Zahartzea, ugalkortasuna, menpekotasuna eta familia Euskal Herrian

Eusko Ikaskuntza

2017an, Euskal Herriko biztanleriaren zahartze-mailak beste maximo historiko bat izan zuen: 64 urtetik gorako 130 pertsona, 16 urtetik beherako 100 pertsonako. Europako batezbestekoa (108) handiagoa da. Prozesu hori hurrengo hamarkadan areagotu egingo da, baby boom fenomenoko belaunaldia 65 urteko adinera iristean. Mendekotasun funtzionala (beste pertsona batzuk zaintzea edo haiei antzeko laguntzak ematea) duten pertsona gehienak adinekoak dira: EAEn, mendekotasun funtzionaleko egoeran dauden 10 pertsonatik zazpik 65 urte edo gehiago dituzte.

Bestalde, ugalkortasun-tasa (15 eta 49 urte bitarteko 1.000 emakumeko jaiotako pertsonak) lau puntu txikitu zen Espainian 2009tik 2016ra bitartean (42,6tik 38,5era), eta Euskal Herrian eta Europar Batasunean, berriz, ia ez zen aldatu (azken datuen arabera, 40,2 izan zen Euskadin eta 44,5 Europan). Euskadin, 2016an, espainiar nazionalitateko emakumeen ugalkortasuna 36,54 izan zen, eta atzerriko nazionalitateko emakumeena, berriz, 79,39. EAEko ugalkortasunari buruzko datuak positibo samarrak dira, urte hauetako krisi ekonomikoaren testuinguruan. Eta hori, adituen ustez, beste lurralde batzuetakoa baino gizarte-babeseko sistema hobea izatearen ondorioa da.

Dena den, esan bezala, biztanleriak zahartzen jarraitzen du, eta haur guztiek arreta behar badute ere (eta haien kopurua txikitzen ari da), biztanleriaren zahartzeak ondorio hau izango du: zainketak behar dituzten pertsonen kopurua handiagoa izango da zainketa horiek emateko ahalmen funtzionala duten pertsonen kopurua baino. Bestalde, proportzio hori ez da Euskal Herriko lehen mailako zainketen eskasia eragiten duen elementu bakarra; izan ere, demografiaren egituran eta dinamikan ez ezik, senar-emazteen arteko, familiako eta komunitateko harremanen egituran eta dinamikan ere aldaketak ari dira gertatzen.

Horrenbestez, esate baterako, lan-adinean dauden (16-64 urte) emakumeek % 69,9ko parte-hartzea izan zuten lan-merkatuan, 2017an. Datu horiek argi eta garbi adierazten dute emakumeek ordaindutako enpleguari uko egiteko eta zainketetan jarduteko gizarte-araua pixkanaka atzean geratzen ari dela. Hala ere, Euskadin, EUSTATen 2015eko datuen arabera, etxetik kanpo lan egiten zuten emakumeek 4,9 ordu eman zituzten 15 urtetik beherako seme-alabak zaintzen, eta gizonek, berriz, 3,1 ordu. Funtzionalki mendekoak diren pertsonen zainketa aztertuz gero, desberdintasunak bere horretan jarraitu zuen: gizonek 1,5 eman zuten egunero, eta emakumeek, 2,3 ordu. Argi dago gizonek ez dutela euren gain hartu emakumeek utzitako zainketa-lanaren zatia.

Bestalde, Eusko Jaurlaritzaren Enplegu eta Gizarte Politiketako Saileko familien eta familia-etxeen inkestaren arabera, familien % 25ek soilik dituzte haurrak edo nerabeak, eta, horrez gain, beste % 25 pertsona bakarreko familiak dira. Hala, Euskal Herrian, biztanleriaren % 12,7 bakardadean bizi da; ehuneko hori % 22,2koa da 64 urtetik gorakoen artean. SIIS Dokumentazio eta Ikerketa Zentroaren azterketek jakitera ematen dute familia-politiketan familia-ikuspegia zeharka erabiltzea ez dela eraginkorra, eta, horrez gain, familia-arrazoiengatiko zerga-kenkariak lau aldiz handiagoak direla zuzeneko familia-prestazioak baino; gainera, diru-sarrera gehiago izateagatik errenta-aitorpena egin behar dutenek soilik lortzen dute kenkarien onura. Familiak babesteko politiken ahuleziaren adibide bat baino ez da.

(Eusko Ikaskuntzak bultzatutako liburu berderako ekarpenaren zatia.)

“No deseo ser tratado por el sistema público de servicios sociales como parte de un colectivo”

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El sistema público de servicios sociales puede llegar a ser, como ya lo son el sanitario, el educativo o el de pensiones, para una mayoría de la gente, hoy y aquí, una fuente de seguridad y satisfacción a lo largo de nuestro ciclo vital. Puede desarrollarse y transformarse en un mecanismo eficaz, para toda la población, en la prevención y abordaje de necesidades que pudiéramos sentir en función de cambios en nuestra autonomía para las decisiones y actividades de la vida diaria o nuestras relaciones familiares y comunitarias.

Uno de los obstáculos para lograr ese desarrollo es la concepción operante en buena parte de las dinámicas y estructuras que funcionan en nuestros servicios sociales según la cual éstos son servicios para determinados colectivos o, todavía peor, servicios integrales para ellos. Dicho de otra forma: hasta que nuestra autonomía funcional o integración comunitaria no se deterioren lo suficiente como para poder ingresar en una de esas categorías, poco podemos esperar de los servicios sociales; y cuando se nos considere miembros de uno de esos segmentos poblacionales vulnerables, lo más probable es que seamos, para siempre, sin vuelta atrás, miembros de ese grupo (y, para los servicios sociales, sólo de él).

Nuestras organizaciones del tercer sector de acción social tienen una gran parte de responsabilidad en este problema que lastra el desarrollo del sistema público de servicios sociales. Sin duda, es muy positivo que las personas nos agrupemos solidariamente en función de circunstancias que nos afecten o desafíos que sintamos compartir. Sin embargo, el modelo de intervención y organización de unos servicios sociales universales y centrados en la persona, incluso cuando concierten prestaciones con la iniciativa social, no puede basarse en la segmentación que se deriva de esa autoorganización de la ciudadanía.

La frase que encabeza este artículo quiere expresar la aspiración a contar con un sistema público de servicios sociales capaz de brindar a todas las personas los cuidados, productos, apoyos e intervenciones capaces de complementar y optimizar nuestra autonomía funcional y relaciones primarias cotidianas en la diversidad sexual, funcional, generacional y cultural presente en la comunidad. Es tarea de los poderes y administraciones públicas y de la organización solidaria de la sociedad civil transformar y reorientar los servicios sociales para que, cada vez menos, nos encuadren en colectivos y, cada vez más, nos apoyen, de forma preventiva y personalizada, para vivir en la diversidad comunitaria.

(Sobre estas y otras cuestiones hablaremos esta semana en la cooperativa SSI, en el Ayuntamiento de Platja d’Aro, en la Fundació Tutelar de las Comarques Gironines y con Argia Fundazioa.)

Ordenando la acción intersectorial para el bienestar

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La complejidad de las necesidades y situaciones a las que han de dar respuesta las políticas públicas y los diversos agentes interesados o implicados en ellas parece llamar, lógicamente, a algún tipo de colaboración entre diferentes agentes, de integración entre distintos procesos, de actuación conjunta de estructuras o de coordinación entre partes. Partiendo del predominio de las políticas (sociales o no) y estructuras especializadas sectoriales y situándonos en un hipotético territorio de ámbito local (sin ulterior especificación), se propone un esquema de clasificación de iniciativas o propuestas, en las que, se propone:

  1. Utilizar el término coordinación cuando predomina la dinámica propia o autónoma de los agentes o las partes pertenecientes a diferentes sectores de actividad.
  2. Utilizar el término dirección cuando es una autoridad jerárquica (política) la encargada de la conjunción o coherencia de la actividad de las partes o agentes.
  3. Utilizar el término integración en la medida en que determinados procesos (series de actividades, cadenas de valor) intersectoriales cobran fuerza y estabilidad.

Por otra parte, podría diferenciarse cuando el marco de referencia de esa acción más o menos conjunta es:

  1. Ninguno en particular.
  2. Una política sectorial (es decir, referida a un sector de actividad).
  3. Una política transversal (entendida como una política parcial que atraviesa a las políticas sectoriales con alguna autoridad funcional sobre aspectos de ellas).
  4. Una política integral (entendida como una política general que incluye a las políticas sectoriales, con suficiente autoridad jerárquica sobre ellas).

Por último, habría que señalar que las diferentes dinámicas, procesos, funcionamientos o estructuras intersectoriales a las que nos hemos referido pueden combinarse:

  • Con una mayor o menor integración vertical o intrasectorial de los agentes implicados.
  • Con una mayor o menor dinámica colaborativa entre diferentes tipos y un número mayor o menor de agentes.

Aplicando este esquema a nuestra realidad actual, se trataría de razonar y trabajar en las siguientes cinco líneas de pensamiento y actuación.

  1. La universalización y redefinición de los contenidos de las grandes ramas de la política social, en el proceso de transformación de la asistencia social residual en los nuevos servicios sociales sectoriales.
  2. La integración vertical o intrasectorial en las políticas sociales y en otras políticas públicas en busca de la flexibilidad para trabajar a la escala territorial adecuada en el contexto de la crisis de la sostenibilidad relacional de la vida y de la globalización digital.
  3. La construcción de una arquitectura jerarquizada y homogénea a diferentes escalas para la gobernanza integral del bienestar y el desarrollo territorial, superando la actual improvisación, profusión y confusión de iniciativas intersectoriales.
  4. La integración intersectorial de la atención, en mayor medida en las interfaces calientes que son atravesadas por mayor número y mayor complejidad de itinerarios de las personas.
  5. El impulso público del trabajo en red en los ecosistemas sectoriales e intersectoriales de práctica y conocimiento, favoreciendo la innovación tecnológica y social.

(Fragmentos de la ponencia preparada para el congreso de la Red Española de Política Social, del 4 y 5 de octubre de 2018, que puede descargarse completa aquí. Sobre estas cuestiones hablaremos también el 2 de octubre en una conferencia organizada por el Ayuntamiento de Manresa y, en esta misma semana, en un encuentro de Sant Joan de Deu.)

Las profesiones de la intervención social: ¿Quítate tú pa’ ponerme yo?

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Cebe remitir a un artículo reciente para justificar la elección de denominar intervención social a la actividad definitoria que tiene lugar en el sector de actividad de los servicios sociales (aunque tenga lugar, como actividad auxiliar, en otros sectores económicos) y la identificación del trabajo social, la educación (y pedagogía) social y la psicología de la intervención social como las tres grandes disciplinas y profesiones que configuran y nutren hoy en España la realización de la intervención social y la prestación de servicios sociales.

A la hora de aportar algunas propuestas a estas comunidades y redes profesionales y disciplinares, se parte de las siguientes premisas, obviamente discutibles y que, simplemente, se enunciarán:

  1. Ninguna de las tres disciplinas y profesiones está en condiciones de conseguir una posición de hegemonía frente a las otras en el ámbito de los servicios sociales y en la práctica de la intervención social.
  2. Ninguna de las tres disciplinas y profesiones puede renunciar a su papel en los grandes subprocesos del proceso de intervención social, tales como el diagnóstico, la prescripción facultativa, la planificación participativa, la ejecución de la intervención o la evaluación de la intervención.
  3. Ninguna de las tres profesiones y disciplinas puede aceptar una posición subordinada a otra de ellas.
  4. Ninguna de las tres disciplinas y profesiones puede renunciar ni a la dimensión individual ni a la dimensión colectiva de la intervención social.
  5. Ninguna de las tres disciplinas o profesiones puede considerar las actividades de gestión o gobierno (o, dicho de otra manera, las actividades administrativas o directivas), tales como dar información, registrar información, transmitir información o coordinar a personas, como propias o características de su actividad profesional de intervención social.
  6. Ninguna de las tres disciplinas y profesiones puede renunciar a ningún segmento poblacional destinatario, se defina como se defina (por edad, por capacidad funcional, por grado de inclusión relacional o por otro criterio).

A partir de estas premisas, parece destinada al fracaso cualquier estrategia basada en repartir entre las tres profesiones o disciplinas las actuales operaciones realizadas en los servicios sociales o en los procesos de intervención social realmente existentes (“Quítate tú pa’ ponerme yo”). Más bien se trataría de explorar y explotar oportunidades en el proceso de construcción de unos nuevos servicios sociales y una nueva intervención social, cada vez más basadas en el conocimiento y de mayor valor añadido universal.

Seguramente será difícil, para cualquiera de las tres, aceptar que ninguna de las tres puede reclamarse como más social que las otras. O que ninguna puede presentarse como más clínica, terapéutica, relacional, integrada o transformadora. O que ni siquiera ninguna de las tres puede reclamar en mayor medida la dimensión asistencial, educativa, o psíquica de la intervención social y sus efectos. Dichas renuncias, seguramente, solo podrán ser planteadas y asumidas con éxito en una dinámica de mejora, innovación y construcción de la intervención social y los servicios sociales en las que todas las disciplinas, profesiones y agentes puedan salir beneficiadas y, especialmente, sea beneficiada la ciudadanía destinataria a cuyo servicio estamos.

(Fragmentos de un artículo de próxima publicación en la Revista de Treball Social, como aperitivo para una jornada, en Jaén, el 29 de septiembre de 2018, con el Colegio Profesional de Educadoras y Educadores Sociales de Andalucía., a cuya web pertenece la ilustración.)

Segregación espacial y vulnerabilidad comunitaria: el huevo de la serpiente

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En los estudios y análisis de nuestra realidad social que se vienen haciendo en estos tiempos llamados “de poscrisis”, como los preparatorios para el próximo Informe FOESSA, se perciben con claridad procesos de dualización en cuanto al acceso a recursos económicos (es decir, creciente desigualdad entre personas acomodadas y pobres); de precarización e inseguridad laboral, habitacional y económica de sectores que anteriormente tenían mayores oportunidades y situaciones de inclusión social; y, también, de enquistamiento y desconexión de segmentos poblacionales en situación de exclusión social.

Los procesos laborales y económicos tienen impacto en la ordenación y ocupación del territorio, tanto para el alojamiento como para otros usos más o menos legales y más o menos conflictivos. A su vez, las dinámicas urbanísticas, residenciales y convivenciales tienen relevancia y efectos en la vida profesional y económica en los barrios, pueblos y ciudades. La desigualdad económica, sin duda, propulsa la segregación espacial. Y esos procesos de segregación espacial están plagados de conflicto y sufrimiento para muchas personas que, en sus casas o en sus calles, no pueden acceder a unos mínimos dignos de calidad de vida.

Sin embargo, las políticas públicas y las relaciones primarias y solidarias tienen mucho que decir al respecto. En este momento, en algunos barrios populares aumenta el sentimiento de vulnerabilidad y la percepción de la creciente dificultad de mantener un razonable equilibrio en ecosistemas atravesados, además, por múltiples ejes de diversidad (de género, generacional, funcional o cultural) que se manifiestan, y a veces chocan, en la convivencia vecinal, en los usos del espacio público, en la dinámica comercial o en la participación ciudadana.

En no pocas ocasiones, se tiene la impresión de que las políticas públicas, incluyendo las de servicios sociales o intervención social (con la colaboración de organizaciones del tercer sector), son impotentes o incluso contraproducentes frente a la acción de mafias ilegales internacionales, grandes compañías sin rostro dedicadas a la inversión inmobiliaria o procesos de turistificación o gentrificación, entre otros. Sin embargo, señales de alarma tan diversas como las que tienen que ver con el aislamiento relacional o el fascismo xenófobo aconsejarían una fuerte apuesta de inversión, investigación e innovación en intervenciones sociales de desarrollo comunitario que puedan ayudar significativamente detectar y destruir a tiempo “el huevo de la serpiente.”

(Notas para próximos debates en la Fundación Aldauri y otros en los movimientos vecinales del barrio de San Francisco, de Bilbao.)

Perdidos en el espacio (“sociosanitario”)

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Las comunidades de práctica y conocimiento, locales y globales, relacionadas con las políticas sociales parecen ir confluyendo en algunos consensos acerca de los modelos de integración intersectorial entre las grandes políticas sociales verticales (como la sanitaria, la educativa, la de servicios sociales, la de empleo, la de vivienda o la de garantía de ingresos). Según esos consensos, todas estas políticas estarían llamadas a la integración con todas, sin subordinación de ninguna a otra, sin deconstrucción de ninguna de ellas, sin creación (salvo excepciones limitadas) de estructuras intermedias o intermediarias y apoyándose, en buena medida, en la digitalización de los procesos operativos, de gestión y de gobierno. Por ello resulta descorazonadora la lectura del Decreto 100/2018, de 3 de julio, de las organizaciones sanitarias integradas del ente público Osakidetza-Servicio vasco de salud, aprobado por el Gobierno Vasco.

Es llamativo que sea precisamente un decreto que dice asumir y aplicar el modelo de atención integrada aquel en que se retrocede en relación con algunos de los pocos pasos que en el País Vasco hemos sido capaces de dar en lo relativo a la integración intersectorial entre políticas sociales. Por una parte, porque, al parecer, las organizaciones sanitarias sólo tienen relación con las de servicios sociales y nada se dice de la conexión con otras. Y, por otra parte, porque, en un claro retroceso frente al equilibrio entre los dos sistemas planteado en el Decreto 69/2011, de 5 de abril, del Consejo Vasco de Atención Sociosanitaria, la única novedad del nuevo decreto en el asunto que nos ocupa aquí es la creación de una comisión (¡otra!) sociosanitaria que depende jerárquicamente de la organización sanitaria (es una comisión de la OSI), que es dirigida por personal sanitario y que está compuesta por una mayoría de profesionales del sector de la salud.

No toca ahora entrar a la concepción que tiene el decreto acerca de la integración intrasectorial o vertical dentro del sistema de salud, pero, en lo tocante a la integración horizontal o intersectorial, esta nueva norma reincide en conceptos fantasmagóricos como los de “ámbito socio-sanitario”, “sector sociosanitario” o “espacio sociosanitario” y se permite determinar que personas de los servicios sociales deberán formar parte de la citada “comisión sociosanitaria de la OSI”, eso sí, sin llamar a estos servicios por su nombre legal ni tomarlos como sistema y refiriéndose a unas, de nuevo fantasmagóricas, “área social de los ámbitos municipales” y “área social del ámbito de la diputación foral”.

La aprobación de este decreto puede ser vista como una nueva manifestación de la inexistencia efectiva de un modelo de integración intersectorial de políticas en nuestro país y, específicamente, en las políticas sociales, así como de la debilidad de nuestra gobernanza integrada del bienestar, agravada, seguramente, por la fragmentación institucional del país, que no rige, en lo fundamental, en el sistema sanitario, pero que sí afecta, claramente, a los servicios sociales, con fenómenos como el que el Ararteko ha denominado de “doble llave”, en virtud del cual el tránsito de una persona entre la atención primaria y la atención secundaria requiere el acuerdo de la institución responsable de un lado y de la del otro.

(Aquí cabe consultar entradas anteriores sobre atención integrada, materia sobre la cual trabajaremos esta semana con la cooperativa Servicios Sociales Integrados, los servicios sociales del Ayuntamiento de Bilbao y algunas organizaciones del sistema sanitario vasco. La ilustración corresponde a la serie de televisión de los años sesenta “Perdidos en el espacio”.)

Nuevos documentos (PDF) y entradas de fantova . net en el pasado cuatrimestre

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Se han subido los siguientes documentos (clicar para abrirlos) en el apartado “Intervención y servicios sociales” de “Documentos propios”:

Bases para una nueva ley de servicios sociales (12 diapositivas).

¿Asistencia social residual o servicios sociales universales? (10 diapositivas).

Building social intervention (8 páginas).

Construyendo la intervención social (8 páginas).

Servicios sociales e inclusión social: ¿qué dice la comunidad de conocimiento? (7 diapositivas).

La psicología de la intervención social en la construcción de los servicios sociales y la atención integrada (10 diapositivas).

En el apartado “Desarrollo comunitario y sector voluntario” de “Documentos propios”:

Servicios sociales y comunidad: trayectorias y propuestas (7 diapositivas).

Servicios sociales y acción comunitaria (8 diapositivas).

En el apartado “Cuestiones y políticas sociales” de “Otros documentos”:

Los sistemas de bienestar en España: evolución y naturaleza (26 páginas).

En el apartado “Intervención y servicios sociales” de “Otros documentos”:

La crisis de los cuidados y los servicios sociales en el País Vasco (4 páginas).

Se han publicado, además, 15 nuevas entradas de blog. En este momento el número acumulado de descargas de documentos es de 424.340.

¿Dónde está el problema para la integración entre servicios sociales y servicios sanitarios?

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Es frecuente que olvidemos el carácter contingente e instrumental de las organizaciones creadas para dar respuesta a las necesidades humanas y el hecho de que, en diferentes contextos, se ha optado y se sigue optando por contornos, fórmulas y, en definitiva, diseños estructurales diferentes para similares funciones. Así, si bien es común a muchos lugares el debate sobre la integración entre los servicios de salud y los servicios sociales, sabemos que las respuestas y desarrollos son bien dispares.

Hay un núcleo duro de contenidos que suelen abordarse, sin duda, desde cada uno de esos dos ámbitos. Prácticamente en cualquier país desarrollado, si tenemos un grave accidente automovilístico, nos recogerá una ambulancia que nos llevará a un servicio de urgencias en un hospital, siendo que todos esos elementos formarán parte de algún tipo de sistema sanitario. Del mismo modo, si encontramos en la entrada de nuestra casa una criatura abandonada sin familia conocida, sabremos que los servicios sociales se harán cargo de ella.

Sin embargo, a medida que nos alejamos de esos núcleos duros, aumenta la variabilidad y la discusión sobre las necesidades que debe abordar cada uno de esos entramados de organizaciones de los que estamos hablando. Por eso cambian de un lugar a otro las fronteras entre estos sectores (y entre estos y otros) y los propios sistemas (y la propia comprensión de las diversas necesidades). Una misma situación puede ser vista en un entorno como problema de salud, en otro como asunto para los servicios sociales, en otro como cuestión de seguridad o, en otro, como materia para los servicios de vivienda.

Sin embargo, no hay forma de funcionar sin especializar a personas, equipos, organizaciones y sistemas en determinadas funciones, buscando después la manera de integrar (de forma más blanda o más dura) esas unidades (mayores o menores) que previamente hemos formado y posicionado. Los cambios en las capacidades funcionales y relaciones primarias de las personas en nuestras sociedades están llevando, por ejemplo en el Reino Unido, a apostar por experiencias de integración más dura y a mayor escala que en nuestro país. Ello, como suele recordar Manuel Aguilar, se entiende, entre otros factores, por la trayectoria y comprensión previa de la social care, mucho más focalizada en los cuidados que nuestros servicios sociales.

En España, las experiencias reales de integración entre los servicios sociales y los servicios sanitarios no pasan de ser minúsculas islas en un mar de palabras confusas en el que las olas y las corrientes de los discursos se repiten sin cesar, sin que esas islas formen archipiélagos o emerjan como continentes: sin que surja ninguna experiencia de tamaño y consistencia suficiente como para que pueda considerarse mínimamente pertinente, eficiente, sostenible y modélica. Posiblemente ello es así porque no es posible la integración intersectorial en ausencia de un modelo mínimamente estable y funcional de servicios sociales.

En este contexto resulta preocupante, por cierto, la reciente aprobación, por unanimidad, de la Ley 4/2018, de 2 de julio, de ordenación y funcionamiento de la Red de protección e inclusión a personas y familias en situación de mayor vulnerabilidad social o económica en Castilla y León, en la que toda la responsabilidad es, prácticamente, para los servicios sociales (reforzados así como subsidiarios y residuales) y en la que se habla, entre otras cosas, de provisión y distribución de alimentos, de prestaciones y servicios para hacer frente a deudas hipotecarias e incluso de “servicios básicos de medicación”.

(Sobre estas cuestiones trabajamos la semana pasada en una sesión con autoridades sanitarias y de los servicios sociales de Gales, organizada por Ester Sarquella, y en varias actividades de la cooperativa Servicios Sociales Integrados. Más información sobre la atención integrada en Gales, aquí.)

El rompecabezas de nuestros servicios sociales

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En las labores de diseño de nuestros sistemas de servicios sociales (cuando redactamos una nueva Ley, elaboramos un plan estratégico o reorganizamos un Departamento) tomamos conciencia de que las diferentes componentes, aspectos, elementos o dimensiones en juego están complejamente relacionadas entre sí, de modo que, cuando creemos haber resuelto un problema, podemos haber agravado otro, sin darnos cuenta.

Así, nos sentimos satisfechas con una definición del objeto de los servicios sociales que ayuda a delimitar su perímetro, diferenciándolo del abordado por otras ramas de actividad sectorial, pero ese paso parece alejarnos de la demanda reconocida que hoy tira de gran parte de los servicios sociales realmente existentes. Identificamos la masa crítica poblacional necesaria para sostener una oferta de valor y unos itinerarios significativos, mas esa decisión amenaza con desconectarnos de un buen número de anclajes profesionales, organizativos y políticos desperdigados por el territorio. Apostamos por las intervenciones basadas en evidencias y por la investigación e innovación en las áreas de conocimiento relacionadas con los servicios sociales y, entonces, parece escurrirse entre nuestras manos la posibilidad de construir un catálogo y una cartera con un contenido prestacional que pueda exigirse como derecho subjetivo.

Afirmamos querer avanzar en la universalidad, como otros pilares del bienestar, pero tememos perder eficacia y eficiencia en nuestro importante papel contra determinados focos preocupantes de exclusión social. Buscamos posicionarnos ante agentes sociales y segmentos poblacionales para los que no resultamos atractivos o significativos, sin poner en riesgo el compromiso de colectivos u organizaciones implicadas en el sistema. Deseamos ir mucho más allá de la asistencia y el control, mas no sabemos cómo reconocernos y ser reconocidas en la prevención comunitaria, el empoderamiento de la ciudadanía o las relaciones intersectoriales. Queremos digitalizar y aumentar la escala de nuestros servicios sociales, pero amamos su artesana flexibilidad relacional. Deseamos clarificar el papel y contribución de cada una de las grandes profesiones presentes en los servicios sociales, pero parece imposible hacerlo sin afectar a contenidos que cada una de ellas considera irrenunciables.

Se trata de dilemas (Martínez Virto) o tradeoffs (Aguilar Hendrickson) que desafían nuestra inteligencia, información, conocimientos, capacidad deliberativa, alianzas estratégicas y peso político. Sin embargo, entendemos que no podemos dejar que nos paralicen, pues la necesidad de cambio en los servicios sociales, para que puedan hacer frente a los desafíos que tienen ante sí, es mayor y más apremiante cada día que pasa.

(Reflexiones en el contexto de los trabajos preparatorios de la nueva ley asturiana de servicios sociales.)

Preventive, personalized, integrated, and ecological social intervention

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Instead of considering prevention as the opposite of intervention (understanding that, if prevention is successful, intervention will not be necessary) or as a type of intervention (different from others such as palliative, care or promotional), it is proposed here to conceive it as a castling, a dimension or added value that is always present, desirably, in the intervention. Preventive action is characterized by its precocity and proactivity and it aims to make other interventions unnecessary or lesser, possibly more intense and expensive.

The root of the personalization movements of the welfare services (and, specifically, social intervention) can be found in the independent life movement of people with disabilities or users of mental health services. In the specific field of gerontology, the person-centered model of care identifies as a reference client-centered psychotherapy, the models of person-centered planning (of disability care) mentioned above, the contributions of applied ethics (especially of bioethics, the various professional deontologies or the care ethic), the approaches linked to the concept of quality of life, case management or housing, understood as movement of reform, reconfiguration (and in some cases replacement) of residential care to the elderly.

The focus on the person or personalization of social intervention is consistent with a social intervention of ambitious objectives and high added value, far removed from the social control and traditional segmentation (and segregation). Supported by ethical values and rigorous knowledge, it recognizes the uniqueness and complexity of the situations and trajectories of each and every one of the people in their sexual, generational, functional, and cultural diversities. For this reason, it conceives social intervention (and its main framework: social services) as vertically integrated within the sectorial scope itself (to guarantee continuity and avoid fragmentation in the processes of social intervention, to strengthen attention to diversities in community proximity and avoid the labeling and segregation of people) and horizontally, in integrated intersectoral care, the third of the proposed characteristics.

Indeed, the organization of any activity is traversed by a tension between two dynamics: the dynamics of specialization and those of integration. The dynamics of specialization enables the division of activity between organizational units or, ultimately, people who are (more) able to take charge of each part and the dynamics of integration (coordination, collaboration or unification between those parties in processes and macroprocesses) seeks control, synergies, scales or interesting competitive positions. Technology, understood as the standardized and knowledge-based (scientific or other) way of carrying out the operative activities of each link of the value chains is a determining factor in the processes of specialization or integration.

Of course, a social intervention that wants to abandon the residual positioning of a social assistance in charge of social exclusion is ethically and technically obliged to propose a solvent model of addressing social complexity. At present, he paradigm that is being imposed internationally in this regard is that of an integrated care. Integrated intersectoral care is the appropriate framework for modulating, with elasticity and flexibility, the process by which social intervention becomes focused on its purpose and recognizing in (or proposing to) other interventions (health, labor, residential or others) its own purpose (as in the Housing First model, in which the accommodation of accompaniment is differentiated). At the same time, in the institutional framework of governance for territorial and social welfare, development and sustainability, the challenge of integrated care helps to see the importance of the fourth characteristic that we attribute in this section to social intervention: its ecological nature.

We speak of an ecological approach, a population approach or a structural approach from the moment we have understood that it is essential to intervene with individuals but also to influence their family, community and social environments in general. The territory (proximity) is a key reference because human beings are bodies embedded eco-dependently in physical spaces, although a questioning of the ‘community’ is necessary in its exclusively spatial/territorial dimension. The logic of space is replaced by the discourse of information flows, influence and networks of relationships. Be that as it may, both in the territorial proximity and in the digital layer, it is fundamental to analyze and deal with the social structures (macro, meso, and micro) that guide the activities, relationships, decisions, emotions, and knowledge of the people.

(Find here, please, the full text of the article in Psychologist Papers.)