Segregación espacial y vulnerabilidad comunitaria: el huevo de la serpiente

sanfran 6

En los estudios y análisis de nuestra realidad social que se vienen haciendo en estos tiempos llamados “de poscrisis”, como los preparatorios para el próximo Informe FOESSA, se perciben con claridad procesos de dualización en cuanto al acceso a recursos económicos (es decir, creciente desigualdad entre personas acomodadas y pobres); de precarización e inseguridad laboral, habitacional y económica de sectores que anteriormente tenían mayores oportunidades y situaciones de inclusión social; y, también, de enquistamiento y desconexión de segmentos poblacionales en situación de exclusión social.

Los procesos laborales y económicos tienen impacto en la ordenación y ocupación del territorio, tanto para el alojamiento como para otros usos más o menos legales y más o menos conflictivos. A su vez, las dinámicas urbanísticas, residenciales y convivenciales tienen relevancia y efectos en la vida profesional y económica en los barrios, pueblos y ciudades. La desigualdad económica, sin duda, propulsa la segregación espacial. Y esos procesos de segregación espacial están plagados de conflicto y sufrimiento para muchas personas que, en sus casas o en sus calles, no pueden acceder a unos mínimos dignos de calidad de vida.

Sin embargo, las políticas públicas y las relaciones primarias y solidarias tienen mucho que decir al respecto. En este momento, en algunos barrios populares aumenta el sentimiento de vulnerabilidad y la percepción de la creciente dificultad de mantener un razonable equilibrio en ecosistemas atravesados, además, por múltiples ejes de diversidad (de género, generacional, funcional o cultural) que se manifiestan, y a veces chocan, en la convivencia vecinal, en los usos del espacio público, en la dinámica comercial o en la participación ciudadana.

En no pocas ocasiones, se tiene la impresión de que las políticas públicas, incluyendo las de servicios sociales o intervención social (con la colaboración de organizaciones del tercer sector), son impotentes o incluso contraproducentes frente a la acción de mafias ilegales internacionales, grandes compañías sin rostro dedicadas a la inversión inmobiliaria o procesos de turistificación o gentrificación, entre otros. Sin embargo, señales de alarma tan diversas como las que tienen que ver con el aislamiento relacional o el fascismo xenófobo aconsejarían una fuerte apuesta de inversión, investigación e innovación en intervenciones sociales de desarrollo comunitario que puedan ayudar significativamente detectar y destruir a tiempo “el huevo de la serpiente.”

(Notas para próximos debates en la Fundación Aldauri y otros en los movimientos vecinales del barrio de San Francisco, de Bilbao.)

El aislamiento relacional es un problema (y lo seguiría siendo aunque no afectase a la salud)

Aislamiento

Con frecuencia leemos artículos acerca de la soledad no deseada como problema social y no pocas veces el carácter preocupante del aislamiento relacional se cifra en el impacto que tiene en la salud de las personas que lo padecen, hasta el punto de que se llega a conceptualizar o presentar como un problema de salud o incluso como una epidemia.

Basta una sencilla búsqueda en Internet para comprobar la abundancia y preponderancia de asociaciones entre aislamiento relacional (o social) y depresión, ataques cardíacos, deterioro cognitivo, problemas del sueño, alteraciones del sistema inmunitario, ictus, desarreglos hormonales, ansiedad, esquizofrenia u otras enfermedades o afectaciones de la salud.

Posiblemente ello es debido a la potencia de nuestros sistemas sanitarios, a su capacidad investigadora o a la preocupación pública que generan aquellas situaciones sociales que, de forma más directa o indirecta, ocasionan gasto en una de las áreas con presupuestos más voluminosos en nuestro Estado de bienestar (normalmente la segunda, después de las pensiones). A la vez, nos encontramos con que el sector de actividad y la política pública a las que corresponde conceptualmente el aislamiento relacional, es decir, los servicios sociales, no tienen en absoluto esa capacidad cognoscitiva y ese posicionamiento económico.

Sin embargo, si intentamos adoptar el punto de vista de la persona que se encuentra en una situación de soledad no deseada, probablemente caigamos en la cuenta de que el aislamiento relacional es un problema en sí mismo, un fenómeno de primera magnitud para nuestra calidad de vida, que puede ser vivido, incluso, de manera más preocupante que muchas enfermedades. A la vez, constatamos que, del mismo modo que la protección y promoción de la salud requieren intervenciones profesionales basadas en el conocimiento, también éstas son reclamadas por la protección y promoción de la interacción, pues ni la salud ni la interacción (tampoco el empleo o la subsistencia) pueden ser dejadas a la suerte de las personas en nuestra sociedad.

Las personas tenemos diversas necesidades y, sin duda, aquellas cuya satisfacción hemos encargado a los servicios de salud son muy relevantes. Sin embargo, no lo son menos otras, como, por ejemplo, las que tienen que ver con nuestra interacción, de las que se ocupan los servicios sociales. Todos los grandes bienes encomendados a las diversas ramas de nuestro sistema de bienestar (como el alojamiento, por poner otro ejemplo, responsabilidad de las políticas de vivienda) tienen impacto en el resto, pero una comprensión cabal de la inclusión social y un diseño eficiente de las políticas públicas se basan en la correcta identificación, ante todo, del valor propio que tiene cada uno de ellos.

(De ésta y otras cuestiones relacionadas con los servicios sociales hablaremos el 2 y 3 de abril en Santander, con profesionales de su atención primaria.)

Segregación espacial, comunitarismo securitario y emprendimiento social

Corazón de María

La lectura del capítulo 6 de La gran transformación, de Karl Polanyi, puede ser de gran ayuda para extrañarnos de algo que, en nuestra sociedad, muchas personas dan por supuesto y por bueno: el tratamiento de la tierra como una mercancía que se puede comprar y vender, la consideración del suelo como un bien privado, la legitimación del hecho de que determinadas personas o agentes nos hayamos apropiado de partes del territorio. Para Polanyi, la tierra es una mercancía ficticia, un bien que, sólo recientemente, se ha llegado a considerar mercantilizable, con consecuencias destructivas para la sociedad.

Ismael Blanco, Helena Cruz, Rubén Martínez y Marc Parés, del Institut de Govern i Polítiques Públiques de la Universitat Autònoma de Barcelona han estudiado algunos duros procesos estructurales de aumento de la segregación urbana entre grupos sociales (por renta, por origen o por otros factores) y de la vulnerabilidad y exclusión residencial, como consecuencia, junto a otras causas, de los salvajes procesos de mercantilización de la vivienda que ha venido representando la creación, el pinchazo y la gestión de las consecuencias de la última burbuja inmobiliaria, acompañados de políticas públicas (habitacionales, educativas u otras) que, frecuentemente, han agravado la situación, contribuyendo, por ejemplo, a la creación de guetos.

Débora Ávila y Sergio García, de Carabancheleando y de la Universidad Complutense de Madrid, en estudios relacionados con la intervención social, analizan, en ese contexto, situaciones y procesos en los que, tanto desde ciertos poderes públicos como desde determinados movimientos vecinales, se olvidan u ocultan los factores y causas estructurales antes mencionadas, y se orienta a los servicios sociales al control punitivo y a la pretendida respuesta a la emergencia social general (incluyendo la más habitacional y económica), a la vez que se apuesta por reemplazar intervención social por respuesta policial de proximidad, imbricando más su fuerza tecnológica y humana en la trama comunitaria. Es el retorno de las periferias estigmatizadas, donde sólo la policía está en la calle (¿dónde están otros agentes que antes estaban en ella?) y donde el problema es la “convivencia” (una versión de ella).

En este contexto, evidentemente, el emprendimiento social, apoyado en la innovación tecnológica y la intervención comunitaria, corre un grave riesgo de quedarse en una superficial y débil acción paliativa o distractora, incapaz de dinamizar y transformar las menguantes políticas y estructuras públicas y las frágiles relaciones primarias y colaborativas en los territorios escindidos y desatendidos. Máxime cuando se observa que, frecuentemente, agentes del mercado prestan más atención a las iniciativas de innovación social que administraciones y servicios públicos u organizaciones solidarias y movimientos emancipatorios tradicionales, consiguiendo fragmentar y atomizar posibles sujetos transformadores, que necesariamente habrían de ser amplios, plurales y complejos.

(Texto inspirado por las conversaciones en unas recientes jornadas en Equo Madrid y en los servicios sociales de Moratalaz. La imagen, del 28 de febrero de 2018, corresponde a la Plaza del Corazón de María, del barrio de San Francisco (Bilbao), sobre el que también se habló en las jornadas de Moratalaz.)

Autonomía, vulnerabilidad, amor y decisión

Fractales

Protágoras considera al individuo humano “la medida de todas las cosas” y esa persona individual, dotada de autonomía funcional y moral, es la portadora de los derechos humanos, declarados por las Naciones Unidas en 1948. Sin embargo, paradójicamente, según Pablo del Río, “lo que caracteriza a todos los seres humanos es su general capacidad para hacer cosas e interiorizarlas con el apoyo externo y social y su incapacidad para desarrollarse aislados como seres humanos. Y esta discapacidad individual general, esta necesidad de ser ayudados y suplementados como medio para llegar a ser autónomos y capaces, es lo que justamente caracteriza el hecho humano” (Del Rio, 1992: 138).

Vale la pena una larga y densa cita de Humberto Maturana y Francisco Varela para recordar que “lo que la biología nos está mostrando (…) es que la unicidad de lo humano, su patrimonio exclusivo, está en esto, en su darse un acoplamiento estructural social donde el lenguaje tiene un doble rol: por un lado, el de generar las regularidades propias del acoplamiento estructural social humano, que incluye entre otros el fenómeno de las identidades personales de cada uno; y, por otro lado, el de construir la dinámica recursiva del acoplamiento estructural social que produce la reflexividad que da lugar al acto de mirar con una perspectiva más abarcadora, al acto de salirse de lo que hasta ese momento era invisible o inamovible, permitiendo ver que como humanos sólo tenemos el mundo que creamos con otros. A ese acto de ampliar nuestro dominio congnoscitivo reflexivo, que siempre implica experiencia novedosa, podemos llegar, ya porque razonamos hacia ello, o bien, y más directamente, porque alguna circunstancia nos lleva a mirar al otro como un igual, en un acto que habitualmente llamamos de amor. Pero, más aún, esto mismo nos permite darnos cuenta de que el amor, o si no queremos usar una palabra tan fuerte, la aceptación del otro junto a uno en la convivencia, es el fundamento biológico del fenómeno social: sin amor, sin aceptación del otro junto a uno, no hay socialización, y sin socialización no hay humanidad” (Maturana y Varela, 1996: 209).

Entonces, nos podemos preguntar, intelectual y vitalmente: ¿qué es antes? ¿qué es más? ¿el individuo autónomo o la comunidad relacional? Fritjof Capra señala que “la constatación de que los sistemas son totalidades integradas que no pueden ser comprendidas desde el análisis fue aún más chocante en física que en biología. Desde Newton, los físicos habían pensado que todos los fenómenos físicos podían ser reducidos a las propiedades de sólidas y concretas partículas materiales. En los años veinte, no obstante, la teoría cuántica les forzó a aceptar el hecho de que los objetos materiales sólidos de la física se disuelven al nivel subatómico en pautas de probabilidades en forma de ondas. Estas pautas o patrones, además, no representan probabilidades de cosas, sino más bien de interconexiones” (Capra, 2002:  49-50). Niklas Luhmann dirá que “la sociedad no está compuesta de seres humanos sino de comunicaciones” (Luhmann, 1997: 27).

¿Construir autonomía? ¿Confiarse en el amor? ¿Afirmarnos individuos? ¿Sabernos red? Quizá esa sea la decisión en cada momento, en todos los momentos, en la medida en que podamos decidir o codecidir. Quedémonos una vez más con el fragmento de Erasmo de Rotterdam conocido gracias a Demetrio Casado: “Sólo creó desnudo al hombre, débil, tierno, desarmado, de carne blandísima y cutis delicado (…); sólo el hombre nace en un estado que por mucho tiempo le obliga a depender totalmente de ayuda ajena. No sabe ni hablar, ni andar, ni buscarse la comida, sólo implorar asistencia berreando, para que de ahí podamos deducir que se trata del único animal nacido exclusivamente para la amistad, que principalmente madura y se refuerza con la ayuda mutua. Por eso la naturaleza ha querido que el hombre reciba el don de la vida no tanto por sí mismo como para orientarlo hacia el amor, para que entienda bien que está destinado a la gratitud y la amistad. Es así que no le dio un aspecto feo u horrible como a otros sino dulce, pacífico, marcado por el sello del amor y la ternura. Le dio una mirada afectuosa que refleja los movimientos del alma. Le dio brazos capaces de abrazar. Le dio el sentido del beso para que las almas puedan unirse al mismo tiempo que se unen los cuerpos. Sólo a él le acordó la risa, signo de la alegría. Sólo a él le acordó las lágrimas, símbolo de clemencia y de misericordia” (Erasmo de Rótterdam, 2000: 171).

CAPRA, Fritjof. (2002): La trama de la vida. Barcelona, Anagrama.

DEL RÍO, Pablo (1992). “La discapacidad, único camino hacia el hecho humano” en CASADO, Demetrio (edición): Discapacidad e información, Madrid, Real Patronato de Prevención y de Atención a Personas con Minusvalía, páginas 125-147.

ERASMO DE RÓTTERDAM (2000): Adagios del poder y de la guerra y Teoría del adagio. Valencia, Pretextos.

LUHMANN, Niklas (1997): Sociedad y sistema: la ambición de la teoría. Barcelona, Paidós.

MATURANA, Humberto y VARELA, Francisco (1996): El árbol del conocimiento. Las bases biológicas del conocimiento humano. Madrid, Debate.

(Sobre estas cuestiones hablaremos el martes en una conferencia organizada por la Diputación de Lleida.)

Proyectos comunitarios del siglo XXI

Arroces 2

Es larga y fecunda, en todo el mundo, la historia de las iniciativas de desarrollo comunitario y parece fuera de duda que su reconocimiento y potenciación del valor y del poder de la proximidad relacional y territorial reverdecen permanentemente en los diferentes momentos históricos, entornos geográficos, situaciones sociales y contextos políticos. Por eso podemos decir que, hoy y aquí, la intervención comunitaria, reforzando sus señas de identidad de siempre, va presentando unos perfiles específicos, en buena medida gracias a los propios cambios sociales que muchos proyectos comunitarios han sido capaces de desencadenar y acompañar.

La primera tendencia que destaca es la del reconocimiento cada vez más compartido de la legitimidad de las políticas públicas en el territorio. Hoy en día cualquier actuación en lo relacionado con la salud en una comunidad tiende a realizarse desde el liderazgo del centro de salud y de las correspondientes instancias con responsabilidades en la política sanitaria. De igual modo las intervenciones educativas se encuadrarán desde el correspondiente sistema público, la intervención social va viéndose como responsabilidad del sistema público de servicios sociales, la construcción de vivienda o modificación de la trama urbana tienen sus propios marcos políticos, las actuaciones generadoras de empleo y actividad económica los suyos y las actuaciones de respuesta a las necesidades de subsistencia se mueven en un terreno de juego dibujado por la política de garantía de ingresos. Las entidades solidarias o las empresas privadas, que, en otros contextos y momentos, lideraron no pocos proyectos comunitarios, tienden a asumir la primacía pública, entre otras cosas porque esa ha sido, históricamente, la reivindicación de la mayoría de los proyectos de desarrollo comunitario.

La segunda tendencia característica de los proyectos comunitarios del siglo XXI es que se apoyen en las estructuras sectoriales e intersectoriales de los servicios públicos y en los ecosistemas de agentes sectoriales e intersectoriales que generan las políticas públicas. La construcción de la comunidad y el empoderamiento participativo de todos sus miembros en sus diversidades se construye con el efecto redistributivo de las pensiones que llegan cada mes a las oficinas bancarias del barrio, con la labor asistencial de la pediatra que enseña a usar un inhalador, con el progreso en autonomía y vínculos de un grupo intergeneracional que tiende a encontrarse en una plaza gracias a la labor de los servicios sociales o con el aumento de la capacidad reivindicativa de una cooperativa de covivienda acompañada desde la sociedad de rehabilitación de la zona. Las dinámicas de trabajo en red de los diferentes agentes son, tendencialmente, soportadas y reguladas por la arquitectura institucional sectorial e intersectorial, lo que aumentará su eficacia y eficiencia. Arquitectura estable que se va haciendo más similar y compatible a diferentes escalas, desde la aldea a la Unión Europea. Arquitectura que los proyectos comunitarios ayudan a perfeccionar.

El tercer y último rasgo que cabe identificar en los proyectos comunitarios en la actualidad en nuestro entorno es el de su inserción y contribución en los movimientos de innovación tecnológica y social, que, con su incremento de la conectividad, ´facilita la activación de recursos próximos, a la vez que ofrece mayores posibilidades relacionales con personas lejanas. Una innovación tecnológica y social que hace avanzar la estructuración e interoperabilidad de los diferentes sistemas de información. Una innovación tecnológica y social que brinda oportunidades a nuevos agentes comunitarios, también para cuestionar el estado de cosas y para contribuir a construir una comunidad-sujeto que pueda organizarse para transformar aquellas políticas públicas, dinámicas económicas y procesos sociales que amenacen con ahogar la vida comunitaria.

(Imágenes de una actividad comunitaria en el barrio de San Francisco, Bilbao.)

Crisis de cuidados y sostenibilidad relacional

Bosch

Del mismo modo que la sostenibilidad ambiental depende de que las actividades humanas promuevan (en lugar de destruir) la biodiversidad (entendida como la variedad de seres vivos en sus interacciones naturales), la sostenibilidad relacional se basa en que los seres humanos cuidemos (y no socavemos) la necesaria diversidad humana (sexual, generacional, funcional y cultural) y las relaciones primarias existentes entre las diversas personas.

Cabe denominar sostenibilidad relacional a la capacidad que alcanzamos las personas y las comunidades de vivir y sobrevivir gracias a nuestras relaciones primarias, es decir, las gratuitas y recíprocas que mantenemos en nuestras redes y entornos familiares, amistosos, convivenciales, vecinales o digitales. Relaciones primarias entre personas necesariamente diversas que se complementan y construyen mutuamente. Sabiendo, obviamente, que ninguna vida individual o social es sostenible si no existen, también, otros tipos de transacciones interpersonales, como las que se realizan en las esferas del Estado, el mercado o el tercer sector.

Sin embargo, uno de los fenómenos que más caracteriza la época histórica que estamos viviendo es la crisis de cuidados, provocada, entre otros factores, por un notable incremento de la diversidad generacional y funcional que se deriva del aumento de la esperanza de vida con discapacidades, que coincide con procesos de relativo y disfuncional cuestionamiento y superación de ciertas estructuras y valores patriarcales, basados en el supuesto de que las mujeres renunciaran en buena medida a su participación en la esfera del mercado, la sociedad civil organizada o el Estado para dedicarse, fundamentalmente, a relaciones primarias, especialmente de cuidado. Relativo porque siguen siendo mujeres, con diferencia, quienes más cuidado primario asumen y disfuncional porque seguimos lejos de encontrar un ajuste satisfactorio entre cuidado primario y profesional.

La crisis de cuidados, desde luego, obliga al reconocimiento, garantía y fortalecimiento de un nuevo derecho social, el derecho a los servicios sociales, al mismo nivel que los otros derechos sociales (como sanidad, educación, empleo, vivienda e ingresos para la subsistencia). Sin embargo, el cuestionamiento que nos provoca y las obligaciones que la crisis de cuidados nos genera van más allá, porque la vida humana necesita cierta sostenibilidad relacional, es decir, cierta capacidad de cuidarnos y apoyarnos gratuita y recíprocamente en relaciones primarias. Dicho de otro modo, los cuidados y apoyos profesionales que aportan los servicios sociales, por desarrollados que estén, pueden complementar los cuidados primarios, pero no parece que puedan, cabalmente, sustituirlos.

Sin embargo, posiblemente, nuestros servicios sociales y nuestro sistema de protección social están contribuyendo inadvertidamente a destruir importantes reservas de capital relacional. Lo hacen, por ejemplo, al contribuir a fragmentar una sociedad, la vasca, en la que la pobreza de las personas menores de 15 años es cinco veces mayor que la de las mayores de 65. O cuando una cobertura de servicios sociales domiciliarios (1,4% para mayores) que es menos de la mitad que la (ya baja) media española hace más probable que seamos extraídas de la diversidad comunitaria para ser alojadas en colectivos generacional y funcionalmente homogéneos.

(Sobre estas cuestiones estamos trabajando en un documento para Eusko Ikaskuntza y sobre ellas se hablará el lunes, 8 de enero, a partir de las 17:00 horas en una conferencia en la Casa de Cultura Ignacio Aldecoa de Vitoria-Gasteiz titulada “Servicios sociales: inversión de futuro”. En la imagen un tuit reciente de Joaquim Bosch.)

Servicios sociales: de los colectivos vulnerables a la comunidad sostenible

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Del mismo modo que los servicios sociales se han inspirado en la sanidad para la creación de los niveles de atención primaria y secundaria, pueden inspirarse en los planteamientos de la salud pública, poblacional y comunitaria y en sus prácticas de reforzamiento de la capacidad resolutiva y el liderazgo organizativo de la primaria, en una integración vertical con la secundaria apoyada en el conocimiento y la tecnología. Como recuerdan Vicente Ortún-Rubio y Guillem López-Casasnovas, “cuando el conocimiento gana importancia como factor productivo y la demanda se sofistica, aumenta la necesidad organizativa de situar la capacidad decisoria allá donde está la información específica y costosa de transmitir: aumenta la necesidad de descentralización”. Con especial motivo si apostamos por unos servicios sociales dedicados a la interacción, pues, si bien una cirujana cardiovascular puede repararnos una válvula mitral lejos de nuestro entorno comunitario (originario o escogido), no parece posible que un educador social nos ayude a reconstruir red comunitaria lejos de dicho entorno, por intensa y especializada que haya de ser su labor.

Y parece evidente que, en los actuales servicios sociales de atención primaria, la limitada oferta efectiva de cuidados y apoyos que tenemos disponibles en cuanto se sospecha que podríamos ser clasificadas dentro de alguno de los “colectivos” tradicionalmente identificados en la segmentación utilizada en la atención secundaria incrementa nuestra probabilidad de ser alejadas de nuestros (u otros) entornos comunitarios. La personalización (atención centrada en la persona) necesita superar ese tipo de segmentación obsoleta por “colectivos” que funcionan en gran medida como “pasaporte” para un tratamiento segregado estándar con una casi total ausencia de itinerarios, especialmente itinerarios cuya trazabilidad (las migas de pan de Hansel y Gretel o el hilo que Ariadna deja a Teseo) facilite recorrerlos de regreso a la comunidad si hemos sido alejadas de ella.

Se trata de ir avanzando en procesos de microsegmentación que generen diversidad de itinerarios protocolizados y flexibles en los que los servicios sociales funcionen menos como lugar en el que estar y más como proveedores y activadores de cuidados y apoyos cada vez más autogestionados, digitales, comunitarios y capaces de atender a la diversidades; unos servicios sociales universales que pretendan proteger y promover la interacción de todas las personas con una orientación personalizada, preventiva y poblacional que esté a la altura de las sociedad del conocimiento, del riesgo, del bienestar y de la complejidad: una sociedad en la que se diversifican tanto los ejes de fragmentación y exclusión social como las vías de empoderamiento e inclusión y que demanda una intervención social (y una atención integrada intersectorial) capaz de potenciar los activos individuales y los vínculos comunitarios.

Algunas entradas anteriores sobre intervención comunitaria y atención integrada:

La comunidad como destinataria, entorno, nivel, enfoque y objeto para la intervención social

Cuatro afirmaciones tentativas sobre acción comunitaria

La dimensión territorial de los servicios sociales

Políticas integradas de bienestar: cinco claves

Historias de la atención (des)integrada

Servicios sanitarios y sociales comunitarios

(Adaptado de un fragmento del artículo “Servicios sociales e inclusión social: análisis y perspectivas en el País Vasco” que puede descargarse clicando aquí. Sobre estas cuestiones conversaremos el martes, 19 de diciembre, con los servicios sociales, y otros, de Chamberí y la asociación La Rueca, en Madrid. La ilustración es una transformación de la original de Victor Pestoff.)

Cuatro afirmaciones tentativas sobre acción comunitaria

castellers

Comunidad, acción comunitaria, intervención comunitaria, salud comunitaria, activos comunitarios, servicios comunitarios, atención comunitaria, desarrollo comunitario, organización comunitaria, trabajo social comunitario, psicología comunitaria, medicina familiar y comunitaria, enfoque comunitario, apoyo comunitario, mediación comunitaria y así sucesivamente. ¿De qué estamos hablando?

Cuatro ideas que quizá suenen raras pero que acaso ayuden a hacer distinciones y a ordenar e impulsar prácticas:

1. El territorio no forma parte de la esencia definitoria de la comunidad

Cabe definir las comunidades como entramados de relaciones primarias, entendidas como aquellas relaciones (familiares, de amistad, de convivencia o de reconocimiento) que las personas sostienen (y en las que las personas se sostienen) en gratuidad y reciprocidad. Pueden ser virtuales y no depender de la proximidad física, aunque en la medida en que somos cuerpos situados, físicamente dependientes, muchas comunidades y relaciones comunitarias tienen una importante y fundamental dimensión o carácter territorial.

2. Las entidades asociativas no son comunidad, como no lo son los servicios públicos o los negocios privados

Las organizaciones solidarias de la iniciativa social o tercer sector han ido adquiriendo densidad e identidad hasta el punto y de modo que constituyen una esfera diferenciada de la esfera comunitaria, tanto como lo puedan estar la esfera pública o la mercantil. Desde luego que hay asociaciones voluntarias notablemente imbricadas en el tejido comunitario, al igual que lo están determinados servicios públicos (como escuelas o centros de salud) o negocios (como restaurantes o comercios). La gestión de la complejidad social necesita de la autonomía y sinergia entre estas cuatro esferas, basada en la mejor comprensión de la diferenciación y relación entre ellas.

3. Los vínculos comunitarios pueden ser, razonablemente, propuestos como objeto de los servicios sociales

En su proceso de dejar atrás el asistencialismo residual y configurarse como otro sector universal, los servicios sociales pueden identificar la interacción (vinculación comunitaria con autonomía funcional) como el bien del que ocuparse. Obviamente, como les pasa a todas las grandes ramas de la política social con sus respectivos bienes de referencia (salud, empleo, subsistencia y así sucesivamente), unos servicios sociales a los que se especializase en la interacción (autónoma y comunitaria) necesitarían de la colaboración intersectorial para lograr sus fines.

4. Del mismo modo que la crisis ecológica evidencia la insostenibilidad del desarrollo económico capitalista, la crisis de los cuidados y la epidemia de aislamiento social evidencian la insostenibilidad del Estado de bienestar patriarcal

Los movimientos ecologistas, basados en el conocimiento científico, han demostrado la insostenibilidad medioambiental generada por determinadas masas críticas de efectos colaterales del modo de producción y consumo capitalista en la destrucción o deterioro de recursos naturales finitos e imprescindibles para la vida humana ecodependiente. Del mismo modo, el modelo predominante de Estado de bienestar (que cabe denominar patriarcal, en la medida en que da por descontados muchos cuidados y apoyos comunitarios mayoritariamente brindados por mujeres) se encuentra, posiblemente, en una crisis sistémica derivada de los efectos colaterales de destrucción, mercantilización y burocratización de cuidados primarios y vínculos comunitarios, también finitos e imprescindibles para la vida humana interdependiente.

(Entrada elaborada a petición de Eloi Mayordomo. Recoge reflexiones compartidas en una reciente sesión con el Colegio de Trabajo Social de Bizkaia y, especialmente, en un taller del eje de Acción Social de Barcelona en Comú. Se propone como punto de partida para un encuentro sobre voluntariado programado para el martes, 10 de octubre de 2017, en Zumarraga.)

Mito, realidad y futuro de las intervenciones comunitarias

comunidad 2

La comunidad, las comunidades, aparecen como referencia recurrente en un buen número de discursos y en algunas prácticas de las políticas públicas y los servicios de bienestar desde tiempo atrás. Se diría, sin embargo, que, en ocasiones, algunas de nuestras concepciones al respecto, implícitas o explícitas, no se han revisado suficientemente a la luz de los cambios sociales acontecidos durante las últimas décadas.

Sin embargo, son dichos cambios los que nos pueden ayudar a depurar el concepto de la comunidad, de modo que se base decididamente en la dimensión relacional y quede subordinada a ésta, en su caso, la dimensión territorial. Según esta propuesta conceptual, por tanto, podemos hablar de comunidad en tanto en cuanto nos encontremos ante relaciones primarias, es decir, relaciones familiares y otros vínculos de afecto, don, reconocimiento y reciprocidad que, si bien pudieron originarse en contextos de empleo, consumo o, en general, participación en organizaciones, tienen una consistencia y dinámica propia antes o más allá de dichos contextos.

Es evidente que nuestras relaciones familiares y, en general, comunitarias suelen adquirir densidad en la proximidad física. Es muy posible (y para muchas deseable) que, en nuestro domicilio, en nuestro vecindario, en nuestro barrio y en nuestro municipio mantengamos ese tipo de relaciones. Pero no cabe duda de que, cada vez más, nos sentimos parte de comunidades no circunscritas a un territorio y que las relaciones que mantenemos en el seno de dichas comunidades tienen, en esencia, el mismo sentido, significado y valor que aquellas relaciones comunitarias que vienen facilitadas por la proximidad geográfica.

En los servicios sociales, en los servicios sanitarios o en otros, hablaremos de intervenciones comunitarias para referirnos a aquellas capaces de contribuir a la creación y fortalecimiento de relaciones primarias que, a su vez, favorezcan la consecución de los fines de esos servicios profesionales. Seguramente cuanta más experiencia y conocimiento tenemos, más valoramos la aportación a la calidad y sostenibilidad de nuestra vida que proviene de los apoyos y vínculos primarios (desde los más intensos y concentrados hasta los más extensos y ligeros).

Son precisamente los cambios sociales de las últimas décadas los que nos conducen a la necesidad de redoblar el compromiso con el enfoque comunitario de nuestras intervenciones desde la Administración, el tercer sector u otras. Perfeccionar la conceptualización de las dinámicas comunitarias nos llevará, posiblemente, a superar determinadas visiones que privilegiaban y mitificaban un determinado tipo y dinámica de comunidad, a comprender mejor la diversidad presente en la vida comunitaria y a multiplicar la influencia positiva en las relaciones comunitarias de nuestras organizaciones solidarias, intervenciones profesionales y políticas públicas.

(Sobre estas y otras cuestiones conversaremos en el seminario organizado por Progess en Barcelona el próximo 26 de abril.)

Elefantes, leonas y mariposas en las políticas sociales e intervenciones comunitarias

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Desde diversas posiciones y por distintas razones se vuelve la mirada hacia las relaciones y dinámicas comunitarias. Parece que entendemos que aquellas sociedades en las que se va destruyendo el capital social y las redes primarias son sociedades crecientemente insostenibles. Quizá comprendemos que los ingredientes de don (Mauss) y reciprocidad confiadas que comportan esencialmente los vínculos familiares y, en general, comunitarios son indispensables para una vida que merezca ser llamada humana. Nos interesamos, de nuevo, por los (bienes) comunes (Subirats y Rendueles).

Sin embargo, los procesos de mercantilización y globalización de las transacciones económicas, estimulados por diversos avances tecnológicos y decisiones políticas, ponen en jaque determinados lazos comunitarios tradicionales, en la medida en que nos ubican, fundamentalmente, en tanto que individuos con capacidad para producir bienes privados o con capacidad de compra para adquirirlos o derecho para disfrutarlos.

Desde las políticas públicas, en ocasiones, se afirma ir al rescate de las comunidades, mediante microintervenciones de ingeniería social a cargo de profesionales de los servicios públicos de proximidad. Últimamente, estas intervenciones tienden a presentarse bajo la bandera de la innovación social (Moulaert). Sin embargo, esta microcirugía reparadora de conexiones primarias poco puede hacer si no es ayudada por intervenciones y políticas más estructurales o, incluso, más clásicas dentro del sistema de bienestar.

Con Bea Cantillon, hablaríamos de combinar la acción de los elefantes del clásico Estado de bienestar (con políticas redistributivas como las de garantía de ingresos), las leonas de la inversión social (con el enfoque de preparar más que reparar y de corregir inequidades de género y generacionales) y las mariposas de la innovación social (atentas a generar nuevas sinergias entre agentes).

Los objetivos de sostenibilidad de la vida (Pérez Orozco) y desarrollo a escala humana son insoslayables y pasan, indefectiblemente, por hacer posibles los cuidados primarios y el apoyo mutuo que nos construyen como personas. El desarrollo económico y político han contribuido a liberar a las familias y comunidades de ciertos males relacionales (Donati) pero, a la vez, han desencadenado procesos de destrucción y mutaciones indeseables en nuestros activos comunitarios. Nos toca, sin ingenuidades, defender e impulsar nuestro Estado de bienestar, a la vez que lo fecundamos y reinventamos, entre otras, con la clave comunitaria.

(Reflexión a partir de la conversación organizada por la Diputación Foral de Gipuzkoa que puede verse aquí.)