Intervención social: ¿hacerse cargo u ofrecer apoyos?

lobo

Quienes trabajamos en los servicios sociales, la intervención social o la acción social, desde la Administración pública o la iniciativa solidaria, podemos asemejarnos en ocasiones al mítico Señor Lobo de la película Pulp Fiction, el personaje interpretado por Harvey Keitel que “solucionaba problemas”. Por la formación que hemos recibido, por el marco legal en el que nos movemos, por la cultura de las organizaciones en las que trabajamos o por otras razones, tendemos, muchas veces, por defecto, a intentar hacernos cargo de manera integral, global o total de los problemas de las personas a las que atendemos.

No cabe duda de que puede haber situaciones de emergencia, complejidad o gravedad que justifiquen una asistencia de esa intensidad y alcance por nuestra parte, pero, en términos generales, cabe decir que dicha forma de actuación corresponde a un modelo de atención, a un modelo de bienestar y a un modelo de sociedad ya superados y que ese tipo de abordaje o enfoque de la intervención social no es pertinente, en la mayoría de los casos, ni siquiera entendido como una etapa inicial o punto de partida.

Los progresos de las ciencias humanas y sociales y de las disciplinas, metodologías y tecnologías de la acción social, en un marco ético regido por los derechos humanos, nos ubican, como agentes de intervención social, ante sujetos individuales, titulares de derechos inalienables, que debemos considerar, en principio, capaces de autodeterminarse, elegir y llevar a cabo sus decisiones y, entre ellas, las de formar parte, o no, de unidades de convivencia y, en general, de redes de relaciones primarias familiares, de amistad o reconocimiento en comunidades y territorios.

Por otra parte, gracias al desarrollo del conocimiento y las políticas públicas, todas las personas tienen, en algún grado, la posibilidad de acceder a recursos y apoyos que, lógicamente, se articulan en itinerarios que, en buena medida, transcurren por ámbitos de actividad o ramas especializadas de la política social u otras: la sanidad, la justicia, el transporte, la educación, la recreación, el urbanismo, la garantía de ingresos para la subsistencia material, el empleo, la seguridad física y así sucesivamente. Las limitaciones o retrocesos en el acceso a estos bienes en un determinado momento y lugar no justifican a los servicios sociales para aceptar o asumir el envenenado encargo de proveerlos (no siendo, obviamente, capaces de hacerlo cabalmente) como parte de una pretendida beneficencia resucitada o sucedáneo de ciudadanía.

En ese contexto, la intervención social y los servicios sociales tienen ante sí el desafío de configurarse, básicamente, como un ámbito o una rama más, capaz de identificar y comunicar las necesidades y capacidades de las que se ocupa y los apoyos específicos que ofrece a las personas. Apoyos relacionales y evaluables que aspiran a ser reconocidos, demandados y valorados por la población por sí mismos, no necesariamente como parte de un pack integrado y, desde luego, no como obligación normada o imposición chantajista a cambio de determinados comportamientos o del acceso a otras prestaciones demandadas por las personas. Apoyos cada vez más preventivos, menos disruptivos, más digitalizados, menos burocráticos, más personalizados, menos directivos, más cualificados, menos costosos y más comunitarios.

(A partir de conversaciones en el Ayuntamiento de Platja d’Aro, la Federación Allem, el SIPOSO, el Grupo SSI e Itaka Fundazioa y de cara a encuentros en el Consejo Asesor de Sanidad y Servicios Sociales de Gobierno de España, la Red Española de Política Social, la Fundació Maresme, Dincat y el CES vasco.)

Si no sabemos a qué nos dedicamos es difícil gestionarlo y transformarlo

esq

Cuando se nos pregunta a las personas que trabajamos en los servicios sociales a qué nos dedicamos, solemos responder cosas tan inverosímiles como que nos ocupamos de la exclusión y la inclusión social, que ofrecemos una atención integral para todas las necesidades de las personas, que nos hacemos cargo de las que quedan desprotegidas por el resto de sistemas de bienestar o seguridad social o que facilitamos el acceso a los diversos derechos sociales, coordinando el resto de políticas públicas.

Se trata de misiones imposibles que, evidentemente, no cumplimos pero cuya formulación, a modo de jaculatoria o mantra de consumo interno, nos sirve muchas veces para seguir esquivando el reto de acotar de forma realista cuál es nuestra aportación de valor añadido a la ciudadanía y, consiguientemente, cuáles son los eslabones de la cadena básica de valor que nos permite obtener los efectos esperables por parte de la población o, dicho de otra manera, responder al encargo político y social que recibimos y asumimos.

En algunos casos, cabe sospechar que esa ambigüedad o indefinición acerca de nuestro cometido y contenido nos resulta útil para seguir llenando ese cajón de sastre que somos, no fuera a resultar que nos quedáramos sin trabajo. Después, ya nos preocuparemos de quejarnos de ser una última red a la que el resto de subsistemas sociales, económicos o políticos lanzan aquellos asuntos y casos de los que no quieren, pueden o saben ocuparse. Evidentemente, las personas que trabajamos en los servicios sociales no somos las únicas responsables de este estado de cosas pero parece difícil suponer que no tengamos mucho que ver en él.

Las iniciativas para introducir procesos de gestión, mejoras administrativas, estrategias de innovación, dinámicas de cambio, proyectos de transformación, tecnologías digitales o mecanismos de gobernanza en los servicios sociales se encuentran con la enorme dificultad de que, frecuentemente, no pueden hacer pie en una definición clara y consensuada de los procesos operativos que tienen lugar en este ámbito de actividad y de los recursos necesarios para obtener los resultados deseados y la satisfacción de las necesidades correspondientes.

Es evidente que las personas que trabajamos en los servicios sociales en ningún caso podríamos desembarazarnos de golpe de encomiendas inadecuadas, impurezas burocráticas y dinámicas ineficientes que hemos ido acumulando por diferentes razones. Sin embargo, lo que sí podemos hacer es poner el foco con más claridad en nuestra aportación específica de valor y aplicarnos a su realización, visibilización, mejora, renovación y ampliación. Seguramente es una condición necesaria para que nos aprovechen mucho más, y aprovechen mucho más a la ciudadanía, las iniciativas de gestión, gobernanza, transformación, digitalización o innovación en las que participamos.

(Sobre esto hablaremos esta semana en los servicios sociales y con la dinamización comunitaria del Ayuntamiento de Platja d’Aro.)

Legislar sobre servicios sociales

votos

Quien tenga, hoy y aquí, la responsabilidad de legislar sobre servicios sociales ha de comprender que se encuentra, seguramente, ante la tercera política social en envergadura presupuestaria en nuestras comunidades autónomas, después de la sanitaria y la educativa, con la responsabilidad añadida de que no cuenta, como en esos dos casos, con una epecífica legislación básica de ámbito estatal en la que apoyarse.

En segundo lugar, si asume la responsabilidad de normar los servicios sociales como derecho universal subjetivo y exigible, se encuentra, ineludiblemente, ante el reto de identificar el objeto y el perímetro de este derecho social universal, diferenciándolos del objeto y perímetro que tienen otros derechos sociales universales o, en todo caso, otros ámbitos de política pública claramente establecidos, como pueden ser el sanitario, el educativo, el de la garantía de ingresos para la subsistencia material, el de las políticas activas de empleo o el de la vivienda y el urbanismo. No se niega que los sistemas públicos de servicios sociales puedan, al menos por un tiempo o de forma subsidiaria o complementaria, seguir conteniendo prestaciones o servicios propios de esos otros ámbitos, pero parece claro que éstos no pueden formar parte definitoria o constitutiva del perímetro u objeto que es considerado propio de los servicios sociales y garantizado como derecho universal por su legislación.

Cabe decir, en tercer lugar, que no es fácil legislar sobre un ámbito de política pública en transición (o reconversión), como es el de los servicios sociales. En transición porque, por definición, ya no pueden seguir siendo la asistencia social o última red general que eran (puesto que se han declarado como pilar universal del sistema de bienestar), pero, a la vez, porque hemos de reconocer que no hay un conocimiento y consenso suficientes para saber a dónde lleva esa reconversión ni en qué medida está en marcha. Aquí, entonces, aparece el concepto de maniobrabilidad, es decir, de hacer leyes sencillas que den margen de maniobra a los gobiernos y a los ecosistemas de agentes para avanzar, sobre la base del conocimiento y el consenso, hacia ese nuevo modelo inédito de servicios sociales.

En todo caso, y en cuarto lugar, lo que sí parece necesario que garanticen las leyes de servicios sociales es un conjunto de apoyos que claramente pertenecen a este ámbito (con su correspondiente prescripción facultativa por parte de profesionales de la intervención social), un modelo de integración vertical (es decir, de superación de la fragmentación y disfunciones entre niveles institucionales), un planteamiento de la integración horizontal (es decir, de suficiente simetría entre los diferentes pilares del sistema de bienestar, en el territorio y la comunidad), un sistema de gobernanza compleja (es decir, de sinergia entre los diversos agentes que tienen algo que decir en este ámbito), una solución de financiación (que acabe con el efecto disuasorio que el actual copago representa para el ejercicio del derecho que se declara) y, especialmente, una articulación de la gestión del conocimiento, la tecnología y la innovación, piedra angular imprescindible para el éxito de la operación de construcción de este nuevo pilar del sistema de bienestar.

Por último, quien legisla sobre servicios sociales hoy y aquí debe lograr que la representación institucional de los diferentes colectivos poblacionales, profesionales, empresariales o de otra índole interesados en los servicios sociales sea suficientemente flexible y comprenda que, sólo si todos ellos se replantean algunas de sus conquistas o pretensiones, es posible construir los nuevos servicios sociales que necesitamos.

(Sobre estas cuestiones hablaremos hoy en un encuentro del Consejo Económico y Social de Murcia.)

Innovando en los servicios sociales

jorn ss

Caminamos a hombros de gigantes, de personas que, como Magüi Blanco, encarnan en su trayectoria vital la construcción de nuestro sistema público de servicios sociales desde todos los ángulos imaginables: desde la creación de conocimiento disciplinar y transdisciplinar en la academia hasta las experiencias participativas, comunitarias y emancipatorias; desde el gobierno estratégico de las políticas sociales hasta la innovación en la gestión integrada de la acción pro bienestar en el territorio. Es vital que las nuevas hornadas de profesionales de la intervención social reciban el legado, tan decantado como fresco, de quienes, en el marco de la creación de las instituciones democráticas y de la eclosión de la sociedad civil, vivieron la experiencia creativa de tomar muchas decisiones que, en buena medida, impulsaron y dieron forma a los servicios sociales que ahora conocemos.

Aprendemos desde la práctica. Somos educadoras sociales, trabajadores sociales, psicólogas, técnicos en integración social, auxiliares y muchas otras profesionales cuyo saber es, fundamentalmente, un saber hacer, un saber experto, un saber técnico que, si bien debe hundir sus raíces cada vez más en la evidencia empírica y la investigación científica, se verifica, necesariamente, en el momento relacional de la intervención social. Nos lo muestra, por ejemplo, la cooperativa Gaztaroa, de la federación Sartu, en el trabajo en el marco de los servicios sociales de atención primaria de Bilbao con personas adultas en situación de desprotección que viven en la comunidad. Sobre la base de innovaciones en la normativa de servicios sociales del País Vasco y de nuevas herramientas de diagnóstico y valoración social, están transformando los servicios sociales e incrementando su capacidad preventiva y de actuación en las situaciones de fragilidad.

Recibimos con alborozo a personas emprendedoras que vienen de otros ámbitos y traen aire fresco. Es el caso de Iñigo Kortabitarte, una persona que trabajaba en el despliegue digital de la prensa escrita y que se sensibiliza sobre la situación de las personas que necesitan cuidados y las que los proporcionan y que se extraña de lo tortuosos y costosos que resultan frecuentemente los itinerarios de estas personas. Partiendo de metodologías de codiseño y cocreación multidisciplinar y en clave de emprendimiento social, es capaz de levantar un programa piloto, Okencasa, en el que están involucrados, entre otros, los tres niveles institucionales del País Vasco y que cuenta con el acompañamiento evaluador de la London School of Economics: una plataforma digital de apoyos personalizados a las personas que cuidan.

No dejamos pasar el tren del desarrollo tecnológico y asociaciones como APTES, capaz de hermanar en su interior a representantes de las tecnologías duras (tangibles) y blandas (intangibles), están ayudando a los servicios sociales a migrar de unas prácticas básicamente reactivas e individualizadas a enfoques proactivos, poblacionales y ecológicos. Enfoques en los que, necesariamente, los servicios sociales han de construir confianza, universalidad y equidad en la integración intersectorial con las políticas urbanísticas, con las de salud y con otras muchas, en procesos de diseño social de barrios y localidades amigables, cuidadoras y participativas, con nuevos ecosistemas de agentes mucho más orientados a la colaboración y a la coproducción de valor para la ciudadanía.

Y la gran suerte es que todas estas personas y organizaciones estarán el viernes 14 de junio en Vitoria-Gasteiz en una mañana de conversación abierta y encuentro creativo (con la etiqueta #ServiciosSocialesEHU) organizada por el Posgrado en Gestión e Innovación en Servicios Sociales que codirigen Ainhoa Berasaluze y Arkaitz Fullaondo (más información aquí).

La soledad como problema social: algunas distinciones y referencias

soledad

Para hacer frente a un reto es fundamental conceptualizarlo y contextualizarlo adecuadamente. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de la soledad como problema social (no como elección individual o de otros modos)?

Siguiendo las tendencias de referencia de la literatura científica al respecto, estamos hablando, en primera instancia, de un sentimiento, de una vivencia subjetiva angustiosa de algunas personas: de una situación no deseada percibida con insatisfacción. Mas, para perfilar mejor el problema al que nos referimos, haremos referencia también al correlato objetivo de dicha vivencia subjetiva, que suele denominarse aislamiento social o relacional: a la limitación, escasez o ausencia de relaciones primarias o naturales que sean significativas y satisfactorias para las personas. En anillos de más a menos valor (en principio) podrían ser:

  1. Vínculos familiares o similares fuertes (por compromiso moral de ayuda mutua) con convivencia en el mismo domicilio.
  2. Vínculos familiares, de amistad o similares fuertes (por disponibilidad efectiva para el apoyo recíproco) con notable proximidad, intensidad o frecuencia.
  3. Relaciones secundarias (mediadas por organizaciones formalizadas públicas, privadas o solidarias, es decir, por ejemplo, el caso de compañeras de trabajo o militancia, clientes o destinatarias) con proximidad, intensidad o frecuencia considerables y cierto grado de primarización (confianza, afecto, reciprocidad).
  4. Relaciones de buena vecindad, amistad, familiares o similares de compromiso, proximidad, intensidad, frecuencia o disponibilidad medias.
  5. Relaciones débiles de reconocimiento, personas conocidas, personas con las que te saludas.

La soledad puede ser considerada como problema social por su envergadura cuantitativa y carácter estructural: no se trata de casos aislados ni de situaciones coyunturales. Y estamos hablando, por cierto, de la soledad como ausencia, escasez o limitación, objetiva y subjetivamente considerada, de un bien que, según la evidencia aportada por las ciencias sociales, no sólo tiene un importante valor en sí mismo para la calidad de vida y el bienestar de las personas, sino que afecta indirectamente a otros valiosos bienes, como la salud, la seguridad o la subsistencia material (a la vez que se ve afectado por ellos). En ocasiones la preocupación política o la alarma social es más desencadenada por estos efectos indirectos que por la soledad en sí misma.

Por lo que sabemos, el segmento o colectivo de las personas mayores es uno de los especialmente afectados por la soledad. La explicación más natural sería que van falleciendo la pareja, familiares, amigas y otros miembros de la red primaria de la persona. También pueden influir otros factores de salud, actividad u otros. En cualquier caso, lo más adecuado parece ubicar el problema de la soledad de las personas mayores en el marco más general (intergeneracional) del problema de la soledad en nuestra sociedad.

El abordaje de la soledad como problema social (y político) puede ser:

  • Más directo (cuando el objetivo de la intervención es la preservación o construcción de relaciones) o más indirecto.
  • Más macrosocial (muchas destinatarias) o más microsocial (pocos casos).
  • Más bien preventivo, correctivo o paliativo.
  • Más sectorial (encomendado, por ejemplo, a los servicios sociales) o más transversal (de todos los ámbitos por igual: salud, vivienda, empleo y otros).
  • Más presencial o más digital (mediado por tecnologías).
  • Más profesionalizado o más colaborativo (por ejemplo con voluntariado).

Algunos textos de referencia podrían ser:

Trapped in a bubble An investigation into triggers for loneliness (Kantar).

La soledad de las personas mayores (Sacramento Pinazo y Mónica Bellegarde).

National measurement of loneliness 2018 (ONS).

El reto de la soledad en la vejez (Javier Yanguas y otras).

A connected society (Gobierno Británico).

Entender los servicios sociales

opiniones

En períodos electorales es esperable que, en los medios de comunicación y las redes digitales, se hable de los servicios sociales más que de costumbre y, frecuentemente, tenemos ocasión  de comprobar cómo, incluso personas con responsabilidades políticas o profesionales en materia de servicios sociales, se refieren a ellos de una manera que contribuye a distorsionar su imagen: Desde quien denomina “servicios sociales” a todos los servicios de bienestar (es decir, incluyendo a los sanitarios, educativos y otros) hasta quien los presenta como servicios para las personas más vulnerables (desconociendo que se trata de servicios universales, para todas las personas). Desde quien, cuando se le pregunta por los servicios sociales (que son servicios, como su mismo nombre indica), responde hablando de ayudas monetarias o materiales hasta quien, desconociendo que la prestación de servicios sociales puede (y debe) suceder en buena medida en los domicilios, el territorio o la capa digital, confunde servicios con centros (es decir, con la parte de los servicios sociales que sucede en sus propias instalaciones físicas).

Desde la comunidad de conocimiento sobre servicios sociales intentamos hacer un esfuerzo para que éstos se entiendan mejor: Como servicios que pretenden anticiparse y ayudar a todas las personas ante el riesgo que todas tenemos de ver deteriorarse el delicado equilibrio entre nuestra autonomía para las decisiones y actividades de la vida diaria o cotidiana y las relaciones primarias de carácter familiar y comunitario en las que nos apoyamos en los diferentes momentos y situaciones de nuestro ciclo y proyecto vital. Como ámbito de actividad que, de la mano de otros (como los de vivienda, salud, garantía de ingresos, educación o empleo), contribuye de manera muy importante a la sostenibilidad, seguridad y calidad de la vida de todas las personas en su entorno vital.

En ocasiones, el exceso de referencias a los casos más graves que atendemos, a las carencias que abordamos (más que a los resultados que obtenemos), a los procesos administrativos o burocráticos que (como toda organización) necesitamos, a las intervenciones de urgencia o emergencia (que todos los sistemas realizan, como el nuestro) o a los problemas que padecemos en este cambio de época y de contrato social que estamos viviendo pueden contribuir a que tengamos un posicionamiento negativo en la mente de la población y a que la ciudadanía nos rehúya y prefiera no pensar en nosotras. Debemos analizar en qué medida y de que forma contribuimos a que no se nos entienda o se nos entienda mal.

Es una de nuestras tareas: entender mejor los servicios sociales para, también, explicarlos mejor, para visibilizar su potencia protectora y su valor añadido para ayudar a todas las personas a llevar vidas más libres, seguras, cálidas, amigables y felices.

¿Apostar por la comunidad?

collapse-The Course of Empire Destruction 1836

En la tarea de comprender el mundo en el que vivimos, sentimos complejidad, opacidad y confusión. Es como si estuviéramos en un mercado de ideas donde las oímos a gritos que intentan capturar nuestra atención. Algunas propuestas, cada vez más, seguramente, se nos presentan como urgentes ante un inminente colapso, colapso que puede ser ambiental, financiero, digital, político, relacional, institucional, económico, alimentario, militar o una mezcla o reacción en cadena de varios de ellos o de otros.

Posiblemente sea el riesgo de colapso ambiental aquel que se presenta con más base de evidencia pero, a la vez, no parece que dispongamos de mecanismos de funcionamiento, respuesta o gobierno para reaccionar eficazmente ante dicha amenaza. El carácter global del problema (de todos los grandes problemas, posiblemente, de todos los grandes posibles colapsos) nos obliga a pensar en estrategias de cierta escala o envergadura para que tengan probabilidades de evitar ese o esos tsunamis sobre los que se nos alerta.

En ese contexto, puede extrañar que hablemos de la pequeña comunidad, de la proximidad comunitaria como una de las apuestas clave en este momento que vivimos. Sin embargo parece difícil evitar, por ejemplo, el colapso ambiental (en el caso de que sea posible hacerlo) sin relocalizar nuestras vidas, sin desarrollar formas de encontrar satisfacción a nuestras necesidades en territorios y marcos relacionales de mayor proximidad.

Lo que sucede es que, cuando “regresamos” a la comunidad, cuando volvemos la mirada a los espacios y relaciones comunitarias descubrimos su fragilidad, sus contradicciones, sus limitaciones. Podría decirse que cuando, en su momento, pudimos huir, justificadamente, del dominio heteropatriarcal, de la homogeneidad uniformizadora, del control social o del maltrato invisible que contenía nuestra convivencia familiar y vecinal, abandonamos una red primaria de soporte que ahora, posiblemente, haya que reconstruir y reinventar, necesariamente, en claves de diversidad, cooperación y equidad de género, generacional, funcional y cultural.

¿Es posible reinventar la comunidad? ¿Tienen las políticas públicas y los aparatos de la Administración conocimiento científico, legitimidad ética, mandato ciudadano y capacidad técnica para hacerlo? ¿Cuánto apostar a la comunidad, cuánto a los derechos sociales individuales, cuánto a la libertad de mercado? ¿Qué sujetos o agentes podrían aliarse en esta apuesta por la reinvención y la promoción comunitaria? ¿Comunidades para evitar el colapso o para volver a empezar (si seguimos vivas) después del colapso? Muchas preguntas, pocas respuestas.

Selección de textos sobre comunitaria:

Comunitaria (Javier Segura).

Neighbourhoods of the future (Agile Ageing).

Metodología de la intervención comunitaria intercultural (Marco Marchioni, La Caixa).

Activación comunitaria y solidaridad vecinal (SIIS).

Intervenció comunitària i rol dels professionals als serveis socials (Marta Ballester).

Marc de la intervenció comunitària als Centres de Serveis Socials (Claudia Manyá, Ernest Morales).

Diccionario de las periferias (Carabancheleando).

Participación comunitaria en salud (NICE).

Trapped in a bubble An investigation into triggers for loneliness (Kantar).

(La ilustración forma parte de una serie de pinturas de Thomas Cole titulada “The Course of Empire”.)

¿Colapso en los servicios sociales?

colapso

Con frecuencia escuchamos a personal de los servicios sociales (y de otros servicios públicos) señalar (no por capricho, sino con base en la realidad cotidiana) que dichos servicios están al límite, saturados o colapsados y, normalmente, la principal medida que se propone para superar tal situación no es otra que el incremento de las infraestructuras físicas y recursos humanos para la prestación de dichos servicios. La idea, intuitivamente, parece lógica y acertada: si con la cantidad de centros y personal que tenemos ahora no podemos atender a las personas que lo solicitan, incrementemos la cantidad de recursos y capacidades de atención y podremos hacer frente a dicha demanda.

Sin embargo, este planteamiento se enfrenta a la llamada paradoja de Braess. El matemático alemán Dietrich Braess nos ayudó a entender situaciones en las que, aumentando la capacidad de una red (de carreteras o de servicios) que no está siendo capaz de absorber la demanda, podemos desencadenar una situación de mayor saturación y riesgo de colapso. Ello se produce porque la ampliación de la red emite una señal que es interpretada por diferentes agentes (usuarias, trabajadoras u otras) como una oportunidad para maximizar su beneficio y la acumulación e interacción de esas nuevas conductas individuales (o individualistas) hace que el aumento de capacidad de la red, finalmente, tenga el efecto contrario al deseado.

Profesionales de la red de servicios sociales y, específicamente, de sus servicios con “puerta de entrada” suelen hacer referencia a diferentes fenómenos que están saturando y amenazando con colapsar este sistema público:

  1. Enorme predominio de la atención individual a demanda frente a otras formas de intervención.
  2. Gran cantidad de demanda inadecuada (que tendría que haber acudido a otros servicios) por indefinición o desconocimiento de lo que ofrece y no ofrece la red de servicios sociales.
  3. Incremento de la complejidad asistencial que genera demanda ante el sistema de servicios sociales para la cual este sistema sólo tiene una parte de la respuesta, frecuentemente no la más relevante.
  4. Importante porcentaje de solicitudes de atención a las que se da curso durante un tiempo y para las que, finalmente, el sistema no tiene respuesta.
  5. Gran cantidad de trámites administrativos en los cuales no se añade valor desde el punto de vista de la intervención social (que vienen, en no pocas ocasiones, inducidos por instancias o instituciones que utilizan la red de servicios sociales como filtro burocrático previo a la eventual atención por parte de dichas instancias o instituciones).

Cualquier persona que conozca mínimamente nuestros servicios sociales sabe que esos cinco tipos de fenómenos son el pan nuestro de cada día. Si ello es así, cabe pensar que cualquier estrategia de transformación que se apoye exclusiva o principalmente en el aumento de la capacidad de atención no hará sino incrementar esas disfunciones y, por tanto, multiplicar el riesgo de colapso, como señala la paradoja de Braess: en ese caso el actual malestar y sufrimiento de las ciudadanas que acudimos a los servicios sociales y de sus profesionales se vería, probablemente, agravado.

No parece pertinente una decisión de incremento de recursos y capacidades que no forme parte de una estrategia compartida y potente de: clarificación del objeto de los servicios sociales; de cualificación técnica, innovación tecnológica y aumento del valor añadido de los procesos de intervención social; de reorganización, replanteamiento y digitalización de los procesos administrativos; de gestión proactiva de las necesidades, de la demanda y de la comunicación; de integración vertical y horizontal; y de articulación del ecosistema de agentes en el seno de las comunidades, los territorios y las redes de protección social y actividad económica de las que forman parte los servicios sociales.

Tan urgente como aumentar los recursos para los servicios sociales, es, seguramente, hacerlo en un marco adecuado y compartido para su transformación estratégica.

(La fotografía corresponde a una reciente concentración en las puertas del Ayuntamiento de Bilbao.)

Por una estrategia compartida de conocimiento e innovación en materia de cuidados, intervención social y servicios sociales

asesor

En un reciente artículo publicado tanto en el blog del SiiS como en Llei d’Engel, Joseba Zalakain identificaba la estrategia de investigación, desarrollo e innovación como una de las fundamentales en unos servicios sociales notablemente desarticulados en su ecosistema de agentes. En dicho artículo, identificaba algunas de esas protagonistas que, desde el encuentro interprofesional en las redes sociales, las dinámicas académicas, los centros de estudios, los colegios profesionales (de trabajo social, educación social, psicología u otros), las administraciones públicas, las revistas especializadas, la responsabilidad política, el tercer sector u otras instancias, pueden contribuir a que el conocimiento, la tecnología y la innovación vertebren e impulsen en mucha mayor medida nuestro mundo de los cuidados, la intervención social y los servicios sociales.

Por su parte, Pablo Moreno, en una entrada del blog New Deal, señalaba la oportunidad y las condiciones de posibilidad de que los gobiernos puedan apostar por ámbitos verticales de actividad en sus territorios. Siguiendo sus argumentos, pareciera que un bien tan público y tan en riesgo como el cuidado de la sostenibilidad de las vidas autónomas de todas las personas en relaciones comunitarias en el territorio, que sería la responsabilidad de la intervención social y los servicios sociales, tiene algunas características que podrían hacer este ámbito de actividad un candidato idóneo para una política pública mucho más proactiva de generación de conocimiento, tecnología e innovación que lo transforme en un sector estratégico de actividad económica, política pública e impacto social.

Ciertamente, en los mismos dos blogs mencionados al principio, Miguel Angel Manzano y Manuel Aguilar escribían otro texto que permitía revisar algunos avances y prácticas prometedoras que están surgiendo en el terreno de la innovación tecnológica y social basada en el conocimiento científico (y otros) en el campo de los servicios sociales. Prometedoras, entre otras razones, por la capacidad de articulación de sistemas que reclamaba el artículo de Zalakain y por la virtualidad para la escalabilidad de las experiencias a la que se refería Pablo Moreno. Prometedoras, también, para el encuentro entre dinámicas de conocimiento sobre género y cuidados, comunidad y diversidad, infancia y adolescencia, maltrato y buen trato, discapacidad y dependencia, mayores y gerontología, desventaja e inclusión, soledad y acompañamiento u otras, tan impermeables entre sí hasta hace bien poco.

Las recientes elecciones generales y las próximas municipales, europeas y autonómicas en muchos lugares pueden representar un momento de oportunidad para una estrategia mucho más compartida y atrevida en materia de ciencia, tecnología e innovación para los cuidados, la intervención social y los servicios sociales. Los primeros pasos de la ministra Luisa Carcedo, su jefa de gabinete Eloísa del Pino, la secretaria de Estado Ana Lima y la vicepresidenta del Consejo Asesor de Sanidad y Servicios Sociales, Natividad de la Red, entre otras personas, hacen esperar que la Administración General del Estado pueda convertirse, por fin, en impulsora, mediante un diálogo y una cooperación  multinivel, compleja y colaborativa, del necesario salto cualitativo que nuestra economía de cuidados, intervención social y servicios sociales requieren en materia de conocimiento, tecnología e innovación, palanca imprescindible para su éxito como política pública fundamental, mediante su urgente reconversión y junto a otras, para el bienestar de la ciudadanía.

(La fotografía corresponde a una reunión de trabajo de parte de la sección de servicios sociales del mencionado Consejo, del 22 de abril de 2019, en la que se trabajó sobre informes técnicos acerca de la atención primaria de servicios sociales, el tercer sector en los servicios sociales, la prevención y atención de la dependencia funcional desde el sistema público de servicios sociales y la relación entre los servicios sociales y la política transversal de infancia y adolescencia.)

Vecindarios habitables para la autonomía en convivencia: ¿adiós a los servicios sociales?

cerdá

A la hora de diseñar, implementar y evaluar las políticas de bienestar es imprescindible identificar el bien que debe proteger y promover cada ámbito sectorial (la salud en el caso de la sanidad, el conocimiento en el de la educación, el alojamiento en el de la vivienda y así sucesivamente). Sin embargo, no cabe desconocer el impacto que cada rama especializada puede desencadenar en las necesidades que son, en principio, objeto de otras. Así, por ejemplo, Richard Sennett, en Construir y habitar, identifica momentos de la historia en las que determinados problemas de salud fueron mejor afrontados por el urbanismo que por la propia medicina.

Ciertamente, cabe abogar (ver Diseño de políticas sociales) por unos servicios sociales dedicados a la protección y promoción de la interacción (entendida como autonomía para las decisiones y actividades de la vida diaria y cotidiana en el seno de relaciones primarias de carácter familiar y, en general, comunitario). No obstante, las políticas e intervenciones urbanísticas y habitacionales pueden ganar por la mano a los servicios sociales en el apoyo a la autonomía de las personas en el marco de relaciones de convivencia, facilitadas por viviendas, barrios, comunidades y territorios adecuadamente diseñados, construidos, comunicados, dotados y regulados.

Del mismo modo que los aguadores fueron desplazados cuando el conocimiento y la tecnología hicieron posible que el líquido que transportaban en vasijas llegara por tuberías a los grifos de las viviendas, la propuesta de los servicios sociales, centrada en la atención presencial de personal de baja cualificación (sea en centros residenciales o diurnos o en los domicilios realmente existentes), se ve retada, como vemos en varios estudios publicados por la Fundación Pilares o en Neighbourhoods of the future, de Agile Ageing, por un enfoque basado en el codiseño de soluciones habitacionales flexibles y facilitadoras de los cuidados comunitarios, en vecindarios de alta accesibilidad, densidad, diversidad, sostenibilidad y equidad (amigables, inteligentes y compasivos), dotados de tecnologías avanzadas de control, apoyo, movilidad, comunicación y decisión.

Amaia Pérez Orozco, en Subversión feminista de la economía, muestra nuestros cuerpos vulnerables, interdependientes y ecodependientes, en medio de una encarnizada batalla entre el capital y la vida. No parece claro que vayamos a lograr que las políticas públicas se pongan eficazmente del lado de la vida y todavía es más difícil saber cuáles puedan ser los pilares de un futuro sistema de bienestar. Si los servicios sociales persisten en ser básicamente administración de dinero y asistencia física de último recurso, poco futuro cabe augurarles. Ojalá, por el contrario, el desarrollo de las políticas urbanísticas y de vivienda y el de los servicios sociales puedan ir de la mano, dentro de estrategias de innovación y desarrollo comunitario y territorial, para facilitar la vida, empoderamiento, convivencia, igualdad y felicidad de todas las personas.

(La fotografía, tomada de La Vanguardia, corresponde a La Carbonería, primer edificio del Eixample de Barcelona diseñado por Ildefons Cerdá, figura de primera magnitud en la historia del urbanismo.)