Coordenadas y trazadas para la acción comunitaria

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Javier Segura del Pozo es, posiblemente, en España, el principal conocedor y sistematizador de la acción comunitaria, campo de práctica y conocimiento que acaba de sufrir la pérdida de Marco Marchioni, uno de sus grandes promotores. A raíz de la publicación del último libro de este experto, médico, se produce la ocasión y la invitación para seguir dialogando sobre los conceptos y esquemas que nos permiten orientarnos en la materia. Se da la circunstancia, además, de que la trabajadora social Marta Ballester Frago (poseedora de una trayectoria y autora de una tesis doctoral de referencia, ambas, sobre trabajo comunitario) y sus compañeras de la cooperativa Marges acaban de publicar también un nuevo libro sobre el asunto.

Javier Segura del Pozo (como Maribel Pasarín o Rafa Cofiño) se ubica, fundamentalmente, en el ámbito sectorial de los servicios de salud, servicios, que, mediante su atención primaria, han sido pioneros y referentes en su proceso de territorialización, es decir, en su aproximación accesible a todas las personas en la cotidianeidad de su vida diaria. No parece casual, en todo caso, que se nos hable de comunidad y de acción comunitaria desde uno de los grandes pilares o ramas sectoriales de las políticas públicas, pues, hoy y aquí, pese a sus limitaciones y contradicciones, las terminales de proximidad de esas políticas públicas (sanitaria, urbanística, educativa, de servicios sociales, de seguridad, cultural, de vivienda, de movilidad, de empleo u otras) constituyen, habitualmente, los principales puntales de la acción comunitaria en nuestro entorno.

Del mismo modo que la atención, acción o intervención sanitaria apostó por hacerse más comunitaria (por realizarse, en mayor medida, en y con la comunidad) lo mismo ha sucedido (en mayor o menor medida y con avances y retrocesos) con la atención, acción o intervención cultural, social, policial, educativa, urbanística u otras. De modo que, en cada una de esas ramas sectoriales de la política pública, se puede hablar de una atención, acción o intervención comunitaria de carácter sectorial. Sin embargo, como nos recuerdan en sus escritos María José Aguilar o Ricard Gomà, también existen experiencias, procesos, estructuras y dinámicas de acción comunitaria de carácter intersectorial o transversal. Se trata de iniciativas o proyectos incardinados en las comunidades e impulsados por éstas, que potencian las relaciones comunitarias (primarias y secundarias) sin encuadrarse dentro de esos ámbitos sectoriales. Buscan, más bien, contribuir a la integración y gobernanza intersectorial y ser cauce para la gestión de la diversidad, típica de las políticas públicas transversales, que buscan la igualdad y la convivencia entre personas de diferentes sexos, edades, capacidades u orígenes, por ejemplo.

Javier Segura del Pozo señala que la perspectiva, mirada u orientación comunitaria (el enfoque comunitario, podría decirse también) debe permear toda la atención sanitaria y esa afirmación es válida para todos los ámbitos sectoriales. Por ejemplo, en el campo de los servicios sociales, es de aplicación el enfoque comunitario cuando un profesional de la intervención social está atendiendo a una persona en su despacho y cuando está participando, como tal profesional, en una fiesta multitudinaria en la plaza del barrio. Usando la propuesta conceptual del autor, por ejemplo, esa atención en el despacho sería una atención de encuadre individual (no se atiende a la persona encuadrada dentro de un grupo como sí lo hace, por ejemplo, una profesional de la educación que da clase en un aula) e intramural (pues la intervención se produce dentro del ámbito físico o espacial constituido por las instalaciones del propio servicio).

Si la obra de Javier Segura del Pozo nos ofrece una sugerente “cartografía comunitaria”, la de Marta Ballester, Anna Lite y Mònica Salas constituye una valiosa “brújula comunitaria”, en este caso, específicamente diseñada para organizaciones solidarias de intervención social. Entidades que, muchas veces, originariamente, fueron fruto, cauce y expresión de dinámicas comunitarias, pero que, frecuentemente, han ido perdiendo esa referencia e identidad relacional y territorial (y muchas son conscientes de ello). Sería una brújula para ayudarles a orientarse en la trazada de regreso a la comunidad, en su proceso de ser más (o de volver a ser) comunitarias.

(Los libros citados pueden descargarse gratuitamente aquí y aquí.)

Urbanismo y vivienda con enfoque comunitario: sí se puede

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Nuestro modelo social y económico contribuye notablemente a la segregación, polarización y vulnerabilidad territorial y, especialmente, a la privatización de la vivienda (por encima del 80% en propiedad, en nuestro entorno), con una concepción del espacio público como mero entorno de esa vivienda que, frecuentemente, más que por su valor de uso, es tomada en consideración por su valor de cambio y su carácter hereditario (en un país en el que la herencia recibida explica cerca del 80% de la situación económica de las personas). En un contexto así no sólo es el famoso 1% más rico el que se opone a políticas y dinámicas que promuevan una visión más social de la vivienda y una vertebración más equilibrada del territorio.

Esta estructura residencial, fruto y generadora de desigualdades económicas gravemente injustas, se revela también particularmente disfuncional para la gestión de las diversidades. Tiene un notable sesgo de género (Muxí, 2019) y perjudica, por ejemplo, también, a las personas que, al envejecer e ir perdiendo capacidad funcional y redes primarias, se encuentran frecuentemente en una vivienda inapropiada e inaccesible que, sin embargo, no resulta fácil modificar o cambiar por otra solución habitacional.

A la hora de buscar vías para la transformación de este estado de cosas, cabe decir que la situación de pandemia y emergencia, y especialmente las medidas de confinamiento, han contribuido a impulsar algunos debates y oportunidades de experimentación en torno a cuestiones como las siguientes:

  • La densidad y el formato convenientes para la vida humana, apareciendo como desaconsejables los establecimientos colectivos (como las residencias de mayores) pero siendo interesante la suficiente proximidad vecinal que opere como oportunidad de cuidado, ayuda, compañía y seguridad (Finney, 2019).
  • La necesaria complementariedad entre las potencialidades de la proximidad física y las conexiones que ofrece la tecnología digital con la comunicación telemática, la inteligencia artificial distribuida, el procesamiento de grandes cantidades de datos, el internet de las cosas (también de las llevables), la robótica domiciliaria o las plataformas colaborativas (Acero y otras, 2019).
  • La deseable multifuncionalidad (los “usos mixtos” que reclamaba Jane Jacobs) de los barrios, grupos de manzanas (supermanzanas) o enclaves, que, si bien pueden especializarse en una función en el marco de la ciudad o el territorio, deben gozar de cierta autonomía o capacidad de autogestión en un modelo de economía (y vida) circular y sostenible.
  • La potencialidad de “terceros lugares” (en expresión de Ray Oldenburg) o de espacios híbridos o transicionales, simbolizados en este confinamiento, de forma especial, por los balcones, en los que, al salir a las ocho a aplaudir, nos encontrábamos de nuevas maneras con vecinas y vecinos (Yarker, 2019).

Balcones, rellanos, patios, lavanderías, comedores, lonjas o vestíbulos pueden pasar de verse como inservibles o privados a considerarse comunitarios. Del mismo modo, plazas, terrazas, calles o zonas verdes deben ser ocupados efectivamente por comunidades o lo serán por los coches o, en todo caso, por usos excluyentes y discriminatorios. Correlativamente habrá que explorar más las “tenencias intermedias” (Nasarre, 2020) en materia de vivienda. La comunidad está llamada a habitar su lugar en el mundo y las relaciones primarias y, en general, comunitarias, a ayudar a romper esa peligrosa dicotomía entre el espacio privatizado y vedado y ese espacio público inhóspito y deshumanizado que nadie siente como propio y apropiado (Gehl, 2016).

(Fragmento adaptado de un artículo de la revista Galde que puede descargarse completo aquí. También, próximamente, en galde.eu. Agradeciendo, entre otros, aprendizajes con Miren Vives, Elena Pérez Hoyos, Javier Burón, Arantza Leturiondo, Patxi Galarraga y María Arana.)

Diez perchas para la prevención de la soledad

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En una revisión de las prácticas de prevención o abordaje de la soledad no deseada y el aislamiento social, cabe identificar los siguientes como algunos tipos relevantes de proyectos o iniciativas en curso:

  • Acompañamiento (befriending) o compañía individualizada (presencial o telefónica) a personas que ya están en situación de soledad, con un enfoque paliativo o (re)habilitador.
  • Actividades de ocio dirigidas a segmentos poblacionales con mayor riesgo de encontrarse situación de soledad, que, en el caso de las personas mayores, se encuadrarían en la llamada economía plateada (silver economy).
  • Promoción de (y mediación para) experiencias de convivencia intergeneracional apoyadas en necesidades diversas las personas participantes (por ejemplo, alojamiento en unas y compañía en otras).
  • Campañas de sensibilización orientadas, singularmente, a desestigmatizar a determinados colectivos o situaciones (como vivir solo o sola) que suelen ser asociadas al aislamiento relacional.

Podríamos considerar las cuatro citadas como cuatro “perchas” de las que colgar una intervención en relación con la soledad. Se trataría de perchas reconocibles y reconocidas, relativamente fáciles de vincular en o con estrategias del de prevención o abordaje del aislamiento social. Cabría añadir una quinta, quizá transversal a las anteriores, que es la del voluntariado (juvenil o adulto) en el marco de un tercer sector colaborador con las administraciones públicas.

En el momento actual, por otro lado, cabría identificar otros cuatro tipos de actuaciones o intervenciones que, a primera vista, no sería tan fácil relacionar con la problemática de la soledad no deseada pero que, sin duda, pueden tener un importante impacto preventivo en ella. Se trata de propuestas que, quizá, puedan gozar en este momento, precisamente en este momento, de una ventana de oportunidad para su impulso y desarrollo:

  • Intervenciones de carácter arquitectónico y urbanístico favorecedoras de la igualdad y amigables con diferentes diversidades, especialmente aquellas que generan espacios híbridos o transicionales, intermedios e intermediarios entre el espacio (más) privado y el espacio (más) público y favorecedoras de las relaciones primarias y comunitarias.
  • Redes de apoyo mutuo y de relaciones horizontales de ayuda y colaboración de proximidad en las comunidades vecinales, barriales y territoriales.
  • Proyectos de humanización y comunitarización (deinstitutionalisation) en los cuidados dirigidos a personas con limitaciones funcionales o de prevención y reversión de su ingreso en establecimientos colectivos (residencias o asilos), desarrollando formas personalizadas e integradas de atención telemática, domiciliaria y en la comunidad.
  • Plataformas, redes y aplicaciones digitales para la comunicación telemática, las relaciones sociales, el procesamiento de grandes cantidades de datos, la inteligencia artificial distribuida, la geolocalización, la construcción de comunidades, el Internet de las cosas y, en general, la complementación y el desarrollo de capacidades y conexiones de las personas.

Estas cuatro últimas perchas, quizá, hacen posible otra (la última), transversal a ellas, que sería la del empoderamiento de las personas potencial o efectivamente afectadas por las situaciones de soledad. Frente a modelos paternalistas, asimétricos, asistencialistas o infantilizadores o, directamente, frente el maltrato o la violencia dirigida a muchas personas, es necesaria la participación de las personas destinatarias últimas de los proyectos e intervenciones en su diseño, implementación y evaluación. Participación que, ya mismo, es una experiencia de comunidad frente al miedo de personas que nos sabemos vulnerables.

(Notas dentro del proyecto Bizkaia Saretu, del grupo cooperativo de la economía solidaria Servicios Sociales Integrados.)

Redes vecinales y acción comunitaria, hoy y aquí

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La mayor parte de las personas, en nuestra sociedad, carecen de experiencia de acción comunitaria. Entienden, al parecer, que tienen obligaciones familiares y laborales o que han de cumplir las leyes pero, sin embargo, no han desarrollado una sensibilidad (quizá por haberse desenvuelto en contextos inapropiados para ello) acerca de sus responsabilidades comunitarias, acerca de su contribución a la parte de la sociedad que les es más próxima.

Las situaciones vividas a raíz de la pandemia de la covid-19 han representado para algunas personas un estímulo y ocasión para comprometerse libremente (sin estar obligadas por lazos de sangre, por la autoridad, por una membrecía, por un contrato o por un pago) con la suerte de vecinas y vecinos a quienes, hasta ahora, apenas conocían de vista. Al menos en eso, esta terrible enfermedad ha tenido algún efecto colateral positivo.

En el caso del barrio de San Francisco, en Bilbao, más de cien personas (la mayoría no vinculadas a ninguna organización asociativa barrial) hemos constituido una red para ofrecer y compartir cuidados y ayudas a cualquier persona del barrio que, de pronto, se encontrara sin poderse abastecer de alimentos o medicinas, sin poder atender a sus hijas o hijos o sin saber a quién acudir por cualquier otra necesidad sobrevenida en una situación tan inesperada y problemática.

En este caso no estamos hablando de una acción voluntaria organizada y encuadrada en el llamado tercer sector sino de aquella más primaria y espontánea que hunde sus raíces en la proximidad física, en la comunidad vecinal, en el espacio público compartido, en el territorio cotidiano. Ahí reside, posiblemente, su gran valor: en la confianza fraguada a fuego lento o en oportunidades especiales que surgen en esa vida diaria de nuestros cuerpos, que, por más que, gracias a las tecnologías digitales, puedan comunicarse telemáticamente de forma fácil y asequible, para muchas de sus vivencias, necesidades, afectos y actividades, siguen requiriendo de una relativa (o, a veces, absoluta) cercanía física.

Nuestro reto ahora es seguir regando esa frágil planta de la ayuda vecinal, de la colaboración comunitaria y que, como una enredadera de vida, cubra y comunique lo mejor posible todas las manzanas y todos los portales de nuestro barrio (creando barrionalismo). Que sea apoyo para las familias y unidades de convivencia y sus cuidados infantiles y de todo tipo Y que se siga anudando también con las organizaciones solidarias y movimientos vecinales existentes, con los servicios públicos de la zona (sociales y socioeducativos, sanitarios, habitacionales, educativos y preescolares, laborales, culturales, de protección o seguridad u otros) y con el comercio y la economía de proximidad (econonuestra), para seguir construyendo y disfrutando un barrio con futuro.

(La foto corresponde a nuestra primera reunión presencial, el 16 de junio de 2020. El texto es una adaptación del publicado en Irekita, de Cáritas Bizkaia. En los próximos días 18 y 22 de junio, de 18 a 20 horas, compartiremos experiencias en encuentros telemáticos organizados, respectivamente, por ISF y ASAD)

La soledad no deseada, visitada por el virus

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Las personas y organizaciones que venían estudiando, previniendo y abordando el fenómeno de la soledad no deseada en nuestra sociedad están teniendo, en estos tiempos de emergencia, confinamiento y distanciamiento por la covid-19, un contexto en el que, afectadas por el dolor y el miedo que atenazan y amenazan, tienen, sin embargo, la ocasión de revisar, a la luz de nuevas experiencias, anteriores planteamientos y prácticas.

Recordemos que la pandemia llega a una sociedad que ya estaba identificando, con intensidad creciente en los últimos años, la soledad no deseada como un problema social importante cualitativa y cuantitativamente, en un contexto en el que diversos factores estructurales venían generando una situación de creciente insostenibilidad (y riesgo de colapso) relacional, en lo tocante a la trama de redes primarias de carácter familiar y comunitario fundamentales para el funcionamiento social.

En la pandemia, por mor del confinamiento domiciliario, se pide a esas redes familiares y comunitarias (y especialmente a mujeres) que asuman temporalmente una parte de las vivencias, cuidados y apoyos de los que se habían hecho cargo diversos entornos y servicios educativos, sociales y otros. A la vez, la emocionalidad de la emergencia, sin duda, activa muchas de dichas relaciones, que se hacen más vigorosas y operativas, potenciándose flujos de ayuda y afecto en las familias, las unidades de convivencia, las cuadrillas, los vecindarios, los balcones y los barrios. Diríamos que el mundo de la vida cotidiana se reivindica un tanto frente al del sistema y el capital “productivo”.

Simultáneamente, perdemos (sin saber cuánto y hasta cuándo) espacios y oportunidades propicias para la construcción y el cultivo de vínculos primarios (fuertes y débiles) como los bares, las plazas, las actividades culturales, las fiestas, las infraestructuras turísticas, la práctica deportiva y muchas otras. En parte compensamos ese déficit, algunas personas y en algunos casos, con la utilización de medios digitales de comunicación.

Dentro de este panorama general es obligado poner el foco en las residencias de personas mayores. Si bien hay otros factores, no cabe duda de que la limitación de relaciones primarias es uno de los principales que ha venido determinando el ingreso de las personas, normalmente no por su voluntad, en este tipo de servicios sociales. Éstos, tras ocupar durante semanas las portadas de los medios de comunicación, por la cantidad de personas muertas (no pocas veces en una terrible soledad) entre sus usuarias, quedan, como mínimo, aunque no sólo ellos, pendientes de un examen y replanteamiento.

En estos momentos no sabemos bien cuáles de los espacios y mecanismos que hemos tenido que desactivar podremos ir reiniciando. Tampoco, en su caso, cuándo ni cómo. Parece, de cualquier modo, prudente y aconsejable cuidar con más esmero esas dinámicas comunitarias que hemos aprovechado y fortalecido en nuestros espacios microsociales, también en su hibridación con herramientas de la capa digital y con las necesarias conexiones y autorizaciones mutuas con los servicios públicos, el comercio de proximidad, las comunidades de propietarias, las autoridades políticas, los movimientos asociativos, la economía solidaria y otros agentes.

Estamos experimentado en dinámicas posibles, satisfactorias y sinérgicas de fortalecimiento y construcción de relaciones primarias diversas en un contexto que las necesita, legitima y potencia, al menos en parte. A la vez, sin embargo, intuimos que necesitan más y mejores caldos de cultivo políticos, presupuestarios, urbanísticos, habitacionales, tecnológicos, ambientales, económicos, profesionales, organizativos y culturales. La soledad no deseada, el aislamiento social y el colapso relacional no son, seguramente, un horizonte insoslayable, pero para evitar esos destinos tenebrosos, seguramente, nuestra sociedad tiene que decidir invertir en comunidad.

(Notas para el reinicio telemático de la escuela de prevención de la soledad Bizkaia Saretu, del grupo cooperativo de economía solidaria Servicios Sociales Integrados.)

La comunidad, para que no nos roben nuestro miedo

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Una mariposa aleteó, al parecer, hace algunos meses, en Wuhan, China. Desde entonces, los cambios en cadena o efectos en racimo que se han ido, continúan y se seguirán produciendo son rápidos y complejos y representan un enorme desafío para nuestra capacidad individual y colectiva de comprensión y de reacción. El esfuerzo por diferenciar y relacionar niveles e instrumentos de análisis e intervención es costoso y, a la vez, necesario.

Nos preguntamos, de inicio, por las emociones colectivas que pueden llegar a predominar en este contexto y por sus consecuencias. Algunas personas perciben, especialmente, miedo. Un miedo que, posiblemente, lleve a comportamientos de sumisión ante el poder o, también, de agresión a personas débiles o vulnerables que se presenten o sean presentadas como amenaza. Como decía Imanol Zubero en un vídeo recientemente grabado para Cáritas, sentir miedo en esta pandemia es lógico y funcional y una clave está en con quién compartimos nuestro miedo, quién gestiona nuestro miedo y si alguien nos roba nuestro miedo: “que nadie nos robe nuestros miedos”, decía.

Aquí surge la pregunta sobre artefactos institucionales en los que estamos inmersas: el tercer sector de acción social, el sistema público de servicios sociales u otros. Al mirar a esas organizaciones, y al mirarnos dentro de ellas, nos damos cuenta de que tenemos una gran inercia institucional, una poderosa autorreferencialidad que nos hace difícil imaginar cambios en funciones y relaciones. Quizá hemos de atrevernos a preguntarnos por el valor que aportamos, en su visión más esencial, sin confundir necesidades con satisfactores, para explorar después, acaso, formas inéditas de generarlo, darle forma, proyectarlo y compartirlo. Y posiblemente, cambiar nuestra oferta al entorno más comunitario y cambiar nuestra relación con él, a la vez que nos conectamos con nuestra razón de ser, con nuestra raíz moral, que tanto tiene que ver con la proximidad.

Al respecto, la atractiva y temida  tecnología (digital o no) no será, seguramente, la primera respuesta. Intentar hacer lo que ya hacíamos, sólo que telemáticamente, es, seguramente, lo primero que se nos ocurre, pero sabemos que es tan sólo una primera reacción, seguramente insuficiente y engañosa. Las tecnologías, y específicamente las digitales, van a estar ahí, pero no resuelven la pregunta, fundamental, por los procesos, estructuras, reglas e instituciones sociales en los que se incorporan y que modifican y, en definitiva, ahora descarnadamente, por las relaciones inequitativas de poder, local y global, global y local.

Y entonces volvemos a la comunidad, a las comunidades: a las imprescindibles relaciones de confianza interpersonal construida que están en el corazón de cualquier acuerdo interpersonal, negocio económico o pacto político. Ningún individualismo líquido de garrafón puede borrar de nuestro paladar el gusto inconfundible de los cuidados recibidos, de las caricias deseadas, de los abrazos fraternos, de la conversación cómplice, de la camaradería militante. No es impensable un futuro distópico de deshumanización tecnológica, pero, de momento, en esta emergencia, los seres humanos que ahora poblamos la tierra, esta tierra, en esta experiencia inédita, en palabras de Humberto Maturana y Francisco Varela, escritas hace un cuarto de siglo, estamos sintiendo, quizá, “que como humanos sólo tenemos el mundo que creamos con otros”.

Como dicen estos sabios chilenos, eso podemos saberlo “ya porque razonamos hacia ello, o bien, y más directamente, porque alguna circunstancia nos lleva a mirar al otro como un igual, en un acto que habitualmente llamamos de amor. Pero, más aún, esto mismo nos permite darnos cuenta de que el amor, o si no queremos usar una palabra tan fuerte, la aceptación del otro junto a uno en la convivencia, es el fundamento biológico del fenómeno social: sin amor, sin aceptación del otro junto a uno no hay socialización, y sin socialización no hay humanidad”. Ojalá seamos capaces de lograr que el sentimiento y la conciencia de nuestra vulnerabilidad e interdependencia sea un buen caldo de cultivo para dinámicas de incondicionalidad, reciprocidad, solidaridad, colaboración y gratuidad. Experiencias vitales y creativas, basadas en el conocimiento y fuente de conocimiento, que después podamos escalar y universalizar.

(Segunda versión de las reflexiones, publicadas en el blog de SSI, a partir de las preguntas y comentarios que quedaron sin atender en la conversación sobre bienestar comunitario organizada por este grupo cooperativo de economía solidaria el 28 de abril de 2020 a través de su canal de youtube dentro de la iniciativa #SSIBerriketan. El vídeo, de una hora, está aquí.)

Soledad, comunidad y servicios sociales tras la pandemia

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La pandemia global que estamos viviendo y las decisiones políticas que se están tomando para hacerle frente representan una especie de gran experimento natural, una suerte de prueba de estrés para todos los mecanismos y dispositivos de nuestras sociedades. El confinamiento domiciliario, además de poner a prueba la calidad, adecuación y versatilidad de nuestras viviendas, representa, sin duda, una exigencia para la esfera de nuestras relaciones familiares y convivenciales en los domicilios y vecindarios. Espacios, conexiones, comunidades y territorios de la vida diaria o cotidiana, que, en el imaginario todavía vigente de la sociedad industrial, abandonábamos durante toda la jornada para ir a los lugares en los que encontrábamos los medios de producción, se convierten ahora, para muchas personas, en escenarios y soportes cotidianos, revelando fortalezas y debilidades, así como amenazas y oportunidades que identificamos en ellos. Este contexto, quizá, arroja una nueva luz sobre un asunto que venía ganando cierta mayor presencia en la agenda de preocupaciones sociales y de intervenciones políticas en los años anteriores: la soledad.

Todavía es pronto para saber los estragos que las situaciones objetivas o subjetivas de soledad estarán causando en muchas personas en esta pandemia. Tampoco podemos saber en qué medida y en qué casos dichas situaciones se estarán acentuando y agravando o, por el contrario, la alarma estará contribuyendo a activar mecanismos primarios o secundarios que estén contribuyendo a contener, prevenir o revertir situaciones de soledad. En todo caso, lo que sí parece claro es que no contamos con un sistema público especializado que esté observando y abordando sistemáticamente las situaciones de soledad. ¿Podrían ser los servicios sociales dicho sistema?

Muy posiblemente, en estos momentos, se va a abrir ante los servicios sociales en nuestro entorno una disyuntiva en la que, posiblemente, se juegan el ser o no ser. En un contexto de importante daño reputacional (fundamentalmente por el porcentaje de personas que están muriendo en los servicios sociales residenciales), van a ser sometidos, posiblemente, a una doble amenaza: la de arrebatarles determinados servicios personales bajo el supuesto de que otros sistemas los prestarán mejor y la de recibir el aluvión de demanda (básicamente de dinero o medios similares) para necesidades de subsistencia no cubiertas por los grandes sistemas que tienen dicho cometido (como Seguridad Social, Empleo o Haciendas).

En ese contexto, no cabe descartar sin más la opción de, sin dejar de luchar esforzadamente (como estamos haciendo) por la sostenibilidad de la vida (en lo que nos corresponda, por la razón que sea) en esos ámbitos fronterizos con la Sanidad (por ejemplo, en la atención residencial a personas en situación de dependencia funcional) o la Seguridad Social (por ejemplo, en la subsistencia material de personas en situación de exclusión social), apostar fuertemente por nuestra histórica y ahora revalorizada función de proveer y promover cuidados, acompañamiento, relaciones y participación en la vida cotidiana de esos domicilios, vecindarios, comunidades y territorios que, en esta pandemia, están representando el principal bastión desde el que se está combatiendo al virus.

(Párrafos extractados de la entrada del mismo título publicada originalmente en catalán en el blog Llei d’Engel, aquí, y cuya versión completa en castellano puede descargarse aquí.)

La comunidad, de nuevo

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Hace casi cuarenta años que me vine a vivir a estos barrios altos, de mala fama en la ciudad.

Toda una vida.

Convivencia con vecinas y vecinos, vivir el espacio público, utilizar el comercio de proximidad, militar en los movimientos vecinales, hacer uso de los servicios públicos presentes en el territorio, como el centro de salud, la escuela, el centro de distrito, el servicio social de base, la oficina de rehabilitación…

Y ahora la emergencia general.

Y, en ella, sentir que ese organismo vivo, que es la comunidad, reacciona.

A través de los viejos roqueros de toda la vida, de todas las batallas. Y de diferentes generaciones de activistas, cada una con sus peculiaridades.

Y por mor del confinamiento (y de las ciencias y las tecnologías, que avanzan una barbaridad) te encuentras de pronto en una reunión telemática con una docena de personas.

A unas las conoces y las reconoces desde hace décadas, te fías de ellas a muerte: nunca, ni en los peores momentos, te han dejado en la estacada.

Otras las ido encontrando en el camino. Has aprendido a quererlas tanto por aquello en lo que se parecen a ti como por aquello que las hace diferentes.

Otras son un sobre-sorpresa, una atractiva incógnita que abordas con curiosidad y, a la vez, intuyendo que volverá a funcionar.

¿Qué volverá a funcionar?

Pues la magia.

La magia de la proximidad, la magia de la motivación, la magia de las ganas.

No sabes cómo, pero te entiendes. No sabes cómo, pero siempre hay alguien que se ofrece para cada tarea que surge. No sabes cómo, pero siempre hay alguien que sabe hacer lo que hay que hacer. O que conoce a alguien que sabe hacer lo que hay que hacer. O que…

Nadie nos paga por hacer esto, ni lo aceptaríamos. No tenemos obligación de hacerlo, ni nadie tiene derecho a exigirnos que lo hagamos. Tampoco somos voluntarias o voluntarios. Aunque lo seamos en diversas entidades para otros proyectos, esta vez no actuamos como tales. No. Sencillamente somos vecinas y vecinos con orgullo de barrio. De esos y esas que se reconocen por la calle y se dicen “iepa” y no hace falta mucho más. Somos quienes no queremos o, sencillamente, no podemos marcharnos de aquí. Orgullo de barrio.

Porque la agresión de este virus no es la primera que reciben las calles y las gentes de este barrio. Y de otros barrios, a veces olvidados.

Y, de nuevo, ante esta amenaza, se activan resortes de cuidado mutuo, de ayuda mutua, de apoyo mutuo. Y las ganas de colaborar y construir van llenando una tras otra las líneas del Excel. Decenas y decenas de personas dispuestas a llevar la compra a las casas, a cuidar a criaturas, a cocinar o a resolver muy diversos imprevistos.

Y sorprende y encanta la capilaridad de estas redes, cómo llegan con naturalidad a cada portal, a cada casa, a cada persona.

Y, a la vez, cómo se complementan y conectan con otras redes de otros barrios y con otras respuestas de otros agentes.

Y su capacidad resolutiva, la manera de encontrar recursos, o de generarlos, o de inventarlos.

Hace unos días nos manifestábamos para defender nuestro centro público de salud. Cuando termine el confinamiento cenaremos a gusto en un restaurante del barrio a la salida de nuestra reunión asociativa de cualquiera de las entidades a las que pertenecemos. Pero ahora, en la emergencia de lo nuevo, parece que recurrimos a lo más primordial, a la emoción de sentirnos vulnerables e interdependientes, pero, en red, invencibles. A nuestra capacidad creativa conjunta, a nuestra energía para cuidarnos y para cuidar, especialmente a las vecinas y vecinos más indefensos, que más dependen de la comunidad.

Conocemos nuestro lugar. Hay muchas tareas que no nos corresponden. Pero también sabemos que nuestro eslabón vecinal y comunitario es imprescindible e insustituible. En la emergencia y después.

Esto me han pedido que explique.

No lo cambio por nada.

(Entrada publicada en el blog de Bolunta.)

Necesidad, limitaciones, potencialidades, riesgos y condiciones de las respuestas comunitarias

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Ante situaciones de disrupción, emergencia o colapso, que alteran de forma importante el curso normal de nuestra vida a menor o mayor escala, lógicamente, buscamos y apreciamos respuestas a nuestras necesidades, especialmente si son urgentes, de maneras nuevas o desde lógicas diferentes a las habituales. Así, sucede, por ejemplo, que ciertos recursos o apoyos que obteníamos pagando dinero o determinados bienes y servicios de carácter público y gratuito, en un momento dado, nos planteemos coproducirlos o compartirlos comunitariamente con lógicas, más bien, de ayuda mutua y reciprocidad microsocial.

Por ejemplo, puede considerarse una decisión razonable y un funcionamiento loable que, en una situación en la que pueda verse limitada la labor de entrega de la compra en casa por parte de los supermercados o la de los servicios públicos de ayuda a domicilio, en los vecindarios nos organicemos para llevar suministros de primera necesidad a hogares y personas con dificultades para hacerlo por sí mismas.

La capacidad comunitaria de respuesta es, sin duda, un “músculo social” valioso y que conviene tener en forma: por lo idóneo que resulta, siempre, para la respuesta a una parte de nuestras necesidades; por las externalidades positivas que conlleva en términos, dicho coloquialmente, de “buen rollo” en la moral individual y clima social; y por las sinergias que puede tener con otros “músculos sociales”, como la protección social pública, el asociacionismo cívico o el comercio de proximidad.

Los servicios sanitarios, educativos o sociales, entre otros, han aprendido hace tiempo (aunque no siempre lleven ese aprendizaje a la práctica) que, salvo excepciones, es preferible la vida comunitaria a, por ejemplo, la atención agrupada de las personas en hospitales, internados o asilos, precisamente, entre otras razones, por la potencia de apoyo que ofrece la diversidad distribuida de agentes, recursos y activos comunitarios que podemos encontrar en la vida diaria del kilómetro cero de nuestros domicilios, vecindarios, barrios y pueblos.

Sin embargo, podríamos decir que tanto la potencialidad como la limitación de las dinámicas comunitarias reside en su carácter especialmente reticular. Si bien un aula escolar o una sala de cine tienen un aforo limitado, una red primaria de apoyo mutuo puede crecer, en principio, indefinidamente. Es cierto, pero también lo es que ese crecimiento (siempre hay sitio para una persona más, para un nodo más) sólo puede hacerse con los ritmos y las reglas propias de la red comunitaria: al fuego, relativamente lento, de la construcción de relaciones cálidas de confianza en los tiempos y espacios de la vida cotidiana.

Por otro lado, las relaciones comunitarias no entregan recursos y apoyos con equidad y en ellas parece cumplirse especialmente ese “efecto Mateo” según el cual “a quien tiene se le dará y a quien no tiene se le quitará”. Normalmente las zonas del tejido social con mayor capital relacional no suelen ser aquellas en las que anida la vulnerabilidad, la precariedad y la exclusión laboral, residencial, económica o social en general.

Además, no se ha de olvidar que las redes familiares y comunitarias, junto a bienes relacionales, también son portadoras y promotoras de males relacionales, como el dominio patriarcal, la violencia de género o la transmisión de patrones comportamentales y culturales contrarios a la evidencia y el conocimiento científico o a la construcción de sociedades abiertas, pluralistas e igualitarias.

Por otra parte, en nuestra sociedad, no son pocos los ámbitos de actividad que están ya reservados para la actividad profesional especializada basada en el conocimiento científico y estrictamente regulada por la autoridad pública. Podemos coproducir y compartir comunitariamente los cuidados de criaturas que venía realizando una familia pero no, normalmente, los cuidados de enfermería que requieren una cualificación y ejercicio reglados.

Hoy en día, posiblemente, las tecnologías digitales se presentan como la gran herramienta para el impulso, escalabilidad y sostenibilidad de las relaciones comunitarias pero, a la vez, quizá, como la principal amenaza para nuestros derechos si esa conectividad social ampliada se utiliza para el control social represivo en lugar de para el empoderamiento participativo y democrático. Nuestra geolocalización y trazabilidad nos facilita el encuentro comunitario pero también nos hace más vulnerables ante poderes económicos o políticos con intereses u objetivos que podemos no compartir.

Posiblemente se trate de avanzar en fórmulas y dinámicas que combinen y ensamblen acertadamente: las respuestas familiares y comunitarias de carácter primario; la autoorganización solidaria del asociacionismo cívico, el voluntariado organizado y los movimientos sociales; las capacidades ampliadas de la inteligencia digital; y la autoridad pública y capacidad técnica de los servicios sociales, educativos, sanitarios y, en general, de las administraciones y poderes públicos que conecten el territorio local con otras escalas en una gobernanza global.

(Precede al texto “Luz de luna”, de Paul Klee, 1919.)

(Español) ¿Hacia el colapso relacional?

Chain link fence

Hay necesidades de las personas cuya satisfacción depende, fundamentalmente, de las condiciones medioambientales del entorno en el que se desenvuelven. Otras, más bien, de las instituciones públicas que puedan regir sus vidas o de la actividad económica en la que tengan ocasión de participar. Hay otras necesidades, en cambio, cuya posibilidad de respuesta viene mediada, principalmente, por las relaciones primarias de carácter familiar o comunitario en las que las personas están inmersas.

Entre estas últimas, cabe citar, junto a otras, las necesidades de cuidado. No se quiere decir, en absoluto, que éstas no requieran el concurso de otros agentes, sino que, en primera instancia, las limitaciones funcionales de cualquier criatura recién nacida, de una persona adulta que adquiere una discapacidad temporal o permanente o de quien envejece y llega a una situación de dependencia funcional (por poner tres ejemplos) llaman, usualmente, en primera instancia, al compromiso de las personas (progenitores, hermanas, hijos, amigas, vecinos u otras) con las que las personas mantienen unas relaciones afectivas y significativas de reciprocidad.

En este momento histórico, en nuestro entorno, son varios los procesos en curso que están transformando de manera importante nuestra trama relacional familiar y comunitaria y que podrían conducir en no muchos años a situaciones, más localizadas o más generalizadas, de colapso relacional, es decir, de grave dificultad para que dichas redes convivenciales primarias puedan cumplir, mínimamente, las funciones que se esperan de ellas. Se trata de fenómenos como:

  • El incremento del número de años que las personas vivimos con discapacidad y, específicamente, con mayores grados de dependencia funcional (se calcula, por ejemplo, que para 2050 se habrá duplicado el número personas con demencia).
  • La llegada a edades en las que es más probable la discapacidad y la dependencia (de cada 10 personas en situación de dependencia funcional, 7 tienen 65 años o más) de las generaciones del baby boom, comparativamente más numerosas que las generaciones más jóvenes (en las décadas del baby boom hubo en España por encima de 650.000 nacimientos anuales; en las siguientes, por debajo de 500.000).
  • El aumento de hogares unipersonales (el 25% ya en el País Vasco).
  • El incremento de la actividad laboral de las mujeres (en 25 años ha subido 15 puntos porcentuales en Euskadi) sin un aumento correlativo de la participación en el trabajo de cuidado de los hombres (sólo el 15% del cuidado de personas en situación de dependencia realizado por familiares de 40 a 65 años es desempeñado por varones en España).
  • La verticalización de las estructuras familiares, con disminución de vínculos intrageneracionales y dispersión de los intergeneracionales (en los últimos 20 años se ha pasado en España de una ratio de 15 a una ratio de 9 personas que potencialmente podrían implicarse en el cuidado de cada persona mayor en situación de dependencia con la que  tuvieran un vínculo, en una tendencia que se acelera).
  • El aumento de la movilidad geográfica de las personas (los contratos laborales que implicaban trasladarse de provincia superaron los 3 millones por primera vez en España en 2018).

Esta amenaza de “tormenta perfecta“, sin duda, llama a fortalecer el papel de otros agentes (y, singularmente, de los poderes públicos) en la provisión de cuidados y otros apoyos que anteriormente recibíamos en el seno afectivo de las relaciones primarias (todavía un 80% del cuidado de personas en situación de dependencia funcional en nuestro país es cuidado familiar). Sin embargo, en no menor medida, y de forma más estratégica, llama, posiblemente, a políticas públicas y estrategias sociales mucho más proactivas y ambiciosas para proteger, fortalecer y regenerar dicha trama de relaciones familiares y comunitarias en nuevos contextos sociales, culturales, morales y (quizá en primer, más que en último lugar) tecnológicos.

Y no sólo estamos hablando de los cuidados, ya que, por referirnos a otro aspecto de la vida especialmente mediado por las relaciones primarias, cerca de la mitad de la población española está en riesgo de aislamiento social o se siente sola. Con frecuencia, oímos hablar del riesgo de colapso ambiental, de colapso financiero u otros. En la medida en que se intensifiquen las tensiones derivadas de las tendencias mencionadas, posiblemente, cada vez hayamos de prestar más atención al riesgo de colapso relacional.

(Con datos de: Fundación FOESSA, Fundación la Caixa, INE, Envejecimiento en Red, Servicio Púbico de Empleo Estatal del Gobierno de España, Eustat, Órgano Estadístico del Departamento de Empleo y Políticas Sociales del Gobierno Vasco, OMS y otras).