Servicios sociales hoy y aquí: seis afirmaciones tentativas y provisionales para seguir dialogando

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Los servicios sociales, como todo el mundo, están en estado de shock, haciendo lo que pueden. Lógicamente, ahora, su ocupación, casi única seguramente, es salvar el mayor número de vidas. Sin embargo, parece conveniente ir elaborando constataciones, hipótesis, valoraciones o conclusiones para el futuro, necesariamente revisables. A continuación, algunas (con sus correspondientes preguntas):

1. Los servicios sociales se ocupan de algo importante, muy valioso. Los servicios sociales son útiles, son fundamentales para la vida de las personas, en muchas circunstancias. Los servicios sociales constituyen un dispositivo esencial en sociedades como la nuestra. (Respondería a la pregunta: ¿somos servicios esenciales?)

2. Ese valor añadido que aportan los servicios sociales no reside en su capacidad administrativa o informática de asignar o racionar recursos económicos para las personas ante situaciones masivas, causadas estructuralmente, de pérdida de ingresos, empleo o vivienda. (Respondería a la pregunta: ¿valemos como última red de seguridad económica o general?)

3. Es problemático que eso importante de lo que se ocupan los servicios sociales (sea lo que sea), ese valor añadido que aportamos, esté en manos de una red tan fragmentada, tan desintegrada, tan difícil de coordinar, tan difícil de gobernar. (Respondería a la pregunta: ¿en qué medida estamos vertebrados por el conocimiento, la gobernanza u otros elementos?)

4. Los servicios sociales, en relación con eso de lo que se ocupan (sea lo que sea), se hacen cargo de los casos más graves, pero apenas tienen en sus manos los casos y las respuestas correspondientes a estadios o situaciones menos graves y, por ello, apenas tienen control sobre los procesos o itinerarios que conducen a las personas (a cualquier persona) a dichas situaciones de gravedad. (Respondería a la pregunta: ¿cuánta capacidad preventiva y resolutiva tenemos?)

5. Las respuestas comunitarias son necesarias y (frecuentemente, con innovaciones tecnológicas) son posibles, aunque normalmente son de pequeño alcance y emergen al margen de los servicios sociales. En cambio, una de las tradicionales y principales respuestas de los servicios sociales, sus centros residenciales, parece presentar, al menos en algunas ocasiones y para algunos fines, importantes limitaciones y contraindicaciones (junto a fortalezas y capacidades, demostradas en estos días). (Respondería a la pregunta: ¿contiene nuestro modelo de atención suficiente y adecuada intervención (de base) comunitaria?)

6. Los servicios sociales compiten, en la práctica, con otros dispositivos y sistemas, como el sanitario, el hostelero, el del trabajo doméstico, el policial o el militar, de modo que eso importante de lo que se ocupan los servicios sociales (sea lo que sea) tiene, al parecer, partes de las que pueden ocuparse otros dispositivos y sistemas. (Respondería a la pregunta: ¿tenemos un reconocimiento y aprecio positivo, suficiente y duradero por parte de la población y de otros agentes?)

Estas seis consideraciones o reflexiones (y las correspondientes preguntas) recogen un momento, unos intentos, dentro de una conversación abierta, con reconocimiento y agradecimiento a tantas personas y organizaciones que participan en ella y, sobre todo, que, día a día, trabajan y hacen parte importante de su vida en los servicios sociales, afrontando comprometida y eficazmente situaciones tan difíciles como la actual. Gracias, de todo corazón.

(Esta entrada se ha nutrido de aportaciones recibidas en el marco de trabajos y conversaciones con personas de los servicios sociales, especialmente, estos últimos días, del País Vasco, Madrid, La Rioja, Cantabria, Cataluña y Aragón.)

Trasladarse temporalmente desde el centro residencial a un domicilio particular, una alternativa ante el Covid-19

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Posiblemente, una característica de la emergencia que estamos viviendo en el mundo en las últimas semanas es su carácter novedoso y vertiginoso. La experiencia nos resulta enormemente nueva, los acontecimientos se suceden con gran rapidez y, frecuentemente, pensamos en una solución cuando ya es tarde para implementarla.

En España, por ejemplo, el decreto aprobado por el Gobierno el 14 de marzo, mediante el cual declara el estado de alarma contiene una relación de los servicios que deben seguir funcionando abiertos al público, mencionando inicialmente, por ejemplo, las peluquerías. En cambio, no hace, sorprendentemente, ninguna referencia, en ningún sentido, a los servicios sociales.

Sin embargo, seis días después, cuando las residencias para personas mayores ocupan todas las primeras planas de los periódicos debido a la cantidad de personas que enferman y mueren en ellas, el Gobierno acuerda declarar los servicios sociales como “servicios esenciales” y, en general, los servicios sociales de carácter residencial son rápidamente puestos bajo los focos para diferentes estrategias de intervención. Por ejemplo, en la prensa del 24 de marzo se informa de que el ejército ha entrado en más de 300 residencias de personas mayores para labores de desinfección.

Para enfocar adecuadamente esta situación, hay que entender que la atención social de carácter residencial (es decir, los servicios sociales que, además de los cuidados y apoyos característicos de los servicios sociales, proporcionan, también, alojamiento a las personas) debe ser vista como una más de las modalidades de atención que ofrecen los servicios sociales, junto a otras como la telemática, la domiciliaria, la ambulatoria, la diurna o la que se realiza en el espacio público.

En función del diagnóstico profesional y de las preferencias de la persona, puede estar indicado para una persona un servicio de carácter residencial, pero ello no quiere decir que esta persona no pueda, en otro momento, volver a su casa o trasladarse a otro domicilio particular y recibir cuidados y apoyos en cualquiera de las otras modalidades mencionadas.

La experiencia que estamos viviendo en España hace pensar que no resulta particularmente fácil manejar una situación de emergencia sanitaria, distancia social y confinamiento domiciliario en los centros residenciales, especialmente si un número importante de personas en situación de dependencia funcional vive en ellos.

En ese contexto, una de las medidas que ha de considerarse y potenciarse es que las personas usuarias de los servicios sociales residenciales se trasladen temporalmente a sus domicilios particulares o a domicilios de familiares u otras personas que tengan capacidad y disponibilidad para acogerlas. Ello puede ser coyunturalmente más fácil en la medida en que muchas personas pasan muchas más horas en sus domicilios mientras dure el confinamiento y la emergencia y pueden tener, coyunturalmente, mayor disposición para acompañar y atender a las personas que salen temporalmente de las residencias.

Lógicamente, para que esta medida funcione, la persona debe poder contar con los necesarios apoyos por parte del sistema público de servicios sociales y con un entorno amigable que garanticen en el domicilio particular una calidad de vida igual o mejor que la que tenía cuando estaba ingresada en el centro residencial. Obviamente, es necesario comprobar que ni la persona que sale de la residencia ni aquellas que la acogen están infectadas.

Esta medida, a la vez, contribuye a descongestionar los servicios residenciales y facilita una mejor atención para las personas que no pueden o, sencillamente, no quieren abandonar temporalmente la residencia, ya que dejan más espacio físico y personal profesional a disposición de estas personas que permanecen en el centro residencial.

Posiblemente, en este momento, en España, muchas personas se están arrepintiendo de no haber tomado esta medida (entre otras) cuando todavía estaban a tiempo. Otras, afortunadamente, lo están haciendo en estos días.

(Versión en castellano de la entrada en inglés, preparada para la web LTC responses to Covid-19 de la International Long Term Care Policy Network, que contiene enlaces a artículos de prensa en castellano.)

Los servicios sociales ante la emergencia general

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Cabe hablar de emergencia general cuando, con independencia de la naturaleza del problema identificado como origen o causa de la situación excepcional (sanitario, por ejemplo), la disrupción del curso normal de la vida (a menor o mayor escala, más local o más global) llega a afectar al resto de esferas o ámbitos de satisfacción de las necesidades de las personas (como transporte, alimentación, alojamiento, actividad cultural, seguridad, uso del espacio público, administración de justicia, ambiente, telecomunicaciones u otras).

¿Cuál sería, en ese contexto, el papel de los servicios sociales?

Es sabido que nuestros servicios sociales públicos tienen encomendados algunos trámites administrativos de ayudas económicas para necesidades de subsistencia que constituyen, en todo caso, una pequeña parte del monto total que aportan las instituciones públicas para ese fin. Sin embargo, obviamente, en una emergencia general, no es principalmente para esos trámites para los que se necesita a los servicios sociales (trámites para los que resultan más eficientes, de cualquier modo, la Seguridad Social, las haciendas u otras estructuras), sino fundamentalmente para sus cometidos específicos, propios e intransferibles, es decir, para los cuidados, apoyos e intervenciones que tienen que ver con el riesgo o situación de afectación o limitación de la autonomía funcional o decisional de las personas o de los vínculos o apoyos familiares o comunitarios con los que cuentan en su vida diaria o cotidiana.

Lógicamente, en la emergencia general, la primera y principal responsabilidad de los servicios sociales la constituyen ese pequeño porcentaje de personas que, en el momento de la emergencia, estén ingresadas (estén viviendo) en sus servicios residenciales (con independencia de que deban o puedan seguir en ellos), dado que son las usuarias de los servicios sociales que en mayor medida dependen de éstos. También tendrían prioridad otras personas en condiciones de especial vulnerabilidad (como algunas que viven en la calle) que tengan como referencia principal el sistema de servicios sociales para su atención y seguimiento (o cuya protección o atención les esté encomendada legal, judicial o administrativamente).

Sin embargo, parece fundamental que esa atención prioritaria a los mencionados colectivos y en los citados servicios, no conlleve una significativa pérdida de tensión hacia el resto de perfiles y de modalidades de apoyo. Los servicios sociales telemáticos, domiciliarios, de medio abierto, ambulatorios y diurnos forman una red esencial para la sostenibilidad y la calidad de la vida de muchas personas en sus casas, vecindarios, barrios y pueblos. Personas con diferentes grados de fragilidad, afectación o limitación funcional o relacional que, si no están en el radar de la prevención, seguimiento, atención y acompañamiento de los servicios sociales, pueden ver rápidamente agravada su situación. Los servicios sociales están llamados a estar a disposición de toda la población y esto debe seguir siendo así, sin desdoro de la lógica prioridad hacia la mayor vulnerabilidad, también en las situaciones de emergencia. En ocasiones, una breve llamada telefónica (“¿cómo se encuentra?”) puede marcar la diferencia.

Además, si algo se pone a prueba en una emergencia general es la conectividad y capacidad de funcionamiento en red de los dispositivos y sistemas de cualquier tipo. En el caso de los servicios sociales, posiblemente, sea fundamental su integración horizontal en el territorio con otros servicios de bienestar (como los de salud) y su capacidad de identificación, activación y sostenimiento de capacidades familiares, vecinales, comunitarias y solidarias de proximidad, de modo que se produzca un efecto multiplicador de la protección entre la intervención social profesional y esas dinámicas naturales o espontaneas de ayuda mutua y autoorganización cívica que surgen en la población.

Hacia una definición de los servicios sociales

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Se propone definir los servicios sociales como cuidados, apoyos e intervenciones para mejorar y complementar la interacción de las personas, es decir, su autonomía para las decisiones y actividades de la vida diaria en relaciones primarias familiares y comunitarias.

Hablamos, en primer lugar de “cuidados”, entendidos como la realización, en lugar de la persona, de una parte de las actividades de la vida diaria, en la medida en la que la persona no sea capaz de realizarlas por y para sí misma. Parece fundamental visibilizar el hecho de que cuando, por insuficiente capacidad de autocuidado o de cuidado primario (familiar y comunitario), se necesitan cuidados profesionales, la rama de los servicios sociales sería la competente, en principio, para proponerlos, proporcionarlos y evaluarlos.

Nos referimos, en segundo lugar, a “apoyos”, porque, con ser importantes, los cuidados sólo constituyen una parte de las prestaciones que brindan los servicios sociales a las personas. Actividades tan características de los servicios sociales como, por ejemplo, el acompañamiento social, no pueden considerarse, estrictamente hablando, como cuidados. Por otra parte, al par “cuidado y apoyo” (care and support), le añadimos “intervenciones” para recoger, por ejemplo, actuaciones de carácter poblacional y preventivo, que no necesariamente se estructuran como servicios con destinatarias individuales.

Se dice, a continuación, que los cuidados, apoyos e intervenciones que constituyen los servicios sociales son para mejorar y complementar la interacción de las personas. En primer lugar, mejorarla y, si no o también, complementarla. En esta definición de los servicios sociales el término “interacción” se utiliza en un sentido particular (no general), y ello se hace porque se aspira a que dicho término pueda ser utilizado para referirse, con una sola palabra, al bien que protegen y promueven los servicios sociales.

La interacción, en este contexto, se define, en primera instancia, como autonomía funcional para las actividades de la vida diaria (básicas, instrumentales y avanzadas). Se dice “decisiones y actividades” para subrayar que no nos referimos únicamente a la capacidad de ejecutar unos actos cotidianos sino a la de decidir hacerlo, a la autodeterminación para el proyecto de vida y su realización. Así pues, según esta definición, los servicios sociales aspirarían a ayudar a las personas a mejorar o, en su caso, a complementar sus capacidades para realizar (y decidir realizar) actividades de la vida diaria, para desenvolverse en la esfera de la vida cotidiana (diferenciada de la esfera de la vida laboral, por ejemplo).

Ahora bien, la autonomía es, por definición, interdependencia, y, en la definición que proponemos, interdependencia en el seno o en el marco de relaciones primarias de carácter familiar o, en general, comunitario. Aquí usamos el par acuñado “familiar y comunitario” y se entiende que las limitaciones en la autonomía funcional para la vida diaria suelen llamar, en primera instancia, a la actuación de familiares o personas con algún otro tipo de vínculo comunitario, específicamente de carácter primario (de amistad, de convivencia, de vecindad o similar, regido por la reciprocidad).

Por tanto, los servicios sociales, según esta definición, serían aquellos servicios que tienen como misión prevenir o abordar situaciones de desajuste o desacoplamiento entre la capacidad de las personas de cualquier edad para desenvolverse y proyectarse en la vida diaria y los apoyos naturales de los que disponen gracias a sus relaciones primarias.

(A partir de diálogos en el Aula de Formación Permanente “Repensar los Servicios Sociales” de Cantabria. La ilustración corresponde a la campaña Social Care Future.)

Integración o desintegración de los servicios sociales

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La actual ola (en todos los campos de la economía, la Administración y la vida social) de innovación, transición o revolución digital es una poderosa corriente de destrucción creativa (eso es la innovación) que desintegra e integra vertical y horizontalmente, de sorprendentes maneras, las actividades y organizaciones humanas. Que se lo expliquen, si no, a las empresas que gestionaban cines y que creyeron que las compañías de telefonía eran sus proveedoras (como las fabricantes de muebles que les vendían las butacas), cuando lo que finalmente ha sucedido es que ahora vemos las películas en ese aparato que seguimos llamando teléfono.

Esa ola atrapa a los servicios sociales en un momento peculiar, no particularmente fácil de comprender para las personas con conocimientos sobre gestión y consultoría o con responsabilidades políticas que se acercan a nosotras para ayudarnos a innovar. Es un momento de mudanza en el que los servicios sociales, en buena parte de la legislación vigente y consensos de la comunidad de conocimiento, habían apostado por un proceso de universalización, es decir, por superar su posicionamiento residual como última red sin objeto o bien protegible propio y específico de interés general. Un momento, sin embargo, en el que ese proceso de universalización (y consiguientemente, de configuración como un pilar del bienestar similar al educativo o al sanitario) dista de haberse logrado.

Lógicamente, los procesos de intervención, gestión y gobierno son muy diferentes en unos servicios sociales-última red (que se ocupa prácticamente de cualquier necesidad para determinados colectivos minoritarios) y en unos servicios sociales-pilar (que se ocuparían de unas determinadas necesidades para cualquier persona, para todas las personas). Por eso, en ocasiones los intentos de mejora, desarrollo o innovación en los sistemas públicos de servicios sociales realmente existentes están potenciando dimensiones contradictorias:

  • En la medida en que el control social punitivo de personas en situación de vulnerabilidad general (económica, laboral, habitacional y otras) es una labor que nunca se ha dejado de realizar en los servicios sociales, determinadas innovaciones acentúan la asimetría de poder y la vulneración de los derechos humanos de estas personas. Por ello surgen frecuentemente alertas éticas y políticas respecto de medidas que están tornando más crueles y humillantes, si cabe, determinados tratamientos proporcionados por los servicios sociales,
  • En el otro extremo, quienes apuestan por unos servicios sociales más relacionales, personalizados, participativos, preventivos, colaborativos y comunitarios están encontrando nuevas fórmulas, formatos o procesos para transformar los servicios sociales y, específicamente, para la escalabilidad de nuevos modelos de cuidados, apoyos e intervenciones en los domicilios, los vecindarios y los territorios.

Esta situación puede ser el principio del fin y acabar por mandar los servicios sociales al basurero de la historia, contribuyendo a fragmentarlos y recombinarlos con otras actividades hasta no dejar rastro de ellos. O puede ser un revulsivo para alinear esfuerzos desde fortalezas como la capacidad investigadora de la academia, la fuerza movilizadora de los colegios profesionales y las sociedades científicas, la capacidad de gestión de las entidades solidarias, la autoridad pública de las Administraciones y el impulso innovador de las políticas para esos nuevos servicios sociales que este minuto reclama y posibilita.

(Entrada de arranque para el Aula de Formación Permanente “Repensar los Servicios Sociales” que comienza hoy en Cantabria. Fotografía del Salón Vizcaya, mítico cine del barrio de San Francisco, en Bilbao.)

Catálogo de servicios sociales: una propuesta

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En los sistemas públicos de servicios sociales españoles, en términos generales, se ha seguido la técnica de los sanitarios de elaborar catálogos (y carteras) para una presentación ordenada de su oferta a la ciudadanía. A continuación, una propuesta, basada en la consideración de la interacción (autonomía funcional e integración relacional) como objeto de los servicios sociales:

  1. Servicios de dinamización comunitaria e intervención en medio abierto (también en equipamientos comunitarios). Incluyendo:
    1. Servicios de animación en el tiempo libre.
    2. Servicios de promoción de la integración familiar y comunitaria y de la convivencia en los vecindarios y el espacio público (y prevención de la soledad no deseada y otras afectaciones en la interacción).
  2. Centros (ambulatorios y de atención telemática) de valoración diagnóstica de la interacción, orientación, acompañamiento y seguimiento (primarios o generales) para personas y familias.
  3. Centros (ambulatorios y de atención telemática) de valoración diagnóstica, orientación, acompañamiento y seguimiento (secundarios o especializados). Incluyendo:
    1. Servicios de atención temprana del riesgo para el desarrollo.
    2. Servicios de apoyo a la parentalidad, el acogimiento, la adopción y la tutela.
    3. Servicios de promoción de la autonomía y apoyo a cuidadoras y cuidadores primarios de personas con limitaciones funcionales.
    4. Servicios de apoyo a la planificación y a las transiciones del ciclo vital.
    5. Servicios de atención a personas en riesgo o situación de discriminación, maltrato o violencia en función de la diversidad (sexual, generacional, funcional o cultural).
  4. Productos (incluye aplicaciones digitales) de apoyo para la interacción.
  5. Servicios de atención telemática o presencial (con amplia diversidad de cuidados y apoyos para la facilitación, complementación, desarrollo y promoción de la interacción de las personas en sus entornos domiciliarios y comunitarios).
  6. Centros de atención (a los que las personas acuden cotidianamente, en diferentes horarios, o, eventualmente, en los que viven).
  7. Prestaciones económicas para incentivar la interacción (por ejemplo, de cuidados de familiares en situación de dependencia o de acogimiento familiar o presupuestos personales).
  8. Servicios de urgencia social (Entendida como situación de afectación súbita de la interacción de la persona. No procede si la afectación es principalmente a su situación económica, de salud, de seguridad o habitacional).

(A partir de trabajos recientes en Castilla y León, Navarra, Asturias, Comunidad Valenciana y Murcia.)

¿Deben emanciparse los servicios sociales de la Asistencia Social (como lo hicieron los sanitarios de la Seguridad Social)?

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Como sabemos, partes importantes de los actuales sistemas de salud en España proceden de la Seguridad Social. Es decir, muchas de las atenciones e intervenciones que hoy en día nos proporciona la sanidad pública fueron en algún momento prestaciones (en general, contributivas) de la Seguridad Social. De hecho, un hito relevante en la historia de la sanidad española es la creación, en 1942, del Seguro Obligatorio de Enfermedad. Otro hito reseñable es la asignación a la Dirección General de Sanidad, en 1967, de los hospitales de la Beneficencia. La Ley General de Sanidad, de 1986, fue fundamental para el objetivo de universalizar la asistencia sanitaria pública.

Nuestro sistema de salud y los sistemas autonómicos que lo constituyen, obviamente, van mucho más allá de un seguro de enfermedad. No sólo porque no se financian con cotizaciones sino con impuestos. No sólo por su grado de universalidad. Sino también porque más que una cobertura económica a posteriori de gastos generados por nuestras enfermedades son complejos sistemas preventivos y asistenciales de promoción y protección de la salud apoyados en sofisticados conocimientos científicos y tecnológicos.

Cabe interpretar que, a lo largo de las mencionadas décadas, las comunidades de conocimiento y de diseño de políticas entendieron que las prestaciones sanitarias y las de garantía de rentas (por ejemplo para la jubilación) tenían dinámicas tan diferentes que era oportuno que su organización, gestión y gobierno se realizaran de maneras y desde estructuras distintas. Dos áreas de actividad (salud y pensiones) que, en algún momento, fueron manejadas y vistas como partes de un todo, se percibían y estructuraban separadamente.

Cabe preguntarse si, del mismo modo que Sanidad y Seguridad Social se divorciaron por mutuo acuerdo (valga la metáfora), no será oportuno que Servicios Sociales y Asistencia Social hagan lo mismo. Si la evolución social y del conocimiento no nos estará invitando a darnos cuenta de que brindar cuidados y otros apoyos para la autonomía y la convivencia ha adquirido una dinámica cada día más incompatible con garantizar recursos económicos para la subsistencia material.

(Escrito al vuelo, inspirado por debates con amigas y amigos interesados e implicados en los servicios sociales. Un artículo en el que hay información relevante para este debate puede descargarse aquí.)

La transición estratégica de los servicios sociales, a la luz del Informe FOESSA

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Es complejo el proceso de transformación de la asistencia social residual (última red) en unos servicios sociales sectoriales (un pilar más del bienestar) y, por más que no pueda decirse que dicha transición esté completada, no cabe duda de la apuesta expresa por la universalidad de los servicios sociales que ha realizado la comunidad de práctica y conocimiento y la normativa jurídica de los servicios sociales. El retrato de la sociedad española que emerge en el último Informe FOESSA aconseja intensificar los esfuerzos para realizar la mencionada transición por tres razones:

  • Se detecta un enquistamiento y desconexión del espacio social de la exclusión, enquistamiento y desconexión que una última red integral contribuye a reforzar, en contradicción con el enfoque de derechos, al facilitar a las personas en situación de exclusión social circuitos segregados y estigmatizantes para la satisfacción de importantes necesidades.
  • Se identifican importantes segmentos sociales en situación de persistente inseguridad o precariedad laboral, residencial y económica (la cual, necesariamente, ha de ser abordada de manera estructural desde las políticas de empleo, vivienda y garantía de ingresos). Segmentos que, en la medida en que los servicios sociales conservan su posicionamiento residual para dichas necesidades, están llegando a los servicios sociales, colapsándolos y sin obtener solución.
  • Las relaciones primarias, las redes familiares y comunitarias, presentan todavía, a pesar de los procesos de individualización, mercantilización y desvinculación, una notable resiliencia, lo cual augura prometedores retornos en la medida en que los servicios sociales se puedan orientar de forma más precoz, proactiva, intensa, cualificada, eficaz y eficiente al refuerzo del autocuidado y autodeterminación y de los apoyos recíprocos que nos procuramos en la vida cotidiana en el territorio y la capa digital.

Si se acepta la transición desde la condición residual e integral al carácter sectorial e integrado como imprescindible para unos servicios sociales que aspiren a configurarse como un ámbito universal de política pública, nos introducimos necesariamente en una agenda de transformación de los servicios sociales, cabe decir, hacia:

  1. Unos servicios sociales de mayor valor añadido basado en el conocimiento y crecientemente personalizados, participativos, comunitarios y digitalizados, cada vez más capaces de actuar en la fragilidad (funcional y relacional) y antes de ella (en clave de prevención y promoción, de carácter poblacional y ecológico) y radicalmente exonerados de la responsabilidad sobre la subsistencia material o económica de las personas.
  2. Unos servicios sociales que, gracias a su integración vertical y gobernanza multinivel, posibiliten itinerarios intrasectoriales en los que las personas reciban productos, cuidados, apoyos o, en general, intervenciones digitales, comunitarias y en medio abierto, con continuidad y proximidad, de modo que sea cada vez más improbable que se las clasifique por colectivos poblacionales y se las oriente o derive a centros alejados de su entorno domiciliario y vecinal de elección.
  3. Unos servicios sociales incorporados al modelo de atención integrada intersectorial propugnado por organismos como la OECD, la OMS o la UE, aumentando la capacidad conjunta del sistema de bienestar de ofrecer itinerarios intersectoriales con estrategias diferenciadas (facilitación de accesos y transiciones, protocolización de itinerarios, gestión de casos o servicios integrados) apoyadas en procesos de estratificación facilitados por la gestión de grandes cantidades de datos.
  4. Unos servicios sociales en los que se verifica un liderazgo innovador de los poderes y administraciones públicas como garantes de derechos y dinamizadores de agentes diversos (organizaciones solidarias, autoorganización comunitaria, emprendimiento social, industria tecnológica u otros), utilizando inteligentemente, entre otras herramientas, la compra pública innovadora y el concierto social.

(Análisis y propuestas compartidas en colaboraciones en curso en los servicios sociales de Andalucía, Cantabria, Cataluña, La Rioja y el País Vasco.)

Tensiones coyunturales y estructurales en la intervención social y los servicios sociales

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En la práctica cotidiana de la intervención social, o de la gestión o el gobierno en los servicios sociales, puede ser conveniente diferenciar las tensiones de carácter más coyuntural y aquellas que son, más bien, estructurales. Diríamos que las primeras requieren una mirada táctica mientras que la que conviene a las segundas es, en mayor medida, estratégica. En el primer caso, podemos situarnos en un contexto de crisis, es decir, en el relato de las consecuencias que ha tenido para nuestra actividad la debacle económica que comenzó al final de la primera década de este siglo. Sin embargo, desde un punto de vista más estructural y estratégico, quizá el contexto a considerar sea el del colapso, el de la insostenibilidad sistémica que, posiblemente, nos afecta.

El planteamiento táctico y coyuntural nos coloca ante la gestión de situaciones de alta complejidad, de casos individuales o familiares especialmente complejos. La crisis parece legitimar, desde la emergencia y la exclusión social, que sigamos haciéndonos cargo integralmente de personas y familias que tantos derechos sociales están viendo conculcados. Sin embargo, el aliento estratégico que pretende generar estructuras sostenibles nos indicaría, quizá paradójicamente, el camino de una intervención social y unos servicios sociales que se concentren en su objeto propio, la interacción, entendida como autonomía funcional y de decisión para la vida diaria y cotidiana en el seno de relaciones primarias familiares y comunitarias.

La coyuntura, frecuentemente, nos empuja a una mayor especialización, a un abordaje hiperespecializado. La crisis parece traer ante nosotras una exigencia de segmentar aquellos colectivos ya segmentados previamente y la respuesta a la gravedad de las situaciones parece ser, al menos a corto plazo, una mayor especialización. Sin embargo, ante la mirada estratégica, el aumento de la cantidad y gravedad de los casos complejos que nos llegan se convierte más bien en un acicate para ir, aguas arriba, a las causas de las causas, en una suerte de enfoque neocomunitario o de reinvención de la comunidad.

Nuestro proceso tradicional ha sido, en buena medida, extractivo, dado que nos hemos hecho cargo de personas que habían sido excluidas de la vida comunitaria o nosotras mismas las hemos extraído (en ocasiones, sin duda, porque ese era el mal menor). Sin embargo, posiblemente, somos cada vez más conscientes de que nuestra tarea es más bien generar condiciones para la sostenibilidad autónoma y relacional de la vida diaria, cotidiana y comunitaria. Quizá, se trata de pasar de un locus de control centrado en nuestra intervención a otro que mira a la interdependencia de todas las personas. De que la referencia sea cada vez menos el sistema y cada vez más el territorio.

Seguramente, para mantener, ampliar o mejorar lo que tenemos, nuestros mejores aliados son los colectivos destinatarios de nuestras actuales políticas, programas e intervenciones, los segmentos poblacionales tradicionalmente considerados vulnerables y atendibles por parte de los servicios sociales, especialmente aquellos más organizados. Sin embargo, somos conscientes de que tanto estos colectivos como como el personal que les atiende podemos mostrarnos reticentes ante innovaciones o transformaciones que pongan en riesgo el statu quo. Por eso, muchas veces, son nuevos riesgos, emergencias o alarmas sociales las que generan las condiciones de posibilidad de algunos cambios.

La táctica exige regulación, normación de lo existente o de lo factible a corto plazo, mientras que la estrategia ha de apoyarse en el conocimiento, en la creación de nuevas respuestas basadas en evidencias, en la sistematización del mejor saber hacer, en la mejora de nuestra cualificación. Por otro lado, hoy y mañana, seguramente, tenemos que seguir siendo última red, pero el futuro demanda, cada día más, una arquitectura de atención integrada en la que esa última red no sea necesaria, en la que los servicios sociales universales dialoguen, de pilar a pilar, con la sanidad, la educación, el empleo, la vivienda o la garantía de ingresos y donde la intervención social sea predominante en los servicios sociales y esté presente en los otros ámbitos sectoriales.

En el corto plazo, inevitablemente, la pugna entre agentes se da en forma de suma negativa, es decir, el papel que desempeña uno no lo puede desempeñar el otro, el espacio de uno no es espacio para el otro. Sin embargo, el futuro puede permitirnos avanzar en clave de gobernanza relacional, es decir, ensayar juegos de suma positiva en el que pueda ser posible más responsabilidad pública, más implicación comunitaria, más organización solidaria y más emprendimiento empresarial. Las profesiones, a corto plazo, se ven obligadas posiblemente a defender su nicho e intentar ampliarlo. Sin embargo, colaborando en procesos de innovación, tanto el trabajo social como la educación social y la psicología de la intervención social, entre otras disciplinas y profesiones, pueden y, seguramente, deben reinventarse y reinventar la intervención social y los servicios sociales.

Entrada, a petición de CoopSoc, a partir de los encuentros con los colegios profesionales de psicología de Andalucía en los días 7 y 8 de noviembre y de cara al Diálogo Regional de Políticas organizado en Washington por el Banco Interamericano de Desarrollo para el 12 y el 13 de noviembre.

Cuatro claves para un modelo de servicios sociales

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Serían éstas:

a. La universalidad de una innovadora intervención social, toda ella participativa y comunitaria, basada en el conocimiento y en proceso de digitalización.

b. La integración vertical del sistema público de servicios sociales y el reforzamiento de la atención primaria resolutiva para una intervención cada vez más próxima, preventiva y personalizada, capaz de atender a la diversidad de género, generacional, funcional y cultural.

c. La integración intersectorial de los servicios sociales con otras políticas públicas, sociales y económicas, redefiniendo los perímetros sectoriales, contribuyendo a una arquitectura eficiente del bienestar y facilitando la personalización de los itinerarios.

d. La innovación social a la búsqueda de nuevas sinergias en un ecosistema de agentes que potencie la iniciativa solidaria desde el liderazgo público.

Y desarrollándolas un poco:

a. Nueva intervención social

Los procesos de intervención social, cada vez más profesionalizados y de mayor valor añadido, y crecientemente personalizados, participativos, comunitarios y digitalizados, han de ir tomando sustancia y forma reconocibles como médula central y aportación de valor en el ámbito de los servicios sociales, focalizándose de forma eficaz y eficiente sobre el objeto y perímetro escogidos. Procesos de intervención social que, por tanto, cada vez habrán de ser más apreciados por su contribución a la interacción de todas las personas (autonomía para la vida diaria en integración familiar y comunitaria), por más que también tengan un impacto indirecto en los bienes que protegen y promueven otras ramas de la política social (como la salud, el conocimiento, el empleo, el alojamiento o la subsistencia). Procesos de intervención social que habrán de ser cada vez más capaces de actuar en la fragilidad (funcional y relacional) y antes de ella, en clave de prevención y promoción, de carácter poblacional y ecológico.

b. Integración vertical comunitaria

En el modelo de servicios sociales que visualizamos se trata de posibilitar itinerarios sectoriales en los que las personas reciban productos, cuidados, apoyos o, en general, intervenciones con continuidad y proximidad, de modo que sea cada vez más improbable que se les oriente o derive a servicios alejados de su entorno domiciliario y comunitario de procedencia y elección. La integración vertical y primarización del sistema hará que, cada vez más frecuentemente, los programas especializados, más que disponer de servicios específicos para unos u otros perfiles poblacionales, ofrezcan soporte a los servicios generales (preferentemente de carácter digital, domiciliario o en medio abierto), de modo que los productos, cuidados, apoyos o intervenciones de éstos sean cada vez más capaces de atender a las diversidades de género, generacionales, funcionales y culturales presentes en las comunidades y los territorios y a las diversidades de interacciones que constituyen la sostenibilidad autónoma y relacional de la vida cotidiana.

c. Integración y sinergias intersectoriales

La ciaboga en el modelo de servicios posibles requiere un trabajo esforzado de aplicación del modelo de atención integrada intersectorial propugnado por organismos como la OECD, la OMS o la UE, lo que supone ir redibujando las fronteras entre los perímetros sectoriales de los diferentes pilares universales del bienestar (potenciando la universalidad inclusiva y la atención a las diversidades en todos ellos) y aumentando la capacidad conjunta del sistema de bienestar de personalizar los itinerarios intersectoriales con estrategias diferenciadas y adecuadas para cada caso (en orden: facilitación de accesos y transiciones, protocolización de itinerarios, gestión integral de casos o servicios integrados).

d. Innovación pública y social

La propia naturaleza participativa y comunitaria de los servicios sociales, la complejidad social, la aceleración de los cambios, la tradición histórica de presencia y colaboración del sector público y del tercer sector en los servicios sociales y las oportunidades creadas por las tecnologías digitales, entre otros factores, aconsejan trabajar en clave de innovación pública (nuevo liderazgo de los poderes públicos como garantes de derechos y dinamizadores inteligentes de agentes diversos) e innovación social (coproducción y sinergia entre organizaciones solidarias, acción voluntaria, autoorganización comunitaria, emprendimiento social, empleo de calidad, industria tecnológica u otros agentes).

(Contenidos compartidos en el proceso de elaboración del Plan Estratégico de Servicios Sociales de Navarra 2019-2023, que puede descargarse aquí.)