Los MENA y las viudas: merecimiento y sostenibilidad en política social

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Podría decirse que los denominados MENA (menores extranjeros no acompañados) y “las viudas” (consideradas como colectivo) constituirían dos arquetipos, dos polos, dos estereotipos, dos extremos en los que pueden condensarse algunos debates en materia de política social y, más específicamente, de gestión de las diversidades de género, generacionales, funcionales y culturales en nuestras sociedades complejas. El MENA sería visto como varón, joven, fuerte y extranjero, mientras la viuda sería presentada como mujer, mayor, frágil y autóctona.

En el discurso positivo sobre las viudas, estas, por ejemplo, serían merecedoras de las prestaciones y servicios que reciben dentro de un modelo de bienestar más bien contributivo. Así, en su caso, cobran la pensión de viudedad porque su marido cotizó a la Seguridad Social y, con independencia de los recursos de los que dispongan o de las necesidades que presenten, tienen derecho a recibir esa prestación económica. En la mirada negativa, las viudas, longevas y solas, serían, por ejemplo, parte del pretendido problema del envejecimiento de nuestra sociedad y una carga para ella, precisamente por el coste de las pensiones, de la sanidad u otros. En el discurso negativo sobre los MENA, estos serían presentados como intrusos y conflictivos, costosos y peligrosos. En cambio, también habría un discurso positivo, en el que aparecerían como fuerza de trabajo necesaria y valiosa y factor de rejuvenecimiento de esa sociedad envejecida de la que antes hablábamos; también como víctimas de la globalización neoliberal y protagonistas de esforzados y exitosos itinerarios de inclusión educativa, social y laboral.

En muchas ocasiones, estos discursos tienden a subrayar la contraposición de intereses entre segmentos o colectivos sociales. Incluso, podemos encontrar relatos en los que nuestros dos personajes se encuentran y lo hacen conflictivamente: el joven asalta a la mujer en la calle o esta explota a aquel en la economía sumergida. En cualquier caso, como sabemos, no es lo mismo un personaje, una marioneta limitada y pasiva en manos de quien la crea y la maneja, que una persona, con vida propia, única e irrepetible, llena de matices y potencialidades. Nadie es solamente, ni fundamentalmente, MENA o viuda.

La construcción equitativa de nuestras sociedades diversas necesita de los discursos científicos, éticos y políticos que nos ayudan a ver lo común humano que compartimos y las múltiples interdependencias entre diferentes sexual, generacional, funcional y culturalmente. También de políticas públicas robustas, universales y personalizadas que garantizan iguales derechos a todas las personas para desplegar sus respectivos proyectos vitales. Y también, específicamente, necesitan de unos servicios sociales y una intervención integrada participativa y de proximidad que ofrecen y desarrollan prácticas y tecnologías comunitarias para el encuentro físico y las relaciones primarias significativas de las personas diversas en los territorios.

Estamos hablando, finalmente pero no en último lugar, de reinventar y fortalecer la convivencia comunitaria desde la base, cotidianamente, en los domicilios y los vecindarios. Estamos hablando de cuidar la sostenibilidad de la vida en las familias y los territorios, a escala humana. Estamos hablando de una necesidad universal, de un reto de conocimiento, de un desafío social, de una línea de innovación, de una política pública fundamental.

(La foto pertenece al proyecto LKaleak, del plan Donostia Lagunkoia, en el barrio de Egia, sobre el que puede obtenerse información aquí. Sobre estas y otras cuestiones hablaremos el martes un la Universidad de Deusto, en Donostia, en la inauguración del Máster universitario en intervención con personas en situación de vulnerabilidad o exclusión.)

La soledad como problema social: algunas distinciones y referencias

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Para hacer frente a un reto es fundamental conceptualizarlo y contextualizarlo adecuadamente. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de la soledad como problema social (no como elección individual o de otros modos)?

Siguiendo las tendencias de referencia de la literatura científica al respecto, estamos hablando, en primera instancia, de un sentimiento, de una vivencia subjetiva angustiosa de algunas personas: de una situación no deseada percibida con insatisfacción. Mas, para perfilar mejor el problema al que nos referimos, haremos referencia también al correlato objetivo de dicha vivencia subjetiva, que suele denominarse aislamiento social o relacional: a la limitación, escasez o ausencia de relaciones primarias o naturales que sean significativas y satisfactorias para las personas. En anillos de más a menos valor (en principio) podrían ser:

  1. Vínculos familiares o similares fuertes (por compromiso moral de ayuda mutua) con convivencia en el mismo domicilio.
  2. Vínculos familiares, de amistad o similares fuertes (por disponibilidad efectiva para el apoyo recíproco) con notable proximidad, intensidad o frecuencia.
  3. Relaciones secundarias (mediadas por organizaciones formalizadas públicas, privadas o solidarias, es decir, por ejemplo, el caso de compañeras de trabajo o militancia, clientes o destinatarias) con proximidad, intensidad o frecuencia considerables y cierto grado de primarización (confianza, afecto, reciprocidad).
  4. Relaciones de buena vecindad, amistad, familiares o similares de compromiso, proximidad, intensidad, frecuencia o disponibilidad medias.
  5. Relaciones débiles de reconocimiento, personas conocidas, personas con las que te saludas.

La soledad puede ser considerada como problema social por su envergadura cuantitativa y carácter estructural: no se trata de casos aislados ni de situaciones coyunturales. Y estamos hablando, por cierto, de la soledad como ausencia, escasez o limitación, objetiva y subjetivamente considerada, de un bien que, según la evidencia aportada por las ciencias sociales, no sólo tiene un importante valor en sí mismo para la calidad de vida y el bienestar de las personas, sino que afecta indirectamente a otros valiosos bienes, como la salud, la seguridad o la subsistencia material (a la vez que se ve afectado por ellos). En ocasiones la preocupación política o la alarma social es más desencadenada por estos efectos indirectos que por la soledad en sí misma.

Por lo que sabemos, el segmento o colectivo de las personas mayores es uno de los especialmente afectados por la soledad. La explicación más natural sería que van falleciendo la pareja, familiares, amigas y otros miembros de la red primaria de la persona. También pueden influir otros factores de salud, actividad u otros. En cualquier caso, lo más adecuado parece ubicar el problema de la soledad de las personas mayores en el marco más general (intergeneracional) del problema de la soledad en nuestra sociedad.

El abordaje de la soledad como problema social (y político) puede ser:

  • Más directo (cuando el objetivo de la intervención es la preservación o construcción de relaciones) o más indirecto.
  • Más macrosocial (muchas destinatarias) o más microsocial (pocos casos).
  • Más bien preventivo, correctivo o paliativo.
  • Más sectorial (encomendado, por ejemplo, a los servicios sociales) o más transversal (de todos los ámbitos por igual: salud, vivienda, empleo y otros).
  • Más presencial o más digital (mediado por tecnologías).
  • Más profesionalizado o más colaborativo (por ejemplo con voluntariado).

Algunos textos de referencia podrían ser:

Trapped in a bubble An investigation into triggers for loneliness (Kantar).

La soledad de las personas mayores (Sacramento Pinazo y Mónica Bellegarde).

National measurement of loneliness 2018 (ONS).

El reto de la soledad en la vejez (Javier Yanguas y otras).

A connected society (Gobierno Británico).

¿Apostar por la comunidad?

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En la tarea de comprender el mundo en el que vivimos, sentimos complejidad, opacidad y confusión. Es como si estuviéramos en un mercado de ideas donde las oímos a gritos que intentan capturar nuestra atención. Algunas propuestas, cada vez más, seguramente, se nos presentan como urgentes ante un inminente colapso, colapso que puede ser ambiental, financiero, digital, político, relacional, institucional, económico, alimentario, militar o una mezcla o reacción en cadena de varios de ellos o de otros.

Posiblemente sea el riesgo de colapso ambiental aquel que se presenta con más base de evidencia pero, a la vez, no parece que dispongamos de mecanismos de funcionamiento, respuesta o gobierno para reaccionar eficazmente ante dicha amenaza. El carácter global del problema (de todos los grandes problemas, posiblemente, de todos los grandes posibles colapsos) nos obliga a pensar en estrategias de cierta escala o envergadura para que tengan probabilidades de evitar ese o esos tsunamis sobre los que se nos alerta.

En ese contexto, puede extrañar que hablemos de la pequeña comunidad, de la proximidad comunitaria como una de las apuestas clave en este momento que vivimos. Sin embargo parece difícil evitar, por ejemplo, el colapso ambiental (en el caso de que sea posible hacerlo) sin relocalizar nuestras vidas, sin desarrollar formas de encontrar satisfacción a nuestras necesidades en territorios y marcos relacionales de mayor proximidad.

Lo que sucede es que, cuando “regresamos” a la comunidad, cuando volvemos la mirada a los espacios y relaciones comunitarias descubrimos su fragilidad, sus contradicciones, sus limitaciones. Podría decirse que cuando, en su momento, pudimos huir, justificadamente, del dominio heteropatriarcal, de la homogeneidad uniformizadora, del control social o del maltrato invisible que contenía nuestra convivencia familiar y vecinal, abandonamos una red primaria de soporte que ahora, posiblemente, haya que reconstruir y reinventar, necesariamente, en claves de diversidad, cooperación y equidad de género, generacional, funcional y cultural.

¿Es posible reinventar la comunidad? ¿Tienen las políticas públicas y los aparatos de la Administración conocimiento científico, legitimidad ética, mandato ciudadano y capacidad técnica para hacerlo? ¿Cuánto apostar a la comunidad, cuánto a los derechos sociales individuales, cuánto a la libertad de mercado? ¿Qué sujetos o agentes podrían aliarse en esta apuesta por la reinvención y la promoción comunitaria? ¿Comunidades para evitar el colapso o para volver a empezar (si seguimos vivas) después del colapso? Muchas preguntas, pocas respuestas.

Selección de textos sobre comunitaria:

Comunitaria (Javier Segura).

Neighbourhoods of the future (Agile Ageing).

Metodología de la intervención comunitaria intercultural (Marco Marchioni, La Caixa).

Activación comunitaria y solidaridad vecinal (SIIS).

Intervenció comunitària i rol dels professionals als serveis socials (Marta Ballester).

Marc de la intervenció comunitària als Centres de Serveis Socials (Claudia Manyá, Ernest Morales).

Diccionario de las periferias (Carabancheleando).

Participación comunitaria en salud (NICE).

Trapped in a bubble An investigation into triggers for loneliness (Kantar).

(La ilustración forma parte de una serie de pinturas de Thomas Cole titulada “The Course of Empire”.)

Repensar la comunidad, repensar la comunitaria

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Hablar de comunidad es, en gran media, hablar de proximidad: de proximidad relacional y, frecuentemente, también, de proximidad física. Los seres humanos somos sociales, altamente interdependientes; y, cuando hablamos de comunidad en lugar de hablar de sociedad, cuando hablamos de relaciones comunitarias y no únicamente de relaciones sociales, parece que nos referimos a relaciones de mayor cercanía, de una “escala humana”. Cercanía que, de inicio, pudo verse necesariamente como territorial o geográfica pero que, cada vez más, asociamos principalmente a relaciones primarias, a relaciones que se sostienen sin tener que ser mediadas por organizaciones (formales).

El adjetivo “comunitaria” o “comunitario” acompaña a muchos sustantivos (como acción, desarrollo, intervención o servicio, por citar cuatro ejemplos) para señalar que dicha intervención, desarrollo, servicio o acción se aproxima a las personas destinatarias, sucede en su entorno cercano y, podríamos decir, busca o desencadena sinergias con esas relaciones primarias familiares, de amistad, de convivencia, vecinales o similares. Relaciones que, en principio, se rigen por la gratuidad y la reciprocidad y que pueden ser facilitadas o socavadas por otros tipos de relaciones o transacciones entre las personas (como las solidarias del tercer sector, las políticas de la esfera pública o las de intercambio del mercado).

Debemos advertir algunos procesos de cambio social que están transformando profundamente las realidades comunitarias. Por una parte, las enormes transformaciones, reconfiguraciones y fragmentaciones de las familias y unidades de convivencia, que venían siendo la capa más constante y consistente de las comunidades. Por otra parte, la globalización económica y deslocalización de actividades laborales, que afecta enormemente a la ordenación territorial, la trama urbana y la estructura habitacional, en un contexto de riesgo creciente de colapso ambiental. En tercer lugar, las innovaciones tecnológicas que modifican intensamente nuestras relaciones interpersonales, por ejemplo, facilitando la comunicación con personas físicamente lejanas o el desplazamiento de personas y objetos.

Este contexto nos aboca a una insoslayable reinvención de las relaciones comunitarias como transacciones fundamentales (antes que otras como las económicas o las políticas) para la “gestión” de las diversidades de género, generacionales, funcionales o culturales. Antes que los intercambios en los mercados o el ejercicio de derechos, la vida diaria o vida cotidiana se configura como esfera crítica para nuestra definición e identificación como seres humanos en relaciones de interdependencia con otros seres humanos (y con las tecnologías y con el medio físico). Asuntos emergentes como la brecha entre la fecundidad deseada y alcanzada, la crisis de los cuidados, la soledad no deseada, la convivencia intercultural conflictiva o diferentes tipos de maltratos o violencias en el seno de relaciones primarias así parecen atestiguarlo.

Las intervenciones públicas y, en particular, las políticas sociales pueden contribuir a la construcción (o destrucción) de relaciones comunitarias positivas, según cómo consigan el equilibrio, integración y sinergia entre atención a los individuos (portadores de los derechos) e intervención (especialmente preventiva) en sus entornos y, especialmente, en la medida en que, más que abordar la complejidad mediante servicios especializados, integrales y segregados, sean capaces de una atención comunitaria integrada intersectorial. Y esto sólo será posible mediante una ambiciosa operación de innovación tecnológica y social liderada por los poderes públicos y coproducida en clave colaborativa con un amplio y plural abanico de agentes trabajando en red.

Cabe la posibilidad, incluso, de que, políticamente, hayamos de identificar un subsistema social como el encargado de referencia para la protección y promoción de las relaciones comunitarias, papel que podrían asumir los servicios sociales, por su trayectoria de dedicación a las cuestiones de autonomía funcional para la vida diaria o a las que tienen que ver con las relaciones primarias de carácter parental. En todo caso, si la envergadura del reto de la construcción comunitaria animase a encomendar el liderazgo al respecto a los sistemas públicos de servicios sociales, ello habría de realizarse, sin duda, en el marco de un nuevo modelo de atención integrada (social, sanitaria y habitacional, especialmente), de gobernanza participativa y multinivel del bienestar y de sostenibilidad laboral, económica y ambiental de la vida en el territorio, basada en el conocimiento.

(A partir de trabajos realizados con la cooperativa Servicios Sociales Integrados y de conversaciones, entre otras, con Guiomar Vargas, Elena Masanas, Marta Ballester y Claudia Manyá y de cara al encuentro de bancos del tiempo organizado por el Ayuntamiento de Barakaldo (3 y 4 de mayo), el encuentro sobre el programa Mi Casa organizado por Plena Inclusión y Dincat (8 y 9 de mayo en Barcelona), la jornada sobre acción comunitaria organizada por ECAS (21 de mayo, en Barcelona), la subsiguiente reflexión con la Fundació Els Tres Turons (22 de mayo) y el encuentro con entidades del tercer sector organizado por la Dirección de Inclusión de los servicios sociales forales de Bizkaia el 23 de mayo.)

Intervención comunitaria y reinvención de la proximidad

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Los servicios sociales y otras políticas de bienestar (como la sanitaria o la educativa) llevan al menos medio siglo intentando, con avances y retrocesos, configurarse cada vez más como servicios de proximidad, como atención comunitaria, como intervenciones sinérgicas con las actividades de la vida diaria y las relaciones primarias de las personas en sus domicilios, vecindarios, barrios y territorios cotidianos. En esa pretensión, frecuentemente, se han encontrado y han ido de la mano con estrategias de activación laboral, planificación urbanística, innovación social, desarrollo económico, sostenibilidad ambiental o participación ciudadana.

La revolución tecnológica y la economía informacional impulsadas por la globalización digital representan, sin duda, una alteración del concepto y de la experiencia de la proximidad. Por una parte facilitan extraordinariamente la movilidad física de personas y objetos, generando, al hacerlo, crecientes oportunidades vitales y amenazas medioambientales. Por otra parte, desmaterializan y virtualizan numerosos procesos y transacciones, ampliando, seguramente, nuestras opciones relacionales y desigualdades económicas. Todo ello en sociedades que ven incrementada su diversidad funcional y, específicamente, el número de personas que viven importantes períodos de su vida con significativas limitaciones cognitivas o físicas.

En ese momento, la intervención social se ve obligada a reinventarse y, especialmente, a reconsiderar su concepción y a reforzar su valoración de la proximidad comunitaria. Buenas razones éticas, ecológicas, organizativas y técnicas la impulsan a relocalizar sus cuidados, apoyos, actuaciones y procesos y a imbricar la acción presencial con la tecnología digital para promover la autonomía y el empoderamiento de las personas en el seno de relaciones familiares y comunitarias a una escala humana. Para lograrlo, ciertamente, será fundamental la integración de políticas sociales y, especialmente, el impulso de una política de vivienda pública que favorezca la convivencia y la solidaridad.

¿El vecino que, animado por una educadora social, toca a nuestra puerta cuando hace tres días que no nos ve regar las plantas nos apoya o nos espía? ¿La hija que te llama cuando una aplicación informática le avisa de que no has salido de casa te hace más o menos feliz? ¿El menor inmigrante que conoció en una actividad intergeneracional de los servicios sociales y se ofrece a subirle la compra le quiere ayudar o le va a robar? ¿Es preferible que la mujer con autismo acuda en transporte adaptado a un centro ocupacional especializado o que sea voluntaria en el huerto urbano de su barrio? ¿La criatura de seis meses puede estar en un espacio autogestionario de cuidados familiares promovido por un trabajador social o es mejor que sea escolarizada?

La intervención social se encuentra ante el desafío de contribuir a redefinir y reevaluar conceptos y vivencias como la intimidad, los cuidados, la parentalidad, el maltrato, la soledad, la amistad, la comunidad o la ayuda. Como actividad que frecuentemente se ha inspirado en la relación samaritano-prójimo está reinventándose en claves de universalidad, profesionalidad, personalización, tecnología, prevención y atención a la diversidad. Diversidad humana que se convierte hoy y aquí en el gran reto y la gran palanca transformadora de la intervención social. La que crea la necesidad y la oportunidad de una reinvención de la proximidad.

(Reflexión a partir de una conversación con Elena Masanas, Guiomar Vargas, Claudia Manyà y Marta Ballester; de los trabajos de elaboración del plan estratégico de servicios sociales del Gobierno de Navarra; de un seminario de innovación con Dincat y del asesoramiento al proyecto Esteka, de atención comunitaria a la fragilidad, de la cooperativa Servicios Sociales Integrados. La foto corresponde a una reciente redada en el barrio de San Francisco, en Bilbao.)

¿Qué pasa en San Francisco?

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El barrio de San Francisco (en Bilbao) lleva tiempo siendo un ecosistema especial y relativamente inestable por factores como: sus altas tasas de pobreza económica y exclusión social, su alto grado de diversidad cultural y su alta frecuencia de actos de incivismo y usos problemáticos del espacio público, incluyendo delincuencia de baja intensidad en la calle y en determinadas lonjas y pisos.

¿Qué pasa en este momento? ¿Por qué se han encendido las alarmas? ¿Por qué se incrementa nuestra aparición, en términos negativos, en medios de comunicación?

Se puede decir que los factores, principalmente, serían dos.

Por una parte está el incremento de la llegada a Euskadi de menores de origen magrebí sin referencias familiares y comunitarias que, rápidamente, se hacen adultos y carecen de servicios sociales, recreativos, formativos, de empleo u otros. Por diversas razones (ambiente, tráfico de drogas y objetos robados, permisividad) estas personas tienden a venir en mayor medida a nuestro barrio. El hecho de que sean más y estén menos conectadas y que confluyan en la calle y el barrio con otras personas con problemáticas o percibidas como amenazantes por determinadas personas (personas de la comunidad gitana marginales en su propia comunidad que trafican o tienen otras conductas conflictivas, personas drogadictas que pasan mucho tiempo en la calle, clientes de locales nocturnos, nuevos grupos de personas refugiadas, personas usuarias de servicios presentes en el barrio u otras) hace que se pueda percibir más saturación del ambiente.

Por otro lado, la mejora de la situación y expectativas económicas, tanto generales como específicas de nuestro barrio, atrae a nuevos pobladores y comerciantes, que se muestran más proactivas y desinhibidas en el rechazo algunas prácticas de las anteriores personas. Estos nuevos actores, conectan con actores antiguos durmientes (como personas vinculadas a la antigua asociación independiente) y, además, utilizan las redes sociales, WhatsApp, change.org y ese tipo de instrumentos. Estos nuevos actores se dirigen a las autoridades y a la policía y la policía pasa de cierta pasividad (e incluso connivencia) a una sobreactuación que puede descargar su acción, fundamentalmente, en las personas y grupos más vulnerables, especialmente los jóvenes inmigrantes. Seguramente, con poca profesionalidad y sin una estrategia integrada con otras salvo actuaciones conjuntas tan parciales y discutibles como la “operación” en la parte alta de Dos de mayo (consistente en quitar coches y contenedores, poner policías y cambiar la luz).

El riesgo es que, en ese entorno cada vez más inestable, con los actores posicionados como se acaba de señalar, no es difícil que se desencadenen conflictos más graves y dinámicas de acción-reacción de consecuencias imprevisibles. Algunas posibles estrategias para la coordinadora de grupos del barrio serían:

  • Recordar que somos un barrio popular, mestizo, hospitalario y reivindicativo, ofreciendo un relato alternativo al que, interesadamente, trasladan algunos medios de comunicación.
  • Proximidad dialogante a los nuevos actores y, especialmente, con la asociación emergente, dándoles a conocer lo que hacemos por el barrio.
  • Presencia pública de la coordinadora con un discurso equilibrado y propio, no como reacción al de otros. No aparecer contestando a otros sino afirmando nuestro discurso.
  • Insistir en nuestra línea de pensamiento de que la clave es un liderazgo institucional e integración entre actuaciones públicas (servicios sociales, seguridad, educación, limpieza, vivienda, cultura y otras) y con el tejido comunitario, social y solidario.
  • Activar la interlocución con personas clave de las instituciones y los partidos políticos, con especial atención a algunas de estas personas que tienen vinculación con el barrio.
  • Denunciar la desatención y errores de las instituciones.

Segregación espacial y vulnerabilidad comunitaria: el huevo de la serpiente

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En los estudios y análisis de nuestra realidad social que se vienen haciendo en estos tiempos llamados “de poscrisis”, como los preparatorios para el próximo Informe FOESSA, se perciben con claridad procesos de dualización en cuanto al acceso a recursos económicos (es decir, creciente desigualdad entre personas acomodadas y pobres); de precarización e inseguridad laboral, habitacional y económica de sectores que anteriormente tenían mayores oportunidades y situaciones de inclusión social; y, también, de enquistamiento y desconexión de segmentos poblacionales en situación de exclusión social.

Los procesos laborales y económicos tienen impacto en la ordenación y ocupación del territorio, tanto para el alojamiento como para otros usos más o menos legales y más o menos conflictivos. A su vez, las dinámicas urbanísticas, residenciales y convivenciales tienen relevancia y efectos en la vida profesional y económica en los barrios, pueblos y ciudades. La desigualdad económica, sin duda, propulsa la segregación espacial. Y esos procesos de segregación espacial están plagados de conflicto y sufrimiento para muchas personas que, en sus casas o en sus calles, no pueden acceder a unos mínimos dignos de calidad de vida.

Sin embargo, las políticas públicas y las relaciones primarias y solidarias tienen mucho que decir al respecto. En este momento, en algunos barrios populares aumenta el sentimiento de vulnerabilidad y la percepción de la creciente dificultad de mantener un razonable equilibrio en ecosistemas atravesados, además, por múltiples ejes de diversidad (de género, generacional, funcional o cultural) que se manifiestan, y a veces chocan, en la convivencia vecinal, en los usos del espacio público, en la dinámica comercial o en la participación ciudadana.

En no pocas ocasiones, se tiene la impresión de que las políticas públicas, incluyendo las de servicios sociales o intervención social (con la colaboración de organizaciones del tercer sector), son impotentes o incluso contraproducentes frente a la acción de mafias ilegales internacionales, grandes compañías sin rostro dedicadas a la inversión inmobiliaria o procesos de turistificación o gentrificación, entre otros. Sin embargo, señales de alarma tan diversas como las que tienen que ver con el aislamiento relacional o el fascismo xenófobo aconsejarían una fuerte apuesta de inversión, investigación e innovación en intervenciones sociales de desarrollo comunitario que puedan ayudar significativamente detectar y destruir a tiempo “el huevo de la serpiente.”

(Notas para próximos debates en la Fundación Aldauri y otros en los movimientos vecinales del barrio de San Francisco, de Bilbao.)

El aislamiento relacional es un problema (y lo seguiría siendo aunque no afectase a la salud)

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Con frecuencia leemos artículos acerca de la soledad no deseada como problema social y no pocas veces el carácter preocupante del aislamiento relacional se cifra en el impacto que tiene en la salud de las personas que lo padecen, hasta el punto de que se llega a conceptualizar o presentar como un problema de salud o incluso como una epidemia.

Basta una sencilla búsqueda en Internet para comprobar la abundancia y preponderancia de asociaciones entre aislamiento relacional (o social) y depresión, ataques cardíacos, deterioro cognitivo, problemas del sueño, alteraciones del sistema inmunitario, ictus, desarreglos hormonales, ansiedad, esquizofrenia u otras enfermedades o afectaciones de la salud.

Posiblemente ello es debido a la potencia de nuestros sistemas sanitarios, a su capacidad investigadora o a la preocupación pública que generan aquellas situaciones sociales que, de forma más directa o indirecta, ocasionan gasto en una de las áreas con presupuestos más voluminosos en nuestro Estado de bienestar (normalmente la segunda, después de las pensiones). A la vez, nos encontramos con que el sector de actividad y la política pública a las que corresponde conceptualmente el aislamiento relacional, es decir, los servicios sociales, no tienen en absoluto esa capacidad cognoscitiva y ese posicionamiento económico.

Sin embargo, si intentamos adoptar el punto de vista de la persona que se encuentra en una situación de soledad no deseada, probablemente caigamos en la cuenta de que el aislamiento relacional es un problema en sí mismo, un fenómeno de primera magnitud para nuestra calidad de vida, que puede ser vivido, incluso, de manera más preocupante que muchas enfermedades. A la vez, constatamos que, del mismo modo que la protección y promoción de la salud requieren intervenciones profesionales basadas en el conocimiento, también éstas son reclamadas por la protección y promoción de la interacción, pues ni la salud ni la interacción (tampoco el empleo o la subsistencia) pueden ser dejadas a la suerte de las personas en nuestra sociedad.

Las personas tenemos diversas necesidades y, sin duda, aquellas cuya satisfacción hemos encargado a los servicios de salud son muy relevantes. Sin embargo, no lo son menos otras, como, por ejemplo, las que tienen que ver con nuestra interacción, de las que se ocupan los servicios sociales. Todos los grandes bienes encomendados a las diversas ramas de nuestro sistema de bienestar (como el alojamiento, por poner otro ejemplo, responsabilidad de las políticas de vivienda) tienen impacto en el resto, pero una comprensión cabal de la inclusión social y un diseño eficiente de las políticas públicas se basan en la correcta identificación, ante todo, del valor propio que tiene cada uno de ellos.

(De ésta y otras cuestiones relacionadas con los servicios sociales hablaremos el 2 y 3 de abril en Santander, con profesionales de su atención primaria.)

Segregación espacial, comunitarismo securitario y emprendimiento social

Corazón de María

La lectura del capítulo 6 de La gran transformación, de Karl Polanyi, puede ser de gran ayuda para extrañarnos de algo que, en nuestra sociedad, muchas personas dan por supuesto y por bueno: el tratamiento de la tierra como una mercancía que se puede comprar y vender, la consideración del suelo como un bien privado, la legitimación del hecho de que determinadas personas o agentes nos hayamos apropiado de partes del territorio. Para Polanyi, la tierra es una mercancía ficticia, un bien que, sólo recientemente, se ha llegado a considerar mercantilizable, con consecuencias destructivas para la sociedad.

Ismael Blanco, Helena Cruz, Rubén Martínez y Marc Parés, del Institut de Govern i Polítiques Públiques de la Universitat Autònoma de Barcelona han estudiado algunos duros procesos estructurales de aumento de la segregación urbana entre grupos sociales (por renta, por origen o por otros factores) y de la vulnerabilidad y exclusión residencial, como consecuencia, junto a otras causas, de los salvajes procesos de mercantilización de la vivienda que ha venido representando la creación, el pinchazo y la gestión de las consecuencias de la última burbuja inmobiliaria, acompañados de políticas públicas (habitacionales, educativas u otras) que, frecuentemente, han agravado la situación, contribuyendo, por ejemplo, a la creación de guetos.

Débora Ávila y Sergio García, de Carabancheleando y de la Universidad Complutense de Madrid, en estudios relacionados con la intervención social, analizan, en ese contexto, situaciones y procesos en los que, tanto desde ciertos poderes públicos como desde determinados movimientos vecinales, se olvidan u ocultan los factores y causas estructurales antes mencionadas, y se orienta a los servicios sociales al control punitivo y a la pretendida respuesta a la emergencia social general (incluyendo la más habitacional y económica), a la vez que se apuesta por reemplazar intervención social por respuesta policial de proximidad, imbricando más su fuerza tecnológica y humana en la trama comunitaria. Es el retorno de las periferias estigmatizadas, donde sólo la policía está en la calle (¿dónde están otros agentes que antes estaban en ella?) y donde el problema es la “convivencia” (una versión de ella).

En este contexto, evidentemente, el emprendimiento social, apoyado en la innovación tecnológica y la intervención comunitaria, corre un grave riesgo de quedarse en una superficial y débil acción paliativa o distractora, incapaz de dinamizar y transformar las menguantes políticas y estructuras públicas y las frágiles relaciones primarias y colaborativas en los territorios escindidos y desatendidos. Máxime cuando se observa que, frecuentemente, agentes del mercado prestan más atención a las iniciativas de innovación social que administraciones y servicios públicos u organizaciones solidarias y movimientos emancipatorios tradicionales, consiguiendo fragmentar y atomizar posibles sujetos transformadores, que necesariamente habrían de ser amplios, plurales y complejos.

(Texto inspirado por las conversaciones en unas recientes jornadas en Equo Madrid y en los servicios sociales de Moratalaz. La imagen, del 28 de febrero de 2018, corresponde a la Plaza del Corazón de María, del barrio de San Francisco (Bilbao), sobre el que también se habló en las jornadas de Moratalaz.)

Autonomía, vulnerabilidad, amor y decisión

Fractales

Protágoras considera al individuo humano “la medida de todas las cosas” y esa persona individual, dotada de autonomía funcional y moral, es la portadora de los derechos humanos, declarados por las Naciones Unidas en 1948. Sin embargo, paradójicamente, según Pablo del Río, “lo que caracteriza a todos los seres humanos es su general capacidad para hacer cosas e interiorizarlas con el apoyo externo y social y su incapacidad para desarrollarse aislados como seres humanos. Y esta discapacidad individual general, esta necesidad de ser ayudados y suplementados como medio para llegar a ser autónomos y capaces, es lo que justamente caracteriza el hecho humano” (Del Rio, 1992: 138).

Vale la pena una larga y densa cita de Humberto Maturana y Francisco Varela para recordar que “lo que la biología nos está mostrando (…) es que la unicidad de lo humano, su patrimonio exclusivo, está en esto, en su darse un acoplamiento estructural social donde el lenguaje tiene un doble rol: por un lado, el de generar las regularidades propias del acoplamiento estructural social humano, que incluye entre otros el fenómeno de las identidades personales de cada uno; y, por otro lado, el de construir la dinámica recursiva del acoplamiento estructural social que produce la reflexividad que da lugar al acto de mirar con una perspectiva más abarcadora, al acto de salirse de lo que hasta ese momento era invisible o inamovible, permitiendo ver que como humanos sólo tenemos el mundo que creamos con otros. A ese acto de ampliar nuestro dominio congnoscitivo reflexivo, que siempre implica experiencia novedosa, podemos llegar, ya porque razonamos hacia ello, o bien, y más directamente, porque alguna circunstancia nos lleva a mirar al otro como un igual, en un acto que habitualmente llamamos de amor. Pero, más aún, esto mismo nos permite darnos cuenta de que el amor, o si no queremos usar una palabra tan fuerte, la aceptación del otro junto a uno en la convivencia, es el fundamento biológico del fenómeno social: sin amor, sin aceptación del otro junto a uno, no hay socialización, y sin socialización no hay humanidad” (Maturana y Varela, 1996: 209).

Entonces, nos podemos preguntar, intelectual y vitalmente: ¿qué es antes? ¿qué es más? ¿el individuo autónomo o la comunidad relacional? Fritjof Capra señala que “la constatación de que los sistemas son totalidades integradas que no pueden ser comprendidas desde el análisis fue aún más chocante en física que en biología. Desde Newton, los físicos habían pensado que todos los fenómenos físicos podían ser reducidos a las propiedades de sólidas y concretas partículas materiales. En los años veinte, no obstante, la teoría cuántica les forzó a aceptar el hecho de que los objetos materiales sólidos de la física se disuelven al nivel subatómico en pautas de probabilidades en forma de ondas. Estas pautas o patrones, además, no representan probabilidades de cosas, sino más bien de interconexiones” (Capra, 2002:  49-50). Niklas Luhmann dirá que “la sociedad no está compuesta de seres humanos sino de comunicaciones” (Luhmann, 1997: 27).

¿Construir autonomía? ¿Confiarse en el amor? ¿Afirmarnos individuos? ¿Sabernos red? Quizá esa sea la decisión en cada momento, en todos los momentos, en la medida en que podamos decidir o codecidir. Quedémonos una vez más con el fragmento de Erasmo de Rotterdam conocido gracias a Demetrio Casado: “Sólo creó desnudo al hombre, débil, tierno, desarmado, de carne blandísima y cutis delicado (…); sólo el hombre nace en un estado que por mucho tiempo le obliga a depender totalmente de ayuda ajena. No sabe ni hablar, ni andar, ni buscarse la comida, sólo implorar asistencia berreando, para que de ahí podamos deducir que se trata del único animal nacido exclusivamente para la amistad, que principalmente madura y se refuerza con la ayuda mutua. Por eso la naturaleza ha querido que el hombre reciba el don de la vida no tanto por sí mismo como para orientarlo hacia el amor, para que entienda bien que está destinado a la gratitud y la amistad. Es así que no le dio un aspecto feo u horrible como a otros sino dulce, pacífico, marcado por el sello del amor y la ternura. Le dio una mirada afectuosa que refleja los movimientos del alma. Le dio brazos capaces de abrazar. Le dio el sentido del beso para que las almas puedan unirse al mismo tiempo que se unen los cuerpos. Sólo a él le acordó la risa, signo de la alegría. Sólo a él le acordó las lágrimas, símbolo de clemencia y de misericordia” (Erasmo de Rótterdam, 2000: 171).

CAPRA, Fritjof. (2002): La trama de la vida. Barcelona, Anagrama.

DEL RÍO, Pablo (1992). “La discapacidad, único camino hacia el hecho humano” en CASADO, Demetrio (edición): Discapacidad e información, Madrid, Real Patronato de Prevención y de Atención a Personas con Minusvalía, páginas 125-147.

ERASMO DE RÓTTERDAM (2000): Adagios del poder y de la guerra y Teoría del adagio. Valencia, Pretextos.

LUHMANN, Niklas (1997): Sociedad y sistema: la ambición de la teoría. Barcelona, Paidós.

MATURANA, Humberto y VARELA, Francisco (1996): El árbol del conocimiento. Las bases biológicas del conocimiento humano. Madrid, Debate.

(Sobre estas cuestiones hablaremos el martes en una conferencia organizada por la Diputación de Lleida.)