Komunitatea, arreta komunitarioa eta komunitate ekintza

komunitatea

Pandemia global baten testuinguruan, harritzekoa izan daiteke komunitate txikiaz hitz egitea, hurbiltasun komunitarioaz, bizi dugun une honetan funtsezko apustu gisa. Hala ere, zaila dirudi kolapsoa saihestea (ahal izanez gero) gure bizitzak birlokalizatu gabe, lurralde eta harreman-esparru hurbilagoetan gure beharrak asetzeko modurik garatu gabe. Zaila dirudi, baita ere, zaintzen krisiari aurre egin, komunitateari (beste esparru eta eragile batzuren artean) aukera bat ematen ez badiogu.

Kontua da komunitatera “itzultzen” garenean, espazio eta harreman komunitarioetara begiratzen dugunean, haien hauskortasuna, kontraesanak eta mugak aurkitzen ditugula. Zergatik? Bost aldaketa prozesu, behintzat, aztertu behar dira:

  • Aldaketa demografikoa: bizi ibilbideak luzatu egin dira, belaunaldien aniztasuna areagotu egin da eta zaintzak behar ditugun urteak ere gehiago dira.
  • Urbanizazio eta globalizazio prozesua: pertsonen mugikortasun geografikoa areagotzen du beren bizitzan barrena (migrazioak barne).
  • Eraldaketak familien dinamikan eta egituran: banaketak eta harreman berriak areagotu dira, anai-arreben kopurua murriztu da, lanaren sexu banaketa aldatu da eta beste fenomeno batzuk gertatu dira.
  • Bizileku egitura aldatu da: pertsona bakarreko etxeak areagotu dira (% 25 gainditu dute jada).
  • Komunitateko bizitzan eta bizitza sozialean aldaketa kulturalak, araudi aldaketak edo aldaketa moralak: indibidualizazioa, aniztasuna, deserrotzea, pribatutasuna eta anonimotasuna nagusitu dira.

Posible al da komunitatea berrasmatzea? Politika publikoek eta Administrazioaren aparatuek ba al dute ezagutza zientifikorik, zilegitasun etikorik, herritarren agindurik eta hori egiteko gaitasun teknikorik? Zenbat apustu egin komunitateari, zenbat gizarte-eskubide indibidualei, zenbat merkatu-askatasunari? Zein subjektuk edo eragilek egin lezakete bat komunitatearen berrasmatzearen eta sustapenaren aldeko apustu horretan? Kolapsoa saihesteko edo kolapsoaren ondoren berriro hasteko (bizirik jarraitzen badugu) da apustu hori?

Komunitatean oinarritu eta komunitatea eraiki: biak dira beharrezkoak. Arreta komunitarioa (ibaian behera) eta komunitate ekintza (ibaian gora) bereiztu eta integratu behar dira, politika sektorial eta zeharkako politika publikoen arkitekturaren arabera. Eskubideak garatzeko eta aniztasuna kudeatzeko. Pertsona bakoitzari ibilbide bat eskaintzeko eta lurraldeari kohesioa emateko.

(Egun hauetan, erakunde batzuekin edo batzuetan hitz egin dugu edo hitz egitera goaz gai hauetaz: Emaús, Gaztematika, Aldauri, PSOE, SSI, Bizkaiko Foru Aldundia, EGAB, Adinberri, Sarean (argazkian), Helduen Hitza, OEDC, Espainiako Gobernua eta Gasteizko Udala.)

Servicios sociales: ¿prescripción profesional o autodeterminación personal?

Crossroad two ways, choose the way

El mecanismo mediante el cual, hoy y aquí, podemos llegar a disfrutar de algún tipo de servicio social es, básicamente, un mecanismo de racionamiento (a veces más de iure y a veces más de facto) sobre la base de la comprobación administrativa de determinados requisitos establecidos normativamente. Una comprobación, casi siempre, entre otras cosas, acerca de la disponibilidad de recursos económicos por parte de la persona que necesita (o aspira a) recibir el servicio (y, usualmente, de otras personas vinculadas a ella).

En la comunidad ciudadana, profesional y política interesada en los servicios sociales parece existir un consenso sobre la deseabilidad de un proceso de universalización efectiva de los servicios sociales, lo cual, fundamentalmente, quiere decir que tener más o menos dinero no afecte a la posibilidad de recibir servicios sociales públicos. De igual modo, la personalización de los servicios sociales (la atención centrada en la persona) es una idea fuerza comúnmente admitida, de manera que se propone que los servicios sociales deben ajustarse lo más posible a las necesidades, deseos, capacidades y situaciones de cada una de las personas que los reciben.

Pues, bien, no cabe duda de que las decisiones políticas en relación con la envergadura de la inversión pública en materia de servicios sociales vienen resultando determinantes para la práctica inexistencia de avances (cuando no para claros retrocesos) en los procesos de personalización y universalización de nuestros servicios sociales. Sin embargo, posiblemente, la falta de consenso en la comunidad de práctica y conocimiento acerca del modelo deseable de servicios sociales constituye otro de los grandes obstáculos para dichos avances.

Y cuando hablamos de modelo, posiblemente, la disyuntiva fundamental que se dibuja en un horizonte (deseable aunque difícil) de superación del actual marasmo en el que nos encontramos es la que se puede plantear entre un sistema público de servicios sociales que pivote sobre la acción proactiva y prescripción facultativa de profesionales con autoridad presentes en el territorio y uno que bascule más bien sobre la libre elección de las personas para configurar el paquete de cuidados, apoyos e intervenciones de las que son objeto.

Nos gusta pensar que es posible conjugar prescripción y autodeterminación pero, posiblemente, como en el chiste de “a setas o a Rolex”, las apuestas presupuestarias, organizativas, técnicas y, en definitiva, estratégicas que conlleva cada uno de esos dos modelos obligan a un debate profundo basado en la experimentación política para poder optar por un camino o por otro. Hay buenos argumentos para cada una de las dos opciones pero, si somos capaces de avanzar, más pronto que tarde, seguramente, vamos a tener que decidirnos, en buena medida, por una de las dos lógicas vertebradoras del sistema público de servicios sociales.

¿En qué se parece nuestro SAD a un videoclub?

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Puede decirse que nuestro Servicio de Ayuda a Domicilio es conceptualmente subsidiario de la atención residencial, en la medida en que su objetivo es “favorecer la permanencia en el domicilio”. Es decir, nos dice que sirve para evitar o retrasar la institucionalización, pero, en realidad, no nos dice los resultados que espera desencadenar en las personas o el valor que les aporta. Es decir, el SAD, en términos generales, no ha sido conceptualizado como servicio social, como forma de intervención social.

Esta situación de partida se ha visto agravada por una confluencia de los siguientes procesos:

  • Encarecimiento del SAD público sin apenas diversificación ni diferenciación frente a un servicio doméstico notablemente precarizado.
  • Racionamiento y reorientación del SAD a personas con cada vez mayor limitación funcional y desprotección relacional, de estratos económicos más bajos.
  • Burocratización y taylorización del SAD, con reducción de las presencias y su flexibilidad.

Todo ello en el contexto de un Sistema Vasco de Servicios Sociales ralentizado y desorientado, en el que faltan muchos de los apoyos que se requieren para los itinerarios de las personas: porque hay servicios necesarios no identificados, porque hay servicios de la cartera no creados, porque hay importantes listas de espera en los servicios y porque la integración intersectorial con sanidad y vivienda está prácticamente inédita.

Esto nos lleva a un SAD crecientemente ineficaz, ineficiente e insatisfactorio para las trabajadoras y directivas: SAD-commodity (gama baja), SAD de guerra o guerrilla, SAD reactivo-paliativo. Ciertamente un SAD esforzado y meritorio (especialmente en la pandemia) y apreciado por sus usuarias y usuarios. Pero, en todo caso, un SAD minoritario (inescalable), un SAD café para todos (rígido), un SAD videoclub (crecientemente obsoleto).

De hecho, las tendencias que se atisban como necesarias parecen cuestionar la radical distinción actual entre domicilios particulares y servicios residenciales y apuntarían a una gama mucho más compleja en la que se requeriría una mucho mayor diversificación de soluciones habitacionales, con una mucho mayor permeabilidad entre los espacios privados y los espacios comunitarios. Por otra parte, se observa una tendencia a tecnologías de apoyo con menor necesidad de base domiciliaria y más móviles, siendo evidente que, a corto plazo, los robots podrían reemplazar en una buena parte aquello que ahora hacen nuestras auxiliares domiciliarias.

Esta visión del SAD es, sin duda, impresionista y generalizada y no hace justicia a algunas realidades excepcionales. Pretende, no obstante, llamar la atención sobre algunas situaciones y tendencias que hacen conveniente una reacción, evaluación, reflexión e intervención de los poderes públicos. Del mismo modo que el videoclub formaba parte de un ecosistema que se ha visto transformado de manera importante, las tensiones que afectan a nuestro SAD parecen reclamar y anunciar cambios de notable envergadura, ante los que no podemos mirar para otro lado.

Referencias

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BENNET, Laura y otras (2018): New models of home care. London, The King’s Fund.

BIRTHA, Magdi Y SANDU, Veronica (2021): “Conceptual framework: developing a tool to collect and assess good practices in the context of non-residential community-based services for older people. Vienna, European Centre for Social Welfare Policy and Research.

CAMACHO, Jazmín y PÀMIES, Sandra (2018): “Impacto social de las empresas innovadoras a favor de la vejez: Startups SAD Home Care” en Neurama, volumen 5, número 2, páginas 52-61.

FPRL (sin fecha): Guía para la prevención de riesgos en ayuda a domicilio.

FRANCO, Pepa y otras (2018): El trabajo de ayuda a domicilio en España. Madrid, UGT.

FUNDACIÓN PILARES (2019): Informe de resultados de la investigación sobre los servicios que facilitan la permanencia en su domicilio y en el entorno comunitario de las personas en situación de fragilidad o dependencia según el modelo de atención integral y centrada en la persona. Santander, Gobierno de Cantabria.

FUSTIER, Núria (coordinación) (2020): Guia per elaborar plecs per a la contratació del servei d’ajuda domiciliària (SAD). Barcelona, Diputació de Barcelona.

GARCÍA FERNÁNDEZ-CARO, Domingo y otras (sin fecha): Serena. Servicio de teleasistencia en movilidad. Madrid, Ilunion.

GARCÍA HERRERO, Gustavo (redactor) (sin fecha): El Servicio de Ayuda a Domicilio en la encrucijada. Málaga, Asociación Estatal de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales.

GIL GONZÁLEZ, Santiago y RODRÍGUEZ-PORRERO, Cristina (2017): Tecnología y personas mayores. Madrid, IMSERSO.

GÓMEZ BUENO, Camuca y MARTÍN PALOMO, María Teresa (2020): “Tecno-cuidados en los hogares. Cualificaciones requeridas, activadas y activables en el Servicio de Ayuda a Domicilio” en Cuadernos de Relaciones Laborales, número 38(2), páginas 231-250.

IZAOLA, Amaia y ZUBERO, Imanol (2016): Estudio de situación y alternativas de gestión del SAD en Ermua y Bizkaia. Leioa, Universidad del País Vasco.

KREITZER, Mary Jo y otras (2015): “Buurtzorg Nederland. A global model of social innovation, change and whole systems healing” en Global Advances in Health and Medicine Journal, 4-1, páginas 40-44.

MUÑOZ, Óscar y PITXER, Josep (2018): “El servicio de ayuda a domicilio en el área metropolitana de Valencia” en Zerbitzuan, número 66, páginas 77-96.

PAÍS VASCO: Decreto 185/2015, de 6 de octubre, de cartera de prestaciones y servicios del Sistema Vasco de Servicios Sociales

RODRÍGUEZ, Pilar y otras (2015): La situación del Servicio de Ayuda a Domicilio en el ámbito local y perspectivas de futuro. Madrid, FEMP.

RODRÍGUEZ, Pilar y otras (2017): La atención en domicilios y comunidad a personas con discapacidad y personas mayores en situación de fragilidad o dependencia. Madrid, Fundación Pilares.

SIIS (2012): El Servicio de Ayuda a Domicilio en un contexto de crisis económica. Principales tendencias en Europa. Donostia.

SIIS (2020): Orientaciones para el Servicio de Asistencia Domiciliaria (SAD) en Vitoria-Gasteiz. Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz.

SIIS (2017): Servicio de promoción de la autonomía personal -SEPAP. Pamplona, Gobierno de Navarra.

WILLIAMS, Paul y otras (2016): Integrating Long-Term Care into a Community-Based Continuum. London, IRPP.

Fraternidad republicana y democracia del cuidado

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Antoni Domènech nos ayuda a identificar lo que tiene la fraternidad de propuesta de emancipación conjunta de personas dominadas en el seno de relaciones familiares (en un sentido amplio) de carácter patriarcal, personas con trabajos invisibilizados, precarizados y desvalorizados que, sin embargo, son esenciales para la sostenibilidad de la vida. Dirá este autor: “La ‘canalla’ (…) –pequeños artesanos pobres, trabajadores asalariados urbanos, aprendices, jornaleros, domésticos de todo tipo, criados, campesinos sujetos a varias servidumbres– quería elevarse de pleno derecho a la condición de una vida civil de libres e iguales (…). Que esa pretensión se sirviera de una metáfora conceptual del ámbito de la vida familiar es algo que no puede sorprender (…). Y ‘familia’ –del latín famuli: esclavos, siervos– seguía denotando, como en la Edad Media, no sólo el núcleo restringido de parentesco, sino el amplio y aún amplísimo, conjunto de individuos que, para vivir, dependían de un señor, entendido como pater familias (…) señor patriarcal” (Domènech, 2004: 13).

Posiblemente ha sido Pierpaolo Donati, pensador bastante alejado ideológicamente de Antoni Domènech, todo hay que decirlo, una de las personas que más ha explorado esa esfera fraternal o comunitaria que, en primera instancia podemos entender como familiar. Así, en palabras de Donati, hemos de “concebir la familia contemporánea como un sistema altamente complejo, diferenciado y de confines variables, en el que se realiza aquella experiencia vital específica que es fundamental para la estructuración del individuo humano como persona, esto es, como individuo-en-relación (ser relacional), en sus determinaciones de género y de pertenencia generacional» (Donati, 1999: XII). Dirá este autor: “Las oportunidades se crean en y por las redes sociales primarias y secundarias de la sociedad civil cuya moralidad no se basa en el intercambio de ganancias ni en las normas redistributivas, sino en criterios de reciprocidad (producción entre pares, coproducción, coordinación abierta, asociación…). La marginalidad de esta tercera moral está atestiguada por el hecho de que su valor rector (fraternité o solidaridad) no está institucionalizado en el sistema cultural (incluido el sistema legal) como, en cambio, lo están los otros dos valores rectores (liberté y égalité)” (Donati, 2017: 10).

No cabe duda de que los trabajos de cuidado han sido y siguen siendo impuestos, expropiados y ocultados en ese ámbito familiar o comunitario en el que, sin embargo, estaban y están llamados a ser practicados en clave de reciprocidad o solidaridad. Cristina Carrasco, al estudiar el “cuidado como bien relacional” (Carrasco, 2015: 52-54) apunta que “es curioso –o no, ya que la mirada masculina nunca se dirige al espacio doméstico– que el cuidado no se categorice habitualmente como bien relacional, teniendo en cuenta que precisamente ha sido el desarrollo de las relaciones mercantiles el que ha eliminado de las relaciones humanas lo que era y es la característica básica del cuidado: su dimensión relacional” (Carrasco, 2015: 53). La tarea será, entonces, politizar el cuidado, ponerlo a la luz, lograr que sea un bien público –y un derecho de ciudadanía– potenciando su carácter relacional.

Terminemos con unas palabras de Joan Claire Tronto, que nos vuelve a conectar con la emancipación de la que nos hablaba al principio Antoni Domènech: “El déficit de cuidados y el déficit democrático son dos caras de la misma moneda (…). Hay una manera de cambiar nuestro mundo. Requiere que volvamos a comprometernos con el cuidado de nosotras mismas y de las demás, aceptando y repensando nuestras responsabilidades de cuidado y proporcionando recursos suficientes para el cuidado. Si somos capaces de hacer esto, podremos mejorar los niveles de confianza, reducir los niveles de desigualdad y proporcionar libertad real para todas las personas” (Tronto, 2013: 181-182).

Bibliografía

CARRASCO, Cristina (2015): “El cuidado como bien relacional: hacia posibles indicadores” en Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, número 128, páginas 49-60.

DOMÈNECH, Antoni (2004): El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista. Barcelona, Crítica.

DONATI, Pierpaolo (1999): Manuale di sociologia della famiglia. Roma, Laterza.

DONATI, Pierpaolo (2017): “The good life as a sharing of relational goods” en Relational Social Work, volúmen 1, número 2, octubre, páginas 5-25.

TRONTO, Joan Claire (2013): Caring democracy. Markets, equality and justice. New York, New York University Press.

(Fragmentos adaptados de un capítulo publicado dentro del libro colectivo Vidas en transición. (Re)construir la ciudadanía social, que puede adquirirse físicamente en las mejores librerías de nuestros barrios y también aquí.)

Cuidarnos en comunidad: políticas de cuidados

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(esquema con enlaces, para la conferencia de esta tarde)

Cuidados

Elección del término y marco, en lugar de otro (dependencia, servicios sociales, conciliación, envejecimiento, silver economy u otros)

Mirada feminista, interseccional y pospandémica (crisis, cadenas y colapso)

Conceptualización

Arquetipo: cuidado de criaturas y legado social

Ingredientes: funcionamiento, relación, empoderamiento, humanización

Cuidado como derecho

Dimensionamiento

Entre los cinco primeros desafíos hoy y aquí

Tormenta perfecta: longevidad de baby boomers con complejidad, estructura y dinámica familiares, cambio en reciprocidad intergeneracional ascendente, estructura habitacional, movilidad, desigualdades.

2040: ¿cuadruplicar la envergadura?

Modelo implícito actual

Infancia: permisos y escuela

Cuidados de larga duración: pensión contributiva, patrimonio inmobiliario y suerte (y, si no hay suerte, servicios sociales)

Diseño: diferenciación e integración intersectorial

Disfunciones crecientes en la interfaz salud-servicios sociales

Escenarios:

Elementos: atención, prescripción, gestión, financiación

Tipos: caótico, corporativo, consumerista y comunitario (valoración)

Política de cuidados, política con mayúsculas

¿Vivienda juvenil, cuidado de mayores?

¿Impuesto de sucesiones o nueva contingencia de la Seguridad Social?

Afecta al núcleo del contrato social

Comunidad

Qué es

Reflexiones pandémicas

Margen para la ingeniería social

Vulnerabilidad y sostenibilidad basada en la proximidad

Soledad emocional y existencial

Imaginando una comunidad cuidadora: circular, próxima, diversa, densa, intergeneracional, anidada

Espacios transicionales, tenencias intermedias, viviendas colaborativas

Tecnología digital de la asistencia, la información y las relaciones.

Servidoras públicas y agentes de la comunidad a pie de calle

Política pública participativa, misional, exploratoria, experimental y basada en la evidencia

Búsquedas emergentes, experiencias piloto, ciencia ciudadana, lanchas rápidas

Aprendiendo sobre la(s) soledad(es)

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Acotando el concepto de soledad, para poder construir políticas públicas al respecto, cabe identificarla como un sentimiento subjetivo, como una emoción particular por la que algunas personas perciben un desajuste entre sus expectativas y la realidad en lo referente a relaciones, apoyos, vínculos, identidades compartidas, sentimientos de pertenencia o entornos motivadores. De ahí la oportuna decisión de hablar, más bien, de “soledades” como hace el reciente trabajo coordinado para la Fundación Adinberri por Mayte Sancho, con quien hemos conversado, por ejemplo, entre otras, sobre la posible soledad de quien vive en una residencia llena de gente o de personas monitorizadas por sofisticados robots.

Quizás, como dice Maribel Pizarro, convenga huir de frases catastrofistas e imágenes estigmatizantes y comprender que la soledad va a ser, seguramente, una compañera de viaje en diferentes momentos y épocas de la vida de todas las personas. Podemos llevarnos mejor o peor con ella y es legítimo que queramos darle esquinazo, pero seguramente no nos conviene cargar las tintas acerca de lo molesto de su compañía.

Como recuerda Mabel Cenizo, en todo caso, junto a consecuencias de acciones u omisiones de cada persona, hay determinantes estructurales de la soledad. En las exclusiones y desigualdades y, más inmediata y precisamente, en realidades demográficas, de movilidad, familiares, habitacionales o culturales. Y la manera en la que la soledad convoca a una comunidad cuidadora hace que los servicios sociales hayan de sentirse especialmente concernidos en una estrategia ante la soledad.

Como sugería acertadamente Javier Yanguas en una conversación, si una persona tiene una importante insuficiencia cardíaca mal gestionada, 350 euros al mes de ingresos, vive sin ascensor en un quinto piso en malas condiciones y sólo se relaciona con tres personas (y con baja intensidad), no podemos pensar que algo llamado “soledad” es lo fundamental que le sucede. Y no vamos a responder adecuadamente a esa vulnerabilidad general con un programa para la soledad.

Sara Marsillas apuntaba que la evidencia existente en cuanto a qué funciona en materia de intervenciones frente a la soledad es limitada. Nos da pistas pero no nos permite hacer afirmaciones contundentes acerca de la eficacia que podrán tener estrategias a gran escala, que es lo que estamos empezando a intentar construir por varios lados.

De la mano de Isabel Massa hemos podido explorar la variedad de programas que se están poniendo o se pueden poner en marcha para la prevención y abordaje de la soledad. Desde bancos de tiempo hasta la dinamización de La Escalera. Desde plataformas digitales para la participación en un barrio hasta rediseños colaborativos del espacio público. Desde procesos de reinvención de asociaciones o centros existentes hasta proyectos de sensibilización de personal público de proximidad.

Con Sacramento Pinazo podemos clasificar los programas de prevención de la soledad en programas de prevención primaria, secundaria y terciaria. En los primeros, cabe decir, actuamos con personas que no se encuentran en situación de soledad. En los segundos, con personas en situación de riesgo de soledad. Y en los terceros, con personas en situación de soledad.

Y Elisa Sala nos recuerda que, posiblemente, uno de los caminos más prometedores a medio plazo para la prevención de la soledad venga de la mano de procesos de ingeniería social, desarrollo tecnológico y, en definitiva, política pública que exploren las oportunidades y caminos para el fortalecimiento y regulación de nuevas relaciones comunitarias (más ligeras o más intensas) de reconocimiento, convivencia y ayuda mutua.

(Esta entrada pretende recoger en varios trazos algunos aprendizajes adquiridos en el trabajo de elaboración del Documento de Bases de la estrategia de Gipuzkoa ante la soledad, en el que estoy involucrado gracias a Adinberri Fundazioa. Me he tomado la libertad de atribuir a algunas personas ideas, sin poder asegurar que reflejo fielmente su pensamiento, como forma de agradecerles a ellas y a otras lo que estoy aprendiendo en este proceso. Sobre estas y otras cuestiones conversaremos mañana martes en un encuentro telemático organizado por el grupo cooperativo Servicios Sociales Integrados en el marco de la iniciativa Bizkaia Saretu.)

Cuidado, innovación, empleo y territorio: el rol del “servicio público a pie de calle”

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A estas alturas de la pandemia hay pocas dudas acerca de la gravedad de lo sucedido, por ejemplo, en las residencias de mayores. Sin embargo no se ha decantado un relato canónico al respecto: no sabemos quién es “el malo de la película” (no hay un análisis causal de consenso sobre lo ocurrido) ni mucho menos cuál puede ser el “final feliz” (el modelo de cuidados de larga duración para el futuro). En  todo caso, sí cabe afirmar que las búsquedas de las instancias interesadas parecen alumbrar unos cuidados más:

  • Profesionalizados y diversificados: por el aumento de una demanda de atención, necesariamente más personalizada, y por la exigencia justa de mejora de la equidad de género y las condiciones laborales en el empleo de cuidados.
  • Tecnológicos y digitalizados: por la eficiencia, sostenibilidad, interoperabilidad y escalabilidad que pueden aportar estos desarrollos e innovaciones, potenciando la autonomía y relaciones de todas las personas.
  • Comunitarios y territorializados: por la revalorización del kilómetro cero, las relaciones de proximidad y la escala humana en el contexto de la experiencia pandémica y del aumento de la credibilidad de las amenazas de colapso de diversos sistemas.

Podemos pensar en un círculo virtuoso entre una comunidad más cuidadora, una economía de proximidad más robusta, una innovación tecnológica más social, un empleo de mayor calidad, una gobernanza más participativa y un territorio más sostenible. Sin embargo nadie puede asegurarnos que no se impondrá el círculo vicioso tan reconocible entre precariedad laboral, vulnerabilidad económica, deterioro ambiental, segregación territorial, aislamiento relacional, angustia emocional, deshumanización tecnológica y caos de cuidados.

En ese contexto, las servidoras y servidores públicos a pie de calle (street-level bureaucrats, según el concepto acuñado por Richard Lipsky hace treinta años) ocupan una posición estratégica en los procesos de implementación, innovación y legitimación de las políticas de bienestar. Tanto mediante su integración vertical en profesiones, gremios y disciplinas como a través de su integración horizontal intersectorial en el territorio, pueden actuar concertadamente y añadir valor a una práctica cotidiana inteligente en la que, necesariamente, su alianza sagrada sólo puede ser con la ciudadanía de la que son parte y a la que tienen la obligación ética de ofrecer una atención profesional y experta basada en el mejor conocimiento científico y tecnológico disponible.

En un reciente encuentro hablábamos de “cuidar la vida, garantizar la inclusión y convivir en diversidad”. Olvidar estas referencias (u otras similares) es garantía de quemarse y perderse en estos tiempos de brumas densas e interesadas. El servicio público a pie de calle, vital, ciudadano e innovador, es un agente indispensable en la construcción de esa comunidad de los cuidados que constituye hoy el reto central de las políticas públicas, urbano-territoriales y de bienestar.

(En la foto, Manlleu, “donde” hoy conversaremos sobre estos asuntos.)

Comunidad y cuidados: derechos y obligaciones

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Sólo podemos ser humanos en comunidad. Tras nacer, los seres humanos sólo podemos (sobre)vivir como humanos si otras personas nos cuidan, cuerpo a cuerpo, en la máxima proximidad. Es tal nuestra fragilidad, vulnerabilidad y dependencia constitutivas que, sólo tras largos años recibiendo cuidados proporcionados por otras personas, adquirimos la autonomía que nos permite autocuidarnos, es decir, decidir realizar y realizar efectivamente sin ayuda externa las actividades de la vida diaria. Ahora bien, es tal el legado de capacidades, lenguajes, conocimientos, tecnologías e instituciones que recibimos de otros humanos que, en pocos años más, podemos llegar a disponer de gran poder.

Es comprensible que las comunidades humanas y sus miembros se hayan dado unas normas éticas según las cuales existe una obligación moral de cuidar a otros seres humanos, en clave de reciprocidad. Pero eso no basta. Por eso las pequeñas comunidades y, finalmente, las sociedades (aplicando esta denominación a colectividades de mayor tamaño) se dotan de instituciones públicas para intentar garantizar los cuidados y las relaciones comunitarias, así como otros bienes, a todas las personas. Esto significan los derechos humanos.

Así, las que en un primer momento veíamos como obligaciones morales (de las personas proveedoras, por ejemplo, de cuidados) en el seno de relaciones de interdependencia constitutivas de comunidades humanas, pueden ser consideradas (desde el punto de vista de la persona que necesita recibir, por ejemplo, cuidados) como derechos subjetivos y exigibles. Así hablamos del derecho a los cuidados. Y también del derecho a la salud, a la educación, al empleo, al alojamiento y otros. Son derechos a la promoción y protección de bienes de primera necesidad, a su disfrute. Son derechos humanos y debieran estar recogidos en las constituciones y las leyes.

Ahora bien, por mucho que las instituciones públicas se conviertan en (y articulen) mediaciones eficaces para garantizar la protección y promoción de esos bienes, en puridad el Estado no puede garantizarnos totalmente su disfrute. No puedo quejarme a los poderes públicos si no tengo buena salud o educación, por ejemplo, pero sí puedo y debo reclamar que el Estado arbitre los mejores medios existentes para la promoción y protección de dichos bienes. El derecho a la salud (por seguir con ese ejemplo) se operativiza como derecho a la protección y promoción de la salud, como derecho a recibir atención por parte de un sistema sanitario de responsabilidad pública. Dicho de otra manera, esos bienes a los que tenemos derecho siempre tienen un cierto carácter relacional, de coproducción en nuestra autonomía y relaciones de interdependencia con otras personas.

El Estado, por poner otro ejemplo, no puede garantizar a todas las personas una comunidad cuidadora a la que pertenecer y en la que participar. Sin embargo, tiene sentido defender e intentar garantizar el derecho a disponer de (de pertenecer a) una comunidad de cuidados si lo entendemos como el derecho a que el Estado arbitre los mejores medios disponibles para que yo reciba los cuidados que necesite por parte de personas que siento cercanas.

Aquí hay que anotar que es cierto que las mediaciones tecnológicas, de conocimiento, organizativas, institucionales o jurídicas son cada vez más poderosas y dificultan que nos demos cuenta de que, cuando ejercemos un derecho, “al otro lado” siempre hay alguna persona o algunas personas con una obligación. Claro que la sanidad pública, con la cualificación de sus profesionales y la tecnología y organización y las leyes correspondientes son fundamentales en la garantía de mi derecho a la salud, pero “al otro lado” siempre hay una médica, un enfermero, una auxiliar o un celador que tiene una obligación y que mantiene una relación de interdependencia conmigo.

De esta manera se imbrican las obligaciones de reciprocidad en las relaciones comunitarias y los derechos prestacionales que nos garantizan las instituciones públicas. De esta forma entendemos que, lejos de entender el ejercicio de las responsabilidades que tenemos en las relaciones comunitarias de reciprocidad como una oportunidad para que el Estado deje de garantizar derechos, la construcción de la comunidad es considerada, por el contrario, como una función fundamental del Estado, a través de sus políticas públicas. Un Estado, por otra parte, que, con independencia de cuánta comunidad cuidadora contribuya a desarrollar, debe ocuparse eficazmente de que todas las personas recibamos en todo momento los cuidados que necesitamos. Los cuidados y todos los otros bienes de primera necesidad identificados por las declaraciones de derechos humanos.

(Entrada escrita a petición de María José Aguilar en el congreso, finalizado ayer, de la Red Española de Política Social, en el marco de una conversación en la que participaron también, entre otras, Lucía Martínez Virto, Raquel Martínez Buján, Sara Moreno, Begoña Elizalde, Magdalena Díaz Gorfinkel, Roser Girós, Kristina Soares, Christel Keller, Martín Zuñiga, Patricia Celi, María Antonia Carbonero y Xabier Ballesteros, quien continuó después la conversación a través de telegram.)

Mirada, definición, instrumentos y contexto de una política de cuidados

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Mirada

La mirada es crucial. ¿Por qué la mirada política que construyó el Decreto de declaración del estado de alarma de 14 de marzo de 2020 identificó decenas de actividades (en un sentido u otro) pero no las residencias de mayores ni, en general, los servicios sociales (que, sin embargo, en pocos días se convirtieron en foco de atención)? Para ver bien en materia de cuidados cabe proponer una mirada:

  • Feminista, para poder ver la crisis de los cuidados.
  • Interseccional, para poder ver las cadenas globales de cuidados.
  • Pospandémica, para poder ver el colapso relacional como uno de los posibles colapsos a los que nos acercamos.

Definición

Sin perjuicio del movilizador uso metafórico de la palabra “cuidado”, las políticas de cuidados necesitan acotar u operativizar con precisión las actividades que se consideran cuidados. La complementación externa de la capacidad funcional autónoma para la decisión y ejecución de las Actividades (básicas, instrumentales y avanzadas) de la Vida Diaria puede ser una definición de consenso, siempre y cuando comprendamos la naturaleza emocional y relacional y el necesario carácter humanizador del cuidado.

Instrumentos

Posiblemente el modelo implícito de cuidados de larga duración con el que operan relevantes y determinantes capas y actores sociales en nuestro entorno se basa en una combinación de dinero (fundamentalmente pensiones), patrimonio (sobre todo vivienda) y suerte (con la salud y la familia), con un papel residual, no deseado y racionado de unos servicios sociales de bajo valor añadido como plan B. Podría decirse que es un modelo arraigado pero, como tal, insostenible.

Contexto

La deseable configuración de una política universal y estratégica de cuidados profesionalizados de enfoque comunitario, impacto preventivo y base tecnológica que nos aleje del caos deshumanizador es, seguramente, una compleja operación de ingeniería e innovación institucional, política y social de la mayor envergadura, tiene alcance civilizatorio y se sitúa en el corazón de un cambio significativo en el contrato social de clase, de género e intergeneracional, con imprescindible afectación de la fiscalidad y de la propiedad de la vivienda y el territorio.

(Resumen de la intervención realizada ayer en el congreso de la Red Española de Política Social. Antes de esta intervención, compartida en una mesa con Raquel Martínez Buján, Maite Martín Palomo, Penélope Castejón y Félix Arrieta, pudimos disfrutar, como se ve en la fotografía, de la conferencia de Joan Claire Tronto, que nos habló de su propuesta de caring democracy.)

En busca de nuevos modelos de cuidados

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Hay que poner cuidado al hablar de los cuidados. Es un asunto delicado, que está provocando mucho sufrimiento a muchas personas que necesitan cuidados o que los proporcionan. Es, probablemente, una de las cuatro o cinco heridas principales de nuestra sociedad. No podemos hablar descuidadamente de los cuidados y, seguramente, para hablar cuidadosamente de los cuidados, nuestra mirada ha de ser necesariamente feminista e interseccional. Feminista porque, como nos ha mostrado y muestra el feminismo, es tremendo el sesgo de género en el reparto de ese sufrimiento del que hablábamos. Interseccional porque ese sesgo de género se imbrica con otros relacionados, por ejemplo, con la edad, la capacidad o el origen, en un contexto de graves desigualdades en el acceso al ejercicio de derechos de las personas. Además, es posible que la crisis de los cuidados y las cadenas globales de cuidados sean señales de un futuro colapso relacional.

Para hablar con cuidado de los cuidados y de su abordaje desde las políticas públicas, ciertamente, necesitamos operativizar el concepto de cuidados. Para eso nos resulta útil referirnos a las Actividades de la Vida Diaria (básicas, instrumentales y avanzadas) y comprender que, en la mayor parte de las personas y de los momentos de la vida, el cuidado es autocuidado, porque para cuidar, en principio y en general, no hay que tener ninguna cualificación especial. Los cuidados complementan la capacidad funcional de la persona que los recibe y, bien realizados, tienen una dimensión habilitadora, una dimensión relacional y, en definitiva, una dimensión humanizadora.

Identificamos, telegráficamente, algunos nudos o disyuntivas para la política pública sobre cuidados:

  1. ¿Abordamos los cuidados todos juntos o por partes (separando, por ejemplo, el cuidado de las criaturas de los cuidados de larga duración)?
  2. ¿Cuánto viene condicionada la política sobre cuidados por la política de vivienda y urbanismo?
  3. ¿En qué medida y cuándo ofrecer servicios, dinero o tiempo liberado?
  4. ¿Cabe una Intervención poblacional (comunitaria) al respecto de los cuidados?
  5. ¿Utilizamos los principales dispositivos existentes (dinero compensatorio, servicios educativos, servicios sociales) u otros dispositivos menos utilizados (cheques-servicio, desarrollo comunitario, tecnología u otros)?
  6. ¿Cuál es el lugar y la articulación de la prescripción facultativa en los cuidados?
  7. ¿En qué medida ofrecer sólo cuidados y en qué medida ofrecer a la vez otros apoyos o intervenciones (por ejemplo, rehabilitación o asesoramiento a las personas cuidadoras)?
  8. ¿Cuál es el lugar del servicio doméstico en la política sobre cuidados?
  9. ¿Cómo formulamos el derecho al cuidado? ¿Únicamente en referencia a la autonomía o capacidad funcional de la persona o teniendo en cuenta también si dispone de apoyos primarios.
  10. ¿Cuáles serían, junto a los cuidados, los componentes de un nuevo contrato social intergeneracional? ¿Fiscalidad sobre la herencia? ¿Otros impuestos? ¿Dependencia como contingencia cubierta por la Seguridad Social contributiva?

Sobre estas y otras cuestiones hablaremos hoy, 16 de marzo de 2021, a partir de las 16 horas en el congreso de la Red Española de Política Social en la Universidad de Deusto (Bilbao) y a través de Internet (siendo posible la presencia de público en la universidad y el acceso libre a través de youtube).