La soledad no deseada, visitada por el virus

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Las personas y organizaciones que venían estudiando, previniendo y abordando el fenómeno de la soledad no deseada en nuestra sociedad están teniendo, en estos tiempos de emergencia, confinamiento y distanciamiento por la covid-19, un contexto en el que, afectadas por el dolor y el miedo que atenazan y amenazan, tienen, sin embargo, la ocasión de revisar, a la luz de nuevas experiencias, anteriores planteamientos y prácticas.

Recordemos que la pandemia llega a una sociedad que ya estaba identificando, con intensidad creciente en los últimos años, la soledad no deseada como un problema social importante cualitativa y cuantitativamente, en un contexto en el que diversos factores estructurales venían generando una situación de creciente insostenibilidad (y riesgo de colapso) relacional, en lo tocante a la trama de redes primarias de carácter familiar y comunitario fundamentales para el funcionamiento social.

En la pandemia, por mor del confinamiento domiciliario, se pide a esas redes familiares y comunitarias (y especialmente a mujeres) que asuman temporalmente una parte de las vivencias, cuidados y apoyos de los que se habían hecho cargo diversos entornos y servicios educativos, sociales y otros. A la vez, la emocionalidad de la emergencia, sin duda, activa muchas de dichas relaciones, que se hacen más vigorosas y operativas, potenciándose flujos de ayuda y afecto en las familias, las unidades de convivencia, las cuadrillas, los vecindarios, los balcones y los barrios. Diríamos que el mundo de la vida cotidiana se reivindica un tanto frente al del sistema y el capital “productivo”.

Simultáneamente, perdemos (sin saber cuánto y hasta cuándo) espacios y oportunidades propicias para la construcción y el cultivo de vínculos primarios (fuertes y débiles) como los bares, las plazas, las actividades culturales, las fiestas, las infraestructuras turísticas, la práctica deportiva y muchas otras. En parte compensamos ese déficit, algunas personas y en algunos casos, con la utilización de medios digitales de comunicación.

Dentro de este panorama general es obligado poner el foco en las residencias de personas mayores. Si bien hay otros factores, no cabe duda de que la limitación de relaciones primarias es uno de los principales que ha venido determinando el ingreso de las personas, normalmente no por su voluntad, en este tipo de servicios sociales. Éstos, tras ocupar durante semanas las portadas de los medios de comunicación, por la cantidad de personas muertas (no pocas veces en una terrible soledad) entre sus usuarias, quedan, como mínimo, aunque no sólo ellos, pendientes de un examen y replanteamiento.

En estos momentos no sabemos bien cuáles de los espacios y mecanismos que hemos tenido que desactivar podremos ir reiniciando. Tampoco, en su caso, cuándo ni cómo. Parece, de cualquier modo, prudente y aconsejable cuidar con más esmero esas dinámicas comunitarias que hemos aprovechado y fortalecido en nuestros espacios microsociales, también en su hibridación con herramientas de la capa digital y con las necesarias conexiones y autorizaciones mutuas con los servicios públicos, el comercio de proximidad, las comunidades de propietarias, las autoridades políticas, los movimientos asociativos, la economía solidaria y otros agentes.

Estamos experimentado en dinámicas posibles, satisfactorias y sinérgicas de fortalecimiento y construcción de relaciones primarias diversas en un contexto que las necesita, legitima y potencia, al menos en parte. A la vez, sin embargo, intuimos que necesitan más y mejores caldos de cultivo políticos, presupuestarios, urbanísticos, habitacionales, tecnológicos, ambientales, económicos, profesionales, organizativos y culturales. La soledad no deseada, el aislamiento social y el colapso relacional no son, seguramente, un horizonte insoslayable, pero para evitar esos destinos tenebrosos, seguramente, nuestra sociedad tiene que decidir invertir en comunidad.

(Notas para el reinicio telemático de la escuela de prevención de la soledad Bizkaia Saretu, del grupo cooperativo de economía solidaria Servicios Sociales Integrados.)

Mapeando la reconstrucción

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A la hora de pensar en la reconstrucción que se plantea a partir de la emergencia general provocada por la pandemia de la covid-19, podemos distinguir, simplificando, al menos, los siguientes grupos de agentes y estructuras a tener en cuenta (entendiendo por agentes, fundamentalmente, a las personas, las familias o las comunidades y denominando estructuras, al menos, a las empresas, las administraciones y otras organizaciones):

  1. Agentes y estructuras que no han dejado de crear valor y participar en transacciones.
  2. Agentes y estructuras que han parado (más o menos) y tienen altas probabilidades de volver a crear valor con la misma actividad y de volver a participar en similares transacciones.
  3. Agentes y estructuras, que han parado, con altas probabilidades de volver a crear valor y participar en transacciones similares, cambiando de actividad.
  4. Agentes y estructuras con bajas probabilidades de volver a crear valor como antes y participar en transacciones similares a las que tenían.

Estos agentes y estructuras participan, básicamente, en tres tipos de transacciones que se trenzan circularmente y que simbolizaremos con las siguientes expresiones:

  1. Tú me vendes, yo te pago (intercambios de mercado).
  2. Tú me pagas impuestos, yo te atiendo (ejercicio de derechos).
  3. Hoy por ti, mañana por mí (reciprocidad comunitaria).

En el grupo 1, estarían agentes como Alberto (cuidador principal de su madre, Eulogia, en transacciones tipo c) o María (policía municipal, tipo a) y estructuras como la Diputación Foral de Bizkaia (b) o la tienda de ultramarinos cercana a mi casa (a). Estos agentes y estructuras no han visto seriamente afectadas sus actividades y transacciones, en las que han seguido y van a seguir aportando valor a muy diversas destinatarias (Eulogia, la Policía Municipal, la ciudadanía de Bizkaia o mi vecindario). Necesitan, entre otras muchas cosas, por ejemplo, una fiscalidad justa, progresiva y eficiente que les permita contribuir a satisfacer las necesidades de otros agentes y estructuras que han tenido menos suerte (en transacciones de tipo b) y una oferta cultural (a, b, c) que les ayude a interpretar el mundo y sus cambios a partir de la pandemia.

En el grupo 2, estarían, por ejemplo: Javier, fisioterapeuta autónomo a domicilio (a); Nekane, voluntaria contra soledad de personas mayores (c); el restaurante que veo desde mi balcón (a) o el centro de día del sistema público de servicios sociales que está dos calles más arriba (b). Estos agentes y estructuras, antes o después y con más o menos adaptaciones, podrán volver a aportar valor a sus destinatarias. Necesitan, en algunos casos, por ejemplo, prestaciones económicas públicas mientras estén interrumpidos sus cobros o algún tipo de asesoramiento o acompañamiento para la adaptación y reinicio de su actividad, teniendo en cuenta distintos escenarios posibles (como nuevas paralizaciones o diversas restricciones).

En el grupo 3, estarían, por ejemplo: Miguel, que ha enviudado en la pandemia (c); Juana, que solía trabajar, en la temporada turística, en un hotel de la costa mediterránea (a); una fundación dedicada principalmente al ocio infantil internacional (c) o un centro de atención primaria de servicios sociales (b). En este grupo nos encontramos con capacidades y activos valiosos, que merece la pena conservar y cuidar, si bien para actividades diferentes de aquellas en las que se venían utilizando: Miguel deberá reconstruir su red de relaciones primarias, Juana podrá llegar a trabajar como cuidadora profesional en los servicios sociales, la fundación seguirá beneficiando a la infancia de otra manera y el centro de servicios sociales (en un hipotético escenario de reorganización de la política de ingresos mínimos) sustituirá la predominante tramitación administrativa de prestaciones de dinero o en especie para la subsistencia material por el acompañamiento personalizado y la intervención comunitaria basadas en el conocimiento. Estos agentes y estructuras necesitan, por ejemplo, al menos, orientación cualificada, recursos económicos , apoyo profesional e impulso político para poder hacer esos tránsitos, y hacerlos bien, en un plazo razonable.

En el grupo 4, tenemos, por ejemplo: a Pedro, cuyo deterioro cognitivo y, en general, funcional se agravó bastante en las semanas del confinamiento en la residencia en la que está ingresado, afectando a su conexión con su sobrina Julia, única relación primaria que tiene (c); a María Jesús, de 62 años, que solía hacer sustituciones en una subcontrata de limpieza de un aeropuerto (a); a una fundación dedicada a la atención residencial de personas mayores de una orden religiosa cuyos monjas tienen una media de edad de 75 años (c) o a una empresa de dos socios dedicada a labores auxiliares en la organización de conciertos de rock (a). Estos agentes o estructuras no van a poder volver a aportar valor en las actividades o a participar en las transacciones que conocen. Son y seguirán siendo insustituibles por su aportación a la sociedad y todas las personas citadas (Pedro, María, las monjas y los socios) merecen unos poderes públicos que garanticen, en cualquier caso, la satisfacción de sus necesidades para siempre.

Resulta endiabladamente difícil el gobierno del proceso (o de los procesos) de reconstrucción (que es reconstrucción adecuada de actividades, estructuras, transacciones y funcionamientos), como mínimo, en aspectos como los siguientes:

  • La necesaria pero arriesgada apuesta por cambios significativos en el modelo productivo (para su eficiencia, equidad y sostenibilidad) en lo tocante al peso relativo y a la integración de los diferentes sectores de actividad (turismo, servicios sociales, construcción, sanidad, agricultura u otros) en diferentes marcos territoriales, necesariamente apoyada en la generación de conocimiento y la innovación tecnológica.
  • La financiación suficiente, ágil y justa de las políticas públicas y, específicamente, la disyuntiva entre impuestos (repartir la carga entre los actuales agentes y estructuras) o endeudamiento (intentar transferirla a futuros agentes o estructuras) en el marco local, regional, estatal, europeo o global (controlando el riesgo de inflación, es decir, de pérdida de valor del dinero), entendiendo, obviamente, las diferentes competencias correspondientes a cada uno de esos niveles.
  • El papel que, en general y en cada sector y enclave, tendrán los poderes públicos, las empresas mercantiles, las organizaciones solidarias o la comunidad y la manera de articular las tomas de decisiones, la formación de sujetos políticos colectivos, la construcción de ciudadanía y los mecanismos de construcción de confianza y legitimidad en la gobernanza de la sociedad.

Y ahora, querida lectora, querido lector, ponte el velo de la ignorancia de John Rawls e imagina que, meses atrás, alguien te dice que, en la primavera de 2020, sucederá un acontecimiento, cuya naturaleza no puedes conocer, que va a fragmentar la sociedad en esos cuatro grupos y que no tienes forma de saber en cuál te va a tocar estar: ¿cómo mapearías la reconstrucción?

(Esta entrada se beneficia de trabajos de asesoramiento estratégico, en curso, con instituciones públicas y organizaciones solidarias radicadas principalmente en Cataluña, el País Vasco, La Rioja, Navarra y Madrid.)

Una teoría del cambio social (nada menos)

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En el principio está la relación interpersonal. Aunque yo me percibo como individuo y, filosóficamente, he recibido la herencia cultural de que el ser humano individual es la medida de todas las cosas, a la vez, constato que ese agente humano es social. Ese ser que nace sólo puede devenir humano mediante la interacción, mediante la participación en sistemas sociales, aunque sea el sistema social más primario, más básico, como el que, por ejemplo, un padre forma con su hija cuando ésta nace.

En esa relación entre progenitor y criatura, por ejemplo, imagino que me comunico con mi hija con la intención de que deje de llorar: busco un cambio. Realizo una actividad, consistente en cantarle suavemente, con dicha finalidad. Y lo consigo. Ese cambio que he logrado, es decir, que el bebé deje de llorar, hace más probable que, si llora de nuevo, yo vuelva a realizar la misma acción y a conseguir, seguidamente, el mismo resultado, de suerte que lo que hemos definido como cambio, se convierte en circularidad, en estabilidad. Si miramos la actividad una vez, linealmente, el paso de llorar a no llorar es un cambio. Por el contrario, si miramos la reiteración o recurrencia de esa actividad, ya estructurada, como patrón estable, el hecho de que la criatura pare de llorar es, justamente, el no-cambio.

Para entender las dinámicas de cambio y estabilidad, por tanto, hay que entender los niveles de complejidad y las propiedades emergentes. Una gran familia de cuatro generaciones es más compleja que la díada progenitor-criatura que estuvo en su origen y tiene unas propiedades  distintas. Una empresa multinacional, creada por esa familia imaginaria, es más compleja que el primer taller que la originó y tiene características distintas, que han emergido en el proceso de configuración de esa organización. Y así sucesivamente, recurrentemente.

En ese devenir, todo contenido comunicado por una acción lleva implícita una propuesta de (una estructura de) relación. Toda actividad reiterada genera una estructura, un patrón. Parece que hay que entender que contenido y relación (o proceso y estructura) son dos caras de la misma moneda y que la estructura da forma a la actividad (y que la relación permea el contenido). Si Juan llega a mi casa, yo le puedo decir “bienvenido“ de una manera o con un tono que, evidentemente, signifique lo contrario que la palabra que he dicho. De igual modo, en un equipo de dirección, podemos aprobar un plan estratégico lleno de palabras como participación, empoderamiento, horizontalidad, colaboración o transparencia y, sin embargo, que la estructura de funcionamiento real de la organización signifique justamente lo contrario de lo que evocan esas palabras. Fines y medios, medios y fines.

Cada ser humano tiene un radio limitado de acción, es decir, puede ser más o menos competente y potente para desencadenar cambios, pero esos cambios sólo pueden llegar a ser grandes a través de las estructuras, de esas estructuras seriadas, emergentes y crecientemente complejas que venimos dibujando. Imaginemos que soy una persona que ansiaba grandes cambios en favor de las personas más pobres y que, de la ayuda personal a gente pobre cercana, pasé a la militancia organizada y, de ésta, a la acción política; pero, debido a la dureza de la actividad desarrollada, sentí la necesidad de comprarme una vivienda más confortable, en otra ubicación, lo cual, objetivamente, me alejó del contacto cotidiano con la pobreza. Es la paradoja: cuanto más lucho por las personas pobres más parezco alejarme de ellas.

Muchas voluntades de cambio se empantanan en esas trampas, en esas situaciones de “más de lo mismo” en las que acciones pretendidamente destinadas a desencadenar cambios, sin embargo, contribuyen a la estabilidad, a que nada cambie. Imagino que formo parte de una organización y deseo que ésta influya en su entorno comunitario, generando relaciones de confianza en la convivencia. Pero me exaspera percibir que las personas de mi organización no confían en las de la comunidad y les insto a que lo hagan. Les digo que me consta que se comportan en forma desconfiada con la ciudadanía y les aviso de que no lo voy a tolerar. Se dan cuenta de hasta qué punto las controlo, porque desconfío de ellas. Aprenden a desconfiar. Cuantos más esfuerzos hago para que confíen, más desconfiadas se vuelven. Mi influencia en ellas parece ir más a través de la estructura de nuestra relación que de los contenidos que les comunico.

Las relaciones entre niveles de complejidad son, a menudo, paradójicas. Por ejemplo, imaginemos que unas familias con personas con discapacidad constituimos una organización que consiguió contratar profesionales y promover cambios legales que, paradójicamente, parecen colonizar y destruir el mundo vital de las relaciones familiares, comunitarias y solidarias entre las personas (con y sin discapacidades). Esa experiencia de innovación social que representamos, en su día, ha cristalizado, quizá, con el paso del tiempo, como parte de un sistema establecido que se resiste frente al empuje vital de nuevas emergencias, retos, propuestas y prácticas.

Las estructuras permiten consolidar los cambios y dificultan los cambios. También son, sin embargo, estructuras de oportunidad para los cambios. Podemos dar comienzo a un efecto mariposa de iteraciones fractales o podemos intentar aprovecharlo, surfearlo, incluso influir en alguno de sus cursos de acción. Podemos participar en procesos de escalamiento y desescalamiento. Quizá todas seamos agentes dobles: de la estabilidad y del cambio. A veces, participando en cambios, logramos que todo siga igual. Otras, oponiéndonos al cambio, lo provocamos. En ocasiones, incluso, acertamos con las perspectivas, miradas, pensamientos, palabras, decisiones y acciones que contribuyen a cambios reales, positivos y justos.

(Remezcla de ideas tomadas de, entre otras, Paul Watzlawick, Ariadna Manent, Niklas Luhmann, Jorge Wagensberg, Gema Gallardo o Anthony Giddens. La imagen es de la serie “La chica del tambor”, basada en una novela de John Le Carré, sobre una agente doble.)

La comunidad, para que no nos roben nuestro miedo

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Una mariposa aleteó, al parecer, hace algunos meses, en Wuhan, China. Desde entonces, los cambios en cadena o efectos en racimo que se han ido, continúan y se seguirán produciendo son rápidos y complejos y representan un enorme desafío para nuestra capacidad individual y colectiva de comprensión y de reacción. El esfuerzo por diferenciar y relacionar niveles e instrumentos de análisis e intervención es costoso y, a la vez, necesario.

Nos preguntamos, de inicio, por las emociones colectivas que pueden llegar a predominar en este contexto y por sus consecuencias. Algunas personas perciben, especialmente, miedo. Un miedo que, posiblemente, lleve a comportamientos de sumisión ante el poder o, también, de agresión a personas débiles o vulnerables que se presenten o sean presentadas como amenaza. Como decía Imanol Zubero en un vídeo recientemente grabado para Cáritas, sentir miedo en esta pandemia es lógico y funcional y una clave está en con quién compartimos nuestro miedo, quién gestiona nuestro miedo y si alguien nos roba nuestro miedo: “que nadie nos robe nuestros miedos”, decía.

Aquí surge la pregunta sobre artefactos institucionales en los que estamos inmersas: el tercer sector de acción social, el sistema público de servicios sociales u otros. Al mirar a esas organizaciones, y al mirarnos dentro de ellas, nos damos cuenta de que tenemos una gran inercia institucional, una poderosa autorreferencialidad que nos hace difícil imaginar cambios en funciones y relaciones. Quizá hemos de atrevernos a preguntarnos por el valor que aportamos, en su visión más esencial, sin confundir necesidades con satisfactores, para explorar después, acaso, formas inéditas de generarlo, darle forma, proyectarlo y compartirlo. Y posiblemente, cambiar nuestra oferta al entorno más comunitario y cambiar nuestra relación con él, a la vez que nos conectamos con nuestra razón de ser, con nuestra raíz moral, que tanto tiene que ver con la proximidad.

Al respecto, la atractiva y temida  tecnología (digital o no) no será, seguramente, la primera respuesta. Intentar hacer lo que ya hacíamos, sólo que telemáticamente, es, seguramente, lo primero que se nos ocurre, pero sabemos que es tan sólo una primera reacción, seguramente insuficiente y engañosa. Las tecnologías, y específicamente las digitales, van a estar ahí, pero no resuelven la pregunta, fundamental, por los procesos, estructuras, reglas e instituciones sociales en los que se incorporan y que modifican y, en definitiva, ahora descarnadamente, por las relaciones inequitativas de poder, local y global, global y local.

Y entonces volvemos a la comunidad, a las comunidades: a las imprescindibles relaciones de confianza interpersonal construida que están en el corazón de cualquier acuerdo interpersonal, negocio económico o pacto político. Ningún individualismo líquido de garrafón puede borrar de nuestro paladar el gusto inconfundible de los cuidados recibidos, de las caricias deseadas, de los abrazos fraternos, de la conversación cómplice, de la camaradería militante. No es impensable un futuro distópico de deshumanización tecnológica, pero, de momento, en esta emergencia, los seres humanos que ahora poblamos la tierra, esta tierra, en esta experiencia inédita, en palabras de Humberto Maturana y Francisco Varela, escritas hace un cuarto de siglo, estamos sintiendo, quizá, “que como humanos sólo tenemos el mundo que creamos con otros”.

Como dicen estos sabios chilenos, eso podemos saberlo “ya porque razonamos hacia ello, o bien, y más directamente, porque alguna circunstancia nos lleva a mirar al otro como un igual, en un acto que habitualmente llamamos de amor. Pero, más aún, esto mismo nos permite darnos cuenta de que el amor, o si no queremos usar una palabra tan fuerte, la aceptación del otro junto a uno en la convivencia, es el fundamento biológico del fenómeno social: sin amor, sin aceptación del otro junto a uno no hay socialización, y sin socialización no hay humanidad”. Ojalá seamos capaces de lograr que el sentimiento y la conciencia de nuestra vulnerabilidad e interdependencia sea un buen caldo de cultivo para dinámicas de incondicionalidad, reciprocidad, solidaridad, colaboración y gratuidad. Experiencias vitales y creativas, basadas en el conocimiento y fuente de conocimiento, que después podamos escalar y universalizar.

(Segunda versión de las reflexiones, publicadas en el blog de SSI, a partir de las preguntas y comentarios que quedaron sin atender en la conversación sobre bienestar comunitario organizada por este grupo cooperativo de economía solidaria el 28 de abril de 2020 a través de su canal de youtube dentro de la iniciativa #SSIBerriketan. El vídeo, de una hora, está aquí.)

Garantizar la subsistencia en tiempos de emergencias

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Si algo parece caracterizar este tiempo de emergencias que estamos viviendo es la rapidez y aparente imprevisibilidad con la que van cayendo las fichas de dominó, una detrás de otra. De momentos en los que la atención sanitaria está en el centro del huracán pasamos a otros en los que la información se concentra en los cuidados proporcionados por los servicios sociales o, de pronto, empezamos a preocuparnos más por la subsistencia material de la población, es decir, su alimentación, vestido, suministros del hogar u otros.

En estos momentos, posiblemente, vemos más clara la importancia de contar con un modelo universal, integrado, flexible y mixto de garantía de subsistencia. Universal, porque cualquier persona puede ver deteriorarse, de forma imprevisible e inasumible, sus condiciones de subsistencia material. Integrado, porque es fundamental que los diferentes sistemas o mecanismos se articulen y complementen de manera que cubran todas las contingencias, sin lagunas ni duplicidades. Flexible, para poder activar, modular y modificar las respuestas con rapidez en circunstancias tan cambiantes. Mixto, porque no cabe desdeñar la contribución de ninguno de los agentes de interés.

Un modelo de garantía de subsistencia llama, en primer lugar, a la responsabilidad fundamental de las proveedoras (con independencia de su titularidad), mayor cuanto más poderosas son. Las grandes empresas o redes que manejan las cadenas alimentarias, la industria textil, el sector energético u otros similares tienen una responsabilidad con las personas destinatarias finales de sus productos y servicios, mayor en la medida en la que el acceso a ellos está determinado por aspectos estructurales que no están al alcance dela mayoría de los individuos. No estamos hablando, necesariamente, de la nacionalización de estas empresas ni de la gratuidad de aquello que nos proporcionan sino de que las proveedoras han de presentar y ejecutar, bajo regulación y control públicos, una propuesta creíble, eficaz, eficiente y sostenible que demuestre que, por encima de la rentabilidad económica para sus accionistas, ponen el acceso de toda la población a determinados bienes y servicios de primera necesidad, cuidando, especialmente, los primeros y últimos eslabones de las cadenas, como es el caso, por ejemplo, de las productoras y comercios de proximidad.

Los poderes y administraciones públicas son, sin duda, fundamentales en la garantía de subsistencia. En nuestro país el buque insignia al respecto lo constituye la Seguridad Social, especialmente con sus pensiones contributivas. Por ello, la propuesta de un Ingreso Mínimo Vital, como una nueva prestación no contributiva de la Seguridad Social, de cierre (complementado con las rentas mínimas o garantizadas autonómicas), tiene mucho interés, en una línea de universalización e integración de la política de garantía de ingresos, en perspectiva europea. Los cambios sociales y tecnológicos (especialmente con la progresiva desaparición del dinero en metálico) apuntarían en la línea de una creciente interoperabilidad, básicamente, entre la Seguridad Social (incluyendo Empleo), las Haciendas y el sistema bancario y monetario. Ello nos llevaría a un escenario de simplificación de la asignación y el control de los recursos económicos (fundamentalmente en función de su carencia relativa), superando la actual situación en la que crecen la fragmentación, los costes de transacción y los riesgos morales (fundamentalmente de insuficiencia, inadecuación, inequidad, estigmatización y discriminación). Especialmente en la parte de la garantía de subsistencia que corresponde al sistema público de servicios sociales, que debería ir siendo relevado de esa función (para dedicarse sólo al cuidado, apoyo e intervención social).

Por último, las redes familiares y comunitarias, las unidades de convivencia y los vecindarios, las iniciativas solidarias y colaborativas tienen también un papel importante ante este impresionante desafío. Su capital de reciprocidad, capilaridad, confianza, compromiso y proximidad ha de ser potenciado por todas las instancias, en clave de innovación social. No tanto para hacer lo mismo que los otros agentes como para generar dinámicas en las que las personas que tienen alguna necesidad de subsistencia sin cubrir y otras personas cercanas pueden empoderarse e implicarse conjuntamente: en la respuesta, comunitaria y local, solidaria y colaborativa (con bancos de tiempo, monedas sociales, mercados de trueque u otras iniciativas), a dichas necesidades y en la denuncia reivindicativa de las estructuras y actuaciones injustas que impiden su satisfacción adecuada y sostenible.

Soledad, comunidad y servicios sociales tras la pandemia

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La pandemia global que estamos viviendo y las decisiones políticas que se están tomando para hacerle frente representan una especie de gran experimento natural, una suerte de prueba de estrés para todos los mecanismos y dispositivos de nuestras sociedades. El confinamiento domiciliario, además de poner a prueba la calidad, adecuación y versatilidad de nuestras viviendas, representa, sin duda, una exigencia para la esfera de nuestras relaciones familiares y convivenciales en los domicilios y vecindarios. Espacios, conexiones, comunidades y territorios de la vida diaria o cotidiana, que, en el imaginario todavía vigente de la sociedad industrial, abandonábamos durante toda la jornada para ir a los lugares en los que encontrábamos los medios de producción, se convierten ahora, para muchas personas, en escenarios y soportes cotidianos, revelando fortalezas y debilidades, así como amenazas y oportunidades que identificamos en ellos. Este contexto, quizá, arroja una nueva luz sobre un asunto que venía ganando cierta mayor presencia en la agenda de preocupaciones sociales y de intervenciones políticas en los años anteriores: la soledad.

Todavía es pronto para saber los estragos que las situaciones objetivas o subjetivas de soledad estarán causando en muchas personas en esta pandemia. Tampoco podemos saber en qué medida y en qué casos dichas situaciones se estarán acentuando y agravando o, por el contrario, la alarma estará contribuyendo a activar mecanismos primarios o secundarios que estén contribuyendo a contener, prevenir o revertir situaciones de soledad. En todo caso, lo que sí parece claro es que no contamos con un sistema público especializado que esté observando y abordando sistemáticamente las situaciones de soledad. ¿Podrían ser los servicios sociales dicho sistema?

Muy posiblemente, en estos momentos, se va a abrir ante los servicios sociales en nuestro entorno una disyuntiva en la que, posiblemente, se juegan el ser o no ser. En un contexto de importante daño reputacional (fundamentalmente por el porcentaje de personas que están muriendo en los servicios sociales residenciales), van a ser sometidos, posiblemente, a una doble amenaza: la de arrebatarles determinados servicios personales bajo el supuesto de que otros sistemas los prestarán mejor y la de recibir el aluvión de demanda (básicamente de dinero o medios similares) para necesidades de subsistencia no cubiertas por los grandes sistemas que tienen dicho cometido (como Seguridad Social, Empleo o Haciendas).

En ese contexto, no cabe descartar sin más la opción de, sin dejar de luchar esforzadamente (como estamos haciendo) por la sostenibilidad de la vida (en lo que nos corresponda, por la razón que sea) en esos ámbitos fronterizos con la Sanidad (por ejemplo, en la atención residencial a personas en situación de dependencia funcional) o la Seguridad Social (por ejemplo, en la subsistencia material de personas en situación de exclusión social), apostar fuertemente por nuestra histórica y ahora revalorizada función de proveer y promover cuidados, acompañamiento, relaciones y participación en la vida cotidiana de esos domicilios, vecindarios, comunidades y territorios que, en esta pandemia, están representando el principal bastión desde el que se está combatiendo al virus.

(Párrafos extractados de la entrada del mismo título publicada originalmente en catalán en el blog Llei d’Engel, aquí, y cuya versión completa en castellano puede descargarse aquí.)

Responding to COVID-19 in Spain: returning from care homes to live with families as an alternative? (2020/03/26)

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The COVID-19 emergency is characterized by its novel and vertiginous nature. It is an unprecedented situation in which everything is changing incredibly fast. By the time we identify solutions it seems to be too late to implement them.

In Spain, for example, the decree approved by the central government on the 14th of March that declared the state of emergency contained a list of services that must remain open. It included hairdressing salons but, surprisingly, there was no reference at all to social services.

However, six days later, the nursing homes were in the front pages of all the newspapers due to the large numbers of people who became infected and died, prompting the Government to declare social services as “essential services”. Residential and nursing homes rapidly became the focus of attention, with a number of intervention strategies. For example, in the press on March 24 it is reported that the army entered more than 300 care homes in order to disinfect them.

Residential and nursing homes are just one of many long-term care options, and they should really be considered together with domiciliary, ambulatory and day care, as well as telecare and other forms of community-based support. There are many reasons why some people move into residential forms of care, while others remain in their own homes. These may be to do with severity and complexity of needs, preferences and the household situation. However, once someone has moved into a residential home, this does not necessarily mean that they can never go back into their own home, at least temporarily, provided that there is adequate care and support available.

The current situation in Spain suggests that it is particularly difficult to manage a health emergency that requires isolation within a communal living setting, specially when high proportion of people in the setting have high care needs.

In this context, one of the measures that could be considered and promoted is that people who are in residential homes and are in a position to do so, move temporarily back to their own homes, the homes of their relatives or of others who may have capacity to host them. Obviously this requires that there is availability of adequate home-based care and support, and a suitable environment, so that the care and support needs are met and unpaid carers are not over-burdened. It also requires trying to ensure that neither the persons leaving the residential setting nor those who host them are infected.

This measure could potentially reduce some of pressure on residential care homes, by making it easier for them to have more space to protect from infection those who remain, and less pressure on staff. Some families in Spain are doing this now, and it is likely that there are many families who wish that they had had the chance to do it too.

Suggested citation: Fantova F (2020) Report: Responding to COVID-19 in Spain: Returning from care homes to live with families as an alternative? Article in LTCcovid.org, International Long-Term Care Policy Network, CPEC-LSE. Available at https://ltccovid.org/2020/03/26/responding-to-covid-19-in-spain-returning-from-care-homes-to-live-with-families-as-an-alternative/

Por una alianza estratégica entre los sectores de la vivienda y los servicios sociales para una industria comunitaria de los cuidados

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Parece evidente que cualquier agente o conjunto de agentes que desee tener un sitio en el escenario que se abre a partir de la emergencia general que estamos viviendo tendrá que plantearse, comunicar y concertar cuál puede ser su contribución específica, eficiente y sinérgica en los procesos de reconstrucción o reestructuración económica, social y, en general, institucional que se van a desencadenar a diferentes escalas. Y, posiblemente, los puntos de apoyo o referencia para dichas estrategias de posicionamiento y aportación en la reconstrucción no sean otros que aquellos que los que hayan sido percibidos como críticos, por su fortaleza o por su debilidad, en la inédita experiencia colectiva en la que estamos inmersas.

Seguramente, la experiencia del confinamiento está haciendo que nos hagamos más conscientes de dos elementos importantes para la sostenibilidad de nuestra vida (y de nuestra salud): la adecuación de nuestra vivienda habitual y las relaciones primarias que mantenemos en nuestras unidades de convivencia y vecindarios. Dos elementos, además, cuya relación entre sí nos resulta más evidente en estos momentos: baste citar, como botón de muestra, el partido funcional y relacional que muchas personas le están sacando a sus balcones en las actuales circunstancias.

Las políticas públicas de vivienda y de servicios sociales son hermanas pequeñas de otras políticas públicas mucho más desarrolladas en nuestro entorno, como las de pensiones, seguridad-defensa, sanidad, infraestructuras-transporte o educación. Quizás, por ello, en estos momentos, puedan encontrarse y ayudarse en una agenda compartida de transformación y fortalecimiento de la trama habitacional y relacional de nuestras comunidades y territorios, ahora que, quizá, hemos descubierto que necesitamos mucha mayor diversidad y flexibilidad en la gama de opciones que tenemos para cuidarnos, apoyarnos, acompañarnos, convivir, organizarnos y protegernos en esa vida diaria de nuestros domicilios y barrios, de los que no queremos (u, otras veces, no podemos) salir.

Esta alianza estratégica de las políticas y los sectores de la vivienda y los servicios sociales no es nada fácil. Son dos ámbitos que están bastante de espaldas entre sí: el primero, seguramente, mirando demasiado hacia el mercado inmobiliario y el segundo, posiblemente, sepultado por los trámites burocráticos que genera la demanda inducida por la emergencia estructural. Sin embargo, ciertamente, hay buenas razones para proponer esta alianza estratégica que configure uno de los ejes vertebradores de proceso de reconstrucción, y, entre ellas, no es la menor la gran capacidad de generación de empleo de menor cualificación que tienen los sectores de la vivienda y de los servicios sociales y el fuerte componente tecnológico e industrial que, mediante un inteligente proceso de impulso público de la investigación, desarrollo e innovación, deberán contener los domicilios y barrios inteligentes y amigables con la autonomía de las personas y sus relaciones comunitarias.

(La imagen es del huerto urbano del barrio de San Francisco en Bilbao. A la derecha el edificio donde están los servicios sociales de atención primaria y, a la izquierda, viviendas públicas)

Bienes de primera necesidad a cargo de los servicios sociales y de otros ámbitos de actividad

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El ámbito sectorial de los servicios sociales podría diferenciarse de otros (como el del transporte, el de los servicios sanitarios o el de la alimentación) por la parcela o parte de las necesidades de las personas a la que busca dar respuesta. Las áreas de conocimiento o disciplinas de referencia sobre las necesidades de las personas que se abordan en dicho ámbito (o, en todo caso, mediante la actividad denominada intervención social) podrían ser el trabajo social, la educación (y pedagogía) social y la psicología de la intervención social, con contribuciones de otras.

Cabe definir necesidad como la dependencia de las personas respecto de determinado aporte procedente del entorno. Las necesidades son identificadas por la comunidad de conocimiento o la comunidad política (aparte de que sean sentidas y expresadas por las personas). Más que como carencias, pueden verse como potencialidades y, para ellas, hemos de identificar un recurso, producto, actividad o servicio disfrutable individualmente que permita su satisfacción. Una denominación general y un tanto abstracta (tomada del lenguaje jurídico) para identificar la respuesta a una necesidad sería la de bien. Así, diremos que a toda gran necesidad (a todo gran ámbito, área o conjunto de necesidades) le corresponde un gran bien.

¿Cuál es la parcela de las necesidades humanas de la que se ocuparían los servicios sociales? ¿Cuál es ese bien que deberían proteger y promover los servicios sociales? Proponemos llamarlo interacción, definida como la autonomía para las decisiones y actividades de la vida diaria en el seno de relaciones primarias de carácter familiar y comunitario. En esta definición se presentan la capacidad funcional cotidiana y la inclusión relacional primaria como dos caras de la misma moneda, como dos dimensiones de ese bien que se propone llamar interacción (aunque este concepto de interacción no goce de consenso en la comunidad de conocimiento de los servicios sociales).

Diremos que una persona tiene satisfecha su necesidad de interacción o que disfruta del bien de la interacción en tanto en cuanto exista un ajuste sostenible en su funcionamiento cotidiano de interdependencia relacional, es decir, un acoplamiento entre su capacidad y proyección de desenvolvimiento autónomo en la vida diaria y los apoyos disponibles y previsibles en su convivencia familiar y comunitaria de carácter primario. Consideramos que se trata de un bien de primera necesidad, como lo son otros bienes que corresponden a otros importantes ámbitos sectoriales de la actividad económica y las políticas públicas: bienes como la salud, la alimentación, la cultura, las competencias (profesionales), el empleo, el alojamiento, el territorio (o espacio público), el (medio) ambiente o la participación (ciudadana).

Lógicamente, la intervención social tiene impacto (efecto indirecto) en otras necesidades o bienes. Del mismo modo que el funcionamiento de políticas o servicios policiales, urbanísticos, sanitarios u otros, que desencadenan sus propios resultados esperados, impactan en la interacción de las personas. Y, lógicamente, se han de prever itinerarios personales posibilitados por diferentes grados y modos de integración intersectorial entre unos u otros ámbitos. Dado que, si bien es racional y eficiente la especialización de las ramas o ámbitos por grandes necesidades o bienes, es fundamental, también, articular las conexiones y relaciones intersectoriales.

En estos momentos de emergencia global, posiblemente, se van a abrir profundos debates acerca de los modos de dar respuesta a las necesidades de las personas y del papel del Estado protector, del mercado monetizado o de la comunidad autoorganizada. Pero, seguramente, dichos debates se plantearán después (y a partir) de la identificación y priorización de las necesidades de las personas y de la selección (en un contexto de importantes restricciones) de las actividades y las profesiones que aporten más valor en la protección y promoción de los bienes que se consideren más relevantes y sinérgicos.

(Contenidos trabajados con la cooperativa de iniciativa solidaria Servicios Sociales Integrados, en procesos de construcción de marcos conceptuales.)

Entender “lo de las residencias”

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La Orden SND/322/2020, de 3 de abril, del Ministerio de Sanidad del Gobierno de España, considera a las “personas residentes en centros de servicios sociales de carácter residencial (centros residenciales de personas mayores, personas con discapacidad u otros centros de servicios sociales de análoga naturaleza)” como “uno de los colectivos más vulnerables y que más severamente está siendo castigado en esta crisis sanitaria”.

Diferentes aportaciones han señalado estos días factores relevantes para comprender cómo y por qué parece producirse en estos centros (o entre las atendidas por ellos) un significativamente mayor porcentaje de personas infectadas por el virus y de fallecidas con él (en comparación, se asume, con personas de perfil similar en salud no usuarias de residencias). Así, se habla, frecuentemente, de sus infraestructuras y recursos; de las proporciones (o ratios) entre asistentes y residentes; del modelo de atención y organización; de la disponibilidad de personal con la cualificación necesaria; de la regulación, dirección, control e inspección por parte de las autoridades; de la posibilidad de que las usuarias se trasladen temporalmente a un domicilio particular; del carácter público, privado o solidario de la titularidad de los servicios; o de las formas de coordinación o integración entre estos centros y otros servicios sociales o los del sistema de salud. Sin duda, todas estas cuestiones son relevantes y tenemos y tendremos que identificarlas, analizarlas y valorarlas con el mayor rigor posible.

En todo caso, si revisamos diferentes encuestas realizadas en nuestro entorno por décadas, reiteradamente, el porcentaje de personas que, por ejemplo, pensando en un horizonte de envejecimiento (y posible limitación funcional y de sus relaciones primarias), expresaba la preferencia por continuar su vida en el domicilio particular superaba, normalmente, el 80% y no sería extraño que, después de los acontecimientos de estas semanas, este porcentaje aumentara. Sea como fuere, en nuestro entorno, es, seguramente, muy reducido el número de personas que están en una residencia por preferencia y voluntad propias.

Sin embargo, las condiciones que podrían permitir el cumplimiento de ese deseo tan extendido de vivir, envejecer y, finalmente, morir “en casa” exigen y van a exigir cada vez más, posiblemente, modificaciones importantes en nuestros hábitos de vida, desarrollos tecnológicos, nuevos servicios sociales y de otros tipos, innovaciones urbanísticas y habitacionales, cambios en nuestras relaciones familiares y comunitarias y, en definitiva, una transformación importante de nuestro modelo de vida y modelo de sociedad. Parece que para entender “lo de las residencias” hay que entender algunas cosas más.

La emergencia que estamos viviendo, seguramente, pone de manifiesto la necesidad de optar, políticamente, estratégicamente. No parece posible una mayor inversión simultánea en todos los dispositivos o mecanismos existentes que sentimos tensionados en esta situación (como los sistemas públicos de salud, la investigación científica, la provisión de tecnología sanitaria y fármacos, los servicios sociales, las políticas de conciliación entre la vida familiar y laboral, el empleo de calidad, los mecanismos de gobernanza de la sociedad, las prestaciones de garantía de ingresos, las viviendas adecuadas, las tecnologías digitales, el voluntariado o las redes comunitarias), sin olvidar, lógicamente, otros que ahora tenemos al ralentí (la educación, la cultura, el comercio, la industria, el transporte y más). Normalmente, al parecer, solemos ver como más importante o estratégico el ámbito o el sector al que pertenecemos o que representamos.

No cabe duda de que se han de mejorar las residencias, los sistemas públicos de servicios sociales y los sistemas de bienestar en general. Pero cabe decir que, en cierta medida, las limitaciones en los recursos disponibles, en la capacidad de reacción, en la resiliencia compartida, en la flexibilidad adaptativa, en la diversidad creativa, en la vitalidad sostenible o en la conectividad con el entorno que han experimentado muchas residencias, posiblemente, no son más que un caso extremo y extremadamente notorio de esas mismas limitaciones en nuestro modelo social en general, en nuestra forma de vida.

Quizá las residencias eran un lugar al que no queríamos mirar porque veíamos en él nuestro reflejo.

(Una propuesta de mejora, impulsada por Mayte Sancho y Teresa Martínez, a la que es posible adherirse, puede consultarse aquí. En la fotografía, militares desinfectando una residencia.)