La comunidad, de nuevo

bolunta

Hace casi cuarenta años que me vine a vivir a estos barrios altos, de mala fama en la ciudad.

Toda una vida.

Convivencia con vecinas y vecinos, vivir el espacio público, utilizar el comercio de proximidad, militar en los movimientos vecinales, hacer uso de los servicios públicos presentes en el territorio, como el centro de salud, la escuela, el centro de distrito, el servicio social de base, la oficina de rehabilitación…

Y ahora la emergencia general.

Y, en ella, sentir que ese organismo vivo, que es la comunidad, reacciona.

A través de los viejos roqueros de toda la vida, de todas las batallas. Y de diferentes generaciones de activistas, cada una con sus peculiaridades.

Y por mor del confinamiento (y de las ciencias y las tecnologías, que avanzan una barbaridad) te encuentras de pronto en una reunión telemática con una docena de personas.

A unas las conoces y las reconoces desde hace décadas, te fías de ellas a muerte: nunca, ni en los peores momentos, te han dejado en la estacada.

Otras las ido encontrando en el camino. Has aprendido a quererlas tanto por aquello en lo que se parecen a ti como por aquello que las hace diferentes.

Otras son un sobre-sorpresa, una atractiva incógnita que abordas con curiosidad y, a la vez, intuyendo que volverá a funcionar.

¿Qué volverá a funcionar?

Pues la magia.

La magia de la proximidad, la magia de la motivación, la magia de las ganas.

No sabes cómo, pero te entiendes. No sabes cómo, pero siempre hay alguien que se ofrece para cada tarea que surge. No sabes cómo, pero siempre hay alguien que sabe hacer lo que hay que hacer. O que conoce a alguien que sabe hacer lo que hay que hacer. O que…

Nadie nos paga por hacer esto, ni lo aceptaríamos. No tenemos obligación de hacerlo, ni nadie tiene derecho a exigirnos que lo hagamos. Tampoco somos voluntarias o voluntarios. Aunque lo seamos en diversas entidades para otros proyectos, esta vez no actuamos como tales. No. Sencillamente somos vecinas y vecinos con orgullo de barrio. De esos y esas que se reconocen por la calle y se dicen “iepa” y no hace falta mucho más. Somos quienes no queremos o, sencillamente, no podemos marcharnos de aquí. Orgullo de barrio.

Porque la agresión de este virus no es la primera que reciben las calles y las gentes de este barrio. Y de otros barrios, a veces olvidados.

Y, de nuevo, ante esta amenaza, se activan resortes de cuidado mutuo, de ayuda mutua, de apoyo mutuo. Y las ganas de colaborar y construir van llenando una tras otra las líneas del Excel. Decenas y decenas de personas dispuestas a llevar la compra a las casas, a cuidar a criaturas, a cocinar o a resolver muy diversos imprevistos.

Y sorprende y encanta la capilaridad de estas redes, cómo llegan con naturalidad a cada portal, a cada casa, a cada persona.

Y, a la vez, cómo se complementan y conectan con otras redes de otros barrios y con otras respuestas de otros agentes.

Y su capacidad resolutiva, la manera de encontrar recursos, o de generarlos, o de inventarlos.

Hace unos días nos manifestábamos para defender nuestro centro público de salud. Cuando termine el confinamiento cenaremos a gusto en un restaurante del barrio a la salida de nuestra reunión asociativa de cualquiera de las entidades a las que pertenecemos. Pero ahora, en la emergencia de lo nuevo, parece que recurrimos a lo más primordial, a la emoción de sentirnos vulnerables e interdependientes, pero, en red, invencibles. A nuestra capacidad creativa conjunta, a nuestra energía para cuidarnos y para cuidar, especialmente a las vecinas y vecinos más indefensos, que más dependen de la comunidad.

Conocemos nuestro lugar. Hay muchas tareas que no nos corresponden. Pero también sabemos que nuestro eslabón vecinal y comunitario es imprescindible e insustituible. En la emergencia y después.

Esto me han pedido que explique.

No lo cambio por nada.

(Entrada publicada en el blog de Bolunta.)

Necesidad, limitaciones, potencialidades, riesgos y condiciones de las respuestas comunitarias

klee

Ante situaciones de disrupción, emergencia o colapso, que alteran de forma importante el curso normal de nuestra vida a menor o mayor escala, lógicamente, buscamos y apreciamos respuestas a nuestras necesidades, especialmente si son urgentes, de maneras nuevas o desde lógicas diferentes a las habituales. Así, sucede, por ejemplo, que ciertos recursos o apoyos que obteníamos pagando dinero o determinados bienes y servicios de carácter público y gratuito, en un momento dado, nos planteemos coproducirlos o compartirlos comunitariamente con lógicas, más bien, de ayuda mutua y reciprocidad microsocial.

Por ejemplo, puede considerarse una decisión razonable y un funcionamiento loable que, en una situación en la que pueda verse limitada la labor de entrega de la compra en casa por parte de los supermercados o la de los servicios públicos de ayuda a domicilio, en los vecindarios nos organicemos para llevar suministros de primera necesidad a hogares y personas con dificultades para hacerlo por sí mismas.

La capacidad comunitaria de respuesta es, sin duda, un “músculo social” valioso y que conviene tener en forma: por lo idóneo que resulta, siempre, para la respuesta a una parte de nuestras necesidades; por las externalidades positivas que conlleva en términos, dicho coloquialmente, de “buen rollo” en la moral individual y clima social; y por las sinergias que puede tener con otros “músculos sociales”, como la protección social pública, el asociacionismo cívico o el comercio de proximidad.

Los servicios sanitarios, educativos o sociales, entre otros, han aprendido hace tiempo (aunque no siempre lleven ese aprendizaje a la práctica) que, salvo excepciones, es preferible la vida comunitaria a, por ejemplo, la atención agrupada de las personas en hospitales, internados o asilos, precisamente, entre otras razones, por la potencia de apoyo que ofrece la diversidad distribuida de agentes, recursos y activos comunitarios que podemos encontrar en la vida diaria del kilómetro cero de nuestros domicilios, vecindarios, barrios y pueblos.

Sin embargo, podríamos decir que tanto la potencialidad como la limitación de las dinámicas comunitarias reside en su carácter especialmente reticular. Si bien un aula escolar o una sala de cine tienen un aforo limitado, una red primaria de apoyo mutuo puede crecer, en principio, indefinidamente. Es cierto, pero también lo es que ese crecimiento (siempre hay sitio para una persona más, para un nodo más) sólo puede hacerse con los ritmos y las reglas propias de la red comunitaria: al fuego, relativamente lento, de la construcción de relaciones cálidas de confianza en los tiempos y espacios de la vida cotidiana.

Por otro lado, las relaciones comunitarias no entregan recursos y apoyos con equidad y en ellas parece cumplirse especialmente ese “efecto Mateo” según el cual “a quien tiene se le dará y a quien no tiene se le quitará”. Normalmente las zonas del tejido social con mayor capital relacional no suelen ser aquellas en las que anida la vulnerabilidad, la precariedad y la exclusión laboral, residencial, económica o social en general.

Además, no se ha de olvidar que las redes familiares y comunitarias, junto a bienes relacionales, también son portadoras y promotoras de males relacionales, como el dominio patriarcal, la violencia de género o la transmisión de patrones comportamentales y culturales contrarios a la evidencia y el conocimiento científico o a la construcción de sociedades abiertas, pluralistas e igualitarias.

Por otra parte, en nuestra sociedad, no son pocos los ámbitos de actividad que están ya reservados para la actividad profesional especializada basada en el conocimiento científico y estrictamente regulada por la autoridad pública. Podemos coproducir y compartir comunitariamente los cuidados de criaturas que venía realizando una familia pero no, normalmente, los cuidados de enfermería que requieren una cualificación y ejercicio reglados.

Hoy en día, posiblemente, las tecnologías digitales se presentan como la gran herramienta para el impulso, escalabilidad y sostenibilidad de las relaciones comunitarias pero, a la vez, quizá, como la principal amenaza para nuestros derechos si esa conectividad social ampliada se utiliza para el control social represivo en lugar de para el empoderamiento participativo y democrático. Nuestra geolocalización y trazabilidad nos facilita el encuentro comunitario pero también nos hace más vulnerables ante poderes económicos o políticos con intereses u objetivos que podemos no compartir.

Posiblemente se trate de avanzar en fórmulas y dinámicas que combinen y ensamblen acertadamente: las respuestas familiares y comunitarias de carácter primario; la autoorganización solidaria del asociacionismo cívico, el voluntariado organizado y los movimientos sociales; las capacidades ampliadas de la inteligencia digital; y la autoridad pública y capacidad técnica de los servicios sociales, educativos, sanitarios y, en general, de las administraciones y poderes públicos que conecten el territorio local con otras escalas en una gobernanza global.

(Precede al texto “Luz de luna”, de Paul Klee, 1919.)

(Español) ¿Hacia el colapso relacional?

Chain link fence

Hay necesidades de las personas cuya satisfacción depende, fundamentalmente, de las condiciones medioambientales del entorno en el que se desenvuelven. Otras, más bien, de las instituciones públicas que puedan regir sus vidas o de la actividad económica en la que tengan ocasión de participar. Hay otras necesidades, en cambio, cuya posibilidad de respuesta viene mediada, principalmente, por las relaciones primarias de carácter familiar o comunitario en las que las personas están inmersas.

Entre estas últimas, cabe citar, junto a otras, las necesidades de cuidado. No se quiere decir, en absoluto, que éstas no requieran el concurso de otros agentes, sino que, en primera instancia, las limitaciones funcionales de cualquier criatura recién nacida, de una persona adulta que adquiere una discapacidad temporal o permanente o de quien envejece y llega a una situación de dependencia funcional (por poner tres ejemplos) llaman, usualmente, en primera instancia, al compromiso de las personas (progenitores, hermanas, hijos, amigas, vecinos u otras) con las que las personas mantienen unas relaciones afectivas y significativas de reciprocidad.

En este momento histórico, en nuestro entorno, son varios los procesos en curso que están transformando de manera importante nuestra trama relacional familiar y comunitaria y que podrían conducir en no muchos años a situaciones, más localizadas o más generalizadas, de colapso relacional, es decir, de grave dificultad para que dichas redes convivenciales primarias puedan cumplir, mínimamente, las funciones que se esperan de ellas. Se trata de fenómenos como:

  • El incremento del número de años que las personas vivimos con discapacidad y, específicamente, con mayores grados de dependencia funcional (se calcula, por ejemplo, que para 2050 se habrá duplicado el número personas con demencia).
  • La llegada a edades en las que es más probable la discapacidad y la dependencia (de cada 10 personas en situación de dependencia funcional, 7 tienen 65 años o más) de las generaciones del baby boom, comparativamente más numerosas que las generaciones más jóvenes (en las décadas del baby boom hubo en España por encima de 650.000 nacimientos anuales; en las siguientes, por debajo de 500.000).
  • El aumento de hogares unipersonales (el 25% ya en el País Vasco).
  • El incremento de la actividad laboral de las mujeres (en 25 años ha subido 15 puntos porcentuales en Euskadi) sin un aumento correlativo de la participación en el trabajo de cuidado de los hombres (sólo el 15% del cuidado de personas en situación de dependencia realizado por familiares de 40 a 65 años es desempeñado por varones en España).
  • La verticalización de las estructuras familiares, con disminución de vínculos intrageneracionales y dispersión de los intergeneracionales (en los últimos 20 años se ha pasado en España de una ratio de 15 a una ratio de 9 personas que potencialmente podrían implicarse en el cuidado de cada persona mayor en situación de dependencia con la que  tuvieran un vínculo, en una tendencia que se acelera).
  • El aumento de la movilidad geográfica de las personas (los contratos laborales que implicaban trasladarse de provincia superaron los 3 millones por primera vez en España en 2018).

Esta amenaza de “tormenta perfecta“, sin duda, llama a fortalecer el papel de otros agentes (y, singularmente, de los poderes públicos) en la provisión de cuidados y otros apoyos que anteriormente recibíamos en el seno afectivo de las relaciones primarias (todavía un 80% del cuidado de personas en situación de dependencia funcional en nuestro país es cuidado familiar). Sin embargo, en no menor medida, y de forma más estratégica, llama, posiblemente, a políticas públicas y estrategias sociales mucho más proactivas y ambiciosas para proteger, fortalecer y regenerar dicha trama de relaciones familiares y comunitarias en nuevos contextos sociales, culturales, morales y (quizá en primer, más que en último lugar) tecnológicos.

Y no sólo estamos hablando de los cuidados, ya que, por referirnos a otro aspecto de la vida especialmente mediado por las relaciones primarias, cerca de la mitad de la población española está en riesgo de aislamiento social o se siente sola. Con frecuencia, oímos hablar del riesgo de colapso ambiental, de colapso financiero u otros. En la medida en que se intensifiquen las tensiones derivadas de las tendencias mencionadas, posiblemente, cada vez hayamos de prestar más atención al riesgo de colapso relacional.

(Con datos de: Fundación FOESSA, Fundación la Caixa, INE, Envejecimiento en Red, Servicio Púbico de Empleo Estatal del Gobierno de España, Eustat, Órgano Estadístico del Departamento de Empleo y Políticas Sociales del Gobierno Vasco, OMS y otras).

¿Qué prevención de la soledad no deseada?

saretu 5

En lugar de considerar la prevención como lo contrario de la intervención (entendiendo que, si la prevención tiene éxito, no será necesaria la intervención) o como un tipo de intervención (diferente de otras, como las orientadas a paliar efectos de situaciones, las que buscan desencadenar cambios en las capacidades de las personas o las que pretenden modificar entornos), cabe concebirla como un enfoque, dimensión o valor añadido siempre presente, deseablemente (en mayor o menor medida), en cualquier intervención. La acción preventiva se caracteriza por su precocidad y proactividad y pretende hacer innecesaria o menor otra actuación, posiblemente más intensa y costosa.

En materia de prevención, en el ámbito de las políticas sociales, el enfoque más citado es posiblemente el planteado por Gerald Caplan en 1964, que, desde la psiquiatría comunitaria, distingue entre prevención primaria (anterior a la aparición del fenómeno que nos preocupa, podríamos decir), secundaria (en estadios precoces del fenómeno o cuando se considera que hay riesgo de que aparezca) y terciaria (cuando el fenómeno se ha manifestado). El médico Marc Jamoulle, en 1986, añade la prevención cuaternaria para referirse a la evitación de la iatrogenia o efectos indeseados de las propias intervenciones de abordaje del fenómeno en cuestión, incluyendo las propias acciones preventivas. En un sentido similar (aunque con matices) se habla de prevención universal (con toda la población), selectiva (con población en riesgo) o indicada (con población afectada), según la propuesta de Robert Gordon en 1987, que ha hecho fortuna, especialmente, en relación con las adicciones.

¿Qué tipo de abordaje preventivo puede ser más necesario, hoy y aquí, para la soledad no deseada?

Da la impresión de que, en esta materia, parecen predominar intervenciones que ponen el foco en personas que ya están en situación de soledad no deseada o aislamiento social. Por eso, tenemos, quizá, el reto de experimentar y obtener evidencia en intervenciones preventivas que alcancen e involucren a personas que no se sienten solas y que disponen de una significativa cantidad, calidad y diversidad de vínculos y relaciones primarias.

Por otro lado, aunque la soledad, sin duda, tiene causas macroestructurales, necesitamos, posiblemente, intervenciones de alcance intermedio que no impactarían directamente en estructuras económicas, urbanísticas o educativas. Se trataría de formatos o dinámicas de comportamiento, comunicación, colaboración, convivencia o  participación en comunidades o redes en el territorio y en la capa digital. Formatos y dinámicas posteriormente replicables y escalables y que, entonces, hipotéticamente, sí podrían aspirar a un alcance o impacto más estructural.

Por último, hay cierta tendencia a marcar nuestras intervenciones con conceptos de moda y asociarlas a colectivos específicos (así, en este momento se está posicionando el par soledad-mayores). Por ello, cabe explorar formatos y dinámicas no necesariamente presentadas como antídoto de la soledad no deseada. Y compatibles, complementarias y sinérgicas con otras iniciativas de diversa índole (vecinales, recreativas, culturales, solidarias, participativas u otras). Dinámicas y redes diversas de personas diversas en todos los sentidos (y, por diversas, quizá complementarias).

(Notas en el marco del proyecto Bizkaia Saretu, del grupo cooperativo de iniciativa social Servicios Sociales Integrados, de Bilbao.)

¿Soledad no deseada o exclusión relacional?

saretu 4

A medida que revisamos estudios o programas relacionados con la soledad no deseada, constatamos que, frecuentemente, se produce una confusión en relación con el fenómeno que es objeto de interés o atención.

La soledad no deseada, como sentimiento o vivencia personal y subjetiva, cuenta con una notable tradición de conceptualización, evaluación, estudio y abordaje. Así, por ejemplo, es considerable el consenso o confluencia en relación con los instrumentos para medirla (como la escala De Jong Gierveld o la de la UCLA).

Sin embargo, normalmente, la preocupación o incluso la alarma expresada en relación con la soledad no deseada suele presentarse en referencia a casos (especialmente de personas mayores) en los que, junto con la soledad, muchas veces no deseada (y su correlato objetivo, el aislamiento social), concurren en la persona limitaciones funcionales, carencias económicas o problemas habitacionales que interactúan con la soledad y el aislamiento, generando riesgos para la salud, la subsistencia material o la seguridad física de la persona e incluso de personas de su entorno.

Nos encontramos, más bien, ante situaciones de vulnerabilidad o exclusión social, con un importante componente, seguramente, de exclusión relacional (familiar y comunitaria) y, como suele suceder en buena medida en las situaciones y procesos de inclusión y exclusión social, con un importante componente estructural, con unos fuertes determinantes sociales de la situación de soledad.

Si una persona se encuentra en una situación estabilizada y prolongada de exclusión relacional (y social, en general) o si concurren en ella varios factores de vulnerabilidad o exclusión (como el relacional, el habitacional, el laboral o el económico) y si, además, el fenómeno es creciente y le sucede a ésta como a muchas otras personas, el diagnóstico y el abordaje no puede ser el mismo que si esa persona (junto a otras pocas) se encuentra en una situación de soledad no deseada en un contexto estructuralmente inclusivo desde el punto de vista relacional y, en general, social.

Es más, en la medida en que más personas se encuentran en una situación de vulnerabilidad o exclusión relacional, podemos encontrarnos ante un fenómeno sistémico de insostenibilidad relacional de la vida, ya que la vida humana sólo puede suceder en un marco de interdependencia relacional y social. No es la misma la estrategia para acompañar a una persona a reintegrarse a una trama relacional tupida en comunidades y sociedades inclusivas que para reconstruir un tejido comunitario altamente fragmentado o dañado en un contexto de segregación territorial y desigualdad económica.

Y todavía más. Incluso es posible que estrategias escoradas a lo individual y paliativo, en un contexto de fragilidad, fragmentación, exclusión e insostenibilidad estructural, puedan llegar a ser contraproducentes, reforzando los procesos de estigmatización o las asimetrías sociales.

(Reflexiones en el contexto del proyecto Bizkaia Saretu, de la cooperativa de economía solidaria Servicios Sociales Integrados, a cuya última sesión pertenece la fotografía.)

Soledad no deseada: buscando claves para la intervención

saretu

¿Podrían servir las siguientes?

  • En la mirada predominante sobre la soledad no deseada, el fenómeno se presenta como un problema más bien individual, aunque se haga referencia a algunos factores sociales que pueden influir en que esté más presente, por ejemplo, en el colectivo de las personas mayores. Sin embargo, frecuentemente, se identifica y analiza de forma deficiente e insuficiente el carácter estructural y sistémico del problema de la soledad no deseada y el aislamiento relacional en sociedades complejas, fragmentadas y líquidas en las que se están produciendo profundas transformaciones en la norma y trama relacional familiar y comunitaria que las constituía (espacio en el que supuestamente se gestionaban las diversidades de género, generacionales, funcionales y culturales), en un contexto de precarización y polarización laboral, residencial y económica, de segregación territorial y de emergencia  ambiental.
  • A la hora de valorar el fenómeno de la soledad de las personas mayores, la desvalorización, estigmatización y desempoderamiento de los que es objeto este colectivo social hace, posiblemente, que, de manera mayoritaria, más que ponerse el foco sobre el problema de la soledad no deseada en sí y tal como es experimentado por las personas, se ponga, más bien, en las consecuencias de esa soledad en otras áreas de la vida de la persona, como su subsistencia material, su seguridad física o su salud.
  • Las intervenciones profesionales o solidarias en relación con la soledad no deseada y el aislamiento relacional desde el sector público o el tercer sector se presentan como numerosas e interesantes, pero también heterogéneas e inmaduras, no existiendo una base de evidencia mínimamente segura y compartida sobre qué funciona y qué no funciona y apareciendo, en el contexto de la creciente preocupación y alarma social sobre el asunto, artefactos tan confusos y vacíos como, por ejemplo, un supuesto (e inédito) ministerio de la soledad.
  • Las intervenciones que más notoriedad han adquirido son intervenciones, en gran medida, tardías y paliativas. Por ejemplo, que una persona mayor sea acompañada por una persona voluntaria, en sí mismo, no necesariamente modifica de forma real y sostenible su situación de aislamiento relacional o soledad no deseada en la medida en que no contribuya (de forma deliberada o no deliberada) a que esa persona construya o reconstruya relaciones primarias significativas (más débiles o más fuertes).
  • Es necesario impulsar iniciativas de innovación técnica, tecnológica y social que pretendan explorar las posibilidades de una intervención preventiva y poblacional, entendida como aquella que intenta subir aguas arriba en el problema y actuar a mayor escala y en mayor medida cuando el problema no ha emergido y cuando las personas que podrían llegar a presentar el problema disponen de capacidades, recursos, activos y vínculos que, si son cuidados y potenciados, se pueden convertir en poderosos factores protectores frente al riesgo de la soledad no deseada y el aislamiento relacional.

(Contenidos compartidos con el grupo cooperativo de iniciativa social Servicios Sociales Integrados, de cuya presentación del proyecto Bizkaia Saretu se ha tomado la ilustración.)

La intervención comunitaria de los servicios sociales y la acción comunitaria intersectorial

caliu

En nuestras búsquedas y debates en el marco de procesos de rediseño de sistemas locales de bienestar (o en escalas próximas a la local, tanto barrial o distrital como comarcal, provincial, regional, autonómica o similares) emerge con fuerza la pregunta por cuáles serán las estructuras y tecnologías que facilitarán la promoción y protección de las relaciones interpersonales de proximidad en el territorio y el empoderamiento individual y comunitario a través de la participación activa en procesos generadores de calidad de vida e inclusión social para todas las personas.

En ese contexto, el giro desde unos servicios sociales locales, básicamente, administradores de ayudas económicas residuales hacia unos en los que cobre fuerza y centralidad la intervención comunitaria constituye, frecuentemente, un proceso clave en ese rediseño de los sistemas del bienestar. Los servicios sociales van redibujando su perímetro de actividad, incrementando aquella capaz de fortalecer las relaciones primarias, asociativas o colaborativas entre las personas y, con ellas, su capacidad para sostenerse y sostener a otras en vidas autónomas e interdependientes en los domicilios, vecindarios, barrios, pueblos y ciudades.

Ahora bien, cuando profesionales de los servicios sociales (si se permite la generalización) consiguen regresar a los vecindarios, a las calles y a la comunidad, se encuentran con agentes de otros sectores de actividad (como salud, educación, seguridad, urbanismo u otros) o vinculados a políticas transversales (como igualdad, interculturalidad, juventud, envejecimiento u otras) que, desde la administración pública, desde la economía solidaria o desde otras esferas, están inmersas en prácticas diversas de carácter comunitario.

En este tipo de situaciones, seguramente, debemos entender que es posible y necesaria una cada vez mayor intervención comunitaria propia de los servicios sociales y que, a la vez, ésta se engarce, se integre intersectorialmente, con otras iniciativas, actividades y procesos comunitarios, en el marco de una acción comunitaria intersectorial que, por definición, no pertenece a ningún ámbito de actividad, no es patrimonio de ninguna política específica en particular ni de ninguna esfera o tipo de agente en especial.

Las prácticas, sistematizaciones, evaluaciones y deliberaciones en cada entorno local concreto irán determinando qué actividades y procesos pertenecen, estrictamente, a la intervención comunitaria propia de cada ámbito sectorial (servicios sociales u otros) y cuáles serán compartidas e impulsadas (y gestionadas y gobernadas) en el marco de esa acción comunitaria transversal e intersectorial. Sabiendo que tanto la intervención comunitaria de los servicios sociales como la acción comunitaria intersectorial están en buena medida por construir o, en ocasiones, reinventar.

(La fotografía pertenece a Grup Caliu Ateneu Divers.)

¿Estamos a tiempo de reiniciar la vida comunitaria?

fedaia

En nuestro entorno, durante décadas, los servicios sociales se han considerado especializados en la medida en que se dirigían a un determinado colectivo poblacional. Saber más no era tanto, al parecer, saber más sobre necesidades, capacidades, herramientas o enfoques de intervención social, como saber más sobre mayores; personas con discapacidad; niñas, niños o adolescentes y así sucesivamente. No pocas trayectorias de intervención o estudio de profesionales y organizaciones han discurrido, básicamente, sin salir apenas de esos nichos o silos en los que una buena parte de nuestros servicios sociales, públicos o subvencionados, llevan segmentados tantos años, de forma inmutable, en muchos lugares.

Sin embargo, a pesar de esa notable incomunicación entre comunidades de práctica y conocimiento, posiblemente a partir de experiencias e influencias similares, cabe identificar paralelismos en la evolución de las propuestas que se van haciendo para la intervención social con esos diferentes segmentos de población, fundamentalmente orientadas hacia una intervención cada vez más preventiva, personalizada, comunitaria, integrada vertical y horizontalmente y capaz de conectar con una mayor diversidad y complejidad de agentes y entornos. Es como si las estudiosas y profesionales que se encontraron con las personas en situaciones en las cuales aparecían etiquetadas, consideradas, clasificadas y tratadas sólo como miembros de un colectivo especial, fueran invitadas a ir, metafóricamente, aguas arriba, en busca de situaciones anteriores (o posteriores) de dichas personas, en las cuales fueran miradas, encontradas, evaluadas y atendidas como personas con diversas dimensiones y relaciones, como miembros de una comunidad, como ciudadanas con capacidades y poder.

Ahora bien, lo que nos relatan profesionales y voluntarias que acompañan a personas de cualquier edad en situación de complejidad o exclusión social en la búsqueda de redes familiares o comunitarias y de territorios amigables e inclusivos es, por una parte, que encuentran dificultades que tienen que ver con el hecho de que estas personas fueron extraídas de dichas redes y entornos (muchas veces por parte del propio sistema de servicios sociales) en momentos y de maneras que dificultan especialmente su actual integración o inclusión relacional y comunitaria activa y sostenible. Por otra parte, procesos de precarización económica, segmentación territorial, reestructuración familiar, desconexión convivencial, debilitamiento cívico y crisis cultural están fragilizando, posiblemente, ese entramado relacional y comunitario que debiera estar esperando con los brazos abiertos a esas familiares, amigos, vecinas y compañeros que regresan o vienen (o debieran hacerlo, hoy, como en anteriores oleadas en otros momentos históricos) desde los centros especializados.

Usando una metáfora de la anatomía humana, decía Ignacio Crespo que es como si tuviéramos deteriorada o debilitada la faja abdominal, ese conjunto de músculos que tienen la función de sostener importantes órganos de nuestro cuerpo y dar estabilidad a la propia columna lumbar. De poco sirve que trabajemos otros músculos, por ejemplo de nuestras extremidades, si esa parte básica y central nos falla.

Realmente, no podemos saber con seguridad si estamos a tiempo de fortalecer nuestra musculación comunitaria, de reiniciar (como se dice en informática) la vida comunitaria. Lo que sí parece seguro es que intentarlo de manera mucho más sistemática e intensa resulta imprescindible si queremos que los servicios sociales puedan contribuir significativamente a un funcionamiento eficiente y sostenible del conjunto del sistema de bienestar.

(Texto para el Fórum Fedaia.)

Los MENA y las viudas: merecimiento y sostenibilidad en política social

ssi

Podría decirse que los denominados MENA (menores extranjeros no acompañados) y “las viudas” (consideradas como colectivo) constituirían dos arquetipos, dos polos, dos estereotipos, dos extremos en los que pueden condensarse algunos debates en materia de política social y, más específicamente, de gestión de las diversidades de género, generacionales, funcionales y culturales en nuestras sociedades complejas. El MENA sería visto como varón, joven, fuerte y extranjero, mientras la viuda sería presentada como mujer, mayor, frágil y autóctona.

En el discurso positivo sobre las viudas, estas, por ejemplo, serían merecedoras de las prestaciones y servicios que reciben dentro de un modelo de bienestar más bien contributivo. Así, en su caso, cobran la pensión de viudedad porque su marido cotizó a la Seguridad Social y, con independencia de los recursos de los que dispongan o de las necesidades que presenten, tienen derecho a recibir esa prestación económica. En la mirada negativa, las viudas, longevas y solas, serían, por ejemplo, parte del pretendido problema del envejecimiento de nuestra sociedad y una carga para ella, precisamente por el coste de las pensiones, de la sanidad u otros. En el discurso negativo sobre los MENA, estos serían presentados como intrusos y conflictivos, costosos y peligrosos. En cambio, también habría un discurso positivo, en el que aparecerían como fuerza de trabajo necesaria y valiosa y factor de rejuvenecimiento de esa sociedad envejecida de la que antes hablábamos; también como víctimas de la globalización neoliberal y protagonistas de esforzados y exitosos itinerarios de inclusión educativa, social y laboral.

En muchas ocasiones, estos discursos tienden a subrayar la contraposición de intereses entre segmentos o colectivos sociales. Incluso, podemos encontrar relatos en los que nuestros dos personajes se encuentran y lo hacen conflictivamente: el joven asalta a la mujer en la calle o esta explota a aquel en la economía sumergida. En cualquier caso, como sabemos, no es lo mismo un personaje, una marioneta limitada y pasiva en manos de quien la crea y la maneja, que una persona, con vida propia, única e irrepetible, llena de matices y potencialidades. Nadie es solamente, ni fundamentalmente, MENA o viuda.

La construcción equitativa de nuestras sociedades diversas necesita de los discursos científicos, éticos y políticos que nos ayudan a ver lo común humano que compartimos y las múltiples interdependencias entre diferentes sexual, generacional, funcional y culturalmente. También de políticas públicas robustas, universales y personalizadas que garantizan iguales derechos a todas las personas para desplegar sus respectivos proyectos vitales. Y también, específicamente, necesitan de unos servicios sociales y una intervención integrada participativa y de proximidad que ofrecen y desarrollan prácticas y tecnologías comunitarias para el encuentro físico y las relaciones primarias significativas de las personas diversas en los territorios.

Estamos hablando, finalmente pero no en último lugar, de reinventar y fortalecer la convivencia comunitaria desde la base, cotidianamente, en los domicilios y los vecindarios. Estamos hablando de cuidar la sostenibilidad de la vida en las familias y los territorios, a escala humana. Estamos hablando de una necesidad universal, de un reto de conocimiento, de un desafío social, de una línea de innovación, de una política pública fundamental.

(La foto pertenece al proyecto LKaleak, del plan Donostia Lagunkoia, en el barrio de Egia, sobre el que puede obtenerse información aquí. Sobre estas y otras cuestiones hablaremos el martes un la Universidad de Deusto, en Donostia, en la inauguración del Máster universitario en intervención con personas en situación de vulnerabilidad o exclusión.)

La soledad como problema social: algunas distinciones y referencias

soledad

Para hacer frente a un reto es fundamental conceptualizarlo y contextualizarlo adecuadamente. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de la soledad como problema social (no como elección individual o de otros modos)?

Siguiendo las tendencias de referencia de la literatura científica al respecto, estamos hablando, en primera instancia, de un sentimiento, de una vivencia subjetiva angustiosa de algunas personas: de una situación no deseada percibida con insatisfacción. Mas, para perfilar mejor el problema al que nos referimos, haremos referencia también al correlato objetivo de dicha vivencia subjetiva, que suele denominarse aislamiento social o relacional: a la limitación, escasez o ausencia de relaciones primarias o naturales que sean significativas y satisfactorias para las personas. En anillos de más a menos valor (en principio) podrían ser:

  1. Vínculos familiares o similares fuertes (por compromiso moral de ayuda mutua) con convivencia en el mismo domicilio.
  2. Vínculos familiares, de amistad o similares fuertes (por disponibilidad efectiva para el apoyo recíproco) con notable proximidad, intensidad o frecuencia.
  3. Relaciones secundarias (mediadas por organizaciones formalizadas públicas, privadas o solidarias, es decir, por ejemplo, el caso de compañeras de trabajo o militancia, clientes o destinatarias) con proximidad, intensidad o frecuencia considerables y cierto grado de primarización (confianza, afecto, reciprocidad).
  4. Relaciones de buena vecindad, amistad, familiares o similares de compromiso, proximidad, intensidad, frecuencia o disponibilidad medias.
  5. Relaciones débiles de reconocimiento, personas conocidas, personas con las que te saludas.

La soledad puede ser considerada como problema social por su envergadura cuantitativa y carácter estructural: no se trata de casos aislados ni de situaciones coyunturales. Y estamos hablando, por cierto, de la soledad como ausencia, escasez o limitación, objetiva y subjetivamente considerada, de un bien que, según la evidencia aportada por las ciencias sociales, no sólo tiene un importante valor en sí mismo para la calidad de vida y el bienestar de las personas, sino que afecta indirectamente a otros valiosos bienes, como la salud, la seguridad o la subsistencia material (a la vez que se ve afectado por ellos). En ocasiones la preocupación política o la alarma social es más desencadenada por estos efectos indirectos que por la soledad en sí misma.

Por lo que sabemos, el segmento o colectivo de las personas mayores es uno de los especialmente afectados por la soledad. La explicación más natural sería que van falleciendo la pareja, familiares, amigas y otros miembros de la red primaria de la persona. También pueden influir otros factores de salud, actividad u otros. En cualquier caso, lo más adecuado parece ubicar el problema de la soledad de las personas mayores en el marco más general (intergeneracional) del problema de la soledad en nuestra sociedad.

El abordaje de la soledad como problema social (y político) puede ser:

  • Más directo (cuando el objetivo de la intervención es la preservación o construcción de relaciones) o más indirecto.
  • Más macrosocial (muchas destinatarias) o más microsocial (pocos casos).
  • Más bien preventivo, correctivo o paliativo.
  • Más sectorial (encomendado, por ejemplo, a los servicios sociales) o más transversal (de todos los ámbitos por igual: salud, vivienda, empleo y otros).
  • Más presencial o más digital (mediado por tecnologías).
  • Más profesionalizado o más colaborativo (por ejemplo con voluntariado).

Algunos textos de referencia podrían ser:

Trapped in a bubble An investigation into triggers for loneliness (Kantar).

La soledad de las personas mayores (Sacramento Pinazo y Mónica Bellegarde).

National measurement of loneliness 2018 (ONS).

El reto de la soledad en la vejez (Javier Yanguas y otras).

A connected society (Gobierno Británico).