La soledad no deseada, visitada por el virus

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Las personas y organizaciones que venían estudiando, previniendo y abordando el fenómeno de la soledad no deseada en nuestra sociedad están teniendo, en estos tiempos de emergencia, confinamiento y distanciamiento por la covid-19, un contexto en el que, afectadas por el dolor y el miedo que atenazan y amenazan, tienen, sin embargo, la ocasión de revisar, a la luz de nuevas experiencias, anteriores planteamientos y prácticas.

Recordemos que la pandemia llega a una sociedad que ya estaba identificando, con intensidad creciente en los últimos años, la soledad no deseada como un problema social importante cualitativa y cuantitativamente, en un contexto en el que diversos factores estructurales venían generando una situación de creciente insostenibilidad (y riesgo de colapso) relacional, en lo tocante a la trama de redes primarias de carácter familiar y comunitario fundamentales para el funcionamiento social.

En la pandemia, por mor del confinamiento domiciliario, se pide a esas redes familiares y comunitarias (y especialmente a mujeres) que asuman temporalmente una parte de las vivencias, cuidados y apoyos de los que se habían hecho cargo diversos entornos y servicios educativos, sociales y otros. A la vez, la emocionalidad de la emergencia, sin duda, activa muchas de dichas relaciones, que se hacen más vigorosas y operativas, potenciándose flujos de ayuda y afecto en las familias, las unidades de convivencia, las cuadrillas, los vecindarios, los balcones y los barrios. Diríamos que el mundo de la vida cotidiana se reivindica un tanto frente al del sistema y el capital “productivo”.

Simultáneamente, perdemos (sin saber cuánto y hasta cuándo) espacios y oportunidades propicias para la construcción y el cultivo de vínculos primarios (fuertes y débiles) como los bares, las plazas, las actividades culturales, las fiestas, las infraestructuras turísticas, la práctica deportiva y muchas otras. En parte compensamos ese déficit, algunas personas y en algunos casos, con la utilización de medios digitales de comunicación.

Dentro de este panorama general es obligado poner el foco en las residencias de personas mayores. Si bien hay otros factores, no cabe duda de que la limitación de relaciones primarias es uno de los principales que ha venido determinando el ingreso de las personas, normalmente no por su voluntad, en este tipo de servicios sociales. Éstos, tras ocupar durante semanas las portadas de los medios de comunicación, por la cantidad de personas muertas (no pocas veces en una terrible soledad) entre sus usuarias, quedan, como mínimo, aunque no sólo ellos, pendientes de un examen y replanteamiento.

En estos momentos no sabemos bien cuáles de los espacios y mecanismos que hemos tenido que desactivar podremos ir reiniciando. Tampoco, en su caso, cuándo ni cómo. Parece, de cualquier modo, prudente y aconsejable cuidar con más esmero esas dinámicas comunitarias que hemos aprovechado y fortalecido en nuestros espacios microsociales, también en su hibridación con herramientas de la capa digital y con las necesarias conexiones y autorizaciones mutuas con los servicios públicos, el comercio de proximidad, las comunidades de propietarias, las autoridades políticas, los movimientos asociativos, la economía solidaria y otros agentes.

Estamos experimentado en dinámicas posibles, satisfactorias y sinérgicas de fortalecimiento y construcción de relaciones primarias diversas en un contexto que las necesita, legitima y potencia, al menos en parte. A la vez, sin embargo, intuimos que necesitan más y mejores caldos de cultivo políticos, presupuestarios, urbanísticos, habitacionales, tecnológicos, ambientales, económicos, profesionales, organizativos y culturales. La soledad no deseada, el aislamiento social y el colapso relacional no son, seguramente, un horizonte insoslayable, pero para evitar esos destinos tenebrosos, seguramente, nuestra sociedad tiene que decidir invertir en comunidad.

(Notas para el reinicio telemático de la escuela de prevención de la soledad Bizkaia Saretu, del grupo cooperativo de economía solidaria Servicios Sociales Integrados.)

La comunidad, para que no nos roben nuestro miedo

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Una mariposa aleteó, al parecer, hace algunos meses, en Wuhan, China. Desde entonces, los cambios en cadena o efectos en racimo que se han ido, continúan y se seguirán produciendo son rápidos y complejos y representan un enorme desafío para nuestra capacidad individual y colectiva de comprensión y de reacción. El esfuerzo por diferenciar y relacionar niveles e instrumentos de análisis e intervención es costoso y, a la vez, necesario.

Nos preguntamos, de inicio, por las emociones colectivas que pueden llegar a predominar en este contexto y por sus consecuencias. Algunas personas perciben, especialmente, miedo. Un miedo que, posiblemente, lleve a comportamientos de sumisión ante el poder o, también, de agresión a personas débiles o vulnerables que se presenten o sean presentadas como amenaza. Como decía Imanol Zubero en un vídeo recientemente grabado para Cáritas, sentir miedo en esta pandemia es lógico y funcional y una clave está en con quién compartimos nuestro miedo, quién gestiona nuestro miedo y si alguien nos roba nuestro miedo: “que nadie nos robe nuestros miedos”, decía.

Aquí surge la pregunta sobre artefactos institucionales en los que estamos inmersas: el tercer sector de acción social, el sistema público de servicios sociales u otros. Al mirar a esas organizaciones, y al mirarnos dentro de ellas, nos damos cuenta de que tenemos una gran inercia institucional, una poderosa autorreferencialidad que nos hace difícil imaginar cambios en funciones y relaciones. Quizá hemos de atrevernos a preguntarnos por el valor que aportamos, en su visión más esencial, sin confundir necesidades con satisfactores, para explorar después, acaso, formas inéditas de generarlo, darle forma, proyectarlo y compartirlo. Y posiblemente, cambiar nuestra oferta al entorno más comunitario y cambiar nuestra relación con él, a la vez que nos conectamos con nuestra razón de ser, con nuestra raíz moral, que tanto tiene que ver con la proximidad.

Al respecto, la atractiva y temida  tecnología (digital o no) no será, seguramente, la primera respuesta. Intentar hacer lo que ya hacíamos, sólo que telemáticamente, es, seguramente, lo primero que se nos ocurre, pero sabemos que es tan sólo una primera reacción, seguramente insuficiente y engañosa. Las tecnologías, y específicamente las digitales, van a estar ahí, pero no resuelven la pregunta, fundamental, por los procesos, estructuras, reglas e instituciones sociales en los que se incorporan y que modifican y, en definitiva, ahora descarnadamente, por las relaciones inequitativas de poder, local y global, global y local.

Y entonces volvemos a la comunidad, a las comunidades: a las imprescindibles relaciones de confianza interpersonal construida que están en el corazón de cualquier acuerdo interpersonal, negocio económico o pacto político. Ningún individualismo líquido de garrafón puede borrar de nuestro paladar el gusto inconfundible de los cuidados recibidos, de las caricias deseadas, de los abrazos fraternos, de la conversación cómplice, de la camaradería militante. No es impensable un futuro distópico de deshumanización tecnológica, pero, de momento, en esta emergencia, los seres humanos que ahora poblamos la tierra, esta tierra, en esta experiencia inédita, en palabras de Humberto Maturana y Francisco Varela, escritas hace un cuarto de siglo, estamos sintiendo, quizá, “que como humanos sólo tenemos el mundo que creamos con otros”.

Como dicen estos sabios chilenos, eso podemos saberlo “ya porque razonamos hacia ello, o bien, y más directamente, porque alguna circunstancia nos lleva a mirar al otro como un igual, en un acto que habitualmente llamamos de amor. Pero, más aún, esto mismo nos permite darnos cuenta de que el amor, o si no queremos usar una palabra tan fuerte, la aceptación del otro junto a uno en la convivencia, es el fundamento biológico del fenómeno social: sin amor, sin aceptación del otro junto a uno no hay socialización, y sin socialización no hay humanidad”. Ojalá seamos capaces de lograr que el sentimiento y la conciencia de nuestra vulnerabilidad e interdependencia sea un buen caldo de cultivo para dinámicas de incondicionalidad, reciprocidad, solidaridad, colaboración y gratuidad. Experiencias vitales y creativas, basadas en el conocimiento y fuente de conocimiento, que después podamos escalar y universalizar.

(Segunda versión de las reflexiones, publicadas en el blog de SSI, a partir de las preguntas y comentarios que quedaron sin atender en la conversación sobre bienestar comunitario organizada por este grupo cooperativo de economía solidaria el 28 de abril de 2020 a través de su canal de youtube dentro de la iniciativa #SSIBerriketan. El vídeo, de una hora, está aquí.)

Soledad, comunidad y servicios sociales tras la pandemia

Engel

La pandemia global que estamos viviendo y las decisiones políticas que se están tomando para hacerle frente representan una especie de gran experimento natural, una suerte de prueba de estrés para todos los mecanismos y dispositivos de nuestras sociedades. El confinamiento domiciliario, además de poner a prueba la calidad, adecuación y versatilidad de nuestras viviendas, representa, sin duda, una exigencia para la esfera de nuestras relaciones familiares y convivenciales en los domicilios y vecindarios. Espacios, conexiones, comunidades y territorios de la vida diaria o cotidiana, que, en el imaginario todavía vigente de la sociedad industrial, abandonábamos durante toda la jornada para ir a los lugares en los que encontrábamos los medios de producción, se convierten ahora, para muchas personas, en escenarios y soportes cotidianos, revelando fortalezas y debilidades, así como amenazas y oportunidades que identificamos en ellos. Este contexto, quizá, arroja una nueva luz sobre un asunto que venía ganando cierta mayor presencia en la agenda de preocupaciones sociales y de intervenciones políticas en los años anteriores: la soledad.

Todavía es pronto para saber los estragos que las situaciones objetivas o subjetivas de soledad estarán causando en muchas personas en esta pandemia. Tampoco podemos saber en qué medida y en qué casos dichas situaciones se estarán acentuando y agravando o, por el contrario, la alarma estará contribuyendo a activar mecanismos primarios o secundarios que estén contribuyendo a contener, prevenir o revertir situaciones de soledad. En todo caso, lo que sí parece claro es que no contamos con un sistema público especializado que esté observando y abordando sistemáticamente las situaciones de soledad. ¿Podrían ser los servicios sociales dicho sistema?

Muy posiblemente, en estos momentos, se va a abrir ante los servicios sociales en nuestro entorno una disyuntiva en la que, posiblemente, se juegan el ser o no ser. En un contexto de importante daño reputacional (fundamentalmente por el porcentaje de personas que están muriendo en los servicios sociales residenciales), van a ser sometidos, posiblemente, a una doble amenaza: la de arrebatarles determinados servicios personales bajo el supuesto de que otros sistemas los prestarán mejor y la de recibir el aluvión de demanda (básicamente de dinero o medios similares) para necesidades de subsistencia no cubiertas por los grandes sistemas que tienen dicho cometido (como Seguridad Social, Empleo o Haciendas).

En ese contexto, no cabe descartar sin más la opción de, sin dejar de luchar esforzadamente (como estamos haciendo) por la sostenibilidad de la vida (en lo que nos corresponda, por la razón que sea) en esos ámbitos fronterizos con la Sanidad (por ejemplo, en la atención residencial a personas en situación de dependencia funcional) o la Seguridad Social (por ejemplo, en la subsistencia material de personas en situación de exclusión social), apostar fuertemente por nuestra histórica y ahora revalorizada función de proveer y promover cuidados, acompañamiento, relaciones y participación en la vida cotidiana de esos domicilios, vecindarios, comunidades y territorios que, en esta pandemia, están representando el principal bastión desde el que se está combatiendo al virus.

(Párrafos extractados de la entrada del mismo título publicada originalmente en catalán en el blog Llei d’Engel, aquí, y cuya versión completa en castellano puede descargarse aquí.)

La comunidad, de nuevo

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Hace casi cuarenta años que me vine a vivir a estos barrios altos, de mala fama en la ciudad.

Toda una vida.

Convivencia con vecinas y vecinos, vivir el espacio público, utilizar el comercio de proximidad, militar en los movimientos vecinales, hacer uso de los servicios públicos presentes en el territorio, como el centro de salud, la escuela, el centro de distrito, el servicio social de base, la oficina de rehabilitación…

Y ahora la emergencia general.

Y, en ella, sentir que ese organismo vivo, que es la comunidad, reacciona.

A través de los viejos roqueros de toda la vida, de todas las batallas. Y de diferentes generaciones de activistas, cada una con sus peculiaridades.

Y por mor del confinamiento (y de las ciencias y las tecnologías, que avanzan una barbaridad) te encuentras de pronto en una reunión telemática con una docena de personas.

A unas las conoces y las reconoces desde hace décadas, te fías de ellas a muerte: nunca, ni en los peores momentos, te han dejado en la estacada.

Otras las ido encontrando en el camino. Has aprendido a quererlas tanto por aquello en lo que se parecen a ti como por aquello que las hace diferentes.

Otras son un sobre-sorpresa, una atractiva incógnita que abordas con curiosidad y, a la vez, intuyendo que volverá a funcionar.

¿Qué volverá a funcionar?

Pues la magia.

La magia de la proximidad, la magia de la motivación, la magia de las ganas.

No sabes cómo, pero te entiendes. No sabes cómo, pero siempre hay alguien que se ofrece para cada tarea que surge. No sabes cómo, pero siempre hay alguien que sabe hacer lo que hay que hacer. O que conoce a alguien que sabe hacer lo que hay que hacer. O que…

Nadie nos paga por hacer esto, ni lo aceptaríamos. No tenemos obligación de hacerlo, ni nadie tiene derecho a exigirnos que lo hagamos. Tampoco somos voluntarias o voluntarios. Aunque lo seamos en diversas entidades para otros proyectos, esta vez no actuamos como tales. No. Sencillamente somos vecinas y vecinos con orgullo de barrio. De esos y esas que se reconocen por la calle y se dicen “iepa” y no hace falta mucho más. Somos quienes no queremos o, sencillamente, no podemos marcharnos de aquí. Orgullo de barrio.

Porque la agresión de este virus no es la primera que reciben las calles y las gentes de este barrio. Y de otros barrios, a veces olvidados.

Y, de nuevo, ante esta amenaza, se activan resortes de cuidado mutuo, de ayuda mutua, de apoyo mutuo. Y las ganas de colaborar y construir van llenando una tras otra las líneas del Excel. Decenas y decenas de personas dispuestas a llevar la compra a las casas, a cuidar a criaturas, a cocinar o a resolver muy diversos imprevistos.

Y sorprende y encanta la capilaridad de estas redes, cómo llegan con naturalidad a cada portal, a cada casa, a cada persona.

Y, a la vez, cómo se complementan y conectan con otras redes de otros barrios y con otras respuestas de otros agentes.

Y su capacidad resolutiva, la manera de encontrar recursos, o de generarlos, o de inventarlos.

Hace unos días nos manifestábamos para defender nuestro centro público de salud. Cuando termine el confinamiento cenaremos a gusto en un restaurante del barrio a la salida de nuestra reunión asociativa de cualquiera de las entidades a las que pertenecemos. Pero ahora, en la emergencia de lo nuevo, parece que recurrimos a lo más primordial, a la emoción de sentirnos vulnerables e interdependientes, pero, en red, invencibles. A nuestra capacidad creativa conjunta, a nuestra energía para cuidarnos y para cuidar, especialmente a las vecinas y vecinos más indefensos, que más dependen de la comunidad.

Conocemos nuestro lugar. Hay muchas tareas que no nos corresponden. Pero también sabemos que nuestro eslabón vecinal y comunitario es imprescindible e insustituible. En la emergencia y después.

Esto me han pedido que explique.

No lo cambio por nada.

(Entrada publicada en el blog de Bolunta.)

Necesidad, limitaciones, potencialidades, riesgos y condiciones de las respuestas comunitarias

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Ante situaciones de disrupción, emergencia o colapso, que alteran de forma importante el curso normal de nuestra vida a menor o mayor escala, lógicamente, buscamos y apreciamos respuestas a nuestras necesidades, especialmente si son urgentes, de maneras nuevas o desde lógicas diferentes a las habituales. Así, sucede, por ejemplo, que ciertos recursos o apoyos que obteníamos pagando dinero o determinados bienes y servicios de carácter público y gratuito, en un momento dado, nos planteemos coproducirlos o compartirlos comunitariamente con lógicas, más bien, de ayuda mutua y reciprocidad microsocial.

Por ejemplo, puede considerarse una decisión razonable y un funcionamiento loable que, en una situación en la que pueda verse limitada la labor de entrega de la compra en casa por parte de los supermercados o la de los servicios públicos de ayuda a domicilio, en los vecindarios nos organicemos para llevar suministros de primera necesidad a hogares y personas con dificultades para hacerlo por sí mismas.

La capacidad comunitaria de respuesta es, sin duda, un “músculo social” valioso y que conviene tener en forma: por lo idóneo que resulta, siempre, para la respuesta a una parte de nuestras necesidades; por las externalidades positivas que conlleva en términos, dicho coloquialmente, de “buen rollo” en la moral individual y clima social; y por las sinergias que puede tener con otros “músculos sociales”, como la protección social pública, el asociacionismo cívico o el comercio de proximidad.

Los servicios sanitarios, educativos o sociales, entre otros, han aprendido hace tiempo (aunque no siempre lleven ese aprendizaje a la práctica) que, salvo excepciones, es preferible la vida comunitaria a, por ejemplo, la atención agrupada de las personas en hospitales, internados o asilos, precisamente, entre otras razones, por la potencia de apoyo que ofrece la diversidad distribuida de agentes, recursos y activos comunitarios que podemos encontrar en la vida diaria del kilómetro cero de nuestros domicilios, vecindarios, barrios y pueblos.

Sin embargo, podríamos decir que tanto la potencialidad como la limitación de las dinámicas comunitarias reside en su carácter especialmente reticular. Si bien un aula escolar o una sala de cine tienen un aforo limitado, una red primaria de apoyo mutuo puede crecer, en principio, indefinidamente. Es cierto, pero también lo es que ese crecimiento (siempre hay sitio para una persona más, para un nodo más) sólo puede hacerse con los ritmos y las reglas propias de la red comunitaria: al fuego, relativamente lento, de la construcción de relaciones cálidas de confianza en los tiempos y espacios de la vida cotidiana.

Por otro lado, las relaciones comunitarias no entregan recursos y apoyos con equidad y en ellas parece cumplirse especialmente ese “efecto Mateo” según el cual “a quien tiene se le dará y a quien no tiene se le quitará”. Normalmente las zonas del tejido social con mayor capital relacional no suelen ser aquellas en las que anida la vulnerabilidad, la precariedad y la exclusión laboral, residencial, económica o social en general.

Además, no se ha de olvidar que las redes familiares y comunitarias, junto a bienes relacionales, también son portadoras y promotoras de males relacionales, como el dominio patriarcal, la violencia de género o la transmisión de patrones comportamentales y culturales contrarios a la evidencia y el conocimiento científico o a la construcción de sociedades abiertas, pluralistas e igualitarias.

Por otra parte, en nuestra sociedad, no son pocos los ámbitos de actividad que están ya reservados para la actividad profesional especializada basada en el conocimiento científico y estrictamente regulada por la autoridad pública. Podemos coproducir y compartir comunitariamente los cuidados de criaturas que venía realizando una familia pero no, normalmente, los cuidados de enfermería que requieren una cualificación y ejercicio reglados.

Hoy en día, posiblemente, las tecnologías digitales se presentan como la gran herramienta para el impulso, escalabilidad y sostenibilidad de las relaciones comunitarias pero, a la vez, quizá, como la principal amenaza para nuestros derechos si esa conectividad social ampliada se utiliza para el control social represivo en lugar de para el empoderamiento participativo y democrático. Nuestra geolocalización y trazabilidad nos facilita el encuentro comunitario pero también nos hace más vulnerables ante poderes económicos o políticos con intereses u objetivos que podemos no compartir.

Posiblemente se trate de avanzar en fórmulas y dinámicas que combinen y ensamblen acertadamente: las respuestas familiares y comunitarias de carácter primario; la autoorganización solidaria del asociacionismo cívico, el voluntariado organizado y los movimientos sociales; las capacidades ampliadas de la inteligencia digital; y la autoridad pública y capacidad técnica de los servicios sociales, educativos, sanitarios y, en general, de las administraciones y poderes públicos que conecten el territorio local con otras escalas en una gobernanza global.

(Precede al texto “Luz de luna”, de Paul Klee, 1919.)

¿Hacia el colapso relacional?

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Hay necesidades de las personas cuya satisfacción depende, fundamentalmente, de las condiciones medioambientales del entorno en el que se desenvuelven. Otras, más bien, de las instituciones públicas que puedan regir sus vidas o de la actividad económica en la que tengan ocasión de participar. Hay otras necesidades, en cambio, cuya posibilidad de respuesta viene mediada, principalmente, por las relaciones primarias de carácter familiar o comunitario en las que las personas están inmersas.

Entre estas últimas, cabe citar, junto a otras, las necesidades de cuidado. No se quiere decir, en absoluto, que éstas no requieran el concurso de otros agentes, sino que, en primera instancia, las limitaciones funcionales de cualquier criatura recién nacida, de una persona adulta que adquiere una discapacidad temporal o permanente o de quien envejece y llega a una situación de dependencia funcional (por poner tres ejemplos) llaman, usualmente, en primera instancia, al compromiso de las personas (progenitores, hermanas, hijos, amigas, vecinos u otras) con las que las personas mantienen unas relaciones afectivas y significativas de reciprocidad.

En este momento histórico, en nuestro entorno, son varios los procesos en curso que están transformando de manera importante nuestra trama relacional familiar y comunitaria y que podrían conducir en no muchos años a situaciones, más localizadas o más generalizadas, de colapso relacional, es decir, de grave dificultad para que dichas redes convivenciales primarias puedan cumplir, mínimamente, las funciones que se esperan de ellas. Se trata de fenómenos como:

  • El incremento del número de años que las personas vivimos con discapacidad y, específicamente, con mayores grados de dependencia funcional (se calcula, por ejemplo, que para 2050 se habrá duplicado el número personas con demencia).
  • La llegada a edades en las que es más probable la discapacidad y la dependencia (de cada 10 personas en situación de dependencia funcional, 7 tienen 65 años o más) de las generaciones del baby boom, comparativamente más numerosas que las generaciones más jóvenes (en las décadas del baby boom hubo en España por encima de 650.000 nacimientos anuales; en las siguientes, por debajo de 500.000).
  • El aumento de hogares unipersonales (el 25% ya en el País Vasco).
  • El incremento de la actividad laboral de las mujeres (en 25 años ha subido 15 puntos porcentuales en Euskadi) sin un aumento correlativo de la participación en el trabajo de cuidado de los hombres (sólo el 15% del cuidado de personas en situación de dependencia realizado por familiares de 40 a 65 años es desempeñado por varones en España).
  • La verticalización de las estructuras familiares, con disminución de vínculos intrageneracionales y dispersión de los intergeneracionales (en los últimos 20 años se ha pasado en España de una ratio de 15 a una ratio de 9 personas que potencialmente podrían implicarse en el cuidado de cada persona mayor en situación de dependencia con la que  tuvieran un vínculo, en una tendencia que se acelera).
  • El aumento de la movilidad geográfica de las personas (los contratos laborales que implicaban trasladarse de provincia superaron los 3 millones por primera vez en España en 2018).

Esta amenaza de “tormenta perfecta“, sin duda, llama a fortalecer el papel de otros agentes (y, singularmente, de los poderes públicos) en la provisión de cuidados y otros apoyos que anteriormente recibíamos en el seno afectivo de las relaciones primarias (todavía un 80% del cuidado de personas en situación de dependencia funcional en nuestro país es cuidado familiar). Sin embargo, en no menor medida, y de forma más estratégica, llama, posiblemente, a políticas públicas y estrategias sociales mucho más proactivas y ambiciosas para proteger, fortalecer y regenerar dicha trama de relaciones familiares y comunitarias en nuevos contextos sociales, culturales, morales y (quizá en primer, más que en último lugar) tecnológicos.

Y no sólo estamos hablando de los cuidados, ya que, por referirnos a otro aspecto de la vida especialmente mediado por las relaciones primarias, cerca de la mitad de la población española está en riesgo de aislamiento social o se siente sola. Con frecuencia, oímos hablar del riesgo de colapso ambiental, de colapso financiero u otros. En la medida en que se intensifiquen las tensiones derivadas de las tendencias mencionadas, posiblemente, cada vez hayamos de prestar más atención al riesgo de colapso relacional.

(Con datos de: Fundación FOESSA, Fundación la Caixa, INE, Envejecimiento en Red, Servicio Púbico de Empleo Estatal del Gobierno de España, Eustat, Órgano Estadístico del Departamento de Empleo y Políticas Sociales del Gobierno Vasco, OMS y otras).

¿Qué prevención de la soledad no deseada?

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En lugar de considerar la prevención como lo contrario de la intervención (entendiendo que, si la prevención tiene éxito, no será necesaria la intervención) o como un tipo de intervención (diferente de otras, como las orientadas a paliar efectos de situaciones, las que buscan desencadenar cambios en las capacidades de las personas o las que pretenden modificar entornos), cabe concebirla como un enfoque, dimensión o valor añadido siempre presente, deseablemente (en mayor o menor medida), en cualquier intervención. La acción preventiva se caracteriza por su precocidad y proactividad y pretende hacer innecesaria o menor otra actuación, posiblemente más intensa y costosa.

En materia de prevención, en el ámbito de las políticas sociales, el enfoque más citado es posiblemente el planteado por Gerald Caplan en 1964, que, desde la psiquiatría comunitaria, distingue entre prevención primaria (anterior a la aparición del fenómeno que nos preocupa, podríamos decir), secundaria (en estadios precoces del fenómeno o cuando se considera que hay riesgo de que aparezca) y terciaria (cuando el fenómeno se ha manifestado). El médico Marc Jamoulle, en 1986, añade la prevención cuaternaria para referirse a la evitación de la iatrogenia o efectos indeseados de las propias intervenciones de abordaje del fenómeno en cuestión, incluyendo las propias acciones preventivas. En un sentido similar (aunque con matices) se habla de prevención universal (con toda la población), selectiva (con población en riesgo) o indicada (con población afectada), según la propuesta de Robert Gordon en 1987, que ha hecho fortuna, especialmente, en relación con las adicciones.

¿Qué tipo de abordaje preventivo puede ser más necesario, hoy y aquí, para la soledad no deseada?

Da la impresión de que, en esta materia, parecen predominar intervenciones que ponen el foco en personas que ya están en situación de soledad no deseada o aislamiento social. Por eso, tenemos, quizá, el reto de experimentar y obtener evidencia en intervenciones preventivas que alcancen e involucren a personas que no se sienten solas y que disponen de una significativa cantidad, calidad y diversidad de vínculos y relaciones primarias.

Por otro lado, aunque la soledad, sin duda, tiene causas macroestructurales, necesitamos, posiblemente, intervenciones de alcance intermedio que no impactarían directamente en estructuras económicas, urbanísticas o educativas. Se trataría de formatos o dinámicas de comportamiento, comunicación, colaboración, convivencia o  participación en comunidades o redes en el territorio y en la capa digital. Formatos y dinámicas posteriormente replicables y escalables y que, entonces, hipotéticamente, sí podrían aspirar a un alcance o impacto más estructural.

Por último, hay cierta tendencia a marcar nuestras intervenciones con conceptos de moda y asociarlas a colectivos específicos (así, en este momento se está posicionando el par soledad-mayores). Por ello, cabe explorar formatos y dinámicas no necesariamente presentadas como antídoto de la soledad no deseada. Y compatibles, complementarias y sinérgicas con otras iniciativas de diversa índole (vecinales, recreativas, culturales, solidarias, participativas u otras). Dinámicas y redes diversas de personas diversas en todos los sentidos (y, por diversas, quizá complementarias).

(Notas en el marco del proyecto Bizkaia Saretu, del grupo cooperativo de iniciativa social Servicios Sociales Integrados, de Bilbao.)

¿Soledad no deseada o exclusión relacional?

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A medida que revisamos estudios o programas relacionados con la soledad no deseada, constatamos que, frecuentemente, se produce una confusión en relación con el fenómeno que es objeto de interés o atención.

La soledad no deseada, como sentimiento o vivencia personal y subjetiva, cuenta con una notable tradición de conceptualización, evaluación, estudio y abordaje. Así, por ejemplo, es considerable el consenso o confluencia en relación con los instrumentos para medirla (como la escala De Jong Gierveld o la de la UCLA).

Sin embargo, normalmente, la preocupación o incluso la alarma expresada en relación con la soledad no deseada suele presentarse en referencia a casos (especialmente de personas mayores) en los que, junto con la soledad, muchas veces no deseada (y su correlato objetivo, el aislamiento social), concurren en la persona limitaciones funcionales, carencias económicas o problemas habitacionales que interactúan con la soledad y el aislamiento, generando riesgos para la salud, la subsistencia material o la seguridad física de la persona e incluso de personas de su entorno.

Nos encontramos, más bien, ante situaciones de vulnerabilidad o exclusión social, con un importante componente, seguramente, de exclusión relacional (familiar y comunitaria) y, como suele suceder en buena medida en las situaciones y procesos de inclusión y exclusión social, con un importante componente estructural, con unos fuertes determinantes sociales de la situación de soledad.

Si una persona se encuentra en una situación estabilizada y prolongada de exclusión relacional (y social, en general) o si concurren en ella varios factores de vulnerabilidad o exclusión (como el relacional, el habitacional, el laboral o el económico) y si, además, el fenómeno es creciente y le sucede a ésta como a muchas otras personas, el diagnóstico y el abordaje no puede ser el mismo que si esa persona (junto a otras pocas) se encuentra en una situación de soledad no deseada en un contexto estructuralmente inclusivo desde el punto de vista relacional y, en general, social.

Es más, en la medida en que más personas se encuentran en una situación de vulnerabilidad o exclusión relacional, podemos encontrarnos ante un fenómeno sistémico de insostenibilidad relacional de la vida, ya que la vida humana sólo puede suceder en un marco de interdependencia relacional y social. No es la misma la estrategia para acompañar a una persona a reintegrarse a una trama relacional tupida en comunidades y sociedades inclusivas que para reconstruir un tejido comunitario altamente fragmentado o dañado en un contexto de segregación territorial y desigualdad económica.

Y todavía más. Incluso es posible que estrategias escoradas a lo individual y paliativo, en un contexto de fragilidad, fragmentación, exclusión e insostenibilidad estructural, puedan llegar a ser contraproducentes, reforzando los procesos de estigmatización o las asimetrías sociales.

(Reflexiones en el contexto del proyecto Bizkaia Saretu, de la cooperativa de economía solidaria Servicios Sociales Integrados, a cuya última sesión pertenece la fotografía.)

Soledad no deseada: buscando claves para la intervención

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¿Podrían servir las siguientes?

  • En la mirada predominante sobre la soledad no deseada, el fenómeno se presenta como un problema más bien individual, aunque se haga referencia a algunos factores sociales que pueden influir en que esté más presente, por ejemplo, en el colectivo de las personas mayores. Sin embargo, frecuentemente, se identifica y analiza de forma deficiente e insuficiente el carácter estructural y sistémico del problema de la soledad no deseada y el aislamiento relacional en sociedades complejas, fragmentadas y líquidas en las que se están produciendo profundas transformaciones en la norma y trama relacional familiar y comunitaria que las constituía (espacio en el que supuestamente se gestionaban las diversidades de género, generacionales, funcionales y culturales), en un contexto de precarización y polarización laboral, residencial y económica, de segregación territorial y de emergencia  ambiental.
  • A la hora de valorar el fenómeno de la soledad de las personas mayores, la desvalorización, estigmatización y desempoderamiento de los que es objeto este colectivo social hace, posiblemente, que, de manera mayoritaria, más que ponerse el foco sobre el problema de la soledad no deseada en sí y tal como es experimentado por las personas, se ponga, más bien, en las consecuencias de esa soledad en otras áreas de la vida de la persona, como su subsistencia material, su seguridad física o su salud.
  • Las intervenciones profesionales o solidarias en relación con la soledad no deseada y el aislamiento relacional desde el sector público o el tercer sector se presentan como numerosas e interesantes, pero también heterogéneas e inmaduras, no existiendo una base de evidencia mínimamente segura y compartida sobre qué funciona y qué no funciona y apareciendo, en el contexto de la creciente preocupación y alarma social sobre el asunto, artefactos tan confusos y vacíos como, por ejemplo, un supuesto (e inédito) ministerio de la soledad.
  • Las intervenciones que más notoriedad han adquirido son intervenciones, en gran medida, tardías y paliativas. Por ejemplo, que una persona mayor sea acompañada por una persona voluntaria, en sí mismo, no necesariamente modifica de forma real y sostenible su situación de aislamiento relacional o soledad no deseada en la medida en que no contribuya (de forma deliberada o no deliberada) a que esa persona construya o reconstruya relaciones primarias significativas (más débiles o más fuertes).
  • Es necesario impulsar iniciativas de innovación técnica, tecnológica y social que pretendan explorar las posibilidades de una intervención preventiva y poblacional, entendida como aquella que intenta subir aguas arriba en el problema y actuar a mayor escala y en mayor medida cuando el problema no ha emergido y cuando las personas que podrían llegar a presentar el problema disponen de capacidades, recursos, activos y vínculos que, si son cuidados y potenciados, se pueden convertir en poderosos factores protectores frente al riesgo de la soledad no deseada y el aislamiento relacional.

(Contenidos compartidos con el grupo cooperativo de iniciativa social Servicios Sociales Integrados, de cuya presentación del proyecto Bizkaia Saretu se ha tomado la ilustración.)

La intervención comunitaria de los servicios sociales y la acción comunitaria intersectorial

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En nuestras búsquedas y debates en el marco de procesos de rediseño de sistemas locales de bienestar (o en escalas próximas a la local, tanto barrial o distrital como comarcal, provincial, regional, autonómica o similares) emerge con fuerza la pregunta por cuáles serán las estructuras y tecnologías que facilitarán la promoción y protección de las relaciones interpersonales de proximidad en el territorio y el empoderamiento individual y comunitario a través de la participación activa en procesos generadores de calidad de vida e inclusión social para todas las personas.

En ese contexto, el giro desde unos servicios sociales locales, básicamente, administradores de ayudas económicas residuales hacia unos en los que cobre fuerza y centralidad la intervención comunitaria constituye, frecuentemente, un proceso clave en ese rediseño de los sistemas del bienestar. Los servicios sociales van redibujando su perímetro de actividad, incrementando aquella capaz de fortalecer las relaciones primarias, asociativas o colaborativas entre las personas y, con ellas, su capacidad para sostenerse y sostener a otras en vidas autónomas e interdependientes en los domicilios, vecindarios, barrios, pueblos y ciudades.

Ahora bien, cuando profesionales de los servicios sociales (si se permite la generalización) consiguen regresar a los vecindarios, a las calles y a la comunidad, se encuentran con agentes de otros sectores de actividad (como salud, educación, seguridad, urbanismo u otros) o vinculados a políticas transversales (como igualdad, interculturalidad, juventud, envejecimiento u otras) que, desde la administración pública, desde la economía solidaria o desde otras esferas, están inmersas en prácticas diversas de carácter comunitario.

En este tipo de situaciones, seguramente, debemos entender que es posible y necesaria una cada vez mayor intervención comunitaria propia de los servicios sociales y que, a la vez, ésta se engarce, se integre intersectorialmente, con otras iniciativas, actividades y procesos comunitarios, en el marco de una acción comunitaria intersectorial que, por definición, no pertenece a ningún ámbito de actividad, no es patrimonio de ninguna política específica en particular ni de ninguna esfera o tipo de agente en especial.

Las prácticas, sistematizaciones, evaluaciones y deliberaciones en cada entorno local concreto irán determinando qué actividades y procesos pertenecen, estrictamente, a la intervención comunitaria propia de cada ámbito sectorial (servicios sociales u otros) y cuáles serán compartidas e impulsadas (y gestionadas y gobernadas) en el marco de esa acción comunitaria transversal e intersectorial. Sabiendo que tanto la intervención comunitaria de los servicios sociales como la acción comunitaria intersectorial están en buena medida por construir o, en ocasiones, reinventar.

(La fotografía pertenece a Grup Caliu Ateneu Divers.)