son rápidamente puestos bajo los focos para diferentes estrategias de intervención. Por ejemplo, en la prensa del 24 de marzo se informa de que el ejército ha entrado en más de 300 residencias de personas mayores para labores de desinfección.

Para enfocar adecuadamente esta situación, hay que entender que la atención social de carácter residencial (es decir, los servicios sociales que, además de los cuidados y apoyos característicos de los servicios sociales, proporcionan, también, alojamiento a las personas) debe ser vista como una más de las modalidades de atención que ofrecen los servicios sociales, junto a otras como la telemática, la domiciliaria, la ambulatoria, la diurna o la que se realiza en el espacio público.

En función del diagnóstico profesional y de las preferencias de la persona, puede estar indicado para una persona un servicio de carácter residencial, pero ello no quiere decir que esta persona no pueda, en otro momento, volver a su casa o trasladarse a otro domicilio particular y recibir cuidados y apoyos en cualquiera de las otras modalidades mencionadas.

La experiencia que estamos viviendo en España hace pensar que no resulta particularmente fácil manejar una situación de emergencia sanitaria, distancia social y confinamiento domiciliario en los centros residenciales, especialmente si un número importante de personas en situación de dependencia funcional vive en ellos.

En ese contexto, una de las medidas que ha de considerarse y potenciarse es que las personas usuarias de los servicios sociales residenciales se trasladen temporalmente a sus domicilios particulares o a domicilios de familiares u otras personas que tengan capacidad y disponibilidad para acogerlas. Ello puede ser coyunturalmente más fácil en la medida en que muchas personas pasan muchas más horas en sus domicilios mientras dure el confinamiento y la emergencia y pueden tener, coyunturalmente, mayor disposición para acompañar y atender a las personas que salen temporalmente de las residencias.

Lógicamente, para que esta medida funcione, la persona debe poder contar con los necesarios apoyos por parte del sistema público de servicios sociales y con un entorno amigable que garanticen en el domicilio particular una calidad de vida igual o mejor que la que tenía cuando estaba ingresada en el centro residencial. Obviamente, es necesario comprobar que ni la persona que sale de la residencia ni aquellas que la acogen están infectadas.

Esta medida, a la vez, contribuye a descongestionar los servicios residenciales y facilita una mejor atención para las personas que no pueden o, sencillamente, no quieren abandonar temporalmente la residencia, ya que dejan más espacio físico y personal profesional a disposición de estas personas que permanecen en el centro residencial.

Posiblemente, en este momento, en España, muchas personas se están arrepintiendo de no haber tomado esta medida (entre otras) cuando todavía estaban a tiempo. Otras, afortunadamente, lo están haciendo en estos días.

(Versión en castellano de la entrada en inglés, preparada para la web LTC responses to Covid-19 de la International Long Term Care Policy Network, que contiene enlaces a artículos de prensa en castellano.)

Los servicios sociales ante la emergencia general

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Cabe hablar de emergencia general cuando, con independencia de la naturaleza del problema identificado como origen o causa de la situación excepcional (sanitario, por ejemplo), la disrupción del curso normal de la vida (a menor o mayor escala, más local o más global) llega a afectar al resto de esferas o ámbitos de satisfacción de las necesidades de las personas (como transporte, alimentación, alojamiento, actividad cultural, seguridad, uso del espacio público, administración de justicia, ambiente, telecomunicaciones u otras).

¿Cuál sería, en ese contexto, el papel de los servicios sociales?

Es sabido que nuestros servicios sociales públicos tienen encomendados algunos trámites administrativos de ayudas económicas para necesidades de subsistencia que constituyen, en todo caso, una pequeña parte del monto total que aportan las instituciones públicas para ese fin. Sin embargo, obviamente, en una emergencia general, no es principalmente para esos trámites para los que se necesita a los servicios sociales (trámites para los que resultan más eficientes, de cualquier modo, la Seguridad Social, las haciendas u otras estructuras), sino fundamentalmente para sus cometidos específicos, propios e intransferibles, es decir, para los cuidados, apoyos e intervenciones que tienen que ver con el riesgo o situación de afectación o limitación de la autonomía funcional o decisional de las personas o de los vínculos o apoyos familiares o comunitarios con los que cuentan en su vida diaria o cotidiana.

Lógicamente, en la emergencia general, la primera y principal responsabilidad de los servicios sociales la constituyen ese pequeño porcentaje de personas que, en el momento de la emergencia, estén ingresadas (estén viviendo) en sus servicios residenciales (con independencia de que deban o puedan seguir en ellos), dado que son las usuarias de los servicios sociales que en mayor medida dependen de éstos. También tendrían prioridad otras personas en condiciones de especial vulnerabilidad (como algunas que viven en la calle) que tengan como referencia principal el sistema de servicios sociales para su atención y seguimiento (o cuya protección o atención les esté encomendada legal, judicial o administrativamente).

Sin embargo, parece fundamental que esa atención prioritaria a los mencionados colectivos y en los citados servicios, no conlleve una significativa pérdida de tensión hacia el resto de perfiles y de modalidades de apoyo. Los servicios sociales telemáticos, domiciliarios, de medio abierto, ambulatorios y diurnos forman una red esencial para la sostenibilidad y la calidad de la vida de muchas personas en sus casas, vecindarios, barrios y pueblos. Personas con diferentes grados de fragilidad, afectación o limitación funcional o relacional que, si no están en el radar de la prevención, seguimiento, atención y acompañamiento de los servicios sociales, pueden ver rápidamente agravada su situación. Los servicios sociales están llamados a estar a disposición de toda la población y esto debe seguir siendo así, sin desdoro de la lógica prioridad hacia la mayor vulnerabilidad, también en las situaciones de emergencia. En ocasiones, una breve llamada telefónica (“¿cómo se encuentra?”) puede marcar la diferencia.

Además, si algo se pone a prueba en una emergencia general es la conectividad y capacidad de funcionamiento en red de los dispositivos y sistemas de cualquier tipo. En el caso de los servicios sociales, posiblemente, sea fundamental su integración horizontal en el territorio con otros servicios de bienestar (como los de salud) y su capacidad de identificación, activación y sostenimiento de capacidades familiares, vecinales, comunitarias y solidarias de proximidad, de modo que se produzca un efecto multiplicador de la protección entre la intervención social profesional y esas dinámicas naturales o espontaneas de ayuda mutua y autoorganización cívica que surgen en la población.