Mito, realidad y futuro de las intervenciones comunitarias

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La comunidad, las comunidades, aparecen como referencia recurrente en un buen número de discursos y en algunas prácticas de las políticas públicas y los servicios de bienestar desde tiempo atrás. Se diría, sin embargo, que, en ocasiones, algunas de nuestras concepciones al respecto, implícitas o explícitas, no se han revisado suficientemente a la luz de los cambios sociales acontecidos durante las últimas décadas.

Sin embargo, son dichos cambios los que nos pueden ayudar a depurar el concepto de la comunidad, de modo que se base decididamente en la dimensión relacional y quede subordinada a ésta, en su caso, la dimensión territorial. Según esta propuesta conceptual, por tanto, podemos hablar de comunidad en tanto en cuanto nos encontremos ante relaciones primarias, es decir, relaciones familiares y otros vínculos de afecto, don, reconocimiento y reciprocidad que, si bien pudieron originarse en contextos de empleo, consumo o, en general, participación en organizaciones, tienen una consistencia y dinámica propia antes o más allá de dichos contextos.

Es evidente que nuestras relaciones familiares y, en general, comunitarias suelen adquirir densidad en la proximidad física. Es muy posible (y para muchas deseable) que, en nuestro domicilio, en nuestro vecindario, en nuestro barrio y en nuestro municipio mantengamos ese tipo de relaciones. Pero no cabe duda de que, cada vez más, nos sentimos parte de comunidades no circunscritas a un territorio y que las relaciones que mantenemos en el seno de dichas comunidades tienen, en esencia, el mismo sentido, significado y valor que aquellas relaciones comunitarias que vienen facilitadas por la proximidad geográfica.

En los servicios sociales, en los servicios sanitarios o en otros, hablaremos de intervenciones comunitarias para referirnos a aquellas capaces de contribuir a la creación y fortalecimiento de relaciones primarias que, a su vez, favorezcan la consecución de los fines de esos servicios profesionales. Seguramente cuanta más experiencia y conocimiento tenemos, más valoramos la aportación a la calidad y sostenibilidad de nuestra vida que proviene de los apoyos y vínculos primarios (desde los más intensos y concentrados hasta los más extensos y ligeros).

Son precisamente los cambios sociales de las últimas décadas los que nos conducen a la necesidad de redoblar el compromiso con el enfoque comunitario de nuestras intervenciones desde la Administración, el tercer sector u otras. Perfeccionar la conceptualización de las dinámicas comunitarias nos llevará, posiblemente, a superar determinadas visiones que privilegiaban y mitificaban un determinado tipo y dinámica de comunidad, a comprender mejor la diversidad presente en la vida comunitaria y a multiplicar la influencia positiva en las relaciones comunitarias de nuestras organizaciones solidarias, intervenciones profesionales y políticas públicas.

(Sobre estas y otras cuestiones conversaremos en el seminario organizado por Progess en Barcelona el próximo 26 de abril.)

Elefantes, leonas y mariposas en las políticas sociales e intervenciones comunitarias

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Desde diversas posiciones y por distintas razones se vuelve la mirada hacia las relaciones y dinámicas comunitarias. Parece que entendemos que aquellas sociedades en las que se va destruyendo el capital social y las redes primarias son sociedades crecientemente insostenibles. Quizá comprendemos que los ingredientes de don (Mauss) y reciprocidad confiadas que comportan esencialmente los vínculos familiares y, en general, comunitarios son indispensables para una vida que merezca ser llamada humana. Nos interesamos, de nuevo, por los (bienes) comunes (Subirats y Rendueles).

Sin embargo, los procesos de mercantilización y globalización de las transacciones económicas, estimulados por diversos avances tecnológicos y decisiones políticas, ponen en jaque determinados lazos comunitarios tradicionales, en la medida en que nos ubican, fundamentalmente, en tanto que individuos con capacidad para producir bienes privados o con capacidad de compra para adquirirlos o derecho para disfrutarlos.

Desde las políticas públicas, en ocasiones, se afirma ir al rescate de las comunidades, mediante microintervenciones de ingeniería social a cargo de profesionales de los servicios públicos de proximidad. Últimamente, estas intervenciones tienden a presentarse bajo la bandera de la innovación social (Moulaert). Sin embargo, esta microcirugía reparadora de conexiones primarias poco puede hacer si no es ayudada por intervenciones y políticas más estructurales o, incluso, más clásicas dentro del sistema de bienestar.

Con Bea Cantillon, hablaríamos de combinar la acción de los elefantes del clásico Estado de bienestar (con políticas redistributivas como las de garantía de ingresos), las leonas de la inversión social (con el enfoque de preparar más que reparar y de corregir inequidades de género y generacionales) y las mariposas de la innovación social (atentas a generar nuevas sinergias entre agentes).

Los objetivos de sostenibilidad de la vida (Pérez Orozco) y desarrollo a escala humana son insoslayables y pasan, indefectiblemente, por hacer posibles los cuidados primarios y el apoyo mutuo que nos construyen como personas. El desarrollo económico y político han contribuido a liberar a las familias y comunidades de ciertos males relacionales (Donati) pero, a la vez, han desencadenado procesos de destrucción y mutaciones indeseables en nuestros activos comunitarios. Nos toca, sin ingenuidades, defender e impulsar nuestro Estado de bienestar, a la vez que lo fecundamos y reinventamos, entre otras, con la clave comunitaria.

(Reflexión a partir de la conversación organizada por la Diputación Foral de Gipuzkoa que puede verse aquí.)

Construir la comunidad: un compromiso estratégico

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Cuando hablamos de comunidad nos estamos refiriendo a relaciones primarias. Éstas pueden ser familiares o, también, de convivencia, vecindad o amistad. Puede tratarse de vínculos que han surgido desde el consumo, el trabajo o la militancia: como cuando la tendera nos fía, el compañero de trabajo nos cuida en una enfermedad o nos alargamos tomando unos vinos después de una reunión de la asociación a la que pertenecemos. También pueden ser nexos que han adquirido intensidad a partir de las interacciones en las redes sociales de Internet. Se trata, en todo caso, de relaciones que se rigen por la lógica del don y en las que se va construyendo un cierto compromiso de reciprocidad a largo plazo.

Las relaciones primarias, los bienes relacionales, los vínculos familiares y comunitarios son un recurso fundamental para nuestra vida, no menos importantes que los proporcionados por los derechos de ciudadanía, los intercambios de mercado o las pertenencias asociativas y compromisos solidarios. Los cuidados y apoyos que recibimos en la esfera comunitaria no tienen equivalencia funcional en las otras esferas de la vida social y, por tanto, la coproducción y sostenibilidad de los bienes relacionales se convierten en una tarea insoslayable, aunque no podemos olvidar que cualquier intento de incidir en la esfera comunitaria desde fuera de ella está sometido a restricciones y corre el riesgo de generar bucles paradójicos de los que, a veces, resulta difícil salir.

En nuestro entorno, posiblemente, nos encontramos en un momento de la historia en el que la construcción de la comunidad adquiere un carácter especialmente estratégico, en la medida en que todavía contamos con unas notables reservas de capital comunitario, pero percibimos con claridad las diversas amenazas a las que está sometido y las indeseables mutaciones sociales que sufrimos cuando se debilita la comunidad.

Seguramente, algunos elementos de esta agenda estratégica de construcción comunitaria puedan ser: una innovación tecnológica y un procomún digital al servicio del capital relacional; la reinvención del tercer sector como productor, gestor y politizador de bienes comunes; la construcción del sistema público de servicios sociales para la promoción y protección de la interacción todas las personas; y la evaluación y diseño de unas políticas públicas y un desarrollo territorial amigables con las relaciones familiares y comunitarias.

(Sobre estas cuestiones debatiremos el martes, 7 de febrero, en la fundación Orona, en Hernani, en una jornada sobre innovación comunitaria organizada por la Diputación Foral de Gipuzkoa y la Universidad de Deusto. Más información en el teléfono 943112334. Inscripción, escribiendo a diputatunagusia@gipuzkoa.eus. La foto pertenece a la concentración contra una agresión machista realizada el 3 de febrero de 2017 en el barrio de San Francisco, Bilbao).

La comunidad como destinataria, entorno, nivel, enfoque y objeto para la intervención social

Redes comunitarias

Las diversas disciplinas y profesiones de la intervención social (como el trabajo social, la educación social o la psicología de la intervención social) coinciden en su atracción y preocupación por la comunidad, que definimos como ese entramado de relaciones primarias (familiares o no familiares, presenciales o virtuales) que las personas configuramos (y que nos configuran) como red de soporte y dinamización de nuestra vida, complementaria con los aportes y apoyos que recibimos de las esferas de socialización secundaria (estructuradas en mayor medida mediante reglas organizativas formalizadas) como son el Estado, el mercado o el tercer sector.

Desde la intervención social (y desde los servicios sociales como principal ámbito sectorial donde tiene lugar) podemos ver y abordar la comunidad:

  • Como destinataria, cuando trabajamos con conjuntos o colectivos relativamente amplios de personas (tradicionalmente habitantes de un mismo territorio).
  • Como entorno, como lugar en el que ubicamos esos centros, realizamos esas intervenciones o prestamos esos servicios que denominamos de proximidad.
  • Como nivel, cuando estructuramos el sistema de servicios en función de su especialización para segmentos de necesidades o de poblaciones mayores o menores.
  • Como enfoque, cuando asumimos que todas nuestra intervenciones y políticas deben contribuir a la coproducción y codisfrute de bienes relacionales en clave de reciprocidad confiada.
  • Como objeto, cuando entendemos que la interacción humana (entendida como autonomía funcional e integración relacional) puede y debe adquirir el estatuto de bien protegible (y promovible) universalmente por parte de los servicios sociales para conformarse como uno de los pilares de nuestro sistema de bienestar.

Pensamos que las profesiones y disciplinas de la intervención social, las estrategias del tercer sector de acción social y las políticas públicas de servicios sociales deben alinearse en la generación de prácticas y la construcción de conocimiento que permitan hacer más evidente para el conjunto de la ciudadanía la necesidad y los efectos de la reinvención y reconstrucción de unas relaciones comunitarias a la altura de los retos que plantea la actual y creciente complejidad social.

(Sobre esto hablaremos en las jornadas organizadas el 9 y 10 de noviembre por la Diputación de Castellón y el 11 de noviembre por el Colegio de Psicología de la Comunidad Valenciana.)

Políticas sociales: comunidad 4.0.

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En el imaginario más clásico de las políticas sociales pareciera que sólo nos encontrábamos con el Estado regulador y garante de derechos que cubre determinadas contingencias o responde a ciertas necesidades que no pueden dejarse al libre juego del mercado. Sin embargo, poco a poco, otras esferas de la vida social han ido abriéndose paso en ese escenario, por ejemplo la comunidad, ese entramado de relaciones primarias (familiares o no familiares) que nos permite disfrutar de los llamados bienes relacionales.

En una primera mirada la comunidad aparecía como destinataria de determinadas intervenciones sociales. Así, por ejemplo, en el mundo del trabajo social se ha distinguido el trabajo con individuos, el trabajo con grupos y el trabajo con el conjunto de la comunidad. Desde ese punto de vista, hacemos trabajo comunitario cuando en las actividades que organizamos participa de forma abierta un amplio abanico de personas conectadas entre sí, normalmente en un determinado territorio.

En una segunda visión, la comunidad aparece como entorno, como lugar, como espacio de proximidad en el que realizamos nuestras intervenciones y ubicamos nuestros servicios y centros. Realizar nuestras intervenciones en el entorno comunitario y ubicar nuestros servicios en un contexto de proximidad hace posible una atención más ecológica y sostenible a las necesidades de las personas. Serían los servicios “kilómetro cero”.

En un tercer momento, descubrimos la transversalidad de la comunidad, el enfoque comunitario como perspectiva que debe atravesar todas nuestras políticas e intervenciones, de suerte que la garantía pública de derechos y la intervención profesional contribuya sinérgicamente a fortalecer los vínculos primarios y las dinámicas participativas en la vida cotidiana de las personas.

Nuestra tracción a las cuatro ruedas, nuestro 4×4 se completa cuando descubrimos la integración comunitaria, la inclusión relacional como el objeto de uno de los grandes pilares del sistema de bienestar: los servicios sociales. Llega el momento en el que la interacción de las personas (la autonomía funcional para el desenvolvimiento cotidiano y la integración relacional de carácter familiar y comunitario) adquiere del estatuto de uno de los grandes bienes que debe ser protegido y promovido por uno de los grandes pilares del sistema de bienestar.

Inspirándonos en la política industrial, que propone la industria 4.0., podríamos decir que unas políticas sociales avanzadas, a la altura de la complejidad social en la que vivimos, requieren actividades comunitarias, necesitan de la ubicación de los servicios en el entorno comunitario, aplican de forma transversal el enfoque comunitario y construyen el pilar de los servicios sociales como aquel que se especializa en la construcción de relaciones comunitarias interactivas, significativas y sostenibles.

(La fotografía corresponde a un encuentro de begirada.org donde se publicará este artículo.)

El eterno retorno de la comunidad

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Cuando hablamos de comunidad, de vínculos comunitarios, de relaciones primarias, nos estamos refiriendo a procesos de intensidad variable y configuración diversa. Desde los vínculos débiles (Granovetter) en los que las personas nos reconocemos (a veces incluso sin saludarnos) hasta relaciones familiares o de amistad en las que existe un compromiso y una trayectoria de compartir la vida en muchas de sus dimensiones. Desde relaciones de vecindad física hasta otras mantenidas a través de las redes de Internet. En lo que toca a las relaciones primarias, son muy importantes aquellas pocas más densas, de las que podemos esperar (y en las que podemos aportar) más proximidad, reciprocidad y apoyo pero no lo son menos esas otras menos intensas y más numerosas que tejen un amplio tapiz de confianza, apertura y amabilidad.

Etzioni y Herrera dirán que la comunidad es, por una parte, una red de relaciones afectivas dotadas de sentido, capaz de ligar un grupo de individuos, por otra, una cultura característica, o bien un set de valores compartidos, costumbres, significados y una identidad histórica. Para referirnos a estas relaciones primarias o comunitarias, puede ser de utilidad comprenderlas con un término aportado por la sociología como el de capital social, u otro muy parecido, más bien utilizado en el mundo de la empresa, capital relacional. La idea de capital nos remite a su dimensión de recurso valioso para la persona (que subraya, por ejemplo, Bourdieu) mientras que el adjetivo social (o en su caso, relacional) nos remite a su ubicación, cualidad o dimensión comunitaria (subrayada por Putnam), autor que ha popularizado la imagen de las personas que juegan solas a los bolos (como símbolo del declive del capital social o del colapso de la comunidad).

Obviamente el mundo de las relaciones primarias recibe la influencia del mundo de la acción voluntaria y la participación asociativa, de la esfera de la actividad económica y el empleo remunerado, del Estado y sus políticas públicas. Bauman recuerda que echamos en falta la comunidad porque echamos en falta la seguridad en un mundo fluido e impredecible de desregulación, flexibilidad, competititividad e incertidumbre endémicas. Ante lo comunitario parecemos tener un comportamiento pendular y cabe hablar del eterno retorno de la comunidad. Las relaciones comunitarias, por tanto, se nos aparecen como promesa y como amenaza. En su capacidad de brindarnos apoyo y en su fragilidad que necesita soporte. En la oportunidad que nos dan de pertenencia e identidad y en la amenaza de control punitivo de los miembros y clausura excluyente de los otros. A veces la comunidad se presenta como nostalgia de un pasado (que nunca existió y nunca volverá) y otras veces como alternativa de futuro en una nueva configuración de la complejidad social.

Donati nos recuerda que las redes primarias, las relaciones comunitarias tienen su lógica de funcionamiento, su dinámica propia, su vida propia y, finalmente, su capacidad reflexiva para modificarse a sí mismas. Por ello la política comunitaria, la intervención en la esfera comunitaria desde otras esferas (y singularmente desde la esfera pública) habrá de hacerse comprendiendo y respetando esa reflexividad autónoma de ese mundo vital relacional y comunitario. Una política o intervención que busque manipular, instrumentalizar, colonizar, jibarizar… las relaciones comunitarias no merecería el nombre de política comunitaria. Al enfoque comunitario se llega a veces por caminos extraños (por el fracaso, los límites, los costes, las paradojas, las insuficiencias, los errores… de otros enfoques) pero más bien debiéramos llegar por el valor intrínseco que las relaciones primarias tienen y pueden tener para el bienestar.

Por una ecología del cuidado

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La mirada ecológica es la mirada que nos ayuda a ver la profunda y radical interdependencia existente entre los seres vivos y su entorno. La ecología es la ciencia que nos está ayudando a comprender que no podemos dañar ese entorno sin dañarnos antes o después. Los movimientos ecologistas denuncian estructuras y comportamientos económicos y sociales que ponen en riesgo la sostenibilidad de la vida. Biólogos como Humberto Maturana o Francisco Varela nos dicen que “como humanos sólo tenemos el mundo que creamos con otros” y desvelan, hasta qué punto nos hacemos en el acoplamiento estructural que representa la interacción humana, en la que nos mostramos profundamente dependientes y, a la vez, activa y reflexivamente capaces.

En diversas etapas y momentos de nuestro ciclo vital tenemos una especial necesidad de que nos cuiden, de que alguien se preocupe, en palabras de Constanza Tobío, de asegurarnos “la nutrición, la higiene, el abrigo o el descanso, elementos todos ellos imprescindibles para la supervivencia”. Carol Gilligan habla de la ética del cuidado (históricamente vivida y representada en mayor medida por las mujeres) señalando que la construcción de vínculos y la responsabilidad por la otra persona que se dan en las genuinas relaciones humanas de cuidado pueden y deben permear el conjunto de nuestra vida social. Yayo Herrero nos ayuda a hermanar luchas y políticas ambientales con luchas y políticas sociales cuando señala que son los mismos países del Sur aquellos en los que expoliamos los recursos naturales para alimentar nuestra economía depredadora y de los que extraemos a las mujeres migrantes para alimentar las cadenas globales de cuidados.

Serge Guérin habla de la revolución silenciosa que muchas personas (en especial mujeres) mayores están haciendo al cuidar a otras. En muchas ocasiones son sus madres, padres, cónyuges, nietas, nietos… pero, señala, en casi el 20% de los 3,5 millones de personas que cuidan en Francia, las personas que cuidan no tienen vínculos biológicos o civiles con las personas a las que cuidan. Una sociedad del cuidado es una sociedad que pone en pie un renovado Estado de bienestar que cuida de este valioso tesoro de capital social, de este yacimiento de bienes relacionales, de este conjunto de recursos morales que, hoy y aquí, de forma muy invisible, en el corazón de nuestra sociedad, cuidan cada día para que no acabe por perder su rostro humano.

Estrategia comunitaria en las organizaciones de intervención social

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El enfoque comunitario en la intervención y políticas sociales es aquel que apuesta por visibilizar y potenciar los efectos sinérgicos que la intervención formalizada de las organizaciones de bienestar pueden tener en (o con) las relaciones, vínculos y redes de carácter familiar, vecinal, amistoso… Asume la existencia de un universal antropológico en virtud del cual la vulnerabilidad humana llama, en primera instancia, a un cuidado o apoyo por parte de otras personas que no se produzca en el seno de un intercambio mercantil o prestación profesional.

Las y los profesionales que incorporan a su práctica el enfoque comunitario aprenderían a lograr, con las personas destinatarias de su intervención, resultados e impactos más potentes y duraderos en la medida en que los consiguen en y con el entorno relacional cotidiano de las personas. La autoorganización y autogestión de las personas en y a partir de sus redes familiares y, en general, comunitarias es una de las consecuencias (deseadas) de la aplicación del enfoque comunitario en la intervención y políticas sociales.

El enfoque comunitario afecta a los tres planos presentes en las organizaciones de bienestar: el nivel de la intervención, el nivel de la gestión y el nivel del gobierno de la organización. Supone ver la organización como un entrecruzamiento de relaciones entre agentes que tiene sentido cuando añade valor a ese sistema más amplio del que forma parte. El enfoque comunitario nos lleva a un trabajo en red, a una coordinación y a una integración intersectorial entre las diferentes políticas y servicios de bienestar (sanitarios, sociales, de vivienda, educativos, de empleo…) en torno a la persona en su entorno, apoyándose en ocasiones en métodos y sistemas de gestión de casos. El enfoque comunitario incorpora nuevas exigencias y retos para los poderes públicos a la hora de cumplir su función inexcusable de garantizar los derechos sociales a todas las personas.

Nos atrevemos a decir que las organizaciones del tercer sector de acción social, si quieren sentido y sostenibilidad estratégica, habrían de desembarazarse del abrazo del oso del Estado y de la atracción fatal del mercado, recuperando sus raíces relacionales y comunitarias y orientándose decididamente a su función de gestoras de bienes comunes. Una organización de bienestar no puede ser comunitaria hacia fuera y no comunitaria hacia dentro.

Próximamente documento completo en fantova.net

Crisis económica y enfoque comunitario

Posiblemente la crisis económica e institucional que estamos viviendo en estos últimos años puede ser comprendida de manera mas útil si la vemos como una manifestación o una mutación de un proceso de cambio que lleva en curso varias décadas y que está poniendo en cuestión las economías sociales de mercado o las sociedades capitalistas del bienestar en las que, por estos lados, vivimos.

En ese contexto, la aplicación de un enfoque comunitario en las políticas sociales alcanza un carácter estratégico e incluso civilizatorio en la medida en que permite a las instituciones y los profesionales contribuir mejor a la coproducción de bienes relacionales en las redes familiares y comunitarias, bienes relacionales indispensables e insustituibles para la calidad de vida y el bienestar social que, del mismo modo que lo hace el mundo del empleo o la legitimación de los poderes públicos, se están viendo afectados de forma importante en esta crisis profunda de la que hablamos.

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Esta crisis es, también, crisis de los agentes o de los sujetos que han construido esas economías sociales de mercado o esas sociedades capitalistas del bienestar. Esas mayorías de trabajadores varones autóctonos socialmente incluidos con el soporte del ejercito invisible de mujeres cuidando en familias de estructura tradicional ya no tienen masa crítica para que bascule sobre ellos el modelo o el contrato social. Y uno de los lugares fundamentales por las que ese modelo social hace agua es precisamente por los mecanismos de reproducción del tejido relacional solidario que constituye uno de los factores indispensables de cohesión social.

El Estado de bienestar con sus dispositivos protectores tradicionales (la sanidad pública, los sistemas de pensiones…), más allá de que esté siendo recortado de forma rechazable en algunas de sus prestaciones, padece limitaciones y disfunciones sistémicas que nos obligan a pensar más en clave de innovación transformadora que de crecimiento inercial. Y no es posible esa transformación sin procesos tractores en clave de empoderamiento comunitario, de fortalecimiento de los vínculos y espacios y tiempos para lo común.

Quienes trabajamos en las políticas y servicios públicos debemos saber que las condiciones demográficas, familiares, económicas, laborales, relacionales, morales o electorales que permitieron la construcción del Estado de bienestar y las democracias inclusivas se están modificando de forma dramática y que se nos pide en buena medida reinventarnos para entablar nuevas formas de conversación profesional e institucional con la comunidad.

Documentos en fantova.net/Documentos propios/Desarrollo comunitario y sector voluntario

Comunidad, participación, salud y bienestar

Hablar de comunidad es hoy más necesario que nunca precisamente por la manera en la que la crisis del modelo de bienestar está afectando a las comunidades realmente existentes. No apostamos por la comunidad porque presenten una gran vitalidad los cuidados familiares, la convivencia vecinal, la participación ciudadana o el compromiso cívico, sino por una mezcla de debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades al respecto.

El enfoque comunitario es aquel enfoque que busca potenciar las sinergias entre intervención profesional y lazos familiares y comunitarios.

El sector sanitario es uno de los sectores de actividad con mayor impacto en el bienestar de la población. Ahora bien, no es el único, pues tan importante como el bien que protege y promueve el sector sanitario (la salud), son los bienes que protegen y promueven otros sectores de actividad.

El enfoque comunitario ha de aplicarse, primero y principalmente, en la atención individual que se presta en el sector sanitario. Lógicamente, también en otras actividades o actuaciones que se realizan en el sector sanitario (incluidas, lógicamente, aquellas que más fácilmente nos vienen a la cabeza cuando pensamos en lo comunitario: consejos de participación; mesas de coordinación; actividades de promoción, educación, sensibilización; eventos lúdicos y festivos; utilización de las redes sociales de Internet…).

Para la coordinación, convergencia e integración de la actuación de las unidades organizativas del sistema sanitario público (y del sistema como tal) con unidades, organizaciones o en general, agentes de otros sistemas y sectores (servicios sociales, servicios educativos…) es fundamental entender y visualizar adecuadamente la misión, la estructura, la lógica y la agenda de los otros sistemas y sectores.

El reconocimiento del sistema público de servicios sociales como otro sistema cuyo bien protegible (autonomía funcional e integración relacional) es tan valioso como la salud es un requisito previo para una verdadera coordinación sociosanitaria. El sistema de servicios sociales es, como el sanitario, para toda la gente (no es un sistema residual o de último recurso para supuestas minorías).

El enfoque comunitario lleva a las y los profesionales de la salud a comprender cada vez mejor la manera de alcanzar la salud en coordinación con la comunidad y otros agentes y la manera en que la salud es una parte de una meta común y compartida con otros sectores que llamamos bienestar.

(Hasta aquí algunas de las ideas clave de una conferencia para la III Jornada sobre Participación y Actividades Comunitarias en Salud, Mieres (Asturias), 21 de noviembre de 2013. Resumen en esta web: Mis documentos/Desarrollo comunitario y sector voluntario.)