La intervención social ante las situaciones de soledad

…………………..Muskiz

Si proponemos la interacción (es decir, la autonomía e interdependencia de las personas en la vida diaria y en las relaciones primarias) como el objeto de la intervención social (se realice ésta dentro o fuera de la rama de actividad de los servicios sociales), cabe entender que las de soledad son situaciones que conciernen a la intervención social y que su estudio interesa a las disciplinas de la intervención social (tales como el trabajo social, la educación social o la psicología de la intervención social).

Decimos que una persona está en una situación de soledad en la medida en que mantiene menor cantidad o calidad de relaciones con otras personas que las que le gustaría (por lo tanto hay que considerar el proyecto de vida y las preferencias de cada persona). Se suele hablar de tres tipos de soledad: la soledad social, que haría más bien referencia al número de relaciones; la soledad emocional, que haría más bien referencia a la calidad de las relaciones; y la soledad existencial, a la que nos referiríamos cuando la soledad ha calado más profundamente, afectando a la identidad e identificación de la persona como parte de la comunidad.

Las situaciones de soledad son motivo de preocupación en tanto en cuanto entendemos que la pertenencia a la comunidad, el apoyo mutuo y las relaciones interpersonales son bienes valiosos, bienes de primera necesidad con sentido en sí mismos. Además, como los grandes bienes de primera necesidad tienen sinergias entre sí, las situaciones de soledad pueden contribuir a agravar otros males que podemos padecer, tales como enfermedades, fragilidad funcional, pobreza económica, precariedad laboral, vulnerabilidad residencial, inseguridad física u otros.

Nuestra sociedad ha evolucionado (en lo demográfico, en lo laboral, en lo residencial, en lo familiar y en lo moral) en un sentido que hace que se hayan ido incrementando y se sigan incrementando las situaciones de soledad. Por eso estamos construyendo estrategias para hacer frente a este reto, estrategias que pueden ser de:

  • Prevención primaria o universal, con toda la población, con cualquier persona, con la comunidad.
  • Prevención secundaria o selectiva, con segmentos de población que pueden presentar mayor riesgo de llegar a una situación de soledad.
  • Prevención terciaria o indicada, con personas que hemos detectado que se encuentran en situación de soledad.

En estos momentos nuestra intervención social suele activarse cuando las situaciones de soledad son bastante acentuadas y, además, se presentan enlazadas con otras preocupantes que se han comentado más arriba. Muy tarde. Por ello es necesario innovar e intentar aumentar nuestra capacidad de prevención selectiva y, sobre todo, universal, impulsando procesos de participación comunitaria y comunidades amigables, en las que todas las personas desarrollemos una mirada activa hacia las otras personas y hacia nosotras mismas, construyendo nuevas relaciones en la diversidad, que nos ayuden a dar respuesta a nuestras necesidades y las de las otras personas, especialmente en las transiciones individuales y colectivas, fortaleciéndonos personal y comunitariamente ante los riesgos que conllevan las situaciones de soledad.

(Notas para una intervención hoy en Muskiz, con el grupo cooperativo de la economía solidaria Servicios Sociales Integrados y profesionales de servicios de bienestar de la localidad.)

Políticas sociales, organizaciones solidarias e innovación social

SiiS

En las siguientes páginas, sobre la base de trabajos anteriores, vamos a intentar reflexionar sobre las capacidades y las potencialidades de nuestras organizaciones solidarias para impulsar la innovación social en el ámbito de las políticas sociales o participar en ella, en un contexto pandémico y pospandémico, de emergencias y reconstrucción.

A la vez quieren ser un homenaje a una iniciativa de la sociedad civil, la Fundación Eguía Careaga, que nos viene ayudando durante décadas en el mejor conocimiento de la realidad social y la mejor formulación de políticas sociales, siempre en clave de innovación.

La evolución de las políticas sociales

La adjetivación como social de una parte de las políticas públicas viene originariamente, en buena medida, de una concepción según la cual las Administraciones no habrían de ofrecer respuestas (prestaciones, servicios, atenciones, apoyos) a la mayoría de las necesidades de los individuos, salvo en determinadas circunstancias excepcionales, ante determinadas contingencias, en relación con determinados riesgos. Es decir, se asume que la mayor parte de la población puede (o, en todo caso, debe) obtener satisfacción para el grueso de sus necesidades mediante su pertenencia a familias (en sentido más restringido-nuclear o más amplio-comunitario) o mediante su participación en el mercado (laboral y de bienes y servicios, fundamentalmente) y que sólo en determinadas situaciones tasadas (enfermedad, desempleo, jubilación, orfandad, viudedad u otras), el Estado se hace cargo, bien de costear la satisfacción de determinadas necesidades o bien de satisfacerlas en especie o mediante servicios (Lapuente, 2015).

En esa tradición, tanto la modalidad contributiva (vale decir, Seguridad Social) como la no contributiva (Asistencia Social) de socializar o mutualizar esos riesgos por parte del Estado son políticas públicas adjetivadas como sociales. Así, en ese esquema, por ejemplo, la política sanitaria que me vacuna contra una enfermedad es considerada gasto social mientras que la política de seguridad que me protege frente a un robo no lo es. Consiguientemente, cuando se va adoptando un enfoque de derechos, se denominan derechos sociales los que permiten la satisfacción de esas necesidades que se entienden asociadas a contingencias como las mencionadas. En la concepción canónica de Thomas Marshall, de 1950, se trata de una generación de derechos humanos posterior a los derechos civiles y políticos y, por tanto, las obligaciones o responsabilidades de las Administraciones en relación con los derechos sociales serían posteriores y diferentes a las que tienen en relación con los derechos civiles y políticos. Volviendo al mismo ejemplo, la médica que me pone la vacuna vino después (y de otro modo, vale decir) que el policía que disuade a la persona que me iba a robar (Gómez y Vidal, 2019).

Sin embargo, ese modelo que podríamos denominar en cascada, según el cual quienes no pueden satisfacer determinadas necesidades mediante los ingresos obtenidos, básicamente, por el empleo o mediante la integración en una familia cuentan con la protección social contributiva, y, si no, en último caso, con la protección social no contributiva, es cada vez menos reconocible en nuestro entorno. En cada vez más sectores de actividad, como, por ejemplo, el de la vivienda (considerado habitualmente como social) o el transporte (no considerado social) se plantean las Administraciones parecidos dilemas entre, por ejemplo, regular o proveer (y, en cualquier caso, cuánto financiar o qué recursos y activos aportar). (Ignatieff, 2014). Siguiendo con los mismos ejemplos, ¿tiene hoy en día algún significado afirmar que alojar es más o menos social que transportar?

(Para seguir leyendo, descargar el artículo completo aquí. Forma parte del libro cuya portada aparece en la ilustración, editado en 2022 por la Fundación Eguía Careaga. El libro se presentará en Bilbao el 30 de mayo de 2022 a las 19 horas en el edificio municipal de La Bolsa.)

Empleo con apoyo: miradas de futuro

suport

A la hora de mirar al futuro del empleo con apoyo puede resultar útil echar una ojeada al pasado y darnos cuenta de que la propia construcción del concepto de discapacidad (u otros similares o conexos) y la configuración de los colectivos de personas así etiquetadas están relacionadas con los procesos de laboralización, mercantilización, urbanización e individualización relacionados con (o enmarcados en) el tránsito a la sociedad industrial.

A partir de ahí, tanto el empleo con apoyo como los centros especiales de empleo, por ejemplo, surgen seguramente de una concepción que otorga gran centralidad al empleo de cara a la calidad de vida y la inclusión social de las personas. Obviamente, el empleo con apoyo es una alternativa preferible al empleo especial o segregado desde el punto de vista de los consensos de las comunidades de práctica y de conocimiento y de visión y de políticas en materia de discapacidad tal como se recoge, por ejemplo, en la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad.

Efectivamente, el artículo 27 de esta Convención prohíbe la discriminación por discapacidad en el mundo laboral y apuesta por el acceso efectivo a los programas generales de orientación y por los ajustes razonables que faciliten una buena experiencia laboral en el mercado de trabajo abierto.

Con todo, hemos de reconocer que las ingenierías para la inclusión del estilo del empleo con apoyo (las hay en otros ámbitos, como el ocio, la educación u otros) y, en general, el proyecto de la inclusión de las personas con discapacidad va teniendo resultados mucho más modestos de lo que pensábamos, al menos algunas personas, hace cuarenta años. Y además, por si fuera poco, hay una serie de cambios sociales que amenazan con dejarnos fuera de juego. Veamos.

Estamos en la sociedad del conocimiento. Un conocimiento que, por definición, busca y pretende tener validez universal. Por ejemplo, los avances de la arquitectura y el urbanismo en relación con el diseño para todas las personas y la accesibilidad universal de base tecnológica parecen hablarnos de un futuro inclusivo (aunque sabemos que muchas veces nos hemos visto en la tesitura de retroceder). A la vez, los procesos de exclusión social, como una hidra, se diversifican e intensifican (emergiendo nuevos movimientos sociales mientras las organizaciones de las discapacidades se van acomodando a la función de prestadoras de servicios con financiación pública). El empleo pierde centralidad social y capacidad inclusiva y el territorio físico y la capa digital toman protagonismo con nuevas amenazas y oportunidades para las comunidades humanas. Y ya parece que vamos viviendo una serie de fenómenos disruptivos (como calentamiento, pandemia, guerra, inflación, escasez, trumpismo) que pueden encadenarse y potenciarse entre sí.

En ese contexto, las organizaciones de las discapacidades se van a ver seguramente más comprometidas con el conjunto de la comunidad, más allá del colectivo de personas con discapacidad para el que nacieron. A la vez, la innovación tecnológica, metodológica, organizativa, política y social nos podrá llevar a generar nuevos formatos, alianzas, ubicaciones, procesos o dinámicas en claves posiblemente de más circularidad, intersectorialidad, diversidad, interseccionalidad y comunidad.

La Convención y la legislación, derechos y apoyos vinculados a las diversas formas de certificar el menoscabo funcional (llámese discapacidad, dependencia, incapacidad o de otro modo) son conquistas y palancas irrenunciables. Y, en ese marco, se debe  redoblar la apuesta por el empleo con apoyo. A la vez, quienes se dediquen al empleo con apoyo con personas con discapacidad habrán de involucrarse en estrategias y alianzas diversas para evitar ser víctimas del achique de espacios y el fuera de juego. Estrategias y alianzas que tendrán que moverse seguramente desde el foco en las personas con discapacidad hacia el alcance más universal, desde el ámbito sectorial del empleo a las dinámicas intersectoriales con otras ramas de actividad, desde la interlocución con la administración pública a una geometría variable en un ecosistema de agentes, desde el saber hacer hacia el conocimiento robusto y desde los centros de trabajo a la comunidad y el territorio.

(Notas para hoy, 20 de mayo de 2022, en el Palau Macaya de Barcelona, en el 25 aniversario de la Associació Catalana de Treball amb Suport.)

Zaintzen eta bizitza-luzeraren ekonomiaren enplegu-aukerak

Ana Peligros

#ZainLab: fundamentos y preguntas de un proyecto sobre oportunidades profesionales en los cuidados y la economía de la longevidad

Bizitza-luzeraren ekonomiaz ari garenean, premiak eta eskaerak edo produktuak eta zerbitzuak (eta, azken batean, bizitza ekonomiko eta lan-bizitza osoa) gizarte batean adineko jende gehiago dagoenean zertan aldatzen diren hausnartzeko da. Gure gizartean, oro har, onartzen dugu adineko jende horren zati handi batek erosteko ahalmena eta eskubide batzuk izango dituela eta, era berean, onartzen dugu bizitzaren luzapen horrek berekin dakarrela zainketa-beharrak areagotzea.

Hala ere, ziurrenik, trantsizio demografikoak ekonomian izan dituen eraginak askotarikoagoak eta konplexuagoak dira: bizi-ibilbide luzeenak ahalbidetzen dituzten ezagutza eta gaitasun baliotsuak ugaritzetik hasi eta ibilbide horiek irudikatzen dituzten ondare higiezin edo higigarriak eraikitzeko aukera handiagora arte. Muga funtzional garrantzitsuekin bizi gaitezkeen urte kopurua handitzetik harremanetarako (eta laguntzarako) aukerak handitzera arte, bereziki belaunaldien artean. Adinekoen segmentuak beren aberastasunaren edo botoen bidez pila ditzaketen botere handietatik hasi eta zahartzaroko uneren edo aldiren batean ia pertsona guztiok aurkituko dugun zaurgarritasun handienera arte. Denbora libre asko duten adinekoetatik hasi eta beste pertsona batzuek denbora librea izatea eragozten duten zaintzak behar dituztenetaraino. Eta horrela hurrenez hurren.

Edonola ere, zaintza luzeen gaia gure azterketen eta proposamenen erdigunean dago, bizitza-luzeraren ekonomiaren esparru horren barruan. Zainketatzat hartzen da eguneroko bizitzako erabaki eta jardueretarako pertsonen autonomia funtzionala osatzea eta sustatzea, eta harremanak osatzea eta sustatzea, batez ere lehen mailakoak (indartsuak edo ahulak), familiakoak eta komunitarioak. Kasu askotan, bizitzako azken etapetan horien beharra areagotzen da.

Horretan lan egiten duen pertsona batentzat, zaintza ematea da, zalantzarik gabe, zainduak eta haren gertukoek egin ezin duten zerbait egitea norbaiten alde, eta hori egin beharko litzateke haren segurtasun fisikoari, erosotasun materialari, autonomia funtzionalari, giza duintasunari, ongizate emozionalari, autonomia moralari, aukeratzeko askatasunari, harreman esanguratsuei eta harmonia espiritualari kalterik egin gabe.

(Bideo batetik hartutako irudian, Ana Peligros, Servicios Sociales Integrados taldeko lankidea, Maria Luisa Mendizabal, kooperatibaren sortzailearen begiradapean. Gaur goizean 9:30etatik aurrera, Irekiaren bidez, #ZainLab proiektuari buruzko ekitaldia jarraitzeko aukera izango duzue.)

Servicios sociales: renovarse o…

Gijón

(retrato de familia, comunitariamente elaborado, con Gijón al fondo)

En una mesa de una cafetería de Gijón vemos a Dolores, de 99 años, vestida de negro y en su silla de ruedas; su hijo Manuel, 78 años, minero prejubilado hace tres décadas de la empresa pública Hunosa; María, de 55, hija de Manuel y educadora social en una entidad del tercer sector con financiación de la Fundación Municipal de Servicios Sociales; y, por último, Iván, de 26 años, hijo de María, enfermero en el Hospital Universitario Central de Asturias, que apenas despega la mirada de su teléfono móvil. Este grupo familiar imaginario (pero muy real) nos sirve para ilustrar algunos cambios sociales que podrían hacer que el ámbito de los servicios sociales en nuestro país viviera un proceso similar al de la minería en las últimas décadas del pasado siglo y comienzos de éste, proceso que condujo a su práctica desaparición como rama de actividad.

Dolores recuerda cuando era niña, en una aldea cercana. Acarreaba agua, ordeñaba las vacas y realizaba un sinfín de tareas pegadas a la tierra en una comunidad homogénea y prácticamente autosuficiente en la que raramente se desplazaban fuera de su demarcación territorial. Rememora también los conflictos y las rupturas que la hicieron emigrar a la ciudad, las penurias que pasó en su juventud y las complicadas circunstancias que rodearon al nacimiento de Manuel en La Gota de Leche. No olvida cómo la ayudó a encauzar su vida sor Inés, una religiosa de la Congregación de las Hermanas de la Caridad (que a finales de los cincuenta participaría en la creación de la Escuela de Asistentes Sociales Pío XII y, pocos años más tarde, también, en la de la que llamaron Asociación Asturiana de Protección a Subnormales). Dolores y su hijo pudieron adquirir hace algunos años pisos contiguos y Manuel, que cobra una relativamente elevada pensión de la Seguridad Social, dedica varias horas al día a cuidar a su madre. Cuentan, de todos modos, con Gladys, interna ecuatoriana, contratada al amparo del Sistema Especial para Empleados de Hogar de la Seguridad Social, que no da derecho a cobrar por desempleo.

María está cansada. Piensa que, con su edad, Manuel ya disfrutaba de sus partidas de cartas y paseos por Gijón con sus compañeros pensionistas, mientras ella sigue bregando con jóvenes de vidas desestructuradas y entornos conflictivos, con situaciones cada vez más demandantes, graves y complejas. No sabe si se preocupa más cuando trata a la tercera generación de la misma familia o cuando se encuentra con perfiles diversos que nunca hubiera imaginado llegando a la zona de exclusión social. Jóvenes, en todo caso, a quienes, honestamente, no tiene una hoja de ruta que ofrecer. Afortunadamente su hijo Iván tiene un buen empleo (nada más empezar ya cobra más que su madre con diez trienios) en el mismo hospital en el que él nació (el mismo en el que lo hizo la propia María cuando era Residencia Sanitaria del Instituto Nacional de Previsión) y en el que ha debutado en plena pandemia. Iván está inquieto porque su novio no responde a sus mensajes sobre el coche eléctrico que planean comprar. Iker, su pareja, recién llegado de Londres, está muy ocupado en la gran consultora en la que trabaja, a causa de un proyecto con fondos Next Generation de digitalización de los trámites para las ayudas y prestaciones económicas públicas que podría reducir drásticamente los costes de personal en los servicios sociales, como ya ha sucedido en otros ámbitos.

Mañana María está invitada al arranque de una reflexión estratégica de futuro en los servicios sociales de Gijón. Se pregunta si la desazón que siente tendrá remedio, si serán posibles esos servicios sociales universales, gratuitos, preventivos, personalizados, participativos y comunitarios con los que lleva décadas soñando. Se pregunta si el malestar que percibe en sus colegas y en las personas a las que atienden se reduciría significativamente con más recursos humanos y económicos. O si, más bien, se trata de organizarse de otra manera (especializaciones e integraciones) tanto en los servicios sociales como en el conjunto de las políticas sociales. O si es toda una concepción de la intervención social (quizá paternalista y patriarcal) la que se ha vuelto insostenible y hay que repensar los servicios sociales desde la raíz en el marco de una nueva agenda urbana. Se pregunta en qué medida las disciplinas, las profesiones, las leyes y las organizaciones actuales de los servicios sociales son parte del problema o parte de la solución. Y le preocupa el fuerte giro a la derecha de no pocos electorados en un contexto de guerra e inflación.

Sin embargo, a pesar de su cansancio, confusión y preocupación, María cree que la suerte no está echada, que es mucho y valioso lo que las gentes de los servicios sociales aportan y pueden seguir aportando a la sociedad en Gijón y en todas partes. Que lo que proporcionan y consiguen los servicios sociales (aunque no sepamos explicar muy bien qué es) resulta esencial para cualquier persona y para el conjunto de la sociedad. Que los cambios y convulsiones sociales que la acongojan pueden funcionar como oportunidad y acicate para la transformación e impulso del conjunto de políticas sociales. Quizá, piensa, tenga sentido esa convocatoria para pensar en el propósito

(continuará)

Gratuidad de los servicios sociales de cuidado: sí se puede

Sarwar2

En nuestra sociedad los servicios sociales tienen el encargo de proporcionarnos cuidados cuando no resulta satisfactorio el encaje entre, por una parte, nuestra capacidad para las decisiones y actividades de la vida diaria y, por otra, la ayuda mutua que nos brindamos entre familiares u otras personas cercanas. Uno de los principales retos sociales y políticos para los próximos quince años en nuestro país sería el de lograr, para esos servicios, las cotas de universalidad y gratuidad que han alcanzado los servicios de salud.

El modelo, factible y asequible, que haría posible lograr ese objetivo tiene, seguramente, seis ingredientes:

1. Profesionalización. Como a tantas otras actividades en la historia, a algunas de cuidados les ha llegado la hora de su intensa y extensa transformación en actividades para las que se requiere una formación reglada y una cualificación formalmente establecida, tanto para la atención directa a las personas que necesitan cuidados como para otras funciones que se requieren en los sistemas de servicios sociales. Las cualificaciones, básicamente, existen, pero se requiere una apuesta de inversión pública que facilite el acceso masivo a ellas de personal actual o potencialmente ejerciente y su correspondiente reconocimiento retributivo. Los servicios sociales de cuidado podrían constituir el yacimiento de empleo con mayor potencial de crecimiento en los próximos quince años en nuestra sociedad.

2. Autodeterminación. El aumento de la cantidad, diversidad, derechos y expectativas de las personas que vamos necesitando cuidados plantea, cada día con más fuerza, la oportunidad y la exigencia de una atención centrada en la persona, es decir, de unos servicios sociales mucho más flexibles y personalizados que promuevan y posibiliten que los valores, el proyecto de vida, las preferencias y las decisiones de las personas (también las anticipadas) determinen los cuidados que vamos a recibir. Autodeterminación es libertad efectiva de elección entre alternativas reales en aspectos clave.

3. Equidad. Significa construir un sistema en el que cada persona reciba los cuidados que necesite cuando los necesite y contribuya solidariamente a lo largo de su vida al sostenimiento de los servicios según sus capacidades (económicas, principalmente). El diseño del sistema deberá incentivar el autocuidado, la prevención, la rehabilitación y la ayuda mutua y habrá de corregir radicalmente la histórica y persistente inequidad de género en la organización social de los cuidados. Un sistema público percibido como confiable y justo legitima la recaudación de impuestos y ayuda a optimizar las decisiones de ahorro e inversión de las personas y familias. El reto de multiplicar por cuatro, en quince años, nuestro actual gasto público en servicios sociales es asumible si atendemos a los efectos y retornos de esa inversión social.

4. Atención en la comunidad. Las personas, cuando necesiten cuidados, deben, según su deseo, seguir formando parte activa de sus redes de relación familiar, convivencial, vecinal y comunitaria y poder optar entre continuar viviendo en su domicilio anterior (con la rehabilitación o adaptaciones pertinentes, en su caso) o cambiar de domicilio, teniendo a su disposición una variedad de alternativas habitacionales (con más o menos y unos u otros espacios y apoyos compartidos con otras personas) a las que los servicios sociales deberán adaptar su oferta de cuidados.

5. Interoperabilidad con el sistema de salud. Desde que nacen hasta que mueren y a lo largo de su vida las personas interactúan con los servicios sanitarios en situaciones que, en ocasiones, generan alteraciones temporales o permanentes en su capacidad funcional y, por lo tanto, necesidad de cuidados más o menos prolongados. El funcionamiento satisfactorio de los servicios de salud y de los servicios sociales requiere de una potente integración intersectorial para que los flujos de personas e información entre ambos sistemas sean eficientes.

6. Innovación tecnológica. Las maneras de cuidar y organizar los cuidados pueden y deben mejorar metodológicamente de forma más rápida y sistemática e incorporar nuevas tecnologías que contribuyan a que las personas podamos recibir unos cuidados cada vez más efectivos, versátiles, afectivos, humanos, seguros y personalizados. El desarrollo tecnológico es estratégico para abaratar costes y es, a la vez, una fuente de riqueza y competitividad para el país.

La realidad demográfica de nuestra sociedad es inexorable y resulta crecientemente insoportable e insostenible la actual organización social de los cuidados, dentro de la cual los servicios sociales públicos (la pandemia lo ha evidenciado más si cabe) presentan una oferta escasa, limitada, tardía, rígida, costosa y desincentivadora de las conductas previsoras y solidarias. En todo caso, la apuesta por el desarrollo y transformación de dichos servicios sociales es más racional que cualquier otra alternativa (como la de que la gente se busque la vida, la de crear un nuevo sistema público de cuidados desde cero, la de encargar los cuidados al sistema de salud u otras).

(Reflexiones, desde Santander, para esta semana en Barcelona, Mataró, Bilbao y Gijón. En la imagen, Anas Sarwar, líder laborista escocés, impulsor de la propuesta de la gratuidad en los servicios sociales de cuidado, social care, y de la creación del National Care Service, de denominación y configuración inspiradas en el mítico NHS, National Health Service, free at the point of use.)

Tres trayectos paradójicos para las profesiones de la intervención social

eduso2

Se plantea la reflexión sobre la contribución de las tres disciplinas y profesiones de la intervención social de superior rango académico en nuestro país (trabajo social, educación social y psicología de la intervención social) a la justicia social en clave de compromiso político. Y ésta podría ser una propuesta de tres paradójicas y contraintuitivas estrategias:

  1. Fortalecer la configuración, identidad y posicionamiento de las disciplinas y profesiones de la intervención social como áreas de conocimiento disciplinar y profesional ancladas en el saber científico y técnico, permitiendo que estos saberes ganen terreno frente a (y pongan en cuestión) prácticas y valores preexistentes y posicionamientos ideológicos y políticos anteriormente instalados en la comunidad de la intervención social o en muchos de sus miembros.
  2. Romper la vinculación directa y automática que existe, muchas veces, en nuestras prácticas y en nuestras mentes, entre intervención social y colectivos (considerados) vulnerables, construyendo miradas y capacidades cada vez más universales e inclusivas y más capaces de identificar y abordar unas necesidades y capacidades específicas de cualquier ser humano.
  3. Aceptar y asumir, en mayor medida, que la intervención social es (y no puede dejar de ser) parte del sistema establecido (del sistema de políticas públicas, del sistema institucional académico y de otros) e incardinarnos en las estructuras sectoriales del sistema de bienestar (y, específicamente, del sistema público de servicios sociales) sabiendo que, al hacerlo, asumimos la contradicción de formar parte de estructuras injustas y, en parte, contribuimos a mantenerlas.

Para un área de conocimiento, para una comunidad profesional, si quiere obtener un impacto real, si quiere ejercer su compromiso político con la justicia social (que, necesariamente, es un compromiso con las víctimas pasadas, actuales y futuras de las injusticias sociales), no hay atajos y, por el contrario, lo que sí hay son este tipo de caminos extraños o trayectos paradójicos.

No por ser menos científicos vamos a ser más políticos. No por ser menos universales vamos a beneficiar más a las víctimas de la injusticia estructural. No necesariamente por tener más maniobrabilidad como profesionales o como profesiones vamos a ser más eficaces en la transformación sostenible.

Como agentes de la intervención social sabemos muy bien que los procesos de transformación no son lineales y simples y que, frecuentemente, exigen retrocesos y rodeos, comportan decisiones cuya lógica no es fácil de advertir a primera vista. Claro que aspiramos a unas disciplinas y unas profesiones de calado político, comprometidas con la justicia social y eficaces en la defensa y garantía de los derechos humanos, especialmente de aquellas personas que los ven más conculcados. Pero quizá lo que toca hoy es, más bien, fortalecer el músculo y la identidad de carácter científico, universal y estructural, para después (y también mientras tanto y siempre) potenciar nuestra capacidad e impacto de carácter político, ético y transformador.

(Adaptación de un fragmento de la intervención de hoy en el congreso de educación social. Más adelante se colgará el texto completo.)

Necesidades individuales, bienes públicos, políticas sectoriales y proyectos comunitarios

Mallorca

Para que podamos decir cabalmente que un bien que da satisfacción a una necesidad humana (siempre individual) es un bien público (es decir, que hoy y aquí lo estamos produciendo, promoviendo, protegiendo y distribuyendo como tal), nuestras autoridades han de estar, razonablemente, en condiciones de garantizarlo como un derecho universal, para toda la ciudadanía. Eso significa que todas y cada una de las personas que formamos parte de una determinada comunidad podamos, razonablemente, exigir disfrutar de ese bien. Normalmente son las políticas llamadas sectoriales las que se ocupan de esos bienes: la salud, la justicia, el territorio y así sucesivamente.

Obviamente, sabemos que nuestra sociedad está muy lejos de la perfección en cuanto al ejercicio universal de esos derechos prestacionales pero también hemos aprendido que su articulación normativa no es un acto baladí. Del mismo modo que no es baladí la regulación jurídica de nuestras obligaciones como miembros de la comunidad en sus diversas manifestaciones, por ejemplo, en el seno de estructuras familiares, vecinales, mercantiles, laborales, asociativas o de otra índole.

El que trabajemos en pos de la garantía legal de un derecho subjetivo, operativizado en forma de prestación que permite disfrutar de un determinado bien, no significa que no comprendamos, a la luz de los hallazgos de las ciencias sociales, que todos esos bienes que vamos construyendo como públicos, tienen un carácter relacional, es decir, que la posibilidad individual de disfrutar del bien garantizado por el Estado se ve afectada (potenciada o dificultada) por la propia comunidad de la que forma parte el individuo. El ejemplo que tenemos más a mano es, lógicamente, el de nuestra salud en estos años pandémicos: aunque sintamos que nuestras instituciones públicas están garantizando razonablemente nuestro derecho a la salud, nos sabemos vulnerables ante el vecino del sexto derecha que se ha colado en el ultimo momento en el ascensor y que no para de toser mientras, en un tiempo que se antoja eterno, subimos hasta nuestra casa.

La aplicación del enfoque comunitario (o intencionalidad comunitaria, marges.coop dixit) en las políticas públicas de servicios sociales, de movilidad, de participación ciudadana, de cultura, de vivienda u otras significa invertir recursos y realizar procesos que vayan generando estructuras de (o para la) relación interpersonal que, a su vez, contribuyan a que las personas puedan dar respuesta a sus necesidades. No se trata (sino todo lo contrario) de que las políticas públicas renuncien a garantizar derechos y endosen a las redes (familiares y) comunitarias la responsabilidad de proveer o proteger bienes de primera necesidad (como el medio ambiente, la educación, los cuidados o la alimentación). No, se trata de que los poderes públicos, considerando la actual fragilidad de las comunidades, apuesten por el fortalecimiento de viejas y nuevas  maneras de autoorganización solidaria y ciudadana y de relación familiar y convivencial.

Nuestros proyectos comunitarios (y sus redes, mesas, reuniones y talleres) están, seguramente, ante el reto de mostrar y demostrar (ante los agentes y, sobre todo, ante la población) de qué manera y en qué medida acaban teniendo un impacto en el ejercicio de los derechos y la satisfacción de determinadas necesidades de un espectro cada vez más amplio y diverso de personas. Deben, seguramente, innovar en aspiraciones, lenguajes, formatos y tecnologías, si quieren conectar de manera pertinente y fértil con una parte significativa de esta sociedad ilusionante, dinámica, riesgosa, fragmentada y convulsa en la que vivimos y buscamos la felicidad.

(Arriba, uno de los encuentros de la pasada semana con personas de los servicios sociales del Ayuntamiento de Palma de Mallorca.)

Innovación tecnológica, transformación social y buen vivir

Iñigo 2

En nuestras sociedades la innovación tecnológica tiende a presentarse como la principal herramienta para el bienestar. Aparenta ser un instrumento, como mínimo, éticamente neutro y, por lo tanto, susceptible siempre de ser utilizado para el bien. En el discurso dominante la innovación tecnológica es deseable, per se, siempre y en todo lugar. Es un proceso que, en general, ha hecho, hace y va a hacer la vida mejor, más aún, el principal proceso que nos ha hecho progresar, según parece. Nuestras autoridades, antes que fotografiarse junto al altar de una catedral, prefieren hacerlo al lado de algún aparato de última generación. Hoy en día, frecuentemente, más que hablar de reforma social, de desarrollo social o de transformación social, se hablaría de innovación social, ampliándose el radio de acción de una innovación, inicialmente, tecnológica.

Sin embargo este discurso puede ser cuestionado, cuando constatamos el inmenso poder que tiene la innovación tecnológica para transformar la sociedad y al propio ser humano. Para transformar y, no pocas veces, para deformar y para destruir la sociedad y el ser humano. La tecnología es un subsistema social con capacidad de agencia que con frecuencia resulta disfuncional y que, en lugar de servir al conjunto del sistema social, muchas veces, se sirve de él, colonizándolo e instrumentalizándolo, llevándolo al deterioro y al colapso.

No todo saber o conocimiento humano es o se convierte en tecnología. Es más, posiblemente, los principales saberes que tenemos las personas no pueden formatearse como tecnología: saberes éticos, científicos, espirituales, emocionales o prácticos que atesoramos, construimos y compartimos los seres humanos, legados que recibimos y transmitimos, que reinterpretamos y reelaboramos colectivamente, deliberativamente, comunitariamente. Y que no son, generan o desembocan en innovaciones tecnológicas.

Posiblemente la novedad principal de la época que nos ha tocado vivir es que, por primera vez en su historia, los seres humanos tienen la capacidad tecnológica para destruir toda la vida humana sobre la tierra. Y el riesgo de asimetría de poder y de dominación por parte de quienes se apropian de esas capacidades es enorme. La combinación de la innovación tecnológica con la desregulación capitalista es, posiblemente, la mayor amenaza que hoy enfrenta la humanidad.

Según Albert Camus, “en política son los medios los que deben justificar el fin”. O, en palabras de Mahatma Gandhi, “el fin está en los medios como el árbol en la semilla”. Frente a la interesada y suicida racionalidad instrumental, alienante y consumista, que nos conduce a hacer inexorablemente todo aquello que es posible hacer, caiga quien caiga, hemos de proponer, practicar y defender el buen vivir construido democráticamente desde un universalismo inclusivo y mediante la gobernanza participativa y la gestión colaborativa del trabajo, el conocimiento y la innovación.

(Notas para la próxima celebración del décimo aniversario de Home Care Lab, división de innovación del Grupo Servicios Sociales Integrados.)

Organizaciones de solidaridad y comunidades de cuidados en la transformación política de los Estados de bienestar

polanyi 3

Es frecuente que, al tratar sobre diferentes desafíos que enfrentan nuestras sociedades, se haga referencia a la necesidad, como propone Adela Cortina, de reconfigurar el contrato social, de reiniciar la alianza humana, de construir un nuevo pacto ciudadano. Tratemos de la precariedad laboral o la segregación residencial, discutamos sobre las relaciones de género o entre las generaciones, hablemos de la natalidad o la longevidad, nos refiramos a la soledad emocional o a la dependencia funcional, debatamos sobre la diversidad o la desigualdad, nos preocupemos de la productividad o de la sostenibilidad, llegamos a la conclusión de que las reglas que estructuraron la interdependencia entre las personas que constituyeron las sociedades, básicamente, mediante el empleo industrial, la familia patriarcal y la Seguridad Social requieren una profunda revisión e importantes cambios.

En nuestro mundo, efectivamente, esa interdependencia entre las personas, esas relaciones sociales se constituyen en gran medida en forma de transacciones de mercado: vivimos en sociedades altamente mercantilizadas. Como mostró con agudeza Karl Polanyi, incluso la tierra, el trabajo y el dinero se tratan como mercancías. Es cierto que la producción y distribución de ciertos bienes públicos en los Estados de bienestar es una forma de evitar que la satisfacción de determinadas necesidades de las personas dependa de su solvencia en los mercados, pero, como nos muestra Naomi Klein, el sistema capitalista, en muchas ocasiones, consigue poner incluso esa producción de bienes públicos al servicio de dinámicas de crecimiento insostenibles, con sus correspondientes crisis, catástrofes y shocks, que también son, a su vez, utilizados en favor de los intereses de las élites extractivas dominantes y las clases acomodadas satisfechas.

La economía social y solidaria del llamado tercer sector es una de las muestras de que otra forma de satisfacer necesidades es posible. De ahí la importancia creciente de las organizaciones solidarias, entre las que, como señala Gregorio Rodríguez Cabrero, van madurando significativamente en nuestro entorno las dedicadas a la acción social. Estas entidades están llamadas a desencadenar sinergias entre su función intelectual colectiva y propositiva, la de coproducir servicios con el sector público y la de dar soporte y estímulo a los procesos de desarrollo comunitario. Necesitamos que realidades como la parentalidad positiva, la convivencia en diversidad, la ayuda mutua vecinal, la acción voluntaria, el servicio público a pie de calle, la innovación social, la economía circular de proximidad, la participación ciudadana, el activismo militante y la movilización antagonista se potencien, protejan y prolonguen mutuamente, construyendo agencia política.

Xavier Godàs analiza y subraya el papel de las relaciones primarias y, en general, comunitarias en los procesos de empoderamiento colectivo imprescindibles para la satisfacción de las necesidades de las personas, de la gente. Relaciones y empoderamiento que parecen urgentes en materia de cuidados. Cristina Carrasco identifica los cuidados como bienes relacionales, de modo que, sabiendo que en nuestra sociedad es urgente el ejercicio de la responsabilidad pública universal sobre los cuidados, parece que, si éstos quieren tener rostro humano, los poderes públicos, con la colaboración de las organizaciones solidarias, han de experimentar y escalar formatos y procesos que favorezcan y nutran la construcción de comunidades de cuidados. La generación, reproducción y fortalecimiento de esas tramas comunitarias de cuidados mutuos serán uno de los factores clave del éxito de la transformación social que buscamos.

(Arriba, Karl Polanyi, fotografiado en 1938 junto a Kari Polanyi-Levitt.)