Catálogo de servicios sociales: una propuesta

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En los sistemas públicos de servicios sociales españoles, en términos generales, se ha seguido la técnica de los sanitarios de elaborar catálogos (y carteras) para una presentación ordenada de su oferta a la ciudadanía. A continuación, una propuesta, basada en la consideración de la interacción (autonomía funcional e integración relacional) como objeto de los servicios sociales:

  1. Servicios de dinamización comunitaria e intervención en medio abierto (también en equipamientos comunitarios). Incluyendo:
    1. Servicios de animación en el tiempo libre.
    2. Servicios de promoción de la integración familiar y comunitaria y de la convivencia en los vecindarios y el espacio público (y prevención de la soledad no deseada y otras afectaciones en la interacción).
  2. Centros (ambulatorios y de atención telemática) de valoración diagnóstica de la interacción, orientación, acompañamiento y seguimiento (primarios o generales) para personas y familias.
  3. Centros (ambulatorios y de atención telemática) de valoración diagnóstica, orientación, acompañamiento y seguimiento (secundarios o especializados). Incluyendo:
    1. Servicios de atención temprana del riesgo para el desarrollo.
    2. Servicios de apoyo a la parentalidad, el acogimiento, la adopción y la tutela.
    3. Servicios de promoción de la autonomía y apoyo a cuidadoras y cuidadores primarios de personas con limitaciones funcionales.
    4. Servicios de apoyo a la planificación y a las transiciones del ciclo vital.
    5. Servicios de atención a personas en riesgo o situación de discriminación, maltrato o violencia en función de la diversidad (sexual, generacional, funcional o cultural).
  4. Productos (incluye aplicaciones digitales) de apoyo para la interacción.
  5. Servicios de atención telemática o presencial (con amplia diversidad de cuidados y apoyos para la facilitación, complementación, desarrollo y promoción de la interacción de las personas en sus entornos domiciliarios y comunitarios).
  6. Centros de atención (a los que las personas acuden cotidianamente, en diferentes horarios, o, eventualmente, en los que viven).
  7. Prestaciones económicas para incentivar la interacción (por ejemplo, de cuidados de familiares en situación de dependencia o de acogimiento familiar o presupuestos personales).
  8. Servicios de urgencia social (Entendida como situación de afectación súbita de la interacción de la persona. No procede si la afectación es principalmente a su situación económica, de salud, de seguridad o habitacional).

(A partir de trabajos recientes en Castilla y León, Navarra, Asturias, Comunidad Valenciana y Murcia.)

¿Qué prevención de la soledad no deseada?

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En lugar de considerar la prevención como lo contrario de la intervención (entendiendo que, si la prevención tiene éxito, no será necesaria la intervención) o como un tipo de intervención (diferente de otras, como las orientadas a paliar efectos de situaciones, las que buscan desencadenar cambios en las capacidades de las personas o las que pretenden modificar entornos), cabe concebirla como un enfoque, dimensión o valor añadido siempre presente, deseablemente (en mayor o menor medida), en cualquier intervención. La acción preventiva se caracteriza por su precocidad y proactividad y pretende hacer innecesaria o menor otra actuación, posiblemente más intensa y costosa.

En materia de prevención, en el ámbito de las políticas sociales, el enfoque más citado es posiblemente el planteado por Gerald Caplan en 1964, que, desde la psiquiatría comunitaria, distingue entre prevención primaria (anterior a la aparición del fenómeno que nos preocupa, podríamos decir), secundaria (en estadios precoces del fenómeno o cuando se considera que hay riesgo de que aparezca) y terciaria (cuando el fenómeno se ha manifestado). El médico Marc Jamoulle, en 1986, añade la prevención cuaternaria para referirse a la evitación de la iatrogenia o efectos indeseados de las propias intervenciones de abordaje del fenómeno en cuestión, incluyendo las propias acciones preventivas. En un sentido similar (aunque con matices) se habla de prevención universal (con toda la población), selectiva (con población en riesgo) o indicada (con población afectada), según la propuesta de Robert Gordon en 1987, que ha hecho fortuna, especialmente, en relación con las adicciones.

¿Qué tipo de abordaje preventivo puede ser más necesario, hoy y aquí, para la soledad no deseada?

Da la impresión de que, en esta materia, parecen predominar intervenciones que ponen el foco en personas que ya están en situación de soledad no deseada o aislamiento social. Por eso, tenemos, quizá, el reto de experimentar y obtener evidencia en intervenciones preventivas que alcancen e involucren a personas que no se sienten solas y que disponen de una significativa cantidad, calidad y diversidad de vínculos y relaciones primarias.

Por otro lado, aunque la soledad, sin duda, tiene causas macroestructurales, necesitamos, posiblemente, intervenciones de alcance intermedio que no impactarían directamente en estructuras económicas, urbanísticas o educativas. Se trataría de formatos o dinámicas de comportamiento, comunicación, colaboración, convivencia o  participación en comunidades o redes en el territorio y en la capa digital. Formatos y dinámicas posteriormente replicables y escalables y que, entonces, hipotéticamente, sí podrían aspirar a un alcance o impacto más estructural.

Por último, hay cierta tendencia a marcar nuestras intervenciones con conceptos de moda y asociarlas a colectivos específicos (así, en este momento se está posicionando el par soledad-mayores). Por ello, cabe explorar formatos y dinámicas no necesariamente presentadas como antídoto de la soledad no deseada. Y compatibles, complementarias y sinérgicas con otras iniciativas de diversa índole (vecinales, recreativas, culturales, solidarias, participativas u otras). Dinámicas y redes diversas de personas diversas en todos los sentidos (y, por diversas, quizá complementarias).

(Notas en el marco del proyecto Bizkaia Saretu, del grupo cooperativo de iniciativa social Servicios Sociales Integrados, de Bilbao.)

¿Deben emanciparse los servicios sociales de la Asistencia Social (como lo hicieron los sanitarios de la Seguridad Social)?

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Como sabemos, partes importantes de los actuales sistemas de salud en España proceden de la Seguridad Social. Es decir, muchas de las atenciones e intervenciones que hoy en día nos proporciona la sanidad pública fueron en algún momento prestaciones (en general, contributivas) de la Seguridad Social. De hecho, un hito relevante en la historia de la sanidad española es la creación, en 1942, del Seguro Obligatorio de Enfermedad. Otro hito reseñable es la asignación a la Dirección General de Sanidad, en 1967, de los hospitales de la Beneficencia. La Ley General de Sanidad, de 1986, fue fundamental para el objetivo de universalizar la asistencia sanitaria pública.

Nuestro sistema de salud y los sistemas autonómicos que lo constituyen, obviamente, van mucho más allá de un seguro de enfermedad. No sólo porque no se financian con cotizaciones sino con impuestos. No sólo por su grado de universalidad. Sino también porque más que una cobertura económica a posteriori de gastos generados por nuestras enfermedades son complejos sistemas preventivos y asistenciales de promoción y protección de la salud apoyados en sofisticados conocimientos científicos y tecnológicos.

Cabe interpretar que, a lo largo de las mencionadas décadas, las comunidades de conocimiento y de diseño de políticas entendieron que las prestaciones sanitarias y las de garantía de rentas (por ejemplo para la jubilación) tenían dinámicas tan diferentes que era oportuno que su organización, gestión y gobierno se realizaran de maneras y desde estructuras distintas. Dos áreas de actividad (salud y pensiones) que, en algún momento, fueron manejadas y vistas como partes de un todo, se percibían y estructuraban separadamente.

Cabe preguntarse si, del mismo modo que Sanidad y Seguridad Social se divorciaron por mutuo acuerdo (valga la metáfora), no será oportuno que Servicios Sociales y Asistencia Social hagan lo mismo. Si la evolución social y del conocimiento no nos estará invitando a darnos cuenta de que brindar cuidados y otros apoyos para la autonomía y la convivencia ha adquirido una dinámica cada día más incompatible con garantizar recursos económicos para la subsistencia material.

(Escrito al vuelo, inspirado por debates con amigas y amigos interesados e implicados en los servicios sociales. Un artículo en el que hay información relevante para este debate puede descargarse aquí.)

La transición estratégica de los servicios sociales, a la luz del Informe FOESSA

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Es complejo el proceso de transformación de la asistencia social residual (última red) en unos servicios sociales sectoriales (un pilar más del bienestar) y, por más que no pueda decirse que dicha transición esté completada, no cabe duda de la apuesta expresa por la universalidad de los servicios sociales que ha realizado la comunidad de práctica y conocimiento y la normativa jurídica de los servicios sociales. El retrato de la sociedad española que emerge en el último Informe FOESSA aconseja intensificar los esfuerzos para realizar la mencionada transición por tres razones:

  • Se detecta un enquistamiento y desconexión del espacio social de la exclusión, enquistamiento y desconexión que una última red integral contribuye a reforzar, en contradicción con el enfoque de derechos, al facilitar a las personas en situación de exclusión social circuitos segregados y estigmatizantes para la satisfacción de importantes necesidades.
  • Se identifican importantes segmentos sociales en situación de persistente inseguridad o precariedad laboral, residencial y económica (la cual, necesariamente, ha de ser abordada de manera estructural desde las políticas de empleo, vivienda y garantía de ingresos). Segmentos que, en la medida en que los servicios sociales conservan su posicionamiento residual para dichas necesidades, están llegando a los servicios sociales, colapsándolos y sin obtener solución.
  • Las relaciones primarias, las redes familiares y comunitarias, presentan todavía, a pesar de los procesos de individualización, mercantilización y desvinculación, una notable resiliencia, lo cual augura prometedores retornos en la medida en que los servicios sociales se puedan orientar de forma más precoz, proactiva, intensa, cualificada, eficaz y eficiente al refuerzo del autocuidado y autodeterminación y de los apoyos recíprocos que nos procuramos en la vida cotidiana en el territorio y la capa digital.

Si se acepta la transición desde la condición residual e integral al carácter sectorial e integrado como imprescindible para unos servicios sociales que aspiren a configurarse como un ámbito universal de política pública, nos introducimos necesariamente en una agenda de transformación de los servicios sociales, cabe decir, hacia:

  1. Unos servicios sociales de mayor valor añadido basado en el conocimiento y crecientemente personalizados, participativos, comunitarios y digitalizados, cada vez más capaces de actuar en la fragilidad (funcional y relacional) y antes de ella (en clave de prevención y promoción, de carácter poblacional y ecológico) y radicalmente exonerados de la responsabilidad sobre la subsistencia material o económica de las personas.
  2. Unos servicios sociales que, gracias a su integración vertical y gobernanza multinivel, posibiliten itinerarios intrasectoriales en los que las personas reciban productos, cuidados, apoyos o, en general, intervenciones digitales, comunitarias y en medio abierto, con continuidad y proximidad, de modo que sea cada vez más improbable que se las clasifique por colectivos poblacionales y se las oriente o derive a centros alejados de su entorno domiciliario y vecinal de elección.
  3. Unos servicios sociales incorporados al modelo de atención integrada intersectorial propugnado por organismos como la OECD, la OMS o la UE, aumentando la capacidad conjunta del sistema de bienestar de ofrecer itinerarios intersectoriales con estrategias diferenciadas (facilitación de accesos y transiciones, protocolización de itinerarios, gestión de casos o servicios integrados) apoyadas en procesos de estratificación facilitados por la gestión de grandes cantidades de datos.
  4. Unos servicios sociales en los que se verifica un liderazgo innovador de los poderes y administraciones públicas como garantes de derechos y dinamizadores de agentes diversos (organizaciones solidarias, autoorganización comunitaria, emprendimiento social, industria tecnológica u otros), utilizando inteligentemente, entre otras herramientas, la compra pública innovadora y el concierto social.

(Análisis y propuestas compartidas en colaboraciones en curso en los servicios sociales de Andalucía, Cantabria, Cataluña, La Rioja y el País Vasco.)

¿Soledad no deseada o exclusión relacional?

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A medida que revisamos estudios o programas relacionados con la soledad no deseada, constatamos que, frecuentemente, se produce una confusión en relación con el fenómeno que es objeto de interés o atención.

La soledad no deseada, como sentimiento o vivencia personal y subjetiva, cuenta con una notable tradición de conceptualización, evaluación, estudio y abordaje. Así, por ejemplo, es considerable el consenso o confluencia en relación con los instrumentos para medirla (como la escala De Jong Gierveld o la de la UCLA).

Sin embargo, normalmente, la preocupación o incluso la alarma expresada en relación con la soledad no deseada suele presentarse en referencia a casos (especialmente de personas mayores) en los que, junto con la soledad, muchas veces no deseada (y su correlato objetivo, el aislamiento social), concurren en la persona limitaciones funcionales, carencias económicas o problemas habitacionales que interactúan con la soledad y el aislamiento, generando riesgos para la salud, la subsistencia material o la seguridad física de la persona e incluso de personas de su entorno.

Nos encontramos, más bien, ante situaciones de vulnerabilidad o exclusión social, con un importante componente, seguramente, de exclusión relacional (familiar y comunitaria) y, como suele suceder en buena medida en las situaciones y procesos de inclusión y exclusión social, con un importante componente estructural, con unos fuertes determinantes sociales de la situación de soledad.

Si una persona se encuentra en una situación estabilizada y prolongada de exclusión relacional (y social, en general) o si concurren en ella varios factores de vulnerabilidad o exclusión (como el relacional, el habitacional, el laboral o el económico) y si, además, el fenómeno es creciente y le sucede a ésta como a muchas otras personas, el diagnóstico y el abordaje no puede ser el mismo que si esa persona (junto a otras pocas) se encuentra en una situación de soledad no deseada en un contexto estructuralmente inclusivo desde el punto de vista relacional y, en general, social.

Es más, en la medida en que más personas se encuentran en una situación de vulnerabilidad o exclusión relacional, podemos encontrarnos ante un fenómeno sistémico de insostenibilidad relacional de la vida, ya que la vida humana sólo puede suceder en un marco de interdependencia relacional y social. No es la misma la estrategia para acompañar a una persona a reintegrarse a una trama relacional tupida en comunidades y sociedades inclusivas que para reconstruir un tejido comunitario altamente fragmentado o dañado en un contexto de segregación territorial y desigualdad económica.

Y todavía más. Incluso es posible que estrategias escoradas a lo individual y paliativo, en un contexto de fragilidad, fragmentación, exclusión e insostenibilidad estructural, puedan llegar a ser contraproducentes, reforzando los procesos de estigmatización o las asimetrías sociales.

(Reflexiones en el contexto del proyecto Bizkaia Saretu, de la cooperativa de economía solidaria Servicios Sociales Integrados, a cuya última sesión pertenece la fotografía.)

Nahi gabeko bakardadea: esku hartzeko gakoak bilatzen

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Nahi ez den bakardadearen gaineko begirada nagusian, fenomenoa arazo indibidualtzat aurkezten da batez ere, nahiz eta faktore sozial batzuk aipatu, noizbehinka. Askotan, nahi ez den bakardadearen eta harreman-isolamenduaren arazoaren izaera estrukturala eta sistemikoa modu eskasean identifikatu eta aztertzen da, gizarte eraldaketa sakonak aurkezten duen testuinguru likido, konplexu eta zatikatu honetan.

Adineko pertsonen bakardadearen fenomenoa balioesterakoan, gizarte-kolektibo horren xede diren pertsonen desbalorizazioak, estigmatizazioak eta ahalduntzeak, ziur asko, eragin handiagoa du bakardadearen arazoan. Pertsonek esperimentatzen dutena kontutan hartu barik, pertsonaren bizitzako beste arlo batzuetan dituen ondorioetan azpimarratzen da, hala nola haren iraupen. segurtasun edo osasunean.

Sektore publikoaren edo hirugarren sektorearen harreman-isolamenduari buruzko esku-hartze profesionalak edo solidarioak ugariak eta interesgarriak dira, baina baita heterogeneoak eta heldugabeak ere. Ez dago ebidentzia-oinarri oso seguru eta partekaturik zerk funtzionatzen duen eta zerk ez duen funtzionatzen jakiteko, gaiari buruzko kezka eta alarma sozial gero eta handiagoaren testuinguruan.

Gehien nabarmendu diren esku hartzeak, neurri handi batean, berandu egindakoak eta aringarriak izan dira. Adibidez, adineko pertsona bat boluntario batekin egotea, berez, ez du zertan aldatu nahi ez den harreman-isolamenduko edo bakardadeko egoera, pertsona horrek lehen mailako harreman esanguratsuak (ahulagoak edo indartsuagoak) eraikitzen edo berreraikitzen laguntzen ez duen neurrian (nahita edo nahi gabe).

Beharrezkoa da berrikuntza tekniko, teknologiko eta sozialeko ekimenak bultzatzea, prebentzioaren aukerak aztertu nahi dituztenak, hau da, arazoan ibaian gora igotzen saiatzen dena eta eskala handiagoan jarduten duena, eta, neurri handiagoan, arazoa sortu ez denean eta arazoa izan dezaketen pertsonek gaitasunak, baliabideak, aktiboak eta loturak dituztenean, zeinak, zaindu eta indartuz gero, babes-faktore ahaltsuak bihur baitaitezke nahi gabeko bakardadearen eta isolamenduaren arriskuaren kontra.

(Servicios Sociales Integrados kooperatibak bultzatzen duen Bizkaia Saretu programaren barruan osatu den lehenengo taldearena da argazkia).

Disyuntivas estructurales de la política social

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¿Desigualdad económica o diversidad e interseccionalidad? ¿Derechos individuales o desarrollo comunitario? ¿Políticas sectoriales clásicas o nuevas transversalidades? ¿Redistribución o predistribución? ¿Crecimiento de las estructuras existentes o innovación para la transformación? ¿Electorados tradicionales o nuevos segmentos?

En el desarrollo de las políticas públicas y, en particular, de las políticas sociales, en países como el nuestro, han hecho especial fortuna algunas, como la sanitaria y la de pensiones, en las que los poderes y, en especial, las administraciones públicas se hacen cargo de la provisión universal de determinados recursos o servicios. Tienden a ser, como en el caso de las mencionadas, políticas redistributivas, es decir, que, más bien, actúan con posterioridad a que la suerte que cada persona haya tenido en las relaciones familiares o en las dinámicas del mercado (entre otras) la haya colocado en una determinada posición en cuanto a su acceso primario (valga la expresión) a dichos recursos y servicios. En dicho impacto redistributivo, por cierto, cada una de esas políticas, en cada contexto, tiene unos determinados sesgos (por ejemplo, beneficiando más a los varones mayores autóctonos con mejor trayectoria laboral) y no necesariamente resulta equitativa.

En ese contexto, las dificultades que otras políticas sectoriales (como, por ejemplo, las de servicios sociales o vivienda) encuentran para equipararse en envergadura a las antes citadas no parecen coyunturales sino que, más bien, da la impresión de que puede haber problemas estructurales, por ejemplo, de capacidad de agencia del Estado o de base de apoyo electoral, para la construcción de esos nuevos pilares del sistema de bienestar a imagen y semejanza de los anteriores.

Además, emergen asuntos y agentes que reclaman, más bien, abordajes transversales y no tanto, o no principalmente, la construcción de nuevos pilares sectoriales universales. Se trata, claramente, de toda una serie de propuestas políticas que se formulan en clave de igualdad y diversidad, sea de género, generacional, funcional o cultural. Desde estas preocupaciones, sujetos diversos (sin cuestionar el necesario fortalecimiento y desarrollo de los derechos sociales universales reconocidos y, en parte, garantizados por las políticas sectoriales más o menos maduras) reclaman procesos de personalización, flexibilización, adaptación, amigabilidad, relacionalidad, integración, innovación y transformación del Estado de bienestar realmente existente.

En definitiva, el propio éxito del Estado de bienestar tradicional ha desencadenado una mayor complejidad de las demandas hacia él. No puede dejar de reparar y compensar pero, a la vez, debe generar mejores condiciones para la sostenibilidad relacional, ambiental y económica de la vida en los territorios. Debe preparar y predistribuir más , construyendo capacidades individuales y colectivas, porque, si no, la equiparación o redistribución cuando las dinámicas familiares y mercantiles ya han operado, se vuelve demasiado difícil. Difícil, como decíamos, por la limitada capacidad de agencia de los poderes públicos (como la de cualquier agente) y por las dificultades de concitar apoyo social y electoral a nuevas medidas redistributivas en un contexto en el que, previamente, las personas han tenido que competir en un mercado laboral y residencial salvaje e injusto que potencia la individualización (como lo hacen algunas políticas públicas) y socava las relaciones comunitarias y las identidades compartidas.

Estas disyuntivas son estructurales, están en la entraña de las decisiones estratégicas en materia de política social. No tienen que ver sólo con el cuánto sino, sobre todo, con el cómo y, en el fondo, con el porqué. Por eso las hemos de trabajar en la elaboración de los presupuestos, en el diseño de las estructuras organizativas, en la generación del conocimiento y en la construcción del discurso.

(Reflexiones en el marco de conversaciones con responsables de políticas sociales en la Diputación de Barcelona)

Nuevos contenidos de fantova . net en el último año

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Se han subido los siguientes documentos (clicar para abrirlos) en el apartado “Cuestiones y políticas sociales” de “Documentos propios”:

Contrato intergeneracional y políticas sociales (7 páginas).

El diseño avanzado de las políticas sociales y la atención integrada intersectorial (19 páginas).

Sobre la reforma de la ley de garantía de ingresos (4 páginas).

En el apartado “Discapacidad y diversidad” de “Documentos propios”:

Gestión de políticas para la dependencia funcional (5 páginas).

Y en el apartado  “Intervención y servicios sociales” de “Documentos propios”:

Modelo de servicios sociales (20 diapositivas).

Un ecosistema de conocimiento e innovación social para los servicios sociales (4 páginas).

Los agentes en la transformación de los servicios sociales (14 páginas).

Naturaleza y esencia de los servicios sociales del futuro: el objeto a proteger y promover (14 páginas).

Los nuevos servicios sociales y las profesiones de la intervención social (17 páginas).

En el apartado “Discapacidad y diversidad” de “Otros documentos”:

Las entidades de la discapacidad intelectual: historia, presente y futuro (6 páginas).

En el apartado “Intervención y servicios sociales” de “Otros documentos”:

Plan estratégico de servicios sociales de Navarra 2019-2023 (128 páginas).

Se han publicado, además, 55 nuevas entradas de blog y están pendientes de subir varios vídeos. En este momento el número acumulado de descargas de documentos es de 550.841.

Dealing with loneliness

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In the prevailing view about unwanted loneliness, the phenomenon is presented as a mostly individual problem, although reference is made to some social factors that may influence its presence, for example, in the group of older people. However, frequently, the structural and systemic nature of the problem of unwanted loneliness and relational isolation in complex, fragmented and liquid societies (in which profound transformations are taking place) is poorly identified. Family and community relations (a space in which gender, generational, functional and cultural diversity was supposedly managed) are insufficiently analysed, in a context of labour, residential and economic polarization and precariousness, territorial segregation and environmental emergency.

When assessing the phenomenon of loneliness of the elderly, the devaluation, stigmatization and disempowerment of this social group makes that, usually, rather than focusing on the problem of unwanted loneliness in itself and as it is experienced by people, we focus on the consequences of that loneliness in other areas of the person’s life, such as their material subsistence, physical security or health.

Professional or voluntary interventions in relation to unwanted loneliness and relational isolation from the public sector or the third sector are presented as numerous and interesting, but also heterogeneous and immature. There is not sufficiently safe and shared evidence base on what works and what does not work.

The interventions that have acquired the greatest notoriety are, to a large extent, late and palliative interventions. For example, if an older person is accompanied by a volunteer, that does not necessarily modify in a real and sustainable way their situation of relational isolation or unwanted loneliness if it do not contribute (deliberately or unintentionally) to have that person build or rebuild significant primary relationships (weaker or stronger).

It is necessary to promote initiatives of technical, technological and social innovation that seek to explore the possibilities of a preventive and ecological intervention, understood as one that attempts to rise upstream in the problem and act on a larger scale and to a greater extent when the problem has not emerged and when the people who could present the problem have capacities, resources, assets and links that, if they are cared for and empowered, can become powerful protective factors against the risk of unwanted loneliness and relational isolation.

¿Qué es hacer consultoría?

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En los diferentes ámbitos de actividad (como sanidad, restauración, movilidad, servicios sociales, telecomunicaciones, seguridad u otros) o en áreas instrumentales (como gobierno, gestión, relaciones humanas, administración, contabilidad u otras) o en distintas partes de ellas o intersecciones entre ellas (o en otros asuntos) operan organizaciones que se ocupan de diferentes eslabones de las cadenas de valor. Teorías económicas, empresariales o de las organizaciones intentan explicarnos cuándo es más eficiente configurarse como organización y cuándo lo es desagregarse o fragmentarse.

Frecuentemente, las personas u organizaciones que se dedican a la consultoría fueron anteriormente parte de esas organizaciones sectoriales, instrumentales u otras de las que hemos hablado. En un momento dado, quizá, vieron la oportunidad de (o se vieron forzadas a) dejar de hacer lo que hacían dentro de las organizaciones para pasar a ser proveedoras externas de ellas. Provisión externa que, para ser denominada consultoría, parece que debe ser altamente intangible y basada en el conocimiento.

La consultora, podríamos decir, pedalea durante un trecho con la organización cliente o destinataria y le asesora o ayuda para realizar labores de planificación, diseño, evaluación, aprendizaje o similares. Pareciera que es connatural a la consultoría esta dimensión temporal y finita de la colaboración y, quizás, la voluntad de que la organización cliente o destinataria se apropie en alguna medida del saber del que era portador el consultor.

Ahora bien, del mismo modo que la organización se apropia, deseablemente, de saberes (contenidos, prácticas, técnicas, instrumentos, tecnologías, estrategias, valores u otros) que obraban en poder del consultor, la persona u organización que hace consultoría también aprende en el proceso. De hecho, para la consultora, seguramente, su trabajo es la principal fuente de aprendizaje y, por tanto, de desarrollo sostenible de su actividad.

Sin embargo, posiblemente, quién hace consultoría no debiera conformarse con el aprendizaje que proviene de la práctica y debiera adquirir, sostener, cumplir y evidenciar un compromiso con la participación en una comunidad de conocimiento más amplia y, singularmente, con una labor de contrabando fronterizo entre el mundo de las organizaciones destinatarias de su trabajo (en las que se toman las decisiones y se realizan las operaciones que desembocan en las personas destinatarias) y unas determinadas personas y organizaciones (académicas, de investigación o similares) más bien generadoras de conocimiento. Ante aquellas, la consultora aparece como conocedora del estado del arte. Ante estas, como transmisora del pulso de la práctica de las decisiones y actuaciones en la vida real.

La consultoría se legitima por su función social en el seno de comunidades de práctica y conocimiento, en la medida en que añade valor a los saberes eficaces existentes en dichas comunidades y en sus organizaciones y personas. Su compromiso ético y su competencia profesional hacen que contribuya a la autonomía y conexión de los agentes con los que se relaciona y al incremento del valor social agregado de los sistemas, comunidades y redes en las que participa.

(Notas a partir de una conversación con Clàudia Manyá, en el marco del grupo de trabajo compartido con Guiomar Vargas, Elena Masanas y Marta Ballester.)