Ascensoristas en el edificio del Estado de bienestar

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Érase una vez el edificio del Estado de bienestar. En su planta baja, los servicios sanitarios solían ayudar a las personas en el momento de nacer y de morir, y en muchos otros de su vida. La planta primera estaba ocupada por las políticas de vivienda, que tenían la encomienda de responder a las necesidades de alojamiento de la gente. El sistema educativo ocupaba la planta segunda y, en la tercera, los servicios de empleo ofrecían orientación o intermediación a quienes necesitaban mejorar su posición en el mercado de trabajo. La planta cuarta correspondía a los sistemas de garantía de ingresos, que proporcionaban pensiones u otras prestaciones económicas para adquirir alimentos, vestido u otros bienes necesarios para la subsistencia.

El edificio tenía, desde luego, plantas subterráneas en las que encontrábamos profesionales encargadas de la construcción de carreteras, la distribución de energía o la organización de las telecomunicaciones. U otras plantas más altas, responsables de la creación cultural, la participación política o los tribunales de justicia.

En este edificio los servicios sociales (antes llamados asistencia social) no estaban ubicados en ninguna planta en particular sino en los ascensores. Y sus profesionales constituían el cuerpo de ascensoristas del edificio. Se entendía que su labor no tenía valor en sí misma (nadie iba al edificio para hacer uso de los ascensores) sino en la medida en que posibilitaban o facilitaban el acceso a los servicios profesionales y a las prestaciones que se ofrecían en las diversas plantas.

Sin embargo, la gente se fue familiarizando con el uso de los ascensores y sus tecnologías fueron mejorando, de modo que se fue generalizando la duda acerca de si era necesario disponer de ascensoristas en el edificio. Por otra parte, se fue agravando el problema de personas que no eran recibidas en la planta a la que querían acceder y que permanecían largo tiempo en los ascensores haciendo nuevos intentos de acceso a ese u otros pisos o, simplemente, instaladas en el ascensor.

El cuerpo de ascensoristas entendió que su labor no tenía sentido en ese contexto y decidieron reinventarse y ubicarse en la entreplanta (que estaba vacía) entendiendo que había importantes necesidades de las personas (de todas las personas) que no estaban cubiertas en ninguna de las plantas, necesidades que tenían que ver con los cuidados personales, con la organización de la vida cotidiana, con las relaciones familiares y con los vínculos comunitarios. En las otras plantas se recibió una nota que informaba de la desaparición del cuerpo de ascensoristas y de los valiosos servicios que se brindaban en la entreplanta, animando a sus profesionales a tomar el ascensor para visitarla.

(Sobre identidad, valor añadido, posicionamiento y futuro de los servicios sociales conversaremos esta semana en actividades organizadas por Servicios Sociales Integrados y el Ayuntamiento del Prat de Llobregat.)

Personalización e integración de los servicios sociales

Polifonía

Nuestros servicios sociales son herederos y portadores de modelos de atención altamente burocratizados y tendentes a tratarnos como si fuéramos miembros de supuestos colectivos homogéneos de personas clasificadas y agrupadas en función de una única pretendida característica o situación que opera incluso, en ocasiones, como marca de identificación y estigmatización.

Por ello, diversos movimientos de humanización ética e innovación de la intervención social insisten, acertadamente, en su necesaria personalización, en la construcción de una atención centrada en la persona. Personalización que, al menos, se apoya en dos grandes pilares: el aumento del conocimiento y la capacidad diagnóstica acerca de las necesidades que corresponde abordar a los servicios sociales (acerca, por tanto, de la interacción de las personas) y los procesos de empoderamiento efectivo de quienes somos destinarias de la intervención social (todas las personas, en principio).

La capacidad de diagnóstico social y (correspondiente) prescripción profesional y la promoción de la autodeterminación de la persona en su vida familiar y comunitaria deben, por tanto, ser impulsadas de forma simultánea y alimentarse mutuamente en nuestros servicios sociales. Dentro de un programa de reformas que transforme en buena medida servicios actualmente existentes y que, sobre todo, alumbre nuevos formatos y sistemas de cuidados y apoyos cada vez más capaces de contribuir significativamente a la sostenibilidad y calidad de nuestras vidas en la comunidad.

Cabe esperar que, a lo largo de nuestro ciclo vital, podremos disfrutar en diversas ocasiones de esta atención personalizada por parte de los servicios sociales, del mismo modo que lo haremos en los servicios educativos, en los que responden a nuestras necesidades de alojamiento o en los financieros, por poner algunos ejemplos. Sin embargo, en ocasiones, podemos encontrarnos en situaciones cuya complejidad requiera una atención integrada entre dos o más sectores de actividad (por ejemplo, entre servicios sociales y sanitarios).

Estas dinámicas de integración intersectorial (horizontal) deben complementarse con dinámicas de integración vertical al interior de cada uno de los sectores de actividad, en un proceso de construcción de una atención integral, entendida como la capacidad de ofrecernos a las personas respuestas tan completas y eficientes como la complejidad de nuestra situación requiera. Los modelos de gestión de caso, con colaboración de profesionales de diversos sectores de actividad, son, sin duda, una de las herramientas valiosas con las que contamos en este empeño.

(Sobre estas cuestiones hemos tratado la semana pasada en Vilanova i la Geltrú y Barcelona y volveremos esta semana sobre ellas en Barcelona y Madrid (jornada de la Fundación Pilares: más información aquí. Ilustración: “Polifonía”, Paul Klee, 1932.)

¿Tienen futuro los servicios sociales?

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Cambios tecnológicos y sociales acelerados hacen cada vez más verosímil la afirmación de que ninguna profesión u organización tiene asegurado su futuro. Tampoco ningún sector de actividad económica o, en su seno, la correspondiente política o sistema público de prestaciones y servicios. Lógicamente esta afirmación será especialmente aplicable a sectores de actividad (y sistemas públicos) relativamente menos estructurados y reconocidos como el de los servicios sociales, si lo comparamos con el energético, el sanitario, el pesquero, el financiero, el de los transportes o el de la vivienda, por poner algunos ejemplos.

El valor añadido reconocible y sostenible en la respuesta a determinadas necesidades de conjuntos suficientes de destinatarias será, posiblemente, el factor principal para la constitución y desarrollo de un sector económico (y de su sistema público, organizaciones y profesiones), en procesos de generación de ecosistemas relativamente integrados en los que coexistan, en cierto equilibrio, dinámicas de competición y colaboración entre agentes y entre sectores.

En el caso de los servicios sociales nos encontramos con: un incremento de las necesidades (sobre todo en el área de los cuidados, aunque no únicamente) que no se traduce todavía en una demanda estructurada, potente y orientada; un sistema público que ya ha pasado la adolescencia, pero no ha alcanzado la madurez, y que es bastante mixto y diverso en cuanto a las formas de relación con los otros agentes; y unas profesiones y disciplinas que, cabe decir, no militan todavía ni en la primera ni en la segunda división del conocimiento científico o la innovación tecnológica.

Sin entrar en otras consideraciones, parece claro que la comprobación y, en su caso, asignación de medios económicos para la subsistencia material es una labor de tramitación administrativa llamada, cada vez más, a ser realizada de forma automatizada e informatizada, en un horizonte de digitalización de las transacciones económicas y probable desaparición del dinero en efectivo que generará nuevas y mejores condiciones para la trazabilidad y el control de los flujos financieros. Sea como fuere, no parece estar ahí el futuro de los servicios sociales.

La pregunta del millón quizá sea si ese aparato público en buena medida orientado a la tramitación de expedientes relacionados, en bastantes casos, con casos de ausencia o limitación de recursos económicos puede reinventarse fortaleciendo la musculatura científica y técnica sectorial para potenciar su capacidad de brindar y potenciar cuidados y apoyos personalizados, relacionales y comunitarios a una diversidad, crecientemente compleja y fragmentada, de destinatarias cada vez más empoderadas.

(Sobre estas cuestiones hemos debatido recientemente en los servicios sociales del Ayuntamiento de Irun y de la Generalitat de Catalunya y trataremos en la conferencia organizada por Dixit en Barcelona el próximo 31 de mayo: más información, aquí.)

Asegurar el perímetro de los servicios sociales

Perímetro

Una de las principales amenazas para el desarrollo de nuestros servicios sociales es, posiblemente, el grado y tipo de reconocimiento y posicionamiento que tienen a los ojos de la ciudadanía, de las profesionales de otros sectores de actividad y de las personas con responsabilidad política. Reconocimiento y posicionamiento muchas veces limitado, sesgado o distorsionado que determina las expectativas, demandas, apoyos y legitimación que recibimos (o no recibimos) quienes trabajamos en los servicios sociales.

Por ello, seguramente, una de las estrategias clave en la construcción de los nuevos servicios sociales que queremos sea, si se permite la metáfora, la de asegurar su perímetro, es decir, la de seleccionar, desarrollar y visibilizar aquellas actividades y formatos más capaces de aportar a toda la población los cuidados y apoyos profesionales que le permitan mantener, mejorar o recuperar su interacción, entendida ésta como autonomía funcional y autoorganización de la vida cotidiana en el seno de relaciones y redes de carácter familiar y comunitario.

Nos referimos, por ejemplo, a servicios sociales domiciliarios y personalizados de gran valor añadido por su capacidad de empoderamiento y conexión de las personas destinatarias. O a informes fruto de labores de diagnóstico y peritaje social orientados a la mejora de determinadas relaciones de convivencia. O a productos de apoyo de alta tecnología que potencian y facilitan la vida comunitaria de personas con limitaciones funcionales temporales o permanentes. O a procesos de acompañamiento social que fortalecen la autoorganización en red de personas diversas en un marco de relaciones intergeneracionales e interculturales en el territorio. O a iniciativas de cuidado de criaturas de 0 a 3 años en el entorno barrial, flexibles y amigables con las dinámicas familiares. Y así sucesivamente.

Seguramente, durante un tiempo al menos, los servicios sociales seguiremos ofreciendo apoyos que no encajan en nuestro estricto perímetro sectorial, como determinadas prestaciones económicas para la subsistencia material de las personas. Sin embargo, es fundamental que se entienda que éstas no están en (ni mucho menos constituyen) nuestro núcleo de actividad (core business) y que no consuman tiempo de profesionales de la intervención social.

Los servicios sociales pueden ser y ser vistos por muchas personas y agentes como factores clave para el desarrollo de vidas, comunidades y territorios sostenibles, pero todavía no es así. Por ello necesitamos aplicarnos con más fuerza e inteligencia a la construcción y aseguramiento de un perímetro coherente y suficiente, tan claro en su definición como abierto a los otros sectores, que resulte atractivo y útil para toda la población, en el que sean factibles dinámicas valiosas de gobernanza concertada, racionalización organizativa, construcción de conocimiento y orientación a las personas destinatarias.

(Sobre estas y otras cuestiones estamos trabajando en estas semanas en el Departamento de Trabajo, Asuntos Sociales y Familia de la Generalitat de Catalunya y en los servicios sociales del Ayuntamiento de Irun.)

La cadena de valor en servicios sociales

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Cuando hablamos de cadena de valor (en cualquier ámbito económico sectorial) nos referimos a la secuencia de actividades que permiten a una organización obtener recursos del entorno para, finalmente, desencadenar resultados en dicho entorno. Normalmente, en cualquier cadena de valor podemos distinguir la cadena básica de valor o proceso operativo (que es típico y característico del sector de actividad) de otros procesos, que son parecidos en todas las organizaciones, con independencia del sector de actividad del que estemos hablando. Obviamente, cuando aquí hablamos de valor, nos referimos a resultados apreciados, fundamentalmente, por las personas destinatarias directas y, en general, por el conjunto de agentes interesados y no sólo ni fundamentalmente a resultados apreciados por personas o agentes con solvencia económica para pagar a la organización por dichos resultados.

En los servicios sociales proponemos entender los resultados valiosos en términos de mejora en la interacción de las personas, es decir, en su autodeterminación y, en general, autonomía funcional para una vida cotidiana en integración familiar y, en general, comunitaria. Las prestaciones, apoyos o actividades que permiten alcanzar dichos resultados valiosos y que, por lo tanto, estarán presentes en la cadena básica de valor, son, por lo tanto, fundamentalmente, relaciones profesionalizadas y tecnologías de apoyo que permiten diagnosticar, complementar o mejorar dicha interacción. Nos referimos a prestaciones como el cuidado personal, el acompañamiento social o la mediación familiar, realizadas presencial o virtualmente con unos u otros productos de soporte y basadas en el conocimiento. Las prestaciones o incentivos de tipo económico tienen un papel secundario en esta concepción de los servicios sociales (como pasa en una concepción semejante de los servicios sanitarios, educativos, de vivienda o de empleo).

Las labores de recepción, procesamiento, almacenamiento, recuperación o entrega de información o, en general, las labores de tramitación administrativa de expedientes no forman parte, en principio, de la cadena básica de valor, sino que se configuran normalmente como procesos de gestión o apoyo, fundamentales para que fluya adecuadamente el proceso operativo. Del mismo modo, prestaciones o apoyos característicos de otros ámbitos sectoriales (como, por poner algunos ejemplos, el alojamiento, la alimentación, la atención médica o el servicio doméstico), por más que eventualmente puedan realizarse en los servicios sociales, tampoco constituyen su núcleo de actividad.

La idea de cadena de valor en los servicios sociales nos recuerda el encargo de ofrecer a las personas destinatarias itinerarios en los cuales cada uno de los pasos (diagnóstico, planificación, intervención, evaluación, nueva planificación, nueva intervención y así sucesivamente) sea deseado y vivido por la persona como valioso. Itinerarios que no arrebaten a la persona el control sobre su vida ni la alejan de su entorno relacional deseado, sino que le ayuden a mejorar su interacción. Itinerarios tan breves, gratificantes y eficientes como sea posible. itinerarios compatibles y, en ocasiones, integrados con los itinerarios ofrecidos por otros sectores de actividad (como el sanitario o el de la vivienda).

Las personas profesionales responsables de las actividades de la cadena básica de valor, que, por tanto, mantienen un contacto más intenso con las personas destinatarias han de poder ejercer el efecto tractor que ponga a su servicio al resto de procesos y profesionales administrativos, de gestión, de apoyo y de gobierno, de suerte que el conjunto de la organización (y el sistema) se centre en cada persona destinataria y se oriente conjunta e integradamente, en definitiva, a aportarle el mayor valor.

(Sobre estas y otras cuestiones trabajaremos próximamente en el Departamento de Trabajo, Asuntos Sociales y Familia de la Generalitat de Catalunya y en los servicios sociales del Ayuntamiento de Irun. Aquí se pueden encontrar otras entradas del blog sobre servicios sociales. La fotografía corresponde a Pernan Goñi mostrando su reflejo gráfico de una explicación en parte coincidente con la de esta entrada de blog en unas recientes jornadas en Mejorada y Velilla.)

Construyendo la atención integrada en, desde y con los servicios sociales

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Para que la historia de los servicios sociales universales sea una historia de éxito será necesario que se vayan configurando en su interior cadenas de valor que posibiliten itinerarios de consecución de resultados valiosos para las personas. En esos itinerarios las personas usuarias de los servicios sociales nos iremos encontrando con diferentes especialistas de distintas cualificaciones relacionadas con diversas áreas de conocimiento. Entendemos la especialización como la ampliación o profundización del conocimiento acerca de los diversos aspectos, dimensiones, dinámicas, perfiles o instrumentos a considerar en la realización de una actividad o proceso; en este caso, la intervención social.

En esa dinámica de especialización y construcción de cadenas de valor, los servicios o programas presenciales con sede física podrán ubicarse más o menos próximos a los domicilios de las personas en función, fundamentalmente, de su mayor o menor masa crítica de destinatarias potenciales. De ahí surge en los sistemas públicos de servicios sociales la diferenciación entre atención primaria y secundaria, por ejemplo. De este modo, se entiende que nuestros itinerarios en los servicios sociales empezarán normalmente utilizando servicios de atención primaria y que posteriormente podamos (o no) participar en actividades que se nos ofrezcan en la atención secundaria. No hay que olvidar, en todo caso, la existencia e importancia de servicios o programas virtuales, domiciliarios, comunitarios u otros, en los que la ubicación de la sede física (o base de operaciones) no es relevante por no ser lugar de atención presencial a personas.

En sistemas o redes de servicios de este estilo, especialmente si la atención primaria depende de una institución y la secundaria depende de otra, es frecuente que la atención se fragmente y se dificulten los itinerarios de las personas. Procede, entonces, alentar dinámicas de integración vertical, es decir, dinámicas de integración entre la atención primaria y secundaria.

Lo que ocurre es que, según las lecciones aprendidas por nuestras compañeras y compañeros del sistema sanitario, la integración vertical tiende a funcionar en la medida en que se empodera la atención primaria y esto sólo parece posible en la medida en que en la atención primaria exista conocimiento y tecnología capaz de ofrecer a las personas resultados más valiosos que los que les ofrecía o les puede ofrecer la atención secundaria. Por ejemplo, cuando demostramos las diferentes ventajas comparativas para una persona con discapacidad de un programa de acompañamiento social en la comunidad (no específico para personas con discapacidad) frente a su ingreso en un servicio residencial específico para personas con discapacidad alejado de su entorno de procedencia.

Hemos de retener la idea de que la especialización no es menor en primaria que en secundaria, sino que es una especialización diferente. Por otra parte, entendemos que es cada vez más disfuncional y perniciosa la pretendida especialización del conocimiento de la intervención social en función de la segmentación que configura (y, frecuentemente, segrega) a las personas destinatarias de la intervención social en los colectivos especiales a los que antes nos hemos referido.

El avance del conocimiento y la tecnología de la intervención social podría permitir una mayor personalización de los itinerarios (atención centrada en la persona) a la vez que se conseguirían masas críticas de personas destinatarias tales que serían posibles más intervenciones de proximidad de enfoque poblacional, preventivo y comunitario (capaces de gestionar diversidades) y se recurriría menos a servicios presenciales que aparten a las personas de sus entornos y redes familiares y comunitarias deseadas y pertinentes. A la vez los avances tecnológicos (fundamentalmente en el área de la información y la comunicación) deberían también ayudar a desburocratizar los procesos de gestión. Todo ello iría haciendo girar el sistema de modo que la atención secundaria se pusiera, en buena medida, al servicio de la primaria y ésta al servicio de las personas.

Existe, lógicamente, también, una necesidad de integración intersectorial, bien mediante servicios integrados (que incorporan en un sector actividades propias de otro) o bien mediante otros mecanismos de trabajo en red o integración horizontal que faciliten los itinerarios intersectoriales de las personas (como, por ejemplo, el establecimiento de protocolos de actuación o la gestión de casos). Las experiencias más potentes de integración intersectorial de la atención a la complejidad suelen apoyarse en presupuestos compartidos y autonomía para la recalibración de las inversiones y, en general, la asignación de recursos; permitiendo desinvertir en unos sectores para invertir más en otros y alinear recursos con procesos de atención, cadenas de valor e itinerarios personales intersectoriales, a partir de una adecuada y renovada estratificación o segmentación de la población. Se trata de iniciativas que deben ser cuidadosamente evaluadas, cimentando una base de evidencia antes de replicarlas o aumentar su escala.

Ahora bien, según el enfoque que aquí se presenta, no existiría un juego de suma cero entre especialización sectorial e integración intersectorial. Más bien se entiende que unos servicios sociales más estructurados, fortalecidos, especializados y posicionados en relación con su objeto propio estarán en mejores condiciones de construir atención integrada intersectorial con otros sectores.

(Tercera y última parte de un artículo recientemente publicado en el blog Llei d’Engel, que puede descargarse completo aquí y que servirá de base para una conferencia prevista para hoy, 25 de abril, en Mejorada del Campo: más información aquí.)

L’objecte propi dels serveis socials

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Quan vam decidir transformar la (vella) assistència social residual en uns (nous) serveis socials universals, hem d’entendre el que aquesta ciavoga representa en termes d’especialització i en termes de posicionament davant la ciutadania i reconeixement per part de la població. L’assistència social residual no s’especialitzava en determinades necessitats de totes les persones sinó en determinats tipus de persones per a les quals, suposadament, era capaç de respondre (tendencialment) a totes les seves necessitats. Per contra, els serveis socials, en declarar-se universals, deuen, indefugiblement, identificar en quines necessitats de totes les persones s’especialitzaran. Es tracta de dues configuracions i posicionaments incompatibles i oposats (com menjar sopes i xuclar): per això parlem de ciavoga.

L’assistència social residual es basa (explícitament o implícitament) en què hi haurà unes minories que no aconseguiran la gran finalitat del benestar o la inclusió social mitjançant els mecanismes que serveixen a la majoria de la població, que bàsicament són: la participació en els mercats ( de treball, de béns i serveis i financer), la integració familiar i comunitària i la protecció social de caràcter contributiu. Es podria dir que els i les professionals d’aquest àmbit es presenten o són reconegudes com a especialistes en la identificació, control i tractament dels membres d’aquests segments minoritaris de la població. I que l’atenció a aquestes persones s’organitza, majorment, agrupant entre si els membres de cada un d’aquests col·lectius especials.

No obstant això, els nous serveis socials, en declarar-se universals, competeixen, inevitablement, amb altres sectors universals d’activitat i, fonamentalment, amb els de sanitat, educació, ocupació, habitatge i garantia d’ingressos, que són els principals sectors econòmics en què opera l’Estat de benestar. A major perímetre sectorial dels serveis socials menor perímetre d’altres sectors d’activitat, i viceversa. No és el mateix que s’entengui socialment que el que cal fer des de les polítiques socials amb les criatures de zero a tres anys és, principalment, aprenentatge i escolarització (educació) o que es tracta més aviat de cures comunitaris (serveis socials).

En aquest context, la identificació i diferenciació de l’objecte dels serveis socials es converteix en una prioritat estratègica de primer ordre, possiblement en una condició imprescindible de possibilitat per a l’existència del sector d’activitat (del sector econòmic) dels serveis socials i, en el seu si, dels sistemes públics de serveis socials. Altrament l’univers poblacional al qual s’ofereixen els serveis socials (tota la ciutadania, per definició) difícilment sabrà quan anar als serveis socials i quan dirigir-se a un altre dels sectors d’activitat esmentats.

La nostra proposta és considerar que l’objecte dels serveis socials és la interacció, entesa com el desenvolupament autònom de les persones en la seva vida diària en el si de relacions familiars i comunitàries. Per tant, els serveis socials s’entendrien com cures i suports per a la presa de decisions i la seva execució per part de les diverses persones en el seu quotidià i viure integrades en les seves xarxes primàries.

Entenem que el concepte d’interacció (autodeterminació i autonomia funcional / integració familiar i comunitària) ens pot permetre dibuixar i omplir de contingut un perímetre de necessitats, demandes, drets, coneixements, tecnologies, prestacions, serveis i programes valuosos per a tothom i recognoscibles com a propis d’aquest àmbit sectorial i no d’altres.

El concepte d’interacció ens pot servir per identificar el (gran) bé que protegeixen i promouen els serveis socials, de la mateixa manera que la sanitat s’ocupa de la salut, l’educació de l’aprenentatge, els serveis laborals de l’ocupació, les polítiques d’habitatge del allotjament i els sistemes de garantia d’ingressos de la subsistència. És cert que tots aquests grans béns (i altres) tenen sinergies entre si i que tots els sectors d’activitat poden contribuir a la consecució de tots ells (salut en totes les polítiques, per exemple), però vivim en una societat en la qual han emergit sectors especialitzats d’activitat i sistemes públics especialitzats per a aquests diferents béns i aquest és el tauler de joc en el qual hem de ubicar-nos.

(Part de l’article publicat al bloc Llei d’Engel, sencer aquí, traduït al català pels editors del bloc, base per a la conferència prevista per al proper 25 d’abril a Mejorada del Campo: més informació aquí.)

Inversión social y servicios sociales

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Entendemos que el paradigma de la inversión social es rescatable, asumible, reivindicable y aplicable en tanto que estrategia:

  • Sensible a los equilibrios y relaciones intergeneracionales, absolutamente claves, hoy y aquí, para la sostenibilidad económica, política y moral de nuestro sistema de bienestar.
  • Atenta a la dimensión preventiva de las políticas sociales y a la potenciación de la autonomía, actividad, responsabilidad y empoderamiento de las personas en el seno de sus relaciones sociales, económicas y políticas.
  • Orientada a procesos de recalibración intersectorial, ensayando nuevos repartos de recursos y nuevos equilibrios entre las diferentes ramas de la política social, en clave de rediseño del sistema de bienestar.
  • Crítica con las persistentes e inaceptables inequidades de género y discriminaciones en función del sexo presentes en nuestras sociedades, economías y sistemas de protección social.
  • Potenciadora de los importantes retornos económicos, políticos y sociales que una inversión en políticas sociales mejor orientada y unas intervenciones políticas y técnicas de alto valor añadido en el ámbito de las políticas sociales pueden proporcionar.

Cabe apuntar a una centralidad de la apuesta por el desarrollo de los servicios sociales para una estrategia de inversión social en el ámbito de las políticas sociales porque:

  • Los servicios sociales brindan apoyos críticos en momentos y circunstancias clave a lo largo de todo el ciclo de vida de las personas, promoviendo y protegiendo la autonomía, y previniendo y revirtiendo la dependencia de personas, familias y comunidades, actuando ante riesgos que ya no pueden seguir siendo vistos como minoritarios o privados.
  • Los servicios sociales son imprescindibles para prevenir y combatir la transmisión intergeneracional de la pobreza, la desigualdad y la exclusión, al impulsar procesos de aseguramiento y empoderamiento en el seno de las relaciones primarias de las personas, fundamentales para su desarrollo y capitalización intelectual, emocional y relacional.
  • Los servicios sociales son la rama de las políticas sociales más directamente concernida por los nuevos riesgos sociales vinculados a la crisis de los cuidados y, por ello, constituyen un puntal fundamental de las políticas de igualdad de género y de conciliación de la vida personal, familiar y laboral y para las políticas de atención a la diversidad sexual, generacional, funcional y cultural.
  • El grado intermedio de madurez y maleabilidad de los servicios sociales les permiten funcionar como comodín en procesos de rediseño y recalibración de otras políticas públicas más o menos maduras o rígidas, y como banco de pruebas para políticas transversales o iniciativas innovadoras que luego puedan ser aplicadas en otras ramas (como envejecimiento activo, atención centrada en la persona, Housing First u otras).
  • Los servicios sociales pueden aportar a la estrategia de inversión social una impronta más comunitaria y más abierta a experiencias escalables de innovación y transformación social de carácter alternativo, autogestionario, ético y solidario.

(Fragmentos del capítulo “Los servicios sociales como pieza clave para una estrategia de inversión social”, cuyo original puede descargarse aquí y que forma parte del libro Repensar las políticas sociales. Inversión social y predistribución, sobre el que hay más información aquí y cuya presentación está prevista para el viernes, 7 de abril, en Donostia: más información, aquí.)

Los servicios sociales, crujiendo en la ciaboga

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Las ciudadanas que acudimos como usuarias a los servicios sociales y las personas que trabajamos en su prestación o gobierno nos sentimos –en diferentes medidas, de diferentes maneras–­ desorientadas y sobrecargadas. En algunos casos, incluso, angustiadas y desbordadas. Se trata, sin duda, de situaciones y emociones que se viven también en otros servicios públicos y de proximidad, como los de empleo, seguridad, salud, vivienda, justicia o educación.

Por ello, la comunidad de conocimiento de los servicios sociales debe construirse en mayor medida en clave de mixtura de disciplinas, con mayor colaboración entre la universidad y la intervención, siendo necesarios los procesos de intervisión en los que nos cuidamos como profesionales, la investigación de las ciencias sociales capaz de generar evidencia y especialización y el desarrollo tecnológico que nos permita reinventar y hacer mucho más eficientes, valiosos y apreciados nuestros procesos de intervención social. Sólo así generaremos saberes que iluminen la situación en la que nos encontramos y nos ayuden a salir de ella.

Para eso, resulta indispensable el liderazgo político que, desde la visión de que nos encontramos ante el reto de un cambio sistémico del modelo de bienestar, haga la apuesta de una inversión social inteligente e innovadora para la reconfiguración y despliegue de un sistema público de servicios sociales integrado verticalmente (entre primaria y secundaria) y horizontalmente (con los sectores de sanidad, vivienda, educación, empleo y garantía de ingresos). Sabiendo que habrá de enfrentarse a poderosas inercias e intereses que anidan en nuestra arquitectura institucional y en la actual forma de articulación entre el sector público, el sector privado y el tercer sector.

Los servicios sociales estamos haciendo la ciaboga que viene impuesta, insoslayablemente, por los impresionantes cambios sociales en curso en las últimas y próximas décadas y por las nuevas demandas y expectativas que se nos presentan. Sabemos que el viejo asistencialismo residual, burocratizado, punitivo y estigmatizador (que vuelve a rebrotar en estos momentos de dificultad, alentado por tendencias sociales supremacistas, excluyentes y xenófobas) sólo debe tener sitio en el baúl de los recuerdos. Y nos conjuramos para recordarnos mutuamente que los crujidos de nuestro barco son, deben ser, dolores de parto para unos nuevos servicios sociales, que brinden cuidados y apoyos universales, comunitarios y diversos a personas en proceso de empoderamiento colaborativo, para la construcción de un nuevo contrato social.

(Reflexiones compartidas en la jornada de aniversario de los servicios sociales de base de Vitoria-Gasteiz el 31 de marzo de 2017.

Una lectura estratégica de la situación de nuestros servicios sociales

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Los servicios sociales que hemos heredado fueron diseñados para el control social y la mejora de la situación general de pretendidos colectivos minoritarios que quedaban fuera de los sistemas regulares de vida familiar, actividad económica y protección social.

Sin embargo, los acelerados procesos de cambio social de las últimas décadas (catalizados por la crisis de los últimos años) incrementan el tamaño, intensifican la problemática y transforman las expectativas de esos supuestos colectivos vulnerables en un contexto de incremento de la complejidad social que vuelve, en todo caso, imposible la misión original encomendada a los servicios sociales.

Por otro lado, los propios servicios sociales, sus comunidades de conocimiento y los agentes políticos interesados en ellos ya habíamos hecho, al menos en algunos entornos, una reflexión autocrítica sobre dicho encargo e iniciado un proceso de superación del asistencialismo residual y de construcción de la universalidad sectorial de los servicios sociales como derecho subjetivo de ciudadanía y cuarto pilar del sistema de bienestar.

Por ello, si analizamos la trayectoria de las políticas sociales en el País Vasco en los últimos diez años podemos identificar algunos esfuerzos para avanzar en la identificación de un objeto propio para los servicios sociales, en la devolución de responsabilidades hacia otros ámbitos sectoriales y en el desarrollo de capacidades e instrumentos de diagnóstico e intervención en relación con ese objeto propio que, desde mi punto de vista, no es otro que la interacción, entendida como la autonomía de las personas para su desenvolvimiento cotidiano en el seno de relaciones familiares y comunitarias.

En esa construcción del pilar sectorial universal de los servicios sociales nuestra principal fuente de inspiración ha sido, seguramente, la de los servicios sanitarios. Ello puede percibirse, por ejemplo, en la utilización de catálogos y carteras de prestaciones y servicios o en la diferenciación entre atención primaria y secundaria.

Quizá no reparamos, sin embargo, en un hecho fundamental que no es otro que el hecho de que, para cuando se construyen los sistemas sanitarios públicos, es ya notable el grado de maduración científica, desarrollo tecnológico y posicionamiento a los ojos de la ciudadanía de las ciencias y profesiones relacionadas con la salud, especialmente de la medicina y la farmacia. Dicho de otra manera: la política sanitaria pública, cuando decide estratégicamente apostar por la promoción y protección de la salud, se encuentra con que este bien está razonablemente bien delimitado e identificado por parte de la ciudadanía y se dispone de un conjunto de conocimientos y técnicas acreditadas y reconocidas para la obtención de resultados valiosos en la satisfacción de las necesidades relacionadas con la salud.

Por otra parte, si bien determinada literatura técnica y normativa jurídica relativa a los servicios sociales y a otras políticas sociales avanzaba en su acotación sectorial (y se daban pasos como el paso de la Renta de Garantía de Ingresos a Lanbide), eso no quería decir que, necesariamente, otros ámbitos sectoriales (como, por ejemplo, el de la vivienda, a pesar del derecho subjetivo) asumían efectivamente determinadas responsabilidades que los servicios sociales pretendían entregar. En ese contexto, por otra parte, resulta difícil armar políticas intersectoriales o transversales que vayan mucho más allá de lo declarativo o lo experimental exploratorio.

Además, no hemos tenido suerte con el momento histórico en el que hemos abordado esa ciaboga. A pesar de ciertos esfuerzos para la construcción de conocimiento e innovación en materia de intervención social, para el fortalecimiento de la atención primaria de servicios sociales, para renovar las relaciones entre administración pública y tercer sector o para la estructuración de una relación simétrica entre los servicios sociales y otros sistemas dentro de un enfoque de atención integrada e integral intersectorial, la realidad nos sigue tomando la delantera y, en muchas ocasiones, ante la presión de realidades incuestionables como la crisis de los cuidados, la nueva pobreza laboral o la exclusión residencial, sentimos que se nos impone una especie de regresión a aquel el modelo asistencialista atrápalo-todo que queríamos dejar atrás.

(Contenido de la primera parte de la conferencia prevista para el viernes, 31 de marzo, en la jornada organizada por el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz. Más información aquí.)